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El Proyecto Babilonia: La superarma iraquí y Gerald Bull

1990
El inventor Gerald Bull fue asesinado por el Mossad

El desarrollo de misiles balísticos durante la segunda guerra mundial convirtió en obsoleta la idea de piezas de artillería gigantescas y ultralargas, pero el ingeniero canadiense Gerald Vincent Bull (1928- 1990), estaba obsesionado con la idea de construir un enorme superarma que pudiese lanzar un satélite al espacio y ponerlo en órbita.

Aunque las principales potencias militares habían abandonado los trabajos en este campo, Bull estaba decidido a continuar sus investigaciones. Esta actividad lo llevó a frecuentar el oscuro mundo de las armas ilegales y a tratar con países sobre los que pesaba la prohibición internacional de comprar tecnología militar avanzada.

Siguiendo su sueño de poder construir finalmente un «arma espacial», Bull había diseñado armas de largo alcance para Sudáfrica a instancias de la CÍA. También trabajó para Chile, Taiwán y China, creando el obús G5, que vendió para poder financiar sus investigaciones. En 1980, el G5 provocó que tuviese graves problemas con la administración Cárter, y pasó seis meses en prisión por vender armas de forma ilegal, pero salió de la celda con la misma determinación de poner un proyectil en órbita.


Su ambición parecía estar a punto de verse realizada a mediados de la década de 1980, cuando consiguió convencer a Saddam Hussein de que Irak jamás alcanzaría el estatus de superpotencia sin un programa espacial. Se estableció entonces un acuerdo secreto para el Proyecto Babilonia o la «máquina PC-2»: un cañón de ciento cincuenta metros de largo y un peso de dos mil cien toneladas que podía poner en órbita un proyectil de dos mil kilos. Aunque tendría capacidad orbital, también podía arrojar un proyectil sobre Teherán o Tel Aviv.

El 22 de marzo de 1990, antes de que el proyecto se viese realizado, Bull fue asesinado a balazos en Bruselas por dos pistoleros que le dispararon a corta distancia. Nadie fue detenido por este asesinato, y la teoría generalmente aceptada es que el Mossad organizó su muerte porque su proyecto secreto en Irak constituía una amenaza demasiado grande para Israel.

Con información de Conspiracy Encyclopedia

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El Mossad y su implicación en el intento de asesinato de Bill Clinton

1992
BILL CLINTON
Nacido en 1946, Hope, Arkansas
Presidente de Estados Unidos

La operación Monte Rushmore era el nombre en clave dado a una supuesta e increíble conspiración para asesinar al candidato presidencial William Jefferson Clinton. El plan preveía su ejecución durante una visita de Clinton a San Francisco, en el verano de 1992, como parte de su campaña electoral.

Estos argumentos son expuestos principalmente por su autor Rodney Stich, y aunque pudieran parecer extravagantes, se trata de alguien elogiado en internet como «un activista o cruzado contra la corrupción absoluta en el gobierno durante los últimos treinta años, comenzando como inspector de operaciones de transporte aéreo de la FAA, (Administración de Aviación Federal), y responsable de la seguridad aérea en varias de las principales compañías aéreas, especialmente United Airlines. Ha documentado la corrupción en UA y dentro de la FAA».


La teoría de la conspiración

Un golpe al estilo JFK fue encargado sobre el aún no electo Bill Clinton por una conspiración de diferentes intereses que querían un segundo mandato para George H. W. Bush y que temían de tal modo una presidencia de Clinton que estaban dispuestos a matarlo para evitar que ocupase la Casa Blanca. Esta conspiración incluía a agentes y oficiales de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Oficina de Inteligencia Naval (ONI), el Partido Republicano y el Mossad, el servicio de inteligencia israelí. La financiación de la operación estaba a cargo de un misterioso personaje llamado Chan Wang.

Las pruebas

La información contenida en el libro de Stich Defrauding America procede principalmente de dos fuentes, ambas de la comunidad de los servicios de inteligencia, que revelaron los mismos detalles de manera independiente. Al principio, a la fuente principal se la llamó simplemente «agente X», pero más tarde se reveló que se trataba del Capitán de Corbeta Robert Hunt, de la Oficina de Inteligencia Naval.

