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Cafés: jóvenes saudíes detrás del mostrador

Interior de una cafetería saudí ©Ángeles Espinosa
Interior de una cafetería saudí ©Ángeles Espinosa

La pasión por el café genera autoempleo entre los jóvenes y ayuda a vencer el tabú.

La decisión de Abdullatif Abdullah Alwshigry de ponerse detrás de un mostrador de café conmocionó a su familia. No sólo el joven acaba de regresar de Estados Unidos con un máster en sistemas informáticos, sino que en su país, Arabia Saudí, el sector servicios es cosa de inmigrantes extranjeros. “Es cierto que en nuestra cultura no se espera que hagamos [este tipo de trabajos], pero una vez superada la sorpresa, me han apoyado mucho”, confía orgulloso de haber podido convertir su pasión por el café en un modo de vida.

“He crecido oliendo como mi madre tostaba los granos en casa [para hacer el café árabe mucho más claro], luego en la universidad me aficioné al café negro y empecé a desarrollar interés por el producto y a comprar mis propios granos”, rememora.

Abdullatif (en Arabia suele utilizarse el primer nombre incluso en los ámbitos profesionales) montó The Camel Step, una tienda gourmet de degustación de café, junto a otros dos amigos, en 2014. Pero a diferencia de lo que viene siendo tradicional entre los árabes del Golfo, no se limitaron a poner el dinero y contratar media docena de asiáticos para gestionarla.

Su entrada en el mundo laboral ha coincido con un momento complicado para el reino que ya no puede garantizar puestos de funcionario para la oleada de jóvenes que cada año busca trabajo. Así que las autoridades promueven el autoempleo. A la vez, triunfaba entre los jóvenes urbanos la moda del café. Espresso, americano, con leche o sólo, ese líquido negro empezaba a desplazar a las bebidas tradicionales.

“Hace 20 años no bebíamos café, sólo te o café árabe”, señala Samer al Hashim, copropietaria de Accoustic, una de las cafeterías más acogedoras de la calle Tahlia, en el centro de Riad.

En esa conversión algo ha tenido que ver Gustavo Pérez Figueroa, a quien sus clientes conocen como Mustafa. Este colombiano de familia de cafeteros abrió en 2006 el primer tostadero en Riad, pero no se ha limitado a vender café que importa directamente de su país, sino que transmite su pasión por el producto. Junto a su mujer, Radilca Hernández, ha preparado a 350 baristas, una quincena de ellos saudíes. “Incluidas varias chicas”, apuntan orgullosos.



Sara al Akeel está entre sus preferidas. La joven, recién licenciada en Administración de Empresas, ha desarrollado una especial sensibilidad hacia las notas y los matices de los granos, que impresiona al propio Pérez Figueroa. Ahora busca un inversor que le ayude a hacer realidad su proyecto de café gourmet en el que, explica, “la degustación de una especialidad se convierta en una experiencia”. Y ella estará detrás de la barra para hacerla inolvidable.

En su visión, el cliente elige los granos entre una variedad de procedencias y tuestes, ve cómo se muelen en el momento y puede elegir la forma de infusión: a través de una máquina de espresso, una cafetera francesa o una de las versiones modernas del tradicional café de goteo, que triunfan entre los paladares más exquisitos. “Es toda una filosofía que enlaza con la tendencia del slow food”,señala Pérez Figueroa en referencia al movimiento de consumo alternativo.

“El café está en la cultura árabe; la misma palabra café viene del árabe qahwe”, defiende Abdullatif, mientras atiende a unos clientes. Pasada la sorpresa inicial, aprecian su presencia. De alguna forma sienten que su implicación personal es una garantía de calidad que va más allá del mero negocio.

Por Ángeles Espinosa
Con información de El País

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Las Rosas de Taif

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Una sola especie de flor de color rosa, de perfume intenso, es la responsable de que las comunidades rurales de al-Hada y al-Shafa se envuelvan en un fragante esplendor de color rosado. Durante tres siglos, la rosa de Damasco (Rosa x Damascena trigintipelata) de treinta pétalos ricos en aceite, se ha cultivado y procesado aquí para convertirse en el perfume de rosas, y su homóloga, aún más antigua: el agua de rosas.

Bendecida por un clima que lo convierte en un refugio del calor de la vecina Yedah y La Meca, el remanso montañoso de Taif es considerado uno de los huertos de Arabia Saudí, y un sitio de veraneo muy popular también. Al este de la ciudad el terreno se alza hasta alcanzar los 2000 metros, y es aquí donde se han combinado factores como una temperatura favorable, la gran abundancia de aguas subterráneas, un buen sistema de regadío y una excelente calidad del suelo, para hacerse merecedora del sobrenombre de “la Rosa de Arabia” desde que la rosa comenzase a cultivarse aquí en tiempos de los otomanos.

La palabra attar es en la actualidad un sinónimo de aceite de rosas, y viene del árabe ‘itr, que significa “perfume” o “esencia”. La primera descripción de la destilación de los pétalos de rosa la realizó al-Razi en el siglo X, y uno de los primeros centros de producción de agua de rosas estaba en el sur de Persia. Más tarde, en el siglo XIII, el agua de rosas se producía a gran escala en Siria, de modo que el nombre del aceite que contenía rosas del género Damascena puede que hunda sus raíces en la ciudad de Damasco. Sin embargo, el auténtico attar –el aceite de rosas tal y como lo conocemos hoy– no llegó a producirse hasta finales del siglo XVI, cuando se desarrolla la técnica de la doble destilación.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegó a Taif la rosa de Damasco de 30 pétalos. El impulso de su cultivo, sin embargo, parece estar claro que se produjera en Taif por su proximidad a La Meca. El hecho de que la rosa de Taif sea prácticamente idéntica a la de la cepa de la famosa rosa de Bulgaria “kazanlik” nos hace pensar que las rosas de Taif se pudieron haber trasplantado aquí desde los Balcanes por los turcos otomanos, que ocupaban el área desde mediados del siglo XIV y el Hijaz desde el XVI. Sin embargo, la rosa kazanlik –que es su nombre turco y significa “apta para destilarse en una caldera”– tiene su propio origen en las plantaciones de rosas de Persia, en los alrededores de Shiraz y Kashan, que a su vez abastecían los cultivos de Siria. Existe una leyenda entre los cultivadores de al-Hada que cuenta que la flor es originaria de la India.

