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Los mosquitos, vencedores de Babilonia y Alejandro Magno

El principal dios de los babilonios, el dios Nergal, señor del Inframundo, era representado como un mosquito. Encontraremos el porqué de la metáfora si nos situamos en los cañaverales contiguos a las ruinas de Babilonia, en el lugar donde Alejandro Magno, dueño del mundo entonces conocido, murió en el año 320 a. J.C., a los treinta y tres años de edad. En ese lugar se unen el Éufrates y el canal de Hillah, después de rodear con su curso la antigua ciudad.

Esto nos lleva a la historia del festín de Baltasar, el general babilonio del siglo VI a. J.C. que defendió la ciudad contra Ciro y los persas. Los soldados se burlaron cuando los hombres de Ciro empezaron a excavar una profunda zanja alrededor de la ciudad a fin de rendirles por el hambre. Eso pensaba la guarnición de Baltasar, al haber dentro de las murallas provisiones para subsistir treinta años. Ciro escogió la noche del festín, en que una mano misteriosa escribió en las paredes de la sala del banquete las palabras: «Mene, mene tekel, upharsin» («Los días de tu reinado han sido contados por Dios y ha señalado tu fin»), para encauzar las aguas del Éufrates por la zanja.



Los persas invadieron entonces la ciudad cruzando el lecho seco del río. Al ser desviado, el Éufrates redujo las inmediaciones de Babilonia a una extensión de terreno completamente anegada de agua. Allí se criaban por doquier los mosquitos propagadores del paludismo. Estos insectos produjeron la enfermedad y la muerte, y debilitaron a la población de modo que ésta era incapaz de conservar los sistemas de regadío y de cultivar la tierra. Y así se aceleró el colapso, por lo que podemos decir que fue el mosquito, y no los mongoles, el que destruyó Babilonia.

Mucho antes de que las hordas asiáticas se convirtieran en la pagana «escoba destructora» que barrió Babilonia en cumplimiento de la profecía de Isaías«Y será Babilonia, joya de los reinos, adorno soberbio de los caldeos, como la catástrofe de Dios sobre Sodoma y Gomorra y no será habitada jamás» (I, 13-19)—, los mosquitos se habían convertido en los comandos del Señor de los Ejércitos.

El invencible Alejandro conquistó Babilonia y a través de Persia llegó hasta la India para adueñarse de civilizaciones más antiguas que la suya propia. Al frente de sus ejércitos volvió por tierra a Babilonia, allí enfermó y murió de paludismo por la picadura de un mosquito.

Por S. Río

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En busca de la tumba de Alejandro Magno

Hallaron en Alejandría, Egipto, un sarcófago negro de 2.000 años de antigüedad que podría ser de uno de los hombres más poderosos de la historia de la humanidad, Alejandro Magno.

En el ataúd, de casi tres metros de largo, encontraron una momia que data de la época ptolemaica, período que se extiende desde el año 305 hasta el 30 a.C. Los investigadores quedaron sorprendidos por el estado de conservación, se pudo observar únicamente un ligero deterioro en los huesos y el cráneo.

El organismo que se encuentra trabajando en la tarea de identificar el cuerpo es el Consejo Supremo de Antigüedades.

El hallazgo tuvo lugar cuando se limpiaba la zona para la construcción de un nuevo edificio.

Expertos indicaron que podría tratarse del sitio de entierro de Alejandro Magno, rey del antiguo reino griego de Macedonia, quien vivió entre los años 356 y 323 a.C y el lugar del sepulcro fue un misterio.

El hallazgo ha generado especulación sobre la posibilidad de que sea la tumba perdida de Alejandro Magno, el rey de Macedonia que conquistó gran parte del mundo antiguo.

«Si se trata de la tumba de Alejandro Magno, sería uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de todos los tiempos».

«Esperamos que esta tumba pertenezca a uno de los grandes dignatarios de su período» compartió el Dr. Ashmawy.

Con información de La Voz


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Abdalónimo, El Rey Jardinero

Batalla de Issos

Se llamaba Abdalónimo y fue el mejor rey que recuerde memoria humana. De Sidón el ejército avanzó aún hacia el sur en dirección a Tiro, donde existía un grandioso templo de Melkart, el Hércules de los fenicios. (Aléxadros II, Las arenas de Amón).

