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Papeles en el desierto

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En medio de la ciudad de Tombuctú, al norte de Malí, se alza una casa de color salmón y líneas simples que en la última década ha guardado dentro un trozo de la historia de España. La que escribió y reunió la familia Kati: alrededor de 3.000 manuscritos del siglo XII en adelante entre los que hay desde tratados de ciencia a relatos sobre el exilio en África de decenas de escritores andalusíes. La entrada de los islamistas en marzo pasado ha causado ya estragos en las principales mezquitas de la ciudad y edificios religiosos, así como en tumbas y mausoleos considerados patrimonio mundial por la Unesco.

La biblioteca que gestiona el fondo Kati se llama en realidad José Ángel Valente. La familia dueña de los textos lo quiso así en reconocimiento del apoyo que prestó el poeta gallego a la reunificación y conservación de estos documentos. Valente fue el impulsor de un manifiesto publicado en febrero de 2000 y suscrito, entre otros, por José Saramago, Antonio Muñoz Molina y Juan Goytisolo, para pedir la salvación del fondo. El poeta falleció ese mismo año sin ver el fruto de su empeño, que sí se hizo realidad dos años después, cuando la Junta de Andalucía se sumó al proyecto dándole a la familia Kati lo que necesitaba: un edificio donde, por fin, ordenar y conservar los históricos manuscritos.

Los expertos discrepan sobre el valor del fondo Kati, pero coinciden en que deben conservarse lo mejor posible. “De los 3.000 documentos, la mayoría son hojas sueltas, ni libros”, apunta el escritor e investigador Manuel Villar Raso, que ha viajado en más de veinte ocasiones a Tombuctú y conoció de cerca la historia de la biblioteca. “Yo he visto otras bibliotecas en los alrededores de Tombuctú que son iguales o más importantes. Pero no tienen un edificio como el que le hizo a esta la Junta”, advierte.



Los manuscritos del fondo Kati estuvieron enterrados en aldeas de Malí hasta finales de los noventa

Esa casa salmón de dos plantas con la arena en la puerta pasaría desapercibida en más de un pueblo de la costa andaluza. Pero en Tombuctú es una construcción de primera categoría. Para Villar Raso, “el mejor edificio de la zona”. Para el exministro Manuel Pimentel, que guarda estrechos lazos con este proyecto, es “un buen edificio que aquí sería humilde”. “No creo que ninguna biblioteca de pueblo de España sea tan humilde. Pero para Tombuctú es de clase media alta” afirma Pimentel, que en 2004 publicó el libro Los otros españoles. Los manuscritos de Tombuctú: andalusíes en el Níger, firmado con Ismael Diadié, heredero de los Kati e impulsor definitivo del proyecto de la biblioteca.

Fueron Diadié y su padre quienes, en los años noventa, se propusieron rescatar el legado familiar. Se sabían descendientes de Alí ben Ziryab al Kuti, originario de Toledo que abandonó la ciudad en mayo de 1468. Tras pasar por Andalucía, llegó a Tombuctú llevando consigo los primeros manuscritos de lo que, con los siglos, papel a papel, se convertiría en una ingente memoria escrita de la familia. Desde autobiografías a documentos notariales, transmisiones hereditarias y actas de matrimonio. Cada generación conservó y alimentó la biblioteca con sus propios libros, pero durante el siglo XIX, ante el temor de que la inestabilidad en la zona pusiese en peligro el legado, los fondos se distribuyeron entre miembros dispersos del clan. La mayoría de los manuscritos quedaron ocultos, enterrados en el desierto en aldeas a las afueras de Tombuctú. Los escondieron tan bien, que, durante los años del colonialismo, los franceses los buscaron con mucho interés y poco éxito, hasta el punto de que llegaron a pensar que aquella historia de papeles ocultos bajo la arena era un mito. El Dorado de Tombuctú.

Cuando Ismael Diadié y su padre se propusieron volver a sacar a la luz los fondos tuvieron que recorrer aldea por aldea, preguntar a los parientes lejanos y próximos hasta reunir la mayoría de los manuscritos. Algunos se perdieron y, entre los encontrados, muchos habían resultado dañados por insectos, incendios, inundaciones o una mano humana descuidada. Aun así, lograron salvar 3.000 documentos del siglo XII al XIX, la mayoría escritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado (con caracteres árabes).

