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Hassan llega a Fez luego de abandonar Granada

Henri Pontoy – Vue de Bahlil, près de Fès

Antes de llegar a Fez, jamás había puesto los pies en una ciudad, jamás había observado ese hormiguero ajetreado de las callejuelas, jamás había sentido en el rostro ese poderoso soplo, como el viento en alta mar, pero cargado de gritos y de olores. Es cierto que nací en Granada, majestuosa capital del reino de Andalucía, pero ya estaba muy avanzado el siglo y sólo la he conocido agonizante, vacía de sus hombres y de su alma, humillada, extinguida y, cuando salí de nuestro arrabal del Albaicín, éste ya no era para los míos más que un vasto campamento de barracas, hostil y desmantelado.



Fez era otra cosa y tuve toda mi juventud para enterarme. De nuestro primer encuentro, aquel año, no me quedan más que recuerdos borrosos. Me había acercado a la ciudad montado en una mula, lastimoso conquistador medio dormido, sujeto con mano firme por mi padre, pues todos los caminos estaban en cuesta, tan empinados a veces que la montura no avanzaba sino con paso vacilante y poco seguro. A cada sacudida, me ponía derecho antes de volverme a amodorrar. De pronto, sonó la voz paterna:

Hassan, despiértate si quieres ver tu ciudad!

Emergiendo del sopor, me di cuenta de que nuestro pequeño convoy estaba ya al pie de unas murallas de color arena, altas y macizas, erizadas de innumerables merlones puntiagudos y amenazadores. Deslizando una moneda en la mano de un portazguero, pudimos cruzar una puerta. Estábamos dentro de los muros.

-Mira -insistía Mohamed.

Alrededor de Fez se alineaban, hasta donde se perdían de vista, colinas en que se incrustaban incontables casas de ladrillo y piedra, adornadas, en muchos casos, como en Granada, con azulejos.

-Allí, en aquella llanura que cruza el wadi, está el corazón de la ciudad. A la izquierda, la orilla de los andaluces, fundada hace siglos por emigrados de Córdoba; a la derecha, la orilla de los de Kairuán, en cuyo centro están la mezquita y la escuela de los kairuaníes, ese gran edificio de tejas verdes donde, si Dios quiere, recibirás enseñanzas de los ulemas.



Escuché distraído esas doctas explicaciones pues lo que más me entró entonces por los ojos fue el espectáculo de los tejados: aquella tarde de otoño, gruesos nubarrones suavizaban la luz del sol y, por doquier, sentados como en azoteas, había miles de ciudadanos, platicando, gritando, bebiendo, riendo, fundiéndose todas sus en una inmensa algarabía. A su alrededor, tendida o puesta a secar en el suelo, de ricos y pobres se estremecía con cada soplo de la brisa, como el velamen de un navío.

Por Amin Maalouf

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Oasis del Tuat y Ghurara, cabeza de línea de las caravanas saharianas

… Nuestra siguiente etapa nos condujo hacia los oasis del Tuat y del Ghurara, cabeza de línea de las caravanas saharianas. Es allí, en efecto, donde los mercaderes y los demás viajeros se esperan para partir juntos.

Muchos comerciantes judíos estaban establecidos en estos oasis pero habían sido víctimas de una curiosa persecución. El mismo año de la caída de Granada, que era también el año de la expulsión de los judíos españoles, había venido a Fez un predicador de Tremecén que incitaba a los musulmanes a exterminar a los judíos de la ciudad. En cuanto se enteró, el sultán mandó expulsar a aquel agitador que fue a refugiarse a los oasis del Tuat y del Ghurara y consiguió sublevar a la población contra los judíos; los asesinaron a casi todos y se incautaron de sus bienes.



En esa comarca hay muchas tierras cultivadas, pero son áridas, pues no se las puede regar más que con agua de los pozos; son también tierras pobres y para enriquecerlas los habitantes utilizan un método poco común. Cuando llega un visitante, lo invitan a alojarse en sus casas, sin pedirle nada a cambio, pero recogen el estiércol de las monturas y hacen comprender a las personas que los ofenderían si hicieran sus necesidades fuera de sus casas. Por eso se ven los viajeros obligados a taparse la nariz cuando pasan junto a un campo cultivado.

Esos oasis son la última estación en que hay la posibilidad de aprovisionarse como es debido antes de cruzar el Sáhara. Las aguadas se van espaciando cada vez más y se precisan más de dos semanas para llegar al primer lugar habitado. Hay que precisar también que en ese lugar, llamado Teghaza, no hay más que minas de las que se extrae sal. La guardan hasta que viene a comprarla una caravana para venderla en Tombuctú, donde siempre escasea. Cada camello puede llevar hasta cuatro barras de sal. Los mineros de Teghaza no tienen más víveres que los que les llegan de Tombuctú, situada a veinte días de camino, o de alguna ciudad igualmente alejada. A veces se ha dado el caso de que, al haberse retrasado alguna caravana, se haya encontrado a algunos de esos hombres muertos de hambre en sus cabañas.

Pero pasada esa localidad es cuando el desierto llega a ser un auténtico infierno. Ya sólo se encuentran osamentas blanqueadas de hombres y de camellos muertos de sed, los únicos animales vivos que se ven con profusión son las serpientes. En la zona más árida de ese desierto se hallan dos tumbas coronadas por una piedra que tiene grabadas unas inscripciones. En ellas puede leerse que en ese lugar se hallan sepultados dos hombres. Uno era un rico mercader que, de paso por allí y torturado por la sed, le había comprado al otro, un caravanero, una taza de agua por diez mil monedas de oro. Pero tras haber dado unos cuantos pasos, vendedor y comprador se habían desplomado juntos, muertos de sed. ¡Sólo Dios dispensa vida y bienes!