La batalla de Issos

En la Batalla de Issos, (año 333 a.C), Alejandro Magno con un ejército de unos 40.000 soldados en total, derrotó al ejército persa de Darío III compuesto por unos 100/120.000 soldados en total. Darío III cuando vio perdida la batalla, abandonó su carro de combate y sus pertrechos y huyó del campo de batalla a lomos de su caballo. Ésta no fue la derrota definitiva de Darío III, ésta se produjo en la Batalla de Gaugamela, (1 de Octubre del 331 a.C), la más importante y famosa de las que peleó Alejandro Magno, donde con un ejército de entre 47/50.000 soldados venció a Darío III con un ejército de más de 200.000 soldados.

Alejandro Magno en Sidón

Sidón es una ciudad de la costa de Líbano, país que en la Antigüedad recibía el nombre de Fenicia. Junto a Tiro y Biblos constituía un trío de pujantes urbes enriquecidas por el comercio hasta el punto de que fundaron numerosas colonias por todo el Mediterráneo. Obviamente, la prosperidad fenicia atrajo depredadores y primero asirios y luego persas se hicieron con su dominio en los siglos VII y VI a.C. respectivamente, hasta que en la centuria siguiente llegaron los macedonios.

Después de la Batalla de Issos, Alejandro entra en Sidón, encarga a su general y amigo Hefestión que busque entre los nobles de la ciudad a una persona recta a la que confiar el trono de Sidón. Al cabo de una semana Hefestión había indagado y hablado con muchas personas pero ninguna le satisfacía. Después de reunirse con Alejandro y explicarle todo lo investigado por él entre los nobles, llegan a la conclusión de que hay que buscar a una persona que sobretodo sea recta, trabajadora y leal, no hace falta que sea noble.

Abdalónimo, el Jardinero de Sidón

A los pocos días, Hefestión paseaba por la ciudad acompañado por traductores y por su guardia personal, vio una mansión rodeada de una alta valla, por encima de la cual asomaban todo tipo de árboles frutales, aquel arbolado verde y frondoso en medio de un territorio árido como era aquel le llamó poderosamente la atención.

Se acercó a la puerta y entró, era un sitio maravilloso, con todo tipo de flores, plantas, árboles de toda especie, la mansión presentaba externamente un aspecto inmejorable, había un sólo hombre, se les acercó, Hefestión por medio de su traductor le preguntó: ¿Dónde está el dueño?. Quiero hablar con él. El hombre le contestó que su señor había partido hacía más de dos años a la guerra contra los persas, no sabía nada de él desde su partida, no sabía si iba a volver ni cuándo, sin embargo, sin recibir dinero alguno, seguía custodiando y cultivando su jardín para que lo encontrase impecable cuando volviese.

Él era el jardinero, se llamaba Abdalónimo. Hefestión sonrió, sabía que su búsqueda había terminado.

Reunido esa misma tarde con Alejandro, llegaron a la conclusión de que ese jardinero, que con tanta honestidad y fidelidad había cumplido con su deber, sabría dirigir la ciudad del mismo modo como había cuidado el jardín.

Al día siguiente Alejandro Magno, en una gran ceremonia, proclamó a Abdalónimo, Rey de Sidón. Al principio hubo sus suspicacias entre los nobles de Sidón pero pronto se mostró como un gran rey, fue querido por todo su pueblo, quizás ha sido el mejor rey de Sidón, pasó a la historia como Abdalónimo el Rey Jardinero, y fue fiel a Alejandro hasta su muerte.


El sarcófago de abdalónimo

Se encontró en una cámara sepulcral de la Necrópolis Real de Sidón en 1887. Está hecho de mármol del Pentélico, (un monte cercano a Atenas), presentando similitudes técnicas con el estilo de Lisipo y temáticas con el célebre mosaico de Nápoles sobre la Batalla de Issos, lo que lleva a deducir que ambas piezas se inspiraron iconográficamente en una fuente común, una pintura de Filoxeno de Eretria encargada por Casandro, general macedonio.

Se atribuyó el sarcófago a Alejandro Magno por los relieves policromados de su decoración, especialmente el frontal, que mide más de tres metros de longitud. Después se rectificó, identificando al personaje central con Abdalónimo, al que se ve a caballo y ataviado a la moda persa blandiendo una lanza contra un león que ataca a su montura, flanqueándole otros dos que, se cree, son Alejandro y Hefestión. En los lados cortos de la obra también se representa a Abdalónimo, en uno cazando otra vez y en otro combatiendo, (seguramente en la Batalla de Gaza, que tuvo lugar durante la Tercera Guerra de los Diádocos, en el año 312 a.C.).