Según la memoria que redactó la Junta de Andalucía cuando se decidió a participar en el proyecto, de esos 3.000 manuscritos que componen la biblioteca, alrededor de 300 son de autores andaluces, 100 de renegados cristianos, 60 de comerciantes judíos y el resto de temática árabe variada. Hay textos de religión, ciencia, economía, matemáticas, medicina, filosofía o derecho. Y mucha historia condensada. Los escritores que firmaron aquel manifiesto que promovió Valente destacaron que en este fondo se pueden estudiar las migraciones judaicas a finales del siglo XV y comienzos del XVI, la penetración del islam en España, el destino de centenares de familias visigodas tras la caída del reino de Toledo, el exilio en África de miles de escritores andalusíes o la participación de los moriscos y renegados cristianos en los ejércitos de Al Mansur que conquistaron el Imperio de Songhay.

Para Manuel Pimentel, uno de los principales valores de la biblioteca es el camino hecho generación a generación. “Es un fondo realmente importante. Podríamos considerarla como la biblioteca colombina del desierto, se ha ido haciendo durante siglos”, afirma.

El escritor Villar Raso siempre ha sido menos entusiasta con la colección. Cuenta que a finales de 2002, cuando ya estaba terminada, el entonces consejero de Relaciones Institucionales, Juan Ortega, del Partido Andalucista, llevó a un grupo de investigadores para enseñarles el proyecto. Él viajaba en esa expedición. “Ortega me preguntó qué me parecía”, recuerda. “Yo le dije que antes de hacer el edificio tenía que haberse informado del valor de los fondos. Pero se fiaron de lo que les contó Ismael [Diadié]”. La Junta invirtió 120.000 euros para levantar el edificio en un solar cedido por la familia Kati. Andalucía lo impulsó como un proyecto de cooperación: “Una gota de agua en un mar de necesidades”, señalan los informes de la época, en los que se argumentaba que la construcción de la biblioteca podía suponer una “caja de resonancia” que impulsara el interés por la zona.

El acuerdo pasaba también por digitalizar todos los manuscritos que interesaran a la Junta y guardar una copia en la sede de Almería del Centro de Estudios Andaluces, aunque esta parte del proyecto sigue a medias. En realidad, cuando el Partido Andalucista salió del Gobierno, tras las elecciones de 2004 que devolvieron la mayoría absoluta al PSOE, la relación institucional con los Kati se enfrió.

Pese a su opinión templada sobre el valor de estos documentos, Villar Raso admite que el fondo guarda algunos libros realmente valiosos. Él destaca tres, con los que coinciden casi todos los expertos y que ya fueron resaltados por un informe realizado por el Ministerio de Cultura durante el Gobierno popular de José María Aznar.

El primero de ellos es el Tarik-El-Fettash, un texto del siglo XV conocido como la primera historia de África contada por africanos. José Ortega y Gasset solía referirse a él como “un libro que todo el mundo debería leer”. La escribió un antepasado de los Kati de hoy y existen otras copias de este libro, que se reedita periódicamente, pero algunos expertos que han podido consultar el ejemplar que guarda la familia aseguran que tiene una peculiaridad.

Por alguna razón, en las reediciones posteriores se han eliminado todas las referencias a los andalusíes, que suman varias páginas de las que carece, incluso, el ejemplar que hay en la biblioteca Ahmed Babá, creada por iniciativa de la Unesco en 1973 y donde se conservan casi 20.000 manuscritos.



La biblioteca guarda la primera historia de África contada por africanos. Ortega y gasset lo recomendaba

Los otros dos libros que coinciden en resaltar todos los expertos son un Corán ceutí grabado en oro y las crónicas sudanesas de Es-Saheli, un arquitecto y poeta granadino. Para algunos, el mejor poeta andaluz de todos los tiempos. Peregrinó a La Meca en 1330 y allí coincidió con el emperador Mansa Mussa, que acabó regresando al Níger con una corte de sabios y hombres de letras. A Es-Saheli le encargó en 1327 la construcción de la gran mezquita de Tombuctú, la mezquita de Djingareyber, hecha principalmente de barro y que se convirtió en referente de un estilo arquitectónico que se extendió desde Malí a Burkina Faso.

