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Arqueólogos hallan la tumba de Aristóteles en Estagira

Aristóteles (óleo de Francesco Hayez, 1811)

Un mausoleo importante sería, según las investigaciones, el lugar al que los estagiritas llevaron las cenizas de quien era considerado héroe local.

Una noticia inesperada y sensacional: el arqueólogo Costas Sismanidis anunció en Tesalónica, durante el congreso internacional «Aristóteles, 2.400 años», el descubrimiento de la tumba del filósofo, que ha sido identificada durante las excavaciones en su población natal, la antigua ciudad de Estagira, en la península Calcídica.

Dicha península, a menos de dos horas de Tesalónica, era parte del reino de Macedonia hace 24 siglos. El lugar, muy cerca de la acrópolis y con vistas sobre la bahía, tenía un altar para sacrificios, y una arquitectura que revela su importancia. Después de conocerse la noticia, los más de 250 estudiosos del filósofo provenientes de 40 países visitaron el lugar donde Aristóteles vivió hace 2.400 años.

Sismanidis mostró los resultados de la excavación que comenzó en los años sesenta, llegando a la conclusión de que esta tumba pertenece al filósofo. Se trataría, según indicó, del monumento funerario donde los habitantes de Estagira depositaron en su día las cenizas de Aristóteles tras su muerte por causas naturales en Calcis (Jalkida, en la isla de Eubea).

Le honraron con honores al considerarlo héroe, salvador, legislador y el segundo «fundador» de la ciudad, ya que gracias a su mediación ante el rey Filipo de Macedonia se refundó en 340 la ciudad, la misma que había sido destruida por el padre de Alejandro en el 349 a. C.

La evidencia arqueológica y las fuentes literarias clásicas llevan a concluir que la tumba encontrada solo puede ser de Aristóteles, ya que es grande y abovedada (alcanzaba los 10 metros), tiene una planta rectangular y suelo de mármol. En realidad, primero sospecharon del mausoleo porque era incongruente con una construcción bizantina posterior.

La tumba se encuentra entre una galería del s. V y el templo de Zeus Salvador y de Atenea, del s. VI, cerca de la ciudad antigua, en la pequeña península de Liotopi, y del pueblo actual de Olimpiada. Y se ha descubierto que la tumba estaba recubierta con tejas de la fábrica de cerámica real, lo cual demuestra su carácter público y eminente. Asimismo, existía una amplia carretera que llevaba a la entrada del monumento, haciéndolo fácilmente accesible para ceremonias con entrega de honores y premios así como de ofrendas, para las que tenía un altar.

El arqueólogo dejó bien claro que «no tenemos ninguna evidencia pero sí fuertes indicios que nos llevan casi a la certeza. El lugar donde se construyó el monumento se encuentra dentro de la ciudad y cerca del Ágora, tiene una vista panorámica en todas direcciones. La construcción parece incompatible con otros usos». Sismanidis también comentó la importancia del carácter público del edificio y el hecho de que se construyó con rapidez, con material de calidad pero diverso.

Pero el arqueólogo destacó que su labor se vio dificultaba al encontrarse la tumba bajo una torre bizantina cuadrada construida muchos siglos después. Los bizantinos durante la construcción de la torre habían removido las capas arqueológicas anteriores.

Las primeras excavaciones comenzaron en los años sesenta con el arqueólogo F. Petsa. Y a principios de los años noventa continuaron dirigidas por Sismanidis, director del departamento arqueológico de Antiguedades Prehistóricas y Clásicas No.16. El arqueólogo ya lo había anunciado como hipótesis en 1996, pero ha sido ahora cuando ha podido confirmarlo.

En la excavación se encontraron objetos de cerámica, y más de cincuenta monedas que demuestran que la tumba es de la época de Alejandro Magno. Además, fuentes literarias señalan que los restos de Aristóteles están ahí enterrados: se basan en el manuscrito 257 de la Biblioteca Marciana de Venecia y una biografía árabe de Aristóteles.

Según ambos documentos, tras el fallecimiento de Aristóteles en la isla de Eubea en el 322 a.C. los habitantes de Estagira llevaron sus restos en una urna de cobre, la enterraron en un gran sepulcro en su ciudad y erigieron un altar en un lugar que denominaron «Aristotelión». Era ahí donde se reunía a partir de entonces su asamblea y se crearon grandes fiestas anuales, denominadas «Aristotélicas».

Por Begoña Castilla
Con información de ABC

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Virginia Luque: “El legado andalusí fue un regalo para el mundo”

Virginia Luque ©Álex Gallegos

Virginia Luque nos cita cerca de la Mezquita. Y no lejos de la calle del Pañuelo. La historiadora de Al-Andalus y del legado andalusí considera que algunas de las estrechas calles del cogollo monumental todavía conservan la esencia arquitectónica y cultural de su pasado musulmán, a pesar del efecto del turismo. Por eso, con la publicación de su último libro, El legado de Al-Andalus, busca este rincón en Córdoba para ilustrar una entrevista en la que expresar su devoción por una cultura transfronteriza que tuvo como principal cuna Andalucía pero que hoy se irradia y se recuerda por todo el norte de África y buena parte del resto del mundo musulmán.

Gestora cultural, comisaria de exposiciones y autora de más de una decena de publicaciones, mantiene vivo su blog El Diván de Nur, donde divulga conocimientos sobre historia, antropología, literatura y viajes al Magreb y por todo el Mediterráneo. Un espacio donde la historiadora, como dice en la introducción de su libro, “supera los obstáculos de la rigidez dogmática e imperante”.


 ¿Qué es un dogma para un historiador?

Es el imperativo que recae históricamente sobre un historiador o un investigador que se dedica a la ciencia histórica.

¿Cuál fue tu último viaje y cuál va a ser el próximo?

Mi último viaje fue a Chauen hace un año, precisamente, para ir recabando una información que necesitaba para este libro. Fue con ocasión también de una conferencia que di en Ceuta sobre los sabios de Sebta y aproveché para visitar esa bellísima ciudad del norte de Marruecos. Mi próximo viaje será dentro de una semana muy cerca de allí, en M’diq, muy cerca de Ceuta. Por cierto, M’diq en árabe significa estrecho.

