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Artesanías de Hebrón – Arte milenario Palestino

Antigua tradición familiar

Una tradición antigua, que tiene sus orígenes en el pasado. Hebrón, uno de los principales centros económicos de Palestina, con más de 6.000 años de historia, transmite de padres a hijos el oficio de artesanía en diversos ámbitos: Vidrio, bordado, cerámica o alfarería.

Tradición que perdura en el tiempo, las cerámicas artesanales datan de la época otomana, explicaron los residentes de la ciudad. En aquel entonces, dijeron los residentes, las cerámicas eran elaboradas a mano en los hogares de las familias de la Ciudad Vieja hasta que la cerámica se convirtió en una fuente principal de ingresos. Residentes de la ciudad afirman que la industria del vidrio se inició en Hebrón cuando un grupo de viajeros comenzó un incendio  de gran alcance en las arenas en la zona sur de Hebrón y encontraron formas de vidrio en el lugar al día siguiente. Según los residentes, así es como la industria del vidrio fue descubierta en Hebrón y luego viajó al resto del mundo.

Hamdi Natsheh (Director Fábrica de Vidrio y Cerámica de Hebrón)

«Exportamos estos productos a todo el mundo con una etiqueta que dice ‘Hecho en Hebrón’. Cada artículo cuenta una historia que data de cientos de años».

Con estas palabras, Al-Hajj Abdul Jawad Abdul-Hamid al-Natsheh, de 86 años, describió los productos elaborados por artesanos en su fábrica, que se estableció en Hebrón, hace más de 150 hace años.

“La tradición de trabajar el vidrio se remonta a tiempos antiguos. Esta industria comenzó en la ciudad vieja de Hebrón en un barrio llamado “Harat al-Qazazin” (barrio de los profesionales del vidrio) donde nacieron diferentes fábricas que alcanzaron con el tiempo catorce títulos.”



Muchas de estas se vieron obligadas a cerrar, en el transcurso de los años. Entre ellas, ha resistido la Fábrica del Vidrio y la Cerámica, fundada hace más de 150 años y con una fuerte capacidad de exportar sus productos en todo el mundo.

«Según la historia familiar, este arte tiene relación con la presencia de la familia Natsheh en Hebrón. Entre el 122 AC-330 DC, dice el artista y co-propietario Hamzeh Natsheh. Fundada en 1890 y ubicada en la ciudad de Hebrón en Palestina, Vidrio de Hebrón emplea a aproximadamente 60 artesanos que trabajan en uno de los tres talleres de la ciudad o desde sus hogares. «

«Todos los cristales que hacemos encarnan viejas historias reales de palestinos, formas y patrones únicos. Cada hogar utilizó, y todavía utiliza, el vidrio que hacemos en Hebrón como una tradición palestina. Mis hermanos y yo aprendimos de mi padre Tawfiq. Mi padre aprendió de mi abuelo Abed Alhamid Khalil Natsheh. Nuestro arte se ha heredado con orgullo, de generación en generación y, cada miembro de la familia necesita por lo menos cinco años para aprender el oficio,» dice Natsheh.

Vidrios de Hebrón tiene como objetivo el trabajo mancomunado con asociaciones de comercio justo y utilizar botellas recicladas de los hogares y negocios locales como materia prima básica en muchos de sus productos. El combustible para los hornos y calderas es el aceite de motor reutilizado de los garajes locales. Natsheh dice que el conflicto palestino-israelí y las restricciones a la libertad de movimiento en Palestina han afectado a la industria, pero al reciclar estos materiales todos los días, Vidrios de Hebrón es capaz de mantener el arte vivo y sustentable. También se afanan en proporcionar un ambiente de trabajo seguro y lucrativo para sus artesanos. Vidrios de  Hebrón fabrica un amplio surtido de platos para colgar, platos, cuencos, copas, jarras y jarrones. Todos los artículos de sobremesa son fabricados sin plomo, por lo que son completamente seguros de usar.

Mansour Natsheh (Trabajador Fábrica de Vidrio y Cerámica de Hebrón)

“Este es un trabajo que se hereda, por ello nadie puede hacerlo si no es por pasión… Naturalmente con el tiempo las fases de la industrialización han cambiado: En el pasado, producíamos vidrio a partir de arena, óxido, soja y cosas así. Ahora utilizamos botellas de refrescos y zumos de fruta, reciclando las materias primas.”

Las cerámicas artesanales, que se remontan, según los habitantes del lugar, al periodo otomano, han pasado de ser una actividad llevada a cabo en familia, a ser uno de los principales recursos de la ciudad. Un arte que trata de viajar por todo el mundo. Para explicar otra Hebrón y mostrar un rostro a menudo desconocido…



La cristalería fenicia y la cerámica van de la mano en la familia de los propietarios de Vidrios de Hebrón y son parte integrante del patrimonio local. «Usábamos nuestra cerámica y vidrio en el pasado (y aún hoy) para decorar casas y lugares en los eventos especiales. A los Palestinos les gusta usar el vidrio y la cerámica tradicional para presentar la comida y el orgullo de la herencia Palestina», dice Natsheh. Durante la década de 1940, el negocio se desaceleró a medida que los materiales se volvieron demasiado caros, pero la tradición ha sido revivida y es de nuevo popular.

El proceso, Un secreto familiar

Si bien, el meticuloso proceso es un secreto familiar y comercial, las técnicas que los artesanos de Vidrios de Hebrón utilizan para fabricar sus piezas de vidrio soplado y cerámica hechas a mano se han venido empleando durante cientos de años. «El vidrio depende de las grandes habilidades del artista que hace frente a las altas temperaturas del fuego abrasador», explica Natsheh.