Aunque fuera yo más elocuente y mi pluma más dócil, hubiera sido incapaz de describir lo que se siente cuando, tras semanas de agotadora travesía, con los ojos lacerados por los vientos de arena, la boca tumefacta por agua salada y tibia, el cuerpo abrasado, sucio, dolorido de mil agujetas, se ven aparecer por fin los muros de Tombuctú. Es cierto que, al salir del desierto, todas las ciudades son bellas, todos los oasis se asemejan al jardín del Edén. Pero en ningún otro lugar me ha parecido la vida tan sonriente como en Tombuctú

Por Amin Maalouf

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Boabdil, Yahya an-Nayyar, Fernando y la caída de Baza y Granada

El traidor Yahya an-Nayyar

Aquel año, por culpa de una sonrisa, mi tío materno tomó el camino del exilio. Por lo menos, así fue como me explicó su decisión muchos años después, cuando nuestra caravana iba por el vasto Sáhara, al sur de Segeimesse, una noche fresca y serena que más que turbar acunaban los lejanos lamentos de los chacales. El yenteculo obligaba a Jali a narrar muy alto su relato y tenía una voz tan tranquilizadora que me hacía respirar los olores de mi Granada natal y una prosa tan hechicera que mi camello no parecía caminar sino a su ritmo.

Hubiera querido repetir cada una de sus palabras pero mi memoria es limitada y mi elocuencia asmática y muchas de las ilustraciones de su historia no volverán a aparecer nunca más, por desgracia, en ningún libro.

«El primer día de aquel año había subido por ha mañana temprano a la Alhambra, no para ir, como de costumbre, al pequeño escritorio del diwan donde redactaba las cartas del príncipe, sino para presentar, junto con algunos notables de mi familia, mis felicitaciones del Ras-es-Sana. El maylis, la corte del sultán, que se hallaba con tal motivo en el Salón de Embajadores, rebosaba de cadíes con sus turbantes, de dignatarios con altos gorros de fieltro, verdes o rojos, de ricos negociantes con los cabellos teñidos de alheña y partidos, como los míos, por una raya hecha con primor.





»Tras haberse inclinado ante Boabdil, la mayoría de los visitantes se retiraban hacia eh patio de los Arrayanes, por donde deambulaban un rato alrededor de la piscina, deshaciéndose en zalemas. Los principales notables se sentaban en los divanes cubiertos de tapices adosados a has paredes de la inmensa estancia, contoneándose torpemente para acercarse, en la medida de lo posible, al sultán o a los visires, con intención de hablar con ellos de alguna petición o de mostrar, simplemente, que gozaban del favor del sultán.

»Como redactor y calígrafo de la secretaría de Estado, de lo que daban fe los rastros de tinta roja que tenía en los dedos, gozaba yo de algunos pequeños privilegios, como el de circular a mi antojo entre el maylis y la piscina y dar, así, unos cuantos pasos en compañía de los personajes que me parecían interesantes para volver a sentarme a continuación, al acecho de una nueva presa. Excelente sistema de recoger noticias y opiniones sobre los asuntos del momento, tanto más cuanto que ha gente hablaba con entera libertad durante el reinado de Boabdil, mientras que en tiempos de su padre miraba siete veces a su alrededor antes de formular ha menor crítica, se expresaba en términos ambiguos, a golpe de versículos y de refrajíes, para poder desdecirse en caso de denuncia. Al sentirse más libres, menos espiados, los granadinos se habían vuelto más duros que el sultán, aún cuando se encontraban bajo su techo, aun cuando habían venido a desearle larga vida, salud y victoria. Nuestro pueblo es despiadado con los soberanos que no lo son.

»En aquel día otoñal, las hojas amarillas estaban más fielmente unidas a su árbol que los notables de Granada a su monarca. La ciudad se encontraba dividida, como desde hacía años, entre el partido de la paz y el partido de la guerra, ninguno de los cuales era partidario del sultán.

»Los que querían la paz con Castilla decían: somos débiles y los rum son poderosos; nos han abandonado nuestros hermanos de Egipto y del Magreb, mientras que nuestros enemigos tienen el apoyo de Roma y de todos los cristianos; hemos perdido Gibraltar, Alhama, Ronda, Marbella, Málaga y otras muchas plazas y, mientras no se restablezca la paz, la lista no dejará de aumentar; las tropas devastan las huertas y los campesinos se lamentan, los caminos no son ya seguros, los negociantes no pueden ya abastecerse, la Alcaicería y los zocos se están quedando vacíos y los precios de los productos suben a excepción de la carne que se vende a un dirhem la libra porque ha habido que sacrificar miles de reses para sustraerlas a las razzias; Boabdil debería poner todos los medios para acallar a los belicistas y llegar a una tregua duradera con los castellanos, antes de que le pongan sitio a la propia Granada.

»Los que querían la guerra decían: el enemigo ha decidido aniquilarnos de una vez por todas y no será sometiéndonos como lo haremos retroceder. ¡Mirad cómo, tras su rendición, han reducido a la esclavitud a todos los habitantes de Málaga! ¡Mirad cómo levanta hogueras para los judíos la Inquisición en Sevilla, en Zaragoza, en Valencia, en Teruel, en Toledo! ¡Mañana, las hogueras se alzarán aquí mismo, en Granada, no sólo para la gente del sabbat sino también para los musulmanes! ¿Cómo impedirlo sino con la resistencia, con la movilización, con eh Yihad? Cada vez que hemos peleado con energía, hemos podido frenar el avance de los castellanos, pero después de cada una de nuestras victorias ha habido entre nosotros traidores que no pretendían más que conciliarse al enemigo de Dios, que le pagaban tributos, le abrían las puertas de nuestras ciudades. ¿No le ha prometido el propio Boabdil a Fernando entregarle un día Granada? Hace ya más de tres años que le firmó un papel en ese sentido en Loja. Este sultán es un traidor. Hay que sustituirlo por un verdadero musulmán, dispuesto a dirigir la guerra santa y que devuelva la confianza a nuestro ejército.

