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La influencia de las telenovelas turcas en la culturas occidentales

Desde la emisión de las producciones para televisión con formato de “telenovelas” provenientes de países como Turquía nada volvió a ser igual en los corazones de las mujeres y hombres occidentales.

El impacto que produce en las personas de Occidente, con poco conocimiento de las culturas de Medio Oriente es tal, que suele no poder diferenciarse que se está frente a una ficción. Razón por la cual tanto el contexto como las historias narradas en las tiras se desdibujan en un límite poco claro de entendimiento para el espectador con costumbres occidentales y con poco alcance o ninguno de la cultura turca o de los países árabes.

La primera apuesta surge en Brasil

Brasil es uno de los países de latinoamérica con más inmigrantes árabes del cono sur, (libaneses, sirios, egipcios etc). Por ello no era de sorprender que la puesta en escena de la telenovela “EL CLON” fuese tan exitosa tanto en su país de origen como en todo américa latina a pesar que la tira debió ser traducida al español para el resto de América.

La fascinante historia de Jade,una joven musulmana que tras la pérdida de su madre debe ir a vivir a Marruecos con la familia de su padre en casa de su tío Alí, un hombre sabio y respetado por su comunidad, arraigado a las costumbres y preceptos del Islam.

Lucas, el protagonista masculino, un empresario exitoso de Brasil quien conoce a Jade en un viaje de placer a Marruecos llevado por su padre amigo entrañable del tío de Jade.

En esta producción  cuyo libro original pertenece a la escritora Gloria Pérez, se trata de mostrar en un contexto romántico a través de una historia de amor las diferencias culturales existentes entre los protagonistas y las dificultades que ello trae a la hora de entablar relaciones interpersonales.

Podría decirse que esta historia no tiene nada que envidiarle a las historias de Sherezade en los cuentos de la Mil y Una Noches si ellos hubieran sido escritos en el siglo XXI.

La tira realizada en 2010 abrió por primera vez para el público latino, una ventana al lejano oriente, sus costumbres, paisajes y al Islam.

Por supuesto que se trató de una ficción y así debió haber sido tomada por los televidentes ya que si bien se intentó mostrar una cultura de Medio Oriente, no alcanzó a desentrañar el modo de vida de una cultura de más de 5.000 años.


Sherezade y “Las Mil y una noches”

Binbir Gece en turco. Bajo este nombre fue conocida esta serie de origen turco que pretendió mostrar una historia de amor moderna situada en aquel lejano país.

Onur Aksal, un exitoso empresario se enamora de una arquitecta de su empresa constructora, Sherezade Evliyaoğlu que tras una propuesta indecente, termina teniendo una relación llena de dificultades. Si bien en esta producción que transcurre dentro de los foros y nos permite ver apenas los paisajes de Turquía, para la teleaudiencia latina no dejó de tener tintes mágicos que les eran dados precisamente por transcurrir en aquel país lejano y misterioso. Su modo de vida con un estilo europeo no significó una pérdida de los encantos de aquella lejana región, así como tampoco lo hizo la falta de detalles que implican posiciones religiosas.

El Sultán

Muhteşem Yüzyıl, (El siglo magnífico), conocida en algunos países como El sultán o Suleimán, el gran sultán, es una serie turca que pone en escena la historia de Suleiman  El Magnífico, Emperador del Imperio Otomano situada en el año 1520.

En esta producción se recreó la historia de Suleimán, poniendo de manifiesto la ostentación de aquel antiguo imperio. Las costumbres, las conquistas turcas en aquel período y sobre todo , como no podía faltar, la historia de amor entre Suleimán y Hurrem, la favorita del harém que se convirtió en la mujer más importante del aquel imperio.

La historia es adaptada ya que la realidad histórica hubiera resultado cruel y sangrienta para el espectador latino. No obstante respeta ciertas características de la época como sus costumbres, religión, contexto histórico entre otras.

La teleaudiencia de esta exitosa serie se vio fascinada con tanto lujo puesto de manifiesto en esta superproducción que le dió el éxito antes mencionado.

Obviamente se trata de costumbres del pueblo turco que no pertenece al conjunto de países que llamamos árabes, puesto que no hablan este idioma sino el turco. El imperio turco fue hasta no hace mucho un sometedor de otros pueblos de lengua árabe por lo cual quien no esté informado de dichos acontecimientos confunde esta cultura como cultura árabe.

Debemos decir entonces que dentro de un contexto de ficción la obra fue muy bien realizada, adaptada a nuestros tiempos pero que carece de especificaciones que aporten al televidente y le permitan diferenciar  con respecto a lo que es árabe de lo que no es.

Sila

Una producción turca del año 2006 que llega a nuestro continente trayendo una propuesta donde las costumbres ancestrales chocan con las nuevas culturas con respecto al papel de la mujer en las sociedades modernas.

