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Reina de Saba – La inspiración del rey Salomón

La historia y la arqueología han demostrado la existencia de Makeda, una reina que gobernó desde las profundidades del desierto a una civilización rica y floreciente, que se extendía desde el sur de Arabia hasta el “cuerno de África”, con un importante comercio de productos exóticos y que adoraba a los dioses del sol, la luna y las estrellas y que posteriormente adoptó el monoteísmo en la figura de Yahvé después de su viaje a Jerusalén. Sin duda un personaje rodeado de leyendas que ha superado la historia y que se ha convertido en mito.

Según unos jeroglíficos encontrados en el templo de la reina Hatshepsut, el incienso que había en Egipto provenía de la tierra de Punt. Sin duda para los historiadores, estas lejanas tierras corresponderían a la actual Etiopía. En Addis Abeba se conserva el Kebra Nagast o libro sagrado de los reyes, donde se recoge la historia de esta reina, como madre de Etiopía, y de todos los monarcas posteriores. El libro nos cuenta que la reina permaneció seis meses con Salomón y que de esa visita, surgió un romance entre ambos monarcas. De vuelta a Etiopía, la reina dio a luz al hijo de Salomón y le puso el nombre de Menelik, que significaba hijo del sabio. Menelik se convertiría en el rey de Etiopía y en el primero de los leones de la Tribu de Judá de la que descenderían todos los futuros reyes del país.

La Reina de Saba, hermosa mujer dotada de una inteligencia y diplomacia excepcionales, cuyas leyes a favor de los derechos de la mujer, y, sobre todo, su juramento de perpetua virginidad, parecieron marcar un destino cuyo rumbo quedó alterado tras su encuentro con el amor y el placer encarnados en el rey Salomón. No se sabe bien su identidad, ni nacionalidad, pues ha sido durante mucho tiempo un tema de debate, pero lo que nadie discute es la tórrida historia de amor vivida entre estos dos monarcas.

Según escritos y leyendas orales, conocida la existencia de esta reina por Salomón éste le envió un mensaje ,casi un ultimátum, a lo cual la reina le respondió enviándole un inmenso tesoro lo cual irritó a Salomón contestándole que todo eso no tenía valor comparado con el valor de la sabiduría no dejándole más opciones a la reina que realizar un viaje en persona de más de 1000 km por el peligroso desierto arábigo para realizar un trato personal con Salomón del cual ya tenía referencias contadas por los mercaderes de las caravanas de su sabiduría de su poder de hablar con los animales e incluso de comunicarse con los espíritus.

Alrededor del 700 a.C., cuando el Imperio Asirio de Irak gobernaba Oriente Próximo, el comercio prosperó en África y Arabia, y no solo viajaron bienes y artículos de lujo sino que también lo hicieron religiones, ideas e historias. Cuenta la Biblia que a reina llegó a Jerusalén cargada de ofrendas para el rey Salomón: oro, incienso y colmillos de marfil, también conocidos como los grandes tesoros de África. En la antigüedad existían dos rutas comerciales muy importantes. Ambas pasaban por Egipto y conectaban África con Arabia. Una de ellas es la ruta de caravanas por el desierto y otra que sale desde el Mar Rojo. Si Makeda viajó a Jerusalén tuvo que usar una de estas dos rutas.

Al encontrarse, y a pesar de las 700 mujeres “legales” y las 300 concubinas que tenía Salomón, se enamoraron mutuamente, quedando ella admirada de los conocimientos de él y él de la inteligencia y hermosura de ella.

Sus orígenes

Según la leyenda la mítica reina de Saba ,(Bilquis para los árabes), fue engendrada por una mujer amante de un consejero del rey y cuando nació fue entregada al espíritu Umaya que la confinó en un remolino del desierto, los llamados turbaneras. Este espíritu le pidió que fuera la nueva reina de Saba destronando a un rey malvado y tirano, ella accedió logro entrar en las habitaciones reales lo mato y se proclamó la nueva reina de Saba.

La reina de Saba según el Sagrado Corán

El Corán también hace referencia a la reina, como gran gobernante de Saba, al sur de Arabia. El reino pre-islámico de Saba estuvo en territorio de la actual República de Yemen, país de una extensión ligeramente mayor a la de España, que limita al norte con Arabia Saudí y al oeste con Omán, la amplia costa del sur da al Océano Índico y la del este al Mar Rojo. Saba fue un país rico, con avanzadas técnicas de irrigación, (todavía se alzan los restos de la presa de Marib, de más de un milenio antes de Cristo), floridos jardines, agricultura desarrollada, (en esa época el clima era más húmedo), abundancia de incienso y especias diversas, así como oro y piedras preciosas que provenían de otros pequeños reinos cercanos. De ahí partió la Ruta del Incienso, a lo largo del Mar Rojo, fue intermediaria comercial durante más de mil años entre el Lejano Oriente y el área mediterránea.

