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Reina de Saba – La inspiración del rey Salomón

La historia y la arqueología han demostrado la existencia de Makeda, una reina que gobernó desde las profundidades del desierto a una civilización rica y floreciente, que se extendía desde el sur de Arabia hasta el “cuerno de África”, con un importante comercio de productos exóticos y que adoraba a los dioses del sol, la luna y las estrellas y que posteriormente adoptó el monoteísmo en la figura de Yahvé después de su viaje a Jerusalén. Sin duda un personaje rodeado de leyendas que ha superado la historia y que se ha convertido en mito.

Según unos jeroglíficos encontrados en el templo de la reina Hatshepsut, el incienso que había en Egipto provenía de la tierra de Punt. Sin duda para los historiadores, estas lejanas tierras corresponderían a la actual Etiopía. En Addis Abeba se conserva el Kebra Nagast o libro sagrado de los reyes, donde se recoge la historia de esta reina, como madre de Etiopía, y de todos los monarcas posteriores. El libro nos cuenta que la reina permaneció seis meses con Salomón y que de esa visita, surgió un romance entre ambos monarcas. De vuelta a Etiopía, la reina dio a luz al hijo de Salomón y le puso el nombre de Menelik, que significaba hijo del sabio. Menelik se convertiría en el rey de Etiopía y en el primero de los leones de la Tribu de Judá de la que descenderían todos los futuros reyes del país.

La Reina de Saba, hermosa mujer dotada de una inteligencia y diplomacia excepcionales, cuyas leyes a favor de los derechos de la mujer, y, sobre todo, su juramento de perpetua virginidad, parecieron marcar un destino cuyo rumbo quedó alterado tras su encuentro con el amor y el placer encarnados en el rey Salomón. No se sabe bien su identidad, ni nacionalidad, pues ha sido durante mucho tiempo un tema de debate, pero lo que nadie discute es la tórrida historia de amor vivida entre estos dos monarcas.

Según escritos y leyendas orales, conocida la existencia de esta reina por Salomón éste le envió un mensaje ,casi un ultimátum, a lo cual la reina le respondió enviándole un inmenso tesoro lo cual irritó a Salomón contestándole que todo eso no tenía valor comparado con el valor de la sabiduría no dejándole más opciones a la reina que realizar un viaje en persona de más de 1000 km por el peligroso desierto arábigo para realizar un trato personal con Salomón del cual ya tenía referencias contadas por los mercaderes de las caravanas de su sabiduría de su poder de hablar con los animales e incluso de comunicarse con los espíritus.

Alrededor del 700 a.C., cuando el Imperio Asirio de Irak gobernaba Oriente Próximo, el comercio prosperó en África y Arabia, y no solo viajaron bienes y artículos de lujo sino que también lo hicieron religiones, ideas e historias. Cuenta la Biblia que a reina llegó a Jerusalén cargada de ofrendas para el rey Salomón: oro, incienso y colmillos de marfil, también conocidos como los grandes tesoros de África. En la antigüedad existían dos rutas comerciales muy importantes. Ambas pasaban por Egipto y conectaban África con Arabia. Una de ellas es la ruta de caravanas por el desierto y otra que sale desde el Mar Rojo. Si Makeda viajó a Jerusalén tuvo que usar una de estas dos rutas.

Al encontrarse, y a pesar de las 700 mujeres «legales» y las 300 concubinas que tenía Salomón, se enamoraron mutuamente, quedando ella admirada de los conocimientos de él y él de la inteligencia y hermosura de ella.

Sus orígenes

Según la leyenda la mítica reina de Saba ,(Bilquis para los árabes), fue engendrada por una mujer amante de un consejero del rey y cuando nació fue entregada al espíritu Umaya que la confinó en un remolino del desierto, los llamados turbaneras. Este espíritu le pidió que fuera la nueva reina de Saba destronando a un rey malvado y tirano, ella accedió logro entrar en las habitaciones reales lo mato y se proclamó la nueva reina de Saba.

La reina de Saba según el Sagrado Corán

El Corán también hace referencia a la reina, como gran gobernante de Saba, al sur de Arabia. El reino pre-islámico de Saba estuvo en territorio de la actual República de Yemen, país de una extensión ligeramente mayor a la de España, que limita al norte con Arabia Saudí y al oeste con Omán, la amplia costa del sur da al Océano Índico y la del este al Mar Rojo. Saba fue un país rico, con avanzadas técnicas de irrigación, (todavía se alzan los restos de la presa de Marib, de más de un milenio antes de Cristo), floridos jardines, agricultura desarrollada, (en esa época el clima era más húmedo), abundancia de incienso y especias diversas, así como oro y piedras preciosas que provenían de otros pequeños reinos cercanos. De ahí partió la Ruta del Incienso, a lo largo del Mar Rojo, fue intermediaria comercial durante más de mil años entre el Lejano Oriente y el área mediterránea.

