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Baklawa con café y anís en casa de Olga Harba en Valcheta

La presencia libanesa en toda la región sur rionegrina fue tan intensa que hasta hoy su cultura se palpa en cada acto cotidiano que viven sus pobladores.

En nuestros pueblos el anonimato no existe.

Semanas atrás, en Valcheta, una tarde bien fresca preguntamos:

– ¿Dónde vive Olga Harba?

– Andan bien… ¿ve aquella casa? Bueno, es esa.

No pudo ser mejor la bienvenida en su hogar. La anfitriona, amable. Dispuesta a hablar de la cultura libanesa en su pueblo y de cómo ésta influyó en casi todas las prácticas culturales de la región, contado desde su vivencia. También estaba ahí su hija, María Eugenia Rodríguez Harba. Y también había allí, en el comedor, una inmensa bandeja con unas masas que eran capaces de ejercer un poder hipnótico en quien pudiera verlas. Y olerlas. Y agarrarlas. Y disfrutarlas.

Olga había hecho en versión libanesa uno de los pasteles dulces más deliciosos de Medio Oriente. El baklawa está elaborado con una pasta de nueces trituradas, distribuida en la masa filo y bañado en almíbar, básicamente.

Una bienvenida así, ¿no es genial?

– ¿Cómo los hizo, Olga?

– Originalmente, la receta árabe la realizan con masa philo (rakak). Mezclan ½ kg de harina con 1 pizca de sal. Se le agrega 1 y ½ cucharadas de aceite y cantidad necesaria de agua tibia hasta formar una masa firme y homogénea.

Yo, desde hace bastante tiempo, hago la masa de hojaldre según el libro de Doña Petrona. Se realiza a base de harina común y manteca. Lleva dobleces para que cuando se cocine se levante el hojaldre.

Cuando está hecha la masa se estira de acuerdo al molde que vayamos a utilizar (asaderas).

Se cortan 2 trozos de masa de 1 cm de espesor, colocamos una en la asadera, luego las nueces picadas con el azúcar (bien mezclado) Y la otra masa se corta en rombos o cuadrados chicos en crudo y se lleva al horno durante 45 minutos aproximadamente. Al retirar se le agrega el almíbar.

Y acás las tenés…seguí probando.

Y seguimos probando. Al tercer pastelito el cuerpo pido un mate amargo. Anís, por ahora no.

“Gran parte de los inmigrantes acá en Valcheta fueron sirios y libaneses. Se calcula que el 30% de la comunidad fue de sirios y libaneses. Los inmigrantes árabes llegaron luego de la guerra del ´14. En nuestra familia se calcula que fue por 1920. Primero vino Alejandro Mussi con Abraham Mussi con pasaporte turco. Contaban que anduvieron por Corrientes primero y luego se quedaron en Valcheta. Abraham juntó dinero y trajo a Ale y Medhi Mussi y a José Harba. Ale y José, hermanos de Abraham, Medhi primo. A Abraham y Ale les cambiaron su apellido, como pasó con otros descendientes. El apellido verdadero es Harba. José, Ale y Medhi trajeron pasaporte francés”, cuentan madre e hija.

Hubo otras corrientes de inmigrantes, por supuesto, de españoles, italianos, vascos, rusos y alemanes. “Todos ellos llegaron escapando de la guerra, buscando tranquilidad, trabajo y tener un lugar donde vivir con sus familias. Lo eligieron por el parecido que tenía a su país de origen. La similitud de la geografía. En Valcheta sembraron -como en sus lejanas tierras- olivos y vides. Abrieron huellas en el desierto, constituyeron familias numerosas y contribuyeron a la identidad de nuestro pueblo. Conservaron sus costumbres y siempre tuvieron nostalgia por el lejano país de origen al cual muchos nunca volvieron. Fueron mercachifles, peluqueros, agricultores, vendedores ambulantes, acopiadores de lana y frutos del país y propietarios de ramos generales”, relatan.