«El vidrio se funde aproximadamente bajo 1000 grados Celsius, hasta que se convierte en líquido y está en condiciones para soplar. Utilizamos una kammasha (herramienta de tubo de acero), que tiene de 1 a 1,5 metros de largo. Dejamos la pieza, tan pronto como está terminada, en una habitación cercana al horno para que se enfríe lentamente. Reciclamos y utilizamos las botellas de vidrio de Coca Cola como principales materias primas, y utilizamos materiales caros para colorear, mezclándolo con vidrio liso, durante las etapas de soplado. A las piezas de cerámica se les da forma en el torno manual, se dejan secar durante dos días y luego se cuecen en el horno a 1000 grados Celsius, después las adornamos con negro y otros seis colores diferentes, se les da  esmalte y se vuelven a hornear a 1000 grados Celsius.»



La fábrica de Natsheh exporta la mayoría de sus productos a países extranjeros, principalmente a Europa. El mercado local solo obtiene el 20% de la producción de la fábrica debido al alto costo del trabajo manual de los artesanos que heredaron la industria de sus padres.

Con información de Al-Monitor

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«Aldabetas» que dejan huella

Los casas y corrales de los dos barrios de Brime de Sog cuentan con casi un centenar de artilugios articulados para abrir puertas, todos ellos diferentes.

«Aldabeta la puerta», decían las abuelas para indicarnos que la puerta de la calle estuviese cerrada. El artilugio mecánico instalado en la puerta para realizar el proceso de apertura o cierre vino a darle nombre para que el acceso estuviese cerrado.

La localidad de Brime de Sog cuenta con casi el centenar de «aldabetas», todas ellas diferentes, en las viejas puertas y portalones de las no menos antiguas casas y corrales. Entre los dos barrios que constituyen el pueblo de Brime de Sog, las huellas del herrero han dejado su registro en la historia no sólo en los utensilios y aperos de labranza, sino en la parte más visible, las puertas de acceso a las viviendas, a los pajares y corrales.

En este como en casi todos los pueblos de los Valles, la existencia de una fragua constituía uno de los oficios más necesarios y Brime de Sog, contaba no sólo con un profesional del oficio, sino dos e, incluso tres. Cada uno de los barrios de Brime, tanto el de Arriba, en dirección a San Pedro de Ceque, como el de Abajo, en dirección a Santibáñez, los vecinos disponían hace más de medio siglo con los servicios de un herrero.

Es en el Barrio de Abajo, el que abre a la calzada romana, a la Vía XVII en el itinerario del emperador Antonino, en el que todavía se pueden apreciar en la mayoría de las puertas de edificaciones antiguas, las aldabetas. Esos instrumentos articulados dominan el manillón o tirador, coronado éste por una chapa que gracias a la presión del dedo pulgar acciona la lengüeta apoyada sobre el gancho o nariz en la otra hoja de las puertas y es lo que permite su apertura. Aldabetas que no aldabas, ya que estas últimas son las que carecen del artilugio para abrir la puerta, únicamente forman parte del tirador o del llamador.

De este nombre con sugestiva figura de un puño, de la mano de Fátima o jamsa, símbolo de la cultura popular árabe, que significa «cinco» en referencia a los dedos de una mano, se debería el nombre de «ad-dabbah», de cerrar la puerta.

El manillón o tirador metálico de la aldabeta se asienta sobre el escudo de chapa con los más variados motivos y patrones. Tal es su número y variado que no se encuentra otro igual en el resto de las puertas y portalones del pueblo de Brime de Sog. Incluso de la misma propiedad o con factura del mismo herrero. Es precisamente esta característica la que marca la impronta del profesional de la fragua. Cada puerta con su aldaba. El oficio del herraje sería similar en utensilios y aperos de labranza, pero aquí, en la fabricación de las aldabetas o de las aldabas no existe denominador común, ya que la originalidad es la propia marca del herrero.

Fabricados estos elementos que forman parte aislada de la cerradura de la puerta, en muy pocos casos combinados, se instalaban en una hoja de la puerta. Habitualmente en la hoja derecha frente al usuario y en la hoja contraria se instalaba la cerradura con el ojo de la llave o el bocallave. En el caso de puertas con una única hoja se instalaban los dos elementos, la cerradura y la aldabeta en lugares diferentes, precisamente para no dificultar la apertura. Con una mano se introducía la llave y con la otra se accionaba la aldabeta. La llave y su bocallave (el escudo de chapa o aplique sobre la madera con el dibujo para ser introducida en la cerradura), y más aún las aldabetas forman parte del instrumento que facilita la primera toma de contacto, de la relación entre vecinos. Gracias a ellas se abre la puerta de la comunicación.

La sencillez de estos artilugios, los elementos utilizados, hojalata, chapa o metal, no son ajenos para que el herrero a través de una plantilla procurase la originalidad. En no pocas ocasiones el dibujo salía en pleno proceso de hechura. Pero eso si, diferentes, porque cada puerta es única y cada huella de metal también lo es. Los simbolismos llegan a estar presentes en estos instrumentos, como pueden ser los religiosos o los más profanos. Marcas de cruces o motivos florales e, incluso, una apariencia zoomórfica forman parte de la hechura de cada uno de los herreros que han llegado a dejar su impronta en esta localidad. En esta vidrialesa de Brime y de Sog como en las de la zona de los Valles y de la Carballeda.

Las edificaciones que rodean al edificio que antiguamente fuera la ermita dedicada a San Roque abren sus accesos a esta plaza. Y todas sus puertas antiguas gozan de este privilegio del herrero. O de los herreros porque en este Barrio de Abajo llegaron a compaginar el oficio dos avezados profesionales de la fragua, uno vecino del pueblo y el otro llegado desde el vecino Santibáñez.

