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El verdadero espíritu árabe: «cristianos celebran la Navidad en Líbano acompañados de musulmanes» – (+ Videos)

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Beirut.- Los cristianos no son los únicos que celebran la Navidad en Líbano, un mosaico de 18 credos, donde musulmanes y drusos también viven estas fechas de una manera especial olvidándose de las diferencias que les separan.

Árboles de Navidad, pesebres gigantes, adornos especiales y luces resplandecen en casi todas las calles de Beirut, incluso en las zonas de mayoría musulmana.

Ahmad, un jubilado musulmán, explicó que en estas fechas va a casas de sus amigos cristianos para felicitarlos y compartir una taza de café con dulces caseros.

“Para mí, esta fiesta religiosa tiene el mismo valor que si fuera de mi propio credo porque todas las religiones celestes llaman al amor y al perdón”, dijo Ahmad, quien culpó a los políticos de haber contribuido a la división entre los libaneses.

Y es que, según él, antes de la guerra civil (1975-1990) no había diferencias entre sus compatriotas.

Aun así, “en el Líbano siempre nos felicitamos mutuamente y nada podrá borrar esta tradición”, señaló el jubilado, al tiempo que recordó que para el islam Jesús (P) es un profeta al igual que Muhammad (BPD), y su madre, la Virgen María (P), es venerada tanto por cristianos como por musulmanes.

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En estos días es común ver en casas musulmanas árboles de Navidad, así como en las entradas de muchos edificios, mientras que las iglesias acogen conciertos de villancicos en los que participan niños y adultos de todas las creencias religiosas.

En el centro de Beirut, frente a la mezquita de Mohamed Al Amin, comúnmente conocida como la mezquita de Hariri, un árbol gigante de Navidad fue inaugurado esta semana a bombo y platillo por el primer ministro libanés, Saad Hariri, con un desfile de bailarines, grupos musicales y personajes típicos de estas fechas.

Abira, una joven musulmana, aseguró que en su casa ponen el árbol, pero no el pesebre, ya que es un signo cristiano.

“Pero esto no impide que respetemos las tradiciones e incluso hacemos regalos con motivo del Año Nuevo”, indicó.

Es tradicional servir en las mesas libanesas, además del pavo y del pastel de Navidad, el “muglie”, que es arroz molido preparado con leche, agua de rosas y adornado con almendras, pistachos, pasas y coco molido, y que se ofrece también cuando nace un bebé en cualquier época del año.

Al igual que en otras partes del mundo, la mayoría de las familias se reúnen en las casas para celebrar la Navidad, lo que no impide que restaurantes y otros lugares de ocio preparen menús especiales.

Para la drusa Samar, responsable en una institución internacional, celebrar la Navidad es una tradición familiar que intenta transmitir a su hija Hala, a la que no quiere privar de la “magia con la que está impregnada toda la ciudad” para esta ocasión.

“Nunca se dijo en mi casa que era una fiesta cristiana y mis padres me cuentan que antes a nadie le importaba la religión a la que pertenecía el otro”, explicó Samar.

Es tradición en el Líbano, único país árabe con un presidente cristiano y con grandes tradiciones de este credo, que durante las fiestas navideñas se feliciten los miembros de las diferentes comunidades, olvidando por un momento las preocupaciones y divergencias políticas y religiosas.

En su mensaje navideño, el patriarca maronita (católicos de Oriente), monseñor Nasralá Sfeir, instó a la unión y cooperación entre los libaneses, que deben sacrificarse para salvar su patria, y les pidió que no perdieran la esperanza.

Por su parte, el vicepresidente del Consejo Superior chií, jeque Abdel Amir Qabalan, afirmó que todos los libaneses deben seguir los pasos de Jesucristo.

“Los amantes de Cristo, musulmanes y cristianos en el Líbano, deben seguir sus pasos”, afirmó Qabalan, quien invitó a todos los creyentes a ser piadosos y justos.

REPORTAJE

Fuente: Kathy Seleme (24/12/2010)

Un árabe de Navidad (himno bizantino de la Natividad)

Majida Al Roumi – Noche de Paz (Inglés, árabe y francés)

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El verdadero espíritu árabe: «cristianos celebran la Navidad en Líbano acompañados de musulmanes» por Al Muru Andalucí se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.
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Santa Bárbara – Protectora del Rayo y la Tormenta

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Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, dice desengañadamente el refrán; y también cuando llueven bombas sobre las ciudades indefensas, porque si el pararrayos protege del fuego natural del cielo ¿qué nos protege de las bombas? Una vez conjurada la amenaza de las nubes, los hombres inventan terribles sucedáneos mucho más mortíferos.