¿Siempre has sido viajera o alguna vez fuiste más turista?

No me considero para nada turista, me considero más viajera. Es como recogía en El cielo protector Paul Bowles en sus estancias en Marruecos. Cuando uno viaja por el Magreb en realidad uno se acultura y se desposee de todos sus principios culturales para abrirse y recibir los magníficos componentes de esas ricas tierras.

Virginia Luque ©Álex Gallegos

Soy una investigadora libre

¿El norte de Marruecos es el sur de Andalucía o viceversa?

(Silencio) Hay muchos elementos comunes entre Andalucía y el norte de Marruecos, evidentemente. Y de la misma manera que el sur de Andalucía puede considerarse el norte de Marruecos, el norte de Marruecos puede ser como el sur de Andalucía. Son territorios cercanos geográficamente, culturalmente, espacialmente e históricamente.

¿Cruzando el estrecho te sientes en casa?

En el norte de África, la virtud de la hospitalidad de sus gentes consigue que casi nos sintamos mejor que en casa.

Hace solo unos días se publicó un informe en que se señalaba que la islamofobia se ha duplicado en tan solo un año y que se han contabilizado hasta 573 incidentes, de los que un 14,14% iban dirigidos contra mujeres.

Desconocía estos datos y no es precisamente la visión que tengo cuando cruzo el estrecho y me encuentro con muchos viajeros que proceden de Andalucía y de las provincias más cercanas, como Cádiz. Ellos, evidentemente, van no como turistas sino más como viajeros, por eso no dejan de sorprenderme datos así.

¿Y a qué crees que podría deberse este desconocimiento o rechazo de algunos andaluces con respecto a sus vecinos del sur?

Habría que mirar bien esos informes porque se basan en muestreos y sería interesante ver dónde se han hecho porque no es lo mismo preguntar en un barrio determinado de una ciudad que en una zona céntrica de cualquier municipio andaluz. Porque no podemos generalizar ese tipo de ideas. En cualquier caso, creo que se debe, desgraciadamente, a la ola que hay de islamofobia que se está extendiendo no solo por Andalucía, sino en España y en resto de Europa a raíz de esta inseguridad global que sufrimos.

Un historiador tiene que patear realmente el terreno

Y que sufre especialmente el propio mundo árabe.

Efectivamente.

¿La forma en la que enseñamos Historia en el sistema educativo puede tener algo que ver con este problema?

Creo que se debe más a un impulso reciente, a un miedo, a una sensación de temor en ciertos colectivos que se dejan guiar más por instintos que por la razón.

¿Pero la educación no podría servirnos de vacuna ante esa forma de pensar más instintiva que racional?

No sé si en las políticas de sensibilización ha habido un fracaso, pese a que ha habido programas educativos y sociales muy bien planteados. Habrá que preguntarse qué es lo que falla, si ha habido una inversión por parte no solo de fondos europeos para luchar contra esa fobia transfronteriza hacia el otro. Si es así, ¿qué falla entonces? Ha habido programas que han revertido positivamente en la sociedad en los últimos años; por eso habrá que ver qué pasa. Pero insisto: es verdad que en estos dos últimos años el tema de la seguridad se ha vuelto mucho más duro. Olvidamos muy fácilmente lo que hemos aprendido y se tiende mucho más a desaprender que a aprender.

¿Hemos aprendido o enseñado mal nuestro pasado y legado andalusí?

Habría que consultar bien los currículos de Secundaria y Bachillerato. Además, claro, la historia de Al-Andalus es solo una parte de la historia de España y en nueve meses da poco tiempo a profundizar bien en la complejidad de sus ocho siglos. Pero creo que deberían existir, sobre todo, transversalidades con otras asignaturas como la Literatura. Tenemos una asignatura que se llama Literatura Española, ¿pero realmente estudiamos literatura de la península Ibérica? ¿Realmente estudiamos literatura catalana, gallega, vasca o andalusí? Porque esta última fue una literatura producida por auténticos genios que hoy son valorados en el mundo árabe como si fuesen autores de la talla de Cervantes. Hablamos de Ibn Hazm, Averroes, Ibn al Jatib

¿Qué has aprendido tú escribiendo este libro?

Que estoy en el comienzo todavía.

Mi trabajo, que considero riguroso, es de divulgación

¿Y cómo fue el comienzo del libro?

Pues se remonta a más de 20 años atrás (risas). Fue un proceso individual de exploración e indagación de fuentes, primero aquí en Al-Andalus. Necesitaba conocer y estudiar aspectos relacionados no solo con la cultura material y la arqueología, sino también con las crónicas. Cuando estudiamos historia, muchas veces no nos detenemos tanto en las crónicas y las fuentes primarias. Y la verdad es que no fue hasta que tomé contacto con las fuentes andalusíes y árabes que hablan sobre Al-Andalus, cuando realmente descubrí mi acicate para seguir adelante. Invito a nuestros lectores a que puedan consultar un fragmento de la obra de Ibn Hayyan, uno de los grandes historiadores de la Edad Media de la península que vivió entre los siglos X y XI y que se supone que está enterrado en el arrabal de Shaqunda. Si leemos el Muqtabis II o V veremos qué grado de detalle y narración se alcanza. Yo siempre lo comparo con una especie de máquina del tiempo. Por ahí empezó mi interés con todo lo que tiene que ver los estudios andalusíes. Pero tuve un punto de inflexión hace 14 años, cuando empecé a trabajar en un proyecto de investigación sobre el patrimonio inmaterial entre Andalucía y Marruecos. Entonces, empecé a pensar que un investigador no se tiene que encerrar tanto en una biblioteca, consultando fuentes, sino que también tiene que patear realmente el terreno, concebir y analizar los espacios, la componente humana, hacer trabajo de campo hablando con las gentes y las familias y reconstruir todo ese proceso que tal vez queda cojo solo con las fuentes. Hay un trabajo empírico que hay que realizar.

Ahí estás aunando distintas ciencias humanísticas. Además de la historia, hablas de geografía, antropología, filología… No suele ser habitual una manera tan interconectada de plantear los trabajos especializados en España.