Por Miguel Ángel Casquero
Con información de La Opinión

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Antiguos Oficios: El último albardonero

José Núñez Ocón ©Carlos Luengo

José Núñez es el último representante en la Comarca de Alhama de un oficio secular, imprescindible en todas las comunidades rurales hasta hace unas décadas.

Durante muchos siglos la albardonería constituyó una de las profesiones de mayor relevancia en el mundo campesino. Los albardoneros de oficio eran personas importantes y valoradas en la comunidad: recibían el título de maestros, es decir, eran considerados artesanos de primera; incluso fueron calificados por algunos como «los sastres de las caballerías». Llevaban a cabo una labor respetada y segura no sólo por su utilidad, sino también porque nunca les faltaba faena, y contaban además con la ventaja de trabajar bajo techo y no sufrir el desgaste físico de los trabajadores del campo. Este era, por tradición, un oficio vinculado al hombre, en el que raramente las mujeres tomaban parte -salvo pocas excepciones-, condición quizá heredada de la costumbre árabe, de la que nuestra albardonería tomó asimismo el gusto por los colores brillantes, los diseños ornamentales geométricos y las formas de hacer de aquella cultura. Ese legado se aprecia hasta en los nombres relacionados con el oficio, transmitido de padres a hijos a lo largo de muchas generaciones de estos artesanos.

Mulos enjaezados con el aparejo completo característico ©Carlos Luengo

Pero la modernización y el progreso llegaron, poco a poco, a todas partes. Con los nuevos medios de transporte y la introducción de maquinaria en la agricultura, quedaron atrás aquellos tiempos en que la vida y el trabajo de las gentes que habitaban en el campo dependían por completo de las bestias de carga -mulos, burros y caballos, principalmente-. Hasta entonces los arrieros, los labradores y en general la población rural trabajaba a diario, codo con codo, con las caballerías, que en muchos casos eran tratadas como auténticos miembros de la familia; tanto era así que se podía ver a hombres que salían adelante mal alimentados y mal vestidos, pero no así sus bestias, a las que no les faltaba ni su ración diaria de buena comida ni sus arreos y atalajes en perfectas condiciones. Mulos, burros y caballos eran generalmente cuidados con esmero por toda la familia, porque las economías domésticas -y tal vez mucho más- giraban en torno a tan nobles animales.

Parte del trabajo -en miniatura- que José tiene en exposición: mandiles, ataharres, tameros, cojinetes, comodines, bastas, alforjas, bozales, jalmas y sobrejalmas ©Carlos Luengo

Fueron aquellos, desde luego, buenos tiempos para la albardonería. Entonces cada población, por pequeña que fuese, contaba con uno o varios maestros albardoneros entre sus vecinos. En la Almijara malagueña, por demás, se trataba de una profesión muy popular, pues gran número de locales se ganaba la vida mediante la arriería -comerciaban con todo tipo de productos, que transportaban desde la costa hasta los pueblos del interior-, y los servicios de estos artesanos se encontraban muy solicitados. Muchas eran, por lo tanto, las familias que durante generaciones se habían dedicado a la albardonería; una de ellas fue la de José Núñez Ocón. Hoy, con 74 años cumplidos, este vecino de Jayena es el último de los albardoneros que quedan en la Comarca de Alhama.

Otra muestra de los trabajos expuestos: frentadas, bozales, mandiles y ataharres de lujo ©Carlos Luengo

José Núñez forma parte de una antigua estirpe -hijo, nieto, bisnieto y tataranieto- de maestros albardoneros. Natural de Torrox, en la costa malagueña, recaló en la localidad de Jayena hace ya mucho tiempo, cuando era un niño de tan sólo cuatro años. Sus padres se habían trasladado a la Comarca de Alhama precisamente porque que en esa zona hacían falta buenos albardoneros. Allí creció José y allí conoció a Elisa, su mujer; lleva tantos años residiendo en esa villa que se considera un jayenero más. Ya jubilado, José lleva una vida familiar, retirada y tranquila; le gusta pasear por el monte a diario y, sobre todo, coger de vez en cuando su aguja para dar unas puntadas con vistosas lanas de colores a alguna pieza en miniatura de las que sigue realizando, por el puro placer de hacerlo. Porque José se resiste a abandonar del todo esa actividad: sabe que cuando lo haga, será ya para siempre. Ama ese oficio, que aprendió de su padre y de su abuelo, y que comenzó a ejercer profesionalmente a los dieciocho años; un trabajo al que están ligados sus mejores recuerdos de juventud.

Detalle del preciosismo que caracteriza los bordados de José ©Carlos Luengo

En la misma casa en la que se enamoró de Elisa -pues eran vecinos desde niños- y en la que lleva viviendo más de cincuenta años, José conserva una habitación aparte, pequeña y especial, donde expone una muestra de sus trabajos. Pasea cada día por el mismo patio en el que jugaba de niño, hoy lleno de macetas y limpio como una patena; es el lugar en el que también, años después, se sentaría a trabajar junto a su padre y su hermano mayor. Ese querido rincón de su casa -sempiterno testigo de su vida- se llenaba hasta arriba con montones de serones y aparejos «por gobernar», gracias a los cuales no les faltaba el jornal durante todo el año.

Los arrieros y labradores de toda la comarca solicitaban continuamente sus servicios, tanto para reparaciones como para hacerles encargos nuevos. Cuenta José que había épocas en las que no daban abasto, especialmente justo antes del verano, tiempo en el que comenzaban las tareas de recolección en el campo, y que los aparejos que arreglaban para la zona de la costa eran más lujosos que los que les llevaba la clientela de los pueblos cercanos, porque la vistosidad de los arreos –¡había que causar buena impresión!– era muy importante para los arrieros, que vendían su mercancía de cara al público.