Bárbara, la estrepitosa, es el escudo contra los terrores más antiguos de las gentes, el fuego y la destrucción que caen de la altura; y de los más modernos, del último grito en materia de aniquilamiento feroz, total, absoluto. Por eso debería se abogada del miedo y la prevención de la hecatombe nuclear, la venerable mártir de hace tantos siglos encontraría así una función que en modo alguno podemos llamar anacrónica.

Es Santa Bárbara una de las mujeres más grandes de los primeros tiempos del cristianismo, que murió como mártir debido a sus creencias en la época romana. Es una de las santas más veneradas tanto en la iglesia católica-romana como en la ortodoxa, pero los testimonios históricos no son suficientes para fijar con seguridad los años en que vivió, ni siquiera su año de nacimiento y de fallecimiento. Sin embargo su culto está muy extendido en Oriente y Occidente desde, como muy tarde, el siglo IX.

La leyenda de Santa Bárbara tiene su origen en la iglesia oriental en la que se encuentra un número considerable de manuscritos. De todos ellos, la “Leyenda Aurea” es la hagiografía más famosa que gozó de gran difusión en toda Europa :

“En tiempos del emperador romano Diocleciano (286-313) vivía en Nicomedia (ciudad de Asia Menor y residencia imperial en aquel período) un hombre extraordinariamente rico llamado Dióscoro, que tenía una hija muy hermosa, de nombre Bárbara. Dióscoro procuró a su hija todos los bienes materiales posibles y un profundo conocimiento de las creencias paganas. Bárbara, que poseía un espíritu penetrante y observador, se preguntaba frecuentemente cómo eran aquellos dioses que su padre idolatraba y ella en secreto despreciaba.Para evitar que se hiciera cristiana y a la vez ocultar su hermosura a las miradas mundanas, mandó Dióscoro construir una torre iluminada por dos ventanas donde la encerró antes de partir a un largo viaje de negocios. Encontró Bárbara el medio de recibir las enseñanzas de un servidor cristiano que se hacía pasar por médico, quien, después de haberla instruido en la religión cristiana, le administró el bautismo.

Para expresar su fe en la Santísima Trinidad, mandó perforar en el muro de la torre una tercera ventana. Ya de vuelta, al saber Dióscoro que su hija se había convertido al cristianismo, la amenazó. Bárbara huyó y consiguió refugiarse en una gran roca que se abrió milagrosamente para darle asilo. Denunciada por un pastor fue detenida y entregada al juez Marciano que la hizo azotar, mandó colocar antorchas encendidas en sus costados, golpear su cabeza con un martillo y cortarle los pechos con una espada por haberse negado a abjurar del cristianismo. Soportó Bárbara la tortura mientras mirando al cielo suplicaba: “Señor te ruego seas mi protector”. Marciano, encolerizado, mandó que la mataran. Su padre, lleno de ira, la condujo a un monte donde con su propia espada le dio muerte mientras ella imploraba misericordia para su verdugo. Cuando su progenitor bajaba del monte, un rayo cayó del cielo y lo quemó, consumiéndose su cuerpo de tal manera que no quedaron de él ni las cenizas”.

Otra leyenda más tardía y totalmente distinta y de menor difusión, refiere que el padre de Santa Bárbara había nacido en Hippo (Argelia) y se llamaba Alipius. Había dedicado su vida al conocimiento y ejercicio de la química en aplicaciones bélicas y a la fabricación de explosivos. Parece que había proporcionado a Bárbara una esmerada educación liberal, que le permitía expresarse en diversas lenguas y participar con él en sus trabajos de investigación, descubriendo ambos un detonante de extraordinario poder. La joven, que estaba dotada de una gran belleza y había rechazado a numerosos pretendientes, se decidió a profesar como religiosa en el convento de Santa Perpetua, fundado por Santa Agustina.

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Era el año 430 y África sufría una invasión de pueblos bárbaros, que sitiaron la ciudad de Hippo. Alipio dirigió su defensa y fue muerto por un flechazo. Entonces, los sitiados llamaron a Bárbara al convento para que prosiguiera la defensa iniciada por su padre, fabricando y utilizando explosivos, luces de Bengala y globos de fuego para ser arrojados con catapultas, que había aprendido a fabricar con su progenitor. Después de catorce meses, la ciudad se vio obligada a capitular y los sitiadores pretendieron vengarse de Bárbara, asaltando el convento al que había regresado. Pero ella, previendo lo que iba a ocurrir, tenía acumulada una gran cantidad de explosivos en el subterráneo del monasterio y, cuando se percató de que ya no podían hacer nada más en su defensa, provocó su explosión. Conquistadores y vencidos fueron aniquilados bajo los escombros. Así murió Santa Bárbara, escapando con sus compañeras al consiguiente escarnio y a los acostumbrados ultrajes de la soldadesca.