Y soy una investigadora libre. No pertenezco a ninguna institución, aunque es verdad que colaboro con la Universidad de Córdoba en el departamento de Humanidades, aunque no tenga nada que ver con mi línea de investigación. Este trabajo es completamente vocacional y sin ningún tipo de financiación. He tenido que ahorrar para poder pagarme mis viajes, aunque es verdad que he podido aprovecharme de alguna que otra beca de enseñanza en lengua árabe que me fue concedida en 2009 para ir a Túnez. Aprovechaba estas estancias para poder realizar este trabajo. También he tenido la suerte de trabajar puntualmente en Marruecos, desde la región oriental a norte para intentar explorar cuestiones útiles para el libro. Pero es verdad que no es una forma habitual de trabajar porque se nos enseña que tenemos que especializarnos en una parcela y es casi ambicioso y osado intentar salirnos del camino ya trazado de nuestra especialidad.

En Oujda (Marruecos) los músicos conocen los zéjeles del cordobés Ibn Quzman. Eso no pasa en Córdoba.

No pretendo ser ambiciosa y lo dejo claro en la declaración de intenciones que es el prólogo: no busco vanidad ni protagonismo con este libro, sino que el objetivo es el deseo de transmitir, me siento una más, un eslabón en una cadena muy larga. Soy una investigadora más que se intenta asomar a esta cuestión y muy humildemente, con total respeto por otras disciplinas de la ciencia y de la mejor manera que he creído posible con una metodología de investigación histórica que es a la que más recurro como historiadora que me siento y soy. Pero sumando otros aspectos en los que he evolucionado científicamente en campos como pueden ser la arquitectura –por un máster en el Instituto andaluz de patrimonio- ya te va permitiendo mirar las cosas de otra manera.

En ese máster nos obligaban a rechazar nuestra identidad científica y a ponernos en el pellejo de otras profesiones que trabajaban el patrimonio, como por ejemplo los arquitectos, los geógrafos o los antropólogos. Y recuerdo preguntas de exámenes bastante atípicas en las que nos pedían analizar un problema patrimonial pero desde la perspectiva de la arquitectura; mientras que a los compañeros arquitectos les tocó esa misma pregunta pero desde la perspectiva de un historiador, de tal manera que ese bagaje nos permita expandirnos por otros caminos. Y en mi caso también está mi filia obsesiva por el mundo del arabismo. En ese sentido es verdad que estudié árabe pero no filología árabe.

La propia diáspora generó el mito y la nostalgia hacia Córdoba

Ante todo, me siento historiadora pero realmente disfruto no solo leyendo las fuentes y las crónicas andalusíes sino estudiando los trabajos de nuestros grandísimos arabistas, desde García Gómez, Julio Caro Baroja, Domínguez Ortiz y Mikel de Balza, profesor de la Universidad de Alicante ya fallecido y quien mejor aportó conocimientos sobre Túnez y sus moriscos. Su obra es de una claridad absoluta y conjuga todo lo que puede aportar un arabista y un investigador de la historia moderna y contemporánea. Para mí ha sido un referente y siempre lo estoy citando. Otros referentes en mi carrera son Jorge Lirola Delgado y su magnífica Enciclopedia de Al-Andalus, que nos ha ayudado mucho a adentrarnos en ciertas biografías de personalidades que desconocíamos y de andalusíes que emigraron. También nos sirven de referencia historiadores como Bernabé Pons, alumno de Mikel de Epalza; o arqueólogos como Henri Terrase, de la escuela francesa. Otros expertos son Muhammad Benaboud, que es un grandísimo historiador que se especializó en la Córdoba taifa y que aporta un gran trabajo para comprender la medina de Tetuán y todos los procesos históricos de los moriscos de esa zona. Y no me puedo olvidar de Manuela Cortés, cordobesa de la Universidad de Granada.

Has desarrollado tu carrera al margen de las universidades. ¿Una decisión sobrevenida o intencionada?

La verdad es que no se dieron las circunstancias favorables para desarrollar esa carrera científica por los problemas de los recortes. Acabé la carrera en 1997 y después llegaron los recortes en el mercado de la investigación y tal vez me faltaron apoyos. Tuve muchos inconvenientes, me aconsejaron que dejara la cuestión y afortunadamente desoí esas recomendaciones y como mi cuestión es casi vital pues me acompañará todos los días de mi vida. Respeto profundamente a la comunidad científica, valoro y considero mis fuentes de información fundamentales que utilizo para mi trabajo, que considero riguroso, pero que evidentemente es de divulgación.

A veces parece que, precisamente, los historiadores no hacen cercana una materia que debería de resultarnos accesible a todos.

Coincido contigo. Hace poco leí dos entrevistas, una a Francisco Núñez Roldán, profesor de Historia Moderna jubilado y que se preguntaba para qué existía la historia si no trascendía socialmente. La otra entrevista era a Eva Díaz Pérez, una escritora sevillana que comentaba que con su manera de contar la historia trataba de hacerla accesible y huyendo del lenguaje críptico que usamos los historiadores. Cuando leí aquello me dejó planchada porque a mí se me ha criticado un poco a nivel de investigación por el hecho de usar un lenguaje excesivamente fácil. No sé qué problema puede haber en eso. No conozco otra forma de escribir en la divulgación o en hacer fácil lo que aparentemente puede ser difícil. Y no dejo de citar las fuentes.

Fuentes como las memorias del rey Abd Allah de Granada, escritas desde el destierro.

Las recomiendo encarecidamente y me sirvieron para contar el complejo siglo XI. La escribió en Agmat, donde fue enterrado con su opositor político y enemigo en Al-Andalus que era el rey de Sevilla. En su momento, aquella ciudad, hoy muy pobre, fue una ciudad rica y caravanera. Hoy nadie va a Agmat pero siempre hay algún arabista, fueron los hispanistas y los arabistas y los románticos que conocían bien la historia y la poesía del rey Almutámid de Sevilla. También atrajo a andalucistas como el propio Blas Infante, que descubrió la tumba. Sobre ella se levantó un mausoleo en los años sesenta. Pero nadie sabe que 100 metros más allá está la tumba de Abd Allah. Por eso titulamos el capítulo como Reyes desterrados, vecinos enterrados.

