Otto Skorzeny, un elegido de Hitler al servicio del Mossad

Skorzeny, recibido por Hitler, aparentemente en la Guarida del Lobo (cuartel de Hitler en la hoy Polonia), tras el rescate de Mussolini, en 1943.  ©Ullstein Bild / Getty Images
Skorzeny, recibido por Hitler, aparentemente en la Guarida del Lobo (cuartel de Hitler en la hoy Polonia), tras el rescate de Mussolini, en 1943.  ©Ullstein Bild / Getty Images

Otto Skorzeny, SS y miembro del exclusivo club de favoritos de Hitler, se refugió en España tras la guerra. Desde Madrid se dedicó a colaborar ni más ni menos que con los servicios secretos israelíes. La suya fue una vida de leyenda llena de extraños giros que, 41 años después de su muerte, aún está envuelta en el misterio.

La imagen es increíble: un ex teniente coronel de las Waffen SS asesina a un ingeniero alemán experto en cohetes en un bosque al norte de Munich al que le ha llevado, engañado, en su propio Mercedes blanco. El cadáver es rociado con ácido, quemado y enterrado por tres agentes israelíes. Es 1962, y uno de los agentes que acompañan al ex SS es Yitzhak Shamir. Llegará a primer ministro de Israel dos décadas después.

El fallecido, Heinz Krug, procedía del equipo que desarrolló los primeros misiles de la historia, las bombas volantes V-2. Tras la guerra ese equipo se dividió en dos: unos marcharon con el jefe del proyecto, Werner von Braun, y otros se quedaron en Alemania, para colaborar secretamente en el programa de misiles de Egipto. En ese país, tan sólo en una de las cinco instalaciones creadas por el presidente Nasser en 1960, la Factoría 333, llegaron a trabajar 250 alemanes, según se reveló años después. Israel se vio amenazada y lanzó una campaña de uno de sus servicios secretos, el Mossad, para intimidar o asesinar a esos ingenieros, tanto en Alemania como en Egipto. Krug pudo ser una víctima más de la operación, pero hubo muchas más. En noviembre de ese mismo año, unos paquetes bomba enviados a la Factoría 333 causaron cinco muertos.



El supuesto asesino de Krug es Otto Skorzeny, un favorito de Hitler que se había refugiado en España tras la guerra. Durante el conflicto se dio a conocer como un genio de las operaciones especiales y se ocupó de pasar a la historia como el hombre que liberó en una espectacular operación a Benito Mussolini de su cautiverio en los Apeninos en 1943. En realidad, este mérito no le corresponde en absoluto, pero el tópico, alimentado por la propaganda oficial nazi y por la vanidad de Skorzeny, durará hasta hoy, incluso en el relato publicado recientemente por el diario israelí Haaretz de su insólita colaboración con Israel.

La captación de Skorzeny por el Mossad es un cuento de espías. Una pareja de agentes aborda en un elegante bar de Madrid al nazi y su mujer diciendo que son turistas alemanes y que han sido víctimas de un robo. Skorzeny les invita esa noche a su casa, pero, una vez allí, les apunta con una pistola.

–Sois del Mossad y habéis venido a matarme.

–Somos del Mossad, pero si hubiéramos venido a matarle, usted estaría muerto hace semanas.

Entonces le convencen y le utilizan para poder acercarse a un Krug que vive ya amedrentado. Pero por qué el Mossad le necesitaba si ya había cometido otros atentados y por qué iba a disparar él mismo, un nazi convencido, a su paisano y correligionario es un misterio.

La versión de Haaretz publicada hace unos meses completa –o complica– lo que se ha venido publicando en Israel desde 1989, cuando una revista de temas militares reveló que Skorzeny colaboró con el ­Mossad. Isser Harel, el jefe del servicio secreto en la época, lo confirmó entonces, también a Haaretz. Esa versión de la historia, distinta de la conocida ahora y explicada al principio de este reportaje, quedó resumida en algunas de las páginas del libro de Ael Bar-Zohar y Nissim Mishal Las grandes operaciones del Mossad (2012), según el cual Skorzeny no entra en escena hasta mucho después del asesinato de Heinz Krug el 11 de septiembre de 1962, cuando un hombre con acento árabe se presenta en su oficina y ambos acuden a comprar un billete de United Arab Airlines, para no ser vistos nunca más. El Mercedes blanco de Krug fue hallado cubierto de barro.

En el relato de Bar-Zhoar y Mishal es en agosto de 1963 cuando dos agentes, que se presentan en el despacho de Skorzeny en Madrid como oficiales de inteligencia de la OTAN, le animan a colaborar a cambio de una carta en la que, en nombre del Estado de Israel, le garantizan inmunidad. Le proponen que reclute a un tal H. Mann, oficial de las SS que estuvo a sus órdenes y que se encarga de la seguridad de los ingenieros alemanes. Mann se había cruzado en el camino de otros dos agentes que amenazaron a un técnico y a su hija y logró que fueran detenidos, en 1963.

