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Choque de civilizaciones – El nuevo orden mundial

Samuel P. Huntington y la teoría del choque de las civilizaciones

“En la era emergente, los conflictos entre civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, y un orden internacional basado en civilizaciones es la salvaguarda más segura frente a la guerra mundial” (Samuel Huntington).

Una de las teorías más populares para explicar los conflictos actuales es la del choque de civilizaciones. Esta expresión suele ir asociada a Samuel Huntington, cuyo libro homónimo hizo furor en los 90 y cobró fama internacional tras el 11S.

Interpretaciones para un nuevo orden mundial

A principios de los 90, el colapso de la Unión Soviética y la intervención estadounidense en Irak hicieron que muchos analistas y académicos elaborasen nuevas teorías para explicar cómo sería el sistema internacional en el mundo de la pos Guerra Fría. Una de las primeras interpretaciones en atraer la atención del público fue la del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, que en El fin de la historia y el último hombre (1992) argumentaba que la desaparición del bloque comunista daría paso a un mundo unipolar dominado por EEUU y sus aliados. Paulatinamente, la democracia liberal y el libre mercado acabarían imponiéndose como el modelo político dominante a nivel mundial, de modo que ya no existiría la lucha ideológica que había definido las décadas anteriores.

Un antiguo compañero de Fukuyama en la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, expresó su desacuerdo con esta teoría en un artículo publicado en la revista Foreign Affairs en 1993 titulado “¿Choque de civilizaciones?”. La expresión no fue acuñada por Huntington, sino por el polémico orientalista Bernard Lewis, pero saltó a la fama de la mano del politólogo estadounidense. La repercusión del artículo fue tal que el autor se animó a escribir un libro para ampliar su tesis, publicado en 1996 con el nombre —esta vez sin interrogaciónEl choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. El argumento principal de la obra, según el autor, es que “la cultura y las identidades culturales, que en su sentido más amplio son identidades civilizatorias, están dando forma a los patrones de cohesión, desintegración y conflicto en el mundo de la pos Guerra Fría”. En otras palabras, las diferencias y afinidades culturales serán las principales causas de alianzas y conflictos en el nuevo orden mundial multipolar.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 hicieron que la tesis del choque de civilizaciones cobrara nueva fama internacional y recibiera tanto alabanzas como críticas feroces de políticos, periodistas y académicos. Con el tiempo, las ideas de Huntington han sido distorsionadas y reducidas al absurdo tanto por sus partidarios como por sus detractores. Como el propio autor expresaba al final de su artículo, su intención no era defender la deseabilidad o inevitabilidad de un conflicto entre civilizaciones, sino presentar un nuevo modelo o paradigma de análisis para las relaciones internacionales y sugerir una serie de estrategias diplomáticas acordes a él.

La intención original de Huntington

Choque de civilizaciones no es, como algunos han argumentado, una obra que pretenda justificar el imperialismo estadounidense demostrando que llegará un choque inevitable entre Occidente y la civilización islámica o China. A pesar del conservadurismo de Huntington —manifiesto en el último capítulo, donde denuncia el “declive moral” y el “multiculturalismo” como dos de las principales amenazas para la civilización occidental contemporánea—, su retórica no es agresiva o belicista en absoluto. De hecho, Huntington critica duramente el colonialismo de los siglos precedentes y las frecuentes intervenciones estadounidenses y afirma que la actual pretensión de universalidad que tienen los occidentales sobre sus valores es arrogante y peligrosa.

La propuesta de Huntington es entender el mundo como una suma de unidades culturales —“civilizaciones”—, que vendrían a ser el área de influencia de uno o dos Estados líderes en cada una de ellas. El libro finaliza con estas palabras: “En la era emergente, los conflictos entre civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, y un orden internacional basado en civilizaciones es la salvaguarda más segura frente a la guerra mundial”. Para ello proponía reformas en instituciones internacionales como el Consejo de Seguridad de la ONU para acabar con la sobrerrepresentación de Occidente e incluir voces de otras civilizaciones.

