Archivo de la etiqueta: Crónicas

Marwan Barguti, la política desde prisión

Marwan Barguti

Desde hace más de una década el controvertido líder de Al Fatah, Marwan Barguti, consigue hacer política desde prisión, en esta ocasión movilizando a 1.500 presos en una huelga de hambre que vuelve a retar a Israel y también al liderazgo palestino.

Su popularidad aumentó con su ingreso en la cárcel en 2002 y sigue representada en el inmenso y emblemático grafiti de su rostro junto al de Yaser Arafat, padre del nacionalismo palestino, en el puesto militar de Qalandia que une Jerusalén con la localidad cisjordana de Ramallah.

Barguti nació en 1958 en la villa de Kobar, cerca de Ramallah, y fue un activo miembro del movimiento Al Fatah desde la adolescencia, cuando comenzaron sus recurrentes ingresos en la cárcel y custodias con interrogatorios.

Incluso tuvo que retrasar en varias ocasiones su boda con Fadwa, que dio a luz al primer de sus cuatro hijos cuando él estaba en prisión.

Con 15 años fue encarcelado por primera vez y con 18 fue “desnudado y golpeado en los genitales” durante un interrogatorio de las fuerzas de seguridad israelíes, según relató él mismo en la carta publicada el domingo en “The New York Times”, que ha levantado una intensa polvareda en Israel al ser presentado por el diario como “líder y parlamentario”, obviando que cumple prisión por asesinato.

“Llamar a Barguti ‘líder político’ es como llamar a (Bachar) Al Asad ‘pediatra’. Son asesinos y terroristas”, declaró el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Durante su primera estancia en la cárcel, Barguti aprendió hebreo y en otra de sus excarcelaciones, en 1983, comenzó a estudiar una licenciatura de historia y ciencias políticas en la Universidad de Birzeit que tardó once años en terminar, por sus constantes exilios a Túnez y Líbano.

Fue deportado a Jordania tras su implicación en el comienzo de la Primera Intifada (1987-1993), hasta que la aprobación de los Acuerdos de Oslo, en los años 90, le permitió regresar.

El periodista israelí Ben Dror Yemini, que declaró haber sido su amigo durante esa época, le califica como “uno de los primeros defensores de aquellas negociaciones”, pero pronto se sentiría decepcionado, al considerar que “Israel estaba incumpliendo sus compromisos” con la incesante construcción de colonias en territorio palestino.

En 2002 fue apresado y en 2004 condenado a cinco cadenas perpetuas por participar en el asesinato de cinco israelíes -de los veintiuno que se le imputaban- y a 40 años de prisión por intento de asesinato durante la Segunda Intifada (2000-2005).

Fue acusado de planificar y cometer atentados y de estar vinculado a Tanzim, facción armada del movimiento Al Fatah, y a las brigadas de los Mártires de Al Aqsa, aunque él lo negó y rechazó siempre la legitimidad de Israel para enjuiciarle.

A diferencia de los palestinos que suelen ser juzgados en cortes militares, la condena de Barguti fue impuesta por un tribunal civil, debido a la presión internacional, que exigió garantías en el proceso.

Desde prisión, Barguti medió en una tregua entre grupos armados e Israel en 2003, anunció la creación del nuevo partido político Mustakbal en 2005 y marcó líneas políticas en distintas direcciones.

Este controvertido personaje es también capaz de acumular cargos desde su celda: es miembro del Consejo Legislativo palestino (Parlamento) desde 1996, reelegido en 2006, y recientemente renovó su puesto en el Comité Central de Al Fatah, máximo órgano del partido.

Ha sido comparado por medios y activistas con el sudafricano Nelson Mandela y no son pocos los sectores, también entre los israelíes, que creen que sería más útil fuera que dentro de prisión.

El expresidente de Israel Simón Peres, fallecido en 2016, llegó a manifestar que se plantearía firmar su indulto, una propuesta que recibió un contundente rechazo del Parlamento israelí (Knéset).

Visto por muchos como sucesor de Arafat y ahora del presidente palestino, Mahmud Abás, Marwan Barguti sigue siendo la única figura palestina a la que se le confiere autoridad para unificar las diferentes facciones y mantener un diálogo con Israel.

Barguti no ha participado de manera activa en las huelgas de hambre protagonizadas por otros presos palestinos en los últimos años, por lo que los comentaristas locales especulan con las motivaciones personales que le han llevado a promover esta protesta.