Según nos relata el Corán, Salomón había enviado un cuervo en busca de una apreciada abubilla, este la encontró en un lejano oasis llamado el jardín de los dos paraísos. La abubilla contó a Salomón que allí moraba una hermosa y rica reina. Salomón enrolló un escrito a la abubilla, encomendando que se lo entregara a esta reina dándole casi un ultimátum para que se rindiera a su reino.

Textos bíblicos

Según textos bíblicos, cuando la reina llego a Jerusalén quedo deslumbrada por el templo y por la sabiduría de Salomón quedándose tres años y logrando un tratado de no agresión y comercio entre estos dos reinos. Se cree que «El cantar de los cantares» es una serie de poemas dedicados por Salomón a su amada Reina.

Historia Etíope de Makeda, la reina de Saba

Con la excusa de la despedida, Salomón alargó hasta tarde la estancia de la reina en su palacio,  dadas las horas se quedara a dormir en el palacio pero la reina de Saba le hizo prometer que nada intentaría para seducirla. El rey accedió pero con una condición que ella no tomara nada del palacio. Enfadada por ser tratada de ladrona estuvo de acuerdo con el trato, los sirvientes de Palacio dejaron una vasija con agua al lado de su cama, cuando esta se disponía a beber una mano la sujeto era la del propio Salomón dijo tu no cumpliste tu parte yo no cumpliré la mía entregándose los dos a una noche de pasión en  la cual la reina engendró a su único hijo Menelik.

Cuando la reina se dio cuenta que estaba embarazada emprendió nuevo viaje hacia sus tierras. Veinte años después, su hijo Menelik regresó para conocer a su padre, quien inmediatamente al notar el gran perecido, lo reconoció y le ofreció toda clase de honores. Según la tradición etíope, Menelik viajó a Jerusalén a ver a su padre, quien lo recibió con alegría y lo invitó a quedarse para gobernar tras su muerte.

Menelik rechazó la oferta y decidió regresar. Abandonó la ciudad en la noche y llevándose consigo la reliquia más preciosa, el Arca de la Alianza, y la trasladó a Aksum, donde todavía se encuentra hoy, en una cámara especialmente construida para ello en la Iglesia de Santa María.

La leyenda etíope nos cuenta que Menelik, a su mayoría de edad, visitó al rey Salomón y le dijo que era su hijo. El monarca, que dudó del muchacho, le pidió una prueba que demostrase que era hijo suyo. El joven, le entregó un anillo de oro que Salomón le dio a su madre antes de volver a Etiopía como prueba de su amor por ella. Así pues, el monarca invitó a su hijo a quedarse en Jerusalén pero el corazón de Menelik pertenecía a África y por ello debía volver a su tierra. Como regalo de despedida, Salomón le entregó a su hijo el tesoro más importante del templo de Jerusalén: el Arca de la Alianza.

Sabemos que Salomón existió históricamente, sabemos que el reino de Saba existió, también que hubo relaciones entre los dos reinos, en Jerusalén se han encontrado objetos de este reino que así lo atestiguan solo nos queda confirmar la existencia histórica de esta reina aun hoy en el Yemen muchas niñas llevan el nombre de Bilquis, (el nombre en árabe de esta mítica reina).

Los árabes la conocen como Bilquis, los griegos como Minerva Negra, y para los etíopes es Makeda.

La capital de la antigua Etiopía era la ciudad de Aksum, que floreció a partir del siglo X a.C. Recientemente se ha podido demostrar que formó parte del antiguo reino de Saba. De hecho, en el año 2008, un equipo de arqueólogos de la universidad de Hamburgo encontró las ruinas del palacio de Makeda, donde alguna vez pudo haber estado el Arca de la Alianza. Los arqueólogos alemanes han encontrado los restos del palacio de la legendaria reina de Saba en la localidad de Aksum, en Etiopía, y desvelado con ello uno de los mayores misterios de la antigüedad, según ha anunciado la Universidad de Hamburgo. Las investigaciones han revelado que el primer palacio de la reina de Saba fue trasladado poco después de su construcción y levantado de nuevo orientado hacia la estrella de Sirius, destacan en un comunicado los arqueólogos que han encontrado los restos de esta residencia del siglo X a.C. bajo el palacio de un rey cristiano. Según su hipótesis, Menelik I, rey de Etiopía e hijo de la reina de Saba y del rey Salomón de Jerusalén, fue quien ordenó levantar el palacio en su lugar final. El hallazgo de las ruinas de este palacio resuelve algunos de los misterios que rodean a esta reina, sobre la que hablan centenares de leyendas, relatos de la Biblia o del Corán.


Con información de  La Huella Digital

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Historia de Etiopía y las fuentes del Nilo Azul

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Nacimiento del Nilo Azul (mapa de 1650)

Acaba de pasar el punto álgido de la efeméride cervantina en la que, entre otros muchos datos, más de uno se habrá llevado la sorpresa de descubrir que el primer país que publicó el Quijote (después de España, se entiende) fue Inglaterra: traducción de Thomas Shelton, en 1620. Ese interés por nuestra literatura, que no tuvo correspondencia a la inversa en el caso de Shakespeare, por ejemplo, ha dado lugar a casos un tanto estrambóticos. Así, aunque sea a toro pasado, no me resisto a reseñar la relativamente reciente publicación de un libro al que se puede tildar de insólito, entre otros muchos adjetivos. Digo a toro pasado porque dicha publicación se hizo hace ahora un par de años y pasó bastante desapercibida a pesar de su importancia y del hecho asombroso, casi grotesco, de que el texto fuera escrito por un español hace la friolera de casi cuatrocientos años. En efecto, cuatro siglos pasaron y aquí nadie se acordó de él hasta ahora.