Según Hunt, el asesinato de Clinton debía ser una repetición virtual del asesinato de Kennedy, con francotiradores disparando al candidato presidencial fuera del hotel Ritz Carlton de San Francisco. En la base militar de Presidio, en San Francisco, debía formarse el equipo encargado de llevar a cabo el trabajo. Hunt relató la historia de la siguiente manera:

«El verano pasado (julio de 1992), Graham Fuller, de la CÍA, Dick Pealer, de la ONI, y John Kaplin, de la CÍA, me ordenaron que fuese a San Francisco. Estas personas eran mis entrenadores. Me dijeron que fuese al área de la bahía. Volé desde la ÑAS (Estación Aérea Naval), de Norfolk hasta la ÑAS, Alameda, donde debía reunirme con otro agente. Era el jefe de la CÍA en San Francisco. Su nombre es Robert Larson. Él se encargó de hacer los arreglos para mí en Presidio. Al día siguiente llegó el equipo y yo me pregunté por qué estaba ese equipo en la ciudad. Recibí la llamada de una mujer que me dijo que pertenecía al Mossad y que teníamos que vernos. Eso hicimos, y almorzamos juntos. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Arma Colburn. Más tarde supe que su verdadero nombre era Yossi Jameir. Hablamos de por qué estaba yo en la ciudad y le pregunté la razón. Ella me dijo que para matar a Clinton».

En cuanto a la operación en sí, Hunt añadió:

«Al saber que Clinton llegaría a la ciudad en pocas semanas, pusimos manos a la obra. Armas, rutas de escape, citas, etc. Se esperaba que Clinton se alojara en el Ritz Carlton. Entonces daríamos el golpe. Mis hombres y yo ocupamos posiciones al otro lado de la calle del Ritz Carlton antes de que llegase Clinton. Tomamos fotografías de toda la zona para obtener los mejores resultados posibles. En cualquier caso, tres semanas antes de la fecha prevista para su llegada supimos que se había producido una filtración. Nadie sabía dónde. De modo que mi equipo y yo nos largamos por temor a que nos detuviesen. Aquella noche nos dijeron que debíamos eliminar a todas las facciones implicadas, incluyendo a los agentes del Mossad».

Enfrentado a la obligación de tener que matar a todos los implicados en la operación, Hunt se mostró impasible, pero justo a tiempo, la operación se canceló:

«Recibí una llamada en mi busca que ordenaba suspender las operaciones. Cuando pregunté los motivos, me dijeron que habían encontrado la filtración». La cuestión era que una de las agentes del Mossad estaba viéndose con un agente de seguridad y ambos habían hablado demasiado. «Nuestro trabajo, por supuesto, era encargarnos de ese asunto. De modo que, aquella misma noche, cuando el agente de seguridad acabó su trabajo y fue a coger el tren BART (Transporte Rápido del Área de la Bahía), en Market Street, para regresar a su casa, mi amigo y yo lo empujamos a las vías cuando llegaba el tren. Pensaron que se había suicidado.»


El veredicto

Cuando investigadores independientes se pusieron en contacto con ellos, la oficina del servicio secreto en Los Ángeles declinó hacer comentarios sobre este asunto, y remitieron la investigación a la oficina de relaciones públicas en Washington DC. Allí, uno de los funcionarios negó tener ningún conocimiento de aquello y afirmó que si se ponían en contacto con la oficina de San Francisco ellos también los remitirían a la oficina de relaciones públicas. Como la operación de asesinato fue abortada, la historia sigue siendo imposible de probar.

Con información de Conspiracy Encyclopedia

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Otto Skorzeny, un elegido de Hitler al servicio del Mossad

Skorzeny, recibido por Hitler, aparentemente en la Guarida del Lobo (cuartel de Hitler en la hoy Polonia), tras el rescate de Mussolini, en 1943.  ©Ullstein Bild / Getty Images
Skorzeny, recibido por Hitler, aparentemente en la Guarida del Lobo (cuartel de Hitler en la hoy Polonia), tras el rescate de Mussolini, en 1943.  ©Ullstein Bild / Getty Images

Otto Skorzeny, SS y miembro del exclusivo club de favoritos de Hitler, se refugió en España tras la guerra. Desde Madrid se dedicó a colaborar ni más ni menos que con los servicios secretos israelíes. La suya fue una vida de leyenda llena de extraños giros que, 41 años después de su muerte, aún está envuelta en el misterio.

La imagen es increíble: un ex teniente coronel de las Waffen SS asesina a un ingeniero alemán experto en cohetes en un bosque al norte de Munich al que le ha llevado, engañado, en su propio Mercedes blanco. El cadáver es rociado con ácido, quemado y enterrado por tres agentes israelíes. Es 1962, y uno de los agentes que acompañan al ex SS es Yitzhak Shamir. Llegará a primer ministro de Israel dos décadas después.