No resulta verosímil que las dos biografías anteriores correspondan a una misma persona. Más bien parecen referirse a dos jóvenes cristianas y mártires, distintas, aunque de idéntico nombre. La tradición de la muerte de la Santa, decapitada por su padre por no abjurar del cristianismo prevaleció ante la Iglesia.

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San Marón

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San Marón, patrono, protector e inspirador de la Iglesia maronita, nunca tuvo la idea de formar una Iglesia aparte; sino, más bien, quiso iniciar dentro de la Iglesia de Antioquía un camino especial de santidad, inspirado en el Evangelio donde Cristo es » el camino, la verdad y la vida». Su vida relatada con pocas líneas por el historiador eclesiástico Teodoreto, obispo de Ciro, se resume en pocas palabras:

«Fidelidad a Cristo, siguiendo los consejos evangélicos, fidelidad a la Iglesia de Cristo, defendiendo heroicamente a su Cabeza visible el Obispo de Roma y fidelidad a las santas tradiciones de la Iglesia oriental, llevando una vida de asceta en la cumbre de una montaña, cercano al pueblo de Kfar Nabo, donde estaba erigido un templo al dios pagano Nabo, que él transformó en un templo cristiano para adorar al verdadero Dios.»

San Marón cultivó heroicamente en su vida cenobítica las virtudes evangélicas, retirado del mundo, entregándose , día y noche, en oraciones, ayunos y mortificaciones. La fama de su santidad fue reconocida por San Juan Crisóstomo, en una carta dirigida a Marón, en 405, desde su exilio en el Cáucaso. Me permito reproducir el texto resumido de esta carta llena de emoción espiritual, para la edificación nuestra : » A Marón, presbítero y solitario : Unidos por los lazos de amor, lo tenemos presente, entre nosotros. Los ojos de la caridad son de tal vigor que las distancias lejanas son impotentes de debilitarlos, con el pasar del tiempo. Desearíamos escribirte con frecuencia pero por varias dificultades se nos hace difícil. Mismo así le escribiremos cuantas veces se nos está permitido para decirle que nosotros nunca te olvidamos y donde estemos tu estás en nuestra alma. Tú, procura notificarnos sobre tu salud, para que aun separados por el cuerpo, tengamos el consuelo de saber que estás bien y esto nos fortifica en nuestra soledad. Ante todo te ruego que reces a Dios por mí» .

El mérito de San Marón no fue solamente en haber llevado una vida de perfección individual, sino, también, por haber atraído hacia él a muchos jóvenes que imitaron su ejemplo de santidad y después de su muerte, acontecida en 410, continuaron llevando una vida monástica comunitaria en una montaña de Siria, en el famoso Convento de San Marón, cuna de la formación de la futura Iglesia Maronita, jerárquicamente instituida en el Líbano (685) por San Juan Marón su primer patriarca

«El ejemplo arrastra y la santidad se difunde. En vida de San Marón y después de su muerte, se incrementó la vida contemplativa en la Iglesia. Eran muchos los que, buscando la intimidad profunda con Dios e imitando la vida de Cristo, se aislaban por todas esas montañas , viviendo en pequeñas comunidades como monjes o como ermitaños solitarios». El mismo historiador Teodoreto escribía exclamando : Marón embelleció el coro divino de los santos. Fue quien plantó para Dios el jardín que hoy florece en la región de Ciro» (Cfr. Vida de S. Charbel, Juan Antonio Flores Santana, Arzobispo de Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana, 1997). (La Fiesta de san Marón, es el 9 de febrero)

OTRO ACERCAMIENTO DE LA IGLESIA MARONITA Y DE LOS MARONITAS

Los Maronitas son los cristianos católicos orientales que deben su nombre a San Marón, santo hombre, rígido defensor de la fe católica en Oriente, monje modelo cuyo ejemplo siguieron numerosos discípulos, un apóstol que la Providencia de Dios eligió para confirmar a los vacilantes en su fe y para organizar el núcleo principal de la nación maronita que será baluarte de la lucha en favor de la fe y en beneficio del triunfo de la verdad sobre la mentira y de la libertad contra la opresión. Marón vivió en el siglo IV, en las cercanías de Antioquía, donde trabó relaciones de amistad con grandes figuras como San Basilio y San Juan Crisóstomo y otros ilustres Doctores de la Iglesia. De joven, siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro, dejó su familia, sus bienes y fue a buscar la calma en una montaña, entregándose a la oración la contemplación y el trabajo. Dios le otorgó el don de los milagros, sanando las enfermedades del cuerpo y del espíritu y sus prodigios llegaron a proyectarse en lejanos países.

