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La ceremonia de circuncisión de Hassan – Amin Maalouf

Circuncisión – José Cruz Herrera – (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1890-Casablanca, Marruecos, 1972).

El séptimo día después de mi nacimiento, mi padre mandó llamar a Hamza el barbero para circuncidarme e invitó a todos sus amigos a un banquete. En razón del estado en que se hallaban mi madre y Warda, fueron mis dos abuelas y sus sirvientas quienes se encargaron de preparar la comida. Mi madre no asistió a la fiesta pero me confesó que se había escabullido a escondidas de su habitación para ver a los invitados y escuchar la conversación. Era tal su emoción aquel día que se le había quedado grabado en la memoria hasta el menor detalle.

Reunidos en el patio, en tomo a la fuente de mármol blanco cincelado, cuya agua refrescaba el ambiente tanto por el rumor como por los miles de minúsculas gotas que esparcía, los invitados comían con tanto mayor apetito cuanto que ya estábamos en los primeros días de Ramadán y estaban rompiendo el ayuno al tiempo que celebraban mi ingreso en la comunidad de los Creyentes.


Según mi madre, que había de regalarse con las sobras al día siguiente, la comida era un auténtico festín de reyes. El plato principal era la maruziyya: carne de cordero preparada con algo de miel, cilantro, almidón, almendras, peras, así como con nueces tiernas cuya temporada acababa de empezar. Había también tafaya verde, carne de cabrito mezclada con un ramillete de cilantro fresco, y tafaya blanca preparada con cilantro seco.

¿Mencionaré los pollos, los pichones, las alondras, con su salsa de ajo y queso, la liebre asada en salsa de azafrán y vinagre, las otras decenas de platos que tan a menudo me ha desgranado mi madre, recuerdo de la última gran fiesta que tuviera lugar en su casa antes de que la cólera del Cielo cayera sobre ella y los suyos? Cuando la escuchaba, niño aún, esperaba, en cada ocasión, con impaciencia que llegara a las muyabandt, esas tortas calientes de queso fresco espolvoreadas de canela y empapadas de miel, a los pasteles de pasta de almendra o de dátiles, a las tortas rellenas de piñones y nueces perfumadas con agua de rosas.

En aquel banquete, los invitados no bebieron más que horchata, me juraba piadosamente mi madre. Bien se guardaba de añadir que, si no se sirvió ni una gota de vino, fue únicamente por respetar el mes santo. La circuncisión siempre ha dado pie, en la región de Al-Andalus, a fiestas en las que se olvidaba por completo el acto religioso que se estaba celebrando.

¿Acaso no se sigue citando en nuestros días la ceremonia más suntuosa de todas, la que antaño organizó el emir Ibn Dhul-Nun en Toledo con ocasión de la circuncisión de su nieto y que, desde entonces, todo el mundo trata de imitar sin conseguirlo? ¿Acaso no se habían servido en ella vinos y licores a raudales, en tanto que cientos de hermosas esclavas bailaban al ritmo de la orquesta de Dany el Judío?

En mi circuncisión, insistía mi madre, también había músicos y poetas. Hasta recordaba versos que le habían recitado a mi padre:

Por esta circuncisión es tu hijo mucho más radiante
Pues la luz del cirio crece cuando se corta la mecha.

Recitados y cantados en todos los tonos por el propio barbero, estos versos de un antiguo poeta de Zaragoza pusieron fin a la comida y principio a la ceremonia propiamente dicha. Mi padre subió al piso superior para tomarme en sus brazos mientras que los invitados se agolpaban en silencio en torno al barbero y a su ayudante, un muchacho imberbe.


Hamza le hizo una seña a éste, quien empezó a dar vueltas al patio con un farol en la mano, deteniéndose ante cada invitado. Había que darle algo al barbero y, según la costumbre, cada uno fue pegando las monedas que entregaba en el rostro del muchacho que anunciaba en voz alta el nombre del donante y le daba las gracias antes de dirigirse al vecino. Una vez recogidas las dádivas, el barbero pidió que le acercaran dos potentes faroles, desenvolvió la cuchilla recitando los versículos apropiados y se inclinó sobre mí. Mi madre decía que el grito que había dado yo entonces se había oído en todo el barrio, como un signo de precoz valentía, y luego, mientras seguía dando alaridos con toda la fuerza de mi minúsculo cuerpo, como si se hubieran presentado ante mi vista todas las desgracias por venir, la fiesta se reanudó al son del laúd, de la flauta, del rabel y del tamboril, hasta el suhur, la comida del alba.