El fallecido, Heinz Krug, procedía del equipo que desarrolló los primeros misiles de la historia, las bombas volantes V-2. Tras la guerra ese equipo se dividió en dos: unos marcharon con el jefe del proyecto, Werner von Braun, y otros se quedaron en Alemania, para colaborar secretamente en el programa de misiles de Egipto. En ese país, tan sólo en una de las cinco instalaciones creadas por el presidente Nasser en 1960, la Factoría 333, llegaron a trabajar 250 alemanes, según se reveló años después. Israel se vio amenazada y lanzó una campaña de uno de sus servicios secretos, el Mossad, para intimidar o asesinar a esos ingenieros, tanto en Alemania como en Egipto. Krug pudo ser una víctima más de la operación, pero hubo muchas más. En noviembre de ese mismo año, unos paquetes bomba enviados a la Factoría 333 causaron cinco muertos.

El supuesto asesino de Krug es Otto Skorzeny, un favorito de Hitler que se había refugiado en España tras la guerra. Durante el conflicto se dio a conocer como un genio de las operaciones especiales y se ocupó de pasar a la historia como el hombre que liberó en una espectacular operación a Benito Mussolini de su cautiverio en los Apeninos en 1943. En realidad, este mérito no le corresponde en absoluto, pero el tópico, alimentado por la propaganda oficial nazi y por la vanidad de Skorzeny, durará hasta hoy, incluso en el relato publicado recientemente por el diario israelí Haaretz de su insólita colaboración con Israel.

La captación de Skorzeny por el Mossad es un cuento de espías. Una pareja de agentes aborda en un elegante bar de Madrid al nazi y su mujer diciendo que son turistas alemanes y que han sido víctimas de un robo. Skorzeny les invita esa noche a su casa, pero, una vez allí, les apunta con una pistola.

–Sois del Mossad y habéis venido a matarme.

–Somos del Mossad, pero si hubiéramos venido a matarle, usted estaría muerto hace semanas.

Entonces le convencen y le utilizan para poder acercarse a un Krug que vive ya amedrentado. Pero por qué el Mossad le necesitaba si ya había cometido otros atentados y por qué iba a disparar él mismo, un nazi convencido, a su paisano y correligionario es un misterio.

La versión de Haaretz publicada hace unos meses completa –o complica– lo que se ha venido publicando en Israel desde 1989, cuando una revista de temas militares reveló que Skorzeny colaboró con el ­Mossad. Isser Harel, el jefe del servicio secreto en la época, lo confirmó entonces, también a Haaretz. Esa versión de la historia, distinta de la conocida ahora y explicada al principio de este reportaje, quedó resumida en algunas de las páginas del libro de Ael Bar-Zohar y Nissim Mishal Las grandes operaciones del Mossad (2012), según el cual Skorzeny no entra en escena hasta mucho después del asesinato de Heinz Krug el 11 de septiembre de 1962, cuando un hombre con acento árabe se presenta en su oficina y ambos acuden a comprar un billete de United Arab Airlines, para no ser vistos nunca más. El Mercedes blanco de Krug fue hallado cubierto de barro.

En el relato de Bar-Zhoar y Mishal es en agosto de 1963 cuando dos agentes, que se presentan en el despacho de Skorzeny en Madrid como oficiales de inteligencia de la OTAN, le animan a colaborar a cambio de una carta en la que, en nombre del Estado de Israel, le garantizan inmunidad. Le proponen que reclute a un tal H. Mann, oficial de las SS que estuvo a sus órdenes y que se encarga de la seguridad de los ingenieros alemanes. Mann se había cruzado en el camino de otros dos agentes que amenazaron a un técnico y a su hija y logró que fueran detenidos, en 1963.

A través de Mann y de otros contactos, Skorzeny dio a Israel información sobre los alemanes, datos e incluso planos de sus proyectos. Le supervisaba Rafi Eitan, que así lo ha reconocido. En 1960, Eitan había dirigido la captura del mismísimo Adolf Eichmann en Argentina, (Nota de la Bitácora: avasallando jurisdicción argentina, violando leyes internacionales y haciendo lo que mejor sabe hacer, usurpar derechos y territorios ajenos), y Skorzeny tenía motivos para temerle: algunos le acusaban de haber participado en la quema de sinagogas en la noche de los cristales rotos, en 1938, o de vínculos con el campo de concentración de Sachsenhausen. ¿Había, además, inventado una pistola de gas letal?

De vuelta a la versión publicada este año sobre el encuentro en Madrid de Skorzeny con los agentes israelíes, ¿qué habría pedido a cambio de su colaboración? Según Haaretz, Skorzeny les pidió que el célebre cazador de nazis Simon Wiesenthal le borrara de su lista. Este se negó, pero el ­Mossad falsificó una carta para que el nazi pensara que había accedido a su petición, (Nota de la Bitácora: independientemente de la «carta», el «terrible cazador» ¿no lo «cazó» teniéndolo identificado y localizado?, sólo un actor más del circo…). La viuda de Skorzeny llegó a contar la ¿fantasía? (sic) de que el propio Wiesenthal se había presentado en 1964 en su casa del barrio madrileño de El Viso y que su marido le recibió con un rifle en las manos.

