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La falsa islamofobia de Hergé

Viñetas pertenecientes a Tintín en el país del oro negro, en 1939 ©Hergé

Muchos han querido ver en las viñetas de Tintín ataques contra la comunidad islámica. Los expertos explican por qué no es así.

Hernández y Fernández -hijos del trazo de Hergé, el icónico belga que creó Las aventuras de Tintín– están perdidos en el desierto del álbum El país del oro negro (1939). El sofoco delirante les hace ver espejismos y confundirlos con la realidad: en una de esas, les parece ver agua y hasta se colocan un traje de baño. Pero no. Era una ilusión. En otra, golpean en el trasero a un orante musulmán, interrumpiéndole el rezo. Llega la disculpa: «Le confundí con un espejismo» (véase la foto principal). En un tercer momento, el desvarío les hace confundir a otro musulmán -que tiene al lado una cabra blanca- con Tintín y Milú, su perro, por similitud de colores. Aquí vuelven a propinarle al personaje musulmán un puntapié que, en realidad, iba dirigido al intrépido reportero.

Estas imágenes -sumadas al aura racista contra los negros del Congo que envuelve los primeros trabajos de Hergé– han vuelto a sacarse a la luz vía Twitter a raíz de la cadena de atentados en el aeropuerto y metro de Bruselas y son peligrosas fuera de contexto. Al señalar con el dedo la hipotética islamofobia de un dibujante emblemático, puro símbolo belga, se busca extrapolar la idea y cuestionar la islamofobia de todo un país.

En el dibujante belga hay muchísimo interés y atención por otras civilizaciones, como la oriental o la musulmana, era una persona muy poco eurocentrista.

¿Puede hacerse de esta caricatura de los años 30 una lectura político-social actual? Fernando Castillo, historiador y especialista en la vida de Hergé, no da crédito: «No mezclemos. Es cierto que Hergé, sobre todo en su primera fase, tuvo inclinaciones colaboracionistas durante la Segunda Guerra Mundial [ahí Tintín en el país de los Soviets, álbum antimarxista y encargado por su jefe, Norbert Wallez, reconocido fascista] y que se le acusa de emplear el tono paternalista y colonial en Tintín en el Congo que era habitual en su época», reconoce.

«Pero su obra no se centra en el mundo musulmán: Hergé manda a Tintín a varias aventuras en las que aparece Oriente Medio, sí, pero de manera imprecisa. Apenas emplea nombres de países, y menos aborda esta cultura con rechazo». Castillo cree que es «al contrario», que en el dibujante belga «hay muchísimo interés y atención por civilizaciones como la oriental o la musulmana» y que «era una persona muy poco eurocentrista»: «Te diré que si alguien no le caía bien, ése era Estados Unidos», subraya.

LENGUA ÁRABE NO TRADUCIDA

Otro de los puntos que señalan los detractores de la línea editorial de Hergé es que, en el cómic original, los bocadillos de los árabe-parlantes nunca están traducidos -excepto en dos personajes principales- y dejan al lector la sensación de un continuo improperio ininteligible. Por ejemplo: en una de las viñetas, un hombre árabe grita algo puño en alto y Milú le dice a Tintín: «No escuches, Tintín. Debe de ser muy requetefeo lo que está diciendo». Castillo, el experto, repone: «En las traducciones al español de Las aventuras de Tintín, todo el mundo habla en español por igual. Con todo, eso que dices es una mera concesión literaria, una broma».

Una de las viñetas de Tintín y el país del oro negro, 1939 ©Hergé

Darío Adanti, historietista y cofundador de la revista satírica Mongolia, llama a Hergé «hijo de su época» y cree que «su visión colonial se explica conociendo de dónde venía el dibujante, entendiendo su momento histórico»: «Occidente tenía una mirada diferente entonces hacia todo lo que no fuese Occidente mismo, como Kipling en El libro de la selva. Los prejuicios estaban ahí. Hergé, además, era muy creyente, pero no creo que atacase al fenómeno islámico», reflexiona.