La producción de ‘attar’ en Taif

La producción de Taif hoy en día es modesta, aunque de muy alta calidad, si se compara con las grandes cantidades orientadas a la exportación que producen en Turquía, Bulgaria, Rusia, China, la India, Marruecos e Irán. Sin embargo, el mercado no está saturado, ya que tanto ayer como hoy, la obtención del attar es muy laboriosa; su potencia, al igual que su precio, sigue siendo tan alta que un regalo de este preciado aceite supone el mayor de los cumplidos que pueda hacérsele a alguien.

Al principio, hace unos 200 años, los pétalos de rosa de Taif se almacenaban y empaquetaban en sacas que se transportaban en camello unos 65 kilómetros aproximadamente hasta la ciudad sagrada de La Meca. Allí eran destiladas por farmacéuticos indios que obtenían el attar según un proceso no muy distinto al que se utiliza hoy. Estos artesanos llegaron a ser maestros en la elaboración de un tipo de attar muy especial, que conseguían mediante la infusión de rosa destilada en aceite de sándalo. El resultado era una mezcla con refrescantes notas florales y de madera. Curiosamente, esta mezcla se puede encontrar todavía en la India, aunque en el mercado de Arabia Saudí sea raro encontrarla.

Hace dos siglos que los destiladores trajeron su oficio hasta el mismo Taif. Aquí, más cerca de los campos de rosas, la manufactura del aceite de rosa era más eficaz, ya que la materia volátil del aceite de rosa se evaporaba rápidamente una vez cosechados los pétalos. Poco después de que se establecieran estas destilerías, el aceite de la rosa de Taif empezó a ganarse el prestigio en todo el mundo musulmán. Cualquier peregrino que se lo pudiera permitir compraba al menos un tubito –llamado tolah, por su peso– del afamado perfume como souvenir del Hajj (peregrinación a La Meca). Los peregrinos que viajan por tierra desde Levante habrían de tomar a menudo la ruta que cruza por Taif para comprar expresamente el aceite de rosas. En nuestros días, el aceite de rosa de Taif es la variedad preferida de las autoridades de La Meca, donde el attar se utiliza para perfumar la denominada Esquina Yemení, en la sagrada Kaaba, en la Gran Mezquita de La Meca.

Por Michael R. Hayward
Las Rosas de Taif  . Adaptado del libro Saudi Aramco y su Mundo

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¿Por qué Arabia e Irán han partido el Islam en dos? 

El jesuita egipcio Samir Khalil Samir analiza la rivalidad entre suníes -cada vez más radicales- y chiíes -con los que el diálogo es más factible
El jesuita egipcio Samir Khalil Samir analiza la rivalidad entre suníes -cada vez más radicales- y chiíes -con los que el diálogo es más factible

Análisis del reputado jesuita egipcio e islamólogo Samir Khalil Samir sobre la crisis que enfrenta a la Arabia suní (y sus aliados) con el Irán chií (y sus aliados).

El enfrentamiento que está delineándose entre Arabia Saudita e Irán tiene, por cierto, motivos políticos y económicos:

-la diferencia de posiciones sobre las cuestiones siria y yemenita;
-la competencia en la producción petrolífera;
-el dominio de la península arábiga y del Golfo.

Pero dicho enfrentamiento tiene también raíces religiosas, y se vincula con una lucha que ha de definir quién debe guiar la forma del islam destinada a la hegemonía.

Una crisis de décadas, la peor de siglos

El islam está atravesando una crisis desde hace algunos decenios: es la más grande de los últimos dos siglos. La misma asume formas variadas, de acuerdo a la política. Un punto sobre el cual es urgente y necesaria una superación es la estrecha relación entre política y religión.

En realidad, dicho problema fue afrontado desde la mitad del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX: teníamos una tendencia liberal que buscaba crear Estados que fueran neutrales en términos religiosos; islámicos, porque la mayoría de la población era musulmana, pero quien no era musulmán tenía más o menos los mismos derechos. En síntesis, había una cierta neutralidad y laicidad.

Arabia exporta integrismo con dinero

Ahora, en cambio, al menos en los últimos 50 años se ve una tendencia contraria a ésta. En Egipto, por ejemplo, en Minia, en el ’73, como una especie de signo, en la apertura de las escuelas femeninas, todas las jóvenes asistieron cubiertas, con el chador, y las manos cubiertas con guantes.

La explicación: Arabia Saudita pagaba una “retribución mensual” a las familias egipcias que aceptasen cubrir a sus mujeres. Dicho pago era equivalente a un tercio del salario de un empleado. Y la gente aceptaba el dinero.

Este hábito se ha vuelto absolutamente normal. Actualmente, si una mujer no está cubierta con el velo es criticada y mirada mal. Incluso las mujeres cristianas se pasean cubiertas por el temor a ser insultadas u ofendidas.

Este deslizamiento hacia una cerrazón proviene del fundamentalismo sunnita y wahabita, de Arabia Saudita y de Qatar.

Y se explica también desde el punto de vista sociológico: Egipto tenía a más de un millón de sus trabajadores en el exterior, en Arabia Saudita, que, luego de pasar algunos años allí, al regresar a su patria, se ponían a practicar los usos sauditas. Esto es aplicable también para otros países de proveniencia de los inmigrantes .

La expresión corriente que podía escucharse era: “¡Dios bendiga a Arabia Saudita, maldita sea!”. Arabia era una fuente de ganancias, pero a la vez una fuente de integralismo y de cerrazón.

Cosas de este tipo suceden también en Italia, donde los maridos fundamentalistas obligan a sus mujeres a seguir las costumbres sauditas o fundamentalistas. Para ellos, esta vestimenta es una categoría religiosa.

Ha de decirse que otros países del Golfo tienen visiones más tolerantes, permitiendo la construcción de iglesias y llegando incluso a financiar la misma.

El integrismo chií de Jomeini ya pasó

Desde fines de los años ’70, con Ruhollah Jomeini, en Irán también se difundió un fundamentalismo chiita, pero los iraníes ya han tomado distancia del mismo.

Hace algunos años estuve en Qom [ciudad al sur de Teherán, una especie de “Vaticano” de los chiitas iraníes, por el gran número de escuelas teológicas allí presentes, y se veía a las mujeres en el chador, todas cubiertas de negro.