A través de Mann y de otros contactos, Skorzeny dio a Israel información sobre los alemanes, datos e incluso planos de sus proyectos. Le supervisaba Rafi Eitan, que así lo ha reconocido. En 1960, Eitan había dirigido la captura del mismísimo Adolf Eichmann en Argentina, (Nota de la Bitácora: avasallando jurisdicción argentina, violando leyes internacionales y haciendo lo que mejor sabe hacer, usurpar derechos y territorios ajenos), y Skorzeny tenía motivos para temerle: algunos le acusaban de haber participado en la quema de sinagogas en la noche de los cristales rotos, en 1938, o de vínculos con el campo de concentración de Sachsenhausen. ¿Había, además, inventado una pistola de gas letal?



De vuelta a la versión publicada este año sobre el encuentro en Madrid de Skorzeny con los agentes israelíes, ¿qué habría pedido a cambio de su colaboración? Según Haaretz, Skorzeny les pidió que el célebre cazador de nazis Simon Wiesenthal le borrara de su lista. Este se negó, pero el ­Mossad falsificó una carta para que el nazi pensara que había accedido a su petición, (Nota de la Bitácora: independientemente de la «carta», el «terrible cazador» ¿no lo «cazó» teniéndolo identificado y localizado?, sólo un actor más del circo…). La viuda de Skorzeny llegó a contar la ¿fantasía? (sic) de que el propio Wiesenthal se había presentado en 1964 en su casa del barrio madrileño de El Viso y que su marido le recibió con un rifle en las manos.

Los rumores sobre Skorzeny corrieron en realidad muy pronto. El 20 de septiembre de 1967, escribió a la agencia Europa Press después de que dos diarios rusos, Trud y Komsomolskaya Pravda, publicaran que había sido asesor de Israel en la guerra de los Seis Días de ese año. “La noticia tuvo su origen hace unas semanas en el Ministerio de Defensa del Berlín Oriental, y más concretamente en el periodista Julius Mader, de la sección de propaganda”, decía en su carta, añadiendo que “soy amigo personal de Nasser” y “sigo estando, cien por cien, todavía hoy, del lado árabe”.

Públicamente esa era la postura de Skorzeny, aunque su papel, como se ha visto, fuera el opuesto. Con todo, su colaboración perdió sentido tras la guerra de los Seis Días, porque con la derrota de Egipto en la guerra desapareció la preocupación por el programa de misiles. Muchos de los alemanes se habían marchado ya, y además, para Nasser era más urgente reconstruir su fuerza aérea.

Skorzeny siempre estuvo relacionado con negocios dudosos. Entre sus contactos se encuentra Otto Wolff von Amerongen. En los años sesenta, Wolff impulsaba las relaciones comerciales entre las dos Alemanias y mantenía fuertes lazos con el bloque del Este, lo que luego se llamó la Ostpolitik. Otro de sus allegados era el barón Christian von Oppenheim, un traficante de armas afincado como él en Madrid. Las guerras africanas de Angola, Mozambique o Katanga (en Congo) eran excelentes oportunidades de negocio, que Skorzeny aprovechó. Para competir en el suministro a Biafra –que monopolizaba un tal Hank Warton al morir Von Oppenheim en un bombardeo de fortuna con un avión civil–, Skorzeny se hizo el humanitario. Dijo al London Observer que poseía una compañía aérea, que había enviado un avión con 12 toneladas de pescado seco y medicinas desde Madrid y que tenía un acuerdo con un grupo de iglesias escandinavas para enviar auxilio. En realidad, ni ese acuerdo era suyo ni poseía una aerolínea ni tampoco el avión con pescado seco, que nunca llegó a Biafra. Él solo se había ocupado de ciertos trámites en Madrid.

Embustero de gran estilo, Otto Skorzeny construyó así su leyenda. Nacido en 1908 en una familia de clase media, estudió ingeniería y se afilió al partido nazi austriaco. No logró ser piloto de la Luftwaffe por edad y acabó ingresando en las SS. Tras varios destinos aburridos logra destacar en la invasión de Rusia y se especializa como comando. En el verano de 1943 acompaña a Roma, con unos 40 hombres de las SS, al general Kurt Student, jefe de la élite de los paracaidistas, a quien Hitler ha encargado la liberación de Benito Mussolini, que está prisionero del mariscal Badoglio como prenda para rendirse a los aliados.

Mussolini es localizado en un hotel de montaña en el macizo del Gran Sasso, accesible sólo con un funicular. Student y el comandante Harald Mors diseñan una operación todavía hoy considerada espectacular: diez grandes planeadores con una compañía de paracaidistas, 18 SS, dos reporteros y un general italiano aterrizan en la estrecha explanada junto al hotel, el 12 de septiembre de 1943. Mientras, el comandante Mors ocupa el funicular con una columna de paracaidistas llegados por tierra. Esto permite aterrizar al piloto personal de Student con su avioneta y llevarse a Mussolini… y al capitán Skorzeny, a quien le falta tiempo para atribuirse en Alemania el éxito de la misión.