»Hubiera sido difícil hallar un soldado, un oficial, comandante de diez, de cien o de mil, y más todavía un religioso, cadí, notario, ulema o predicador de la mezquita, que no compartiera este último punto de vista, mientras que los comerciantes y los agricultores se pronunciaban más por la paz. La propia corte de Boabdil estaba dividida. De haber seguido sus inclinaciones, el sultán hubiera concertado una tregua cualquiera, a cualquier precio, pues había nacido vasallo y sólo aspiraba a morir tal; pero no podía ignorar la voluntad de su ejército que observaba con impaciencia mal reprimida los combates que otros príncipes de la familia real nazarita dirigían con heroísmo.

»En todas las conversaciones de los partidarios de la guerra se repetía un ejemplo elocuente: el de Baza, ciudad musulmana al este de Granada, cercada y cañoneada desde hacía más de cinco meses por los rum. Los reyes cristianos -¡que el Altísimo destruya lo que han construido y construya lo que han destruido!- habían levantado torres de madera situadas frente a las murallas y habían cavado un foso para impedir comunicarse con el exterior a los sitiados. Sin embargo, a pesar de su superioridad aplastante en hombres y en material y, a pesar de la presencia en el lugar del propio Fernando, los castellanos no conseguían vencer y la guarnición efectuaba cada noche salidas mortíferas. Así, la resistencia encarnizada de los defensores de Baza, al mando del emir nazarita Yahya an-Nayyar, excitaba el ardor de los granadinos e inflamaba su imaginación.

»No era por ello grande el regocijo de Boabdil, pues Yahya, el héroe de Baza, era uno de sus más encarnizados enemigos. Hasta reivindicaba el trono de la Al-hambra, en el que ya se había sentado su abuelo, y consideraba al sultán actual como un usurpador.

»La víspera misma del día de año nuevo llegó a oídos de los granadinos una nueva hazaña de los defensores de Baza. Los castellanos, decían, se habían enterado de que en Baza empezaban a escasear los víveres. Para convencerlos de lo contrario, a Yahya se le había ocurrido una estratagema: juntar todas las provisiones que quedaban, exponerlas de forma bien visible en los puestos del zoco e invitar, a continuación, a una delegación de cristianos a ir a negociar con él. Entrado que hubieron en la ciudad, los enviados de Femando se asombraron de ver tal profusión de productos de todas clases y no dejaron de contar el hecho a su rey, recomendándole que no siguiera intentando rendir a Baza por hambre sino que propusiera a sus defensores un arreglo honroso.





»Con unas cuantas horas de diferencia, por lo menos diez personas, en el hamman, en la mezquita y en los corredores de la Alhambra me contaron jubilosamente la misma historia; cada vez, fingí sorprenderme para no ofender a mi interlocutor, para permitirle el placer de añadir su propio grano de sal. Yo también sonreía, pero algo menos cada vez pues me reconcomía la inquietud. Me preguntaba por qué Yahya había dejado entrar en la ciudad sitiada a los representantes de Fernando y, sobre todo, cómo esperaba ocultar al enemigo la penuria que atenazaba a Baza si todo el mundo en Granada y, probablemente también en otros lugares, sabía la verdad y se guaseaba de la artimaña.

»Mis peores temores, proseguía mi tío, iban a confirmarse el día de año nuevo, en el transcurso de mis conversaciones con los visitantes de la Alhambra. Me enteré, en efecto, de que Yahya, «Combatiente de la Fe», «Espada del Islam», había decidido no sólo entregar Baza a los infieles sino también unirse a las tropas castellanas para abrirles el camino de las demás ciudades del reino, principalmente Guadix y Almería y, finalmente, Granada. La habilidad suprema de ese príncipe había consistido en distraer a los musulmanes por medio de una pretendida artimaña para ocultar el auténtico objeto de sus conversaciones con Fernando. Había tomado esa decisión, dijeron algunos, a cambio de una importante suma de dinero y de la promesa de que sus soldados y los habitantes de la ciudad salvarían la vida. Pero había conseguido algo más: al convertirse él mismo a la fe de Cristo, ese emir de la familia real, ese nieto de sultán iba a ser un alto personaje de Castilla. Te hablaré de él en alguna otra ocasión.

Por Amin Maalouf

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El cañón del tabib Abu-Amr – Amin Maalouf

Era a finales del año 896. Todos los caminos que llevaban a la Vega estaban ya en manos de los castellanos y los víveres empezaban a escasear. El ritmo de los días de Granada ya sólo lo marcaban el silbido de las balas de los cañones y de los trozos de roca que caían sobre las casas y las lamentaciones de las plañideras; en los parques, cientos de menesterosos, harapientos, sin recursos frente a un invierno que se anunciaba largo y riguroso, se peleaban por las últimas ramas del último árbol convertido en leña; los hombres del jeque, tan desenfrenados como desamparados, andaban por las calles en busca de algún culpable que castigar.

Alrededor de la ciudad sitiada, los combates se habían espaciado y también habían perdido virulencia. Los soldados de caballería y de infantería de Granada, diezmados por la artillería castellana cada vez que salían, no se atrevían ya a aventurarse en masa lejos de las murallas, se conformaban con golpes de mano nocturnos de escasa envergadura para asaltar a una escuadra enemiga, robar armas o apoderarse de algún ganado, actos audaces pero sin horizonte pues no bastaban para aflojar el acero ni para aprovisionar a la ciudad, ni siquiera para devolverle los ánimos.