Pero en Shiraz, por ejemplo, las jóvenes llevaban velos de colores, que dejaban asomar algún que otro mechón impertinente de cabello rubio, o iban de la mano con su noviecito.

Un ayatoláh de Qom me explicó: «Usted debe entender que Qom no es Irán. Como ciudad santa hemos de tener cierto modo de vivir».



El fundamentalismo iraní, mucho mas abierto

Existen, por lo tanto, dos fundamentalismos, pero el persa es mucho más abierto desde el punto de vista intelectual e incluso posee cierto espíritu crítico.

En Qom, por ejemplo, había 40 instituciones vinculadas a la mezquita, pero no eran organizaciones religiosas: tenían una asociación para ayudar a los sordos, otra para los ciegos, para los medicamentos, una TV para los niños, un observatorio astronómico en la montaña cercana; bibliotecas de historia, de filosofía…

Una vez incluso encontré un imán que me confesó que cada día leía alguna página de las Enéadas de Plotino en la versión árabe inédita, todavía manuscrita, llamada “Teología de Aristóteles”. Esto es impensable en el mundo sunnita. Además, en la tradición wahabita suní estos libros serían quemados.

De la misma manera, en el wahabismo se persigue toda la corriente mística del Islam: recordemos lo ocurrido con Al Hallaj en el siglo IX, que fue crucificado por sus ideas y sus escritos, en los que describía su unión espiritual con Dios.

«Los sunnitas no entienden de filosofía ni ciencia»

Hace algunos años, en el 2008, en el Vaticano tuvimos el primer Foro islamo-católico. Encontré a un imán que se definió a sí mismo como “un docente de filosofía”. Con él hablamos sobre un hecho que había sucedido algunos días antes: en el sitio islam.org, una joven universitaria de París solicitó ayuda para preparar una tesis sobre Avicena (filósofo y médico persa musulmán que vivió entre 980-1037). La respuesta fue: ¡No estudie estas cosas de infieles, sino concéntrese en el estudio del Corán!

El imán frente a mí, que era chiita, concluyó: «Quien dio esa respuesta era, ciertamente, un imán sunnita. Ellos no entienden nada de filosofía o de ciencia».

La formación de un imán chiita incluye muchas materias que no son estrictamente religiosas , sino culturales. En cambio, los imanes sunnitas se limitan a estudiar el islam. Por eso, el diálogo con los chiitas es más fácil y amplio; el que se da con los sunnitas tiene una base mucho más restringida. La educación de los imanes sunnitas se desarrolla fundamentalmente aprendiendo de memoria los versículos del Corán, sin comprenderlo ni interpretarlo, y tampoco poniéndolo en una contexto histórico.

La supremacía en el mundo islámico

Sunnitas y chiitas no tienen la misma visión de la vida y de la religión, y por esto chocan entre sí. Este enfrentamiento existe desde el comienzo, pero en otro tiempo las diversidades erán más aceptadas.

Con el wahabismo, el dogma sunnita se está imponiendo donde sea. En Pakistán, por ejemplo, las leyes sobre blasfemia, que han llevado a la condena a muerte de Asia Bibi y al asesinato de tantas personas, son de inspiración típicamente saudita. En todas las regiones sunnitas -menos en algunos países, como Egipto- se está difundiendo este fundamentalismo que rechaza el uso de la razón en la lectura del Corán.

Sunnitas y chiitas se combaten para ganar la supremacia de influencia en el mundo islámico, y para definir quién debe dialogar con Occidente. El acuerdo nuclear iraní, al que arribaron las grandes potencias con Teherán, deja el campo libre a Irán; y Arabia Saudita -que se ha opuesto al acuerdo hasta el final- todavía hoy se opone al mismo de manera vehemente. Lo mismo hace Israel, aunque por motivos distintos.

ISIS nació como una milicia anti-chií

Hay que decir que, en su origen, la guerra de ISIS era una guerra anti-chiita. No es casual que en Siria y en Irak gobiernan grupos que se remiten al chiismo: la minoría alauita en Damasco y los chiitas (que son la mayoría de la población) en Bagdad.

Tensiones y enfrentamientos entre las dos comunidades ya se han difundido en Líbano, en la India, en Pakistán… donde sea que haya comunidades chiitas.

Los chiitas son como mucho el 15% de los musulmanes, y, por ende, no podrán pretender ser hegemónicos en el mundo islámico. Los sunnitas, que son la gran mayoría, tienden a afirmarse de manera totalizante. A menudo, en debates televisivos en Egipto, me ha pasado escuchar a un imán sunnita que dice a sus colegas chiitas: “¡Vosotros no tenéis derecho a estar aquí! ¡Esta es una tierra sunnita!”. ¡Y esos chiitas son tan egipcios como él!

Sin autocrítica alguna

Además de la tentación totalizante, el mundo sunita tiene la tentación de absolverse siempre: no ejercita función de autocrítica alguna.

Durante siglos, el mundo musulmán tuvo un carácter pluralista. Entre los siglos VIII y XIII, bajo los abasíes con capital en Bagdad, había sunnitas y chiitas, fundamentalistas y liberales. En el siglo IX había incluso mutazilitas, que afirmaban que “el Corán había sido creado”, mientras otros decían que era “increado”. Si el libro sagrado es “increado”, viene directamente de Dios, y no se lo puede tocar; si es “creado”, entonces es posible estudiarlo e interpretarlo. Esta posición mutazilita siguió desarrollándose por siglos, sobre todo con el califa Al-Ma’mūn (813 – 833). Su sucesor, al-Muʿtasim (833-842), partidario de la posición “increada”, expulsó a los mutazilitas.

Pero dicha corriente permaneció a lo largo de los siglos: el Corán debe ser interpretado con la razón, con aquello más agudo e inteligente que existe en la realidad. Aún en nuestros días, esta posición es vista como una amenaza, y quienes la expresan corren el riesgo de ser acusados de herejía.

La universidad de Al-Azhar sufre este problema: siendo particularmente sostenida por Arabia Saudita, no critica la posición “increada”, no obstante en el pasado ha sido esta corriente la que ha guiado con fuerza una reforma modernizante del islam.



¿El Corán según la recta razón?