Almaraz (aguja) y palmete, en posición de trabajo ©Carlos Luengo

Los arrieros, por la cuenta que les traía, eran bastante cuidadosos con sus caros aparejos: siempre los cepillaban tras el uso, además de procurar cubrirlos con una lona de goma cuando llovía, para que no se mojasen. En cambio, los trabajadores del campo reservaban el aparejo de lujo exclusivamente para ocasiones especiales como romerías, celebraciones y para visitar a las novias; el resto del tiempo utilizaban arreos muy sencillos, que requerían menos cuidados y reparaciones menos costosas. A la familia Núñez acudían clientes de todos los rincones de la comarca: de Jayena y Fornes, por supuesto, pero también de Arenas del Rey, Játar, Cacín, Albuñuelas, Los Bermejales y Alhama de Granada.

El suyo era un trabajo razonablemente bien pagado; el precio se cobraba en función del tiempo que llevaba la confección de cada pieza. Ser albardonero también exigía poseer algunas cualidades específicas: habilidad, paciencia, buena vista, buen gusto para combinar diseños y colores y hasta buen humor -para no enfadarse cada vez que se daban mal las puntadas y había que deshacer lo hecho-. No era un trabajo duro, pero sí muy minucioso, pues además de dar las puntadas exquisitamente iguales había que saber medir, hacer patrones, cortar, coser, bordar, encordonar, embadanar, rellenar, zurcir y remendar. Se necesitaban varios días para elaborar las piezas, más aún si se trataba de las más adornadas y lujosas -que luego se vendían en la guarnicionería de Juan Moral, en la calle Mesones de Granada-; por ello con frecuencia, para sacar adelante todos los pedidos, trabajaba en ellos toda la familia.

José rememora con detalle aquellos días, largos y tranquilos, en que se sentaban todos en su patio rodeados por un cerro de aparejos pendientes de arreglar y se pasaban horas y horas remendando, rellenando y bordando piezas, entre conversaciones y chascarrillos. A ello contribuían sobre todo algunos ancianos de Jayena -como Antonio Triguito, Antonio el costurero, Antonio el Floro y Fernandico– que, sobrados de tiempo libre, se acercaban hasta allí para departir amigablemente unos con otros, recordando anécdotas de sus buenos tiempos hasta tal punto graciosas y ocurrentes que José aún recuerda algunas.

«Pues cuando yo estaba en la mili», contaba uno, «había tantos piojos que una vez se me llevaron la manta arrastrando hasta la otra punta del cuartel». «¡Eso no es nada!», apostillaba otro, «Porque cuando estuve yo, había tantos piojos y chinches que una vez fui a echar mano a la navaja que llevaba en el bolsillo, y me encontré con que se habían comido hasta las cachas de madera, sólo el hierro habían dejado». «¡Pues menudas dentaduras tenían aquellos bichos!», soltaba otro, y todos reían tanto que José recuerda tener que levantarse del sitio para poder seguir trabajando.

La albardonería era un oficio que contaba con un vocabulario muy particular, de nombres tan enrevesados -muchos de ellos de origen árabe- como los diseños que se realizaban, tales como jáquima, cincha, sudadera, tarabita, tamero, jalma, sobrejalma, basta, albardón, bozal, borla, rocón, frentada, mandil, carona, comodín, alforja, cojinete, ataharre, badana, etcétera. Las herramientas del albardonero consistían principalmente en la almaraz o aguja de gran tamaño, que usaban de distintos calibres; el palmete, que es un protector de cuero con una pieza de hierro en el centro para apoyar la aguja -el de José perteneció a su bisabuelo y tiene más de ciento cincuenta años de antigüedad- y la baquetilla o hierro para rellenar de paja jalmas y albardones; además utilizaban punzones de distintos tamaños y tijeras, entre otras cosas.

Se empleaban materiales como las lonas de algodón, lanas e hilos de todos los colores -menos el gris: era un color que no se usaba en albardonería por no combinar bien con otros-, telas de estambre, hilo guarnicionero y cuero para remates, aparte de la paja de centeno y el tamo para rellenar los distintos aparejos. Éstos, dependiendo del animal al que estaban destinados, se clasificaban como asnal, mular, entremular -para animales de tamaño intermedio- y caballar. Cada albardonero procuraba dejar su «sello» en sus trabajos para que fuesen después reconocibles; ello redundaba directamente en su prestigio como artesano.

Cuenta José que a partir de los años setenta del siglo XX empezó a escasear el trabajo y a decaer rápidamente la demanda de aparejos. El progreso alcanzó también al campo y los animales fueron sustituidos, lógicamente, por la eficiencia de las máquinas. Entonces nuestro amigo no tuvo más remedio que ir compaginando su profesión de albardonero con otros trabajos estacionales, hasta que finalmente se jubiló. A pesar de ello, todavía dedica parte de su tiempo libre a realizar pequeños trabajos de albardonería, unos para vender -si alguien está dispuesto a comprar- y otros para exponer en su pequeña salita, habilitada para ello. Algunos días, cuando hace buen tiempo, se sienta en su patio recoleto, lleno de macetas y de sol, y empuña sus herramientas como antaño para elaborar preciosas miniaturas, tan detalladamente y con la misma dedicación como si se tratase de encargos de verdad.

Nuestro amigo José es el último maestro albardonero de la Comarca de Alhama y lo seguirá siendo hasta el final de sus días; por su trabajo se han interesado incluso, en varias ocasiones, algunas publicaciones y programas de la televisión autonómica y local. Es el último eslabón de una cadena de seis generaciones de artesanos de la albardonería, una actividad histórica hoy en inevitable extinción. José es consciente de que con él terminará ese modo de vida, pues ninguno de sus hijos ha decidido continuar -lógicamente- con el oficio.