Muchos jóvenes siguieron su ejemplo, imitando sus virtudes y procurándolo para escuchar sus enseñanzas y adoptar su espiritualidad. Fueron llamados “discípulos de San Marón” y después de su muerte, ocurrida en el año 410, crecieron mucho, y formaron el “Convento de San Marón” que cobijaba a numerosos monjes que se dedicaron a luchar con heroísmo contra los errores doctrinales de su época. En el año 517, los cristianos monofisitas que no aceptaron la fe católica definida en el Concilio Ecuménico de Calcedonia (a.451), mataron a 350 miembros de ellos que son conocidos como “ Mártires, discípulos de San Marón”. El Papa Hermes IV reconoció su martirio y así quedó sellada la fe maronita con su sangre.

Al pueblo que en el Patriarcado de Antioquía siguió la orientación religiosa de San Marón y sus discípulos, se les aplicó el nombre de “Maronitas”. En el siglo VII, por ocasión de la invasión árabe, los maronitas para escapar a la opresión de los conquistadores, tomaron la fuga y se refugiaron en los montes y los valles del Líbano donde formaron la Iglesia Maronita , bajo el liderazgo de San Juan Marón, un monje discípulo de San Marón, reconocido por el Papa como Primer Patriarca Maronita de Antioquía y de todo el Oriente. Hasta hoy, los maronitas tienen un Patriarca que lleva junto a su propio nombre, el nombre de Pedro, el Apóstol de Cristo, primer Obispo de Antioquía y más tarde, primer Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Papa de la Iglesia Universal. Actualmente el Patriarca maronita se llama Beshara Rai, y al mismo tiempo es Cardenal de la Iglesia Católica que puede ser elegido Papa.

Los maronitas no son, pues, una secta cristiana, ni una religión misteriosa, ni una Iglesia disidente, sino una nación católica, un pueblo de origen definido, una Iglesia particular que tiene un destino providencial en el desarrollo de su historia y en la mística de sus santos.

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LOS MARONITAS Y ROMA

Si el mundo ignora la lucha de los maronitas contra el error y si los discípulos de San Marón llegasen alguna vez a dudar de su identidad, o si los adversarios tratan de denigrar el papel importante que los maronitas juegan en la vida de la Iglesia, los Papas de Roma, sin embargo, han prestado con sus bondadosas palabras un valioso testimonio que llena de orgullo y de satisfacción a los hijos de San Marón :

Así León X, escribía, en 1515, al Patriarca maronita : “ conviene que alabemos y bendigamos la divina clemencia, porque entre las naciones orientales infieles y en los campos del error, haya el Altísimo querido que sean los maronitas casi rosas entre espinos”. Clemente XII en 1735 , califica a la nación maronita de “Rosa entre las espinas, de roca solidísima contra la cual se rompen las furias de la infidelidad y de las herejías”. Y San Pío X, entre otras palabras, dice, hablando de los maronitas : ” Amamos a todos los cristianos del Oriente, pero los Maronitas ocupan un lugar especial en nuestro corazón porque han sido en todo tiempo la alegría de la Iglesia y el consuelo del Papado…, la fe católica está arraigada en el corazón de los Maronitas como los muy antiguos cedros están hincados por sus potentes raíces en las altas montañas de su patria”.

No es necesario extenderse más sobre este sublime aprecio de los Papas a los Maronitas y es muy elocuente la actitud de los últimos Pontífices que convivieron con los recientes dramas que afectaron a los maronitas en la última guerra que castigó cruelmente durante 17 años al Líbano. Las palabras, los gestos , la preocupación casi diaria y la manifestación continua del afecto más puro y sincero del actual papa Juan Pablo II hacia el Líbano, han sido un suave bálsamo para las heridas del pueblo maronita y una fuerte dosis de esperanza para los hijos de San Marón en su ardua lucha por una digna supervivencia .Y la convocación, recientemente, a una Asamblea especial del Sínodo de los Obispos dedicado al Líbano, como también, la visita del Sumo Pontífice a la tierra de los fenicios, no fue sino una prueba a más del amor que tiene el Papa por los cristianos del Líbano, en general, y particularmente por el destino de la Iglesia Maronita en aquel país.