EL AMIGO Y PERSONAJE CHINO

Adanti recuerda al joven chino Tchang Tchong-Jen, que fue personaje y amigo real del dibujante. Lo conoció entre Los cigarros del faraón y El Loto Azul -cuando su cómic empezaba a madurar- y lo introdujo en la compleja realidad de China y su cultura. Ahí el menudo compañero de fatigas de Tintín con su kimono verde, su flequillo oscuro y su expresión afable. «Su amor y respeto por China saca a Hergé de la generalización racista».

Hergé y su joven amigo chino Tchang, en Bruselas, 1932

En Tintín y el país del oro negro, dos de los personajes principales son árabes: Mohammed Ben Kalish Ezab -un emir gobernante de Khemed, un país ficticio ubicado en la península de Arabia– y su hijo Abdallah -un encantador crío mimado de bromas pesadas-. «Abdallah es una figura entrañable», sonríe el historiador Castillo. Hay claroscuros en el trabajo de Hergé. Su lente ilustradora -cincelada por la influencia de la Segunda Guerra Mundial– no encuentra raíces ni paralelismos en el presente.

El príncipe travieso Abdallah, gastando como siempre bromas pesadas ©Hergé

Aunque el dibujante belga apenas viajó -excepto aquellos campamentos jóvenes de los boy-scouts que le hicieron pasar veranos en España, Austria, Suiza e Italia– se dedicó a documentarse a fondo sobre los lugares en los que desarrollaría las historias de Tintín. Cuidó minuciosamente cada detalle, trabajaba en base a fotografías, buscando fidelidad. Retrató con mimo los espacios: las mezquitas, las alcazabas, los mercados. Hasta el personaje del pequeño Abdallah está creado en base a un retrato de la década de 1940 de Faysal II de niño -el último rey de Irak-.

EL RETRATO Y EL TÓPICO

A pesar de su esfuerzo por la verosimilitud, el dibujante pecó -quizá por no tratarlos personalmente y estudiarlos desde lejos- de caer en el tópico a la hora de retratar a ciertos personajes. En la primera versión de La Oreja Rota (1936), Hergé fue criticado por «dejarse llevar por el estereotipo racista del antijudaísmo»: presentó a un judío con nariz ganchuda, barba de rabino, una pequeña joroba… Esa viñeta desapareció en las ediciones posteriores.

Viñeta de La Oreja Rota criticada por los rasgos etereotipados del personaje judío ©Hergé

Igual sucedió con la comunidad negra hasta que él mismo se explicó al respecto: «Me alimentaba de los prejuicios del medio en el que vivía… no sabía de algunos países más de lo que la gente contaba en aquella época. ‘Los negros son niños grandes, menos mal que estamos nosotros allí’, etc. Y yo dibujé a esos africanos siguiendo aquellos criterios, dentro del más puro espíritu paternalista que era el de la época en Bélgica».

Una de las viñetas acusadas de paternalismo belga que fue reeditada más tarde ©Hergé

Antoni Giralt, experto en cómics y autor de Del tebeo al manga (2011), habla de equilibrios: «Como en todos los personajes de Hergé, los musulmanes tienen actitudes positivas y negativas, hay buenos y malos, pero en ningún caso hace burla de ellos», explica. «Se limita a jugar con los tópicos de su momento. No sé quién dirá que era islamófobo, pero debería dejar de tener tanto tiempo libre y ponerse a trabajar».

El gran dibujante belga también fue un incomprendido algunas veces: su álbum Stock de coque (1958) pretendía denunciar la esclavitud que afectaba a los musulmanes africanos en peregrinación a La Meca, pero fue tildado de racista por el retrato simplista que hizo de los africanos. En 1967, se hizo una nueva edición corregida en la que Hergé modificaba la forma de expresarse de las víctimas de la trata.