Afortunadamente, contamos con relatos como el suyo y con la oportunidad de verlo trabajar de igual forma que antes se hacía. Así no se olvidarán aquellos tiempos en los que ser maestro albardonero era ser alguien importante; aquellos tiempos -no tan lejanos- en los que hombres y animales trabajaban juntos, como uno solo.

Por Mariló V.  Oyonarte, Fotografías: Carlos Luengo
Con información de Alhama

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Alpargatas con bordado palestino

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Artesana catalana combina alpargatas con el bordado palestino en Rāmallāh

Una joven catalana comienza a labrarse un nombre como zapatera artesana en Palestina gracias al diseño de unas llamativas alpargatas que combinan el calzado de esparto con el tradicional y colorido bordado palestino.

Entre patrones, metros y trozos de tela desechados vive Sarai Carbonell, de 26 años y originaria de Ripollet (Barcelona), en un piso compartido de Ramala con vistas a la bulliciosa plaza de Yaser Arafat.

Esta casa-taller (ahora también almacén de alpargatas, diseminadas por todas partes), es donde pasa las horas esta artesana y traductora de alemán que, desde hace casi dos años, también enseña castellano y catalán en el centro Hispano-Palestino de la ciudad cisjordana.

«La idea era combinar la suela típica de Cataluña, la espardenya, con una tela tradicional de Palestina, para combinar mis orígenes con el sitio donde vivo. La mezcla es muy interesante y ha sido muy bien recibida», cuenta a Efe con uno de los últimos pares que ha fabricado en sus manos, en las que asoman durezas fruto de largas sesiones de costura.

Carbonell llegó a Palestina por un fuerte compromiso político. Un corto viaje le abrió los ojos y el interés sobre la situación en la región y decidió regresar por su cuenta «para resolver preguntas».

«Quería comprender el contexto y llevarlo a España con un conocimiento de primera mano, no sólo con un saber de libro sino de vida», afirma.

«Me involucré, empecé a leer. En mi vida hubo un momento de cambio y decidí venir a Palestina», dice y explica creer «fuertemente en los derechos humanos, en este caso, en este lugar, donde son tan vulnerados y hay un contexto de apartheid».

Pero confiesa que le faltaba algo. Carbonell, que de niña regalaba a diestro y siniestro zapatos de cartón creados por ella y que de mayor sueña con ponerse unos «manolos» o algún diseño de su marca fetiche, Chanel, quería explotar su lado más creativo.

En Barcelona había hecho un curso de zapatos, una profesión que le apasiona pero «muy cara y difícil de llevar».

Así que, cuando supo que quería vivir en Palestina, contactó con Abu Amid, un maestro zapatero dueño de su propia marca, Rahala, y acordó que trabajaría para él a cambio de que él le desvelase los secretos de ese mundo al que no tenía acceso.

Dos años después, Sarai ha pasado a formar parte de ese extraño grupo de expatriados en Palestina no vinculados a la cooperación ni al periodismo -a los que se dedican la mayoría de internacionales en la zona- que han llegado atraídos por curiosidad o activismo y han terminado trabajando como camareros, teleoperadores, en empresas de software o negocios personales.

«Ha habido un boom inesperado con las alpargatas», cuenta la catalana sonriente, «las publiqué como una idea creativa en Facebook e Instagram sin intención de venderlas y de repente empezaron a llover pedidos».

Ahora, su marca «I Eat Shoes» ha tenido que rechazar un pedido de 50 pares para un empresario en Dubai y otros de Barcelona. Está decidida a centrarse por el momento en su ciudad de adopción, donde ha encontrado a un nuevo socio en un diseñador gráfico que quiere impulsar la venta de sus creaciones.

«Ha surgido una colaboración con una marca local, Cuptain. Las espardenyas son un concepto nuevo aquí y les gustó la fusión con Palestina», dice con ilusión.

Piensa hacer solo dos o tres modelos diferentes cada año y enseñar la técnica de la alpargata a los locales para «perpetuar la espardenya en Palestina» y contribuir al comercio local.

A pesar de la emoción inicial del gran impacto que ha tenido su zapato, Carbonell reconoce que le será difícil hacerse un hueco en un oficio que «ha quedado reducido a una elite adinerada».

«Esa elite es la que se puede permitir comprar los zapatos a mano, lo que ha causado que los estudios se hayan reducido o extinguido, como ha ocurrido en Barcelona, que el gremio de zapateros desapareció. Dejaron de hacer cursos y los estudios quedaron reducidos a una escuela de elite», lamenta.

Pero agradece la perspectiva que ha ganado al vivir alejada de Europa, en un contexto donde ha comprobado «que no todo tiene que estar vinculado una elite adinerada y se puede ser artesano».

«No todo se reduce a estudiar en la universidad sino que existen otras vías como estudiar con los zapateros. Y no todo se reduce a vender a la elite adinerada sino que puedes conseguir crear unos zapatos artesanos asequibles para todo el mundo», afirma satisfecha.

Por María Sevillano
Con información de:La Vanguardia

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El baúl de la novia – Arte y Ajuar

Al igual que muchos baúles de maderas más blandas provenientes de África del Norte, este baúl de Djerba (Túnez) no está labrado sino pintado. ©Amel Messedi/Dyghet Djerba art et patrimoine/ Caroline Stone

En todo el mundo, durante siglos fue costumbre que las mujeres no solo aportaran dinero al casarse, sino también ropa blanca, su vestimenta personal y joyas.