Los rumores sobre Skorzeny corrieron en realidad muy pronto. El 20 de septiembre de 1967, escribió a la agencia Europa Press después de que dos diarios rusos, Trud y Komsomolskaya Pravda, publicaran que había sido asesor de Israel en la guerra de los Seis Días de ese año. “La noticia tuvo su origen hace unas semanas en el Ministerio de Defensa del Berlín Oriental, y más concretamente en el periodista Julius Mader, de la sección de propaganda”, decía en su carta, añadiendo que “soy amigo personal de Nasser” y “sigo estando, cien por cien, todavía hoy, del lado árabe”.

Públicamente esa era la postura de Skorzeny, aunque su papel, como se ha visto, fuera el opuesto. Con todo, su colaboración perdió sentido tras la guerra de los Seis Días, porque con la derrota de Egipto en la guerra desapareció la preocupación por el programa de misiles. Muchos de los alemanes se habían marchado ya, y además, para Nasser era más urgente reconstruir su fuerza aérea.

Skorzeny siempre estuvo relacionado con negocios dudosos. Entre sus contactos se encuentra Otto Wolff von Amerongen. En los años sesenta, Wolff impulsaba las relaciones comerciales entre las dos Alemanias y mantenía fuertes lazos con el bloque del Este, lo que luego se llamó la Ostpolitik. Otro de sus allegados era el barón Christian von Oppenheim, un traficante de armas afincado como él en Madrid. Las guerras africanas de Angola, Mozambique o Katanga (en Congo) eran excelentes oportunidades de negocio, que Skorzeny aprovechó. Para competir en el suministro a Biafra –que monopolizaba un tal Hank Warton al morir Von Oppenheim en un bombardeo de fortuna con un avión civil–, Skorzeny se hizo el humanitario. Dijo al London Observer que poseía una compañía aérea, que había enviado un avión con 12 toneladas de pescado seco y medicinas desde Madrid y que tenía un acuerdo con un grupo de iglesias escandinavas para enviar auxilio. En realidad, ni ese acuerdo era suyo ni poseía una aerolínea ni tampoco el avión con pescado seco, que nunca llegó a Biafra. Él solo se había ocupado de ciertos trámites en Madrid.

Embustero de gran estilo, Otto Skorzeny construyó así su leyenda. Nacido en 1908 en una familia de clase media, estudió ingeniería y se afilió al partido nazi austriaco. No logró ser piloto de la Luftwaffe por edad y acabó ingresando en las SS. Tras varios destinos aburridos logra destacar en la invasión de Rusia y se especializa como comando. En el verano de 1943 acompaña a Roma, con unos 40 hombres de las SS, al general Kurt Student, jefe de la élite de los paracaidistas, a quien Hitler ha encargado la liberación de Benito Mussolini, que está prisionero del mariscal Badoglio como prenda para rendirse a los aliados.

Mussolini es localizado en un hotel de montaña en el macizo del Gran Sasso, accesible sólo con un funicular. Student y el comandante Harald Mors diseñan una operación todavía hoy considerada espectacular: diez grandes planeadores con una compañía de paracaidistas, 18 SS, dos reporteros y un general italiano aterrizan en la estrecha explanada junto al hotel, el 12 de septiembre de 1943. Mientras, el comandante Mors ocupa el funicular con una columna de paracaidistas llegados por tierra. Esto permite aterrizar al piloto personal de Student con su avioneta y llevarse a Mussolini… y al capitán Skorzeny, a quien le falta tiempo para atribuirse en Alemania el éxito de la misión.

Aunque fueron condecorados, a los paracaidistas no se les reconoció el mérito. Víctimas del peso de las SS de Himmler, se tuvieron que morder la lengua. Harald Mors fue enviado al frente ruso y hasta años después no emergió su versión y la de otros, que han sido recogidas recientemente en castellano con todo lujo de detalles por Óscar González López en la revista Ares.

Pero Skorzeny era el héroe ideal, un SS apuesto, de 1,90 metros, con una cicatriz en la mejilla (por un duelo deportivo con sable en su época universitaria, decía).

Skorzeny hizo de todo: matarife en la represión del complot de Von Stauffenberg (1944) para asesinar a Hitler; espía en Francia; ejecutor de un fracasado plan para asesinar a Tito en Yugoslavia; jefe de un comando que irrumpe en Budapest e impide la rendición de Hungría a los rusos, aunque no logra secuestrar al regente, Miklos Horthy… Su otra misión exitosa es una infiltración de comandos con uniforme estadounidense y que hablan inglés tras las líneas aliadas en la ofensiva nazi de las Ardenas para sembrar la confusión, cambiando de dirección los carteles de las carreteras. Es una operación militarmente insignificante, pero de película, como la que él siempre quiso hacer sobre la liberación de Mussolini con su propio guión.