Sila es una mujer que nació en Mardin, al sureste de Turquía. Su padre Celil no pudo encargarse de su familia y la vendió a una millonaria pareja de esposos de Estambul. Luego de 16 años, Celil llega a Estambul para llevarse a Sila, pues su madre biológica Bedar deseaba verla porque creía que ya iba a morir. Sila presencia el matrimonio de su hermano Azad, sin saber que este le pondría una pistola en la cabeza si no se casa con Boran, patriarca de la tribu de Mardin, para pagar un delito que él cometió. Azad escapó con Narin, la hermana del jefe.

Sila obtiene un nuevo estilo de vida al acceder a casarse. Vivirá condenada y cautiva por amor en su propia tierra, bajo un hogar que sigue la tradición al pie de la letra. Sila no se quedará con los brazos cruzados y verá cómo escapar del mundo obsoleto en el que está viviendo.


Asimilar una cultura dentro de la cultura misma

Uno de los preceptos de la sociología moderna es el estudio y análisis de una cultura dentro de la cultura misma.

No podemos hacer emisión de juicios de una cultura tan milenaria como las culturas árabe o turca en un contexto occidentalizado ya que caeríamos en una seguidilla de contradicciones y resultados equívocos.

Promover, difundir y mantener la cultura árabe es un compromiso de quienes tratamos de mantenerla viva en toda su esencia. Ha sobrevivido por miles de años adaptándose a los cambios propuestos por la humanidad y aún así no ha perdido la raíz de esta cultura.

Interpretarla desde una telenovela o superproducción donde  el alma de las mismas es el entretenimiento a través de la ficción, es un error común en el que muchos caemos.

Estos ejemplos, por citar algunos, son interpretados como una realidad cultural inexistente que dista mucho de la verdadera cultura del pueblo al que se hace mención.

Se produce entonces una interpretación equívoca de las culturas de medio oriente , generando un concepto errado donde se desvirtúa el SER de un pueblo.

Las consecuencias de esto están a la vista. Una cultura incomprendida y tildada de cruel atemporal, arcaica. Por otro lado esta confusión no aporta al occidental una realidad acabada de las culturas de Medio Oriente, generando así problemáticas como la Islamofobia o el cuestionamiento  de valores éticos y morales.

Por Páginas Árabes

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Warak inab o warak dawali – Niños envueltos en hojas de parra

«Todavía recuerdo las discusiones apasionadas e irracionales que entablaban mi abuela y la nasranía (nazarena; así llamamos los musulmanes a todos los cristianos). Pasando por encima de sus múltiples y diversas creencias (católicos, protestantes, armenios, ortodoxos, griegos, etc.) para nosotros todos son nasara (nazarenos). La nasraníe y mi abuela, nonagenarias ambas, eran vecinas de toda la vida, palestinas, viudas, semi-sordas e igual de dicharacheras las dos. Siempre sentadas una frente a la otra, sus jorobas las inclinaban tanto que sus cabezas a menudo chocaban. Paradójicamente, pese a todas estas similitudes, eran muy antagónicas y jamás se pusieron de acuerdo en nada; ni siquiera en el origen de la dalia (parra) podían llegar a un mínimo de consenso.

La nazarena decía: El Rab (así los cristianos árabes llamaban a Dios, aunque también utilizaban Allâh) cuando se enojó con Adán, le envío un Ángel para anunciarle su expulsión. El Ángel estuvo muy tierno con Adán, se entristeció y derramaba lágrimas, que fueron como un riego, y allí donde cayeron apareció una planta cuyos frutos deliciosos fueron consumidos por el Ángel, el cual dió a Adán una rama de aquella planta para cultivarla en la tierra y para alimentarse de ella bebiendo sus zumos.



Yo era el chico de los recados, y llevaba para mi madre que estaba, como siempre, en la cocina, las hojas de parra que ambas ancianas, acababan de rellenar y escuchaba el rotundo rechazo de mi abuela hacia la versión de la infiel nazarena. No cabe la menor duda de que mi abuela no oía bien la versión de su contertulia, y tanto daba lo que decía. Ella, terca como siempre, tenía que decirle no a la nazarena infiel y punto.

Con vehemencia respondía: la planta creció gracias a los riegos que efectuaron un león feroz, un pavo real, un mono y un cerdo. De ahí viene la leyenda, muy extendida entre las aldeas del mundo islámico, que describe a los que beben el zumo de los frutos de la parra (uvas), feroz como los leones, ufanos como el pavo real, charlatán como los monos y sucio como los cerdos.

¿Cómo es posible que los musulmanes beban y coman los frutos de una planta regada por un cerdo? preguntaba desafiante la nazarena.

