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Quemar las naves. La última estrategia de Julio Cesar

La historia nos cuenta la vida de Julio César y sus batallas. Su amor hacia la gran Cleopatra, reina del Nilo y su final trágico.

Fue precisamente en ese período cuando debido al asedio de una guerra civil en Egipto marcada por el enfrentamiento entre Ansínoe IV y Ptolomeo XIII. Una guerra interna que agravaba aún más el enfrentamiento entre las tropas de Cleopatra y los romanos.

Para César las cosas no iban mejor, su relación con el Senado Romano estaba lejos de ser el ideal. Tras el enfrentamiento con Pompeyo por cuestiones políticas y la muerte de Craso (en una batalla con los Partos), César perdió el apoyo del senado romano y decidió marcharse con su incondicional tropa “Legio XIII Gemina” provocando una guerra civil de la República. La partida de César tenía un claro destino, “Hispania”.

Allí pretendía derrotar al mismísimo Pompeyo. Habiendo logrado su cometido en la primera batalla, César tuvo que enfrentar a las tropas de Pompeyo en las batallas siguientes de Dirraquio y Farsalia donde César obtiene un triunfo definitivo. Pompeyo huye hacia Egipto a la vez que César es nombrado Dictador. Decidido César a darle caza a Pompeyo, persigue a éste quien se había refugiado en Afípolis y luego en Pelusium. A su llegada César descubre que Pompeyo había sido asesinado por uno de sus hombres, Lucio Septimio, situación que enfureció a César quien pensaba perdonar a Pompeyo. En cambio, se le fue presentada la cabeza de Pompeyo en un cesto.

Suceso que lo llevó a tomar la decisión de intervenir en los asuntos políticos de Egipto a favor de Roma. Ofreciéndose como interventor en las disputas entre Ptolomeo XIII y Cleopatra.

Ptolomeo XII había sido favorecido por Pompeyo nombrándolo único gobernante y obligando a Cleopatra a exiliarse a Tebas y luego a Siria.
La legendaria Cleopatra, desde el exilio, organizó un ejército con ayuda de su hermana menor Asínoe y César ante la muerte de Pompeyo consideró una oportunidad conformar una alianza con Cleopatra.

La alianza no resultó del todo favorable para César ya que fue Cleopatra la que impuso condiciones y el romano terminó subyugado por la belleza y coraje de la reina egipcia.

Ptolomeo XIII mandó veinte mil infantes y dos mil jinetes a cargo de Aquilas a defender su trono. Asínoe, la hermana menor de Cleopatra escapó de Alejandría y se unió al ejército de Aquilas como líder de la resistencia contra el ejército de Roma.

Ante este adverso panorama para los planes de César y Cleopatra, César  mandó quemar las naves del puerto para evitar la retirada de las tropas . Las llamas devoraron las naves y se extendieron hasta la famosa Biblioteca de Alejandría, destruyéndola.

Una disputa interna entre Aquila y Asínoe provocaron un debilitamiento del ejército de Ptolomeo XIII favoreciendo así, aunque por poco tiempo a César y provocando la muerte de Ptolomeo XIII y la captura de Asínoe quien terminó sus días ejecutada por órdenes de Cleopatra a Marco Antonio, quien la mandó ejecutar.

El final de César tras una conspiración en su contra que terminó en su asesinato dejó atrás una vida de triunfos y derrotas a favor de Roma, la misma Roma que lo traicionó.

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Los cimientos de Alejandría, la gran ciudad de Alejandro Magno


La antigua ciudad de Alejandría fundada por Alejandro Magno en el año 332 a.C. Fue el principal centro cultural del mundo antiguo y tiene una de las historias más completas de Egipto.

Situada al norte del país y con más de cuatro millones de habitantes, Alejandría es el principal puerto de Egipto y uno de los más importantes del mediterráneo. Actualmente también es la ciudad más occidental y cosmopolita de Egipto.

Algunos historiadores atribuyen el origen de Alejandría a una pequeña aldea conocida como Rhakotis o Râ-Kedet, en donde la población se servía de la pesca, para la subsistencia. Restos de cerámicas encontrados en el lugar, son la prueba viviente de la existencia de estas pequeñas colonias de  marineros griegos desde el II milenio que habitaban el lugar, mucho antes de la llegada de Alejandro Magno, pues esta data del siglo VII a.C.

Pero no sólo fueron los griegos quienes la visitaron sino que autores como Heródoto visitaron Egipto en el siglo V a. C. Otros autores clásicos como Homero, mencionan esta isla.