De pronto, un rumor. No de los que se extienden como la lluvia menuda de un nubarrón sino de los que caen como un chaparrón veraniego, cubriendo con su tumulto ensordecedor la miseria de los ruidos cotidianos. Un rumor que traía a nuestra ciudad ese toque de irrisión de que ningún drama está exento. «Se supo que Abu-Jamr acababa de adquirir un cañón tomado ah enemigo por un puñado de soldados temerarios que había accedido, a cambio de diez monedas de oro, a llevárselo a rastras hasta el jardín.»


Mi padre se llevó a los labios una copa de horchata y tragó despacio varios sorbitos sucesivos antes de proseguir, insensible a la incomprensión que me embargaba: «Los granadinos jamás habían tenido cañones y, como Astaghfirullah no dejaba de repetirles que esa invención diabólica hacía más ruido que daño, se habían resignado a la idea de que un artefacto tan nuevo y tan complicado no podía hallarse más que en las filas enemigas. La iniciativa del médico los sumió en la perplejidad.

Durante días, hubo un desfile ininterrumpido de jóvenes y de viejos que se mantenían a respetuosa distancia de «la cosa» cuyas proporcionadas redondeces y cuya amenazadora mandíbula comentaban a media voz. En cuanto a Abu-Jamr, allí estaba, con sus propias redondeces, saboreando su revancha. «¡Id a decir al jeque que venga en vez de pasarse los días rezando! ¡Preguntadle si sabe encender una mecha con la misma facilidad con que quema un libro!» Los más piadosos se alejaban precipitadamente, mascullando alguna que otra imprecación, mientras que otros interrogaban al médico con insistencia acerca del modo de usar el cañón y sus efectos si se utilizaba contra Santa Fe. Él tampoco tenía ni idea, como es natural, lo que volvía sus explicaciones más impresionantes.»

Habrás adivinado, Hasan, hijo mío, que el cañón jamás se usó. Abu-Jamr no tenía ni balas, ni pólvora, ni artilleros y empezaron las risas burlonas entre los visitantes. Afortunadamente para él, el muhtasib, responsable de la policía, alertado por las aglomeraciones, mandó que unos cuantos hombres retiraran aquel objeto y lo remolcaran hasta la Alhambra para enseñárselo al sultán. Nunca más se lo volvió a ver. Pero se siguió oyendo hablar de él durante mucho tiempo, evidentemente por boca del médico que no se cansaba de repetir que únicamente por medio del cañón podrían los musulmanes vencer a sus enemigos, que mientras no se decidieran a adquirir o fabricar gran número de estos artefactos sus reinos estarían en peligro. Astaghfirullah predicaba algo muy distinto: mediante el martirio de los combatientes de la fe se aplastaría a los sitiadores. El sultán Boabdil iba a ponerlos de acuerdo, pues, en lo que a él se refería, no deseaba ni cañones ni mártires.

Mientras el jeque y el médico porfiaban sin tregua y, a través de ellos, Granada entera se preguntaba por su destino, el señor de la ciudad no pensaba si no evitar el combate. Enviaba al rey Femando mensaje tras mensaje en los que ya no se hablaba más que de la fecha de la rendición; el sitiador hablaba de semanas y el sitiado de meses, esperando quizá que la mano del Altísimo desbaratara los frágiles arreglos de los hombres con algún decreto súbito, un diluvio, un cataclismo o una peste que diezmara a los grandes de España. Pero el Cielo nos tenía reservados otros designios.

Amin Maalouf


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El día de la Maldita Parada – Amin Maalouf

Vista General de la Alhambra [con el Albaicín en primer plano] Lewis 1833 BNE

« ¡Aquella maldita Parada! »

Mi madre volvió a sentir náuseas, como en las primeras semanas de su embarazo, y en sus confusos recuerdos volvió a verse como una niña de diez años, descalza, sentada en el barro en medio de una calleja desierta por la que había pasado cien veces pero que ya no reconocía, tirando de una punta del arrugado vestido rojo, empapado y sucio, para ocultar el rostro lloroso. «Yo era la niña más bonita y más mimada de todo el arrabal del Albaicín y tu abuela -¡Dios la perdone!- me había prendido a la ropa dos amuletos idénticos, uno a la vista y otro oculto, para no correr ningún riesgo con la mala suerte. Pero aquel día, todo fue inútil. »

«El sultán de entonces, Abu-l-Hasan, había decidido organizar, día tras día y semana tras semana, pomposas paradas militares para mostrar a todo el mundo cuán grande era su poderío -¡Sólo Dios es poderoso y no ama a los arrogantes!- Aquel sultán había mandado construir en la colina roja de la Alhambra, cerca de la puerta de la Traición, unas gradas en las que se instalaba todas las mañanas con su séquito, recibía a sus visitantes y trataba de los asuntos del Estado, mientras destacamentos de soldados procedentes de todos los rincones del reino, desde Ronda hasta Baeza y desde Málaga hasta Almería, desfilaban sin tregua saludándolo y deseándole salud y larga vida. Los habitantes de Granada y de los pueblos aledaños habían cogido la costumbre de concentrarse, grandes y chicos, en las laderas de la Sabika, al pie de la Alhambra, junto al cementerio, lugar desde el que podían ver, por encima de ellos, la interminable ceremonia. En las proximidades, se instalaban vendedores ambulantes que lo mismo vendían salchichas mirkás, que buñuelos o refrescos de agua de azahar.»

Al décimo día de Parada, cuando el año árabe 882 tocaba a su fin, la siempre discreta celebración del Ras-es-Sana apenas se notó en medio de los ininterrumpidos festejos. Estos iban a continuar durante todo el Muharram, el primer mes del año nuevo, y mi madre, que iba todos los días a la Sabika con sus hermanos y sus primos, se fijó en que el número de espectadores no dejaba de crecer, que había cada vez más caras desconocidas. Los borrachos se multiplicaban por las calles, se cometían robos, estallaban las riñas entre pandillas de jóvenes que se apaleaban hasta que corría la sangre. Hubo un muerto y varios heridos, lo que llevó al muhtasib, preboste de los comerciantes, a recurrir a la policía.