Ya cicatrizaron los tópicos de aquí y de allá. Incluso la proclama anticomunista en carne viva y la defensa acérrima del Nuevo Orden hijo de la guerra: «Reconozco que yo también creí que el futuro de Occidente podía depender del Nuevo Orden. Para muchos la democracia se había mostrado decepcionante y el Nuevo Orden traía nuevas esperanzas. A la vista de todo lo que pasó, se trataba naturalmente de un gran error haber podido creer en ello. (…) Mi ingenuidad de aquella época rozaba la necedad, podríamos decir que incluso la estupidez», se excusó el belga en una ocasión, echando la vista atrás.

Aunque el discurso biempensante del ciudadano moderno lleve a rechazar algunas de las manifestaciones artísticas de Hergé -difíciles de aplaudir en las sensibilidades actuales-, Tintín no ha dejado de ser recurrente. El eterno reportero dicharachero lloraba a Bélgica en tres lágrimas: una negra, otra amarilla, la última roja, plasmadas en una nueva viñeta al pie de #JesuisBruxelles. No lo vemos, no hay dibujos: pero el pequeño príncipe árabe Abdallah también llora.

Por Lorena G. Maldonado
Con información de El Español

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Lena Merhej, cómic árabe, religión, guerra y sexualidad

Lena Merhej, autora de cómic libanesa en Elisava, Barcelona ©Danny Caminal
Lena Merhej, autora de cómic libanesa en Elisava, Barcelona ©Danny Caminal

La libanesa Lena Merhej, censurada en su país, intenta con sus viñetas romper límites y defender los derechos de las mujeres.

“En Líbano, en el colegio y la Universidad nos enseñan que no debemos hablar de religión, de política ni de sexo. Y entonces te preguntas, ‘¿y de qué voy a hablar si no hablo de sexo, política o religión? ¿De lo que comí anoche? Son temas importantes para un creador porque forman parte de la vida”, señalaba la reconocida artista libanesa Lena Merhej, de visita en Barcelona cuando participó en unas jornadas de cómic árabe en la Escuela de Diseño Elisava y el Macba.

“En Líbano tenemos miles de religiones y cada una impone un poco su ley. Yo siempre intento ir más allá de los límites en el tema de la religión”, añade Merhej (Hannover 1977), de padre libanés y madre alemana. Pero es fácil topar con tabúes y censuras. Fundadora en el 2007 de la revista de cómic independiente y alternativo Samandal (salamandra en árabe), que cuenta con el apoyo de la Unesco, ella y un compañero han sido multados con 20.000 euros (que intentan pagar gracias a una campaña de ‘crowfunding’) por blasfemar contra la religión cristiana. “La Iglesia denunció una viñeta mía y el Ministerio de cultura nos llevó a juicio. En ella dibujaba literalmente una expresión coloquial y muy usada en mi país, ‘voy a quemar tu religión’, que se usa para decir que estás cansado de algo. Yo quise mostrar la violencia de hay tras esas expresiones pero se convirtió en un escándalo. Entiendo que no les gustaran los dibujos pero es injusto que condenen a artistas. El mismo derecho tiene la Iglesia de quejarse que nosotros a expresarnos”.

EL ARMA DE LA RELIGIÓN

Merhej nació en una familia mixta. “En casa, mis tres hermanos son musulmanes y mi hermana y yo, cristianas. Celebramos todas las fiestas, el Ramadán, la Navidad… Hay muchas familias así, no es un problema. La religión no debe ser obstáculo para convivir”. Pero es muy consciente de que “la religión se ha convertido hoy en un arma y hay gente que se inmola en las calles” y de que los que atacaron ‘Charlie Hebdo’ “son fanáticos que siembran el terror”.