Casi todas las mujeres, a excepción de las que están en situación de pobreza, llevan consigo los elementos básicos necesarios al formar un hogar. Dar dinero para posibilitar el casamiento de una mujer ha sido considerado un acto caritativo en la mayor parte del mundo musulmán y también en los países cristianos. De hecho, se cree que la tradición de Papá Noel y Navidad se originó con San Nicolás de Myra (actualmente Demre, Turquía), conocido en Occidente como San Nicolás de Bari, que en secreto les daba dinero a las muchachas sin dote.

El valor y el significado de los elementos del ajuar varían notablemente, desde las sábanas y la ropa blanca guardadas tradicionalmente en el último cajón, como en el Reino Unido, hasta el arcón del ajuar característico de América del Norte o los elaborados ajuares adornados con joyas, con bordados y tejidos, con la intención de mostrar las riquezas de la familia o las habilidades de la novia.

En muchos lugares del mundo, los obsequios que se entregan a un nuevo hogar para la novia (que conforman la dote, aunque se denomine o no así) suelen marcar el rumbo del nuevo matrimonio y en ocasiones tienen efecto en su éxito. En el pasado (y aún en algunos lugares actualmente), con frecuencia estos elementos se guardaban en un baúl, tradicionalmente de madera y por lo general se decoraba con la mayor abundancia posible, para demostrar el estatus cuando la novia llegaba a su nuevo hogar. En todo Medio Oriente, donde por tradición las casas no tienen muchos muebles, un baúl así solía colocarse en el espacio reservado a la mujer, donde silenciosamente seguía mostrando un cierto estatus y además servía como mueble.

La forma básica de la mayoría de estos baúles es grande y rectangular. Por lo general, su parte superior es plana (aunque algunos son curvados) para poder usarse como banquillo o mesa pequeña. A veces incluían cajones debajo del compartimento principal y, con frecuencia, ocultaban un compartimento más pequeño dentro de la tapa para guardar objetos valiosos.

Puede ser muy difícil, incluso imposible, determinar si un baúl realmente fue hecho para guardar el ajuar nupcial o para otros fines. Sin embargo, es probable que los que están decorados con mayor riqueza hayan sido baúles para el ajuar nupcial, especialmente los que muestran símbolos de buena fortuna y pinturas en rojo, el color de la celebración, la fertilidad y la sangre.

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Esta caja de marfil, mostrada a una escala de 2/3 de su tamaño real, fue labrada más o menos en el año 961 D.C. cerca de Córdoba para la hija de Abderramán III. © Victoria and Albert Museum

Además de uno o varios baúles de gran tamaño, con frecuencia la novia llevaba con ella una caja más pequeña para guardar las joyas y el maquillaje. Algunos de los ejemplares más antiguos que sobreviven son también los más delicados que se conocen, como el cofre de marfil de Medina Azahara, cerca de Córdoba en al-Andalus: una caja de tamaño pequeño bellamente labrada que perteneció la hija de Abderramán III y que es posterior al año 961 D.C. Alrededor del borde de la tapa, la inscripción en árabe reza: “En el nombre de Dios, esto es lo que se hizo para la Noble Hija de Abderramán, que la misericordia y la benevolencia de Dios estén con él”.

Algunos pequeños alhajeros de novias siguieron siendo de uso extendido ya avanzado el siglo XX. Desde la India se exportaba mucho un tipo hecho de madera dura, con una tapa de “techo de casa” fabricada con cuatro losas de madera inclinadas, con bisagras y cerraduras de metal. Otro modelo, que solía fabricarse en Damasco y que presentaba incrustaciones de nácar o hueso de camello, históricamente era el favorito de los beduinos más adinerados. También están los cofres provenientes de la región de la frontera entre Irán y Pakistán, denominados makran, que presentan ricas decoraciones en metal y que parecen haber sido hechos con fines de exportación, especialmente a África Oriental.

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La pintura roja que aparece debajo de los broches de metal y placas aplicadas de este baúl de “Zanzíbar”, que data del siglo XIX, indican que probablemente se haya usado para guardar el ajuar de boda. © Christie’s

También existían los grandes baúles para el ajuar nupcial, pero son relativamente pocos los que han sobrevivido. Son mencionados muchas veces en la literatura árabe y también aparecen en los documentos encontrados en la Genizá de El Cairo (Ver recuadro) Al-Maqrizi, historiador de la era mameluca en el siglo XIV, describe los baúles que se ofrecían en el mercado especializado de El Cairo. Algunos eran una combinación de baúl y taht o canapé (como los que aún se hacían en Java a principios del siglo XX). Otros, también llamados muqaddimah, estaban hechos de cuero o a veces de bambú y parecen haber sido usados como cajas para cosméticos.

La decoración de los baúles de ajuar varía según la región, de acuerdo con las preferencias locales y los materiales disponibles. Sheila Unwin, autora de The Arab Chest (El baúl árabe) admite que es difícil determinar la fecha de muchos de los baúles o incluso establecer su procedencia porque no parece haberse escrito mucho al respecto antes de la llegada de los europeos. Genéricamente, se los conoce por una variedad de nombres: mandoos, sanduq y safat son tres de los más comunes. Por lo general, se hace referencia a los tipos más específicos por nombres que remiten a lugares, como Omán, Kuwait, Bahréin, Zanzíbar, etc., pero esto suele vincularse con el lugar en que fueron adquiridos, no fabricados.

La mayoría de los baúles más antiguos provenían de la India, un lugar caracterizado por la abundancia de las maderas, teca y palisandro. Los académicos argumentan que los baúles de los marineros portugueses, un cofre plano con bisagras y esquinas de metal y un candado que cumplía las funciones del pequeño cofre militar moderno, fueron los que inspiraron la idea general, pero las decoraciones fueron una innovación totalmente local. Los baúles indios más elaborados podían incluir cajones en la parte inferior (por lo general tres) y colocarse en un soporte para protegerlos de la humedad y los insectos.