Mi abuela se defendía a su manera: Tú eres una vieja ignorante, ¿no te das cuenta de que desde el comienzo del mensaje de Muhammad no existen cerdos en la faz de la tierra musulmana?

Ya ven alrededor de las enormes bandejas, una de arroz y otra llena de hojas de parra, se debatían temas de toda índole. Se cerraban tratos de compra-venta, de bodas, de divorcios y de chismorreos infinitos………..

Platos con historia

Aunque no se conoce con exactitud su origen – que puede provenir de los países árabes, Grecia, Azerbaiyán, Armenia, Turquía o Irán, este delicioso bocado estuvo presente en la totalidad de las antiguas cocinas de los países del Mediterráneo Oriental, ya que fue extendido por los turcos a lo largo y lo ancho de lo que fue su vasto Imperio otomano.

Una de sus variantes más conocidas es la denominada sarma o yaprak dolma (que significa hoja rellena en turco). En la cocina árabe suelen llamarse warak enab o yabrak.

En la cocina armenia, van rellenos de carne de cordero picada junto con el arroz (tpov tolma) u ocasionalmente en hojas de repollo o col (kaghambi tolma). Suelen condimentarse con coriandro, eneldo, menta, pimienta, canela y manteca fundida. A veces se añaden pasas de uva como parte de la mezcla.




   Warak inab o warak dawali

Hojas de parra rellenas
Ingredientes: (para 6-8 personas)

½ kg de hojas de parra frescas pequeñas y medianas (se pueden encontrar hojas de parra en conserva en las tiendas que venden productos orientales).
½ kg de tomate natural maduro cortado en rodajas
¼ de vaso (50 g) de  aceite de oliva
3 cebollas medianas peladas y cortadas en aros
¼ kg de cordero a trozos como para estofado
1 cucharada sopera de sal

Relleno

½ kg de carne picada
½ vaso de  aceite de oliva
200 g o un vaso de arroz largo
1cucharadita de baharat
1 cucharada pequeña de sal

Elaboración

Prepare el relleno. Lave el arroz varias veces, mézclelo con el resto (la carne, el aceite, baharat  y la sal) y ponga la mezcla en un plato. Reserve.

En otro recipiente, hierva 2 litros de agua y escalde las hojas de parra frescas en el agua durante 5-8 minutos. Retire del agua y extiéndalas sobre bandejas.

En la olla que se utiliza para la cocción, sofría los pedazos de cordero con la mantequilla durante 10 minutos. Coloque las rodajas de los tomates y las cebollas sobre la carne y sazone. Reserve.

En un plato o en una tabla, extienda una hoja de parra de modo que la parte lisa quede hacia abajo y la parte nervuda o rugosa hacia arriba. A continuación, corte los nervios o troncos sobrantes. Ponga una cucharada sopera del relleno en el centro de la hoja, pliegue los lados y enrolle la hoja en dirección a la punta. Realice el mismo proceso con todas las hojas.

Coloque los rollitos en la olla ordenadamente y siempre con la punta del rollito hacia abajo; este detalle es imprescindible para evitar la abertura del mismo durante la cocción y, por consiguiente, la dispersión del contenido. Una vez colocados los rollitos, rocíelos con una cucharada de aceite y una taza de zumo de limón.

Cubra el cocido con un plato, colocándolo al revés para presionar e inmovilizar los rollitos, y seguidamente cúbralos con agua caliente. Cuando el agua hierva, baje el fuego, tape la olla y deje cocer durante ½ hora. Cuando haya absorbido el agua, cubra de nuevo con agua caliente y deje que se haga a fuego lento hasta la segunda absorción del agua.

En este momento, retire la olla del fuego y deje reposar 5 minutos.

Disponga los rollitos en un plato o en una bandeja para servir. Decorar con rodajas de limón finamente cortadas.


Con información de  Salah Jamal

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Basturma باسطرمة

BASTURMA –   باسطرمة

El Basturma se obtiene en general de trozos de carne de ternera, utilizando mayormente como ingrediente  preferencial un corte de carne magra. El proceso de elaboración del Basturma es sencillo: se lo hace desangrar (en general con el auxilio de una prensa) y se pone la carne a secar; luego se le incorporan cantidad de sal gruesa, azúcar y especias tales como ajo, pimienta negra, laurel y finalmente se somete a un proceso de secado natural utilizando la sal como elemento deshidratante, que contribuye  a su muy particular y delicado sabor.

Se cree que el Basturma fue cocinado originariamente en Kayseri, una ciudad en el este de Turquía, durante el surgimiento del Imperio Otomano (entre los siglos XIII y XV).

Es muy particular la leyenda que cuenta que los jinetes de la región conservaban su carne por curado y que las prensaban debajo de sus sillas de montar pulsando sobre ella con sus piernas mientras cabalgaban.  «Basturma», por ende, se deriva de la palabra turca «bastirmak», que significa «prensa».