Aunque fueron condecorados, a los paracaidistas no se les reconoció el mérito. Víctimas del peso de las SS de Himmler, se tuvieron que morder la lengua. Harald Mors fue enviado al frente ruso y hasta años después no emergió su versión y la de otros, que han sido recogidas recientemente en castellano con todo lujo de detalles por Óscar González López en la revista Ares.

Pero Skorzeny era el héroe ideal, un SS apuesto, de 1,90 metros, con una cicatriz en la mejilla (por un duelo deportivo con sable en su época universitaria, decía).

Skorzeny hizo de todo: matarife en la represión del complot de Von Stauffenberg (1944) para asesinar a Hitler; espía en Francia; ejecutor de un fracasado plan para asesinar a Tito en Yugoslavia; jefe de un comando que irrumpe en Budapest e impide la rendición de Hungría a los rusos, aunque no logra secuestrar al regente, Miklos Horthy… Su otra misión exitosa es una infiltración de comandos con uniforme estadounidense y que hablan inglés tras las líneas aliadas en la ofensiva nazi de las Ardenas para sembrar la confusión, cambiando de dirección los carteles de las carreteras. Es una operación militarmente insignificante, pero de película, como la que él siempre quiso hacer sobre la liberación de Mussolini con su propio guión.

Al caer el III Reich, se refugia un tiempo con Ilse Lüthje –sobrina de Hjalmar Schacht, ministro de Finanzas y conjurado contra Hitler que logró sobrevivir– y acaba entregándose a los americanos. El tribunal de crímenes de guerra de Dachau le absuelve, pero es reclamado por un tribunal alemán de desnazificación y detenido.

 Se cree que escapó del campo de Darmstadt en 1948 gracias a los americanos, (Nota de la Bitácora: algún día se contará la verdadera historia de pactos, alianzas y fantasiosos cuentos pergeñados por aliados y secuaces del NOM), pero quien sin duda le ayudó fue el cónsul español en Frankfurt, Jorge Spottorno, con un visado a nombre de Rolf Steinbauer. Probablemente utilizó el apellido de un pastor evangelista encarcelado por los nazis, Karl Steinbauer, con quien guardaba parecido, sobre todo por una cicatriz idéntica, en la misma mejilla pero en sentido inverso. No sería el único nombre falso que utilizó. En Madrid obtuvo en 1951 un pasaporte de apátrida, con su nombre real y en el que constaba como viudo. En realidad estaba separado. Tres años después se casó en El Escorial (¡en un juzgado!) con Ilse Lüthje. Sus testigos fueron dos falangistas: el alcalde Francisco Santos Benito y el periodista Víctor de la Serna, reconocido filonazi.

En Madrid no le faltaban compinches, comía en el restaurante alemán Horcher, escribía memorias y cultivaba su mito: que si un plan para matar a Eisenhower, que si 500 millones de francos por liberar de los franceses al sultán de Marruecos… En La Vanguardia, aseguró al entrevistador Del Arco que había defendido la última cabeza de puente sobre el río Óder en marzo de 1945. Lo mismo conferenciaba sobre diques flotantes en el Instituto Nacional de Industria que sobre estrategia militar, invitado por el Gremio de Fabricantes de Sabadell.

Otto Skorzeny trató con la cúpula franquista, con Fraga Iribarne, con Antonio Garrigues Walker… Entre las armas, el import-export con las empresas Krupp y Thyssen y los negocios inmobiliarios ganó una fortuna, que dejó a su mujer. Pero Ilse Lüthje se lo gastó todo y a su muerte, en un asilo, legó el archivo de su marido al amigo que la salvó de la indigencia, Luis Pardo. Este nunca lo abrió y se lo pasó a su hijo, quien por fin sacó a subasta una parte en Estados Unidos en diciembre del 2011.

Fue así como se conoció otro de sus planes: en 1951 escribió a Konrad Adenauer que había que salvar Europa del bolchevismo y le propuso, a la vez que a Franco, crear en España una especie de ejército, la Legión Carlos V. No le hicieron caso.

Skorzeny era un fumador contumaz y ya no estaba muy bien de salud cuando en noviembre de 1974 fue a un extraño funeral. Fascistas y nazis acudieron al cementerio de la Almudena ante la noticia –falsa– de que el belga León Degrelle (que fue oficial nazi) había muerto. Nueve meses después, todos volverían a reunirse en el mismo lugar para incinerar a Skorzeny, muerto de cáncer en julio de 1975.



Las cenizas fueron más tarde enterradas en Viena, pero el funeral interesante es el de Madrid. Estuvo otro vienés, según Haa­retz: Yosef Raanan, jefe en la sombra de la operación Skorzeny. Raanan, que perdió parte de su familia a manos de los nazis como otros agentes del Mossad, le había llevado a visitar el museo del Holocausto en Jerusalén y aquel día fue al cementerio. Final típico de una historia de espías. De ser cierto, ¿qué pensaría entonces, rodeado de brazos en alto, aquel hombre?

Por Félix Flores
Con información de Magazine

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