Y es que la biblioteca andalusí se halla en una zona políticamente inestable. De hecho, dos de los mausoleos de la mezquita de Djingarey han sido destruidos esta semana por los islamistas de Ansar Dine (defensores de la fe), que controlan Tombuctú desde que, en marzo, aprovechando el vacío de poder creado por el golpe de Estado en Malí, se unieron a un grupo de independentistas tuaregs agrupados en el Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA). Ansar Dine y sus socios de la rama magrebí de Al Qaeda lograron luego expulsar a los tuaregs y conquistar dos de las ciudades más importantes del norte de Malí: Tombuctú y Gao. En Tombuctú han impuesto la sharía (la ley islámica) y ha quedado prohibido el alcohol, el tabaco y el juego. Las mujeres ya no pueden pisar la calle sin taparse.

“Hasta ahora tú podías ver al borde del río Níger a mujeres de tribus con los pechos al aire y otras tapadas hasta arriba”, cuenta el ex ministro Pimentel. Al margen de la destrucción del patrimonio, de la que ya ha alertado la Unesco, está en peligro la convivencia pacífica de tribus y culturas muy diferentes que, hasta ahora, caracterizaba a esta zona del norte de Malí. “Es una desgracia que estén echando abajo los monumentos, pero, por ejemplo, la mezquita de Djingareyber, al ser de barro hay que reconstruirla casi cada año. Todo el mundo participa en la reconstrucción”, cuenta el periodista José María Arenzana, amigo de Ismael Diadié y que guió una de las visitas de la Junta a Tombuctú. “Pueden derribarla y se volverá a construir. Pero lo que es imposible de reconstruir son esos pegamentos culturales”, advierte.

Los equilibrios en la zona son tan frágiles que los que conocen bien la región temen que esto pueda alterarlos definitivamente. “Lo que están haciendo con estos ataques es una violación espiritual de la sociedad, intentando que pierda toda su identidad”, señala Arenzana. Uno de los ataques que más impacto ha causado dentro y fuera de la región ha sido la destrucción de la histórica puerta de madera de la mezquita de Sidi Yahia, del siglo XV. La tradición decía que esa puerta no se abriría hasta el fin de los días y los islamistas, al echarla abajo, han querido lanzar el mensaje de que ninguna superstición puede estar por encima de Allâh.

Los ataques también han afectado a la mezquita de Sankoré, que como la puerta de Sidi Yahia y la mezquita de Djingareyber, es considerada patrimonio mundial por la Unesco. La de Sankoré, que es además la Universidad de Tombuctú, tenía también una importante biblioteca plagada de manuscritos, pero que ahora están en El Escorial, cuenta Arenzana. La sacó de Tombuctú el sultán de Marruecos, que luego trató de llegar desde Rabat a Tánger por barco, pero fue apresado por unos piratas que se llevaron la biblioteca. Y cuando los piratas estaban de vuelta, un barco español les interceptó y se quedó con los documentos. La biblioteca se depositó en El Escorial, donde un incendio destruyó en el siglo XVII parte de los fondos. El resto se conserva y probablemente, gracias a aquells avatares, se ha salvado ahora de los islamistas.

La incertidumbre es mayor sobre los fondos de la familia Kati. Tienen más contenido histórico que religioso y, quizás por eso, no sea un objetivo de ensañamiento para los nuevos conquistadores de Tombuctú. Por lo tanto, en principio, no corre peligro. Otra cosa es el valor económico. “Los manuscritos valen dinero. En el mundo islámico un manuscrito andalusí del siglo XII o XIII es muy cotizado. Y esto sí les puede interesar”, advierte Manuel Pimentel.

El ex ministro reconoce su inquietud por lo que le pueda pasar al fondo Kati, pero tiene la sospecha, asentada en algo de información de primera mano, de que está a salvo. Ismael Diadié y su familia salieron hace unos días de Tombuctú y se llevaron con ellos parte de los manuscritos. Se han refugiado en otra zona del país y puede que las hojas y los libros que sacaron de la biblioteca estén ahora allí o puede que se hayan vuelto a evaporar escondidos por el desierto. “Es como una maldición. El fondo está en un sitio tan inestable que no consigue unificarse”, reflexiona Pimentel. La maldición del legado de la familia Kati, aunque todos son optimistas

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El ocultamiento del cero en el antiguo Egipto.