Acusado de querer posicionarse en la esfera pública, su hijo Kasam refutó estas opiniones y sostuvo que ganó las pasadas elecciones internas en Al Fatah “sin tener que involucrarse en una campaña personal o una huelga.”

Lo cierto es que, a falta de un rival político, Barguti consigue mantener su liderazgo desde la celda.

Con información de Terra

©2017-paginasarabes®

Una maestra peruana en Siria

Rocío Rojas desea abrir un centro cultural peruano en Siria. Ilustración: Orlando Arauco

En estos días, donde la humanidad ha mostrado su rostro más perverso, en la agonía de niños inocentes, una peruana persiste en su lucha…

En estos días, donde la humanidad ha mostrado su rostro más perverso, en la agonía de niños inocentes, una peruana persiste en su lucha por enseñar castellano en medio de los bombardeos en Siria. Rocío Rojas conversó con Domingo, desde Damasco, sobre su valioso Centro Hispánico. Ante a la barbarie, cultura.

Fantasmas y princesas de seis años que cuentan hasta veinte y cantan a viva voz, adolescentes que cocinan tortillas de papa, muchachos que escenifican el Inti Raymi, concursos donde se baila desde rancheras hasta carnavales cusqueños.

Desde hace cinco años, en una antigua casona árabe, en el barrio de Afif, en el centro de Damasco, la guerra civil –que ha mutilado más de 300 mil vidas y separado a seis millones de familias– se combate con la educación de un idioma extranjero.

En setiembre de 2013, cuando Estados Unidos dejó en amenazas la brutalidad que consumó hace unos días, también en represalia a un ataque con armas químicas de parte del ejército sirio, los fundadores del Centro Hispánico de Damasco –el último bastión cultural de la ciudad tras el cierre del Instituto Cervantes en marzo de 2012– huyeron.

Españoles, argentinos, venezolanos y chilenos renunciaron al proyecto por el comprensible terror de los estallidos.

Todos, salvo una mujer: la peruana Rocío Rojas Sifuentes.

De ella siempre se ha sabido poco. Su rostro ha sido un misterio que obligó a la prensa a colocar mujeres tapadas y heridas. Se sabía sí que estaba casada con un sirio, y que en julio de 2012 había intentado enviar a sus tres hijos al Perú.

Los malentendidos abundaron: se informó que la habían sacado herida del Líbano. Que dejaba el Centro Hispánico. Que se encontraba volando de regreso a Lima.

Las confusiones explotaron en casa de su familia en Lima, causando el mismo daño de una onda expansiva.

Rocío está a salvo. Enarbolando su vocación, cual escudo, para seguir enseñando.

Aniversario cancelado

El 29 de marzo pasado, por primera vez en cinco años, el Centro Hispánico de Damasco no festejó su aniversario. Las danzas típicas de España y América Latina, alegorías de la esperanza con las que acostumbran celebrar, quedaron refundidas.

ISIS, el grupo terrorista más rico y sanguinario del mundo, que domina el oeste de Irak y el este de Siria, ingresó a Damasco a 30 kilómetros del centro. Se suspendieron las clases. Los paseos. El aniversario.

Rocío y la gran mayoría de ciudadanos quedaron recluidos en sus casas, únicos fortines al alcance.

En esta semana, una lluvia de morteros cayó sobre distintos puntos de Damasco. 25 cada día. 25 veces en peligro de perder la vida. O perder a los tuyos, y con ellos tu vida. Imagínatelo por un instante.

Pero la vida sigue, aun con la fatalidad rondando.

Las clases se reanudaron, como en el 2013, cuando un mortero impactó en la puerta del edificio, en el residencial barrio de Al Malki, donde se hallaba el Centro Hispánico en aquel entonces.

Nadie resultó herido, debido al cambio de hora. Rocío se encontraba dentro.

Cinco son los locales por los que ha transitado el Centro Hispánico de Damasco. Sea por seguridad, sea por costo han retornado siempre a la casona de Afif, también colegio privado por las mañanas.

Las dificultades son tizas chirriando que no detienen a Rocío Rojas: libros caros, alquileres caros, falta de calefacción para soportar la crudeza del invierno sirio (media de 4 °C). Sillas. Proyectores. Pantallas de televisión. Carencias y más carencias.