Sin embargo ella huye de polémicas y busca “la concordia”. “Con mis dibujos no intento predicar ni decir verdades a nadie. Cuento mis historias personales y expreso mis ideas pero no me interesa focalizarlas en la religión. Yo trabajo para unir a la gente, para borrar esas líneas y límites que otros ponen. Me gusta reflexionar sobre si el cómic debe ser más duro y violento y resaltar lo malo de la sociedad o ser más suave para ayudar a sanar heridas, como hice al dibujar sobre la guerra, porque la viví en mi infancia y con 20 años Líbano volvía a estar en guerra. Quería recordar lo ocurrido y pensar sobre ello”.

SEXUALIDAD Y MUJER

Como mujer en un país árabe asegura que nunca ha sido discriminada por ello pero sí admite que en Líbano “las mujeres no pueden dar la nacionalidad a sus hijos, cobran menos que los hombres y las lesbianas y las discapacitadas tienen problemas en la sociedad”. “Son esos temas, como la relectura de los derechos de la mujer, los que me preocupan e interesan más allá de las revoluciones árabes –continúa-. Ahora estoy haciendo un cómic sobre la sexualidad en mi país porque como ha escrito la periodista Joumana Haddad, es fácil y está permitido que un hombre hable de sexo pero si lo hace una mujer es un escándalo”.

LA GUERRA

A Merhej, que no se mira en autores como Marjane Satrapi o Riad Sattouf porque “ellos hablan de su infancia en países árabes pero ya no viven en ellos”, opina sobre el cómic hoy en los países árabes: “Hay mucho talento y muchas historias y artistas pero poco mercado. Cada vez que arrancamos hay una guerra que nos para. Necesitamos etapas de calma para desarrollar nuestro arte”.

Por Anna Abella
Con información de El Periódico

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Esclavas de la guerra, mujeres de dos lenguas

Un fragmento del cómic El piano oriental, de Zeina Abirached.
Un fragmento del cómic El piano oriental, de Zeina Abirached.

Brigitte Findakly y Zeina Abirached dibujan dos libros sobre la expulsión de su tierra y su impulso por el deseo de encontrar su propio territorio, libre y sin represión. Un mapa lingüístico.

Brigitte Findakly pasó en Irak los 13 primeros años de su vida y huyó con su familia de Mosul, en 1973, por ser cristianos. Zeina Abirached nació en Beirut, en 1981, y lo abandona con 23 años por la guerra civil. También se refugia en París. Brigitte tuvo un bautizo cristiano ortodoxo, otro católico, estudió el Corán en la escuela pública y aprendió francés con un monje dominico. Cuando Zeina era pequeña hacía los deberes en el escritorio donde su abuelo escribía sus traducciones del árabe al francés y del francés al árabe durante la época colonial. Ambas tejen desde su niñez un idioma compuesto por dos hebras frágiles. Las dos son autoras de cómics.

Findakly cuenta su experiencia en Las amapolas de Irak (Astiberri), un álbum en el que enfatiza los contrastes culturales entre oriente y occidente y el conflicto perpetuo por el que atraviesa el país hasta la llegada del Estado Islámico. El libro arranca, precisamente, con la destrucción de Nimrud, una de las capitales de Asiria, por la barbarie del grupo terrorista. Esas ruinas en las que ella se fotografiaba con sus padres ya no existen. Ese es el punto de partida del cómic que comparte con su marido Lewis Trondheim, referente indiscutible desde la publicación de Génesis apocalípticos (2003), para desarrollar un relato crudo a partir de recuerdos. No hay proclamas, no hay mensajes, sólo ironía silenciosa que estalla en el paladar del lector.

Una página de Las amapolas de Irak, de Findakly y Trondheim.
Una página de Las amapolas de Irak, de Findakly y Trondheim.