Al caer el III Reich, se refugia un tiempo con Ilse Lüthje –sobrina de Hjalmar Schacht, ministro de Finanzas y conjurado contra Hitler que logró sobrevivir– y acaba entregándose a los americanos. El tribunal de crímenes de guerra de Dachau le absuelve, pero es reclamado por un tribunal alemán de desnazificación y detenido.

 Se cree que escapó del campo de Darmstadt en 1948 gracias a los americanos, (Nota de la Bitácora: algún día se contará la verdadera historia de pactos, alianzas y fantasiosos cuentos pergeñados por aliados y secuaces del NOM), pero quien sin duda le ayudó fue el cónsul español en Frankfurt, Jorge Spottorno, con un visado a nombre de Rolf Steinbauer. Probablemente utilizó el apellido de un pastor evangelista encarcelado por los nazis, Karl Steinbauer, con quien guardaba parecido, sobre todo por una cicatriz idéntica, en la misma mejilla pero en sentido inverso. No sería el único nombre falso que utilizó. En Madrid obtuvo en 1951 un pasaporte de apátrida, con su nombre real y en el que constaba como viudo. En realidad estaba separado. Tres años después se casó en El Escorial (¡en un juzgado!) con Ilse Lüthje. Sus testigos fueron dos falangistas: el alcalde Francisco Santos Benito y el periodista Víctor de la Serna, reconocido filonazi.

En Madrid no le faltaban compinches, comía en el restaurante alemán Horcher, escribía memorias y cultivaba su mito: que si un plan para matar a Eisenhower, que si 500 millones de francos por liberar de los franceses al sultán de Marruecos… En La Vanguardia, aseguró al entrevistador Del Arco que había defendido la última cabeza de puente sobre el río Óder en marzo de 1945. Lo mismo conferenciaba sobre diques flotantes en el Instituto Nacional de Industria que sobre estrategia militar, invitado por el Gremio de Fabricantes de Sabadell.

Otto Skorzeny trató con la cúpula franquista, con Fraga Iribarne, con Antonio Garrigues Walker… Entre las armas, el import-export con las empresas Krupp y Thyssen y los negocios inmobiliarios ganó una fortuna, que dejó a su mujer. Pero Ilse Lüthje se lo gastó todo y a su muerte, en un asilo, legó el archivo de su marido al amigo que la salvó de la indigencia, Luis Pardo. Este nunca lo abrió y se lo pasó a su hijo, quien por fin sacó a subasta una parte en Estados Unidos en diciembre del 2011.

Fue así como se conoció otro de sus planes: en 1951 escribió a Konrad Adenauer que había que salvar Europa del bolchevismo y le propuso, a la vez que a Franco, crear en España una especie de ejército, la Legión Carlos V. No le hicieron caso.

Skorzeny era un fumador contumaz y ya no estaba muy bien de salud cuando en noviembre de 1974 fue a un extraño funeral. Fascistas y nazis acudieron al cementerio de la Almudena ante la noticia –falsa– de que el belga León Degrelle (que fue oficial nazi) había muerto. Nueve meses después, todos volverían a reunirse en el mismo lugar para incinerar a Skorzeny, muerto de cáncer en julio de 1975.

Las cenizas fueron más tarde enterradas en Viena, pero el funeral interesante es el de Madrid. Estuvo otro vienés, según Haa­retz: Yosef Raanan, jefe en la sombra de la operación Skorzeny. Raanan, que perdió parte de su familia a manos de los nazis como otros agentes del Mossad, le había llevado a visitar el museo del Holocausto en Jerusalén y aquel día fue al cementerio. Final típico de una historia de espías. De ser cierto, ¿qué pensaría entonces, rodeado de brazos en alto, aquel hombre?

Por Félix Flores
Con información de Magazine

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Mossad-Cía: Hermanos de Sangre

ciamossad

Fue en Washington, en marzo de 1986, donde aprendí algo más sobre la enredada relación entre los servicios secretos de Estados Unidos e Israel. Estaba allí para entrevistar a William Casey, el entonces jefe de la CÍA, como parte de mi investigación para Journey into madness, que trata en parte de la muerte de Bill Buckley. A pesar de su traje a medida, Casey era una figura en decadencia. Tenía la cara angulosa, pálida y los ojos irritados; parecía que su energía vital se iba agotando tras cinco años al frente de la CÍA.