LOS MARONITAS Y LÍBANO

Perseguidos por causa de su fe, los maronitas se refugiaron en Líbano, encontrando en él una tierra de libertad y con el espíritu tenaz transformaron su árido suelo en un floreciente y fecundo vergel. Su historia se identificó con la historia del Líbano y no será extraño verlos defender su patria con valentía , sangre y heroísmo. Jamás el Líbano, único baluarte del cristianismo en oriente , se dejó avasallar por sus enemigos, gracias a la lucha de los maronitas y sus hermanos libaneses :“Toda la Siria, escribía Jaled el conquistador árabe, cayó como un camello, el Líbano solo quedó erguido”. ¡Solo Dios sabe cuanta sangre vertió la nación maronita en esas luchas de exterminio que acompañaron su 13 siglos …

Caro fue el precio que pagó la nación maronita por causa de la ayuda que prestaron sus fuerzas a los cruzados, en su marcha al santo Sepulcro. Finiquitada la conquista europea, todo el odio de sus enemigos cayó sobre el Líbano, ensangrentando sus campos y arrasando su territorio. Esta historia dolorosa no se cerraba sino a cortes intervalos de tiempo, para volver a abrirse más triste y verter más sangre mártir. Tales fueron las matanzas feroces de los años 1834, 1845, 1860, 1914, 1920, 1925 y últimamente en la guerra de 17 años que comenzó el 13 de abril 1975.

Inútil continuar a deplorar los tristes y dramáticos episodios que ya son patrimonio de la historia; pero es necesario advertir que los maronitas se sienten responsables de la vida o de la muerte del Líbano, único territorio donde se sienten dueños de su destino y donde radica la Iglesia madre que organiza su rito y que vela por la integridad de su fe y la sanidad de sus tradiciones. Como es Roma para los católicos, Armenia para el pueblo armenio, Palestina para los palestinos e Israel para el pueblo judío, así es el Líbano para los maronitas. Sin una tierra no se puede asegurar una existencia permanente y digna, y sin el Líbano el maronita se siente desamparado, desorientado y errante. Pero al mismo tiempo los maronitas son conscientes de que no son ellos los únicos dueños de la tierra de los Cedros, por esto siempre extienden sus manos y abren sus corazones a todos los habitantes que integran el territorio libanés para juntos construir un Líbano libre, unido y soberano, donde el perseguido encuentra un refugio seguro y donde existen pacíficamente las diversas comunidades que profesan distintas creencias y siguen diferentes ideologías.

Así pues, no todo libanés es maronita, tampoco cada maronita es libanés, pero sí, todos los maronitas deben defender la soberanía del Líbano, si quieren ser solidarios con su Iglesia madre y sentirse como miembros de una única familia que tiene sus raíces en el Líbano.

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LOS MARONITAS EN ARGENTINA

Los maronitas se radicaron definitivamente en el Líbano debido a las circunstancias de opresión, en la región de Siria, donde vivía su mayor parte, en tiempo de la expansión árabe, en el albor del Islam. Su presencia en la Argentina, como en varios puntos del mundo, se debió a otras circunstancias de otra dramática opresión turca motivada por siglos de arbitrariedad que culminaron en la masacre despiadada del año 1860 que introdujo en la vida del maronita libanés el miedo del futuro y la incertidumbre del porvenir de sus hijos. La opresión, el miedo, la miseria, fueron los principales factores que, sumados al espíritu aventurero que el libanés heredó de los fenicios, sus antepasados, abrieron progresivamente las puertas de la emigración a los diferentes países del mundo, entre ellos la Argentina. A finales del siglo pasado, principalmente en la década de los ochenta, comenzaron a llegar al país platense emigrantes solitarios que poco a poco determinaron la emigración en masa a estas benditas y vastas tierras donde los nuevos emigrantes encontraron una cálida acogida que les incentivó a traer sus familias y integrarse rápida y totalmente en todos los campos de la vida argentina. Así, contamos actualmente con muchos mandatarios, profesionales, empresarios, hombres de cultura y de arte, figuras eminentes de la Iglesia y un caudal popular genuino y activo, conformando una comunidad maronita respetada y disponible para el servicio de toda la sociedad argentina.

Los maronitas, en general, forman un pueblo que alimenta sentimientos profundamente religiosos y vive muy allegado a las iglesias y los conventos, dada su historia como un pueblo que tuvo su origen en la vida monacal orientada por San Marón y sus discípulos. En tiempos, no muy lejanos, el maronita en el Líbano debía su formación religiosa y cultural gracias al esfuerzo del clero de su Iglesia : Son famosas las escuelas que funcionaban al aire libre, debajo del árbol de encina “Taht el sindiene”, bajo la orientación, muchas veces rígida y severa del cura de la aldea o del monje del monasterio. Muchas figuras lucieron en el campo de la cultura universal, en sus diversas ramas del saber, lo que originó el adagio propagado en Europa : “Sabio como un maronita”. Esta formación impregnada por un cuño típicamente religioso y fundamentalmente monacal, dejó en la psicología del maronita una inclinación natural a la vida espiritual y moral de inspiración evangélica y una docilidad espontánea hacia los pastores de su Iglesia. Encontrando en Argentina una sociedad profundamente católica y conocida ya la fidelidad proverbial de los maronitas a los Papas de Roma, los nuevos inmigrantes se integraron fácilmente en las parroquias y diócesis católicas de la República. Así existen actualmente un obispo, Mons. Hesayne y decenas de sacerdotes y religiosas y religiosos, todos maronitas, a servicio de la Iglesia católica nacional. Este aporte modesto y genuino, en el campo de la evangelización, hacen de los maronitas valiosos colaboradores en la obra espiritual que emprendieron los que descubrieron el continente americano y por lo tanto la comunidad maronita o libanesa se pone en espíritu de igualdad con las demás grandes colectividades que conforman la idiosincrasia del pueblo argentino.