Las interpretaciones que diversos analistas y políticos han hecho de la obra de Huntington, no están necesariamente relacionadas con la intención original del autor, que era plantear un nuevo modelo de análisis de las relaciones internacionales que se ajustara a la pos Guerra Fría. Así lo explicaba el propio autor en el primer capítulo, donde presentaba su modelo y lo comparaba con las otras formas de entender las relaciones internacionales de la época. Según Huntington, ni el “fin de la Historia” de Fukuyama —para quien el mundo se encaminaba hacia una civilización universal sin grandes conflictos dominada por los EE. UU.—, ni el modelo dualista “Occidente frente al resto”, ni la teoría realista basada en el Estado nación, ni el “paradigma del caos”, centrado en los actores no estatales y los Estados fallidos, eran modelos capaces de explicar las relaciones internacionales de una forma sencilla y elegante, y además resultaban incompatibles entre sí. El politólogo estadounidense trató de incorporar elementos de estos cuatro modelos anteriores para formar un nuevo paradigma que permitiera interpretar la realidad de forma clara y sencilla.

Un número cambiante de civilizaciones

Huntington define las civilizaciones, de forma un tanto vaga, como la “entidad cultural más alta”, el nivel de identidad más elevado de los humanos debajo del que nos define como especie. Esta identidad cultural no se basa tanto en la etnia o el lenguaje como en un sistema de valores compartidos, generalmente formulados como religión. Las civilizaciones, afirma Huntington, no tienen límites claros y pueden variar, fragmentarse o incluso desaparecer con el tiempo. Quizá por ese motivo Choque de civilizaciones no ofrece un criterio claro a la hora de dividir el mundo. Las “siete u ocho” grandes civilizaciones mundiales a las que se refiere en el primer capítulo se convierten en ocho en el segundo capítulo, donde explica los elementos característicos de cada civilización. En los mapas y tablas que acompañan al libro figuran nueve, pues se añade la “civilización budista”, que Huntington no considera como una civilización consolidada en su obra.

Las civilizaciones caracterizadas en términos esencialmente religiosos serían la ortodoxa, la islámica, la budista y la hindú. Otras están definidas también mediante criterios geográficos, como América Latina y el África subsahariana. Occidente, surgida del catolicismo y el protestantismo, se define por sus valores liberales y democráticos. Finalmente, hay civilizaciones basadas en Estados nación, como la nipona —limitada al país del sol naciente— y la sinoconfuciana, cuya influencia llega a Filipinas, Corea y Vietnam, pero no al Tíbet.

Esta división del mundo en bloques culturales solo se centra en las fronteras nacionales y olvida etnias y culturas importantes. Por ejemplo, los rusos de Sajá, los uigures de China y los turcomanos del Cáucaso y Asia central comparten cultura y hablan idiomas similares, pero para Huntington se engloban dentro de civilizaciones en conflicto —China, el islam y los ortodoxos, respectivamente—. Un vistazo al mapa propuesto por Huntington hace que surjan algunas dudas: ¿cómo es posible que Japón y China sean dos civilizaciones distintas mientras que dos países geográficos, culturales y políticamente tan alejados como Mauritania e Indonesia pertenecen al mismo bloque, el islam? ¿No tiene el Sudeste Asiático una identidad cultural propia que lo eleve a la categoría de civilización? ¿Por qué separar América Latina de Occidente si comparten religión, idiomas y valores?

 ¿Son las civilizaciones un actor internacional?

Choque de civilizaciones propone una teoría de las relaciones internacionales basada en las identidades culturales. Sin embargo, los principales actores de la política mundial no son civilizaciones, sino Estados, que suelen actuar según sus intereses. Huntington asume que en la pos Guerra Fría la cultura cobrará una importancia especial como motor de la diplomacia, pero no llega a detallar el cómo y el porqué. Para él, la mayoría de las civilizaciones cuentan con un Estado nuclear o líder que se erige en representante de su comunidad y es seguido por el resto de países. Así, Rusia encabezaría la civilización ortodoxa; China, la confuciana, y EEUU —y, en menor medida, Alemania y Francia— lideraría Occidente. Las civilizaciones “débiles”, como África o América Latina, no tendrían un núcleo, y los conflictos internos en el seno de la civilización islámica se explicarían en parte por el intento de varios países de convertirse en los líderes de su civilización.