Pues vemos como se hace alusión a ella en la Odisea: – “Ahora súbitamente en el mar aflora una isla, que ellos llaman Pharos (refiriéndose a Alejandría, mediante este antiguo topónimo), Por allí se encuentra una bahía con un buen fondeadero, desde donde salen los buques al mar”.

El científico y director del programa de geoarqueología en el Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural, Jean-Daniel Stanley determino que – “Alejandría fue construida encima de un existente y probablemente importante establecimiento, que fue seguramente reducido al mínimo en importancia, pues hasta hoy no teníamos constancia”.

Rhakotis o Râ-Kedet, poblado de pescadores pertenecía al gran Imperio Persa cuyo rey Darío III gobernaba la vasta región de Egipto.

 Tierras de Darío III, Rey de Persia

Tercer rey persa de la XXXI Dinastía Aqueménida. Hijo de Arsanes y de Sisygambis, Dario III subió al trono por intercesión del eunuco Bagoas, quien había eliminado al anterior rey de nombre Arses. Biznieto del rey Darío II. En el año 335 a.C sucedió a su padre Artajerjes III. El rey Darío III se pudo librar del eunuco Bagoas,  obligándole a beberse el brebaje que éste había preparado para envenenarlo.

De carácter valiente y organizativo. Lideró en su reinado el ejército persa contra las fuerzas de Alejandro Magno de Macedonia y fue derrotado en las batallas de Issos en el 333 a.C. y Arbela (Gaugamela) en el 331.

Considerado rey de reyes, consolidó las fronteras del imperio desde la India hasta los Balcanes y el noreste de África. Su enfrentamiento con Alejandro y su posterior derrota, significó la decadencia y conquista del Imperio Persa.

En septiembre de 331 a.C, después de rechazar las propuestas de paz de Darío, Alejandro Magno lo derrota finalmente en la Batalla de Gaugamela. El rey persa huyó a Ecbatana para reunir un nuevo ejército, mientras que Alejandro Magno conquista Babilonia, Susa y Persépolis, la capital de Persia.

Darío fue abandonado por el protector de su tierra Bessus y asesinado por éste en julio de 330 a.C. con el fin de frenar la búsqueda de Alejandro Magno.

Su derrota y posterior muerte dio paso a una de las civilizaciones más extraordinarias de la humanidad.

El nacimiento de la Gran Alejandría dejaría una herencia cultural, de arte y ciencias pocas veces visto a lo largo de la historia.

Por otra parte, Alejandro concedió a Darío un funeral magnífico celebrado en la necrópolis real de Pasargadas y se casó con su hija, Estatira, en Opis en el año 324 a.C. Una nueva era nació para quedarse y en este punto Alejandría se convertiría en un símbolo de las ciencias y el progreso de la historia humana, dando a Alejandro Magno una preponderancia de la cual hasta hoy goza su nombre como uno de los grandes conquistadores de la antigüedad.

Con información de Grandes Puertos

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Constantino Cavafis – Poemas


Kavafis, alrededor de 1900 en Alejandría (Egipto)
Kavafis, alrededor de 1900 en Alejandría (Egipto)

Constantino Cavafis (en griego Κωνσταντίνος Πέτρου Καβάφης, Konstantinos Petrou Kavafis), fue un poeta griego, una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.Nació el 23 de abril de 1863 en Alejandría (Egipto).

Noveno y último hijo de Petros Cavafis, un comerciante casado con Jariclía Fotiadis, hija de un mercader fanariota de diamantes. Entre 1882 y 1885 vivió en Estambul.

A los 29 años entra como becado al Ministerio de Obras Públicas, en el servicio de riegos, irá ascendiendo, siempre con el impedimento de pertenecer a la minoría griega, hasta que en 1922 se retira como director asistente. Esta ocupación será su principal fuente de ingresos.

Vivió con su madre hasta que ésta murió, en 1899, luego con algunos de sus hermanos, y finalmente en soledad. Se le reconocen dos amores, y pasajeros, y no vivió acomplejado por su homosexualidad. Fue considerado el «poeta nacional de Grecia». No hizo una escuela, no tuvo discípulos aunque, en su época, gustó y mucho.

Se dio a conocer internacionalmente a través de las referencias del estudio de E. M. Forster sobre Alejandría, Alejandría: Historia y guía (1923). En sus obras integra la historia con asuntos contemporáneos: El dios abandona a Antonio‘ e ‘Itaca’, escritos en 1911.