El Basturma se extendió con los otomanos a Europa, donde se convirtió en muy popular  en países como  Rumania. Conocido en la cocina árabe como Basturma, podemos encontrarlo en la cocina Europea bajo el nombre de Pastrami o Pastrón.

El Basturma tradicional turco fue hecho con carne de cerdo o de cordero, y fueron los cocineros musulmanes los que comenzaron a preparar el plato con carne de vaca para mantenerse dentro de sus leyes de alimentación (Halal  حلال)

Al recorrer la historia, hallamos el «Pastirma» (turco para pastrami)

El nombre puede provenir etimológicamente del verbo «a pastra» (mantener, conservar) en lengua rumana, y fue llevado por la inmigración  Otomana. Se especula que se adoptó el nombre de «pastrami», que no fue utilizado hasta que la carne llegó a ese país para hacer el producto suene similar a «salami», nuestro conocido salame, el fiambre italiano muy popular.


Ingredientes

500 g de lomo de carne de vaca
½ vaso de semillas aplastadas de alholva
3 cdas de pimentón dulce
3 cdas de ají seco
2 dientes de ajo
2 hojas de laurel
1 cda. de azúcar
1 cdta. de comino
1 cdta. de pimienta
50 g de sal
1 cda. de granos de pimienta negra

Preparación

Mezclar la sal, el azúcar, ½ cdas. de pimienta negra, hojas  de laurel. Secar la pieza de carne con una toalla de papel, frotar con la sal, poner en un bol, cubrir, meter en la nevera. Salar durante veinticuatro horas, girando la carne ocasionalmente. Mientras tanto,  añadir el ajo y las especias machacadas con la sal  en un mortero. Amasar hasta que quede suave, agregando agua  formando una pasta espesa. Cubrir y refrigerar durante una noche. Por la mañana lavar la carne, quitándole la sal. Secar el lomo con una toalla de papel, perforar la carne de lado a lado, tender un hilo, atar los cabos. Cubrir la pieza de carne en todos los lados con la preparación de especias y laurel machacado, humedecer  un poco las manos y cubrir toda la superficie de la pieza con la mezcla, tratando que se adhiera bien. Debe quedar cubierta con una capa de aproximadamente 3 mm.

Colgar durante un par de días en lugar fresco y ventilado, luego trasladarlo a un lugar oscuro y seco por 4 días  para madurar. Servir cortado en rodajas finas acompañado por Pan Árabe/Pita.

Con información de Cookpad

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La pastelería siria que escapó de las bombas de guerra

La pastelería Salloura ©GroundTruth Project

Continúa su legado en Estambul, dando trabajo a otros refugiados sirios y haciéndoles sentir como en casa.

Samir Salloura y su familia abandonaron Siria cuando comenzó la guerra civil, en 2011. Con ellos, decidieron llevarse su pastelería y la receta del dulce típico que les hizo famosos en la ciudad de Hama. Se trata del Baklava, un pastel elaborado con una pasta de nueces trituradas en masa filo y un baño de miel que curiosamente, siendo originario de Turquía, ahora siguen preparando en su nueva panadería de Estambul.

Allí, y en los dos países en los su familia ha buscado refugio –Egipto y algunas zonas de Siria alejadas de la guerra­–. Pero su tienda en la capital de Turquía se encuentra en una zona ahora muy peculiar: Faith, el barrio que se ha convertido en la “pequeña Siria” de la ciudad.

Son ahora muchos los letreros que anuncian el shwarma sirio” y la “cocina de Alepo en las estrechas callejuelas de este distrito. También son muchos los vendedores ambulantes exiliados del país fronterizo que venden café con especias de cardamomo o frascos de verduras encurtidas para poder sobrevivir.

Pero la historia de la pastelería Salloura es, quizás, la más particular. La tradición de la pastelería comenzó con el tatarabuelo de Samir, hace más de 150 años, cuando comenzó a elaborar y vender pasteles de queso en las calles de la ciudad siria de Hama.

Un expositor de la pastelería repleto de dulces típicos ©Daily Sabah

Pronto sus dulces se hicieron famosos, y durante el próximo siglo y medio, los Salloura – apellido que en árabe significa “hijo de”– se dispersaron por todo el país llevando consigo las recetas de sus confecciones. Abrieron tiendas y añadieron nuevos dulces a su oferta.

El apellido Salloura se convirtió en Siria en un sinónimo de postre, pero la guerra ha estado a punto de acabar con su legado y con sus recetas que datan de la década de 1870. A medida que la crisis política y humanitaria ha obligado a millones de sirios a huir del país con pocas posesiones –algunas ropas, algunas fotos–, los exiliados han traído consigo una moneda diferente: su cultura, idioma y comida. Y en Salloura, esa moneda es oro.

