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La mujer que vuela con el viento – Sargón Bulus

المرأة الجانحة مع الريح
سركون بولص
لو رأتها، تلك المرأة
الجانحة مع الريح
وفي عينيها علائم زوبعة قادمة
وشعرها، منذ الآن، ينتفش في دواماتها،
لا
تترددْ
وخبّرني، فهي قد تكون ضالتي
قد تكون من ذهبتُ أبحث عنها في القرى
والأرياف البعيدة
حالماً أن أجدها في زقاق
مقفر، ذات يوم، تحمل طفلا بين
ذراعيها أو تطل من نافذة
أو حتى أن أعرف أنها هي
في ثمّة صوت، في ثمة أغنية على
الراديو
أغنية تقول أشياء جميلة
عن الحزن
أو الهجرة

وقد لا تراها
سوى في جناحي فراشة
ترفرف لازقة في قار الطريق
عينيها الملطختين بمكحلة التاريخ العابثة
نهديها المثقلين يأنداء حزن أمة
وفاكهتها اليتيمة
كبضعة أحجار في سلة
تعود بها من سوق أقفلت دكاكينها تصفر في أخشابها الريح
على أطراف بلدة
ولدنا فيها، وحلمنا أحلامنا الصغيرة


La mujer que vuela con el viento

Si vieras a esa mujer,
que vuela con el viento,
en los ojos signos de una tormenta venidera
y el pelo, desde ahora, revuelto en torbellinos,
no
dudes
y avísame, pues puede que ella sea un anhelo mío.
Puede que sea quien he buscado en los pueblos
y lugares lejanos.
Tal vez la halle en un callejón
desierto, un día, con un niño en
los brazos o asomada a una ventana,
o quizá la reconozca
en un sonido, en un fragmento de canción en la
radio,
en una canción que diga cosas hermosas
sobre la tristeza,
sobre el alejamiento.
Y si sólo la vieras
en las alas de una mariposa
que vuele pegada al alquitrán del camino,
los ojos enturbiados por los absurdos afeites de la historia,
el pecho cargado con los gritos de tristeza de un pueblo
y sus frutos huérfanos,
como piedras en una cesta,
tráela a zoco con las tiendas cerradas,
donde el viento sople entre sus maderas,
a las afueras de un pueblo,
en el que nacimos, soñamos nuestros pequeños sueños,
y lo abandonamos.

Sargón Bulus

Publicado en el periódico Al-Hayat el 8 de octubre de 2003

Traducido del árabe por Milagros Nuin
Con información de Poesía Árabe

©2018-paginasarabes®

Artesanías de Hebrón – Arte milenario Palestino

Antigua tradición familiar

Una tradición antigua, que tiene sus orígenes en el pasado. Hebrón, uno de los principales centros económicos de Palestina, con más de 6.000 años de historia, transmite de padres a hijos el oficio de artesanía en diversos ámbitos: Vidrio, bordado, cerámica o alfarería.

Tradición que perdura en el tiempo, las cerámicas artesanales datan de la época otomana, explicaron los residentes de la ciudad. En aquel entonces, dijeron los residentes, las cerámicas eran elaboradas a mano en los hogares de las familias de la Ciudad Vieja hasta que la cerámica se convirtió en una fuente principal de ingresos. Residentes de la ciudad afirman que la industria del vidrio se inició en Hebrón cuando un grupo de viajeros comenzó un incendio  de gran alcance en las arenas en la zona sur de Hebrón y encontraron formas de vidrio en el lugar al día siguiente. Según los residentes, así es como la industria del vidrio fue descubierta en Hebrón y luego viajó al resto del mundo.

Hamdi Natsheh (Director Fábrica de Vidrio y Cerámica de Hebrón)

“Exportamos estos productos a todo el mundo con una etiqueta que dice ‘Hecho en Hebrón’. Cada artículo cuenta una historia que data de cientos de años”.

Con estas palabras, Al-Hajj Abdul Jawad Abdul-Hamid al-Natsheh, de 86 años, describió los productos elaborados por artesanos en su fábrica, que se estableció en Hebrón, hace más de 150 hace años.

“La tradición de trabajar el vidrio se remonta a tiempos antiguos. Esta industria comenzó en la ciudad vieja de Hebrón en un barrio llamado “Harat al-Qazazin” (barrio de los profesionales del vidrio) donde nacieron diferentes fábricas que alcanzaron con el tiempo catorce títulos.”

Muchas de estas se vieron obligadas a cerrar, en el transcurso de los años. Entre ellas, ha resistido la Fábrica del Vidrio y la Cerámica, fundada hace más de 150 años y con una fuerte capacidad de exportar sus productos en todo el mundo.