En el 5 de octubre de 1990 el Papa Juan Pablo II creó la “Eparquía de San Charbel en Buenos de los Maronitas”, que equivale a una diócesis con jurisdicción personal sobre los descendientes de maronitas, en todo el territorio nacional, para ayudar al pueblo maronita a conservar la fidelidad a su identidad espiritual oriental. En la Iglesia universal de Cristo cabe, por razones históricas de carácter cultural y étnico, una división de la comunidad cristiana en dos ramas, la Occidental con centro Roma y la Oriental, con cuatro centros principales que fueron los cuatro patriarcados de : Antioquía, Jerusalén, Alejandría y Constantinopla. Las dos ramas son unificadas en Cristo como cabeza invisible y en Pedro y sus Sucesores, como cabezas visibles que presiden en la caridad y aseguran la unidad de la Iglesia universal continuadora de la obra salvadora de Cristo. La diversidad de Iglesias se debe a los diversos ritos que conforman la realidad cultural y étnica de la iglesia universal. La pluralidad de los ritos es una riqueza para la iglesia de Cristo y es motivo de una armoniosa unidad en la diversidad. La Iglesia maronita, perteneciente a la grupo ritual de la Iglesia de Antioquía, conserva en su liturgia el arameo, el idioma que hablaba Cristo cuando pasó por la tierra.

La Eparquía Maronita cuenta actualmente con cuatro parroquias ( Buenos Aires, Capital Federal – Villa Linch, San Martín Bs.As – Mendoza – Tucumán.) que deben servir a más de un medio millón de maronitas. Todo indica la gigante labor que sus autoridades deben desarrollar para cumplir con la misión pastoral de su Iglesia.

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SANTOS DE LA IGLESIA MARONITA

La santidad de san Marón reflejada en la vida de sus seguidores forjó una espiritualidad profunda que marcó la comunidad maronita en toda su historia ensangrentada y dio origen a un número considerable de santos cuyas virtudes heroicas enriquecieron el tesoro espiritual de la Iglesia por nobles figuras y maestros de perfección. A parte de un número ilimitado de fieles, históricamente ignorados, que lucharon indefectiblemente, durante 16 siglos, para conservar su fidelidad al Evangelio y a Roma y sin contar los millares de mártires que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe, la Iglesia maronita honra en los altares a muchos santos reconocidos, beatificados o canonizados por la Iglesia universal cuya memoria forma un tesoro espiritual invaluable :

SAN MARON : Fundador y Patrono de los maronitas, un cenobita de la Iglesia de Antioquía del siglo IV, cuya fiesta se celebra el 9 de febrero.

 – Los 350 Mártires : En el año 517, los cristianos monofisitas que no aceptaron la fé católica definida en el Concilio Ecuménico de Calcedonia (451), mataron a 350 miembros del Convento de San Marón que son conocidos como “Mártires, discípulos de San Marón”.

El papa Hermes IV reconoció su martirio y así quedó sellada la fe maronita con su sangre.

Su fiesta se conmemora el día 31 de julio.

Los Santos Liminaus, Santiago y las Santas Marina, Domnina y Cora, todos discípulos de San Marón. Su fiesta se celebra el 17 de julio.

SAN JUAN MARON : Monje del Convento de san Marón, obispo de Batrun y del Monte Líbano, elegido y entronizado en 685 como primer patriarca de la Iglesia Maronita y sexagésimo sucesor de San Pedro en la sede de Antioquía. Su fiesta 2 de marzo.

Los mártires MASABKI : Francisco, Abdel Moti y Rafael Masabki, tres hermanos de sangre, llamados mártires de Damasco, martirizados junto a 10 Frailes franciscanos en la Iglesia de los frailes de san Francisco en Damasco, el 10 de julio, de 1864, a raíz de la masacre en 1860 de los cristianos del Líbano. Su fiesta, el domingo después del 10 de julio.

SAN CHARBEL MAJLUF : Monje ermitaño, maronita libanés cuyos milagros suscitaron la admiración del mundo entero. Canonizado el 9 de octubre de 1977 por el papa Paulo VI. Su fiesta es el tercer Domingo de julio. Este año 1998, llamado año charbeliano, se conmemora el primer centenario de su muerte acontecida el 24 de diciembre de 1898.