Mientras bebía agua mineral me indicó las condiciones de nuestro encuentro. Nada de apuntes ni grabaciones. Luego sacó una hoja de papel en la cual estaban escritos sus datos personales. Había nacido en Nueva York el 13 de marzo de 1913 y obtenido su título de abogado en la Universidad St. John’s. Fue destinado a la Reserva Naval de Estados Unidos en 1943 y al cabo de pocos meses transferido a la Oficina de Servicios Estratégicos, la antecesora de la CÍA. En 1944 se convirtió en jefe de la Sucursal de Inteligencia Especial de la OSE en Europa.

Inmediatamente vino la presidencia de la Comisión de Seguridad y Valores (1971-1973); luego, en rápida sucesión, fue subsecretario de Estado para asuntos económicos (1973-1974); presidente del Banco de Exportación-Importación de Estados Unidos (1974-1976) y miembro de la Asesoría en Inteligencia Exterior del presidente. En 1980 se convirtió en jefe de la campaña de Ronald Reagan a la presidencia. Un año después, Reagan lo nombró director de la CÍA. Era el decimotercer hombre en ocupar el cargo de mayor poder dentro de los servicios secretos de Estados Unidos. En respuesta a mi comentario de que parecía haber sido un hombre de confianza en varios puestos, Casey tomó otro sorbito de agua y murmuró que «no quería entrar en detalles personales».

Volvió a meterse el papel en el bolsillo y esperó mi primera pregunta: qué podía contarme acerca de Bill Buckley, que aproximadamente dos años antes había sido secuestrado en Beirut y ahora estaba muerto. Quería saber qué había hecho la CÍA para tratar de salvarlo. Yo había estado en Oriente Medio, incluso en Israel, tratando de informarme al respecto.

«¿Habló con Admoni o alguno de los suyos?», me interrumpió Casey. En 1982, Nahum Admoni se había convertido en jefe del Mossad. En el circuito social de la embajada de Tel Aviv tenía fama de duro. Casey describió a Admoni como «un judío que querría ganar un concurso de mear una noche lluviosa en Gdansk». Más concretamente, Admoni había nacido en Jerusalén en 1929, hijo de inmigrantes polacos de clase media. Se había educado en el Rehavia Gymnasium de la ciudad y desarrolló aptitudes lingüísticas que le valieron el grado de teniente como oficial de inteligencia en la guerra de 1948. «Admoni entiende media docena de idiomas», fue el comentario de Casey.

Luego Admoni estudió relaciones internacionales y enseñó la materia en la academia del Mossad, en las afueras de Tel Aviv. También trabajó como agente encubierto en Etiopía, París y Washington, donde se había vinculado en forma estrecha con los predecesores de Casey, Richard Helms y William Colby. Estos puestos lo habían convertido en un burócrata contemporizador, que cuando llegó a jefe del Mossad, según Casey, «mantenía la casa en orden. Un hombre muy sociable: tiene tan buen ojo para las mujeres como para los intereses de Israel». Casey lo describía como un agente que, según él, había «escalado posiciones por su habilidad para evitar los «callos» de sus superiores».

Continuó hablando en el mismo tono:

Nadie llega a sorprender tanto como quien se tiene por un amigo. Cuando nos dimos cuenta de que Admoni no iba a hacer nada, Bill Buckley estaba muerto. ¿Recuerda cómo eran las cosas allá en aquella época? Había habido una masacre de casi mil palestinos en los dos campos de refugiados en Beirut. La milicia cristiana del Líbano perpetraba las matanzas, los judíos observaban como en una especie de inversión de la Biblia. El hecho es que Admoni colaboraba con el rufián de Gemayel. Bashir Gemayel era el líder de los falangistas y luego se convirtió en presidente de Líbano.

Nosotros manejábamos a Gemayel también, pero nunca confié en ese mal nacido. Y Admoni trabajó con Gemayel mientras Buckley era torturado. No sabíamos exactamente en qué lugar de Beirut tenían a Bill. Le pedimos a Admoni que lo averiguara. Prometió que lo haría. Esperamos y esperamos. Mandamos a nuestro mejor hombre a trabajar con el Mossad en Tel Aviv. Dijimos que el dinero no era ningún problema. Admoni seguía diciendo: está bien, entendido.

Casey bebió un poco más de agua, encerrado en su cápsula del tiempo. Pronunció las siguientes palabras sin expresión, como un presidente de jurado entregando el veredicto.

