Amalia Nizzoli, viajera y narradora del mundo árabe

Amalia Nizzoli

Amalia Nizzoli es una burguesa que nace aproximadamente hacia 1806, en Toscana, y emprende el viaje a Egipto cuando tiene 13 años. Su tío es el médico del gran contable del reino de Mohameh- Ali. Aprende a hablar árabe y se casa por procura con Giuseppe Nizzoli, canciller del consulado de Austria en Alejandría.

“Las presentes memorias, que no sin sobresaltos de corazón oso presentaros, ¡oh benévolos lectores!, yo no pensaba que un día debieran ver la luz. Ni tuve nunca pensamiento de sacar materiales para un libro, por ser una empresa demasiado ardua para mí, que carezco de los necesarios conocimientos y porque no suponía el argumento lo bastante interesante. Tantos hombres de ingenio han escrito hasta ahora sobre Egipto, que absurda y también ridícula sería la idea de colocarme entre ellos. No fue nunca esta mi intención: siempre incierta y temerosa sobre lo que hacer” (Nizzoli, 2001: XV).

Amalia Nizzoli, introducción de sus Memorias

Amalia Nizzoli, habla de si misma en tercera persona, como conviene al género memorias, pero aún así ese hablar de sí misma se extiende demasiado en el libro, robando espacio a lo que en realidad importa en este tipo de textos, es decir, el relato de los lugares, de los habitantes y de los acontecimientos. Quiero decir que desde un punto de vista textual, las Memorias de Amalia Nizzoli se colocan al límite de lo que el género literario “memorias” y el género literario “libro de viaje” admiten y prescriben, porque muchos acontecimientos absolutamente personales e incluso íntimos, como su matrimonio o la muerte de su hija en el mar, tienen más que ver con la autobiografía personal y el diario.

“Los médicos me aconsejaran que apresurase mi viaje a Smirne, aduciendo que el aire de mar habría ayudado a la niña, pero ¡era el destino que en aquel viaje tuviera fin la tan penosa existencia de aquel ángel! Recordando tanta desgracia siento que se me encoge el corazón y que mis ojos se llenan de lágrimas. Si una madre leyera este pasaje de mis Memorias no me niegue su compasión” (Nizzoli, 2001: 204).

El viaje de Amalia Nizzoli, se abre caleidoscópicamente a tantos otros viajes, que contienen en sí las palabras claves de este género: nostalgia, despedida, retorno, encuentro, desplegando también diferentes identidades: desde la chica que viaja con sus padres, pasando por la novia y la esposa hasta llegar a la identidad de la madre, primero truncada con la muerte de su hija en el mar y después reencontrada con la hija que espera en su viaje de retorno a Italia. En este sentido, Amalia Nizzoli se coloca en la línea que la misma De Clementi señala para otras viajeras como Mary Wollstonekraft, Jane Bowles o Catherine Mansfied, que “viven el viaje como momento de nacimiento de sí, pero también negación o autocancelación” (De Clementi, 1995: 2).

El viaje de Amalia Nizzoli a Alejandría es cronológicamente el más largo, 1818-1828, pero su texto se publicará con posterioridad, en 1841.

Amalia Nizzoli verdaderamente ha podido entrar literalmente en la mente de las mujeres árabes, porque había aprendido su lengua. Desde su posición de traductora de un mundo diferente a nuestro mundo occidental no deja de subrayar que las mujeres árabes son felices porque no conocen otra realidad, con lo cual implícitamente está subrayando que la inferioridad de la mujer es de origen cultural y no biológico.

“¿No os da vergüenza, nos decían, presentaros en público de esa manera? Parece ser que vuestro maridos os amen muy poco, cuando con tanta indiferencia os permiten que todo os vean, mirad en cambio nuestros maridos cómo nos aman, de cuantos guardias nos rodean, como palpitan de celos y tiemblan con la sola idea de la más pequeña infidelidad”. Cuando nos dejamos con las demostraciones más sinceras y de recíproca amistad, y salimos del harem acompañadas por los eunucos hasta la última puerta de la casa. Me pareció entonces que renacía y que recuperaba mi libertad”. (Nizzoli, 2001: 107)

Amalia Nizzoli termina implicándose en la historia de Rosanne, precisamente como “personaje” que recompone la armonía entre las dos mujeres árabes:

“Y es necesario decir que verdaderamente mis palabras produjeron un gran efecto sobre su ánimo, ya que después de haberme invitado, la primera que vino a mi encuentro a la puerta del harem besándome la mano fue Zulecca. Rosanne me saludó sonriendo, y yo habiéndole dado las gracias de todo corazón por todo lo que había hecho, me respondió cortésmente: “soy yo, en cambio, la que tengo que darte las gracias por haberme enseñado a ser generosa”.(Nizzoli, 2001: 131)