De esta forma, los conflictos en la “línea de fractura” entre distintas civilizaciones suelen estar protagonizados habitualmente, según Huntington, por actores pequeños apoyados por la mayoría de los países de sus respectivas civilizaciones y tutelados por los Estados líderes. Estos últimos se encargarían de negociar entre sí con la intención de evitar una escalada que desembocara en una guerra entre civilizaciones. En este escenario, Huntington entiende que los Estados no actúan de una forma oportunista o pragmática, sino que se dejan guiar por la afinidad cultural. Como ejemplo ilustrador cita la guerra de Yugoslavia, en la que los serbios —ortodoxos— estaban apoyados por Rusia, los croatas —católicos— por Alemania y los bosnios —musulmanes— por la mayoría de los países islámicos y, de forma anómala, por EE. UU. Sin embargo, se podría decir que lo que motivaba a los ex yugoslavos a luchar entre sí era el nacionalismo etnolingüístico, más que una difusa identidad de civilización.

Huntington auguraba un futuro donde la mayoría de conflictos sucedieran en las “líneas de fractura” entre civilizaciones. Sin embargo, desde 1995 la mayoría de las guerras han tenido lugar dentro de las fronteras de una misma civilización. Las disputas sobre Cachemira y Nagorno Karabaj, ejemplos de “conflictos de línea de falla,” llevan prácticamente congeladas desde que el libro fue escrito. De los ocho conflictos más sangrientos en lo que llevamos de siglo XXI, seis son guerras civiles o conflictos internos: la Gran Guerra Africana del Congo, Siria, Darfur, Yemen, Ucrania y las campañas contra Boko Haram en Nigeria. Las dos excepciones son las intervenciones estadounidenses en Irak y Afganistán, que fueron apoyadas por la mayoría de los aliados musulmanes de EE. UU. Del resto de conflictos, solo dos —Nigeria y Ucrania— podrían ajustarse a la narrativa del choque de civilizaciones, siempre y cuando adoptáramos un enfoque reduccionista centrado en la religión y obviáramos las semejanzas culturales entre nigerianos del norte y del sur. Respecto a Ucrania, Huntington preveía la partición del país a medio plazo por motivos religiosos —católicos en la zona occidental y ortodoxos en la oriental—, pero aseguraba que la violencia entre rusos y ucranianos era improbable y que seguramente el país permanecería unido.

Es cierto que la opinión pública musulmana condenó las campañas occidentales en Irak y Afganistán, pero lo que cuenta desde un punto de vista diplomático es el apoyo de los Gobiernos y Estados, no de la población. En ese sentido, Huntington no acierta: la civilización islámica se encuentra fraccionada y asolada por numerosos conflictos. Del mismo modo, los países latinoamericanos no actúan como un bloque homogéneo en sus relaciones internacionales. Las rivalidades en el seno de una misma civilización parecen más importantes que la necesidad de unirse contra un supuesto enemigo externo. Los actores en las guerras y conflictos diplomáticos más candentes hoy —Siria, Ucrania, la disputa por las islas Spratly en Asia-Pacífico— no siguen criterios culturales, sino pragmáticos y oportunistas. En Siria, EE. UU. y Rusia no defienden su civilización, sino intereses estratégicos. En el rifirrafe del Consejo de Cooperación del Golfo y Qatar no solo hay implicados actores de la civilización islámica; también países con intereses económicos en la península como la India o EE. UU. La identidad cultural, en definitiva, no parece guiar las relaciones internacionales en la actualidad y no hay indicios para suponer que vaya a ser así en el futuro.