Fue entonces cuando, por temor a desórdenes y motines, el sultán decidió al fin interrumpir los festejos. Decretó que el último día de la Parada sería el 22 de Muharram del año 883, que correspondía al 25 de abril del año de Cristo de 1478, añadiendo, sin embargo, que los regocijos finales serían aún más suntuosos que los de las semanas anteriores. Aquel día, en la Sabika, las mujeres de las barriadas populares se habían mezclado, con o sin velo, con hombres de toda condición. Los niños de la ciudad, entre los que se hallaba mi madre, habían salido con sus vestidos nuevos desde las primeras horas de la mañana, no sin haberse provisto de algunas monedas de cobre para comprarse higos secos de Málaga.

Atraídos por la creciente muchedumbre, malabaristas, ilusionistas, saltimbanquis, funámbulos, equilibristas, exhibidores de jimios, mendigos, ciegos auténticos o fingidos, se habían diseminado por toda la barriada de la Sabika, y como era primavera, había campesinos que se paseaban con sementales que cubrían, a cambio de una retribución, a las yeguas que les llevaban.

«Toda la mañana, recordaba mi madre, habíamos estado gritando y palmoteando en el espectáculo del juego de la tabla, durante el cual los jinetes cenetes intentaban, uno tras otro, dar en la diana de madera con unos palos que arrojaban desde su montura al galope. No podíamos ver quién acertaba más, pero el clamor que no llegaba desde la colina, desde el lugar llamado precisamente al-Tabla, nos señalaba sin error posible a ganadores y perdedores.»

«De pronto, una nube negra apareció sobre nuestras cabezas. Llegó tan deprisa que nos dio la impresión de que el sol se apagaba como una lámpara que un genio hubiera soplado. Se hizo de noche a las doce del día, y sin haberlo ordenado el sultán, el juego se acabó, pues todo el mundo sentía sobre los hombros el peso de cielo.»

«Hubo un relámpago, el restallar de un rayo, otro relámpago, un fragor sordo luego trombas de agua se nos vinieron encima. Al saber que se trataba de una tormenta y no de una sombría maldición, me sentía algo menos atemorizada y, lo mismo que miles de personas apiñadas en la Sabika, me puse a buscar dónde refugiarme. Mi hermano el mayor me llevaba de la mano, lo que me tranquilizaba pero también me obligaba a ir corriendo por una calzada ya embarrada. De repente, a uno pasos de nosotros, se cayeron unos niños y unos viejos y, al pisotearlos, la muchedumbre enloqueció. Seguía reinando la misma oscuridad. Los alaridos de dolor se confundían con los gritos de espanto. Resbalé a mi vez y me solté de la mano de mi hermano para aferrarme a los vuelos de un vestido mojado, y luego a otros, sin poder nunca agarrarme de verdad. El agua me llegaba ya a las rodillas, gritaba, seguramente más fuerte que los demás.»

«En cinco o seis ocasiones me caí y me volví a levantar sin que me pisotearan hasta que poco a poco me di cuenta de que la muchedumbre que me rodeaba en menos densa y se movía también más despacio pues el camino era empinado y las riadas que por él bajaban iban creciendo. No reconocía a la gente ni el lugar, ya no buscaba a mis hermanos ni a mis primos. Me arrojé dentro de un portal y tanto de cansancio como de desesperación me quedé dormida.»

«Me desperté una o dos horas después. Estaba menos oscuro pero seguía lloviendo a cántaros y un fragor ensordecedor llegaba hasta mí por todas partes, haciendo temblar la losa en que estaba sentada. ¡Cuántas veces había recorrido la callejuela en que me hallaba! Pero al verla así, desierta y recorrida por un torrente, no lograba situarla. Me estremecí de frío, tenía la ropa empapada, las sandalias se me habían perdido en la carrera, del cabello me chorreaba un hilillo de agua helada que me bañaba sin cesar los ojos abrasados por el llanto. Volví a estremecerme, tosí a pleno pulmón, cuando una voz de mujer me llamó: «¡Niña, niña, por aquí!» Paseando la mirada en todas direcciones, vi, muy por encima de mí, en el marco de una ventana arqueada, un pañuelo de rayas y una mano que se agitaba.»

Mi madre me había advertido que no debía entrar nunca en una casa desconocida y que a mi edad debía empezar a no fiarme no sólo de los hombres sino tampoco de algunas mujeres. Mi vacilación no duró mucho, sin embargo. A unos treinta pasos, en el mismo lado de la calle, la que me había interpelado acudió, en efecto, a abrir una pesada puerta de madera, apresurándose a gritar, para tranquilizarme: «Te conozco, eres la hija de Suleymán el librero, un hombre de bien que vive en el temor del Altísimo? Me iba acercando a ella a medida que hablaba.» Te he visto varias veces pasar con él para ir a casa de tu tía materna Tamima, ha mujer del notario, que vive cerca de aquí, en el callejón del Membrillo?

Aunque no había ningún hombre a la vista, se había cubierto el rostro con un velo blanco que no se quitó hasta haber echado el cerrojo a la puerta, cuando hube entrado. Cogiéndome entonces de ha mano, me hizo recorrer un estrecho pasillo que formaba una especie de codo y luego, sin soltarme, cruzó corriendo bajo la lluvia un patinillo, antes de internarse en una estrecha escalera de peldaños empinados que nos condujo a su habitación.  Me llevó despacio hacia la ventana: «¡Mira, es la cólera de Dios!»

Me asomé con aprensión. Me hallaba en ha cumbre de la colina de Mauror. A la derecha, tenía la nueva Casba de la Alhambra, a la izquierda, en lontananza, la vieja Casba, con los minaretes blancos de mi arrabal del Albaicín al otro lado de las murallas. El fragor que había oído en la calle era ahora ensordecedor. Buscando con la vista el origen del ruido, miré hacia abajo y no pude contener un grito de horror. «¡Dios tenga piedad de nosotros, es el diluvio de Noé, mascullaba mi anfitriona detrás de mí.