“Lo divino está oculto del vulgo conforme a la sabiduría del Señor.” Cleopatra VII

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“En la naturaleza debe estudiarse aquello a partir de lo cual Dios lo creó todo.”
Pitágoras

El lenguaje simbólico empleado por los shemsu em Kemet [1] en cualquiera de las manifestaciones de su cultura, incluyendo la matemática, requiere una segunda lectura dirigida a develar los misterios que han permanecido en silencio durante milenios. La sabiduría de Thot, ciertamente «transmitida “de labios a oídos”, fue custodiada bajo severas disposiciones que incluían el castigo de aquellos que rompiesen su voto de silencio, por lo cual la iniciación adquirió una profunda connotación simbólica insertada, asimismo, en el “tercer significado” de la escritura jeroglífica, descifrable sólo por los neófitos» [2] En este empeño deshermetizante, la numerología constituye un pilar fundamental que no puede omitirse si se desea beber de la misma “fuente de la sabiduría” de los egipcios.

Pitágoras, iniciado en estos Misterios, escribió un libro –que se extravió para la historia– sobre la ciencia de los números llamado “Hieros Logos” (La Palabra Sagrada), del que tenemos conocimiento gracias a sus seguidores de la Escuela pitagórica, y en cuyos trabajos está contenida la mayor parte de lo que el Padre de la Numerología legó a la humanidad. Pitágoras llamaba a sus discípulos matemáticos, debido a que sus conocimientos superiores comenzaban precisamente con la doctrina de los números. Esta matemática era sagrada, trascendente, a diferencia de la profana conocida por los filósofos de entonces. “Por medio de los números Dios se revela y muestra la concatenación de las ciencias de la naturaleza” –decía Pitágoras.

Una pregunta común entre los estudiosos de las matemáticas suele ser: ¿quién descubrió el cero? Muchos responderían que hindúes o árabes, otros quizás mencionarían a los mayas. La naturaleza de esta cuestión radica en si alguien en particular tuvo alguna vez la idea del cero, lo que hace prácticamente imposible responderla de manera satisfactoria. El problema pudiera compararse con el origen del progenota, la primera célula primitiva. Nótese que no podría formularse una respuesta viable para este cuestionamiento cuando hablamos desde los marcos teóricos del propio concepto.

La búsqueda del cero ha resultado un dolor de cabeza para los historiadores de las matemáticas que en cierto momento han pasado por alto sus apariciones casi fantasmales, como es el concepto del cero en el antiguo Egipto.Egiptólogos como Borchardt, Petrie y Reisner conocían del jeroglífico nfr en construcciones del Reino Antiguo (…) Scharff y Gardiner sabían que el símbolo egipcio nfr se había usado para representar el resto cero en libros de cuentas. Sin embargo, historiadores de las matemáticas incluyendo a Gillings, probablemente no tuvieron conocimiento del símbolo egipcio para el cero porque este no aparecía en los papiros matemáticos sobrevivientes.



(…) Es cierto que un valor posicional no fue usado (o necesitado) en los “registros contables” del sistema decimal egipcio. Sin embargo, los egipcios usaron un símbolo para al menos dos aplicaciones del concepto cero. En sitios de construcción del Reino Antiguo el jeroglífico “nfr” se usó para marcar el punto cero sobre un número de líneas que sirvieron como guías. Por ejemplo, una serie de líneas niveladoras horizontales fueron usadas en la construcción de la pirámide del Médium en el Reino Antiguo. Las líneas por debajo del nivel cero se marcaron 1 cúbito bajo cero, 2 cúbitos bajo cero, y así sucesivamente. Las líneas bajo ese nivel se marcaban acorde con el número de cúbitos bajo cero. (…) El temprano uso de números dirigidos, donde por encima y por debajo son comparables con positivo y negativo, no debe pasar inadvertido. El mismo símbolo “nfr” fue usado además para expresar el resto cero en una hoja de cuentas mensual de la dinastía XIII, hacia el 1770 a.C. en el Reino Medio. Semeja una hoja de cálculo de doble entrada con columnas separadas para cada tipo de bienes. Finalmente, el desembolso total se substrajo del total de ingresos de cada columna. Cuatro columnas poseían resto cero, denotados por el símbolo nfr.[3]