Amalia Nizzoli es plenamente consciente de que su texto no encaja del todo en el género, por dos motivos fundamentales que expone en la introducción, pero que también se deducen de algunas alusiones en el texto: uno, ella no se siente autorizada a escribir y, dos, su visión de Oriente es diferente a la de esos autores con los que ella no osa competir:

“Yo os ruego, benévolos lectores, que no juzguéis la reunión de estas notas como una obra sobre el suelo clásico. Tantos hombres de ingenio escribieron hasta ahora sobre Egipto, que absurda y también ridícula sería sólo la idea de colocarme entre ellos”. (Nizzoli, 2001: XVI)

Como sostiene Julio Peñate, “los viajeros viajan con los ojos puestos en los libros que han leído, esperando su confirmación en la experiencia o incluso adaptando ésta a sus lecturas previas” (Peñate, 2004: 17), y la verdad es que Amalia Nizzoli, lo intenta, pero no pasa de la anécdota textual, como cuando al hablar del baile de las odaliscas cita a Heródoto, para no hablar de “la obscenidad de aquel baile y de los indecentes contorsiones del mismo” (Nizzoli, 2001:129).

Es el Romanticismo el que con sus deseos de evasión empuja a muchos escritores y artistas hacia metas exóticos y lejanas entre ellas Oriente y el mundo árabe, y en los viajes reales o imaginarios de los escritores y artistas románticos Oriente es visto como la antítesis de la vida burguesa europea, lugar donde el artista encuentra su verdadera alma, un más allá de fuga hacia lo desconocido.

En 1831 se abre, en Italia, el primer museo egipcio en Turín, y cinco años más tarde, Gregorio XVI inaugura el del Vaticano. Podemos decir que toda Europa, excepto España, que siempre se ha quedado un poco rezagada en las modas, está invadida por la moda egipcia, tanto en las decoraciones de los salones y de los edificios, como en muchos objetos y costumbres, como fumar la pipa de agua. Pero el mundo árabe representa sobre todo lo exótico y lo sensual, y estos dos conceptos se trasmiten a través del icono de la mujer árabe y del harem.

Los pintores más famosos de esa época, como Ingres, (La Odalisca y Mujeres en el baño turco) y Delacroix (Mujeres de Argelia en sus habitaciones) contribuyen también a la difusión de estas imágenes que, junto con el relato de algunos viajeros, van a forjar en la mente occidental el estereotipo del Oriente refinado y del harem como lugar erótico por excelencia. Todo esto naturalmente desde una óptica exquisitamente masculina.

Cuando las primeras viajeras europeas empiezan a viajar y escribir sobre Oriente el mito ya está en marcha, y uno de sus propósitos será precisamente el de restablecer la verdad con respecto a las mujeres árabes que ellas conocerán personalmente de cerca y con las que intercambiaran opiniones e ideas. Amalia Nizzoli en la introducción de sus Memorias declara que sus intenciones son:

“Siempre incierta y temerosa sobre lo que hacer, si al final me convencí, después de las repetidas insinuaciones de dar a la luz estas Memorias, sólo fue con la intención de dar a conocer como mujer italiana, a mis conciudadanas las costumbres y usanzas que vi, anécdotas y aventuras que no se conocen o que han sido grandemente malentendidas”. (Nizzoli, 2001: XVI)

Reestablecer la verdad sobre las mujeres de los harenes es al mismo tiempo contrastar las fantasías eróticas de otros escritores y viajeros:

“Se pueden desmentir las muchas tonterías que nos dan a entender por lo general algunos viajeros a propósito de las galantes aventuras que dicen haber tenido en los harenes asiáticos. Yo repetiré siempre que es algo dificilísimo y casi imposible a un extranjero poder ver una mujer descubierta en un harem y mucho más tener una historia amorosa” (Nizzoli, 2001: 110)

Amalia Nizzoli está pensando seguramente en el episodio de las Memorias de Casanova en el que cuenta haber tenido una aventura con una odalisca en su harem.

Cuando Amalia Nizzoli entra en el harem lo primero que nota es que las odaliscas están de rodillas lavando el suelo. El harem bajo la mirada atenta de una mujer occidental no es ese lugar de sensualidad y placeres, de voluptuosa inmovilidad donde las mujeres languidecen, sino un lugar con rígidas reglas carcelarias de jerarquía entre ellas, donde está prohibida cualquier intimidad.

Por Mercedes Arriaga Flórez (Universidad de Sevilla)

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