Según nos relata el Corán, Salomón había enviado un cuervo en busca de una apreciada abubilla, este la encontró en un lejano oasis llamado el jardín de los dos paraísos. La abubilla contó a Salomón que allí moraba una hermosa y rica reina. Salomón enrolló un escrito a la abubilla, encomendando que se lo entregara a esta reina dándole casi un ultimátum para que se rindiera a su reino.

Textos bíblicos

Según textos bíblicos, cuando la reina llego a Jerusalén quedo deslumbrada por el templo y por la sabiduría de Salomón quedándose tres años y logrando un tratado de no agresión y comercio entre estos dos reinos. Se cree que “El cantar de los cantares” es una serie de poemas dedicados por Salomón a su amada Reina.

Historia Etíope de Makeda, la reina de Saba

Con la excusa de la despedida, Salomón alargó hasta tarde la estancia de la reina en su palacio,  dadas las horas se quedara a dormir en el palacio pero la reina de Saba le hizo prometer que nada intentaría para seducirla. El rey accedió pero con una condición que ella no tomara nada del palacio. Enfadada por ser tratada de ladrona estuvo de acuerdo con el trato, los sirvientes de Palacio dejaron una vasija con agua al lado de su cama, cuando esta se disponía a beber una mano la sujeto era la del propio Salomón dijo tu no cumpliste tu parte yo no cumpliré la mía entregándose los dos a una noche de pasión en  la cual la reina engendró a su único hijo Menelik.

Cuando la reina se dio cuenta que estaba embarazada emprendió nuevo viaje hacia sus tierras. Veinte años después, su hijo Menelik regresó para conocer a su padre, quien inmediatamente al notar el gran perecido, lo reconoció y le ofreció toda clase de honores. Según la tradición etíope, Menelik viajó a Jerusalén a ver a su padre, quien lo recibió con alegría y lo invitó a quedarse para gobernar tras su muerte.

Menelik rechazó la oferta y decidió regresar. Abandonó la ciudad en la noche y llevándose consigo la reliquia más preciosa, el Arca de la Alianza, y la trasladó a Aksum, donde todavía se encuentra hoy, en una cámara especialmente construida para ello en la Iglesia de Santa María.

La leyenda etíope nos cuenta que Menelik, a su mayoría de edad, visitó al rey Salomón y le dijo que era su hijo. El monarca, que dudó del muchacho, le pidió una prueba que demostrase que era hijo suyo. El joven, le entregó un anillo de oro que Salomón le dio a su madre antes de volver a Etiopía como prueba de su amor por ella. Así pues, el monarca invitó a su hijo a quedarse en Jerusalén pero el corazón de Menelik pertenecía a África y por ello debía volver a su tierra. Como regalo de despedida, Salomón le entregó a su hijo el tesoro más importante del templo de Jerusalén: el Arca de la Alianza.

Sabemos que Salomón existió históricamente, sabemos que el reino de Saba existió, también que hubo relaciones entre los dos reinos, en Jerusalén se han encontrado objetos de este reino que así lo atestiguan solo nos queda confirmar la existencia histórica de esta reina aun hoy en el Yemen muchas niñas llevan el nombre de Bilquis, (el nombre en árabe de esta mítica reina).

Los árabes la conocen como Bilquis, los griegos como Minerva Negra, y para los etíopes es Makeda.

La capital de la antigua Etiopía era la ciudad de Aksum, que floreció a partir del siglo X a.C. Recientemente se ha podido demostrar que formó parte del antiguo reino de Saba. De hecho, en el año 2008, un equipo de arqueólogos de la universidad de Hamburgo encontró las ruinas del palacio de Makeda, donde alguna vez pudo haber estado el Arca de la Alianza. Los arqueólogos alemanes han encontrado los restos del palacio de la legendaria reina de Saba en la localidad de Aksum, en Etiopía, y desvelado con ello uno de los mayores misterios de la antigüedad, según ha anunciado la Universidad de Hamburgo. Las investigaciones han revelado que el primer palacio de la reina de Saba fue trasladado poco después de su construcción y levantado de nuevo orientado hacia la estrella de Sirius, destacan en un comunicado los arqueólogos que han encontrado los restos de esta residencia del siglo X a.C. bajo el palacio de un rey cristiano. Según su hipótesis, Menelik I, rey de Etiopía e hijo de la reina de Saba y del rey Salomón de Jerusalén, fue quien ordenó levantar el palacio en su lugar final. El hallazgo de las ruinas de este palacio resuelve algunos de los misterios que rodean a esta reina, sobre la que hablan centenares de leyendas, relatos de la Biblia o del Corán.