El espectáculo que se ofrecía ante sus ojos de niña atemorizada, mi madre no había de olvidarlo jamás, como tampoco habían de olvidarlo cuantos se encontraban en Granada aquel maldito día de la Parada. En el valle por el que corría habitualmente el ruidoso pero apacible Darro, hete aquí que se había formado un torrente enloquecido que todo lo barría a su paso, que devastaba jardines y huertos, que arrancaba de raíz miles de árboles, majestuosos olmos, nogales centenarios, fresnos, almendros y alisos, antes de penetrar en el corazón de la ciudad, acarreando todos sus trofeos cual conquistador tártaro, rodeando los barrios del centro, demoliendo cientos de casas, de tenderetes y de almacenes, arrasando las viviendas construidas en los puentes, hasta formar, al final del día, a causa de los residuos que la Mezquita Mayor, la Alcaicería de los negociantes, el zoco de los joyeros y el de los herreros.

Nadie sabe el número de personas que perecieron ahogadas, aplastadas entre los escombros o arrastradas por la riada. Al atardecer, cuando el Cielo permitió al fin que se disipara la pesadilla, el torrente se llevó los residuos fuera de la ciudad, mientras que el agua refluía más deprisa de lo que había afluido. Al amanecer, las victimas seguían cubriendo el reluciente suelo pero el asesino estaba lejos.

«Era el justo castigo a los crímenes de Granada», decía mi madre con la monotonía de las frases definitivas. «Dios quería mostrar Su poder a ningún otro igual y castigar la arrogancia de los gobernantes, su corrupción, su injusticia y su depravación. Tenía empeño en avisarnos de lo que se nos iba a venir encima si persistíamos en el camino de la impiedad, pero los ojos y los corazones permanecieron cerrados.»

Amin Maalouf



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La ceremonia de circuncisión de Hassan – Amin Maalouf

Circuncisión – José Cruz Herrera – (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1890-Casablanca, Marruecos, 1972).

El séptimo día después de mi nacimiento, mi padre mandó llamar a Hamza el barbero para circuncidarme e invitó a todos sus amigos a un banquete. En razón del estado en que se hallaban mi madre y Warda, fueron mis dos abuelas y sus sirvientas quienes se encargaron de preparar la comida. Mi madre no asistió a la fiesta pero me confesó que se había escabullido a escondidas de su habitación para ver a los invitados y escuchar la conversación. Era tal su emoción aquel día que se le había quedado grabado en la memoria hasta el menor detalle.

Reunidos en el patio, en tomo a la fuente de mármol blanco cincelado, cuya agua refrescaba el ambiente tanto por el rumor como por los miles de minúsculas gotas que esparcía, los invitados comían con tanto mayor apetito cuanto que ya estábamos en los primeros días de Ramadán y estaban rompiendo el ayuno al tiempo que celebraban mi ingreso en la comunidad de los Creyentes.


Según mi madre, que había de regalarse con las sobras al día siguiente, la comida era un auténtico festín de reyes. El plato principal era la maruziyya: carne de cordero preparada con algo de miel, cilantro, almidón, almendras, peras, así como con nueces tiernas cuya temporada acababa de empezar. Había también tafaya verde, carne de cabrito mezclada con un ramillete de cilantro fresco, y tafaya blanca preparada con cilantro seco.

¿Mencionaré los pollos, los pichones, las alondras, con su salsa de ajo y queso, la liebre asada en salsa de azafrán y vinagre, las otras decenas de platos que tan a menudo me ha desgranado mi madre, recuerdo de la última gran fiesta que tuviera lugar en su casa antes de que la cólera del Cielo cayera sobre ella y los suyos? Cuando la escuchaba, niño aún, esperaba, en cada ocasión, con impaciencia que llegara a las muyabandt, esas tortas calientes de queso fresco espolvoreadas de canela y empapadas de miel, a los pasteles de pasta de almendra o de dátiles, a las tortas rellenas de piñones y nueces perfumadas con agua de rosas.

En aquel banquete, los invitados no bebieron más que horchata, me juraba piadosamente mi madre. Bien se guardaba de añadir que, si no se sirvió ni una gota de vino, fue únicamente por respetar el mes santo. La circuncisión siempre ha dado pie, en la región de Al-Andalus, a fiestas en las que se olvidaba por completo el acto religioso que se estaba celebrando.

¿Acaso no se sigue citando en nuestros días la ceremonia más suntuosa de todas, la que antaño organizó el emir Ibn Dhul-Nun en Toledo con ocasión de la circuncisión de su nieto y que, desde entonces, todo el mundo trata de imitar sin conseguirlo? ¿Acaso no se habían servido en ella vinos y licores a raudales, en tanto que cientos de hermosas esclavas bailaban al ritmo de la orquesta de Dany el Judío?

En mi circuncisión, insistía mi madre, también había músicos y poetas. Hasta recordaba versos que le habían recitado a mi padre:

Por esta circuncisión es tu hijo mucho más radiante
Pues la luz del cirio crece cuando se corta la mecha.

Recitados y cantados en todos los tonos por el propio barbero, estos versos de un antiguo poeta de Zaragoza pusieron fin a la comida y principio a la ceremonia propiamente dicha. Mi padre subió al piso superior para tomarme en sus brazos mientras que los invitados se agolpaban en silencio en torno al barbero y a su ayudante, un muchacho imberbe.