Aquí lo andalusí suena a anacronismo mientras que en Marruecos se cita en la Constitución.

Porque esta extraña pareja terminó allí empujada por los almorávides.

Claro, les pidió ayuda el rey de Sevilla porque les amenazaba Alfonso VI tras la caída de Toledo y les echó un cable en la batalla de Zallaqa. Y tras rechazar a los cristianos fueron uno por uno tomando todos los reinos y reyezuelos de Al-Andalus. Apresó al rey Abd Allah de Granada y todo eso lo cuenta él en unas memorias subjetivas pero en las que no deja demasiado mal parado al rey de Sevilla, aunque fuese su enemigo. Cuando llegan los almorávides se los llevan presos.

El libro se basa en las crónicas de primera mano de casi el momento de personas que ordenan la realidad que les tocó vivir por escrito y sujetos a su propia subjetividad. ¿Cómo recoges todo eso para tratar de ser lo más imparcial u objetiva posible?

Intento ser objetiva porque recopilo, compilo y expongo en función de mis lecturas y mi trabajo de campo fruto del contacto con las fuentes y el territorio. Y siempre saltando de las diacronías a las sincronías y viceversa. Y a partir de ahí, dejo que el lector deduzca. Intento que no haya carga ideológica. Yo hago narrativa histórica y trato de que sea lo más fácil, accesible y amena posible viendo cómo toda esa herencia ha llegado a la actualidad y ha tomado muchos caminos. No podemos hablar de autenticidad, eso sería un crimen, pero sí que hay un cúmulo de herencias que ha tomado forma en todas las manifestaciones culturales.

¿Por ejemplo?

En la música. Realmente de las músicas andalusíes que se hacen hoy en modo tradicional y clásica, conocida como nuba y que se cantaba en la corte del Alcázar de Córdoba o en las almunias califales en el siglo XI lo único que nos queda es la literatura. Eso es imborrable. Me he llegado a encontrar con que nuestro gran artista de Córdoba, Ibn Quzman, que debería de formar parte de los programas de literatura en Secundaria por la forma popular, trovadoresca y muy divertida de sus obras, es muy apreciado en Marruecos. En Oujda (Marruecos) los músicos conocen los zéjeles del cordobés Ibn Quzman. Eso no pasa en Córdoba. Y lo admiraban porque tenía piezas tan atemporales que mil años después podía ser interpretado y vocalizado en árabe como si se hubiese compuesto el día anterior. Y eso les pasa también porque el legado andalusí lo tienen perfectamente integrado en su acervo propio. Al-Andalus fue aquel periodo tan interesante en el que se conjugó lo clásico con una compilación de saberes de herencia clásica que produjo una efervescencia cultural tan grande que con la diáspora se vomita todo eso, se expulsa y se expande. Y mucha de esa transmisión oral se hizo por vía femenina, como ocurrió con los sefardíes.

Pero Córdoba y Al-Andalus también sirven de inspiración a autores contemporáneos.

Sí, eso sale en el último capítulo del libro, tanto en la literatura, teatro o cine. Un director usa a nuestro Averroes de una manera anacrónica para defender el librepensamiento. Y Rosa Martínez Lillo nos cuenta que en literatura se ha creado un término para expresar el sentimiento de algunos árabes al llegar a Córdoba. Es lo que se conoce como wayd. Es una palabra que significa a la vez melancolía, alegría, nostalgia y tristeza. Córdoba forma parte de un mito y González Alcantud, al que le tengo mucho respeto y admiro mucho, ha dicho desde el punto de vista antropológico que la propia diáspora generó el mito y la nostalgia hacia Córdoba desde el primer momento. Él considera que hay más partes de pathos que de logos y es partidario más bien de deconstruir la misma narrativa histórica que yo defiendo (risas). También Pedro Martinez Montálvez, que en sus libros Significado y símbolo de Al-Andalus, España y España en la literatura árabe contemporánea nos ayuda a entender cómo se desarrolla el mito y cómo la literatura termina idealizándose. De la misma forma que se terminó idealizando la relación entre Ibn Zaydún y Wallada, pero Mahmud Sobht, que es el máximo experto en el poeta, pone en entredicho que la relación existiese tal y como la cuentan. Pero el mito ya funcionaba en época contemporánea a su escritura y corrían primero en boca de los cordobeses para rápidamente cruzar el estrecho.

Ese intercambio no paró por el estrecho. Hasta el siglo XVII con la expulsión de los moriscos.

En Testur, un pueblo a unos 60 kilómetros de Túnez, se hizo una arquitectura mudéjar a pesar de que los últimos migrantes del XVII que llegaron estaban más habituados al manierismo y al barroco. Que también se inserta en unos pueblos cercanos. Pero en este caso, como los que se instalan en Testur venían de Aragón, llegaron empapados del mudéjar turolense. Y lo más curioso es cómo las comunidades de emigrantes se fueron instalando por sus orígenes. Los moriscos extremeños, por un lado, los valencianos, por otro, los catalanes por otro. Y ahí tienes a los tagarinos (tagar significa frontera) y son los catalanes y valencianos que hablaban catalán. Y ellos dieron nombre a un barrio del centro de Argel que se llama Les tagarins y en Testur conservaron el catalán durante siglos. Y el castellano se mantuvo en Túnez hasta el siglo XIX. Perdimos mucho, pero ellos ganaron y se apropiaron de algo que ya forma parte de su identidad, lo andalusí; y no solo entre los descendientes de los moriscos sino en la cultura de todos los habitantes. Incluso en la nueva constitución de Marruecos, en su preámbulo, se tiene en cuenta la pluridentidad de Marruecos citando a los andalusíes, los beréberes, los árabes y los judíos. En nuestro Estatuto se habla de multiculturalismo. Aquí lo andalusí suena a anacronismo mientras que en Marruecos se cita específicamente.

El legado andalusí se transmitió por vía femenina, como el sefardí

Porque queda en las ciudades.