Amin Maalouf

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La Resistencia, un hijo de Oriente Medio en París – Amin Maalouf

… Cuando se apeó en la estación de Volontaires, le seguí los pasos. Ese día iba yo a una cita, y tuve que elegir: a la persona que tenía que ver siempre podría volver a llamarla a media tarde, o al día siguiente; a él, estaba convencido de no volver a verlo nunca si le perdía el rastro.

En el momento de salir a la calle, se detuvo ante el plano del barrio. Se acercó hasta pegar la nariz contra él y, después, retrocedió, buscando la distancia adecuada. La vista le traicionaba. Era mi oportunidad, y me acerqué hasta él.

—Quizá pueda ayudarle…

Había hablado con el acento de nuestra vieja tierra, que reconoció y recibió con unas palabras afables y una sonrisa benévola, a la que siguió rápidamente una viva expresión de sorpresa. Vi en ella, entonces, un signo de desconfianza, y no creo que me equivocara. Sí, desconfianza, e incluso una especie de espanto avergonzado. El de un hombre que piensa que tal vez le hayan estado siguiendo, pero no está seguro, y al que le repugna mostrarse injustamente arisco o descortés.

—Busco una calle que debe de estar muy cerca —me dijo—. Lleva el nombre de Hubert Hughes.

No tardé en localizarla.

—Aquí está. Han escrito sólo H. Hughes, en caracteres ilegibles…

—¡Gracias por su amabilidad! ¡Le agradezco que haya culpado a los autores del plano y no a mis viejos ojos!

Hablaba con una suave lentitud, como si tuviera que desempolvar cada palabra antes de pronunciarla. Pero sus frases eran siempre correctas, esmeradas, sin contracciones ni giros familiares; por el contrario, algunas veces hasta resultaban anticuadas e inhabituales, como si hubiera conversado más a menudo con los libros que con sus semejantes.

—En otros tiempos, me habría orientado por instinto, sin consultar siquiera un plano o un mapa.

—No está lejos. Puedo conducirlo hasta allí. Conozco el barrio.

Me rogó que no lo hiciese, pero era pura cortesía. Insistí, y llegamos en tres minutos. Se detuvo en la esquina de la calle y la recorrió lentamente con la mirada antes de decir, un tanto desdeñoso:

—Es una calle pequeña. Una calle muy pequeña. Pero, al fin y al cabo, es una calle.

La extraordinaria trivialidad del comentario acabó por conferirle, para mí, cierta originalidad.

—¿Qué número busca?

Yo le ofrecía la ayuda del sentido común, ¿comprenden? No la aceptó.

—Ninguno en particular. Sólo venía a ver la calle. Voy a subir por ella y después bajaré por la acera de enfrente. Pero no quiero entretenerlo, tendrá usted sus ocupaciones. ¡Gracias por haberme acompañado hasta aquí!

En el punto en el que estaba, no quería irme así, tenía necesidad de comprender. La aparente extravagancia del personaje no había mermado mi curiosidad. Decidí ignorar sus últimas palabras, como si sólo fueran una cortesía excesiva.

—¡Esta calle debe de traerle a usted recuerdos!

—No. Nunca había estado en ella.

Caminamos de nuevo el uno al lado del otro. Yo, observándolo con ojeadas sucesivas, y él, con la cabeza levantada, admirando los edificios.

Cariátides. Un arte sólido y tranquilizador. Una bonita calle burguesa. Un poco estrecha… Los pisos inferiores deben de resultar sombríos. Salvo, quizá, allá abajo, cerca de la avenida.

—¡Usted es arquitecto!

La frase me brotó como la respuesta a una adivinanza. Con un vacilante matiz interrogativo, el preciso para no dar la impresión de excesiva familiaridad.

—En absoluto.

Estábamos ya al final de la calle; él se paró en seco. Levantó la mirada para leer la placa azul y blanca. Después, la bajó, en señal de recogimiento; sus manos, que colgaban a lo largo del cuerpo, se juntaron, con los dedos curiosamente entremezclados, como para sostener un imaginario sombrero.