“Según la historia familiar, este arte tiene relación con la presencia de la familia Natsheh en Hebrón. Entre el 122 AC-330 DC, dice el artista y co-propietario Hamzeh Natsheh. Fundada en 1890 y ubicada en la ciudad de Hebrón en Palestina, Vidrio de Hebrón emplea a aproximadamente 60 artesanos que trabajan en uno de los tres talleres de la ciudad o desde sus hogares. “

“Todos los cristales que hacemos encarnan viejas historias reales de palestinos, formas y patrones únicos. Cada hogar utilizó, y todavía utiliza, el vidrio que hacemos en Hebrón como una tradición palestina. Mis hermanos y yo aprendimos de mi padre Tawfiq. Mi padre aprendió de mi abuelo Abed Alhamid Khalil Natsheh. Nuestro arte se ha heredado con orgullo, de generación en generación y, cada miembro de la familia necesita por lo menos cinco años para aprender el oficio,” dice Natsheh.

Vidrios de Hebrón tiene como objetivo el trabajo mancomunado con asociaciones de comercio justo y utilizar botellas recicladas de los hogares y negocios locales como materia prima básica en muchos de sus productos. El combustible para los hornos y calderas es el aceite de motor reutilizado de los garajes locales. Natsheh dice que el conflicto palestino-israelí y las restricciones a la libertad de movimiento en Palestina han afectado a la industria, pero al reciclar estos materiales todos los días, Vidrios de Hebrón es capaz de mantener el arte vivo y sustentable. También se afanan en proporcionar un ambiente de trabajo seguro y lucrativo para sus artesanos. Vidrios de  Hebrón fabrica un amplio surtido de platos para colgar, platos, cuencos, copas, jarras y jarrones. Todos los artículos de sobremesa son fabricados sin plomo, por lo que son completamente seguros de usar.

Mansour Natsheh (Trabajador Fábrica de Vidrio y Cerámica de Hebrón)

“Este es un trabajo que se hereda, por ello nadie puede hacerlo si no es por pasión… Naturalmente con el tiempo las fases de la industrialización han cambiado: En el pasado, producíamos vidrio a partir de arena, óxido, soja y cosas así. Ahora utilizamos botellas de refrescos y zumos de fruta, reciclando las materias primas.”

Las cerámicas artesanales, que se remontan, según los habitantes del lugar, al periodo otomano, han pasado de ser una actividad llevada a cabo en familia, a ser uno de los principales recursos de la ciudad. Un arte que trata de viajar por todo el mundo. Para explicar otra Hebrón y mostrar un rostro a menudo desconocido…

La cristalería fenicia y la cerámica van de la mano en la familia de los propietarios de Vidrios de Hebrón y son parte integrante del patrimonio local. “Usábamos nuestra cerámica y vidrio en el pasado (y aún hoy) para decorar casas y lugares en los eventos especiales. A los Palestinos les gusta usar el vidrio y la cerámica tradicional para presentar la comida y el orgullo de la herencia Palestina”, dice Natsheh. Durante la década de 1940, el negocio se desaceleró a medida que los materiales se volvieron demasiado caros, pero la tradición ha sido revivida y es de nuevo popular.

El proceso, Un secreto familiar

Si bien, el meticuloso proceso es un secreto familiar y comercial, las técnicas que los artesanos de Vidrios de Hebrón utilizan para fabricar sus piezas de vidrio soplado y cerámica hechas a mano se han venido empleando durante cientos de años. “El vidrio depende de las grandes habilidades del artista que hace frente a las altas temperaturas del fuego abrasador”, explica Natsheh.

“El vidrio se funde aproximadamente bajo 1000 grados Celsius, hasta que se convierte en líquido y está en condiciones para soplar. Utilizamos una kammasha (herramienta de tubo de acero), que tiene de 1 a 1,5 metros de largo. Dejamos la pieza, tan pronto como está terminada, en una habitación cercana al horno para que se enfríe lentamente. Reciclamos y utilizamos las botellas de vidrio de Coca Cola como principales materias primas, y utilizamos materiales caros para colorear, mezclándolo con vidrio liso, durante las etapas de soplado. A las piezas de cerámica se les da forma en el torno manual, se dejan secar durante dos días y luego se cuecen en el horno a 1000 grados Celsius, después las adornamos con negro y otros seis colores diferentes, se les da  esmalte y se vuelven a hornear a 1000 grados Celsius.”

La fábrica de Natsheh exporta la mayoría de sus productos a países extranjeros, principalmente a Europa. El mercado local solo obtiene el 20% de la producción de la fábrica debido al alto costo del trabajo manual de los artesanos que heredaron la industria de sus padres.

Con información de Al-Monitor

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Adnan Al-Hamdi, de Yemen al infierno de Guantánamo

Adnan Al-Hamdi había aprendido a pensar en sí mismo como si fuese un ratón en una madriguera, que sobrevivía en un desierto lleno de tigres y serpientes. Era un paisaje abrasado, donde el sol blanco no se ponía nunca.