Entre 1860 y 1950, durante casi un siglo, la tendencia era interpretar el Corán con libertad y sentido común. El gran rector de la Universidad de Al-Azhar, Muhammad Abduh (1849-1905), afirmaba que el Corán debe ser interpretado según la razón. Junto a él, estaban Jamal al-Din al-Afghani (1838-1897), iraní, Abd al-Rahman al-Kawakibi (1855-1902), sirio, y tantos otros que estuvieron entre los protagonistas de la Nahda, del Renacimiento árabe e islámico. Todos ellos terminaron luego exiliados por motivos políticos, pero en París continuaron publicando una revista mensual (“El vínculo indisoluble”) muy abierta, dispuesta incluso a recibir y debatir críticas al islam de personajes como Ernest Renan.

Este Renacimiento ha llevado a la construcción de Estados tolerantes con las distintas religiones. Nasser fundó la República egipcia, y su eslogan era: “La religión pertenece a Dios; la patria es de todos”. «La religión pertenece a Dios» significa que cada uno es libre de elegir y practicar la religión que quiera.

Sin embargo, en los años ’70 y bajo la influencia wahabita, todo esto comenzó a desaparecer.

Pero ya en Egipto se había pasado del pensamiento liberal de Muhammad Abduh al pensamiento mediano de Muhammad Rashīd Ridā, su discípulo, a la posición de Hassan al-Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes. Los wahabitas son incluso más extremistas que los Hermanos Musulmanes.

Dinero saudí para lograr sumisión religiosa

Aquí entra en danza otra cuestión: ¿cómo hace Arabia Saudita para difundir su verbo wahhabita? Egipto recibe al menos 3.000 millones de dólares al año de Riad; Sudán recibe algún que otro paquete de mil millones…

Para atraerlos hacia su visión, los sauditas están dispuestos a pagar, a apoyar a los gobiernos y a construir mezquitas. Más de 1000 mezquitas han sido construidas hasta ahora por Arabia Saudita en muchas partes del mundo (incluso en Italia y en Europa). Habitualmente estas mezquitas son majestuosas, enormes, y Riad paga también al imán y a los empleados. Ahora, quien paga, manda. Y, por eso, Arabia Saudita influencia el estilo de islam que se vive.

En Egipto, a causa de la influencia saudita, durante el Ramadán está prohibido vender comidas y bebidas a quien sea. Como compensación, los sauditas han comprado una zona cercana a las pirámides, que se ha convertido en un resort exclusivo, donde los ricos árabes gozan de libertades que en su país les serían prohibidas. En el mundo, la opinión es que los musulmanes tienen a los sauditas, y que ellos son «vacíos», «infieles», «corruptos», pero se garantizan su poder, incluso religioso, a través del dinero y la riqueza.

Del wahabismo a ISIS

Lo que es triste es que Arabia Saudita se compra aliados “religiosos” a través de la riqueza. Es de remarcar que el estilo religioso, fundamentalista y practicante de la sharia, conduce directamente al tipo de gobierno de ISIS.

Cada semana, en las plazas sauditas, hay ejecuciones, decapitaciones, latigazos, lapidaciones, que son celebradas como un rito religioso, tal como vemos en los videos difundidos por ISIS.

Quisiera agregar una puntualización más: ¡Isis no es un movimiento que ha caído del cielo, Isis es la aplicación brutal de la enseñanza difundida no sólo por Arabia Saudita, sino también por muchas universidades islámicas, incluyendo ciertas enseñanzas de la Universidad de Al-Azhar, que forma a miles de imanes al año! Este fenómeno es esclarecido por estudiosos liberales en algunas emisiones televisivas actuales. ¡La fuente que inspira a los yihadistas tiene su origen en cierto tipo de enseñanza islámica tradicional, que aún sigue siendo difundido hoy en día!

El Occidente sometido

En su intento de dominar el mundo islámico, Arabia Saudita quiere decidir el futuro de Siria, de Líbano, de Irak, de Egipto, de numerosos países africanos y asiáticos. Tiene un rol nefasto, porque no posee una visión amplia y toleranta, e ignora totalmente el pensamiento moderno: tiene sólo la sharia, y está difundiendo este estilo fundamentalista en el mundo. Y es a través de ellos que el fundamentalismo ha llegado a Malasia, a Indonesia, a las Filipinas, etc.

Desde este punto de vista, Irán, con su islam más cultivado y abierto, podría actuar como un correctivo, pero, no obstante teniendo una población más numerosa que la de Arabia, no tiene la fuerza que posee ese país. Y los chiitas se han difundido, por desgracia, en la zona del Golfo.

El enfrentamiento entre Arabia Saudita e Irán es, por lo tanto, un enfrentamiento político, pero en su raíz hay una oposición religiosa, y la lucha es por la supremacía religiosa. Por último, en el mundo islámico, la religión y la política van de la mano.

Occidente parece razonar como los países musulmanes que son ayudados por los sauditas: parece interesarse sólo por el comercio. Los Estados Unidos jamás criticaron el comportamiento de Riad en relación a los derechos humanos, si bien en Arabia han sido decapitadas más personas que en en todos los países del mundo.

Se podría esperar que los musulmanes en Europa -son al menos 10 millones- presentasen un islam razonable y racional, abierto a todo las cosas positivas que existen en el mundo moderno. En Francia y en otras partes, hay imanes ilustrados, pero se trata de una minoría, y deben expresarse de manera discreta por cuestiones de seguridad. Por otro lado, ellos no tienen todo el poder financiero e ideológico de Arabia Saudita.

Si en Arabia hubiera una visión liberal similar a la tunecina, por ejemplo, hoy tendríamos una situación islámica muy diferente, más abierta, más tolerante. Y es esto lo que la mayoría de los musulmanes desea alcanzar, sin saber a ciencia cierta cómo hacer, o sin atraverse a hacer aquello que saben que es inevitable.

No se trata de imitar a Occidente en todo lo que hace -¡sería catastrófico!- ; sino que se trata de discernir en la modernidad aquello que es positivo y constructivo, para aplicarlo.

En esto, pienso que los cristianos de Oriente tienen una misión de discernimiento, para ayudar a sus hermanos musulmanes a integrar lo positivo de la modernidad, rechazando aquello que es negativo.