Una profecía autocumplida

Aunque su validez para analizar el orden mundial actual sea cuestionable, la narrativa sobre un choque de civilizaciones sigue viva, especialmente en lo que se refiere a las advertencias de Huntington sobre un potencial eje islámico-confuciano. Según sus predicciones, el islam amenazaría a Occidente mediante la presión migratoria y su elevada tasa de natalidad, mientras que China y sus satélites lo harían con una mayor asertividad y menor tolerancia hacia las lecciones morales occidentales. En Europa, la inmigración musulmana es percibida como una fuente de inestabilidad y alrededor del 50% de las poblaciones británica y alemana piensan que Occidente y el islam no son compatibles. Trump y su equipo han criticado frecuentemente a China y al islam, a los que perciben como mayores amenazas.

Steve Bannon, el estratega jefe de Donald Trump, cree firmemente que un conflicto entre civilizaciones es inevitable y afirma que en los próximos diez años EE. UU. y China irán a la guerra por las islas Spratly. Haciendo suyas, de una forma un tanto distorsionada, las tesis de Huntington, Bannon advirtió en un programa de radio sobre el peligro representado por China y el islam: “Tienes un islam expansionista y una China expansionista, ¿verdad? Están motivados. Son arrogantes. Están en marcha. Y piensan que el occidente judeocristiano está en retirada”.

Huntington advertía sobre la posibilidad de un choque entre civilizaciones en forma de guerra planetaria. Hoy en día muchas personas, algunas en posiciones de poder, creen que esta posibilidad es inevitable. Esta perspectiva nace, en parte, de una mala comprensión de las ideas de Huntington y de la incapacidad de distinguir entre cultura y política. Si las civilizaciones no son entendidas como entidades porosas, cambiantes y solo definidas por unos valores y cultura comunes, sino como bloques homogéneos y políticamente coordinados, se corre el riesgo de malinterpretar buena parte de las relaciones humanas. Si la política exterior no está orientada desde un punto de vista pragmático, sino que se considera que grupos enteros de países son ineludiblemente hostiles por tener una determinada religión, corremos el riesgo de convertir este miedo en realidad. Y si asumimos que las diferencias culturales son insalvables y que no hay espacio para el diálogo y la negociación, la única salida es el conflicto abierto.

Por Alejandro Salamanca
Con información de El Orden Mundial

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Los hombres árabes también conversan en las peluquerías

En respuesta a una corriente de ideas difamatorias dirigidas contra la comunidad árabe después del 11 de septiembre, la directora canadiense Nisreen Baker filmó Things Arab Men Say, un documental íntimo y revelador que pinta una imagen muy diferente de este complejo y multifacético grupo.

En este antídoto contra las representaciones de los árabes como terroristas y extremistas, se da un encuentro en el documental con Jay, Ghassan y sus amigos, que se reúnen en la barbería Eden Barber de Jamal para discutir política, religión y familia mientras se cortan el pelo o se afeitan las barbas. A menudo divertida, a veces triste, esta película documenta los desafíos que estos hombres enfrentan en términos de integración en la vida canadiense, preservando su identidad y cultura.

Es una especie de rutina. Jay, Ghassan, Faisal y sus amigos,  mientras esperan por un corte de pelo o una afeitada con el barbero Jamal en su peluquería Eden Barber,  arman siempre una animada discusión sobre política, religión e identidad. Aunque ubicada en la ciudad de Edmonton, la barbería de Jamal podría muy bien encontrarse en Vancouver, Toronto o Montreal, y ser percibida como un microcosmos de la comunidad árabe.

A veces serio, pero con un humor muy hábil, el grupo debate los temas sin censura, ofreciendo visiones a menudo sorprendentes.

Cosas que los hombres árabes dicen

Mientras la cineasta Nisreen Baker se sentó en el área de espera de la barbería local de la ciudad de Edmonton, esperando que su esposo se cortara el pelo, se encontró escuchando las conversaciones de los hombres.