Con información de  La Huella Digital

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Historia de Etiopía y las fuentes del Nilo Azul

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Nacimiento del Nilo Azul (mapa de 1650)

Acaba de pasar el punto álgido de la efeméride cervantina en la que, entre otros muchos datos, más de uno se habrá llevado la sorpresa de descubrir que el primer país que publicó el Quijote (después de España, se entiende) fue Inglaterra: traducción de Thomas Shelton, en 1620. Ese interés por nuestra literatura, que no tuvo correspondencia a la inversa en el caso de Shakespeare, por ejemplo, ha dado lugar a casos un tanto estrambóticos. Así, aunque sea a toro pasado, no me resisto a reseñar la relativamente reciente publicación de un libro al que se puede tildar de insólito, entre otros muchos adjetivos. Digo a toro pasado porque dicha publicación se hizo hace ahora un par de años y pasó bastante desapercibida a pesar de su importancia y del hecho asombroso, casi grotesco, de que el texto fuera escrito por un español hace la friolera de casi cuatrocientos años. En efecto, cuatro siglos pasaron y aquí nadie se acordó de él hasta ahora.

Me refiero a la excepcional Historia de Etiopía de Pedro Páez Jaramillo, redactada también por aquellos tiempos, muy poco después: en 1622. Si alguien se está preguntando cómo se le ocurrió a un español que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII escribir algo tan raro, la respuesta es que se trataba de un misionero jesuita que recorrió de cabo a rabo aquellas latitudes africanas, los actuales países de Etiopía y Sudán, siendo el primer occidental en descubrir las fuentes del Nilo Azul. O sea, centuria y media antes de que lo hiciera el escocés James Bruce, que pasa por ser el descubridor oficial.

Sj Pedro Páez Jaramillo
Sj Pedro Páez Jaramillo

Páez era natural de la villa madrileña de Olmeda de las Cebollas, que desde 1953 se llama Olmeda de las Fuentes aunque, curiosamente, ello no tiene nada que ver con el nacimiento del Nilo sino con la cantidad de manantiales de la localidad. En 1582 ingresó en la Compañía de Jesús y fue destinado a la ciudad india de Goa, donde seis años más tarde fue ordenado sacerdote. Desde allí realizó su primer viaje a Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, otro jesuita que había recorrido el sudoeste asiático. Recorrieron regiones jamás pisadas antes por ningún europeo pero terminaron engañados por un mercader, apresados y vendidos como esclavos a los turcos, pasando siete años de penoso cautiverio en galeras hasta que Felipe II gestionó el pago de su rescate.

Sj padre Antonio de Montserrat
Sj padre Antonio de Montserrat

Gravemente enfermos volvieron a Goa. Montserrat falleció pero Páez logró sobrevivir y tras ocho meses de convalecencia, se dio cuenta de que Etiopía había dejado huella en él, así que regresó en 1603, disfrazado de armenio. Esta vez tuvo más suerte y pudo quedarse sin problemas gracias a que, siguiendo la norma misionera jesuítica, aprendió el idioma y se empapó de la cultura autóctona. Así pudo trabar contacto y amistad no sólo con las gentes sino incluso con los emperadores mismos, Za Dengel y Susinios, a los que consiguió convencer para convertirse al catolicismo. Es más, se convirtió en consejero del segundo, acompañándole en varios viajes (en uno de ellos descubrió ese punto donde nace el Nilo Azul, momento que describió diciendo: “Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver el rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César”, y para el que hizo también de arquitecto e ingeniero, construyendo un palacio y una iglesia a orillas del lago Tana -donde están las fuentes-, así como varios puentes.

Páez estuvo diecinueve años en el país, pasó por Yemen (donde también terminó dominando su lengua, al igual que el árabe) y se convirtió en un erudito, experto en la historia y la cultura etíopes hasta el punto de poder escribir varios libros pedagógicos (un diccionario, un catecismo, una gramática…). Su obra magna, sin embargo, fue la sensacional Historia de Etiopía, para la que utilizó el portugués. Sensacional porque además no se dejó llevar por la imaginación, como era frecuente en aquellos tiempos, y procuró aplicar un criterio estrictamente científico.