Museo Arqueológico de Estambul

Dentro del museo la Necrópolis de Sidón, el Sarcófago de Alejandro, el Sarcófago de las Aflijidas y las fascinantes galerías de estatuas.

El sarcófago de Alejandro es el punto estrella de todo el Museo Arqueológico. Situado en la sala número 3, su belleza impresiona incluso desde lejos. Es una pieza clásica que representa al general Alejandro y a su ejército luchando contra los persas en unos altorrelieves fascinantes. Su talla se hizo en mármol y es del siglo IV a.C. con un estado de conservación perfecto.

A pesar de su nombre, este sarcófago no fue esculpido para Alejandro Se hizo para el rey Abdalónimo de Sidón

Como escena principal en los relieves vemos a Alejandro a caballo, llevando una cabeza de león como tocado -símbolo de Hércules-. En el otro lado del sarcófago vemos una violenta y fascinante caza de un león. Lo que más sorprende es que el sarcófago aún conserva algunos trazos de su pintura original.

Con información de La historia jamás contada

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Alejandría, el sueño del gran Alejandro Magno

Al inicio de su  campaña en pos de la conquista del mundo, Alejandro III, hijo de Filipo II de Macedonia y luego  conocido como Alejandro Magno, había conquistado el primer gran poderío persa, cuando expulsó a las fuerzas de Darío III de Egipto. Alejandro dejaría a Ptolomeo Sores, uno de sus generales, a cargo de Egipto y seguiría su marcha hacia oriente. El proyecto de Alejandro, discípulo de Aristóteles, era fundir el mundo en uno.  En la cosmopolita Alejandría. El ideal se concretó, particularmente en el primer centro de conocimiento de la humanidad establecido con la pretensión de abarcarlo todo, la Biblioteca de Alejandría.  La Biblioteca funcionó hasta la conquista árabe del puerto (640), es decir, durante casi un milenio.



La fundación de Alejandría

En el año 332 a.C. Egipto estaba bajo el dominio persa. Alejandro Magno entró triunfante en ese mismo año a Egipto como vencedor del rey persa Darío III y los egipcios lo aceptaron y lo aclamaron como a un libertador. Al año siguiente, en el 331 a.C, fundó la ciudad que llevaría su nombre.

Dicen  que Alejandro  Magno se sentía arrastrado por un anhelo siempre más grande, un impulso interior que lo empujaba a traspasar fronteras geográficas en busca de lo desconocido –«Repetidamente me aconsejaban volver los compañeros, pero yo no quise, porque deseaba ver el fin de la tierra»– y a traspasar también barreras establecidas por tradiciones inveteradas y costumbres arcaicas. A través de gestos simbólicos como los matrimonios de macedonios con mujeres persas y de él mismo con la hija de Darío deseaba fundir Oriente y Occidente en una nueva humanidad unida por el ideal de la concordia.

Los ideales de la Grecia clásica y el afán del conocimiento le habían llegado a través de su maestro Aristóteles. En sus expediciones militares le acompañaban científicos y cronistas que registraban todas las novedades de las tierras conquistadas.

Después de conquistar Siria y Egipto, Alejandro buscaba un lugar donde establecer la capital de su imperio y ese lugar lo encontró en el delta del Nilo. El territorio elegido fue una península habitada por el poblado Rakotis, un pueblo de pescadores que más tarde formaría parte  de la ciudad de Alejandría. Al abrigo de las crecidas del Nilo y con la posibilidad de crear dos puertos fundamentales, uno marítimo en el mar Mediterráneo y otro fluvial en el Nilo, que a través de un canal unía el Puerto, el Lago y el Nilo, y con el Nilo acceso a todo Egipto. En  torno al año 331 a.C  había fundado, bajo la dirección del arquitecto Dinócrates, la ciudad de Alejandría en la desembocadura del Nilo. Dinócrates se ocupó del trazado de la ciudad y lo hizo según un plan hipodámico, sistema que se venía utilizando desde el siglo V a.C: una gran plaza, una calle mayor de treinta metros de anchura y seis kilómetros de largo que atravesaba la ciudad, con calles paralelas y perpendiculares, cruzándose siempre en ángulo recto. Se construyeron barrios, semejantes a los que levantaron los españoles en las ciudades hispanoamericanas, las llamadas cuadras. Las calles tenían conducciones de agua por cañerías. Administrativamente se dividió en cinco distritos, cada uno de los cuales llevó como primer apelativo una de las cinco primeras letras del alfabeto griego.