Por Samir Khalil Samir
Con información de Religión en Libertad

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Ashraf Fayadh,un poeta condenado a muerte

Fayahd fue detenido en 2013 tras una pelea con otro artista ©instagram
Fayahd fue detenido en 2013 tras una pelea con otro artista ©instagram

Un día de verano en 2013, el poeta Ashraf Fayadh mantuvo un altercado con otro artista durante un partido de fútbol. Éste estaba tan encolerizado que le echó encima a la policía religiosa islámica, diciendo que Fayadh había blasfemado contra el profeta Muhammad en su presencia. Acto seguido detuvieron al poeta. Al día siguiente estaba en libertad, pero su caso terminó ante un juzgado saudí.

Y así Fayadh se vio imputado por una serie de delitos: blasfemar contra Dios y el profeta Muhammad, burlarse del Corán, negar la llegada del juicio final, divulgar el ateísmo y burlarse de Dios en su poesía.

Fayadh niega los reproches. Dice que no ofendió a Dios ni de forma privada ni en sus poesías. Si encontraron versos que sugieren algo así, lo siente mucho.

El tribunal aceptó las disculpas, pero a pesar de todo fue sentenciado a cuatro años de cárcel y 800 latigazos, una sentencia demasiado clemente para los defensores de la línea dura y conservadora, quienes además propiciaron una revisión del caso. A mediados de noviembre, el correspondiente tribunal lo condenó a pena de muerte que, en Arabia Saudita, equivale a la decapitación.

Fayadh es conocido más allá de las fronteras saudíes. Pertenece al grupo de poetas del mundo árabe que considera la religión como una instancia más. Puede que exista Dios, pero para muchos está oculto. El mundo visible no permite reconocer el sentido de la existencia humana. «Busco consuelo para mi situación», escribe en el poema El bigote de Frida Kahlo. «Pero mi situación no me permite interpretar tus labios como quiero».

¿Un poema de amor, metafísico o político? Se pueden interpretar muchas cosas en estos versos. Pero no están definitivamente escritos contra Dios.

Sus poemas describen la intranquilidad y la impulsividad del ser humano moderno. «La patria, un mapa que puede esconderse en el bolsillo de la chaqueta», aparece en su poesía Asilo. «Y el regreso: un criatura mitológica…de las historias de mi abuela». Son imágenes con un sentido concreto. Fayadh es descendiente de refugiados palestinos, es decir, un apátrida. Vive desde su nacimiento en Arabia Saudita, hace 35 años, pero no es un ciudadano del reino.

A los inmigrantes del País de Sham, la región de los actuales Siria, Líbano, Jordania y Palestina, se les trata con condescendencia y desconfianza en Arabia. Uno de los motivos por los que el país no acoge a los refugiados de Siria es porque para los dirigentes ultraconservadores religiosos del país, los sirios son importadores potenciales de un concepto moderno del mundo y, por ello, no son bienvenidos.

Fayadh además pertenece al grupo de artistas Edge of Arabia, una espina clavada para los cuidadores de las costumbres saudíes y que con su nombre refiere a la parte más oeste de la península arábiga. Hasta que se descubrió petróleo era el centro cultural de dicha península. La ciudad costera de Yeda era la puerta hacia Asia y África, de aquí partían los barcos hacia India y Somalia. Se convirtió en el marcapasos de toda la costa oeste, una Arabia multicultural, que no solo conocía el Islam, sino mucho más.

Con ese espíritu multicultural Fayadh se sentía aunado, contactó a la Tate Gallery de Londres y estuvo en la Bienal de Venecia con un grupo de artistas llamado Rhizomma, una raíz que crece a ras del suelo y por su forma no deja entrever jerarquías. Una visión compartida por Fayadh y otros artistas que, cada vez más trataban las diversas formas de vida en su país.

El motivo exacto por la condena a muerte del poeta no se ha dado a conocer a la opinión pública. Las actas se mantienen bajo llave.

Con información de El Observador

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Reino Saudí otorga dinero pero no  asilo

Arabia Saudita es uno de los mayores donantes para la ayuda a los refugiados, pero no concede asilo ni a los más necesitados refugiados de países árabes. Así lo decide su política ultraconservadora.

El jefe de Estado egipcio en audiencia con el rey Salman de Arabia Saudita ©alliance-epa-Egyptian Presidency
El jefe de Estado egipcio en audiencia con el rey Salman de Arabia Saudita ©alliance-epa-Egyptian Presidency

En 2014 Arabia Saudita donó unos 755 millones de dólares para la atención humanitaria de refugiados, no sólo de los sirios. Según el programa Global Humanitarian Assistance, de la Asociación Internacional para el Desarrollo, Arabia Saudita es hoy el sexto mayor país donante del mundo.

En efecto, Arabia Saudita ha donado millones de dólares, pero no ha acogido ni a un solo refugiado sirio. El bondadoso donante prefiere que los sirios emprendan la peligrosa odisea camino a algún país europeo. Una postura criticada por Amnistía Internacional. «La completa falta de ofertas de reasentamiento de los refugiados por parte de los estados del Golfo es especialmente vergonzosa», dijo Amnistía en 2014.

Los refugiados tienen que quedarse afuera

«El idioma y la religión que comparten con los perseguidos debiera ser suficiente para que los estados del Golfo lideraran la ayuda a quienes huyen de Siria para ponerse a salvo de los crímenes de guerra», dice la organización defensora de los derechos humanos.

La mayoría de los países del Golfo tienen una alta proporción de no-saudíes. De los 29 millones de habitantes de Arabia Saudita, 6 millones son extranjeros que viven legalmente en el país, en su mayoría trabajadores migrantes de Asia y el resto de los países islámicos. En Kuwait, la proporción de extranjeros es del 60 por ciento, en Qatar supera el 90 por ciento y en los Emiratos Árabes Unidos, el 80 por ciento. La recepción de refugiados podría aumentar aún más este número. Por lo que, al parecer, la preocupación de que eso suceda es más fuerte que la solidaridad con sus hermanos árabes de Siria e Irak.

 Familia siria cruzando a pie la frontera entre Serbia y Hungría ©Balogh-reuters

Familia siria cruzando a pie la frontera entre Serbia y Hungría ©Balogh-reuters

Más aún, cuando sería más difícil expulsar a los solicitantes de asilo que a los trabajadores migrantes, como ya lo hizo en 2014. Arabia Saudita habría expulsado del país a 370.000 de ellos solo en 2014. La intención: crear puestos de trabajo para los saudíes. La eventual expulsión de refugiados, que además de ser árabes también profesan su misma religión, le generaría un problema ético al Gobierno, que prefiere entonces no darles acogida para luego no tener que verse en el dilema de si deportarlos o no.