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Uno de los motivos por los que pasó inadvertido por tanto tiempo radica en el propio concepto del cero, díganse sus usos. Su valor posicional –que no utilizaron los egipcios por las razones que se expondrán en este texto– es utilizado para indicar un lugar vacío en los sistemas numéricos como el nuestro. Resulta necesario para distinguir dos números como el 5051 y el 551, por ejemplo. El segundo uso del cero es como número en sí mismo (los que vieron Borchardt, Petrie y Reisner en las pirámides y templos del Reino Antiguo).

Existen otros aspectos del cero bien distintos en estos dos usos, a saber, el concepto, la notación y el nombre. El origen del nombre tiene un recorrido histórico bastante accidentado; los hindúes lo llamaron “sunya”, más tarde en árabe se lo llamó “sifr” [4] , pasando al latín como “zephўrum” y al italiano como “cero”. El término en español fue tomado del italiano sin modificaciones. El vocablo “cifra” –de origen idéntico– sirvió primero para designar al cero, pero después pasó a utilizarse para el resto de los numerales. Resulta interesante el parecido entre el nombre latino y la palabra hebrea “sephira”, o sefirot, que se refiere a las emanaciones de la deidad en la Cábala.

Volviendo al egipcio nfr, según Faulkner [5], significa «de apariencia, bello, hermoso» y «de condición, feliz, bueno, bien», sin olvidar su condición matemática de «cero; nfr n “no”, “no hay”» y «nfr w nivel del suelo, base». Es curioso que los mayas hicieran también una asociación positiva con el concepto del cero, representándolo con una concha, de connotación favorable.

Además del carácter exclusivamente numérico, en la cultura egipcia el cero tuvo una significación esotérica de vital importancia en los Misterios iniciático.

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nfr

El jeroglífico (nfr), es también una abstracción del conjunto de la tráquea, el corazón y los pulmones humanos, que en la anatomía esotérica del iniciado en estos misterios son órganos en extremo relevantes. Valga mencionar la equivalencia del plexo cardíaco con el elemento Aire (presente en pulmones y tráquea) como parte del tetragrámaton AROT-TORA (letra R) que explica Julia Calzadilla en su teoría vertebral y chákrica sobre las construcciones piramidales en el antiguo Egipto:

De conformidad con las 8 “permutaciones” del tetragrámaton básico AROT-TORA, y la equivalencia chákrica del cuaternario inferior y la tríada superior, en la realización de la Gran Obra las diversas partes del cuerpo humano participarían de los “giros” de la “Gran Rueda”, conociendo la identidad de cabeza y pies (Norte y Sur) como plexos solar y anal (sol/tierra, Leo/Tauro) y la ubicación del plexo cardíaco en la zona Este o del Aire (Acuario) y la del prostático en la zona Este o del Agua (Escorpión). [6]

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ib

El símbolo (ib), corazón, es un recipiente «cuya connotación esotérica equivalía al útero o yoni femenino en calidad de “receptáculo del pensamiento y del conocimiento”» [7], y el medio –según el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière en “Los Grandes Mensajes”– indispensable para la autorrealización; limitado en su parte inferior por el plexo solar y superiormente por el plexo faríngeo, delimitando el cuaternario inferior y la tríada superior divina. Además «la cosmogonía derivada de Ptah, piedra angular de la desarrollada filosofía contenida en la Teología Menfita es, por su formulación, un concepto abstracto también relevante en nuestro tema por constituir un antecedente directo de la doctrina del logos que aparece en el Evangelio de San Juan: Ptah, el dios de Menfis fue, por ende, el “corazón” (pensamiento) y la “lengua” (mandato) equivalentes del Verbo cristiano.» [8]