Mira Tetuán o Rabat o Tánger. Es muy gracioso porque hay piques entre Tánger y Tetuán. Los primeros llaman pijos a lo segundos porque los de Tetuán son descendientes de moriscos y muchos de ellos pertenecientes a la nobleza granadina y esas élites siempre estuvieron cerca de los sultanes de Marruecos hasta tal punto que se les llama pijos y se hacen chistes sobre ellos. Es verdad que son caracteres totalmente distintos. Los tangerinos son abiertos y mediterráneos, mientras que los tetuaníes son más como los cordobeses, más reservados y discretos. Esto no es científico lo que estoy diciendo pero son pinceladas de mis viajes desde un punto de vista antropológico. No se puede generalizar un carácter, pero está claro que Tánger es una ciudad completamente abierta y Fez o Tetuán son mucho más herméticas y misteriosas.

Por Manuel J. Albert
Con información de Cordópolis

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La sal, raíz de la tierra

La sal es una de las sustancias minerales más abundantes en la naturaleza y se la conoció desde tiempos antiguos, debido a su importancia nutricional y medicinal en el ser humano, y por otra parte, por ser imprescindible como condimento en los alimentos para resaltar su sabor. Se ha empleado para conservar los alimentos y también se le han atribuido significaciones religiosas, poderes malignos e incluso propiedades claves en las prácticas de la alquimia. Su industrialización arranca de la prerromanización, siendo potenciada después por los romanos; en las liturgias pagana y cristiana formaba parte de sus ritos sagrados, como el bautismo, la consagración de templos, la bendición de aguas.

El valor simbólico de la sal y el sentido ritual que la acompaña tiene su explicación en el origen de la sal y sus aplicaciones prácticas. Entre los diversos significados asociados a ella se encuentran la fecundidad, salud, protección, pureza, lealtad…

Podemos establecer una absoluta identidad en la configuración mental de seres tan lejanos entre sí, en el espacio y en el tiempo, como puede serlo un campesino medieval escocés y un sacerdote del antiguo Egipto, creyentes de las supersticiones en torno a la sal. Lo que permite llegar a establecer la existencia de un sustrato cultural común para gran parte de las creencias.

Estamos tan acostumbrados a su presencia que nos olvidamos de su amplio y polifacético contenido simbólico. Pues, ¿quién no ha oído o leído mitos y leyendas sobre este singular condimento?

De lo religioso a lo profano…

En la cultura de los pueblos antiguos, la imagen de la sal va unida a los conceptos de fidelidad y hospitalidad, de la amistad y de la mutua confianza. De igual manera que los elogios a la sal han sido numerosos; también referencias a la misma se han utilizado como maldiciones. Así en la Biblia se dice que al malvado se “le dé casa en el desierto y albergue en una tierra salada” (Job, 39, 6) y en otra parte dice “permanecerán en la sequedad del desierto, en tierra salobre e inhabitable” (Jer., 16, 6).

Dentro de la liturgia católica la sal se considera símbolo de pureza, de ahí que en la ceremonia bautismal, el bautizado reciba unos granos de ese mineral para asegurar su alegórica purificación. En la Biblia, la sal es un medio simbólico de unión entre Dios y su pueblo (Levítico, 2, 13) y Elíseo purifica una fuente echando sal en ella (II Libro de los Reyes, 2, 19). En el sermón de la montaña Jesús llama a sus discípulos la sal de la tierra (San Mateo, 5, 13) y el padre de la iglesia Jerónimo llama a Cristo la sal redentora que penetra en el cielo y en la tierra.

Los sacerdotes egipcios no consumían sal, pero preconizaban derramarla sobre las ciudades destruidas por las guerras y las epidemias para alejar a los demonios; algunos afirman que esta costumbre persistía todavía durante las guerras púnicas y que las ruinas de Cartago fueron rociadas de sal por los romanos. Esto mismo hizo Abimelech con la conquistada ciudad de Siquem (Jueces 9, 45). El hermetismo da a la sal el valor del principio neutro, la sal se encuentra con el azufre y el mercurio, símbolos de los principios masculino y femenino, en el Gabinete de reflexión donde está situado durante algún tiempo el candidato a la iniciación masónica.

Al receptáculo de la sal, el salero, se le ha tenido tanta reverencia supersticiosa como a su contenido. El simbolismo de él es usualmente femenino como es indicado por el cumplido español llamando a la amada “el salero de mi amor”. Los saleros, a menudo de gran magnificencia, eran y todavía son uno de los regalos favoritos de las bodas. En Roma el salinum paternum constituyó una especial herencia familiar que se transmitía de generación en generación. En tiempos clásicos el salero compartió la naturaleza de un vaso sagrado, asociado con el templo en general, y más particular con el altar. Para los romanos era una cuestión de principio religioso ya que ningún otro plato se ponía en la mesa hasta que el salero estaba colocado. En el patio de las casas romanas se colocaba un salero, dando a entender con ello la separación entre los individuos de la familia y los extraños a ella.

La colocación del salero en la Edad Media era una ceremonia compleja, y el resto de los elementos se disponían en relación a él. Con el transcurso del tiempo, la sal fue adquiriendo carácter social, así el rango de los invitados a un banquete era precisamente indicado por su asiento Con relación a un salero de plata -en la mesa de los ricos siempre se presentaban magníficos saleros ejecutados por los más afamados orfebres y en las familias pobres se contentaban con emplearlo de loza- puesto sobre la mesa; el dueño de la casa y los huéspedes importantes solían sentarse cerca de él. En esta época estaba muy arraigada la creencia supersticiosa de que verter sal en público, pues es un símbolo de amistad, acarreaba mala suerte; por ello quien había tirado el condimento debía de arrojar un poco más sobre su hombro izquierdo, ya que se creía que ese lado era siniestro y que allí se agrupaban los espíritus malignos. Es posible que esta creencia se base en un célebre pasaje bíblico, donde la sal es vehículo para el castigo divino. Según el Génesis (19, 1-29) un emisario del Señor habló a Lot, ordenándole que tomase a su esposa y sus dos hijas y abandonara la corrupta ciudad de Sodoma, sin volver la vista atrás por ningún motivo. Cuando Sara, la mujer de Lot, se volvió para mirar, quedó transformada en estatua de sal. Esta narración parece nacida de la imaginación popular que con frecuencia cree reconocer formas humanas en las rocas curiosamente esculpidas por la erosión. Otra explicación bastante convincente aportada por Rafols es que leyendo el capítulo 14 del Génesis se fija el escenario en el mar Muerto, lo que permite deducir que la muerte de la mujer de Lot le sobrevino a causa de las emanaciones sulfurosas Con lo cual es lógico pensar que su cuerpo se cubriese inmediatamente de incrustaciones salinas. Como alusión a las ruinas de Sodoma y Gomorra se reitera que “El convierte las tierras fértiles en salinas para castigar la malicia de sus habitantes” (Sal., 107, 34).