La tarde se pone linda ante tantos recuerdos y por el café cargadito que ofrecen las anfitrionas. Los pasteles vuelan con cierta discreción desde la bandeja. “Hay más, eh”, dice Olga. La prudencia en los invitados se impone. Emilse Mortada participa de la mesa. ¡Qué genial es esta mujer apuntando anécdotas del pueblo! (Volver a Valcheta para charlar con ella sería un lindo gusto que podría darme cuando pase el frío intenso)

“La comunidad libanesa tuvo una presencia intensa en nuestro pueblo hasta hoy, momento en que sólo quedan hijos, nietos y bisnietos. A la mayoría de ellos le gusta la comida árabe. Muchos se casaron con descendientes de otras nacionalidades. Mi abuelo se casó con una hija de italiano”, comenta María Eugenia.

Ambas destacan que en 1957 se creó el Centro Cultural Libanés para desarrollar la cultura árabe en la región. Don Tufic Zaher fue uno de los impulsores. En ese espacio, la colectividad realizaba sus fiestas con sus familias y amigos, siguiendo sus tradiciones y comidas típicas para no perder sus raíces. “La convivencia con otras corrientes de inmigrantes fue buena y en total armonía”, afirma Olga, en total coincidencia con lo dicho por otros vecinos de Valcheta.

Olga admite creer, con cierto pesar, que hay algunas familias que no le dan importancia a sus raíces. “Hay poca preocupación en rescatar las raíces de algunas familias. Las personas viven el hoy y listo. Preocupados por diferentes circunstancias de la vida van dejando de lado los recuerdos lo vivido”.

“También contribuyó a que esto pase que muchos de nuestros abuelos no nos contaron todo lo que vivieron, su idioma, cultura y costumbres”, aporta María Eugenia.

En este sentido, la joven expresa que desde hace cinco años “venimos trabajando hijos y nietos para que no seguir perdiendo nuestras raíces. Nos juntamos en el Centro Cultural Libanés. Festejamos la Independencia de Líbano cada 22 de noviembre. Cocinamos en grupo o por familia los platos típicos. También se baila la música de acá y de Líbano, dabke. Cuando se puede viajar se realizan cursos de idioma y danza en otros lugares”.

Se sabe que la comida árabe lleva mucha elaboración y dedicación. Tal vez por eso que cuesta que la haga cualquiera. Originalmente los platos se realizaban con carne de ovino, que era la que abundaba en la región. “Que nunca falten las especias, subraya Olga. Pimienta negra y blanca, de Jamaica, coriandro, canela, clavo de olor, nuez moscada. Condimentos como el orégano, ají, sal, tomillo y yerba buena. Hierbas como la albahaca. El perejil, bastante y bien picado. Que abunden los tomates, berenjenas, cebolla, pepino, chauchas y limón. Mucho limón.

Que tampoco falten el yoghur (laban), los quesos, las aceitunas negras, la ricota, la miel, los dulces caseros y la manteca.

El aceite de oliva, sagrado. Tanto como el anís.

“Todos cocinamos muy bien por estos pagos”, dice Olga. Cada familia tiene su toque personal, el sabor que traen de como cocinaban sus abuelos. Cualquier ocasión está buena para fraternizar, comida mediante. Sea en el Centro Cultural Libanés, con la familia o en la casa de amigos. Todos los momentos son buenos para disfrutar de la comida árabe. “¿Porque nos juntamos? Para compartir la comida que cada uno hizo y bailar; contar historias que nos relataron nuestros abuelos, fumar en el arguile”.

¿Quiénes son los que se juntan? “Uy, somos muchos y me voy a olvidar de algunos. Direne y sus familias. Seleme, Arden, Castañeda, Buganem, Mussi, nosotros los Harba, Rada, Marón, los Mortada…”.

¿Y qué comidas lleva cada uno? Hashuf: picadillos para rellenos de kebbes, pasteles y vegetales. Salsa Taratur. Jobs (pan árabe). Tabbuleh (ensalada), fattuch (ensalada), shjsh (brochetes), uparak Inabi (hojas de parra), kebbes (carne molida amasada con burgol), fatajer o sfijas (empanadas), hommus (crema de garbanzos)…

Y de postre, siempre siempre, café con Baklawa con nueces o almendras.