Según afirma Unwin, los baúles importados de la India podían clasificarse en cuatro tipos principales. Los tres más importantes eran los más llamativos y buscados: Surat, Bombay y Shirazi. Este último no se fabricaba en Shiraz (ahora en Irán) sino que se encontró en zonas de influencia persa. Todos estaban hechos con teca resistente u otras maderas duras y estaban decorados con diseños de broches de metal y, en ocasiones, con placas de metal cortadas en forma de apliques geométricos o superpuestos, algo que se fue sofisticando con el paso del tiempo.

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Baúl de Turquía o Siria con incrustaciones de nácar ©Dorris Duke Foundation for Islamic Art

Algunos de los baúles más costosos estaban revestidos con alcanfor o sándalo, para proteger el interior de los insectos y para agregar una fragancia deliciosa. En ocasiones los baúles muestran restos de pintura roja, lo que indica su uso para guardar el ajuar, y con frecuencia se colocaban sobre patas de madera separadas y pintadas con franjas. La carpintería de los baúles más delicados incluía de forma inteligente cajones secretos y compartimentos ocultos para esconder tesoros especiales. Este es el estilo de los baúles que posteriormente fueron copiados en toda la península arábiga oriental, especialmente en Omán.

Los baúles Shirazi eran particularmente elaborados, tal como describe Unwin, con “un enchapado de metal grueso colocado de forma dispersa (…) [y] discos en forma de diamante”.” Uno de los raros ejemplos con fechas pertenecía a Sayyida Salme, la hija del sultán omaní de Zanzíbar Said bin Sultan al-Said, que reinó a principios del siglo XIX, y actualmente se encuentra en el palacio del sultán. Salme se casó con un comerciante alemán en 1866 y huyó de Zanzíbar, lo que brinda una fecha probable del baúl. Al casarse adoptó el nombre de Emily Ruete, y su autobiografía, Memoirs of an Arabian Princess (Memorias de una princesa árabe), publicada en 1907, brinda información única acerca de la época.

Otro tipo menos común de baúl provenía de Malabar, en el suroeste de la India. El llamado “baúl de Malabar” está labrado y con frecuencia está hecho de madera de caoba, palisandro, siso u otras maderas duras, y uno de los diseños más usados muestra un vaso central redondo (lota—) con trazos de flores y frutas, en ocasiones uvas y granadas. El diseño muestra influencias portuguesas, aunque ese motivo en particular sugiere fertilidad y buena fortuna, con origen en Europa y hacia Asia Oriental, y es especialmente apropiado para bodas.

La combinación de elementos culturales no se limita a Portugal, la India y el mundo árabe. La forma tradicional de cerrar el baúl era por medio de un pasador, por lo general muy decorativo, y un candado. Mientras que el uso de cerraduras y llaves es una innovación de origen portugués y holandés, hay otro dispositivo de cierre (que utiliza tres anillos y un candado) que proviene de China, al igual que el diseño de algunas de las manijas y bisagras.

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Las alternativas modernas al baúl de ajuar tradicionalmente hecho de madera suelen fabricarse en serie y están hechas de acero galvanizado pintado con esmalte.©Yusuf Metal Boxes

Otra evidencia de diferentes preferencias y tradiciones culturales aparece en la ornamentación. Por ejemplo, los diseños metálicos con incrustaciones de nácar o hueso de camello se originaron en Egipto y Siria durante los siglos IX y X. Este estilo es típico de las clases urbanas adineradas, en tanto la mayoría del resto de la población usaba baúles planos o labrados. Las elaboradas artesanías en madera como la intarsia y la marquetería eran muy populares en todo el territorio otomano, y en el siglo XIX esos baúles se exportaron a Europa, especialmente a Francia. Los baúles, al igual que los juegos de muebles de estilo europeo, se encargaban para bodas. Los patrones tendían a ser extremadamente elaborados, y en ocasiones todo el baúl estaba cubierto de nácar y revestido con maderas aromáticas o brocado de seda o terciopelo.

Por lo general, se hace referencia a los tipos específicos por nombres que remiten a lugares, como Omán, Kuwait, Bahréin, Zanzíbar, etc., pero esto suele vincularse con el lugar en que fueron adquiridos, no fabricados.

La manufactura de estos tipos de incrustaciones era una especialidad de Damasco, aunque para fines del siglo XX había muchos menos artesanos que en el pasado y en su mayoría los encargos llegaban desde la península arábiga. Como consecuencia de los cambios en las tradiciones, las modas y las economías, se hacen muy pocos baúles de ajuar tradicionales y, en cambio, se favorece la fabricación de cajoneras, alacenas y otros diseños más modernos.

En África del Norte es difícil encontrar maderas duras de buena calidad y por eso los baúles de ajuar suelen pintarse, pues las maderas blandas como el pino o la palmera no son aptas para el labrado delicado. Las familias de medios modestos podrían tener un cofre simple decorado con un patrón sencillo, como la fila de arcos que es común en el mundo musulmán, en dos o tres colores. Los daños en las tapas, que incluyen cortes y quemaduras, indican que muchos baúles cumplían diversos fines además de contener bienes valiosos.