Perdió la voz cuando fue sometido a una traqueotomía, en 1932, para salvarlo de cáncer en la laringe. Un renacimiento de su obra tuvo lugar con la publicación del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell(1957-1960).

Constantino Kavafis falleció en Alejandría el 29 de abril de 1933.


 

REYES ALEJANDRINOS

Se reunieron los alejandrinos
para ver a los hijos de Cleopatra,
a Cesarión, y a sus hermanos pequeños,
Alejandro y Ptolomeo, a quienes por primera
vez sacaban afuera al Gimnasio,
para proclamarlos allí reyes,
en medio de la brillante parada de los soldados.

Alejandro -lo nombraron rey
de Armenia, de Media, y de los partos.

Ptolomeo -lo nombraron rey
de Cilicia, de Siria, y de Fenicia.

Cesarión estaba de pie más adelante,
ataviado con seda rosada,
en su pecho un ramo de jacintos,
su ceñidor una doble hilera de zafiros y amatistas,
atadas sus sandalias con cintas
blancas recamadas con perlas color rosa.

A éste lo nombraron con rango mayor que a los pequeños,
a éste lo nombraron Rey de los Reyes.

Los alejandrinos comprendían ciertamente
que todo era palabras y teatro.

Pero el día era cálido y poético,
el cielo un claro azul,
el Gimnasio alejandrino una
triunfal hazaña del arte,
el lujo de los cortesanos espléndido,
Cesarión todo gracia y belleza
(hijo de Cleopatra, sangre de los Laghidas):
y los alejandrinos corrían ya a la fiesta,
y se entusiasmaban, y aclamaban,
en griego, y en egipcio, y algunos en hebreo,
encantados con el bello espectáculo
-a pesar de que ciertamente sabían cuánto valía eso,
qué palabras vacías eran esos reinos.


LO RIESGOSO

Dijo Mirtias (un estudiante sirio
de Alejandría: bajo el reinado
de augusto Constante y augusto Constancio,
gentil en parte, y en parte cristianizado):
«Fortalecido con meditación y estudio,
yo no temeré a mis pasiones como un cobarde.

Mi cuerpo a los placeres entregaré,
a las delectaciones soñadas,
a los más atrevidos deseos amorosos,
a los lúbricos impulsos de mi sangre, sin
ningún temor, porque cuando quiera –
y tenga decisión, fortalecido
como estaré con meditación y estudio –
en los momentos críticos he de reencontrar
mi espíritu, igual que otrora, ascético».


JÓNICO

Aunque rompimos sus estatuas,
aunque los expulsamos de sus templos,
no por eso murieron del todo los dioses.

Oh tierra de la Jonia, a ti te aman todavía,
a ti sus almas te recuerdan aún.

Cuando sobre ti amanece una mañana de agosto,
el vigor de sus vidas atraviesa tu atmósfera;
y a veces una etérea figura de efebo,
indefinida, con paso rápido,
por sobre tus colinas atraviesa.


EMISARIOS DE ALEJANDRÍA

No se vieron, por siglos, tan hermosos obsequios en Delfos
como éstos que fueron enviados por los dos hermanos,
los reyes rivales Ptolomeos. Después de recibirlos
sin embargo, se inquietaron los sacerdotes por el oráculo.

Su
experiencia
toda van a necesitar para redactarlo con sagacidad
cuál de los dos, cuál de tales dos quedará descontento.

Y deliberan por la noche secretamente
y discuten los problemas familiares de los Laghidas.

Pero he aquí que volvieron los emisarios. Se despiden.

Regresan a Alejandría, dicen. Y no piden
oráculo alguno. Y los sacerdotes los escuchan con alegría
(se entienden que conservan los magníficos obsequios),
pero están también en extremo sorprendidos,
sin entender qué significa esa repentina indiferencia.

Pues ignoran que ayer les llegaron a los emisarios graves noticias.

En Roma se entregó el oráculo: fue allí el reparto.


CESARIÓN

En parte para aclarar bien una época,
en parte también para pasar el tiempo,
ayer por la noche tomé para leer
una colección de inscripciones de los Ptolomeos.

Las abundantes adulaciones y elogios
para todos se parecen. Todos son brillantes,
gloriosos, poderosos, benefactores;
todas sus empresas sapientísimas.

Y si te refieres a las mujeres de esa estirpe, también ellas,
todas las Berenices y las Cleopatras admirables.