La teología heliopolitana explica la Creación en términos de emanación –recordemos los sefirots de la Cábala– de la Enéada, los primeros nueve dioses, de los cuales el resto de los nombres [9] se manifiesta. En Heliópolis (Annu), el principio creador o demiurgo es Atum, que significa en principio “todo” y a la vez “nada” (recordemos a Cristo cuando dijo: “Yo soy el alfa y la omega” [10]); representa la totalidad del Universo que es aún amorfo e intangible. Llegados a este punto resulta necesario develar la relación entre el principio creador y el cero, sin dudas marcado por la intención de ocultamiento. En la numerología mística, según el Dr. Ivan Seperiza, el cero «Representa lo absoluto e infinito, lo eterno en potencia que no es un valor pero valoriza todas las cosas, lo que no es una realidad pero sí es el espacio donde la realidad se manifiesta. El cero «0» es el principio viviente en estado latente previo a la Manifestación. Por tanto el cero «0», se refiere a lo que aún no es, pero que puede serlo todo. Su forma más abstracta es la negación, que se afina como negación de todo límite o determinación y se completa como luz o energía infinita.

El cero «0» es la potencialidad como raíz oculta de toda manifestación. Está representado por él circulo, figura auto contenida e infinita al carecer de principio y de fin.» [11] En una de las tres versiones de dicha teología se relata que Atum dio existencia a su propio ser separándose del Nun (las aguas primordiales) y dando lugar a la primera colina, la conocida piedra Benben de forma piramidal relacionada con el ave Bennu [12]. Él entonces “escupe” a la primera divinidad: Shu (el aire, principio masculino) y “expectora” a Tefnut (la humedad, el principio femenino). Estos dos principios antagónicos son a la vez no excluyentes, puesto que Tefnut, identificada con el León (en la astrología oriental se lo asocia con el sol) representa al elemento Fuego y Shu, simbolizado por la pluma sobre su cabeza, el elemento Agua. En otra versión Atum se crea a sí mismo proyectando su corazón (conciencia), así como a otros ocho principios o nombres: Shu y Tefnut, Geb (Tierra) y Nut (Cielo), y al final a Osiris e Isis, Seth y Neftis. Esta es la Gran Enéada de Heliópolis.

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Hay un elemento que parece “olvidarse” en cualquiera de las tres versiones que conocemos de la teología heliopolitana. La pista la encontramos en el calendario solar egipcio, compuesto por tres estaciones (Akhet, Peret y Shomu) y doce meses de treinta días cada uno (Tekhy/Djehuty, Hethert, Ka-her.ka, Ta’abet/Pa-henu-mut, Pa-en-mekher, Pa-en-Amenhotep, Pa-en-Renenutet, Pa-en-Khonsu, Pa-en-Inet e Ipip). Al final del año se encuentran cinco días festivos conocidos como epagómenos, días en los que –según la Leyenda del Cielo y de la Tierra– Nut dio a luz a sus hijos:

Primer día: Wesir (Osiris)
Segundo día: Heru wer (Horus el Viejo)
Tercer día: Seth
Cuarto día: Aset (Isis)
Quinto día: Nebt-het (Neftis)

Hemos aquí encontrado una de las claves de los Misterios iniciáticos: el segundo día está dedicado a Horus el Viejo (no debemos confundirlo con Heru-sa-Aset [13]) el que, según el orden establecido, sería el séptimo [14] principio en manifestarse, sin embargo, este nombre no aparece listado en la Enéada. ¿Por qué? La respuesta es bien sencilla, y constituye la comprobación de los objetivos de este texto: Heru wer se identifica plenamente con Atum, el principio creador, por lo que podemos ubicarlo al principio o al final. Aquí encontramos uno de los enigmáticos problemas tan frecuentes en otras culturas: Nut es la madre de su padre [15] (Heru wer/Atum), hecho que pudiera parecer una contradicción, pero no lo es.



El ocultamiento del cero como valor posicional –acaso necesario– en las matemáticas egipcias es completamente de índole esotérica. A través de este texto hemos comprobado la identificación del cero con el principio creador y a una de las emanaciones con Él mismo. La imagen de la Enéada identificando al cero con Heru wer o Atum es la misma que la de la serpiente que se muerde la cola, el Ouroboros, lo que demuestra el por qué de la fusión de estos dos principios, el ocultamiento del cero, y la elevación del número nueve como número mágico [16].

cero_egipto_clip_image005 En el Ouroboros mismo radica otra innegable prueba de estos misterios. La serpiente es en sí misma símbolo del fuego creador y de la sabiduría (los hindúes llamaban a sus sabios “Nagas”, la misma palabra utilizada para serpiente; Cristo aconsejaba a sus discípulos que fueran “sabios como la serpiente”). El Ureus, la cobra sagrada de los faraones, simboliza la iniciación en los ritos sagrados donde se alcanzaba el conocimiento de la sabiduría oculta; su colocación sobre el entrecejo denota que el fuego sexual (en el tantrismo blanco hindú) ha sido sublimado y elevado por la Kundalini, la serpiente ígnea, hasta el chakra del tercer ojo. La serpiente que se traga la cola representa el «círculo del universo», la interminabilidad del proceso cíclico de la manifestación.