“En Siria no existen las tarjetas de crédito. Si existieran podríamos adquirir libros online. Lo que tenemos son donaciones”, cuenta Rocío por correo electrónico.

Rocío usa baterías para todo. En su casa no hay electricidad. Preparar clases supone, entonces, quedarse con la refrigeradora apagada o el celular sin batería.

En diciembre, en uno de los episodios más tensos por la caída de las fuerzas rebeldes en el Alepo, no hubo agua.

Las clases continuaron.

“Nunca hemos cerrado. A lo mucho hemos disminuido cursos”, agrega la maestra peruana.

Decisión tomada

Rocío Rojas (46) pisó Damasco en febrero de 2001, junto con su esposo, un sirio que conoció en Rusia, donde cursaron estudios universitarios.

Sus dos hijos mayores, ahora veinteañeros, nacieron en el Perú, y el último en Siria. En el 2012, con la guerra en pleno estallido, decidió desprenderse de ellos y enviarlos a Lima. En el aeropuerto de Beirut (Líbano), con la cancillería peruana resaltando su gran labor en los medios al otro lado del mundo, les impidieron la salida por ser menores de edad, y no contar con el permiso para cruzar territorio brasileño, ruta por donde pasarían.

“Agradezco la mala coordinación de las embajadas. Cuando los vi salir del aeropuerto fui la persona más feliz. En ese momento pensé nunca más separarme de ellos”.

Rocío conserva el vínculo de sus hijos con el Perú de la manera más apropiada: a punta de cucharones y bocados.

En casa, dos preceptos: se come peruano y se habla español.

Rocío no contará más sobre su familia ni su vida en Lima hace 16 años. Sus reservas son entendibles.

-¿Cómo preocuparse por la educación en medio de los bombardeos?

-La guerra terminará y necesitará gente preparada para la reconstrucción. Si puedo apoyar, ¿por qué no hacerlo?

-Entonces, ¿regresar nunca fue una posibilidad?

-En caso de emergencia extrema. Nunca pensé vivir la guerra. Desde que empezó el conflicto pensé en irme, pero ahora que ya han pasado seis años sería ilógico salir. Ya decidí quedarme.

-¿Vale la pena arriesgar tanto?

-Es muy complejo. La gente cree que la solución es viajar sin pensar en lo que viene después. Muchos inmigrantes sirios no tienen estudios ni perspectivas de trabajo. Son discriminados. En mi caso, estoy logrando mi éxito profesional. Seguiré luchando.

-Alguna vez consideró a Siria como “el paraíso de las oportunidades”, ¿qué piensa ahora?

-El conflicto no ha sido obstáculo para que los sirios sobresalgan. Los jóvenes sirios son gente muy capaz. Pienso que algún día volverán, y Siria será otra vez el país seguro, tranquilo, culto y amable que conocí.

Centro cultural peruano

Aunque la motivación principal para estudiar castellano sea abstraerse de la guerra, los cincuenta estudiantes –en su mayoría mujeres– del Centro Hispánico de Damasco poseen diferentes razones: mejorar su hoja de vida, estudiar en un país de habla hispana o, simplemente, acceder a un mejor trabajo.

En ese sentido, el Centro ha cumplido su cometido con sobrado éxito: muchos de sus alumnos han conseguido puestos en las embajadas de España, Cuba, y Venezuela.

Precisamente, son dos profesores venezolanos con quienes Rocío Rojas se reparte la enseñanza. Los cursos constan de 30 horas, y cuestan 18 mil liras sirias (35 dólares).

Hace tres semanas, antes de los recientes actos de barbarie, Rocío creó un club de lectura. El libro elegido fue Amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

¿Vargas Llosa y Vallejo serán los siguientes? Dependerá de las donaciones, pero sobre todo de la próxima aspiración de Rocío: abrir un centro cultural peruano en Siria.

Agatha Christie dejó constancia del mismo embrujo en Ven y dime cómo vives (1946): “Amo ese generoso y fértil país que es Siria y a sus gentes sencillas, que saben reír y gozar de la vida (…) Volveré y las cosas que amo no habrán perecido en esta tierra”.

Quien enseña en las condiciones de Rocío, tampoco.

Por Renzo Gómez
Con información de La República

©2017-paginasarabes®

Cerdeira, el espía que quiso cambiar curso de la Guerra Civil

La fascinante historia de Clemente Cerdeira, que de simple traductor pasó a ser el espía clave de la Segunda República española desde el Marruecos español”, ha sido ahora objeto de una biografía que acaba de ser publicada por el escritor marroquí Mourad Zarrouk.