Como siempre, todo bien regado con anís.

– Olga, ¿por qué calle salimos de Valcheta?

– Sigan derecho y ahí nomás está la ruta.

El día ya se estaba apagando y los abrazos fraternos se incorporaban como huellas a nuestras vidas.

Por Horacio Lara
Con información de Río Negro

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El espíritu de la Sicilia normanda

Pantocrator: mosaico en el techo de la Iglesia Palatina, data del sigo XII ©L. Romano

La isla albergó durante un breve periodo un reino en el que se hablaba árabe, griego y francés normando.

La historia de los normandos en Sicilia comienza con un encuentro fortuito. Un grupo de jóvenes peregrinos normandos, que en 1015 regresaba de Tierra Santa, fue abordado en un santuario de Apulia por una figura extrañamente ataviada que se presentó como un lombardo. Su pueblo, les explicó, había vivido durante 500 años en el sur de Italia, pero la mayor parte del territorio que antaño les había pertenecido se encontraba actualmente bajo la ocupación bizantina. Y, apuntó con énfasis, no tenía por qué ser así. Con la ayuda de unos cientos de jóvenes y fornidos normandos como ellos, se podía enviar a esos griegos de vuelta por donde habían venido; y los lombardos no olvidarían a sus amigos.

Era precisamente la oportunidad que habían estado esperando: una invitación —casi una súplica— a entrar en una tierra rica y fértil que ofrecía infinitas posibilidades para hacer fortuna. Regresaron a Normandía y expandieron la noticia; y así dio comienzo la gran migración hacia el sur de jóvenes aventureros sin ataduras en busca de camorra. En cincuenta años se hicieron los amos de toda el territorio italiano al sur de Roma. El Papa León IX, aterrorizado al ver a las puertas a esos jóvenes conquistadores aparentemente invencibles, lideró un Ejército contra ellos pero sufrió una sonada derrota. Pocos años después, su líder, un tal Roberto Guiscardo —el más sorprendente aventurero militar que hubo entre Julio César y Napoleón—, recibió una investidura por parte del Papa de Apulia, Calabria y Sicilia.

Por entonces Sicilia llevaba tiempo formando parte del mundo griego; pero había sido invadida por los árabes del norte de África en el siglo IX y estos constituían ahora la mayoría de la población. Los normandos invadieron la isla en 1061. Encontraron una fuerte resistencia, pero en 1072 entraron en Palermo y, antes de que acabara el siglo, eran los señores de toda la isla. Ahora, sin embargo, se enfrentaban a un problema. No eran lo bastante numerosos como para controlar a una población hostil; su única esperanza consistía en convencer a las comunidades griegas y árabes para que cooperasen en la forja de una nueva nación. De forma casi increíble, lo consiguieron. Tras la conquista, Roberto Guiscardo retornó al continente; fueron su hermano menor Roger, junto con el hijo de Roger (Roger II), los que realizaron el milagro —y en verdad fue un milagro— de la Sicilia normanda. Comenzaron con buen pie: el griego, el árabe y el francés normando fueron todas declaradas lenguas oficiales. A los griegos, que eran los mejores marinos, se les concedió el mando de la flota. Las finanzas se pusieron en manos de los árabes, cuyas matemáticas no tenían par.

Más milagroso todavía fue que esos principios políticos se reflejaron en el arte y en la arquitectura. Viajad hacia el este por la costa norte hacia Cefalù, a la exquisita catedral que Roger II construyó entre 1131 y 1148. Allí, en lo alto de la bóveda de horno del ábside oriental, hay un mosaico inmenso del Cristo Pantocrátor, Soberano de Todo; para muchos de nosotros, se trata de la más sublime representación del Redentor en todo el arte cristiano. El estilo es puramente bizantino: tan solo los mejores artesanos griegos pudieron crearlo, traídos de Constantinopla por Roger.