Zeina también encuentra en el francés un refugio y una salvación. El idioma es la casilla de la nueva vida, la oportunidad de escapar de la violencia y la barbarie, pero también de convertirse en la portadora de un tesoro en el que caben dos mundos opuestos con vías de comunicación. Esa es la metáfora de El piano oriental (Salamandra Graphic), un libro espectacular, menos sobrio que Las amapolas de Irak, con más fantasía en el tratamiento visual y narrativo, casi un cuento legendario. Abirached cuenta la historia de Abdalah Kamanja, un personaje creado a partir de su bisabuelo, músico que construyó un piano capaz lanzar un cuarto de tono y de interpretar, por tanto, las melodías árabes. La autora cruza su vida con la de su bisabuelo, en los cincuenta y sesenta, y deslumbra con el reflejo del Beirut imposible: en paz, hedonista, dorado, estimulante, espléndido.

UN MAPA SIN LÍMITES

Ellas emprenden su propio viaje, impuesto pero infinito, obligado pero libre, un viaje cultural sin fronteras geográficas ni lindes políticos. Son los suyos mapas para escapar de los límites de la dictadura. La única geografía que conoce la lengua es la del cuerpo humano. La lengua no es un impedimento, es un pegamento. La identidad no atiende a cuestiones físicas y políticas, que como decía María Zambrano, “nacer es proyectarse en un ser que aspira a la posesión del universo”. Y la llave de acceso es la lengua.

Una escena de El piano oriental.
Una escena de El piano oriental.

Abirached se siente extranjera en un país extranjero en una zona de Beirut que nunca había pisado. Cuenta que no tenía puntos de referencia, que pasó un tiempo sin poder articular palabra, ni francés ni árabe. Todo parecía un idioma extranjero. Hasta que, poco a poco, en aquel nuevo territorio su idioma reapareció. Su idioma era único y doble: “Me di cuenta de que el francés y el árabe están íntimamente unidos en mí, inextricables, el francés y el árabe son mi idioma”.

Expulsadas de su tierra, impulsadas por el deseo de encontrar su propio territorio. Sus islas lingüísticas. Así configuran un atlas cuya población quiere abrirse al mundo con un patrimonio cultural indestructible: la pluralidad lingüística. Y en ese lugar, encontrarse con uno mismo y poder concentrarse en lo que verdaderamente importa: viajar con la imaginación a lo largo de un mundo sin represión.

Por Peio H. Riaño
Con información de El Español

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El Islam y los superhéroes del Golfo Pérsico

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«Defender la verdad, la justicia y el modo de vida americano». Con este lema se presentaba Superman, el primer superhéroe de la historia. Un héroe como los clásicos, pero con poderes extraordinarios y embutido en unas mallas. Nacía así uno de los productos de la cultura pop estadounidense más reconocibles que Kuwait y Emiratos Árabes Unidos están tratando de introducir en sus países.

Desde la década de los treinta las dos grandes editoriales del sector, DC y Marvel, han creado espacios, grupos y personajes a través de los cuales sus superhéroes y superheroínas han defendido los valores made in USA  de los malos del momento. Primero fueron los nazis, luego los chinos y en plena Guerra Fría, los soviéticos. No es casualidad que Superman, Spiderman, Wonder Woman y el Capitán América vistan de azul y rojo, los colores de la bandera estadounidense.

En 2009 Marvel y DC llevaron este proceso de identificación al extremo, registrando el término «superhéroe» en la oficina de patentes de EE.UU. como marca comercial descriptiva estadounidense, independientemente de su tipografía, de la que las ambas eran copropietarias. Incluso llegaron a demandar al autor de un libro para emprendedores en cuyo título se mencionaba la palabra.

El saudí Naif al-Mutawa, editor formado en Nueva York y amante de las historias de superhéroes, tenía claro que serían un éxito en el mundo árabe, pese a su marcado sello estadounidense. En 2005, cuando trabajaba para la editorial de libros infantiles para el mundo árabe Teshkeel en Kuwait , firmó con Marvel el primer acuerdo para publicar -traducidas al árabe- las aventuras de los X-Men, Spiderman o los Cuatro Fantásticos en todo el Golfo Pérsico y Norte de África. Como reconocía el presidente de Marvel International, Bruno Maglione, «este es uno de los mercados que está creciendo más rápido y un paso clave en nuestra expansión a otras regiones». «Los superhéroes de Marvel proporcionan modelos positivos para los niños en todo el mundo, y es muy gratificante poder llevarlos a un público árabe», afirmaba Mutawa entonces.