Yo me situé detrás de él.

Calle Hubert Hughes
Resistente
1919-1944

Esperé hasta que relajó la postura y se volvió hacia mí, para preguntarle, con voz vergonzante, como cuando se susurra en un entierro:

—¿Lo conoció usted?

Él me respondió, en el mismo tono confidencial:

—Su nombre no me dice nada.

Insensible a mi perplejidad, sacó del bolsillo un cuadernito y tomó unas breves notas, antes de decirme:

—Me aseguraron que había en París treinta y nueve calles, avenidas o plazas que llevan nombres de resistentes. He visitado veintiuna, antes de ésta. Me quedan diecisiete. Dieciséis, si excluyo la plaza Charles de Gaulle, que crucé en otros tiempos, cuando se llamaba de «l’Etoile».

—Y ¿piensa usted visitarlas todas?

—En cuatro días, tengo tiempo de sobra.

¿Por qué cuatro días? No se me ocurría más que una explicación:

—Después, ¿volverá a casa?

—No creo…

De pronto, dio la impresión de haberse sumido en sus pensamientos, muy lejos de mí y de la mencionada calle Hubert Hughes. ¿Tenía yo la culpa, por mencionar nuestra vieja tierra, el regreso? Aunque es posible que fuese la evocación de esos «cuatro días» lo que lo dejase tan meditabundo.

No podía entrometerme más a fondo en su alma. Por tanto, preferí desviar la conversación.

—Así pues, no conoció usted a Hubert Hughes; pero su interés por la Resistencia no será casual, seguramente.

Se tomó tiempo antes de responder. Tardaba en volver a tierra.

—¿Decía usted?

Tuve que repetir mi observación.

—Es cierto, yo estaba estudiando en Francia durante la guerra. Y conocí a algunos resistentes.

Estuve a punto de hablar de la foto, de mi manual de historia… Renuncié a ello de inmediato. Habría comprendido que le había seguido intencionadamente. Supondría que le había espiado, quizá durante días, que alimentaba alguna intención vil… No, más valía fingir ignorancia.

—Sin duda perdió a amigos en aquellos años.

—A algunos, en efecto.

—Y usted, ¿no empuñó las armas?

—No.

—Preferiría consagrarse a sus estudios…

—La verdad es que no… Yo también estuve en la clandestinidad. Como todo el mundo.

—No todo el mundo estaba en el maquis en aquella época. Me parece usted demasiado modesto.

Creí que iba a protestar. No dijo nada. Yo repetí: «¡Decididamente, me parece usted demasiado modesto!», en tono festivo y como si se tratase más de una conclusión que de una pregunta. Un viejo truco de periodista, que funcionó de maravilla, ya que, súbitamente, le ganó la locuacidad. Y, aunque sus frases seguían siendo lentas, no resultaban por ello menos encendidas.

—¡No le estoy diciendo más que la verdad! Pasé a la clandestinidad como otros miles de personas. No era ni el más joven ni el más viejo, ni el más medroso ni el más heroico. No llevé a cabo ninguna hazaña memorable…

Conseguía, mediante una suerte de elegancia en las palabras y los gestos, mostrarse indignado sin manifestar la menor hostilidad hacia un interlocutor tan insistente como yo.

—¿Qué estudios cursaba usted?

Medicina.

—Y los reemprendería después de la guerra, imagino.

—No.

Un «no» demasiado seco. Había lastimado algo dentro de aquel hombre. Volvió a enfrascarse en sus pensamientos, antes de decirme:

—Seguro que tiene usted mil cosas que hacer. No quiero entretenerlo…

Me estaba despidiendo cortésmente. En efecto, debía de haber tocado un punto doloroso. Pero insistí.

—Tengo, desde hace tres años, una verdadera pasión por esa época: la guerra, la Resistencia… He devorado decenas de libros sobre el tema. ¡Cómo decirle lo que representa para mí el solo hecho de hablar con un hombre que vivió aquello!

Yo no mentía. Y, en cuanto a él, sentí que había aplacado un poco sus reticencias.

—¿Sabe usted? —dijo—, soy como un río represado durante demasiado tiempo. Si se abriese una brecha, ya no podría callar. Sobre todo, porque no tengo nada que hacer durante los próximos días…

—Aparte del inventario de las dieciséis o diecisiete calles que faltan…

Se echó a reír.