Ese libro es un compendio de conocimientos empíricos sobre geografía, historia, fauna, flora, costumbres, creencias, arte y, en suma, todo lo referente a aquel rincón del mundo (extendiendo la descripción al sur de Arabia), aparte de su propia experiencia personal como misionero y explorador. Hasta nos dejó la primera alusión a una desconocida bebida llamada café. El manuscrito original, compuesto por cuatro tomos, se conserva en el archivo histórico de los jesuitas y tiene algo que lo hace aún más rara avis todavía: el hecho de que jamás se editara, permaneciendo inédito hasta que en una fecha tan cercana como 1945 las imprentas lo sacaron por primera vez. Y no fue en español sino en portugués.

Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia
Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia

Incomprensiblemente, para poder leer la Historia de Etiopía en nuestro idioma ha habido que esperar hasta hace un par de años, cuando se celebró el 450º aniversario del nacimiento de Páez y una editorial la puso en el mercado en dos volúmenes y con un mapa de 1650. El jesuita murió de malaria en 1622, nada más terminar el libro, y su cuerpo fue enterrado en aquella tierra sin que sepamos el punto exacto, probablemente en la ciudad de Górgora, que se asoma al Nilo Azul desde una colina. Un sitio perfecto para su descubridor, un hombre que, en palabras del escritor viajero Javier Reverte, “si fuera inglés sería tan conocido en el mundo como Livingstone”.

Por Jorge Alvarez
Con información de LBV

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La guerra online

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En el imaginario popular del último siglo, Edison y Tesla quedaron inmortalizados como los héroes de la tecnología, por lo menos en su versión más romántica. Al igual que esos “inventores” geniales que abundaban en las novelas de Julio Verne, parecía que ellos eran capaces de resolver cualquier problema que se les planteara, desde la transmisión de la energía hasta la comunicación con el más allá.

En esa epopeya, Edison era quien encarnaba la voluntad y el poder del capital. Por su parte Tesla, un hombre cuya leyenda crecería hasta perderse en las seudociencias, interpretaba el papel del genio incomprendido y a veces engañado por los poderosos.

Entre los vaticinios que cada tanto formulaban los dos ante la prensa, Edison solía prometer el Arma Final, que sería tan terrible como para impedir cualquier guerra futura; por supuesto, estaría en las mejores manos, las de los Estados Unidos.

A Tesla le gustaba presentarse como pacifista, pero no dejaba de tener sus armas secretas. Cuando lo entrevistó la revista Science & Invention para su número de febrero 1922, pronosticó que la guerra futura sería “una competencia entre máquinas”, una suerte de espectáculo donde no habría bajas humanas. Entre otras cosas, Tesla había incursionado en la robótica, diseñando máquinas y hasta submarinos telecomandados, y eso era lo que recomendaba desarrollar. Frank Paul, el gran dibujante de las revistas de Gernsback, se había encargado de ilustrar la nota con una escena de combate entre máquinas terrestres y aéreas, que por supuesto obtenían energía de una torre de Tesla.

El tiempo ha visto cómo se realizaban algunas de las fantasías de Edison y de Tesla. En cuanto a la automatización, hemos llegado a superar todo lo que ellos podían imaginar con los recursos de su tiempo. Pero si bien las máquinas de matar o espiar de hoy pueden ser tan inteligentes como implacables, no las hemos visto luchar entre sí, a la manera deportiva. Se las sigue usando contra los seres humanos, tan frágiles y baratos como siempre. Y, sin embargo, hasta esas máquinas pueden ser muy frágiles en este mundo informatizado donde el silicio puede más que el acero.

AEROMODELISMO MILITAR

Las potencias de hoy cuentan con toda una gama de armas automatizadas y hasta autónomas que parece haber excedido todas las previsiones de los escritores de ciencia ficción, incluyendo las exageraciones de los que pretendían ser satíricos. Cuando los generales salen de compras, las armas que los seducen son las que todavía no estén al alcance de cualquiera. Las estrellas del mercado son esos aviones sin piloto que se conocen como drones (“zánganos”). Se distinguen de los misiles de crucero, que cuentan con los mismos recursos robóticos, porque éstos se destruyen cuando alcanzan el blanco, y los drones pueden ser recuperados para otras misiones.