Eran ocho, de varios países. Pero tenían al menos dos cosas en común: todos eran árabes y a todos les gustaba hablar.

Escuchando a los hombres, Baker supo que tenía una gran historia para compartir.

“Quería que una mayor cantidad de canadienses echara un vistazo a lo que se dice.”

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

En entrevista con Brent Bambury, conductor del programa Day 6, del radiodifusor público CBC, Nisreen le dijo que se sorprendió por la contundente discusión que escuchó del grupo.

“Acababa de oír opiniones divertidas, sin lamentos, contundentes, muy honestas y directas”, explica. “Así que pensé, ‘aquí hay algo que vale’.”

Baker dice que la comunidad árabe es generalmente tímida, y reacia a hablar cuando una cámara está presente. Pero cuenta que puso una cámara en la tienda un sábado, y le pidió a los hombres de hablar como lo hacen normalmente.

Para el tercer sábado, ya estaban más cómodos y capaces de hablar sin mirar a la cámara. Fue entonces cuando Baker comenzó a filmar.

“Ese fue un ambiente íntimo y que quería compartir con el público en general”, dice Baker.

“Quería que vieran lo que sucede – no sólo en una peluquería- porque esas son las conversaciones que solemos tener dentro de nuestras propias casas”.

Los hombres y los estereotipos

Jamal, mientras corta el pelo participa en la conversación teniendo el documental como como telón de fondo,  un partido de hockey junior en la televisión.

Los hombres alternan entre el inglés y el árabe con facilidad mientras se sientan y hablan en un semicírculo, esperando su turno en la silla del barbero Jamal.

Ellos provienen  de Irak, Líbano, Egipto y Sudán. Ghassan es palestino y Fisal tiene raíces mestizas y libanesas.

Está claro que tienen un buen vínculo, ya que bromean y se burlan entre ellos. Pero en medio de la risa, también discuten temas serios.

Ghassan les pregunta a los hombres si les han enseñado a sus hijos a hablar árabe, y si eso es importante para ellos. Varios hombres en el grupo hablan para decir que el lenguaje es una parte de la cultura.

“Piensen en la situación de Quebec y en el idioma francés”, dice Hassan, quien es de Egipto. “Piensen en las comunidades aborígenes y en las lenguas, así que si pierdes el idioma pierdes parte de la cultura”.

También hablan de los estereotipos que persiguen a los hombres árabes, y de cómo son percibidos.

No me importa si eres cristiano o druso o lo que sea, si eres de origen árabe o de origen asiático del sur, formas parte de esa misma categoría: “somos terroristas y somos ISIS y tienen que protegerse contra nosotros “, dice Fisal. “Eso se está utilizando como un truco político para ganar votos”.

Ghassan habla sobre los estereotipos con los que ha lidiado en cada trabajo que ha tenido en Canadá.

“Cuando se acostumbran a ti y saben que eres un tipo normal o lo que sea, comienzan las bromas”, dice. “Los chistes son casi siempre sobre que soy un terrorista, que hago explotar algo.”

Baker reconoce que estos comentarios pueden ser entendidos como chistes, pero hay un significado más oscuro detrás de ellos.

“Cada broma tiene un poco de la mentalidad del bromista y de cómo él, o ella, percibe el mundo. Simplemente me digo que quizás en el fondo de su mente ellos están pensando que tal vez él es uno de los buenos, que es la excepción a la regla, mientras que la realidad es que él es la regla, esos maníacos son la excepción”.

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

El hogar está en Edmonton

Baker dice que esos estereotipos raciales, con Donald Trump y su prohibición de viajar a países musulmanes, son ahora el tema de discusión en la barbería.

“Muchos de nosotros tenemos familia en Estados Unidos y nuestras familias nos llaman aterrorizadas”, dice en el programa Day 6.