En Palermo, es la Capilla Palatina la que se erige suprema. Aquí, de forma más deslumbrante que en ninguna otra parte de Sicilia, vemos cómo se da expresión visual al milagro político normando-siciliano, una fusión aparentemente natural de lo más brillante de las tradiciones latina, bizantina e islámica en una única y armoniosa obra maestra. Su planta es en esencia la de una basílica, con una nave central y dos laterales. Pero si observamos los mosaicos que hacen refulgir de oro la capilla, volvemos a darnos de bruces con Bizancio. Estas respuestas casi alternadas entre lo latino y lo bizantino, encastradas en tan esplendoroso marco, habrían bastado por si solas para que la capilla se ganase un puesto especial entre la arquitectura religiosa del mundo; pero también está decorada por, literalmente, una coronación gloriosa, sin duda la más inesperada techumbre de cualquier iglesia cristiana sobre la Tierra: un techo de mozárabes de madera en el más puro estilo islámico, tan magnífico como cualquier cosa que podamos encontrar en El Cairo o en Damasco. Y todo esto, recordemos, data del siglo de las cruzadas; únicamente aquí, en esta isla en el centro del Mediterráneo, se reunieron sus tres grandes civilizaciones, como nunca hasta entonces y como nunca después, en armonía y concordia. La Sicilia normanda pervive como una lección para todos.

Por desgracia, el Reino —se había convertido en un reino en 1130, tras un acuerdo entre Roger II y el Papa— tuvo una vida trágicamente breve. Roger murió en 1154 para ser sucedido por su hijo Guillermo el Malo (que tampoco fue tan malo) y por el hijo de Guillermo, Guillermo el Bueno, el cual erigió el último y más espectacular monumento de la Sicilia normanda, la catedral de Monreale, que adornó con casi una hectárea de gloriosos mosaicos y a la que añadió el que probablemente sea el claustro más encantador del mundo. Se casó con Juana, hija del rey inglés Enrique II, lo que explica la existencia, entre los mosaicos del ábside oriental, del primer retrato conocido de Santo Tomás de Canterbury, de cuyo asesinato su padre fue indirectamente responsable. Lamentablemente, Guillermo murió en 1189 sin descendencia, dejando como legítima heredera a su tía, Constanza, a quien inexplicablemente había permitido que se casara con Enrique, el hijo del emperador Federico Barbarroja. Fue así como Sicilia perdió su independencia —que nunca habría de recuperar— y se convirtió en un mero apéndice del imperio.

La historia tiene, sin embargo, un epílogo interesante. Justo cuando Enrique preparaba el viaje para asistir a su coronación en Palermo, Constanza —que ahora tenía cuarenta años y llevaba nueve casada— se descubrió encinta de su primer hijo. No acompañó a su marido, prefiriendo dirigirse a Sicilia a su ritmo; y cuando llegó a la pequeña población de Iesi, cerca de Ancona, sintió las contracciones del parto. Fue allí, en una tienda levantada en mitad de la plaza del mercado, donde dio a luz a un hijo, Federico, que habría de convertirse en Federico II, el mayor de todos los emperadores occidentales, digno portador del título Stupor Mundi, Maravilla del Mundo. Y que encarnaría, durante una generación más, el espíritu de la Sicilia normanda.

John Julius Norwich es historiador británico, autor entre otros libros de Los normandos en Sicilia (Almed Ediciones), Historia de Venecia y Sicily: An Island at the Crossroads of History.

 Traducción de Germán Ponte

Por John Julius Norwich
Con información de El País

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Orden de San Juan a Renzo Piano: en busca de la gran historia de Malta

La Marina de La Valeta

Un viaje a La Valeta (Malta): mucha historia y una curiosa mezcla de cultura británica y mediterránea.

La República de Malta es un archipiélago del que destacan tres islas mayores y habitadas: Malta, Gozo y Comino. A medida que lo recorra, el visitante lo reconocerá como un pequeño lugar lleno en su interior de muchos lugares.

Tras la primera impresión de su condición de excolonia británica recordada por detalles como la conducción por la izquierda y los inconfundibles buzones y cabinas telefónicas rojas, inmediatamente se entiende esa impronta como una más de las múltiples que han intervenido y configurado este pequeño país de medio millón de habitantes, en el que se escucha hablar con fluidez maltés, inglés e italiano, y en cuyo paisaje y carácter se resume todo lo esencial del espíritu del Mediterráneo.