Ciertamente Alejandría era una ciudad cosmopolita, cuya población en un principio estaba integrada por griegos, judíos y egipcios procedentes del campo.

Alejandría Helenística

Alejandría fue durante siglos no sólo la capital de Egipto, sino la reina del mediterráneo, el puerto más grande del mundo clásico. En el siglo I a.C , escribe Diodoro Sículo: «Es sin duda la primera ciudad del mundo civilizado, está muy por delante del resto ciertamente en cuanto a elegancia y extensión, riqueza y lujo». Situada en una encrucijada de rutas comerciales que comunicaban Asia y África con Europa se convirtió en un centro de fermentación intelectual. Alejandría se hizo muy pronto famosa en el mundo helenístico por su biblioteca. Lo que sabemos de la antigua biblioteca son ecos de noticias posteriores a su época de esplendor.

La estructura de Alejandría está reflejada como telón de fondo en la descripción de la creación que hace Filón en su tratado De opificio mundi,  cuando habla de que Dios funda la megalovpoli cósmica. Megalovpoli (así la llama Filón el Judío en su In Flaccum), quien dice “Alejandría está evocando el Cesareón en el que se suicidó Cleopatra y donde siglos más tarde una población fanática y exaltada remató a la filósofa neoplatónica Hipatia; el Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo; el Museo, la gran biblioteca con sus setecientos mil rollos o volúmenes y su filial del Serapeo; la tumba de Alejandro”.

El gran sueño de Alejandro

Ptolomeo I, uno de los generales de Alejandro y su amigo más fiel, conocía como nadie los sueños del gran conquistador. A la muerte del héroe logró recuperar su cadáver  para enterrarlo en la ciudad de su nombre. Como fundador de la dinastía Lágida, Ptolomeo I quiso traer también a Alejandría la biblioteca de Aristóteles, muerto un año después de Alejandro (322 ac), y a su discípulo Teofrasto. No se sabe si lo consiguió pero al menos logró atraer desde Atenas a Demetrio de Falerón, discípulo de Teofrasto, y de la misma escuela peripatética, quien influyó en la fundación y concepción de la Biblioteca del Mousei’on, el santuario de las Musas, construida en torno al 306 a.C, junto al palacio real.



Ptolomeo II Filadelfo, continuó enriqueciéndola hasta convertirla en la primera institución académica e investigadora de la Antigüedad, en la ciudad más importante del Mediterráneo y de toda la tierra habitada. Los Ptolomeos eran de origen macedonio, habían heredado de los griegos el gusto por el saber y el conocimiento, y, como dinastía extranjera en Egipto, buscaban legitimar su autoridad con una intensa política cultural. Como expresión de esta política fijan la capital del imperio en la ciudad de Alejandría y crean una biblioteca que deslumbró a los contemporáneos por su carácter grandioso y excepcional. Durante siglos fue el vehículo por el que se transmitieron a Occidente los principales saberes de la antigüedad, gracias a la lengua común, el griego.

Con información de  Alejandría, el sueño de Alejandro Magno.

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Los cimientos de Alejandría, la gran ciudad de Alejandro Magno

La antigua ciudad de Alejandría fundada por Alejandro Magno en el año 332 a.C. Fue el principal centro cultural del mundo antiguo y tiene una de las historias más completas de Egipto.

Situada al norte del país y con más de cuatro millones de habitantes, Alejandría es el principal puerto de Egipto y uno de los más importantes del mediterráneo. Actualmente también es la ciudad más occidental y cosmopolita de Egipto.

Algunos historiadores atribuyen el origen de Alejandría a una pequeña aldea conocida como Rhakotis o Râ-Kedet, en donde la población se servía de la pesca, para la subsistencia. Restos de cerámicas encontrados en el lugar, son la prueba viviente de la existencia de estas pequeñas colonias de  marineros griegos desde el II milenio que habitaban el lugar, mucho antes de la llegada de Alejandro Magno, pues esta data del siglo VII a.C.

Pero no sólo fueron los griegos quienes la visitaron sino que autores como Heródoto visitaron Egipto en el siglo V a. C. Otros autores clásicos como Homero, mencionan esta isla.

Pues vemos como se hace alusión a ella en la Odisea: – “Ahora súbitamente en el mar aflora una isla, que ellos llaman Pharos (refiriéndose a Alejandría, mediante este antiguo topónimo), Por allí se encuentra una bahía con un buen fondeadero, desde donde salen los buques al mar”.