Los exiliados sirios en Estambul reconocen esa moneda y la saben apreciar. De ahí que, desde la apertura de la pastelería en 2013, haya conseguido ganarse la buena reputación también en la antigua capital del Imperio Otomano. Para muchos, tomar postre en Salloura significa paladear de nuevo los sabores de casa.

Además, Salloura, da empleo a otros refugiados sirios. Desde julio de 2015, Turquía ha registrado más de 1,8 millones de exiliados procedentes del país fronterizo, según datos de la agencia de refugiados de la ONU, ACNUR. Aproximadamente 350.000 de ellos viven en Estambul, según fuentes oficiales turcas, y este número irá al alza.

Con información de La Vanguardia

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Gregorio, el experto en dolor; Doctor de la Iglesia Católica

Gregorio «el Narek»

Todos los pueblos de la tierra han padecido a lo largo de su historia etapas de indecible sufrimiento. Pero algunos han capitalizado el dolor de un modo especialmente agudo. Es el caso de Armenia, desde su primer bautismo –bautismo de sangre-, en torno al año 300, pasando por las sucesivas invasiones selyúcidas y mongoles, hasta el trágico genocidio de 1915 en que fueron exterminados un millón y medio de cristianos (Declaración común de Juan Pablo II y Karekin II, 27 de septiembre de 2001). Y para las sucesivas generaciones armenias que han arrostrado con increíble valentía el inmenso dolor soportado durante los últimos mil años, dos libros han sido los únicos instrumentos de consuelo y esperanza: la Biblia, y el Libro de las Lamentaciones de Gregorio de Narek.

Gregorio nació hacia 950 en Antsévatsik, actualmente en territorio turco. Huérfano de madre desde muy niño, fue confiado por su padre al superior del monasterio de Narek. Allí recibió una completísima formación que abarcaba todas las ramas de la cultura de la época; desde la literatura hasta la matemática, desde la teología hasta la astronomía. Dentro de su saber enciclopédico, no desconocía desde luego la doctrina de los Padres (Basilio, Gregorio de Nisa, Cirilo, Efrén…), y muy pronto comenzó él mismo a escribir diversas obras: poesía religiosa (Himnos y Odas), panegíricos (sobre la Cruz, sobre la Virgen y sobre los apóstoles), las oraciones conocidas como “el tesoro” (sobre el Espíritu Santo, la Iglesia y la Cruz)… y, muy especialmente, el Libro de las Lamentaciones.

Este Libro, escrito hacia 1002, poco antes de su fallecimiento, “da voz al grito, que se convierte en oración de una humanidad que sufre y es pecadora, oprimida por la angustia de la propia impotencia pero iluminada por el esplendor del amor de Dios y abierta a la esperanza de su intervención salvífica, capaz de transformar todo” (Mensaje del Santo Padre Francisco a los Armenios, 12 de abril de 2015).

Conocido también como “el Narek”, habitualmente es situado en la cabecera de la cama de los enfermos y moribundos, y en general constituye el consuelo de todos aquellos armenios a quienes asola el dolor físico o espiritual. Consta de 95 oraciones, escritas como un coloquio con Dios, en las que se muestra Su misericordia como refugio y remedio para todo pesar.

Realmente este libro ha supuesto un extraordinario bálsamo para un pueblo tan atormentado como el armenio, cuya espiritualidad “está impregnada de un sano orgullo por el signo supremo del don de la vida en el martirio” (Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II en el XVII Centenario del Bautismo del Pueblo Armenio, 2 de febrero de 2001, n. 4). Este “sano orgullo” se puso ya de manifiesto en la batalla de Avarayr (451) contra el rey sasánida Yazdegerd (que significa “hecho por Dios”) II, el cual intentó imponer a sangre y fuego la religión mazdeísta a los cristianos armenios. Éstos resistieron heroicamente la opresión porque “quienes creían que el cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel” (Eliseo, Historia de la guerra de Vartán y de los armenios).

Posteriormente llegarían las crueles invasiones mongoles, y la dominación otomana. Durante ésta, los cristianos armenios fueron siempre ciudadanos de segunda. Se distinguió entre los Turcos y los “Raya” (literalmente, ganado). Y además del “conjunto de incapacidades legales que les denegaban protección y reparación institucionales en el caso de ser víctimas de una agresión, también estaban sometidos a imposiciones arbitrarias, de las que la peor era el tributo de los niños (Devshirme). Los temidos jenízaros (soldados de élite) se llevaban a los niños cristianos, arrancándolos de sus padres. Una de las penosas tareas de los obispos armenios era la de reunir o seleccionar este tributo humano en el seno de los hogares armenios. Un caso bien conocido es cuando, en el siglo XVIII, se ordenó al obispo armenio de Sivas que enviara 5.000 niños armenios al Sultán. Berberian, el cronista armenio contemporáneo, describe gráficamente cómo, conducidos a pie, en pleno invierno, la mitad de los pequeños jamás llegó a su destino.” (George Hintlian, El Genocidio armenio, en: Historia y Política: ideas, procesos y movimientos sociales, nº 10, 2003, pp. 66-67).