Muchos de estos aviones son dirigidos por control remoto. Pero también los hay autónomos, que son capaces de despegar, ir a su objetivo, volver y aterrizar contando sólo con sus programas.

Históricamente, los primeros drones fueron modelos a escala con control remoto, similares a los que arman los aeromodelistas. Fueron usados durante la Segunda Guerra Mundial, para entrenar a los soldados que operaban las baterías antiaéreas.

Los drones renacieron para la Guerra del Golfo, contando ahora con una tecnología de otro orden. Se multiplicaron durante los conflictos balcánicos, y fueron ampliamente usados por Estados Unidos en todas sus guerras (declaradas o no) en Irak, Afganistán y Pakistán. Son aviones remotos para guerras remotas, que espían y matan por control remoto. En el Golfo Pérsico también se han empleado drones submarinos, como los que imaginó Tesla.

Considerados desde un punto de vista puramente técnico, los drones tienen gran utilidad para las tareas de observación y para aquellas otras sucias, tediosas o peligrosas, especialmente cuando se trata de sobrevolar ambientes contaminados, tóxicos o radiactivos. Nadie objetará que se los utilice para combatir al narcotráfico, pero las cosas comienzan a ponerse menos claras cuando se habla de contrainsurgencia o terrorismo. Mucho más cuando nos enteramos de que se los emplea para combatir a pobres desarmados en busca de trabajo, por ejemplo para esa vigilancia costera que intenta rechazar a los inmigrantes africanos de Europa. En Estados Unidos, las operaciones con drones Reaper permitieron detener unos doscientos narcos en los últimos años, pero también apresar a nada menos que cinco mil indocumentados.

PASEN Y VEAN

Si hay algo que aún frena la expansión de los drones es su elevado costo. Pero eso, como suele ocurrir con la tecnología, es algo que puede llegar a bajar. Un helicóptero artillado de los convencionales sale menos de dos millones de dólares, pero un drone Firescout alcanza los cincuenta. Ocurre que un solo piloto humano es más barato que ese combo que incluye el avión, la estación de control, el enlace satelital y el equipo de operadores.

Entre los más grandes y más caros se cuentan el Predator, con alas de ocho metros, y el Reaper, que tiene una envergadura de once y está equipado con misiles Hellfire. El mayor de todos es el Global Hawk. Sus alas miden 35 m., pero no tiene ninguna ventanilla, porque a bordo no viaja nadie. A todos ellos les han puesto nombres fanfarrones, como Depredador, Segador, Aguila Global, Fuego del Infierno, lo cual nos da una idea de sus intenciones.

En el otro extremo están las miniaturas, que parecen juguetes, pero están atiborradas de material electrónico. Son ideales para el espionaje, y por lo general tienen nombres más inocuos que sus hermanos mayores: el Butterfly (mariposa) que producen los israelíes tiene un peso de 20 gramos, el Hummingbird (colibrí) pesa 18 y el Wasp (avispa) sólo medio kilo. Quizás haya que combatirlos con aerosoles insecticidas o cazarlos con palmetas y papel matamoscas.

El setenta por ciento de la flota mundial de drones pertenece a los Estados Unidos. Como no necesitan bases muy conspicuas, los aviones robots son operados desde puestos de control muy discretos ubicados en lugares como Etiopía o las islas Seychelles.

Irán ya ha copiado algunos aparatos norteamericanos que logró capturar, Hezbolá ya cuenta con ellos y Chávez anunció la producción de un prototipo venezolano. Los Estados Unidos ya no son los únicos: Polonia se dispone a comprar doscientos drones, treinta de ellos armados, para reemplazar a los viejos cazas de fabricación soviética que desplegaba para su defensa.

El paso más grande se está comenzando a dar con la difusión de estos vehículos en la actividad privada. Para el año próximo se estima que ya habrá quien los use para fines comerciales inocuos, como supervisar una plantación, y no tan inocuos, como hacer espionaje industrial. Aún falta saber qué ocurrirá cuando su uso se generalice y abarate. Los drones permitirán ofrecer servicios que van desde el seguimiento de parejas infieles hasta el espionaje de deudores morosos, filmaciones extorsivas y grabación de conversaciones secretas.

COLATERALES Y PERVERSOS

Uno de los principales temores que inspiran los drones es que la inteligencia artificial de la cual están dotados puede llegar a decidir cuáles son los mejores objetivos y ponerse a atacarlos por su propia cuenta. De hecho, los marines que están desplegados en zonas de combate de Afganistán temen que algún día los drones se descontrolen y empiecen a tirarles a ellos.