Miedo a las exigencias de la Primavera Árabe

A lo anterior se suma que los sirios tienen que abandonar sus hogares debido a la guerra generada por un levantamiento que los saudíes siempre consideraron “sospechoso», toda vez que sus exigencias eran rechazadas por la conservadora élite dirigente de Riad. Cuando en Arabia Saudí se empezaron a escuchar demandas similares, como justicia social, libertades políticas y culturales, un Estado de Derecho, el reino aumentó las subvenciones sociales y logró apaciguar a los ciudadanos rebeldes.

Si le dan asilo a los refugiados sirios, los saudíes temen que a su país entre gente que se identifique con las exigencias de esos valores democráticos. Además, las posturas liberales de los musulmanes sirios chocarían con el ultraconservador wahabismo de Arabia Saudita.

Una política que también ha sido criticada en Alemania. El diario Handelsblatt, de Düsseldorf, ha criticado a Arabia Saudita por “eludir su responsabilidad como vecino superrico de los países en guerra que tiene la obligación moral de acoger a los refugiados martirizados y perseguidos”.

Por Knipp Kersten
Con información de DW

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Antiguas huellas árabes en el desierto saudí de Hail

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Las milenarias pinturas rupestres y petroglifos de dos zonas del desierto de Hail, en el norte de Arabia Saudí, declaradas patrimonio cultural de la humanidad por la Unesco el pasado julio, reflejan la vida diaria de los árabes que habitaron estas tierras entre 5.000 y 10.000 años atrás.

«El antiguo árabe, como los pueblos de otras civilizaciones antiguas, inmortalizó en la roca su vida diaria en Shueies y Yobba«, subrayó el experto en arqueología saudí, Abdalá al Rashid.

Al Rashid destacó que la importancia de estos dibujos rupestres «radica en que son muy escasas las informaciones de que se disponen sobre esas épocas antiguas, por lo que estos petroglifos podrían ayudarnos a tener una idea de esos antiguos habitantes y las actividades que desarrollaban».

«Shueimes y Yobba, por su extensión, se pueden considerar como unos de los mayores museos de historia natural al aire libre en el mundo, ya que esas dos áreas suman una superficie que supera los 50 kilómetros cuadrados», agregó.



Además, explicó que los antepasados de los actuales árabes esculpieron en las rocas de Shueimes y Yobba miles de figuras humanas, animales, árboles, utensilios y armas primitivas, entre otras, que -según él- datan de entre 3.000 y 10.000 años a. C.

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Al Rashid indicó que esas inscripciones en la roca pertenecen a tres épocas históricas diferentes: La más importante fue la del periodo árabe antiguo, en los tiempos del pueblo de Zamud, antepasados de los árabes.

Algunos orientalistas extranjeros visitaron la región durante el siglo XIX, entre ellos Charles Huber -que grabó su nombre en una roca del área-, y Julios Euting, que recorrió la zona y escribió un libro que contiene dibujos sobre el arte rupestre del lugar.

Al Rashid señaló que Shueimes y Yobba destacan además por acoger una decenas de grutas profundas y doce cráteres volcánicos.

Entre las cavernas destaca la de Shaafan, de ocho metros de altura y dos kilómetros de longitud, que es una de las más largas.

En la gruta, situada a 800 metros de profundidad se han descubierto osamentas humanas y de animales, por lo que en la actualidad es visitada por numerosos aficionados y ciudadanos extranjeros.

Abderrahman Dubian, un turista saudí, funcionario de una compañía de comunicaciones de Riad, mostró su entusiasmo tras visitar recientemente las cuevas.

«Ha sido muy entretenido y al mismo tiempo aterrador, debido a la oscuridad absoluta y al hallazgo de huesos humanos, pero además encontramos pozas de agua en su interior», reconoció Dubian, que agregó que «la llegada hasta la caverna fue agotadora porque la senda es abrupta, pero mereció la pena».

Por su parte, un funcionario gubernamental, que solo se identificó como Mashari, expresó su felicidad y orgullo por el reconocimiento de la Unesco, pero se quejó de que no han tenido la publicidad y promoción que se merecen en el mundo.

«Esos lugares merecen una fama más amplia, ya que para mi tienen la importancia de otras civilizaciones, como la faraónica de Egipto y la maya de Centroamérica», concluyó.

Con estas nuevas zonas, Arabia Saudí ya cuenta con un total de cuatro sitios arqueológicos inscritos por la Unesco en la lista del patrimonio cultural de la humanidad.

El primer lugar que se ganó ese reconocimiento, en 2008, fue el de Madaen Saleh (las ciudades de Saleh), cuya construcción se inició hace unos 5.000 años, en el noroeste saudí.


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Mientas que en 2010 y 2014, la Unesco incorporó a su lista la zona de Al Turaif, que acoge vestigios de palacios cerca del oasis de Al Diriya, al noroeste de Riad; además del centro histórico de Yeda y la puerta de la ciudad santa musulmana de La Meca.

Por Suleiman al Asad
Con información de La Vanguardia

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Desfigurada,el testimonio de Rania al-Baz

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Cuando contaba con poco más de veinte años, Rania al-Baz ya se había convertido en uno de los rostros más conocidos y apreciados de su país natal, Arabia Saudí. Como presentadora de un programa llamado El reino esta mañana en la televisión estatal, se cubría siempre el cabello con un hijab, cumpliendo las normas, sin embargo, su rostro permanecía descubierto y escogía pañuelos de cabeza de vistoso colorido para taparse el cuidado peinado. Para cientos de miles de mujeres saudíes, se convirtió en una persona admirable, envidiable y desafiante y, por consiguiente, en una implícita amenaza para una sociedad en la que la mujer está obligada a cubrirse, a la que no se le permite conducir, votar o participar en la vida política, salir de casa sin acompañante, viajar sin la autorización de su padre o marido ni montar un negocio sin un patrocinador masculino.

Entonces, de manera repentina, el 3 de abril de 2004, Baz desapareció de la pequeña pantalla. Cuando reapareció dos semanas más tarde, todos los periódicos mostraban su rostro, difícilmente reconocible. Su marido la había atacado salvajemente, golpeando su rostro contra el suelo de mármol de su casa hasta provocarle 13 fracturas. Estaba deshaciéndose de lo que creía ser el cuerpo sin vida de su esposa cuando ésta mostró señales de vida y, preso del pánico, la llevó hasta un hospital.