El científico y director del programa de geoarqueología en el Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural, Jean-Daniel Stanley determino que – “Alejandría fue construida encima de un existente y probablemente importante establecimiento, que fue seguramente reducido al mínimo en importancia, pues hasta hoy no teníamos constancia”.

Rhakotis o Râ-Kedet, poblado de pescadores pertenecía al gran Imperio Persa cuyo rey Darío III gobernaba la vasta región de Egipto.

 Tierras de Darío III, Rey de Persia

Tercer rey persa de la XXXI Dinastía Aqueménida. Hijo de Arsanes y de Sisygambis, Dario III subió al trono por intercesión del eunuco Bagoas, quien había eliminado al anterior rey de nombre Arses. Biznieto del rey Darío II. En el año 335 a.C sucedió a su padre Artajerjes III. El rey Darío III se pudo librar del eunuco Bagoas,  obligándole a beberse el brebaje que éste había preparado para envenenarlo.

De carácter valiente y organizativo. Lideró en su reinado el ejército persa contra las fuerzas de Alejandro Magno de Macedonia y fue derrotado en las batallas de Issos en el 333 a.C. y Arbela (Gaugamela) en el 331.

Considerado rey de reyes, consolidó las fronteras del imperio desde la India hasta los Balcanes y el noreste de África. Su enfrentamiento con Alejandro y su posterior derrota, significó la decadencia y conquista del Imperio Persa.

En septiembre de 331 a.C, después de rechazar las propuestas de paz de Darío, Alejandro Magno lo derrota finalmente en la Batalla de Gaugamela. El rey persa huyó a Ecbatana para reunir un nuevo ejército, mientras que Alejandro Magno conquista Babilonia, Susa y Persépolis, la capital de Persia.

Darío fue abandonado por el protector de su tierra Bessus y asesinado por éste en julio de 330 a.C. con el fin de frenar la búsqueda de Alejandro Magno.

Su derrota y posterior muerte dio paso a una de las civilizaciones más extraordinarias de la humanidad.

El nacimiento de la Gran Alejandría dejaría una herencia cultural, de arte y ciencias pocas veces visto a lo largo de la historia.

Por otra parte, Alejandro concedió a Darío un funeral magnífico celebrado en la necrópolis real de Pasargadas y se casó con su hija, Estatira, en Opis en el año 324 a.C. Una nueva era nació para quedarse y en este punto Alejandría se convertiría en un símbolo de las ciencias y el progreso de la historia humana, dando a Alejandro Magno una preponderancia de la cual hasta hoy goza su nombre como uno de los grandes conquistadores de la antigüedad.

Con información de Grandes Puertos

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La leyenda de la copa de Alejandro

La verdad y la leyenda se funden muchas veces en los caminos de la historia. Alejandro Magno -el Gran Alejandro I de Grecia (356-323 a.C.)- era un joven , educado por Aristóteles, por quien sintió siempre una sincera gratitud. Soldado de gran intuición, cuya sin igual trayectoria guerrera nunca conoció la derrota, construyó un imperio como jamás lo imaginaron sus contemporáneos. Sus hazañas fueron de tales proporciones que por mucho tiempo -y aún hoy -se habla de ellas.

Tan grande ha sido Alejandro que varios historiadores han parangonado su aspecto, sus actitudes y su valor con ¡los del león! Tenía por costumbre, antes de cada enfrentamiento, arengar a sus hombres,  preocupados a veces por la abrumadora superioridad numérica de las fuerzas locales a las que siempre derrotó en su propio terreno. «La gloria os espera», «El Olimpo es vuestro», solía decirles. Confiaba en la victoria porque conocía a sus gladiadores y estaba convencido que nada podían las muchedumbres contra la inteligencia y su sed de triunfos; y cuando el resultado de la contienda era todavía incierto, con un golpe de audacia inclinaba la balanza de su lado.



Aunque los resultados positivos se vieron a veces favorecidos por un abanico de circunstancias concurrentes, fueron su valor y su capacidad como estratega los factores fundamentales de sus éxitos, éxitos que se convirtieron en un torbellino de tales proporciones que se puede hablar de un antes y un después de su paso por este tiempo.

Con Darío III, se respetaban, admiraban y odiaban. Por eso la lucha fue sin cuartel y se necesitaron dos recordadas batallas para que finalmente Alejandro se quedara con Persépolis, ciudad a la que sus propios soldados incendiaron durante la orgía que sucedió al triunfo, celebración que duró un día completo. Sin embargo Alejandro, luego de derrotar al gran enemigo en sus propias y hostiles tierras, donde pocos lo habían logrado antes, no se conformó con tan honroso triunfo. ¡Quería más! Ambicionaba aumentar sus dominios y su gloria. Por eso dirigió su ejército hacia más allá de la península arábiga, enfrentó a otros adversarios y fundó Alejandría, punto de encuentro entre el antiguo oriente y el nuevo occidente.