Antiguamente, la ausencia de un salero sobre la mesa era señal de un importuno presagio, pues la sal era símbolo de amistad. En una de las obras maestras de Leonardo da Vinci, la Última Cena, pese a los cambios posteriores de su composición –Judas sostiene en la mano la bolsa y no el cuchillo y lo que derrama no es un vaso sino un salero- quiere significar el momento trágico de la traición que uno de los apóstoles está a punto de consumar. Cervantes recoge en el Quijote (parte II, cap. LVIII) esta generalizada superstición de que “derramar sal en la mesa es mal agüero”. Algunos supersticiosos dicen que se neutraliza tirando agua por el balcón o la ventana. Otros creen que se deshace el maleficio tomando con los dedos un poco de sal vertida y tirándolo al suelo, hacia atrás, por encima del hombro izquierdo tres veces. La explicación era que para contrarrestar dicho augurio se arrojaba sal por encima del hombro izquierdo para cegar al demonio y después se hacía la señal de la cruz sobre la que quedaba. También se cree que quien pise la sal derramada tendrá disgustos y si la pisan dos novios no llegarán a casarse. Según Luján, el gastrónomo Grimod de la Reyniere, que era un recalcitrante escéptico, escribió: “En cuanto a la historia de la sal derramada en la mesa, que es otra temible superstición, lo esencial es que ella no caiga dentro de un buen plato”. Esta creencia de maleficio por verterse la sal, se fundaba en que, siendo la sal cosa de tanto valor, por su servicio y utilidad al hombre, era lamentable el que cayera al suelo y más si encima se pisaba y profanaba, por lo que para que no ocurriese una desgracia a quien así lo hacía, se echaba sal en la puerta de la casa, para que no entrasen las brujas, ni los malos espíritus en las cuadras de los animales, y muy particularmente si había una mujer que trataba de arrebatar al esposo. Sin embargo, en Inglaterra y Francia era considerado desafortunado servir sal en la mesa. Esta creencia adquiere en círculos anglicanos mayor significado en la expresión popular del dicho: “El que me sirve sal, me ayuda a afligir”. En Italia era una familiaridad indebida cuando la sal es ofrecida por un hombre a la esposa de otro siendo causa de celos y de riña.

Una de las características principales, asociadas a la sal, en el pensamiento popular es la de su ofrecimiento como signo de amistad. El origen de dicho significado está relacionado con una de sus propiedades: su estabilidad. A causa de esta propiedad, la sal era considerada como emblema de perennidad y permanencia, y de eternidad e inmortalidad; en la Edad Media se pensó que por esta razón el diablo detesta la sal.

La sal ha jugado un papel importante en cuestiones de hospitalidad. En países orientales es costumbre tradicional poner sal a extranjeros como signo de buena voluntad y prenda de amistad, y en Europa se presenta a los huéspedes antes de otra comida, significando la fuerza permanente de la amistad. Cuando un abisinio desea hacerle una atención especial a un amigo le presenta un trozo de sal y cortésmente le pide permiso para lamerlo con su lengua. En los países más diversos y en todas las épocas, desde la antigua Grecia a la moderna Hungría, la sal ha sido usada para confirmar pactos entre tribus y las alianzas más solemnes son ratificadas con esta sustancia.

Según las costumbres nómadas, los que han participado del mismo banquete y comido de la misma sal están unidos por un pacto, de ahí la expresión pacto de sal. En algunos pueblos árabes se siguen sellando las alianzas con esta sustancia, con la frase: “hay sal entre nosotros” cuando existe un acto de familias o personas y aún se emplea la expresión “se le negó el pan y la sal” para indicar el más absoluto y cruel rechazo a un individuo.

A partir del siglo XVI, los dueños de las tabernas inglesas acostumbraban a poner un plato con sal en el bar para que los clientes la estuvieran probando mientras bebían una copa; los rusos sirven un plato con pan y sal como símbolo de bienvenida.

Simbolismo de la sal en el folklore y la superstición

La gran importancia atribuida a la sal condujo a considerarla con poderes sobrenaturales, y ha sido ampliamente empleada en procedimientos mágicos. Su función principal estaba relacionada con apartar la influencia del espíritu maligno. La sal detestada por los demonios es casi un pensamiento universal, la única excepción que comenta Jones, está en el folklore húngaro donde por el contrario los seres malvados son aficionados a ella. La sal no estaba presente en los banquetes del diablo y de las brujas. Ha sido uno de los productos encantadores contra el poder del diablo, de magos, de brujas, del mal de ojo, y en general de las influencias negativas. También protegerá a los campos de las malas influencias. Y se usó para prevenir las almas del muerto en el más allá devolviéndole a la tierra y asegurándole la paz en el purgatorio.

El hechizo más temido era el mal de ojo, al cual se achacaban todo tipo de enfermedades, tanto de los niños como de los adultos. Para precaverse de él lo que daba mejor resultado a los judíos que emprendían un viaje, con todos los pronunciamientos a su favor, era echar las suertes con granos de trigo, carbón y sal, y recitar un conjuro. En la provincia de Almería el medio profiláctico empleado, que conserva una vigencia actual, es un saquito cuyo contenido son tres granos de trigo, un puñadito de sal y una miguilla de pan que se les cuelga a los niños susceptibles de ser objeto de dicho mal, y el curandero con la yema del dedo de la mano coge sal bendiciendo a su hijo. En Murcia, para evitar que a un niño muy hermoso le hagan mal de ojo, se le pone entre las ropitas una miga de pan con un grano de sal dentro. En algunos pueblos de la provincia de Salamanca están arraigadas dos creencias supersticiosas: pedir sal prestada trae mala suerte y poner una cruz de sal a la puerta o con puñados de sal hacer una cruz en el aire evitan las tormentas.

