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Seres Mitológicos: Animales Esféricos – Jorge Luis Borges

Animales Esféricos

La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la superficie equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin cambiar de lugar y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del Demiurgo, que dio forma esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las Leyes (898) afirmó que los planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos animales esféricos a la zoología fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no querían entender que el movimiento circular de los cuerpos celestes era espontáneo y voluntario.

(Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los bienaventurados resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.)

En la época del Renacimiento, el concepto del cielo como animal reapareció en Vantini; el neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y Giordano Bruno sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre caliente y de hábitos regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler discutió con el ocultista inglés Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra como monstruo viviente, «cuya respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la vigilia, produce el flujo y el reflujo del mar». La anatomía, la alimentación, el color, la memoria y la fuerza imaginativa y plástica del monstruo fueron estudiados por Kepler.

En el siglo XIX, el psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner (hombre alabado por William James, en la obra A Pluralistic Universe) repensó con una suerte de ingenioso candor las ideas anteriores. Quienes no desdeñan la conjetura que la Tierra, nuestra madre, es un organismo, un organismo superior a la planta, al animal y al hombre, pueden examinar las piadosas páginas de su Zend-Avesta. Ahí leerán, por ejemplo, que la figura esférica de la Tierra es la del ojo humano, que es la parte más noble de nuestro cuerpo. También, «que si realmente el cielo es la casa de los ángeles, éstos sin duda son las estrellas, porque no hay otros habitantes del cielo».

Por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero

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Algunos vocablos que provienen del árabe y que utilizamos sin saberlo

El diccionario en español está lleno de expresiones provenientes de la herencia árabe. Todavía a día de hoy las seguimos empleando.

Dentro del diccionario español, existe una enorme variedad de palabras y referencias provenientes de otras lenguas. Es de sobra conocido el caso de los anglicismos: palabras que hemos acoplado en nuestro idioma, pero que, evidentemente poseen procedencia del inglés. Podríamos poner algún que otro ejemplo, como puede ser la palabra ‘sandwich‘; referente a un bocadillo emparedado, o una más reciente como ‘influencer‘ que va más dirigida a esas personas capaces de adquirir una gran relevancia en las redes sociales.

El latín es otro de los idiomas que por referencia pura se relacionan con nuestro castellano. Son muchas las referencias que se hacen al idioma, por no mencionar que al español se le denomina como «lengua romance«. Se aplican estos términos a la rama indoeuropea de lenguas estrechamente relacionadas entre sí y que históricamente aparecieron como evolución (o equivalentes) del latín vulgar (entendido en su sentido etimológico de habla cotidiana del vulgo o común de la gente); y opuesto al latín clásico (forma estandarizada que a partir de cierto momento era una lengua aprendida como segunda lengua y no como lengua materna).

Sin embargo, y a raíz de la conquista árabe de parte de la Península Ibérica, (excepto lo que correspondería a Cantabria y Asturias y parte del País Vasco); algunas expresiones aparecieron, desaparecieron y tomaron una nueva forma a lo largo de los años, como ocurre con la palabra con la que denominamos a ese polvo amarillento o rojo que se usa para el pelo o manos, la henna (del árabe clásico inn’). Este arabismo ha evolucionado dentro del español. Antes era más frecuente hablar de aleña (del árabe hispánico alínna).

El primer contacto para adoptar los arabismos, explica Vicente, fue entre el siglo VIII y el siglo XI, «con la convivencia muy fuerte entre dos lenguas, el protocastellano/roman-andalusí, romance de Al-Ándalus muy temprano, y el árabe andalusí». «Es una época de interacción muy fuerte y donde los mozárabes (población hispana con elementos culturales musulmanes) son muy numerosos».

El segundo contacto es durante las conquistas de los reinos cristianos a los musulmanes, donde hay una nueva convivencia de las lenguas árabe y castellano. Lo que más abundan son los sustantivos, aunque también hay algún que otro adjetivo y algún verbo.

Vicente explica que hay muchas palabras en el campo léxico de la agricultura (acequia, noria), de la tierra (alubia o algarroba), de la matemática (álgebra, cero) o militares (alférez). Las que todos seguro identificamos rápido son las palabras que empiezan por «al». Son préstamos que pasaron con el artículo definido que, en árabe, es único, «al», en contraposición a «el/la/los/las» del castellano. Así ocurrió con almohada (al mihaddah) o albañil (al bann’). Buena parte de las que empiezan con «a» tienen el mismo origen, solo que la «l» del artículo «al» se asimila, como ocurre con azafrán (al za’farn).

Algunos ejemplos de palabras árabes en nuestro español

Alardear. Es un ejemplo de palabra que evoluciona con el paso del tiempo. Cuando alguien alardea, está presumiendo de algo. Pero el origen de esta palabra poco tiene que ver con su significado actual. Ni siquiera existía como verbo. Lo que ha llegado a nosotros es la derivación de un sustantivo, «alarde» (al’ár?), que era pasar revista a las tropas.

Cifra. También eran buenos en matemática, así que no es de extrañar que nos hayan quedado palabras como esta, cifra (?ífr), que originalmente significaba «vacío» y hoy usamos para referirnos a un número.

En balde. Si alguna vez pusiste mucho empeño en algo, pero que no sirvió para nada, tu esfuerzo habrá sido en balde (b??il), en definitiva, será un esfuerzo inútil, en vano o sin valor, precisamente el significado original de este arabismo.

Hazaña. Cuando alguien hace algo heroico o ilustre decimos que ha hecho una hazaña (?asanah), aunque originalmente se refería a una buena acción.

Joroba. La que tiene el famoso campanero de Notre Dame o lo que tienen los camellos, esa protuberancia en la espalda que también puede ser esa cosa que nos fastidia y nos joroba (?adabah).

Sorbete. Helado, flash, hielito, chupichupi… Según de donde seas, usarás distintas palabras para referirte a sorbete (Šarbah), ese delicioso postre congelado hecho con agua o leche y con distintos sabores, con barquillo o en palito. Así que estarás usando un arabismo. O mejor aún… ¡Comiéndolo!

Titiritero. Esa persona que maneja las marionetas, o títeres debe su nombre a una expresión muy curiosa del árabe, que es tiríd tirí y significa «¿quieres venir?».

Por Adrián Quijada
Con información de Cope

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