Estructuras como los templos megalíticos de Hagar Qim (erigido entre los años 3600 y 3200 a.C.) y Mnajdra, donde se celebraron sacrificios, ofrendas y oráculos rituales, ponen de manifiesto la larga historia del territorio maltés. La marcada impronta de la cultura árabe durante algunos siglos del periodo medieval se palpa, más que en vestigios arquitectónicos, en su eco en el idioma maltés y la toponimia. La de la cultura siciliana, que sucedería a los árabes en el dominio de la isla, en su comida y en la conformación de una clase aristocrática.

Pero es imposible entender la historia de los últimos cinco siglos de Malta sin la crucial impronta de la Orden de San Juan (también conocida como Orden de los Hermanos Hospitalarios u Orden de Malta), que llegaron en el siglo XVI, cuando Carlos I de España les cedió el archipiélago a cambio de pago anual de un halcón como renta, y que fueron expulsados por Napoléon.

De la llegada de los caballeros de la Orden data la fundación de su capital: La Valeta, que se decidió construir tras el Sitio de Malta (1565). Jean Parisot de la Valette, Gran Maestre de la Orden, dio inicio a la erección de la ciudad amurallada. Murió sin verla culminada y sus restos reposan en la Concatedral de San Juan, joya barroca de la ciudad. Este templo, proyectado por el arquitecto local Giormu Cassar entre 1572 y 1578, impresiona por el contraste entre su austero exterior y el exuberante barroquismo de su interior. Alberga ocho capillas, cada una de las cuales está dedicada a un santo patrón de cada una de las ocho lenguas de la Orden. Por su riqueza ornamental, destaca en particular la Capilla de Aragón, dedicada a San Jorge. Testimonio de la breve estancia de Caravaggio en la isla, donde recaló huyendo de una acusación de homicidio, son La decapitación de San Juan Bautista y San Jerónimo escribiendo, que pueden contemplarse en el oratorio de esta catedral.

Otro edificio protagonista y vinculado a la Orden es el Teatro Manoel, mandado a construir en 1731 por el Gran Maestre Manoel de Vilhena, responsable de importantes proyectos de obras públicas. Éste es hoy uno de los teatros más antiguos de Europa.

El recorrido por la historia arquitectónica de La Valeta ofrece detenerse en la Casa Rocca Piccola, el Fuerte de Sant’Elmo, la iglesia de San Pablo Naufrago (que recuerda el paso de San Pablo por la isla, en su peregrinación a Roma) y el Albergue de Castilla-León y Portugal.

Renzo Piano

Trabajo de Renzo Piano en La Valeta- Michel Denance

El visitante interesado en lo contemporáneo hallará en el reciente proyecto City Gate desarrollado por el arquitecto italiano Renzo Piano, y que ha consistido en la completa reorganización del principal acceso a La Valeta, un interesante ejercicio de rehabilitación, preservación y reconocimiento del rico y complejo pasado de Malta y su presencia dentro de los avatares de la historia mediterránea. La intervención mejora las cualidades urbanísticas del entorno e integra varias partes: la puerta de entrada a ciudad y el entorno inmediato alrededor de la muralla; el diseño de un teatro al aire libre dentro de las ruinas de la ópera decimonónica (arrasada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial) y la construcción de una nueva sede parlamentaria.

Detenerse para una pausa en el Caffe Cordina, que ocupa un antiguo edificio en tiempos conocido como la Casa del Tesoro de la Orden, permitirá contemplar los frescos de Giuseppe Calli, que decoran su bóveda.

Al otro lado del Gran Puerto se encuentran Las Tres Ciudades: Vittoriosa (o Birgu), Cospicua (o Bormla) y Senglea (o L-Isla). La visita a esta zona, cuyo patrimonio artístico y arquitectónico sufrió seriamente los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, es especialmente importante para comprender la densidad de la historia de Malta.

Por Fredy Massad
Con información de ABC

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