Hamza le hizo una seña a éste, quien empezó a dar vueltas al patio con un farol en la mano, deteniéndose ante cada invitado. Había que darle algo al barbero y, según la costumbre, cada uno fue pegando las monedas que entregaba en el rostro del muchacho que anunciaba en voz alta el nombre del donante y le daba las gracias antes de dirigirse al vecino. Una vez recogidas las dádivas, el barbero pidió que le acercaran dos potentes faroles, desenvolvió la cuchilla recitando los versículos apropiados y se inclinó sobre mí. Mi madre decía que el grito que había dado yo entonces se había oído en todo el barrio, como un signo de precoz valentía, y luego, mientras seguía dando alaridos con toda la fuerza de mi minúsculo cuerpo, como si se hubieran presentado ante mi vista todas las desgracias por venir, la fiesta se reanudó al son del laúd, de la flauta, del rabel y del tamboril, hasta el suhur, la comida del alba.

Amin Maalouf

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La Resistencia, un hijo de Oriente Medio en París – Amin Maalouf

… Cuando se apeó en la estación de Volontaires, le seguí los pasos. Ese día iba yo a una cita, y tuve que elegir: a la persona que tenía que ver siempre podría volver a llamarla a media tarde, o al día siguiente; a él, estaba convencido de no volver a verlo nunca si le perdía el rastro.

En el momento de salir a la calle, se detuvo ante el plano del barrio. Se acercó hasta pegar la nariz contra él y, después, retrocedió, buscando la distancia adecuada. La vista le traicionaba. Era mi oportunidad, y me acerqué hasta él.

—Quizá pueda ayudarle…

Había hablado con el acento de nuestra vieja tierra, que reconoció y recibió con unas palabras afables y una sonrisa benévola, a la que siguió rápidamente una viva expresión de sorpresa. Vi en ella, entonces, un signo de desconfianza, y no creo que me equivocara. Sí, desconfianza, e incluso una especie de espanto avergonzado. El de un hombre que piensa que tal vez le hayan estado siguiendo, pero no está seguro, y al que le repugna mostrarse injustamente arisco o descortés.

—Busco una calle que debe de estar muy cerca —me dijo—. Lleva el nombre de Hubert Hughes.

No tardé en localizarla.

—Aquí está. Han escrito sólo H. Hughes, en caracteres ilegibles…

—¡Gracias por su amabilidad! ¡Le agradezco que haya culpado a los autores del plano y no a mis viejos ojos!

Hablaba con una suave lentitud, como si tuviera que desempolvar cada palabra antes de pronunciarla. Pero sus frases eran siempre correctas, esmeradas, sin contracciones ni giros familiares; por el contrario, algunas veces hasta resultaban anticuadas e inhabituales, como si hubiera conversado más a menudo con los libros que con sus semejantes.



—En otros tiempos, me habría orientado por instinto, sin consultar siquiera un plano o un mapa.

—No está lejos. Puedo conducirlo hasta allí. Conozco el barrio.

Me rogó que no lo hiciese, pero era pura cortesía. Insistí, y llegamos en tres minutos. Se detuvo en la esquina de la calle y la recorrió lentamente con la mirada antes de decir, un tanto desdeñoso:

—Es una calle pequeña. Una calle muy pequeña. Pero, al fin y al cabo, es una calle.

La extraordinaria trivialidad del comentario acabó por conferirle, para mí, cierta originalidad.

—¿Qué número busca?

Yo le ofrecía la ayuda del sentido común, ¿comprenden? No la aceptó.

—Ninguno en particular. Sólo venía a ver la calle. Voy a subir por ella y después bajaré por la acera de enfrente. Pero no quiero entretenerlo, tendrá usted sus ocupaciones. ¡Gracias por haberme acompañado hasta aquí!

En el punto en el que estaba, no quería irme así, tenía necesidad de comprender. La aparente extravagancia del personaje no había mermado mi curiosidad. Decidí ignorar sus últimas palabras, como si sólo fueran una cortesía excesiva.

—¡Esta calle debe de traerle a usted recuerdos!

—No. Nunca había estado en ella.

Caminamos de nuevo el uno al lado del otro. Yo, observándolo con ojeadas sucesivas, y él, con la cabeza levantada, admirando los edificios.

Cariátides. Un arte sólido y tranquilizador. Una bonita calle burguesa. Un poco estrecha… Los pisos inferiores deben de resultar sombríos. Salvo, quizá, allá abajo, cerca de la avenida.

—¡Usted es arquitecto!

La frase me brotó como la respuesta a una adivinanza. Con un vacilante matiz interrogativo, el preciso para no dar la impresión de excesiva familiaridad.

—En absoluto.

Estábamos ya al final de la calle; él se paró en seco. Levantó la mirada para leer la placa azul y blanca. Después, la bajó, en señal de recogimiento; sus manos, que colgaban a lo largo del cuerpo, se juntaron, con los dedos curiosamente entremezclados, como para sostener un imaginario sombrero.

Yo me situé detrás de él.

Calle Hubert Hughes
Resistente
1919-1944

Esperé hasta que relajó la postura y se volvió hacia mí, para preguntarle, con voz vergonzante, como cuando se susurra en un entierro:

—¿Lo conoció usted?

Él me respondió, en el mismo tono confidencial:

—Su nombre no me dice nada.

Insensible a mi perplejidad, sacó del bolsillo un cuadernito y tomó unas breves notas, antes de decirme:

—Me aseguraron que había en París treinta y nueve calles, avenidas o plazas que llevan nombres de resistentes. He visitado veintiuna, antes de ésta. Me quedan diecisiete. Dieciséis, si excluyo la plaza Charles de Gaulle, que crucé en otros tiempos, cuando se llamaba de «l’Etoile».

—Y ¿piensa usted visitarlas todas?

—En cuatro días, tengo tiempo de sobra.

¿Por qué cuatro días? No se me ocurría más que una explicación:

—Después, ¿volverá a casa?