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Durante los días que Baz estuvo en coma, luchando por su vida, su padre tomó fotografías de aquel rostro desfigurado de manera tan grotesca. Y, una vez recuperada, decidió permitir la publicación de las fotografías, haciendo así algo que ninguna otra mujer del reino había osado. Por supuesto, sus moratones no tenían nada de particular: Baz había sido una víctima más de los crímenes más comunes y menos castigados del mundo. Sin embargo, especialmente en un país como Arabia Saudí, Baz había hecho añicos el muro de silencio levantado sobre la violencia doméstica. Las imágenes de su cruelmente magullado e hinchado rostro sacudieron el país y al mundo entero, arrojando un desagradable aunque deslumbrante dardo sobre el abuso que sufren las mujeres bajo la máscara del dogmatismo religioso saudí. Además Baz logró el divorcio, algo prácticamente imposible en Arabia Saudí, donde el que reclama el divorcio suele ser el marido, y ganó la custodia de sus hijos desafiando, una vez más, todos los precedentes.

Quince meses después de la agresión que a punto estuvo de costarle la vida, Baz viajó por unos días a París.Ibamos a reunirnos en Yeda, donde reside, pero ella prefirió hablar fuera de Arabia Saudí para sentirse más segura. Esa noche no llevaba el hijab; se había maquillado cuidadosamente y lucía un peinado perfecto. «Me encanta París. Es una ciudad para enamorados».Ella y su ex marido, Mohammed al-Fallatta, viajaron aquí en su luna de miel. «Al principio» recuerda, «no podíamos estar separados. Estaba perdidamente enamorado de mí».

LO PEOR DE DOS MUNDOS

Tras 12 operaciones, Baz logró recuperar su belleza, en todo caso, las pocas cicatrices que le quedan son contundentes pero no desfiguran su rostro. Da un sorbo a su copa de St Emilion y recalca ser una musulmana devota. «Nada de esto tiene que ver con la religión, es una cuestión de sociedad. Lo que me ocurrió a mí le ocurre a mujeres de todo el mundo y, en Arabia Saudí, multiplicado por diez. Es una sociedad que reúne lo peor de todos los mundos. Tenemos una sociedad reservada y cerrada como rige el sistema tribal beduino, mezclada con Givenchy y la invasión de la tecnología occidental. Seguimos las tradiciones de los beduinos equipados con la última tecnología. Y, después, tenemos a los que detestan todo lo americano u occidental. Pero el mundo sólo ve un país árabe, lleno de petrodólares».

Siendo una adolescente llena de vida que creció en un sistema así, dice haber sufrido una frustración cercana a la depresión. Su padre, Yahya, era el propietario de una extensa cadena de hoteles que contaba con importantes contactos políticos y comerciales. Baz recibió una buena educación, pero su efervescencia natural se veía mermada, por lo que la sociedad esperaba de una joven saudí consciente de sus deberes. Se refugió en su querido tío Hasan, con quien se entretenía haciendo teatro improvisado con una grabadora. «Un día me dijo: ‘¡Rania! ¡Tu voz! ¡Deberías salir en la tele!’».

A los 19 años, echando mano de sus contactos, su padre le consiguió una audición para la televisión. «Me dieron el trabajo por casualidad», declara. «Las pocas mujeres que trabajaban en la televisión saudí eran muy mayores y se cubrían siempre con el velo. No creo que les interesase una mujer joven y bonita en televisión, todavía hoy me pregunto por qué me contrataron’».

«Tenía dos posibilidades: vivir como una típica saudí obediente o vivir la vida como me diese la gana, como quisiese vivirla. Incluso antes de mi accidente (así es como se refiere a la agresión de su marido), ya me había decantado por el segundo camino.»

En 1998, Rania conoció y contrajo matrimonio con Fallatta, un cantante al que conoció en un plató de televisión. No se trataba de un matrimonio acordado, fue un flechazo. A los días de embriagadora felicidad e inseparabilidad le siguieron unos momentos en los que prosperaba la carrera de Baz, mientras que la de él caía en picado. Fallatta empezó a mostrarse violento con ella con cierta asiduidad, nos cuenta, aunque se resistía a pasar a la acción, abandonarle o denunciarle, por miedo a perder la custodia de sus tres hijos pequeños, tal y como suele suceder en los casos de divorcio saudíes. «Una vez se me ocurrió quejarme ante mi abuela», cuenta Baz. «Dije: ‘Soy como la criada de su casa.’ A lo que contestó sin pestañear: ‘Tú lo has dicho, eres su criada’».

En la noche del 12 de abril del año pasado, Fallatta volvió a casa y se encontró a su mujer al teléfono. «Se ha llegado a insinuar que yo tenía un amante, para justificar lo que me hizo», declara Baz, «pero no era cierto. Era una amiga y, cuando él entró, colgué. Estuvimos hablando y se puso violento. Era un hombre violento y posesivo que se creía importante».

Le suplicó que no le pegase, pero le dio un puñetazo en la cara. «No voy a pegarte, voy a matarte», le gritó. Entonces empezó a aporrearle la cabeza, boca abajo, contra el suelo, ante la mirada de un criado y de su hijo de cinco años. Al mismo tiempo, la estrangulaba, reduciendo la fuerza algunos instantes para hacerle citar el testimonio de fe de Shahadah tres veces, tal y como manda el Islam que se debe hacer antes de morir: «No hay más Dios que Allâh y Muhammad es su Profeta.» Obediente, así rezaba Baz hasta que quedó inconsciente.

Entonces Fallatta se duchó, se cambió de ropa y metió en el coche lo que creyó ser el cuerpo sin vida de su esposa. Se fue en un aparente intento de quemar su cadáver. No obstante, cuando ella empezó a recobrar el conocimiento, él se asustó y la llevó al hospital de Bugshan, diciendo que habían tenido un accidente de tráfico y que tenía que regresar urgentemente al lugar del siniestro para rescatar a las demás personas implicadas.