La creencia de que determinadas sustancias pueden librarnos de las acechanzas de los malos espíritus y atraer sobre nosotros toda clase de venturas existió ya entre los hombres de las más primitivas civilizaciones. Así la sal se ha empleado como amuleto, como sucedió con la penitenciada valenciana Bautista Guillén en 1725, que llevaba siete granos de sal en la manga para lograr su libertad. En una obra clásica de la brujería Malleus malleficarum relata Sprenger y Kramer lo siguiente: “El juez y sus asesores en un proceso de brujería no debían permitir que les tocara la bruja, pero siempre llevaban con ellos sal consagrada el Domingo de Ramos”. La sal es una sustancia efectiva para defenderse de las brujas y Caro Baroja afirma que uno de los hechos que indican la proximidad de las brujas es que el gallo canta a deshora; entonces conviene echar un puñado de sal al fuego. En Bearne (Francia), se arroja también sal pero cuando se escucha el grito de la lechuza.

Todas estas creencias no tienen otro significado que el de sobrevalorar la sal, interpretando erróneamente sus propiedades, como ocurre cuando entra una persona sospechosa de brujería y se echan unos granos de sal en la lumbre, pues se piensa que al crepitar huyen los espíritus; esta crepitación no es sino la expulsión brusca del agua de cristalización por efecto del fuego.

También la sal preserva a los animales de la mala suerte, pues en la Confolentais (Francia), los campesinos que temían un maleficio sobre su ganado cogían sal con sus manos juntas en copa y la esparcían rodeando a los animales tres veces. Cuando se vende por primera vez la leche de una vaca que acaba de parir, no se le olvidará añadir un grano de sal para que la lactancia no se detenga. En algunos departamentos del oeste de Francia cuando se quiere llevar una vaca a la feria es prudente poner un poco de sal entre los cuernos del animal e incluso en el bolsillo del vendedor para que la venta pueda desarrollarse favorablemente. En Bélgica la sal se mezcla con la comida de una yegua o vaca preñada favoreciendo el nacimiento; en Normandía se les da a las vacas asegurando suficiente mantequilla. En Frigia oriental y Escocia se pone sal en la primera leche después de parir la vaca con el fin de asegurar un abundante suministro de buena leche. En Bohemia (República Checa) se le da a una vaca preñada. La costumbre de frotar la piel de los niños recién nacidos con sal era común entre los árabes y ya es referida en la Biblia (Ez. 16, 4-5). El uso de la sal para proteger al recién nacido contra los demonios malos y malas influencias colocándola en la lengua o sumergiendo al niño en agua con sal estaba en boga en tiempos antiguos por toda Europa y era anterior al bautismo cristiano. Actualmente se pone la sal en la cuna del recién nacido en Holanda, en Escocia era costumbre poner sal en la boca del niño al entrar en casa de un extraño por primera vez.

Estrechamente unido al concepto de incorruptibilidad, está su uso para promover la fecundidad o evitar la impotencia. Este poder milagroso queda reflejado en la costumbre en distintos lugares de Europa de poner sal en los bolsillos del novio para evitar la impotencia. En el sudoeste de Francia se pone sal en el bolso izquierdo del novio antes de la misa de su casamiento con igual fin. En nuestro país una de las misiones de la madrina de la boda en los pueblos es vigilar el lecho de los recién casados para que ninguna persona envidiosa les eche sal en la cama, pues trae consigo disgustos y a un la impotencia o al menos la esterilidad. En Escocia, en la noche antes de la boda, la sal es derramada en el suelo del nuevo hogar con el fin de proteger a la joven pareja contra el mal de ojo. La idea del maleficio prácticamente idéntica al mal de ojo, principalmente surge del miedo contra la impotencia. En Pamproux (Francia), la sal se pone en la ropa de los novios con el mismo motivo y en Alemania la sal es esparcida en el zapato de la novia.

Existe al otro lado del canal de la Mancha un gran número de tradiciones relativas a la sal, como antídoto contra los malos espíritus. En Irlanda, se cuenta que el primero de mayo, ni fuego, ni agua, ni leche debe salir de la casa, y si un viajero pide una taza de leche, se le debe dar esa taza de leche mezclada con sal a fin de cazar los espíritus maléficos. En el mismo país, muy marcado por la tradición celta, se prescribe comer un poco de sal durante las veladas fúnebres por las mismas razones. En esta ceremonia donde la presencia de la sal es necesaria se narra una curiosa costumbre del sur del País de Gales, presente igualmente en Escocia. En estas comarcas, cuando un pobre muere, se sitúa sobre su cuerpo un plato de sal y se clava en la sal una bujía encendida para prevenir la mala suerte. También se recoge una tradición popular por la cual en los pueblos existe un hombre despreciado por todo el mundo y cuya función poco envidiable, consiste en comer los pecados de los difuntos. Para hacer esto, se sitúa sobre el muerto un plato conteniendo sal, el mismo lo recubre con un trozo de pan. El “comedor de pecados” pronuncia palabras rituales, come el pan y se va llevando con él las culpas del difunto. En la isla de Man, se registra un curioso proceso de adivinación por la sal. El primero de noviembre se pone sal en un dedal de coser y se vuelca sobre un plato para formar una pequeña pila. Se hacen otras tantas pilas de sal si hay más personas en la casa y a la mañana siguiente se mira si alguna se ha desplomado; pues la persona a quien estaba atribuida morirá en el transcurso del año. En Hesse (Alemania), durante la noche de Navidad, la más larga y la más negra del año, los malos espíritus son particularmente activos; se sitúan ordenados sobre la mesa doce pieles de cebolla que se rellenan de sal. Las envolturas en las cuales la sal se haya disuelto al día siguiente de la mañana indican el mes del año en curso en el cual la familia estará expuesta a la desgracia y para prevenir la adversidad se arroja enseguida sal fresca que previamente ha sido bendecida.