Cuando logré aclarar bien la época,
habría dejado el libro si una mención breve,
e insignificante, al rey Cesarión
no hubiera atraído de inmediato mi atención…

Ah, hete aquí, viniste tú con tu encanto
indefinido. En la historia unas pocas
líneas solamente se encuentran sobre ti,
y así más libremente te plasmé en mi espíritu.

Te plasmé apuesto y sentimental.

Mi arte da a tu rostro una simpática hermosura de ensueño.

Y tan plenamente te imaginé,
que anoche tarde, cuando se apagaba
mi lámpara -la dejé expresamente apagarse-
creí que habías entrado a mi pieza,
me pareció que delante de mí te detuviste: como si estuvieras
en la conquistada Alejandría,
pálido y cansado, ideal en tu tristeza,
esperando todavía que se apiadaran de ti
los malvados -que murmuraban la «diversidad de Césares».


TUMBA DE YASIS

Aquí yazgo; Yasís. De esta grande ciudad
por la hermosura el efebo más famoso.
Sabios profundos me admiraron; y también el pueblo superficial,
sencillo. Y me alegraba asimismo igual
por ambas cosas. Y por tenerme la gente demasiado por Hermes y
Narciso,
los excesos me acabaron, me dieron muerte. Viajero,
si eres alejandrino, no has de criticar. Tú conoces el ímpetu
de la vida nuestra: qué ardor posee, qué voluptuosidad excelsa


MIRIS: ALEJANDRÍA DEL 340 D.C.

Cuando supe la desgracia, que había muerto Miris,
fui a su casa, a pesar de que evito
entrar a las casas de Cristianos,
sobre todo cuando tienen duelos o festejos.

Me detuve en un pasillo. No quise
avanzar más adentro, pues percibí
que los parientes del muerto me miraban
con manifiesto asombro y desagrado.

Lo tenían en una sala grande
que desde el extremo donde me detuve
vi un poco: toda tapices preciosos,
y utensilios de oro y de plata.

Yo estaba de pie llorando al final del pasillo.
Y pensaba que nuestras reuniones y excursiones
sin Miris no tendrían ya valor
y pensaba que ya no lo vería
en nuestras bellas trasnochadas inmorales
regocijarse, y reír, y recitar versos
con su perfecto sentido del ritmo griego;
y pensaba que había perdido para siempre
su belleza, que había perdido para siempre
al joven que adoraba con locura.

Unas ancianas, cerca de mí, hablaban en voz baja
del último día que vivió-
continuamente en sus labios, el nombre de Jesús,
tenía una cruz en sus manos.-
Entraron después al aposento
cuatro sacerdotes Cristianos, y decían sus oraciones
con fervor y unas súplicas a Jesús
o a María (no conozco bien su religión)
Sabíamos, ciertamente, que Miris era Cristiano.
Lo sabíamos desde el primer momento, cuando
el año antepasado entró a nuestro grupo.
Pero vivía absolutamente como nosotros.

De todos nosotros el más entregado a los placeres;
disipando con largueza su dinero en las diversiones.

Sin cuidado por el juicio de la gente,
se metía de adrede en riñas nocturnas en las calles
cuando nuestra cuadrilla acertaba
a hallar un grupo opuesto.

Nunca hablaba de su religión.
Más aun, cierta vez le dijimos
que lo llevaríamos con nosotros al Serapion.

Pero como que se disgustó
con esa broma: ahora recuerdo.

Ah y también me vienen a la mente otras dos ocasiones.

Cuando hicimos libaciones a Poseidón,
se apartó de nuestro grupo y volvió la vista a otra parte.

Cuando entusiasmado uno de nosotros
dijo «el grupo nuestro que esté
bajo el favor y protección del grande,
del hermosísimo Apolo» -Miris susurró
(los demás no lo oyeron) «con excepción de mí’.

Los sacerdotes Cristianos en alta voz
suplicaban por el alma del joven.-
Yo observaba con cuánto esmero
y con qué atención concentrada
se preparaba todo en las formas
de su religión para el funeral Cristiano.

Y de repente me dominó una extraña impresión.

De una manera indefinida, sentía
como si Miris se marchase de mi lado.

Sentía que se había unido, Cristiano,
con los suyos, y que me había vuelto
yo un extraño, muy extraño, sentía además
que una duda se me allegaba: acaso hubiera sido engañado
por mi afecto, y siempre le fui extraño.-

Me lancé fuera de la horrible casa de ellos,
huí velozmente antes que el recuerdo de Miris me
fuera arrebatado, cambiado por el cristianismo de ésos.


 

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