—Eso lo hago para llenar los días, mientras espero…

De nuevo sentí deseos de preguntarle qué esperaba. Pero la verdad es que tuve miedo de que volviera a refugiarse en sus pensamientos. Me pareció más prudente sugerirle que fuésemos a sentarnos en un café de la cercana avenida.

Cuando estuvimos instalados, en la terraza, ante dos cervezas negras, volví a la carga a propósito de sus estudios interrumpidos.

—El día siguiente a la Liberación, yo estaba sumido en una especie de borrachera. Me costó tiempo serenarme. Demasiado tiempo. Luego, ya no tenía la cabeza como para estudiar.

—¿Y sus padres? ¿No insistieron?

—El que quería ser médico era yo. Mi padre siempre tuvo otros proyectos para mí, habría querido…

Hizo una pausa. Una última vacilación, quizá, porque me miró prolongadamente, como si quisiera atravesarme de parte a parte antes de confiarse.

—Mi padre habría querido que yo llegase a ser un gran dirigente revolucionario.

No pude evitar sonreír.

—Sí, ya lo sé, en las familias normales el padre insiste en que su hijo haga la carrera de medicina y el hijo sueña con hacer la revolución. Pero mi familia no es de las que se pueden calificar de «normales»

—Su padre debía de ser, si he entendido bien, un revolucionario de la primera hornada.

—Sin duda, él se habría descrito así. Digamos que, más bien, era un espíritu rebelde. Nada desabrido, entiéndame. Hasta jovial y vividor. Pero profundamente rebelde.

—¿Contra qué?

—¡Contra todo! Las leyes, la religión, las tradiciones, la política, la escuela… Sería demasiado largo de enumerar. Contra cuanto cambiaba y cuanto no cambiaba. Contra «la necedad y el mal gusto y los cerebros mugrientos», decía él. Soñaba con gigantescos desórdenes…

—¿Qué le condujo a semejante actitud?

—Resulta difícil decirlo. Aunque la verdad es que, en sus primeros años, pasó por ciertas circunstancias que pudieron alimentar su resentimiento.

—Supongo que procedía de un ambiente modesto…

—¿Pobre, quiere decir? En eso no acierta usted, amigo mío, no acierta en absoluto. Nuestra familia…

Al pronunciar esas palabras, bajó los ojos, como avergonzado. Pero estoy seguro de que, más bien, pretendía disimular su orgullo.

Sí, cuando hoy vuelvo a pensar en ello, estoy convencido: era el orgullo lo que le avergonzaba cuando me dijo:

—Provengo de una familia que gobernó Oriente durante mucho tiempo…

Por Amin Maalouf

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Examinando la identidad – Amin Maalouf

Amin Maalouf

Igual que otros hacen examen de conciencia, yo a veces me veo haciendo lo que podríamos llamar “examen de identidad”. No trato con ello -ya se habrá adivinado- de encontrar en mí una pertenencia “esencial” en la que pudiera reconocerme, así que adopto la  actitud contraria: rebusco en mi memoria para que aflore el mayor número posible de componentes de mi identidad, los agrupo y hago la lista, sin renegar de ninguno de ellos.

Vengo de una familia originaria del sur de Arabia que se estableció hace siglos en la montaña libanesa y que se fue dispersando después, en sucesivas migraciones, por varios rincones del planeta, desde Egipto hasta Brasil, desde Cuba hasta Australia. Tiene el orgullo de haber sido siempre, a la vez, árabe y cristiana, probablemente desde el siglo II o III, es decir, mucho antes de que apareciera el islam y antes incluso de que Occidente se convirtiera al cristianismo.

El hecho de ser cristiano y tener por lengua materna el árabe, que es la lengua sagrada del islam, es una de las paradojas fundamentales que han forjado mi identidad. Hablar el árabe teje unos lazos que me unen a todos los que a diario en sus oraciones, a muchas personas que, en su gran mayoría, la conocen peor que yo; si alguien que va por Asia central se encuentra con un viejo erudito a la puerta de una madrasa timurí, le basta con dirigirse a él en árabe para sentirse en una tierra amiga y para que él le hable con el corazón, como no se atrevería jamas a hacerlo en ruso o en inglés.