Me refiero a la excepcional Historia de Etiopía de Pedro Páez Jaramillo, redactada también por aquellos tiempos, muy poco después: en 1622. Si alguien se está preguntando cómo se le ocurrió a un español que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII escribir algo tan raro, la respuesta es que se trataba de un misionero jesuita que recorrió de cabo a rabo aquellas latitudes africanas, los actuales países de Etiopía y Sudán, siendo el primer occidental en descubrir las fuentes del Nilo Azul. O sea, centuria y media antes de que lo hiciera el escocés James Bruce, que pasa por ser el descubridor oficial.

Sj Pedro Páez Jaramillo
Sj Pedro Páez Jaramillo

Páez era natural de la villa madrileña de Olmeda de las Cebollas, que desde 1953 se llama Olmeda de las Fuentes aunque, curiosamente, ello no tiene nada que ver con el nacimiento del Nilo sino con la cantidad de manantiales de la localidad. En 1582 ingresó en la Compañía de Jesús y fue destinado a la ciudad india de Goa, donde seis años más tarde fue ordenado sacerdote. Desde allí realizó su primer viaje a Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, otro jesuita que había recorrido el sudoeste asiático. Recorrieron regiones jamás pisadas antes por ningún europeo pero terminaron engañados por un mercader, apresados y vendidos como esclavos a los turcos, pasando siete años de penoso cautiverio en galeras hasta que Felipe II gestionó el pago de su rescate.

Sj padre Antonio de Montserrat
Sj padre Antonio de Montserrat

Gravemente enfermos volvieron a Goa. Montserrat falleció pero Páez logró sobrevivir y tras ocho meses de convalecencia, se dio cuenta de que Etiopía había dejado huella en él, así que regresó en 1603, disfrazado de armenio. Esta vez tuvo más suerte y pudo quedarse sin problemas gracias a que, siguiendo la norma misionera jesuítica, aprendió el idioma y se empapó de la cultura autóctona. Así pudo trabar contacto y amistad no sólo con las gentes sino incluso con los emperadores mismos, Za Dengel y Susinios, a los que consiguió convencer para convertirse al catolicismo. Es más, se convirtió en consejero del segundo, acompañándole en varios viajes (en uno de ellos descubrió ese punto donde nace el Nilo Azul, momento que describió diciendo: “Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver el rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César”, y para el que hizo también de arquitecto e ingeniero, construyendo un palacio y una iglesia a orillas del lago Tana -donde están las fuentes-, así como varios puentes.

Páez estuvo diecinueve años en el país, pasó por Yemen (donde también terminó dominando su lengua, al igual que el árabe) y se convirtió en un erudito, experto en la historia y la cultura etíopes hasta el punto de poder escribir varios libros pedagógicos (un diccionario, un catecismo, una gramática…). Su obra magna, sin embargo, fue la sensacional Historia de Etiopía, para la que utilizó el portugués. Sensacional porque además no se dejó llevar por la imaginación, como era frecuente en aquellos tiempos, y procuró aplicar un criterio estrictamente científico.





Ese libro es un compendio de conocimientos empíricos sobre geografía, historia, fauna, flora, costumbres, creencias, arte y, en suma, todo lo referente a aquel rincón del mundo (extendiendo la descripción al sur de Arabia), aparte de su propia experiencia personal como misionero y explorador. Hasta nos dejó la primera alusión a una desconocida bebida llamada café. El manuscrito original, compuesto por cuatro tomos, se conserva en el archivo histórico de los jesuitas y tiene algo que lo hace aún más rara avis todavía: el hecho de que jamás se editara, permaneciendo inédito hasta que en una fecha tan cercana como 1945 las imprentas lo sacaron por primera vez. Y no fue en español sino en portugués.

Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia
Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia

Incomprensiblemente, para poder leer la Historia de Etiopía en nuestro idioma ha habido que esperar hasta hace un par de años, cuando se celebró el 450º aniversario del nacimiento de Páez y una editorial la puso en el mercado en dos volúmenes y con un mapa de 1650. El jesuita murió de malaria en 1622, nada más terminar el libro, y su cuerpo fue enterrado en aquella tierra sin que sepamos el punto exacto, probablemente en la ciudad de Górgora, que se asoma al Nilo Azul desde una colina. Un sitio perfecto para su descubridor, un hombre que, en palabras del escritor viajero Javier Reverte, “si fuera inglés sería tan conocido en el mundo como Livingstone”.

Por Jorge Alvarez
Con información de LBV

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