Nisreen Baker, directora de Things Arab Men Say

Baker recuerda el tiempo en que su cuñada en los Estados Unidos descubrió a su joven hija, de seis años, empacando todos sus juguetes en una bolsa de mano. Cuando su madre le preguntó qué estaba haciendo, la chica dijo que se mudaba a Canadá para vivir con su tío.

Una de las amigas afroamericanas de la niña le había dicho que el presidente los iba a perseguir. Baker no sabía cómo consolar a su cuñada.

“La decisión de emigrar es una de las decisiones más difíciles y valientes que cualquiera puede tomar”.

Ella dice que dejan todo atrás, incluyendo la familia, viajando a lo desconocido.

Pero, señala Baker, ella ahora siente que Edmonton definitivamente es su casa.

“Ahora cuando voy al viejo país a veces pienso: ‘¡Extraño a casa!’”

Things Arab Men Say se estrenó  en Toronto el jueves, 15 de junio en Jackman Hall en la Galería de Arte de Ontario.

Por Leonora Chapman
Con información de Radio Canada International

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Benjamín Franklin y su opinión sobre el sionismo

Benjamín Franklin

Yo coincido totalmente con el General Washington, en que debemos proteger a esta joven nación de una insidiosa influencia e impenetración. Esta amenaza, caballeros, son los judíos. En todo país en que los judíos se han establecido en gran número han hecho descender su nivel moral y su honradez comercial; se han segregado a si mismos y no han sido asimilados; han sonreído con desprecio frente a ella  y han tratado de socavar la religión Cristiana sobre la que esta nación está fundada mediante la oposición a sus restricciones; han construído un estado dentro del estado; y cuando se han enfrentado a ellos, han intentado estrangular a ese país mediante una muerte financiera, como en el caso de España y Portugal. Durante más de 1700 años los judíos han estado lamentándose de su triste destino en el que han sido exiliados de su patria, a la que llaman Palestina. Pero caballeros si el mundo les diese Palestina sin ningún coste, ellos encontrarían alguna razón para no volver ¿Porque? Porque son vampiros, y los vampiros no viven entre vampiros. No pueden vivir solos entre su misma gente. Deben subsistir a costa de los cristianos y otras gentes, no a costa de los de su raza.

Y si no alejan a los judíos de estos Estados Unidos, en esta Constitución, en menos de 200 años habrán llegado aquí en tales números que dominarán, devorarán la tierra  y cambiarán nuestra forma de gobierno, por la que nosotros, los Americanos, hemos derramado nuestra sangre, dado nuestras vidas, nuestra sustancia y puesto en peligro nuestra libertad. Si no les excluimos, en menos de  200 años, nuestros hijos estarán trabajando en los campos para facilitarles su sustento, mientras ellos se quedaran en las casas de cambio frotándose las manos de alegría.

Les advierto, caballeros, si no excluyen a los judíos definitivamente, vuestros hijos maldecirán  sobre vuestra tumba. Los judíos, caballeros, son asiáticos, no importa que se le deje nacer donde quieran, o cuantas generaciones les alejen de Asia, nunca serán de otra manera. Las ideas de esta gente no se ajustan a las de los Americanos, y no lo harán aunque vivan entre nosotros durante diez generaciones. No cambiarán, como no podrá nunca un Leopardo cambiar las manchas de su piel. Los judíos son asiáticos, son una amenaza para este país si se les permite la entrada, y deberían ser excluidos por esta Constitución.

Del original guardado en el Instituto Franklin, en Filadelfia, Pensilvania, U.S.A. Esta predicción fue hecha durante una charla alrededor de la mesa durante los descansos ‘Chit Chat Around the Table During Intermissions,’ en la convención Constitucional de Filadelfia de 1787. Esta cita fue reflejada en el diario de Charles Cotesworth Pinckney, un delegado de Carolina del Sur.

Benjamín Franklin *


Célebre político norteamericano, economista, físico y escritor. Nació en 1706 y falleció en 1790. Gran patriota, propulsó con gran energía la independencia de su país. Inventó el pararrayos y escribió varias obras importantes de política, economía, ciencia y moral.


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