«Se cuenta que un día, allá por el Siglo IV a.C., Alejandro Magno, en su imparable marcha hacia Persépolis, la suntuosa e inexpugnable capital del grandioso Imperio Persa, sofocado por las altas temperaturas del desierto, tomó, imprudentemente, un baño en las frescas aguas del Nilo. Consecuencia: se enfermó. Los médicos no conocían la enfermedad y nada se atrevían a recetarle. Entonces Felipe de Acarnania, su antiguo amigo, preparó una poción a base de hierbas  que Alejandro se disponía a beber, cuando le llegó una carta de Parmenión, uno de sus más brillantes generales, vencedor de los Ilirios, advirtiéndole que desconfíe de Felipe el cual, en secreta inteligencia con los persas, trataría de envenenarlo para facilitar así la victoria de su Rey, el gran Darío III. Aunque Parmenión pesaba mucho en las decisiones de Alejandro, pudo más la fe que le tenía a su amigo de la infancia y, sin vacilar, bebió dócilmente de la copa que contenía la artesanal medicina. El Emperador se curó; la acusación resultó falsa. Y con su temeraria actitud, Alejandro dejó sentado que tenía plena confianza en los buenos amigos. Desde ese día La Copa de Alejandro pasó a ser un símbolo de la amistad».

«Beber de la copa de Alejandro»

Se emplea la frase para aludir a la gran confianza que una persona  tiene en otra. Indica amistad y lealtad. Una frase acuñada por la historia, aunque sin rigor histórico, que perdura hasta nuestros días recordando un hecho símbolo de amistad.

Con información de El Día

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Alejandro, el Magno macedonio

Alejandro Magno
Alejandro Magno

Nació a las doce de una sofocante noche de verano del 356 a.C., en Pela, Macedonia. Lo llamaron Alejandro.

Antes de su nacimiento, la sibila predijo la muerte sanguinaria de Asia a manos de alguien que estaba a punto de llegar. Se cuenta que, con sus primeros llantos, el Artemision, el gran templo de Artemisa en Éfeso, ardió en llamas de forma espontánea y quedó totalmente destruido. Los magos de Zaratustra, que fueron testigos de ese incendio, según nos relata Plutarco, lloraron, esperaron y se golpearon los rostros, y profetizaron la caída del vasto Imperio persa, que empezó en esa misma hora.

La madre de Alejandro, Olimpia, princesa de Epiro, era sacerdotisa de los misterios órficos de la vida y la muerte. Cuando Olimpia contaba trece años, conoció al padre de Alejandro, Filipo II de Macedonia, en la isla de Samotracia, en su iniciación a los misterios dionisíacos más oscuros que gobernaban los meses de invierno.

En el momento de su matrimonio con Filipo, cinco años más tarde, Olimpia era también devota de los rituales de las bacantes, las seguidoras de Dioniso, el dios del vino, en cuya patria, Tracia, recibían el nombre de bassarides por las pieles de zorro que vestían, (y poco más), cuando bailaban con frenesí en las colinas toda la noche, borrachas de vino sin diluir, sedientas de sangre y arrebatadas de lujuria. Poseídas por el dios, las bassarides capturaban animales salvajes con las manos y los descuartizaban con los dientes. En esos momentos, recibían el nombre de ménades, las frenéticas.

Olimpia solía compartir su lecho con la serpiente del oráculo, una pitón adulta, costumbre que atemorizaba tanto a su marido que, durante cierto tiempo pospuso la concepción de un hijo. Pero el oráculo indicó a Filipo que perdería un ojo por contemplar a su esposa en una cópula con el reptil sagrado, un acontecimiento místico en que el rayo de Zeus le abría la matriz y de ella surgían llamas, que anunciaban un niño que un día prendería fuego al Este. Según el oráculo el matrimonio debía consumarse. Su hijo uniría los cuatro lados y despertaría al dragón de la fuerza latente en la tierra, de modo que se iniciaría una nueva era.