“Cerdeira (1889-1941) estuvo a punto de cambiar la historia pero murió en el intento”, dijo Zarrouk, que ha pasado 18 años buceando en archivos diplomáticos y familiares hasta concluir “Clemente Cerdeira, intérprete, diplomático y espía al servicio de la Segunda República” (ed. Reus).

En los libros de Historia, Cerdeira sale malparado, y su incansable actividad en favor de la República más sus estrechas relaciones con el nacionalismo marroquí durante la época del Protectorado español y francés (1912-56) no le han permitido cobrar el protagonismo que merece, explicó Zarrouk.

El libro de Zarrouk fue presentado en Casablanca el pasado febrero durante la Feria del Libro, aunque entonces la obra aún estaba en imprenta, y será presentado de nuevo en Ceuta el próximo 17 de este mes.

Llamado por los musulmanes del Marruecos colonial como “Abderrahmán Cerdeira al Andalusi”, el intérprete tenía un excelente dominio del árabe clásico y del dialecto marroquí, además de un profundo conocimiento del islam y la sociedad marroquí, lo que le valió la envidia manifiesta de reputados arabistas de su época.

“Fue respetuoso con el islam y con los marroquíes y estaba muy bien integrado en la sociedad de entonces -cuenta Zarrouk-. Se sentía igual de cómodo en un traje europeo que con una chilaba”, comenta de forma gráfica: de hecho, la cubierta del libro lo representa vestido con las dos indumentarias.

Su dominio de la lengua y cultura árabe se debe a su padre, quien cuando prestaba servicio como guardia en la Legación de España en Tánger en la última década del siglo XIX se dio cuenta que el trabajo de intérprete era altamente apreciado (y remunerado) durante las negociaciones con los marroquíes.

Entonces puso al pequeño Clemente en una madrasa coránica por las tardes, lo que le permitió mezclarse y tejer amistades con los autóctonos, algo impensable en aquella época.

Además de estudiar en España la carrera de Derecho, Cerdeira pasó por la prestigiosa universidad Al Qarawiyyín de Fez, lo que dio rigor científico a sus obras sobre la gramática árabe y a sus traducciones sobre la historia de Marruecos.

Comenzó como simple intérprete en la administración colonial española en el norte de Marruecos al servicio del Alto Comisario, Dámaso Berenguer, pero sus habilidades lo hicieron pasar al rango de negociador en jefe con Mulay Ahmed al Raisuni, el “caudillo de los Yebala”, que daba a España casi tantos quebraderos de cabeza como Abdelkrim.

Cerdeira era “el único español en cuya palabra se fiaba el jerife Raisuni”, subrayó Zarrouk.

Las capacidades de Cerdeira le permitieron escalar en la administración colonial de la República hasta acceder a la diplomacia y convertirse en Cónsul General en Tánger, Casablanca, Newcastle y Liverpool, último puesto en el que acabó su carrera debido a la caída de la Segunda República y el final de la Guerra Civil en 1939.

A lo largo de su trayectoria se ganó el rechazo de los militares españoles africanistas por su percepción “civil” del colonialismo español en el norte de África, así como la enemistad del bando nacional por su activa labor de espionaje en favor de la República.

Cerdeira espió a la administración colonial francesa para servir a los intereses de los españoles en Marruecos, ayudó a armar a los guerrilleros rifeños para sublevarse contra los militares del bando nacional y convirtió durante un tiempo la bahía de Tánger en una base naval de buques republicanos para bombardear posiciones del bando nacional en Ceuta.

Su labor de espía hizo que fuese alejado del Marruecos francés y español hacia Newcastle y Liverpool, mientras su familia (su esposa y tres hijos) quedaron bajo arresto domiciliario en Ceuta.

A pesar de sus insistentes intentos para viajar al Marruecos francés y reunirse con su familia que no pudo ver en cuatro años, los responsables franceses nunca se lo permitieron, y la muerte le sorprendió en un hospital en Niza en 1941 con una maleta a sus pies donde dejó una bandera republicana, publicaciones inacabadas y los recuerdos de su vida aventurera.

Por Fátima Zohra Bouaziz
Con información de El Diario

©2017-paginasarabes®