Liungman [17] ha asociado al Ouroboros con el símbolo del infinito, cero_egipto_clip_image007 el sagrado ocho sacralizado en la Ogdóada de la teología hermopolitana emanada de la sabiduría de Thot.

Solo queda por advertir a los lectores que, al igual que llegó a mí, esta pequeña gota de la sabiduría oculta sea guardada con el mismo recelo que la guardaron nuestros akhu [18] en aquellos tiempos cuando “la fuente del conocimiento era abierta para el silencioso”.

¡Senebty! Sener.

Por Ivan Rodríguez López


Referencias:

[1] Seguidores de la fe kemética (egipcia).

[2] Calzadilla Núñez, Julia L. La Gran Rueda. Una lectura decodificatoria de la espiritualidad en los misterios del Antiguo Egipto. Inédito. –Se afirma, acertadamente, que los jeroglíficos egipcios tenían un triple significado: a) “hablar” (por su valor fonético, destinado al hombre común, no iniciado); b) “expresar” (por su valor escrito, destinado al escriba); c) “ocultar” (por su valor esotérico, destinado a los sacerdotes, escribas y adeptos).– Notas suministradas por la autora.

[3] Lumpkin, Beatrice. The Mathematical Legacy of Ancient Egypt – A Response to Robert Palter. Manuscrito inédito. National Science Foundation (NSF) y National Science, Technology, Engineering, and Mathematics Education Digital Library (NSDL). Traducción del autor.

[4] Nótese la presencia de la partícula fr en sifr presente también en el egipcio nfr –recordando la naturaleza consonántica de las lenguas semíticas– como una posible apropiación fonética por los pueblos árabes.

[5] Faulkner, R. O. Diccionario Conciso de Egipcio Medio. Versión online en el sitio egiptomanía de Juan de la Torre Suárez. Disponible en Egiptomania

[6] Calzadilla Núñez, Julia. Op. cit. El subrayado es mío.

[7] Calzadilla Núñez, Julia. Op. cit.

[8] Ibid.

[9] Se refiere a las manifestaciones del Dios Único. La religión egipcia es monólatra, no monoteísta como se creía hasta hace poco. El término monolatría fue acuñado por Erich Winter y Siegfried Morenz en referencia a las concepciones de Dios en el Cercano Oriente, y aplicado al Egipto antiguo por Erik Hornung, Ene Assmann, y otros egiptólogos y estudiantes de religión. Monolatría es una forma diferente de politeísmo en la que se adora a varias deidades, entendiéndolas como parte de una única fuente divina.

[10] Ap. 1, 8, 10-11.

[11] Seperiza Pasquali, Iván. 1441. Sitio del autor

[12] Benben está compuesto por la repetición del sonido bn, cuyo plural es bnw, lo mismo que en Bennu.

[13] Horus, hijo de Isis.

[14] En términos taróticos, 7 es el número del progreso, la acción independiente y la auto-expresión. El Arcano Mayor 7 expresa, en lo divino, el septenario, la dominación del Espíritu sobre la Naturaleza, en lo intelectual, el imperio y el sacerdocio, y en lo físico la sumisión de los elementos y las fuerzas de la materia al trabajo y a la inteligencia del hombre.

[15] En la religión cristiana, v.g. María es también la Madre de Dios.

[16] Si multiplicamos el nueve por cualquier número –excepto por cero–, del resultado de la autosuma de los dígitos del número resultante siempre obtenemos nueve.

[17] Liungman, Dictionary of Symbols. pág. 266.

[18] Ancestros. Los akhu son los kau (plural de ka, el doble del ba o alma) de nuestros ancestros muertos.


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