A continuación Admoni intentó convencernos de que la OLP era responsable del secuestro. Sabíamos que los israelíes siempre estaban dispuestos a culpar a Yasser Arafat de cualquier cosa, y al principio nuestra gente no lo creía. Pero Admoni parecía de fiar. Hizo un buen planteamiento. Cuando nos dimos cuenta de que no había sido Arafat, Buckley ya estaba muerto. Lo que no sabíamos era que el Mossad también jugaba sucio: proveía al Hezbolá de armamento para matar a los cristianos y al mismo tiempo proporcionaba más armas a los cristianos para que mataran a los palestinos.

La visión parcial de Casey de lo que la CÍA pensaba ahora respecto de lo sucedido con Bill Buckley era que el Mossad no había hecho nada para salvarlo, deliberadamente, con la esperanza de que fuese culpada la OLP y así frustrar las esperanzas de Arafat de ganarse las simpatías de Washington; una visión escalofriante de la relación entre dos servicios de inteligencia supuestamente amigos. (Nota de la Bitácora: queda más que claro la traidora actitud de la agencia sionista que desconoce todo tipo de amistad o colaboración, salvo la que la beneficia directamente, pero jamás es recíproca).

Casey había demostrado que, más allá de las colectas y otras muestras de solidaridad entre norteamericanos y judíos, existía una faceta de los vínculos entre Estados Unidos e Israel que había convertido el Estado judío en una superpotencia regional por temor al enemigo árabe.

Por Gordon Thomas

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Mossad-Cía: Hermanos de Sangre por Gordon Thomas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2014/12/29/mossad-cia-hermanos-de-sangre/.

EEUU-Israel espían a los ciudadanos del mundo con su Prisma: Google, Apple, Facebook, Microsoft – Por Alfredo Jalife-Rahme

Las trasnacionales israelíes Verint y Narus han gozado de conexiones con trasnacionales de Estados Unidos y el espionaje israelí y los lazos entre las agencias de espionaje permanecen sólidas (léase: la CIA y el Mossad, entre las conocidas).

¿Dónde queda el concepto hueco de democracia frente al neototalitarismo cibernético de Estados Unidos/Israel?
¿Dónde queda el concepto hueco de democracia frente al neototalitarismo cibernético de Estados Unidos/Israel?

Desde que el Pentágono, por ontología/teleología tecnológicas, obligó a los usuarios del planeta entero a entrar al corral del DARPA, progenitor de Internet –amplificado por la redes sociales de recolecta de datos por las militarizadas trasnacionales privadas de Israel– era previsible que algún día fueran desnudadas las trasnacionales privadas con labores públicas/militares de espionaje global del binomio cibernético Estados Unidos/Israel.

Pese a la tormenta de medievales anatemas huecos, con antelación Bajo la Lupa (De los multimedia a Internet: el control de EU/Israel, 19/8/12) había prevenido tal colusión ciberorwelliana de vigilancia global por los angelicales servidores sociales (¡supersic!): Google, Facebook, Microsoft, Verizon, Apple, Yahoo y Skype, al servicio final del programa Prisma de la National Security Agency (NSA), agencia de espionaje criptológico vinculado al Cibercomando, superescándalo reseñado explosivamente por The Guardian (5/6/13, retomado por The Washington Post (6/6/13) y con espléndido resumen de WSWS (7/6/13).

Ya habíamos advertido que “Medios islámicos fustigan el control dual de Internet y los principales servidores por Estados Unidos/Israel: Google, Facebook, Wikipedia, Yahoo, etcétera (La mano israelí detrás de Internet; Freedom Research, junio 2009: Radio Islam)”

La Seguridad del Hogar, todo el montaje hollywoodense bushiano de su guerra contra el terrorismo islámico, sirvió de pretexto para vigilar a tirios y troyanos mediante su Prisma–calca de la vigilancia ciudadana Echelon de la anglosfera durante la guerra fría– con la connivencia del Congreso de Estados Unidos desde el 11/S y mantenido durante la gestión Obama: hoy expuesto como el Gran Hermano (Big Brother) orwelliano local/global, en lugar del sitio que le correspondía a su progenitor Baby Bush, hijo de un anterior director de la CIA con reflejos pavlovianos de espía antes de la eclosión de Internet.

¿Quién, dentro del establishment en ascuas, desea dañar a Obama con tanto escándalo explosivo?

¿Quién decía que en la postmodernidad no cabían los héroes? El estadunidense Edward Snowden, otro ciberhéroe de 29 años, empleado encubierto de la CIA en la misteriosa consultora Booz Hamilton Allen (muy socorrida por Fox y Calderón), contratista de NSA, se suma a las hazañas del australiano Julian Assange y del estadunidense Bradley Manning.

El rotativo israelí Haaretz (8/6/13) cuestiona cándidamente, para no decir pérfidamente: ¿Las empresas israelíes Verint y Narus colectaron la información de las redes de comunicaciones de Estados Unidos para la NSA?