En la zona centro y en el norte de España ha sido muy frecuente la costumbre de poner sobre el vientre de los difuntos, en el velatorio de un cadáver, un plato con sal, para que no se reviente aunque se hinche; también se solía colocar el plato con sal debajo del ataúd con el mismo fin, y en los pueblos de Albacete colocan además de sal, unas tijeras abiertas. Abandonando el mundo de la superstición y adentrándonos en el ámbito de la razón, lo que sí ocurre es que la sal absorbe el vapor acuoso que sale por las vías naturales del difunto, aumenta de peso y al comprimir las vísceras facilita la expulsión de gases y así se evita la descomposición cadavérica.

El folklore muestra que la sal es aborrecida por el diablo y en leyendas relativamente recientes acerca del sabbat de las brujas, Caro Baroja citando a Cauzons describe el menú de estas reuniones. Consistía en cadáveres de niños recién nacidos y donde se bebía toda clase de licores desagradables y la sal faltaba en todos los alimentos. En Guyena (Francia), se cuenta que si el Maligno no tiene cola, es porque las gentes le han puesto sal sobre este apéndice, lo que le quema horriblemente. El gritaba de dolor y se cortaba a dentelladas la punta quemada, donde no le queda más que un muñón. Este miedo del Diablo hacia la sal existe en el Magreb donde es quizás una supervivencia semítica.

Desde tiempos milenarios, en Japón, se creyó que la sal, colocada en pequeños montones junto a la entrada de las casas, en el brocal de los pozos o en el suelo, tras las ceremonias funerarias, tenía el poder de purificar los lugares y los objetos que hubieran sido manchados. En la actualidad, tras la partida de una persona detestable esparcen sal por el umbral de su casa, y también los campeones de sumo, lucha tradicional japonesa, la extienden sobre el dohyozyo antes de los combates, en señal de purificación y a fin de que el combate se desarrolle con espíritu de lealtad.

Se ha sugerido que existe una relación íntima entre actitudes extremas de la abstinencia de todo género y la excesiva represión sexual. De la misma manera, la sal ha establecido una relación múltiple con la idea de abstinencia sexual. En la región de Tuxlas (México), para llegar a ser hechicero, cuarenta días antes del rito de iniciación, el aprendiz debe guardar abstinencia sexual y una dieta rigurosa de alimentos sin sal. Los célibes sacerdotes egipcios tenían que abstenerse durante cierto tiempo totalmente del uso de la sal, pues en la tierra excita los deseos de muchísimos seres terrenales. La abstinencia de las relaciones sexuales y de compartir sal es prescrita por varios días por los hombres de las tribus de Dyak después de regresar de una expedición en que han tomado cabezas humanas y por tres semanas un indio Pima que ha matado un apache; posteriormente la esposa del hombre también tiene que abstenerse de consumir sal durante los mismos períodos. Las numerosas costumbres muestran claramente que constituyen ritos de purificación y expiación. La abstinencia de relaciones sexuales y de sal también es frecuentemente prescrita durante ritos funerarios u ocasiones importantes. Así los Nyanza del lago Victoria mientras pescan y en la isla de Nias mientras los cazadores colocan trampas para animales salvajes por miedo a los espíritus de los animales que matan o intentan matar. En Uganda cualquier hombre que ha cometido adulterio o consumido sal no se le permite compartir el pez ofrenda sagrado. En México los indios huicholes sufren la misma doble abstinencia mientras se recoge una variedad de cactus que produce al que lo come una especie de éxtasis y se considera una planta sagrada. Los indios del Perú se abstienen marido y mujer del trato carnal y de comer sal por un período de seis meses con ocasión del nacimiento de gemelos, en Nicaragua desde el momento en que se siembra el maíz hasta recolectarlo. Esta práctica está relacionada con el desarrollo de las cosechas. Speck en The yuchi indians refiere que durante las ceremonias de la cosecha de los primeros frutos los indios yuchi de California, observan rigurosamente la continencia y se abstienen de la sal. Los indios de Nueva Granada, en América del Sur, guardaban encerrados desde niños a los que llegarían a ser sus gobernantes o caudillos y debían observar unas reglas muy estrictas, como no ver el sol, no comer con sal, ni hablar con una mujer y si infringía una sola regla, era considerado infame y perdía todos sus derechos al trono. Entre los tiyanos de Malabar, una de las reglas que deben guardar durante la reclusión las jóvenes pubescentes es que deben consumir una dieta estrictamente vegetariana sin sal, tamarindos o chiles, pues se las considera impuras y nadie puede tocarlas. En Bear (India) las mujeres Nagin, prostitutas sagradas viven como esposas del dios serpiente, periódicamente practican la mendicidad y durante este tiempo no probarán la sal, la mitad de sus beneficios van a los sacerdotes y la otra mitad a comprar sal y golosinas para los lugareños. Otra creencia interesante era que el consumo de sal se consideraba afrodisíaco, y estaba prohibido a los ascetas y matrimonios jóvenes, así como a los brahmanes en determinados actos expiatorios.

El aprecio por este recurso ha sido esencial en todas las épocas, especialmente para las poblaciones antiguas cuya alimentación era menos variada que la nuestra. La sal no sólo es el primer condimento o el primer conservante como decía Ausonio en su poema Los alimentos, sino también una necesidad del organismo. Según Horacio el pan y la sal bastarán para calmar la crisis de tu estómago. En la antigua Grecia, Homero llama divina a la sal, la cual se utilizaba en sacrificios expiatorios y misterios para purificación simbólica y afirmaba que los héroes de Troya comían siempre carne condimentada con sal, lo que puede interpretarse como un signo de ostentosa riqueza o que por esa razón eran tan valientes. Platón la describe como especialmente estimada por los dioses. Los árabes la denominan raíz de la tierra…

Referencia: Extracto “De la sal  ¿mito o superstición?”, de Manuel Ángel Charro G. Publicado en la  Revista de Folklore.

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