Durante estos siglos de oscura opresión, “los cristianos armenios, guiados por la certeza de la ayuda divina, supieron repetir constantemente la oración de san Gregorio de Narek: “Si mis ojos contemplan el espectáculo del doble riesgo en el día de la miseria, ¡que vea tu salvación, oh próvida Esperanza! Si dirijo mi mirada a las alturas, hacia el sendero terrible que lo abarca todo, ¡que me salga al encuentro con dulzura tu ángel de paz!” (Carta apostólica… n. 4)

Pero indudablemente el momento más crítico de la historia de Armenia, donde estuvo amenazada su propia supervivencia como pueblo, fue el “Gran Crimen” (Medz Yeghern), calificado como genocidio por la sistemática brutalidad con la que un número indeterminado de civiles, no inferior al millón y medio de personas, fue exterminado en los albores del siglo XX. Esta masacre, que se había anticipado con episodios de violencia extrema ya desde finales del siglo XIX, tuvo su culmen con la llegada al poder de los Jóvenes Turcos y la aprobación en 1915 de la Ley de Deportación Temporal. “La población armenia formada por mujeres, niños y ancianos, recibió la orden de trasladarse hacia destinos no especificados y con un escaso margen de tiempo. Entre abril y septiembre, en un tiempo relativamente corto, un millón de armenios fue sistemáticamente asesinado en esas marchas de la muerte. Parece que el último destino era el desierto sirio, específicamente Alepo. Cuando las autoridades turcas vieron que quedaban cerca de medio millón de supervivientes los reenviaron hacia el desierto. Allí, bandas de delincuentes, preparadas por las autoridades otomanas y formadas en su mayor parte por chechenos y circasianos, asesinaron a cerca de 300.000 armenios. Los desiertos de Deir el Zor se convirtieron en los mayores cementerios de los deportados armenios.” (George Hintlian, pp. 81-82).

En aquel desierto, Eitan Belkind, un soldado judío del ejército otomano vio cómo “un soldado circasiano ordenó a los armenios que juntaran cardos y espinos y que los apilaran en una gran pirámide. Después ataron por las manos a todos los armenios que estaban allí, casi 5000 almas, cercándolos como un anillo en torno a la pila de cardos y espinos y prendiéndoles fuego en una llamarada que subió hasta los cielos junto con los gritos de los desdichados que fueron quemados hasta la muerte. Huí del lugar porque no podía soportar semejante visión. Azoté al caballo para que galopara con todas sus fuerzas y después de una loca carrera de dos horas todavía podía seguir escuchando sus lastimosos gritos, hasta que volví al lugar y vi los cuerpos abrasados de miles de seres humanos» (Yair Auron, The Banality of lndifference, 2000, p. 183).

“Un millón y medio de seres humanos asesinados: caravanas interminables de personas hambrientas, sedientas y en harapos, madres ultrajadas que, a su vez, presenciaban cómo violaban, robaban o vendían a sus hijos e hijas, personas mutiladas, torturadas o asesinadas delante de sus familiares, gendarmes que arrojaban los bebés al cielo y los esperaban con sus bayonetas caladas, vejámenes de todo tipo a mujeres embarazadas… El horror se podría resumir sencillamente: “Uno de los trofeos más preciados que podía tener un turco era un collar hecho con pezones de mujeres armenias” (Andrés Vartabedian, Centenario del Genocidio Armenio 1915 – 2015)

Han pasado ya más de 100 años desde aquellos horribles sucesos. Pero como dice el papa Francisco, recordar lo sucedido es un deber no sólo para el pueblo armenio y para la Iglesia universal, sino para toda la familia humana, para que el llamamiento que surge de esa tragedia nos libre de volver a caer en semejantes horrores, que ofenden a Dios y la dignidad humana.

“San Gregorio de Narek, formidable intérprete del espíritu humano, parece pronunciar palabras proféticas para nosotros: «Yo cargué voluntariamente todas las culpas, desde las del primer padre hasta las del último de sus descendientes, y de ello me consideré responsable» (Libro de las Lamentaciones, LXXII). Cuánto nos impacta ese sentimiento suyo de solidaridad universal. Qué pequeños nos sentimos ante la grandeza de sus invocaciones: «Acuérdate, [Señor,]… de quienes en la estirpe humana son nuestros enemigos, pero para su bien: concede a ellos perdón y misericordia (…) No extermines a quienes me muerden: ¡conviértelos! Extirpa la viciosa conducta terrena y arraiga la buena conducta en mí y en ellos» (ibid., LXXXIII)”. (Mensaje…)

El papa Francisco, tan sensible como sus predecesores a los sufrimientos del admirable pueblo armenio, declaró a Gregorio de Narek Doctor de la Iglesia el 21 de febrero de 2015.