La lengua árabe nos es común a él, a mí y a más de mil millones de personas. Por otra parte, mi pertenencia al cristianismo -da lo mismo que sea profundamente religiosa o solo sociológica- me une también de manera significativa a todos los cristianos que hay en el mundo, unos dos mil millones. Muchas cosas me separan de cada cristiano, como de cada árabe y de cada musulmán, pero al mismo tiempo tengo con todos ellos un parentesco innegable, en el primer caso religioso e intelectual, en el segundo lingüístico y cultural.

Dicho esto, el hecho de ser a la vez árabe y cristiano es una condición muy específica, muy minoritaria, y no siempre fácil de asumir, marca a la persona de una manera profunda y duradera; en mi caso, no puedo negar que  ha sido determinante en la mayoría de las decisiones que he tenido que tomar a lo largo de mi vida, incluida la de escribir este libro.

Así, al contemplar por separado esos dos elementos de mi identidad, me siento más cercano, por la lengua o por la religión, a más de la mitad de la humanidad; y al tomarlos juntos simultáneamente, me veo enfrentado a mi especificidad.

Lo mismo podría decir de otra de mis pertenencias: el hecho de ser francés lo comparto con unos sesenta millones de personas; el de ser libanés, con entre ocho y diez millones si cuenta la diáspora; pero el hecho de ser ambas cosas, francés y libanés, ¿con cuántos lo comparto? Con unos miles, como mucho.

Cada una de mis pertenencias me vincula con muchas personas; sin embargo, cuanto más numerosas son las pertenencias que tengo en cuenta, tanto más específica se revela mi identidad.

Aunque me extienda un poco más sobre mis orígenes, debería precisar que nací en el seno de la comunidad que se denomina católica griega, o melquita, que reconoce la autoridad del Papa si bien sigue siendo fiel a algunos ritos bizantinos. A primera vista, eso no es más que un detalle, una curiosidad, pero pensándolo mejor resulta que es un aspecto determinante de mi identidad; en un país como Líbano, donde las comunidades más fuertes han luchado durante mucho tiempo por su territorio y por su parcela de poder, los miembros de las comunidades muy minoritarias como la mía raras veces han tomado las armas, y han sido los primeros en exiliarse. Personalmente, yo siempre me negué a implicarme en una guerra que me parecía absurda y suicida; pero esa forma de ver las cosas, esa mirada distante, esa negativa a tomar las armas no deja de tener relación con mi pertenencia a una comunidad marginada.

Así que soy melquita. Sin embargo, si alguien se entretuviera un día en buscar mi nombre en el registro civil -que en Líbano, como cabe imaginar, está organizado en función de las confesiones religiosas-, no me encontraría entre los melquitas, sino en la sección de los protestantes. ¿Por qué? Sería demasiado largo de explicar. Me limitaré a contar aquí que en nuestra familia había dos tradiciones religiosas enfrentadas, y que durante toda mi infancia fui testigo de esa rivalidad; testigo y, en ocasiones objeto de ella: si me matricularon en la escuela francesa, la de los jesuitas, fue porque mi madre, decididamente católica, quería sustraerme a la influencia protestante que dominaba entonces la familia de mi padre, en la que era tradicional enviar a los hijos a los colegios americanos o ingleses; y es por ese conflicto por lo que soy francófono, y es por ello también por lo que, durante la guerra de Líbano, me fui a vivir a París y no a Nueva York, a Vancouver o a Londres y por lo que comencé a escribir en francés.

¿Más detalles todavía de mi identidad? Podría hablar de mi abuela turca, de su esposo, maronita de Egipto, y de mi otro abuelo, muerto mucho antes de que yo naciera, del que me han contado que fue poeta, librepensador, masón tal vez, y en cualquier caso violentamente anticlerical. Podría remontarme hasta un tío tatarabuelo mío que fue el primero que tradujo a Moliére al árabe y que lo llevó, en 1848, a las tablas de un teatro otomano.

Pero no lo haré, pues basta con esto, y pasaré a una pregunta: ¿cuántos de mis semejantes comparten conmigo esos elementos dispares que han configurado mi identidad y esbozado, en líneas generales, mi itinerario personal? Muy pocos. A lo mejor ninguno.

Y es en esto en lo que quiere insistir: gracias a cada una de mis pertenencias, tomadas por separado, estoy unido por un cierto parentesco a muchos de mis semejantes; gracias a esos mismos criterios, pero tomados todos juntos, tengo mi identidad propia, que no se confunde con ninguna otra.