Los halcones eran una presencia permanente, sus sombras revoloteaban sobre la cabeza de Adnan a intervalos perfectamente cronometrados, como si giraran al ritmo de un tambor. El toque eran sus pisadas, el paso de las botas de los guardias que se acercaba incesante y se perdía luego en los corredores del Campo 3. Una vez por minuto. Dos veces por minuto. A todas las horas todos los días.

A veces los observaba desde su litera, el ratón enterrado debajo de las sábanas con el hocico al aire, moviéndose sólo lo suficiente para verles pasar: garras, pico y plumaje envueltos en camuflaje militar, el arma lista; una vista amenazadora, pero inofensiva siempre que no gritara ni se moviera como solía hacer al principio. La atenta observación había revelado una debilidad en su porte. En el lugar de sus uniformes donde se suponía que tenían que aparecer sus nombres, llevaban tiras de cinta adhesiva. Al parecer, ellos también temían este lugar.

Adnan no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba allí, sobre todo porque los primeros días (¿meses, tal vez? ¿años incluso?) eran ahora un borrón, y sólo recordaba algunos.

Le habían capturado en el campo de batalla cuando llevaba pocos meses en Afganistán, tras haber dejado su patria con un sentido de fervor y espíritu aventurero. Para unirse a la yihad. La obra de Dios llamaba allende los mares y desiertos. Aterrizó en Pakistán, donde los santos varones de las montañas le llevaron al norte desde Karachi, y luego al oeste, al otro lado de los desfiladeros yermos. No había suficientes fusiles para todos, y la nieve y el terreno de las elevaciones más altas le habían sobresaltado y entumecido. Durante semanas hicieron poco más que esperar o marchar; y entonces, aparecieron los bombarderos.

En una semana murieron la mitad de los hombres. Explosiones enormes por doquier, y luego un viaje caótico hacia el sur. Les pilló una banda de tayikos. Los amontonaron en un camión pintoresco y luego los metieron a todos en un calabozo hediondo en medio de un naranjal, donde permanecieron semanas, hasta que le sacaron a la luz del sol delante de dos hombres con pantalones planchados y gafas de sol. Hablaban por aparatos emisores receptores y bebían agua clara de botellas de plástico. Uno hablaba algo de árabe, pero no muy bien.

—Eres un jefe —le dijeron los hombres.

—Soy un soldado —replicó Adnan—. Un defensor, sí, alabado sea Dios, el más santo, pero sólo soy un soldado.

—No —dijeron ellos—. Los hombres que te trajeron aquí dicen que eres un líder, un organizador.

Siguieron más preguntas. ¿Dónde te entrenaste? ¿Quién te pagó? ¿Cómo los reclutaste? Tomaron su ignorancia por obstinación, luego le llevaron al norte, medio día de camino valle arriba, otros dos días en un cajón metálico caluroso a la orilla de una pista de aterrizaje, rodeada de minas. Le pusieron un mono naranja, le vendaron los ojos y le metieron una bolsa por la cabeza, como a un pollo para degollarlo, que le tapó la cara mientras otro le ponía grilletes en las muñecas y en los tobillos. Le llevaron por un paso de tablones a un aeroplano, cuyos motores ya resonaban y el suelo vibraba debajo de sus pies. Luego más grilletes cuando se sentó, que le sujetaron al suelo. Sintió un portazo, luego oscuridad y el impulso del despegue antes de un viaje que le pareció que duraba días.

Hundido en sus propios vómitos, heces y orines mientras el avión se balanceaba en los cielos fríos, siempre en la oscuridad estruendosa. Tiritaba y gritaba, pero sólo oía los chillidos de sus compañeros en el interior del tubo metálico hueco que los transportaba. En determinado momento, alguien le puso una manzana en las manos y consiguió estirarse el tiempo suficiente para dar unos bocados: el sabor y los jugos eran abrumadores. Pero era demasiado difícil seguir comiendo, amarrado como estaba, y cuando el avión rebotó en alguna turbulencia se le cayó la manzana. Oyó que rodaba entre sus piernas por el suelo.

Transcurrieron más horas hasta que, al fin, el avión golpeó con fuerza el suelo y se detuvo vibrante. Adnan oyó abrirse la trampilla trasera y notó la luz que traspasó la bolsa y la venda de los ojos. Oyó gritos, algunos en una lengua extranjera y algunos en árabe rudimentario, que le mandaban levantarse mientras alguien le soltaba del armazón del avión. Intentó incorporarse y se le doblaron las rodillas. Le pegaron con un palo en las pantorrillas y alguien le gritó al oído algo incomprensible. Luego le agarraron bruscamente de los brazos y le arrastraron, con las piernas hormigueantes. Notó el olor de aire marino y sintió una ráfaga de polvo y arena en las manos. El aire era un manto húmedo del que no se había librado desde entonces.