Alejandro era rubio, sonrosado y atractivo, con una figura elegante y un ojo gris azulado y el otro, castaño oscuro. Tenía una mirada dulce e irradiaba una fragancia agradable y maravillosa por la boca y por todos los poros de la piel debido a su naturaleza cálida y apasionada. La educación que recibió de Aristóteles el joven príncipe incluyó la formación en la metafísica y en los secretos de los magos persas. Pronto se mostró más inteligente de lo que correspondía a su edad. Su madre Olimpia le enseñó los misterios. Se convirtió en un corredor veloz, un jinete espléndido, un hábil guerrero y era admirado por todo el reino de su padre.

Pero cuando cumplió los dieciocho años, la vida de Alejandro cambió. Su padre se divorció de su madre, la desterró y se casó con una joven macedonia, Cleopatra, quien pronto le ofreció un nuevo heredero en la línea sucesoria. Olimpia, presa de ira, recurrió a sus poderes mágicos, que eran extraordinarios. Mediante estratagemas y maldiciones consiguió que uno de los amantes masculinos de Filipo lo asesinara, de modo que Alejandro pudiese acceder al trono. Alejandro contaba veinte años cuando, debido a la muerte de su padre, se convirtió en rey de Macedonia.



Lo primero que hizo fue llevar a sus vecinos Iliria y Tracia al redil macedonio. Luego incendió la ciudad rebelde de Tebas, en la zona central de Grecia, y esclavizó a su población. En la costa jónica de la actual Turquía, las ciudades griegas habían estado sometidas al vasallaje persa por más de ciento cincuenta años. Alejandro se decidió a derrotar a los persas, a restablecer la democracia y, en algunos casos la autonomía en las anteriores colonias griegas. Su misión inicial, romper el dominio del Imperio persa que había durado doscientos años en el mundo oriental y occidental, fue pronto sustituida por la de dominar el mundo. Su misión última sería la de unirse con el líquido divino: convertirse en un dios viviente.

Los ejércitos de Alejandro se introdujeron en Asia a través de Frigia, (la actual Anatolia, en la Turquía central), y llegaron a Gordion. En el siglo VIII a.C., cuatrocientos años antes de Alejandro, un oráculo anunció al pueblo de Frigia que un día aparecería su rey verdadero y que se le reconocería por el hecho de que, al entrar por las puertas de la ciudad, un cuervo se posaría en su carro. Un pastor, Gordias, se aproximó por la carretera del este. Al llegar a la primera ciudad, un cuervo profético se posó en el yugo de su carro de bueyes y entraron juntos en la villa.

La gente aclamó a Gordias y lo acompañó al templo, donde lo coronaron rey. Pronto se descubrió que nadie era capaz de desatar el complejo nudo de la correa de cuero que unía el yugo al timón del carro. El oráculo predijo que quien desatara el nudo se convertiría en el señor de toda Asia. Se trataba del nudo gordiano que, cuatrocientos años después, Alejandro cortaría por la mitad con su espada.

Gordias se casó con la profetisa del oráculo de Cibeles, nombre que significa a la vez cueva y cubo, la gran diosa madre de toda la creación desde la época glaciar. Cibeles había nacido en el monte Ida, en la costa jónica, desde donde los dioses observaron la guerra de Troya, pero su trono principal se encontraba en Pesinunte, a sólo veinte kilómetros de Gordion, donde se conservaba como una piedra meteorítica negra. Ciento veinte años después de la muerte de Alejandro, esta roca fue llevada a Roma y conservada en la colina palatina para protegerla frente a Aníbal y sus fuerzas durante las guerras púnicas. Permaneció allí, ejerciendo el poder frigio, hasta bien entrada la época de los césares.

Gordias y su esposa profetisa adoptaron al hijo medio mortal de la diosa Cibeles, un chico llamado Midas porque, al igual que la diosa, había nacido en el monte Ida. Midas se convirtió en el segundo rey de Frigia. Cuando aún era un muchacho, Midas acompañado por el centauro Sileno, tutor del dios Dioniso, a Hiperbórea, una tierra mágica situada más allá del viento del norte, relacionada con la estrella polar y el eje del mundo. A su regreso, Dioniso recompensó a Midas concediéndole un deseo. Midas pidió convertir en oro lo que tocara. En la actualidad todavía fluye oro en los ríos en los que un día se bañó.

En el año 333 a.C., cuando Alejandro cortó el nudo gordiano, visitó la tumba del rey Midas, el templo de Cibeles, para ver la piedra negra y, por último, el templo del dios patrón de los reyes frigios, Dioniso. Tras haberse refrescado en los manantiales y pozos de los dioses orientales, procedió a conquistar el Este: Siria, Egipto, Mesopotamia, Persia, Asia central e India.