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Los primeros superhéroes musulmanes: `the 99´

La estigmatización de lo musulmán como integrista o violento que trajo el 11-S le llevó a pensar que un grupo de superhéroes islámicos sería una buena idea. Nacieron así los 99, 50 mujeres y 49 hombres que representan cada una de las virtudes de Allâh en el Corán. «Generosidad, misericordia, sabiduría…valores a los que nadie se opondría, ni siquiera un ateo», explicaba en una charla TED. «Porque quienes usan la religión para fines malvados, se convierten en malas personas con malos mensajes», añadía.

Con la esperanza de «arreglar el Islam desde dentro»,centrándose en los «aspectos positivos de la religión e inculcando una versión pacífica, tolerante y multicultural con el resto del mundo», al-Mutawa creó este cómic con la estética pop estadounidense y los valores islámicos como marco de referencia.

Publicado primero en Kuwait en 2006 -tras la aprobación del Ministro de Información- y luego en EE.UU., la historia comienza en 1258 cuando Hulagu Khan, nieto de Gengis Khan, saquea Bagdad. El califa y sus bibliotecarios transfieren todo el conocimiento acumulado en sus libros a 99 gemas, transportadas a Granada. La Reconquista de la ciudad andaluza hace que las piedras se esparzan por todo el mundo. Aquel que encuentre una gema adquiere poderes extraordinarios, vinculados a las 99 cualidades positivas de Allâh. En el cómic -que nunca se llegó a publicar en España- hay combates e intrigas, personajes femeninos, con y sin hijab, pero nadie se pronuncia respecto al conflicto palestino-israelí o a las teocracias de la zona.

«Yihad cultural» para los conservadores en EEUU y «herejía» para los islamistas radicales.

Mutawa intentó llevar al público estadounidense esta historia mediante una serie de televisión para la CNN. Pese a que Obama calificó su iniciativa como «respuesta más innovadora en el diálogo entre Estados Unidos y el mundo árabe», la oposición de grupos conservadores, lo impidió. La periodista Pamela Geller -autora del libro Stop de Islamization of America, a Guide to Resistance-tildó la iniciativa de «una forma particularmente insidiosa de yihad cultural cuyo objetivo son nuestros hijos; una basura para hacer proselitismo». Aunque tampoco lo consiguió, Francia era el siguiente punto de interés para Mutawa.

Pese a que sus superhéroes han inspirado el primer parque temático de esta naturaleza en Oriente Medio y unido sus fuerzas a la Liga de La justicia, en el otro extremo tampoco le han ido bien las cosas al editor de los 99. En 2015 se enfrentó a un juicio por herejía en Kuwait a consecuencia de una durísima campaña en Twitter. Además, ha sido amenazado de muerte por Daesh, según denuncia la Red Internacional de Derechos de los Dibujantes de Cómics, organización que defiende la «libertad de expresión de los dibujantes de viñetas políticas».

La paradójica relación entre cultura pop y países del Golfo no se limita al caso de Naif al-Mutawa. Dubai, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, acoge en los últimos años la Middle East Comic-Con. Emulando al popular evento de San Diego, esta cita anual se consolida en la región, y la edición de 2016 contó incluso con la presencia por videoconferencia de Stan Lee. Tratando de atraer un turismo diferente y oportunidades de negocio, los Emiratos Árabes Unidos se presentan como un oasis de tolerancia comparados con la vecina Arabia Saudí. Aunque bajo esta fachada de modernidad y apertura esconden un lado oscuro de abusos políticos y restricciones a la libertad de expresión, como denuncian Ahmed Mansoor, activista de la Primavera Árabe y ganador del premio Martin Ennals de Defensores de Los Derechos Humanos,  Amnistía Internacional  y Human Rights Watch.