La función cultural del baúl de ajuar se destaca en esta obra de arte pública de Al Ain, Emiratos Árabes Unidos, ubicada en una rotonda de tráfico. ©Walter Brian Hall
La función cultural del baúl de ajuar se destaca en esta obra de arte pública de Al Ain, Emiratos Árabes Unidos, ubicada en una rotonda de tráfico. ©Walter Brian Hall

En los hogares adinerados solían tener baúles mucho más grandes, algunos incluso demasiado altos como para sentarse en ellos o como para servir de bancos de trabajo. Muchos mostraban pinturas sofisticadas. El rojo oscuro era uno de los colores de fondo favoritos, y los diseños generalmente incluían flores y plantas estilizadas. Un diseño favorito es un círculo central de gran tamaño con un bol de frutas o un jarrón con flores, ambos símbolos universales de celebración y fertilidad. Otro diseño muestra un par de palomas bebiendo de una fuente, una imagen quizás copiada de los sepulcros de los primeros tiempos de la cristiandad y que en el siglo XIX aún se veía en el campo e incluso era usada en los abrevaderos de caballos. En Túnez los peces son un motivo muy popular: en ocasiones se muestran nadando en un círculo, ya que los peces no solo representan la fertilidad sino que también se considera que atraen la buena fortuna y la protección contra el mal.

Marruecos también tiene una tradición propia de muebles pintados, pero en este caso la norma son los patrones geométricos que con frecuencia hacen juego con la decoración arquitectónica, y el diseño en arco es especialmente popular. Es poco común encontrar piezas antiguas, pero hay una floreciente industria de la reproducción. No obstante, los colores usados tienden a ser más brillantes que los originales. Los baúles tradicionales de Marruecos en ocasiones son curvos en su parte superior, un detalle que probablemente sea el resultado de la influencia española y portuguesa, sobre todo a lo largo de la costa.

Este baúl extremadamente grande, fotografiado en el palacio Azem de Damasco, muestra sofisticadas decoraciones talladas que indican que solo pudo haber pertenecido a unos burgueses. © Age Fotostock/Alamy

A diferencia de África del Norte, donde escasea la madera dura, muy hacia el este, en el valle de Swat en Pakistán, la madera de cedro del Himalaya de buena calidad era tan abundante que se usaba como materia prima para cualquier tipo de objetos, desde edificaciones hasta platos y, por supuesto, baúles. Labrar es una habilidad muy apreciada en la región, y los baúles forman una parte importante del mobiliario de cualquier casa, aunque también en este caso es difícil establecer cuáles han sido hechos para el ajuar nupcial.

Por lo general, los baúles de Swat descansan sobre patas muy altas que continúan por encima del cuerpo del baúl para asemejarse a esbeltos minaretes. Los bordes superiores e inferiores de los baúles con frecuencia muestran un patrón dentado o fileteado. Al igual que los delicados baúles encontrados en la península arábiga, están hechos con piezas articuladas y no mediante el uso de clavos. La parte delantera de los baúles suele tener dos o más paneles, y habitualmente se abren por medio de una puerta deslizante o con bisagras en el frente y no en la parte superior. La puerta se cierra por medio de un pasador y un candado en lugar de una llave. Generalmente, el diseño labrado es geométrico o muestra guirnaldas estilizadas de hojas y flores, que probablemente simbolicen el disco del sol, y los habituales arcos arquitectónicos. Algunos baúles tienen patrones completamente diferentes en los dos paneles frontales, y algunos expertos sugieren que estos diseños distintos representan a la novia y al novio, aunque no es seguro.

Cabe agregar que los baúles, si bien e usaban ampliamente no eran en absoluto una tradición universal para los objetos del ajuar en todas las culturas islámicas y las regiones con influencia del islam. Por ejemplo, en la región rural de Yemen se preferían los canastos, que son más económicos que los baúles, aunque menos duraderos. Muchas regiones de Indonesia tienen una fuerte tradición de fabricación de recipientes a partir de una variedad de hojas y fibras, y algunas cajas de ajuar hechas de esta forma están trabajadas en diferentes colores y a veces son embellecidas con cauri. Las familias adineradas de Indonesia en ocasiones usaban baúles del tipo de Omán importados a través de sus conexiones comerciales, u otros del tipo colonial holandés, e incluso otros con influencias chinas. Las zonas rurales de Java, en especial, producían magníficos baúles de madera tallada, los grobog—, un estilo diseñado para ofrecer también un canapé. De todas formas, en este caso tampoco es posible saber con claridad cuáles de estos baúles estaban diseñados específicamente para el ajuar.

Las modas, las tradiciones y las expectativas sociales cambian. En Estados Unidos, hace tiempo que el baúl de ajuar cedió su lugar a la “despedida de soltera”.” Los ajuares también han cambiado y con frecuencia simplemente desaparecen, al igual que los baúles. Muy pocos de esos baúles tan bellos y elaborados se siguen haciendo. Y si es así, se usan más para una decoración de interiores neotradicional que como ajuar de bodas. En los lugares en los que aún existen, la escasez de artesanos expertos en el tallado de madera y la abundante competencia de alternativas industriales más económicas posiblemente hayan modificado para siempre el estilo del baúl de ajuar. Cuando aún se usa uno de estos baúles, por lo general se trata de un cofre de acero galvanizado o de hojalata, un cofre pequeño en lugar de un baúl artesanal de madera. Los baúles de metal, que son mejores que los de madera para proteger contra la humedad y los insectos, aún se denominan sanduq ‘arus o “caja de bodas”, y con frecuencia siguen importándose a los países del golfo arábigo desde la India. Sin embargo, en lugar de broches de metal, tallado y marquetería, se pintan con diseños en esmalte que suelen mostrar cúpulas de mezquitas como reminiscencia de los diseños arquitectónicos de los baúles más antiguos, aunque el color rojo sigue predominando.

Es posible que los ajuares de bordados y tejidos ya no estén de moda, pero los baúles son cada vez más buscados porque se han transformado en artefactos artesanales, sociales y poco comunes que pertenecen a un tiempo pasado.

Por Caroline Stone
De «El arte de los baúles de ajuar»
Con información de: Revista Saudí Aramco World

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