Sin llegar a pensar en algo tan al estilo Frankenstein, las situaciones que se dan pueden ser bastante extrañas. Ocurre que los drones transmiten información a un satélite militar, para lo cual se manejan mediante un enlace satelital, que puede ser hackeado. Quizá la Internet pueda ser el nuevo campo de batalla, como quedó probado cuando un grupo de insurgentes de Hezbolá logró apoderarse de la señal con la cual se manejaban los Predators y los puso fuera de combate, porque descubrió que por un rato se habían olvidado de encriptar los mensajes. Lo más ridículo fue que pudieron hacerlo gracias a un programa de origen ruso que se llama SkyGrabber. Sólo vale veintiséis dólares, puede bajarse de la red y hasta se lo piratea.

Más absurdo aún fue el ataque de virus que sufrió una base de la Fuerza Aérea en Nevada y llegó a inmovilizar a toda una flotilla de Predators en 2011. En este caso, no hubo ataque enemigo sino apenas contagio, algo bastante difícil, porque se supone que las armas secretas no están conectadas a la Internet pública. Casi seguramente el contagio fue provocado por el uso de discos y otros soportes que cargaba el personal por su cuenta.

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EL JOYSTICK Y EL GATILLO

Por lo general, el equipo que opera los drones se compone de un “piloto”, que dirige su vuelo, un operador de cámaras y sensores que también puede ser artillero, y un tercero que hace de enlace con la fuerza que requiere el servicio.

Uno de los represores argentinos que declararon en el Juicio a las Juntas dijo que se había limitado a disparar contra el blanco que le había asignado la superioridad: se había programado para no ver más que eso. Los operadores de drones están en una situación quizá peor, porque ni siquiera están cerca de sus víctimas. Están seguros, se encuentran a miles de kilómetros del blanco y para ellos todo es un videojuego. El distanciamiento es total; no hay peligro, sangre, miedo, ni dolor: todo consiste en acertarle a una manchita que se mueve y gritar ¡bingo! cuando cae un ser humano. Lo que todavía causa asombro, y nos da cuenta de que aún tienen alguna sensibilidad ética, es que sufren estrés postraumático, igual que los combatientes, según atestiguan los psicólogos, capellanes y médicos que los atienden.

Desde que a Obama le adelantaron el Premio Nobel por las hipotéticas contribuciones que iba a hacer a la paz mundial, docenas de vehículos aéreos no tripulados estuvieron realizando centenares de operaciones en Pakistán. Según un informe del Washington Post mataron a más de dos mil civiles “sospechosos”.

En Afganistán, donde el conflicto es más agudo, los sicarios voladores identificados vienen matando diez civiles por cada combatiente, la mayoría por el pecado de ser solidarios. El distanciamiento hace la guerra tan impersonal que un operador puede estar espiando desde el aire a la aldea donde sabe que se oculta un terrorista. Durante horas puede estar observándolo ir y venir, comer con su familia y jugar con sus hijos. Cuando le dispara y ve cómo acuden en su auxilio los rescatistas, los vecinos y familiares, suele tentarse de barrerlos con una ráfaga desde el aire, violando todas las reglas que penosamente se fueron estableciendo desde la creación de la Cruz Roja.

Para anestesiar la conciencia moral de los soldados, en la Gran Guerra los emborrachaban antes de mandarlos a una carga de bayoneta calada. En Vietnam los drogaban. Ahora se los ciega moralmente borrándoles los límites entre el mundo real y el virtual. Cualquiera puede tener el mouse o el joystick fácil si se trata de matar a alguien que sólo parece ser un personaje de un juego. Las torturas de la cárcel de Abu Ghraib, durante la invasión a Irán, tenían el mismo aire de irrealidad perversa. Quienes las infligían muy probablemente se habían formado viendo pornografía sadomasoquista, donde se finge el dolor para goce de mentes enfermas, pero no estaban en condiciones de darse cuenta. Jugaban con sus víctimas un siniestro juego de humillaciones con una amoralidad pocas veces vista, que quizá facilitaría una buena ración de drogas.

Por cierto, ninguna guerra es buena, pero quizás haya que lamentar que las guerras de robots hayan quedado relegadas a las películas o a las ferias de ciencias del colegio. Estos robots reales no son como los de ficción; no sólo son capaces de destruir vidas sin mancharse de sangre, sino también de anestesiar las conciencias.

Por Por Pablo Capanna
Fuente: Página 12

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