Con información de Bez

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Superhéroes árabes para combatir el terrorismo

En sus cómics, Suleiman Bakhit trata temas que juegan un papel importante en las sociedades árabes. El honor es uno de ellos
En sus cómics, Suleiman Bakhit trata temas que juegan un papel importante en las sociedades árabes. El honor es uno de ellos

El empresario jordano Suleiman Bakhit ha creado toda una serie de superhéroes árabes con la idea de utilizar la novela gráfica como un instrumento de lucha casi propagandística contra el extremismo y el terrorismo, que aprovechan la falta de motivación de los jóvenes árabes para reclutarlos.

‘Element Zero’, su creación más destacada, es un superhéroe que, enfundado en una máscara y con casco, irrumpe en edificios acompañado de su equipo, salta por todas las páginas del cómic, escala por las paredes y derriba puertas.

«Como si de un James Bond árabe o un Jack Bauer, de la serie ’24’, se tratase», asegura Bakhit. ¿Por qué los jóvenes se alistan en organizaciones terroristas como el Estado Islámico?.

Bakhit, hijo de un ex primer ministro, lleva años repitiéndose esa pregunta. Su país, al igual que muchos otros en la región, está amenazado por la fuerza de atracción del Estado Islámico (EI). Aproximadamente unos 2.000 jordanos se han alistado en el EI o en organizaciones terroristas similares, de acuerdo con las estimaciones del The Soufan Group.

El empresario recuerda bien las respuestas que obtuvo: en lugar de Batman o Superman, los chicos mencionaban al antiguo líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, o a Abu Mussab al Zarqawi, líder de Al Qaeda en Irak, organización que después se convirtió en el actual Estado Islámico.

Ninguno mencionó a un héroe de cómic árabe. Los extremistas saben presentarse como héroes, como protectores del Islam y luchadores contra Occidente.

En sus cómics, Bakhit trata temas que juegan un papel importante en las sociedades árabes. El honor es uno de ellos. «Nuestra cultura se basa en el honor», explica. Los extremistas también aprovechan este aspecto en su propaganda.

«En mis cómics, sin embargo, es más honorable vivir por algo que morir por algo», asegura. Bakhit vendió 1,2 millones de ejemplares hasta el año 2011. Además, ‘Element Zero’ cuenta ya con una versión muy popular de videojuego online a través de Facebook.

En Pakistán, la serie de animación ‘The Burka Avenger’ trata la educación de las mujeres jóvenes, una importante cuestión política. ‘La Vengadora del Burka, una mujer cubierta al completo con un burka, utiliza libros y lápices en lugar de pistolas y cuchillos como armas.

La heroína voladora Qahera lucha con su espada y mucho sentido del humor contra el sexismo y el abuso en Egipto. El cómic, dirigido a un público más adulto, también critica la imagen que hay en Occidente de la mujer musulmana oprimida. En Kuwait, el productor Naif al Mutawa creó la serie ‘Los 99’, sobre 99 héroes basados en los atributos de Allâh.

Dado el tono sarcástico de la serie, Al Mutawa sufrió hostilidades. Por su parte, Bakhit también tuvo que sobreponerse a las críticas y a los contratiempos.

Su firma se declaró en bancarrota y su novela gráfica ‘Saladin 2050’ fue prohibida en Jordania. Una noche, unos desconocidos lo atacaron con unas cuchillas de afeitar, explica.

La gran cicatriz que tiene en su ojo izquierdo le da a él mismo una apariencia propia de superhéroe. El jordano asume que con sus cómics juega un papel muy pequeño en la lucha contra el extremismo.

Sin embargo, cree en su visión de remover la conciencia de los niños y los adolescentes mediante superhéroes árabes. Su nueva empresa, The Hero Factor, tiene un nuevo objetivo: introducir los cómics como libros de enseñanza en las escuelas.

Con información de El Comercio

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