—No creo…

De pronto, dio la impresión de haberse sumido en sus pensamientos, muy lejos de mí y de la mencionada calle Hubert Hughes. ¿Tenía yo la culpa, por mencionar nuestra vieja tierra, el regreso? Aunque es posible que fuese la evocación de esos «cuatro días» lo que lo dejase tan meditabundo.

No podía entrometerme más a fondo en su alma. Por tanto, preferí desviar la conversación.

—Así pues, no conoció usted a Hubert Hughes; pero su interés por la Resistencia no será casual, seguramente.

Se tomó tiempo antes de responder. Tardaba en volver a tierra.

—¿Decía usted?

Tuve que repetir mi observación.

—Es cierto, yo estaba estudiando en Francia durante la guerra. Y conocí a algunos resistentes.

Estuve a punto de hablar de la foto, de mi manual de historia… Renuncié a ello de inmediato. Habría comprendido que le había seguido intencionadamente. Supondría que le había espiado, quizá durante días, que alimentaba alguna intención vil… No, más valía fingir ignorancia.

—Sin duda perdió a amigos en aquellos años.

—A algunos, en efecto.

—Y usted, ¿no empuñó las armas?

—No.

—Preferiría consagrarse a sus estudios…

—La verdad es que no… Yo también estuve en la clandestinidad. Como todo el mundo.

—No todo el mundo estaba en el maquis en aquella época. Me parece usted demasiado modesto.

Creí que iba a protestar. No dijo nada. Yo repetí: «¡Decididamente, me parece usted demasiado modesto!», en tono festivo y como si se tratase más de una conclusión que de una pregunta. Un viejo truco de periodista, que funcionó de maravilla, ya que, súbitamente, le ganó la locuacidad. Y, aunque sus frases seguían siendo lentas, no resultaban por ello menos encendidas.

—¡No le estoy diciendo más que la verdad! Pasé a la clandestinidad como otros miles de personas. No era ni el más joven ni el más viejo, ni el más medroso ni el más heroico. No llevé a cabo ninguna hazaña memorable…

Conseguía, mediante una suerte de elegancia en las palabras y los gestos, mostrarse indignado sin manifestar la menor hostilidad hacia un interlocutor tan insistente como yo.



—¿Qué estudios cursaba usted?

Medicina.

—Y los reemprendería después de la guerra, imagino.

—No.

Un «no» demasiado seco. Había lastimado algo dentro de aquel hombre. Volvió a enfrascarse en sus pensamientos, antes de decirme:

—Seguro que tiene usted mil cosas que hacer. No quiero entretenerlo…

Me estaba despidiendo cortésmente. En efecto, debía de haber tocado un punto doloroso. Pero insistí.

—Tengo, desde hace tres años, una verdadera pasión por esa época: la guerra, la Resistencia… He devorado decenas de libros sobre el tema. ¡Cómo decirle lo que representa para mí el solo hecho de hablar con un hombre que vivió aquello!

Yo no mentía. Y, en cuanto a él, sentí que había aplacado un poco sus reticencias.

—¿Sabe usted? —dijo—, soy como un río represado durante demasiado tiempo. Si se abriese una brecha, ya no podría callar. Sobre todo, porque no tengo nada que hacer durante los próximos días…

—Aparte del inventario de las dieciséis o diecisiete calles que faltan…

Se echó a reír.

—Eso lo hago para llenar los días, mientras espero…

De nuevo sentí deseos de preguntarle qué esperaba. Pero la verdad es que tuve miedo de que volviera a refugiarse en sus pensamientos. Me pareció más prudente sugerirle que fuésemos a sentarnos en un café de la cercana avenida.

Cuando estuvimos instalados, en la terraza, ante dos cervezas negras, volví a la carga a propósito de sus estudios interrumpidos.

—El día siguiente a la Liberación, yo estaba sumido en una especie de borrachera. Me costó tiempo serenarme. Demasiado tiempo. Luego, ya no tenía la cabeza como para estudiar.

—¿Y sus padres? ¿No insistieron?

—El que quería ser médico era yo. Mi padre siempre tuvo otros proyectos para mí, habría querido…

Hizo una pausa. Una última vacilación, quizá, porque me miró prolongadamente, como si quisiera atravesarme de parte a parte antes de confiarse.

—Mi padre habría querido que yo llegase a ser un gran dirigente revolucionario.

No pude evitar sonreír.

—Sí, ya lo sé, en las familias normales el padre insiste en que su hijo haga la carrera de medicina y el hijo sueña con hacer la revolución. Pero mi familia no es de las que se pueden calificar de «normales»

—Su padre debía de ser, si he entendido bien, un revolucionario de la primera hornada.

—Sin duda, él se habría descrito así. Digamos que, más bien, era un espíritu rebelde. Nada desabrido, entiéndame. Hasta jovial y vividor. Pero profundamente rebelde.

—¿Contra qué?

—¡Contra todo! Las leyes, la religión, las tradiciones, la política, la escuela… Sería demasiado largo de enumerar. Contra cuanto cambiaba y cuanto no cambiaba. Contra «la necedad y el mal gusto y los cerebros mugrientos», decía él. Soñaba con gigantescos desórdenes…

—¿Qué le condujo a semejante actitud?

—Resulta difícil decirlo. Aunque la verdad es que, en sus primeros años, pasó por ciertas circunstancias que pudieron alimentar su resentimiento.

—Supongo que procedía de un ambiente modesto…

—¿Pobre, quiere decir? En eso no acierta usted, amigo mío, no acierta en absoluto. Nuestra familia…

Al pronunciar esas palabras, bajó los ojos, como avergonzado. Pero estoy seguro de que, más bien, pretendía disimular su orgullo.

Sí, cuando hoy vuelvo a pensar en ello, estoy convencido: era el orgullo lo que le avergonzaba cuando me dijo:

—Provengo de una familia que gobernó Oriente durante mucho tiempo…

Por Amin Maalouf

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