Con información de Diario Armenia

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La casa turca donde pasó sus últimos días la Virgen María

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Casa de la Virgen María en Éfeso Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La casa de la Virgen María (Meryem Ana Evi en turco) es una pequeña capilla situada en las proximidades de la histórica ciudad de Éfeso (en el actual municipio de Selçuk en Turquía), que según ciertas corrientes cristianas constituyó el último refugio de María hasta su ascensión a los cielos.

Los defensores de esta teoría creen que San Juan el Apóstol ocultó a la Virgen María en Éfeso tras la muerte y posterior resurrección de Jesús, con el fin de huir de las persecuciones que se estaban produciendo en Jerusalén. Esta teoría se sustenta principalmente en el hecho de que Jesús tenía en gran consideración a Juan y sería a él a quien Cristo (según estas fuentes) asignaría la labor de cuidar de María; a ésto se añade el hecho demostrado que San Juan residió durante muchos años en Éfeso, donde murió y tiene aún reposo.

Esta versión es aceptada de forma extensa por los cristianos ortodoxos, pero su veracidad genera más dudas dentro de la iglesia católica que nunca ha reconocido oficialmente esta teoría (que iría contra la más extendida de que María murió en Jerusalén) aunque si es tolerada por la misma y de hecho la casa ha sido visitada por distintos Papas y tiene consideración de santuario y centro de peregrinación.

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Estatua de la Virgen María en Éfeso Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La localización de la casa fue dada por la monja alemana Anne Catherine Emmerich, quien a principios del siglo XIX visualizó en sueños los últimos días de la Virgen. La visión fue tan precisa, que sin haber visitado nunca Turquía consiguió describir con precisión el paisaje donde estaba ubicada la misma, permitiendo con sus relatos que varios misioneros encontrasen los restos de una pequeña casa que tradicionalmente era venerada por los habitantes de un pueblo cercano, mayoritariamente descendientes de los cristianos que residieron en Éfeso.

La actual capilla fue terminada en el año 1950 y se asienta sobre restos arqueológicos diversos, incluyendo los de una casa que es en la que se supone que residió y falleció la Virgen. El santuario desprende sencillez tanto en su decoración interna o externa y se encuentra situado en un hermoso entorno natural pleno en calma y espiritualidad, que desborda en fieles el 15 de agosto coincidiendo con la celebración de la Asunción, momento en el que cristianos y musulmanes (los cuales también veneran a María) se juntan para celebrar los últimos momentos en vida de la Virgen. Visitantes que aprovechan para realizar peticiones a María colgando papelitos en una pared y que terminan su ruta bebiendo en una fuente a las cual se atribuye propiedades milagrosas y que cuyo preciado líquido es un souvenir altamente demandado.

Más allá de las creencias y la veracidad o no del sacro lugar, la casa de la Virgen María nos recuerda la importancia de Turquía en la historia del cristianismo, un país que pese a la predominancia islámica actual fue cuna de muchas de las figuras esenciales de la iglesia y cuya espiritualidad es parte inherente de esta tierra plena en alma y belleza.

Por Miguel Ángel Otero Soliño
Con información de:Planeta Tour

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Turquía (y el mundo), ante el precipicio

Soldados turcos marchan en Estambul durante el Día de la República, el 29 de octubre de 2015 (Reuters)
Soldados turcos marchan en Estambul durante el Día de la República, el 29 de octubre de 2015 (Reuters)

A comienzos de 1911, una revuelta tribal desbarató la precaria administración del sultán Abd al-Hafid de Marruecos -tío bisabuelo del actual monarca Mohamed VI- y terminó propiciando una importante operación militar franco-española, bajo la habitual excusa de proteger a los residentes y las propiedades extranjeras en el país. El 1 de julio, buques de guerra alemanes se desplegaron frente a Agadir, con la presumible intención de establecer una base naval avanzada en la zona, de la que sucesivos acuerdos entre las potencias europeas para el desmembramiento colonial de África habían excluido a Alemania. Tropas francesas se dispusieron a repeler un posible desembarco y unidades de la marina británica partieron desde Gibraltar para respaldarlas. Los titulares de la prensa mundial se llenaron de proclamas patrióticas y admoniciones bélicas, y llegaron a producirse movimientos militares preventivos en las fronteras europeas.