-SANTA RAFKA : Monja de la Orden Libanesa Maronita, beatificada por el actual Papa Juan Pablo II en 17 de mayo de 1985. Fue canonizada el 10 de Junio de 2001. Su fiesta se celebra el 23 de marzo.

SAN Nemtala EL-HARDINI : Monje libanés maronita, maestro espiritual y profesor de teología de San Charbel. Falleció el año 1858 a los 50 años de edad. Fue beatificado por Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998. Fue canonizado el 16 de Mayo de 2004. Su fiesta se celebra el 14 de diciembre.

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Dos oraciones a San Charbel

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Oración para la Salud

Tú Señor, que no quieres la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva, dígnate aceptar los sufrimientos y las angustias de tu hijo (a) (se dice el nombre) afligido (a) por la enfermedad…

Por la intercesión de San Charbel, apóstol de los enfermos, concédenos valor y paciencia en la enfermedad; y si es tu voluntad, otórganos la salud del alma y cuerpo manifestando tu poder de amor y compasión.

Para que sano y alegre cumpla tus mandamientos y proclame tus maravillas.

¡Oh, Señor!, Dios nuestro, a ti sea la Gloria ahora y por los siglos de los siglos ! Amén.

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Oración para el Trabajo

San Charbel, intercesor en todo problema difícil, consígueme un trabajo en donde me realice como humano y que a mi familia no le falte lo suficiente en ningún aspecto de la vida.

Que lo conserve a pesar de las circunstancias y personas adversas.

Que en él progrese, mejorando siempre mi calidad y gozando de salud y fuerzas.

Y que día a día trate de ser útil a cuantos me rodean.

Asocio tu intercesión a la Sagrada Familia, de la cual eres pariente, y prometo difundir tu devoción como expresión de mi gratitud a tus favores. Amén

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Los maronitas – El cristianismo oriental

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Los maronitas son los cristianos católicos orientales que deben su nombre a San Marón, firme defensor de la fe católica en Oriente, monje modelo cuyo ejemplo siguieron numerosos discípulos, un apóstol que la Providencia de Dios eligió para confirmar a los vacilantes en su fe y para organizar el núcleo principal de la nación maronita, que sería baluarte de la lucha en favor de la fe y de la libertad contra la opresión.

Marón vivió en el siglo IV, en las cercanías de Antioquía (Turquía), donde trabó relaciones de amistad con grandes figuras, como San Basilio y San Juan Crisóstomo y otros ilustres doctores de la Iglesia. De joven, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, dejó su familia y sus bienes, y fue a buscar la calma en una montaña, donde se entregó a la oración, la contemplación y el trabajo. Dios le otorgó el don milagroso de sanar las enfermedades del cuerpo y del espíritu, y sus prodigios llegaron a conocerse en lejanos países.

Muchos jóvenes siguieron su ejemplo, imitando sus virtudes, escuchando sus enseñanzas y adoptando su espiritualidad. Fueron llamados discípulos de San Marón y, después de su muerte, ocurrida en el año 410, aumentaron mucho y crearon el Convento de San Marón, que cobijaba a numerosos monjes que se dedicaron a luchar con heroísmo contra los errores doctrinales de su época. En el año 517, los cristianos monofisitas, que no aceptaron la fe católica definida en el Concilio Ecuménico de Calcedonia (451), mataron a 350 discípulos de San Marón, que son recordados como los “discípulos mártires de San Marón”, y así quedó sellada la obra maronita con su sangre.

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El nombre de maronitas se aplicó a todos los que, en el Patriarcado de Antioquía, siguieron la orientación religiosa de San Marón y sus discípulos. En el siglo VII, los maronitas se refugiaron en los montes y los valles del Líbano, donde formaron la Iglesia Maronita bajo el liderazgo de San Juan Marón, un monje discípulo de San Marón, reconocido como el primer patriarca maronita de Antioquía y de todo el Oriente.

Durante siglos, los maronitas sufrieron grandes pruebas, persecuciones, servidumbre y muerte; sin embargo, gracias a la perseverancia y santidad de los monjes, pudieron conservar su fe, ofreciendo a las generaciones que les sucedieron un espíritu de libertad que les preservó de ser asimilados por el Islam.

Con la llegada de los cruzados en 1098, comienza una nueva época para los maronitas. Ellos ayudan a consolidar la conquista emprendida por las cruzadas, con lo cual restablecen sus contactos con la iglesia latina ; esto reforzó la fidelidad de los maronitas a la iglesia de Roma.