Las trasnacionales israelíes Verint y Narus han gozado de conexiones con trasnacionales de Estados Unidos y el espionaje israelí y los lazos entre las agencias de espionaje permanecen sólidas (léase: la CIA y el Mossad, entre las conocidas).

La prestigiada revista tecnológica Wired (abril, 2012) había expuesto a las dos empresas Verint y Nerus, con íntimas conexiones con la comunidad de seguridad israelí que conducen el espionaje para la NSA.

Verint, que capturó a Comverse Technology, espía a Verizon, gigante telefónico de Estados Unidos, mientras un programa de Narus recolecta las comunicaciones de los usuarios de AT&T, otro gigante telefónico estadunidense. Ori Cohen, uno los fundadores de Narus, confesó a la revista Fortune (2001) que realizaban trabajo de espionaje para el Mossad.

¿Alguien en México de los poderes Ejecutivo y Legislativo nos podría internet intervenidailustrar sobre la presunta penetración de las trasnacionales de Israel mediante el ominoso programa Prisma, cuyos nueve servidores operan laxamente gracias a la apertura moderna en la recolecta de datos ciudadanos que los cocinan a su antojo para beneficiar su agenda oculta?

¿Quién protege a los indefensos ciudadanos mexicanos, primero ante su aldeano Congreso apátrida, y luego, frente el atentado permanente de los servidores de las redes sociales del binomio cibernético Estados Unidos/Israel?

Verint y Nerus operan para la unidad 8200 de espionaje del ejército israelí a cuyo cargo estuvo el comandante Hanan Gafen, quien lo confesó a Forbes (2007).

Para Israel las telecomunicaciones son un asunto jerárquico de su íntima seguridad para perseguir a sus críticos, ya no se diga sus adversarios, cuando la aceptación de Israel en el mundo se encuentra en un riesgoso 20 por ciento (solamente en Estados Unidos opera en un resbaloso 51 por ciento) y con tendencia al desplome (Electronic Intifada).

Según la histórica revelación de The Guardian, el espionaje de Gran Bretaña no se queda atrás en la compartición y compartamentalización del espionaje con la NSA mediante su macabra entidad gubernamental GCHQ.

Quienes aprobaron festiva y estruendosamente la seudomodernidad de la ominosa ley telecom en el Congreso sin una pizca de sindéresis –la pletórica cohorte milagrosa de entreguistas, apátridas y/o cándidos– nunca tomaron en cuenta nuestras advertencias sobre la ciberseguridad de México que formaba ya parte del Prisma del binomio Estados Unidos/Israel (con un presunto topo en Cofetel), antes siquiera de ser incrustada al Cibercomando de Estados Unidos.

Insolentes, los apátridas/entreguistas nos degradaron a niveles de Casandras, pero, nada ilustrados, ignoraron que la hija de Príamo y Hécuba tuvo la razón histórica en la captura de Troya, como sucede hoy bajo el Prisma de la ley telecom, donde el “México neoliberal itamita” se arrojó alocadamente a las garras de Estados Unidos/Israel.

Exhortamos a que después del destape de la cloaca cibernética que involucra la privacidad de los ciudadanos mexicanos, ya no se diga de los latinoamericanos en su conjunto, tanto los poderes Ejecutivo como Legislativo adopten las precauciones necesarias de protección civil mínimamente para sus votantes.

¿Cuáles son los límites nacionales al ciberespacio controlado por Estados Unidos/Israel cuando se han penetrado hasta las entrañas de la privacidad de los ciudadanos inermes vistos como enemigos potenciales de los gobiernos por quienes votaron, ya no se diga de los disidentes vistos como parias?

¿Dónde queda el concepto hueco de democracia frente al neototalitarismo cibernético de Estados Unidos/Israel?

Conclusión

El daño a las trasnacionales ciebertecnológicas de Estados Unidos e Israel será enorme a escala local/regional/global. ¿Quién va desear comprar instrumentos electrónicos de Estados Unidos e Israel para ser pérfidamente espiado?

El costoso aprendizaje y la enseñanza de Prisma en todos los países obliga, primero, a remediar con antídotos específicos el espionaje foráneo a sus ciudadanos deliberadamente desinformados (de allí la necesidad de multimedia plurales) y, luego, a crear una intranet nacional –que ya empezó a funcionar en países con carácter y aspiraciones de supervivencia–, con garantías públicas e inalienables de sus supuestos elegidos en los poderes Ejecutivo y Legislativo, para salir de la cárcel ciberorwelliana en la que nos encajonaron involuntariamente los servidores y las redes sociales de Estados Unidos/Israel.

Por Alfredo Jalife-Rahme
Con información de Telesur

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