En un artículo de agosto de 1911, Rosa Luxemburgo acusaba a los líderes de Alemania, Francia y el resto de potencias europeas de «regatear, como lo hacen en el mercado para la carne y las cebollas, con cuestiones en las que se decide la vida de miles de personas, la felicidad o infelicidad de pueblos enteros», llevando sus apetencias coloniales «al borde del precipicio de una guerra mundial». La crisis de Agadir terminaría solventándose en la mesa de negociaciones, pero las ambiciones expansionistas contrapuestas de las potencias europeas, su desbocada carrera armamentística y su diplomacia al borde del precipicio tardarían solo tres años en dar la razón a Luxemburgo, cuando el asesinato del príncipe austriaco Francisco Fernando en Sarajevo desencadene una Primera Guerra Mundial de extensión y brutalidad sin precedentes, con un saldo de entre quince y veinte millones de muertos e incontables heridos y desplazados.

En torno a las 11 de la noche del pasado 15 de julio, las redes sociales empezaron a difundir imágenes de lo que pronto se confirmaría era un golpe militar de gran envergadura en Turquía. El presidente Erdogan respondió llamando a la población a salir a las calles en su defensa. Durante horas, miles de ciudadanos y policías leales al gobierno se enfrentaron a los golpistas, que bombardearon desde el aire comisarías de policía y el mismo parlamento. Entre informaciones contradictorias e imágenes escalofriantes, todas las opciones parecían abiertas, incluso la más aterradora: el estallido de una guerra civil generalizada en un país de 74 millones de habitantes, décima potencia militar del planeta, miembro de la OTAN y candidato al ingreso en la UE, atravesado por complejas tensiones políticas, religiosas y étnicas, fronterizo e implicado de las guerras de Siria e Iraq, con creciente presencia del ISIS y en el que EEUU almacena medio centenar de cabezas nucleares.

Afortunadamente, el curso de los acontecimientos no fue ese, y los golpistas fueron reducidos en una sola noche. Desde entonces el gobierno de Erdogan, elegido en las urnas pero con un infame historial en materia de derechos humanos y libertades civiles, se sirve del fallido golpe como coartada para purgar a miles de militares, policías, jueces o docentes desafectos, mientras sus enfervorecidos seguidores aterrorizan en las calles a disidentes políticos, minorías religiosas y refugiados. El mundo puede, a pesar de todo ello, respirar aliviado, porque no parece que Turquía vaya a colapsar a corto plazo. Pero, al contrario de lo que hicieron tras la crisis de Agadir en 1911, las grandes potencias deberían reconsiderar el riesgo incalculable de seguir maniobrando al borde del precipicio sobre un arco de inestabilidad en expansión que ya va desde Libia, convertida tras la calamitosa campaña militar occidental en un estado fallido a merced de señores de la guerra y terroristas del ISIS, hasta Afganistán, que quince años después de ser invadido por EEUU sigue sumido en el caos y sometido a periódicos estallidos de violencia, pasando por las atroces, interminables y cada vez más internacionalizadas guerras iraquí y siria y el monstruoso necrocalifato del ISIS nacido a su abrigo, sin olvidar nuevos conflictos de deriva aún imprevisible, como la intervención saudí en Yemen, o situaciones de latente tensión en grandes estados como Pakistán, Egipto o Turquía.

Son tales la profundidad de la fractura civilizatoria que se enseñorea de la región y la complejidad de la maraña de intereses que le subyace, que cuesta siquiera concebir la posibilidad de una situación alternativa: parafraseando a Fredric Jameson, nos resulta ya más fácil imaginar el fin del mundo que un Norte de África y Medio Oriente apenas incipientemente pacificado, próspero y democrático. Y es seguro que tal alternativa no alcanzará siquiera a apuntarse en el horizonte mientras el incesante regateo de carne y cebollas de las potencias regionales y globales y las grandes corporaciones armamentísticas y energéticas siga marcando el ritmo de los acontecimientos, insensible ante el ya inconmensurable sufrimiento presente -del que, resulta tan ingrato como preciso recordarlo, el causado por las acciones terroristas en ciudades europeas apenas constituye una pequeñísima fracción, frente a los indescriptibles holocaustos cotidianos de Bagdad, Faluya, Saná, Raqqa, Alepo, Homs o Yarmuk-, e irresponsable ante la cada vez más plausible hipótesis de una inflexión definitivamente catastrófica, de inevitables y potencialmente devastadoras repercusiones globales, como la que el golpe militar en Turquía ha estado a punto de provocar. La urgencia de poner en pie auténticas alternativas de paz, estabilización y desarrollo en la región, que contravengan esta desquiciada carrera hacia la definitiva catástrofe, es moral y políticamente absoluta. «El tiempo es sangre», escribía Miguel Hernández, durante el terrible preámbulo español a la Segunda Guerra Mundial. Y ahora, como entonces, corre velozmente en nuestra contra.

Por  Jónatham F. Moriche
Con información de: ATTAC España

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