LA REPUTACION

«Estuve cuatro días en coma», cuenta Baz, «un tiempo en el que mi padre no se separó de mi cabecera, negándose a creerse esa historia del accidente: ‘¿Por qué el resto del cuerpo no está magullado?’, se preguntaba. Era obvio lo que había ocurrido. Cuando desperté, supe que mi padre había hecho fotografías y que las había guardado. Quería publicarlas para que mi marido fuese condenado. En un principio me mostré reticente, era mi marido. Pensaba que debía aceptar mi debilidad. Me preocupaba mi carrera, mis hijos, mi futuro, mi reputación». Pero, entonces, los compañeros de trabajo de Baz empezaron a visitarla. «Vieron cómo me había dejado la cara. Estaban de acuerdo con mi padre en que debía publicar las fotos y denunciar a mi marido».

«En ese momento se me presentaba el gran dilema. Durante toda mi trayectoria profesional en televisión había estado intentando que las personas, las mujeres en especial, hablasen de su día a día. Y, ahora que me había pasado esto, ¿no iba a hablar sobre ello? ¿Acaso puedo contar las historias de los demás pero no la mía? Así que decidí contar la verdad, a cualquier precio. De alguna manera, quería ser como un escaparate de lo que, en la actualidad, están sufriendo las mujeres en mi país. No me quedaba más opción que sacarlo todo a la luz. De esta manera, me convertí en portavoz. En el momento en el que describes lo que está ocurriendo en ese país, te conviertes en una portavoz».

La respuesta a su decisión de sacar a relucir la verdad fue memorable. Los columnistas del periódico Arab News, que se publica en inglés, bautizaron a Baz como «la pionera» y describieron su decisión como «un furor en esta sociedad reservada». Una princesa de la familia real saudí se hizo cargo de todos sus gastos médicos. Sin embargo, los mensajes de aliento se mezclaban con las murmuraciones de los que pensaban que una mujer no debería trabajar en televisión y que, tal vez, no debería sorprenderle lo que le ocurrió. Algunos periódicos expresaban su asombro por que «una mujer engañase a su marido». «Se criticó un poco lo que hice, pero nadie quería hablar del tema. Nadie quería destapar la caja de Pandora. Como en todo lo demás, la sociedad saudí se muestra reacia a expresarse abiertamente, eso sólo se hace a puerta cerrada».

Con una acusación inicial de intento de asesinato reducida a agresión grave, Fallatta fue condenado a 300 azotes y seis meses de prisión. En un principio se negó a aceptar la demanda de divorcio. En Arabia Saudí todavía resulta inaudito que una mujer se divorcie de su marido. Dijo que Baz era una «madre inepta» pero, aún así, un tribunal le obligó a respetar el proceso. Como parte del acuerdo, su sentencia se vio reducida a la mitad después de que Baz le perdonase públicamente y renunciase a un juicio de compensación. El perdón, confirma ahora, «sólo era un medio para asegurarme la custodia de mis hijos», un logro asombroso para una mujer divorciada en Arabe Saudí.

La consecuencia de su decisión es que Baz es admirada por unos, repudiada por otros. Ella esperaba volver a trabajar en cuanto se recuperase, pero descubrió que ya no era bienvenida en televisión. «Eso me destrozó», declara. Pensó en comenzar algún negocio o en dejar el país y probar suerte en occidente.

«Me siento totalmente ajena a mi país y mi sociedad, por cómo es y por lo que hice. A veces resulta doloroso. Podría haberles dado un futuro mejor a mis hijos si me hubiese callado. Vivo con una especie de temor y lucha interior. Tengo que encontrar un equilibrio entre mi hogar y mi posición, contando mi historia para atraer la atención internacional. A veces me pegunto: ‘¿Quién soy yo para ir contando mi historia de esta manera?’».

A pesar de todas sus dudas, Baz ha retado a la cultura del silencio en su país ante la violencia contra la mujer. «En nuestro país, si una mujer acude a la policía o a algún miembro de la familia y se queja de malos tratos en manos de su marido, le dicen que sea paciente, que los hombres son así. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Qué dirán tus familiares y amigos? No hagas nada o se divorciará de ti, serás una divorciada, una ramera, echarás por tierra tu futuro. De manera que, cuando una mujer sufre tales abusos, se produce una mezcla de humillación y orgullo. Teme contar lo que le ocurre, teme que la critiquen. Quiere mantener su imagen de mujer perfecta».

«Eso es precisamente lo que tenemos que conseguir que cambie entre las mujeres. Tenemos que cambiar nosotras, tenemos que abrirles los ojos a las que piensan que es normal que su marido les pegue y que deben permanecer calladas en público».

Gracias en gran parte a la postura adoptada por Baz, la universidad King Saud de Riad realizó el primer estudio sobre violencia doméstica en Arabia Saudí. Dicho estudio destapó una terrorífica cultura de mujeres maltratadas, siempre calladas, un 90% de las cuales había visto cómo sus madres también habían sido maltratadas. «Rania se ha convertido en un icono», declara su abogado, Omar al-Khouli, que trabaja con la delegación local del Comité Nacional de los Derechos Humanos. «El suyo fue el primer caso del comité y ahora son cada vez más las mujeres que reivindican sus derechos, y no sólo sobre violencia doméstica, sino sobre todo el sistema discriminatorio de nuestra sociedad».

HOMBRES INMUNES

«Lo crucial», señala Baz, «es que la estructura de la sociedad, el hecho de que las mujeres no puedan conducir ni viajar sin autorización, por ejemplo, otorga una sensación de poder al hombre. Y ese poder se encuentra directamente ligado a la violencia. Crea una sensación de inmunidad; de poder obrar con absoluta libertad sin temor a represalias. El meollo no es la violencia en sí, sino la inmunidad de la que goza el hombre, la idea de que los hombres pueden hacer lo que quieran».

Baz viajó a París para ver al editor de sus memorias. Cuando nos encontramos, en sus manos llevaba un grueso manuscrito árabe, algo destartalado, escrito en tinta roja. «El libro en sí es otro gran paso que he decidido dar. El hecho de publicar un libro sobre todo lo que ha pasado puede traer consecuencias mucho más graves para mí en Arabia Saudí. Sí, me preocupan esas consecuencias. Toda esta situación es muy delicada. Cuando el libro vea la luz, se volverá a desatar la polémica sobre lo que hice»,contaba.

«Puede que al final pierda la lucha. Pero, por lo menos, no acepté las cosas como son».

Por Ed Vulliamy
Con información de The Guardian

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