Extrapolando un poco, diré que con cada ser humano tengo en común algunas pertenencias, pero que no hay en el mundo nadie que las comparta todas, ni siquiera que comparta muchas de ellas;  de las decenas de criterios que podría enumerar, bastaría con unos cuantos para establecer con claridad mi identidad específica, que es distinta de la de cualquier otra persona, incluso de la de mi propio hijo o la de mi padre.

Dudé mucho antes de ponerme a escribir las páginas precedentes. ¿Debía extenderme así, desde el principio del libro, sobre mi caso personal? Por un lado, y sirviéndome del ejemplo que mejor conozco, quería decir de qué manera una persona puede afirmar a un tiempo, en función de algunos criterios de pertenencia, los lazos que la unen a sus semejantes y lo que la hace singular. Por otro, no ignoraba que cuanto más nos adentremos en el análisis de un caso particular, más riesgo corremos de que se nos replique que se trata precisamente de eso, de un caso particular.

Al final me tiré al ruedo, convencido de que todo el que trate con buena fe de hacer también su “examen de identidad” no tardará en descubrir que su caso es tan particular como el mío.

La humanidad entera se compone sólo de casos particulares, pues la vida crea diferencias, y si hay “reproducción” nunca es con resultados idénticos. Todos los seres humanos, sin excepción alguna, poseemos una identidad compuesta; basta con que nos hagamos algunas preguntas para que afloren olvidadas fracturas e insospechadas ramificaciones, y para descubrirnos como seres complejos, únicos, irreemplazables.

Es exactamente eso lo que caracteriza la identidad de cada cual, compleja, única, irremplazable, imposible de confundirse con ninguna otra. Lo que me hace insistir en este punto es ese hábito mental, tan extendido hoy y a mi juicio sumamente pernicioso, según el cual para que una persona exprese su identidad le basta con decir “soy árabe”, “soy francés”, “soy negro”, “soy serbio”, “soy musulmán” o “soy judío”; a quien, como yo acabo de hacer, enumera sus múltiples pertenencias se lo acusa al instante de querer “disolver” su identidad en un batiburrillo informe en el que todos los colores quedarían difuminados. Sin embargo, lo que trato de decir es lo contrario. No que todos los hombres sean parecidos, sino que cada uno es distinto a los demás. Un serbio es sin duda distinto de los demás serbios, y cada croata distinto de todos los demás croatas. Y si un cristiano libanés es diferente de un musulmán libanés, no conozco tampoco a dos cristianos libaneses que sean idénticos, ni a dos musulmanes, del mismo modo que no hay en el mundo dos franceses, dos africanos, dos árabes o dos judíos idénticos. Las personas no son intercambiables, y es frecuente observar, en el seno de la misma familia ruandesa, irlandesa, libanesa, argelina o bosnia, y entre dos hermanos que han vivido en el mismo entorno, unas diferencias en apariencia mínimas que sin embargo les harán reaccionar, en materia de política, de religión o en su vida cotidiana, de dos maneras totalmente opuestas, y que incluso pueden determinar que uno de ellos mate y otro prefiera el diálogo y la reconciliación.

A pocos se les ocurriría discutir explícitamente todo lo que acabo de decir. Pero nos comportamos como si no fuera así. Por comodidad, englobamos bajo el mismo término a las gentes más distintas, y por comodidad también les atribuimos crímenes, acciones colectivas, opiniones colectivas: “los serbios han hecho una matanza…”, “los ingleses han saqueado…”, “los árabes se niegan…”. Sin mayores problemas formulamos juicios como que tal o cual pueblo es “trabajador”, “hábil” o “vago”, “desconfiado” o “hipócrita”, “orgulloso” o “terco”, y a veces terminan convirtiéndose en convicciones profundas.

Sé que no es realista esperar que todos nuestros contemporáneos modifiquen de la noche a la mañana sus expresiones habituales. Pero me parece importante que todos cobremos conciencia de que esas frases no son inocentes, y de que contribuyen a perpetuar unos prejuicios que han demostrado, a lo largo de toda la historia, su capacidad de perversión y muerte.

Pues es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos.

Por Amin Maalouf (Les identités meurtriéres)
Versión española de Fernando Villaverde

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