Cuando le quitaron al fin la caperuza y la venda de los ojos, estaba en una habitación blanca y helada, sentado en una silla metálica con las piernas encadenadas al suelo.

Le interrogaron cuatro horas seguidas, las mismas preguntas que le habían hecho los hombres de Afganistán. ¿Dónde te entrenaste? ¿Quién te pagó?

¿Cómo los reclutaste? Adnan contestó una y otra vez que no lo sabía, y luego le encerraron en su madriguera. No en la que vivía ahora, sino en una especie de jaula entre otras jaulas. Después le habían trasladado donde estaba ahora, todavía ofuscado por temores y extrañeza.

Hacía semanas que había empezado a percibir este nuevo mundo. Ocurrió después de darse cuenta de que la única forma de recuperar el equilibrio era imponiendo su propio orden natural. Pondría nombres a los objetos que le rodeaban, los clasificaría, los ordenaría y los enumeraría a su modo. Y había elegido la idea de los halcones y las serpientes como primeras etiquetas zoológicas, una taxonomía que esperaba ampliar mediante meticulosa observación.

Algunos aspectos de este universo resistían la simple clasificación. El día y la noche, por ejemplo. Los paneles fluorescentes del Campo 3, (Adnan había oído a un halcón decir el número de este lugar), emitían un resplandor crudo permanente. Era un limbo gélido entre sol y luna, que dejó la brújula de Adnan girando sin ancla hasta que redescubrió las posibilidades magnéticas de la oración. Ahora se guiaba por las cinco llamadas que llegaban regularmente por los altavoces de la prisión, cayendo al reducido espacio del suelo con celo famélico. Se orientaba hacia La Meca por una pequeña flecha negra marcada en el suelo a los pies de su cama, luego se arrodillaba en una alfombrilla fina de espuma.

Había poco espacio para mucho más. La habitación medía 1,80 por 2,60 metros, y la cama ocupaba aproximadamente un tercio. Adnan pasaba allí todas las horas del día, excepto las que le obligaban a volver a la habitación blanca, el nido pulcro y frío de las serpientes. Por lo demás, sólo hacía un viaje semanal a las duchas, escoltado a punta de pistola, para que se lavara bajo los rollos de alambre de espino, más media hora al día de «ejercicio», un poco de ocio en un rincón de cemento mientras miraba las madrigueras de los otros ratones que hablaban en otras lenguas.

Tenía pocas pertenencias, sólo las que le habían dado en una bolsita el primer día, y que reponían a medida que se le acababa cada provisión: su mono anaranjado, chancletas para la ducha, un gorro de oración, una colchoneta de espuma más una sábana y dos mantas para la cama, una manopla para lavarse, dos toallas pequeñas, un cepillo de dientes corto y grueso que se encajaba en la yema de un dedo, jabón, champú, la alfombrilla de oración y un Corán en una bolsa de plástico.

El retrete era un agujero en el suelo, en un rincón. En otro rincón estaba el lavabo, donde el agua salía en un chorrillo amarillento tan tibia y viciada como el aire. Tenía que agacharse para lavarse las manos, y agacharse más para beber directamente del grifo. Los halcones no le daban vaso porque decían que era un peligro para la seguridad. Podrías usarlo para arrojarnos tus excrementos y orines como hiciste anteriormente. Él no lo recordaba, pero no tenía razón para pensar que no fuese cierto. O podrías hacer algo con él, incluso un arma. Le dijeron que el lavabo era bajo para que pudiera lavarse los pies más cómodamente para rezar.

Pero Adnan ya no se preocupaba de las abluciones, porque la piedad ya no motivaba sus rezos. Había sido religioso en Yemen, y todavía más en Afganistán, cuando perdió las esperanzas de aventura ante los cañonazos y la penuria. Siempre que se acercaba la muerte, Dios parecía acechar detrás de él como un aliento cálido en la nuca. Pero en este lugar sólo sentía a Dios como una ausencia, un vacío. Dios, en su infinita sabiduría, había escapado y no se había llevado a nadie con él, desvaneciéndose en los vapores del calor sin una palabra. Así que la oración se convirtió en una simple rueda del reloj interno de Adnan y, cuando coincidía con la hora de comer, le indicaba la hora aproximada del día.

En un mundo sin horizontes, bajo un cielo sin estrellas, la orientación temporal era su salvación. La rueda de su día giraba así: oraciones del amanecer, desayuno, ducha (sólo una vez a la semana), llamada para los enfermos, oraciones del mediodía, almuerzo, media hora en el patio de ejercicios, llamada para el correo, oraciones del crepúsculo, cena, oraciones de la noche…

Por D. Fesperman
Con información de The Prisoner of Guantánamo

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