El acontecimiento más relevante de esas campañas se produjo en Asia central, en la Roca Sin Pájaros, ciudad construida sobre una torre de roca de dos mil metros de altura, que era considerada el pilar que sostenía el cielo; tan alta que era imposible atacarla con una catapulta. Alejandro seleccionó trescientos soldados de las regiones montañosas de Macedonia, capaces de escalar a mano los acantilados y los muros de la ciudad; una vez arriba, dispararon flechas a los defensores, quienes se rindieron.

El Corán explica que en algún lugar cercano a este punto, Alejandro construyó unas inmensas puertas de hierro para cerrar un paso de montaña difícil frente a la tribu de Gog, procedente del país de Magog, tribu que más adelante se denominaría mongol. También fue en ese lugar donde construyó su ciudad santa, sobre el anterior emplazamiento de la séptima ciudad de Salomón. Se dice que la piedra sagrada de Salomón permanece enterrada como piedra angular, lo que permite a la ciudad emerger en los albores de cada nuevo eón.

Una vez pacificada la región situada más allá del Oxus, una tropa de nobles llegó procedente de Nisa, un valle al otro lado del Hindu Kus. Cuando vieron a Alejandro, estaba en plena batalla con la armadura puesta y cubierto de polvo. No obstante todos se quedaron sin habla y se postraron en el suelo sobrecogidos porque reconocieron en él esas cualidades divinas que ya habían detectado los sumos sacerdotes egipcios y, cómo no, los magos persas. Los nobles de Nisa invitaron a Alejandro y a sus hombres a visitar su país, que según afirmaban era el lugar de nacimiento del “dios de Nisa”, Dio-niso, también dios principal de Macedonia.

Se cuenta que la visita de Alejandro a Nisa supuso el punto de inflexión en su corta pero influyente vida. Acercarse a ese valle verde que se extendía entre cordilleras montañosas era como entrar en un terreno mágico y perdido. El valle no sólo se vanagloriaba de sus viñedos exclusivos y de los vinos embriagadores que a Alejandro le encantaba beber, sino que también era el único lugar de esa parte del mundo donde crecía la hiedra, planta consagrada al dios.

La vid representa el viaje al mundo exterior, la búsqueda. La hiedra describe el viaje interior, el laberinto. Alejandro y sus soldados, siempre dispuestos a brindar por el dios principal de su lugar de nacimiento, se tocaron con una corona de hiedra sagrada y bebieron, festejaron y bailaron por las colinas para celebrar esa nueva invasión de la India, ya que según la leyenda, el dios Dioniso fue el primero en cruzar el Indo a lomos de su pantera perfumada.



La carrera de Alejandro fue breve, pero los dados del oráculo habían sido echados antes de su nacimiento. En trece años y muchas campañas conquistó la mayoría del mundo conocido. Luego, a los treinta y tres años, falleció en Babilonia. Debido a que su vasto imperio, conseguido a base de esfuerzo, se desmanteló inmediatamente tras su muerte, los historiadores son de la opinión de que no dejó nada aparte de su leyenda dorada. Se equivocan. En esos trece años consiguió su objetivo: mezclar Oriente y Occidente, espíritu y materia, filosofías y líneas de sangre. En todas las capitales conquistadas, oficiaba matrimonios públicos en masa entre oficiales greco-macedonios y mujeres nobles nativas; él mismo eligió varias esposas entre las persas.

Se sabe también que Alejandro era un iniciado en el esoterismo oriental. En Egipto, los sumos sacerdotes de Zeus Júpiter Amón reconocieron en él la encarnación de ese dios y le impusieron los cuernos de carnero de la figura vinculada en los tres continentes con Marte, el planeta de la guerra, y con la era actual de Aries, el carnero. En el norte, en las tierras de los escintios, (en Asia central, la parte del mundo de que estamos hablando),  lo llamaban Zul-qarnain: “el dios bicorne”. Ese término significa también “señor de los dos senderos” o dos épocas, es decir, aquel que gobernará la transición entre dos eones.

La madre de Alejandro, Olimpia, le dijo que era la semilla de la serpiente del poder, la fuerza cósmica. La ambición que le había inculcado de pequeño creció hasta convertirse en una sed inagotable de dominación. En su corto margen de tiempo, Alejandro se convirtió en el primer hombre occidental que fue considerado un dios viviente antes de su muerte.

 Por Katherine Neville

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