Hasta hoy, los maronitas tienen un patriarca que lleva, junto a su propio nombre, el nombre de Pedro, el apóstol de Cristo, primer obispo de Antioquía y, más tarde, primer obispo de Roma, vicario de Cristo y Papa de la Iglesia. Actualmente, el patriarca maronita es Beshara Rai,quien es, al mismo tiempo, cardenal de la Iglesia Católica.

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La Iglesia Maronita ha heredado y conservado las tradiciones de las primitivas comunidades cristianas de Jerusalén y Antioquía. Los maronitas no son, pues, una secta ni una religión misteriosa, ni una iglesia cristiana disidente, sino un pueblo católico de origen definido, una comunidad particular dentro de la Iglesia, que ha tenido un destino providencial en la defensa de la fe gracias al desarrollo de su historia y a la mística de sus santos, entre los cuales figuran San Marón, San Juan Marón y los contemporáneos San Charbel, Santa Rafka y San Nimatullah Al-Hardini.

En la actualidad constituyen la principal iglesia de Líbano y ejercen cierta influencia en las naciones cercanas. Gracias a una fuerte y numerosa inmigración, causada en gran medida por las convulsiones históricas que han sacudido a la región, los maronitas han llegado a contar con comunidades importantes tanto en América del Norte y Sudamérica, así como en los demás continentes.

 Joseph Gerge

«No todo libanés es maronita, como tampoco cada maronita es libanés; pero sí, todos los maronitas, y todos los que apreciamos y queremos a esta Iglesia, debemos defender la soberanía del Líbano, si queremos ser solidarios con la Iglesia universal y sentirnos como miembros de una única familia.»

Sarkis Amin.

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Las huellas de los libaneses en la ciudad de México

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Los primeros pasos

Mucho se ha dicho sobre el primer emigrante libanés que pisó tierra mexicana; los escritos se disputan a quien correspondió ese honor. Cuenta la tradición que en 1878 llegó a México el padre Boutros Raffoul procedente de Monte Líbano. Sin duda varios nativos de la región del Levante pudieron haber llegado aisladamente a México en diferentes épocas, pero el registro oficial más antiguo, según se constata en el Archivo General de la Nación, corresponde a Pedro Dib, nacido en Hasrun en 1867, quien llegó al Puerto de Veracruz el 1 de enero de 1882.

El final del siglo XIX coincide con el inicio de la oleada fuerte de emigrantes de Monte Líbano obligados a huir por la crisis de la producción de la seda y, de manera relevante, por los conflictos sociales y políticos que allí se vivieron, afectando de manera sobresaliente a la población cristiana. Coincidía con el momento de la decadencia del Imperio Otomano, identificado entonces por los archivos diplomáticos como “el hombre enfermo”.

Ese proceso alentó la emigración de los libaneses que, inquietos por su futuro, volvieron los ojos a otros países. Primero salieron a los lugares más cercanos, a las ciudades sirio-palestinas, a África, al Valle del Nilo y a Europa; después, atravesaron el océano para encontrarse con América, el continente de la utopía.

No es mera casualidad que se considere a un sacerdote maronita como el primer emigrante y en este caso representaba la orden misionera que había mantenido su refugio en la montaña libanesa durante la expansión del islam y su prédica había reforzado la identidad cristiana de los nacidos en ese territorio. La cultura religiosa heredada por San Marón a los maronitas surgió en el siglo IV cuando un monje dedicado a la vida eremítica tomó por casa la cumbre de una montaña en Apamea, muy cerca de la actual ciudad de Alepo, en Siria, allí se fundó el monasterio que sería consagrado a su nombre y se convirtió en centro de difusión de la cultura religiosa maronita desde su fundación en el año 450.

Los maronitas forman parte de los cristianos primigenios y ya se encontraban en el actual territorio de Líbano cuando los europeos emprendieron las guerras de cruzadas en el siglo X. La cristianización había sido temprana porque el sur de Líbano estuvo vinculado con la prédica de Jesús. Fue en Cánaa, a sólo diez kilómetros de Tiro, donde según la tradición realizó su primer milagro en una fiesta de bodas. Ese poblado formaba parte de Galilea, una región comprendida al sur entre Acre y El Carmelo, al norte hasta Tiro y sus alrededores, al este el lago Tiberiades y El Jordán, y al oeste la llanura costera en el actual territorio libanés.

Aparte de su misión religiosa, los maronitas desde el siglo XVI y, en ocasiones en alianza con los príncipes drusos, impulsaron en Líbano el movimiento independentista contra el Imperio Otomano. Fueron tiempos difíciles para los habitantes de la montaña sometidos a diferentes reformas administrativas y se dio ese flujo migratorio que en unas cuantas décadas trajo a cerca de cinco mil emigrantes a México. Luego de los Tratados de Versalles en 1919, al asedio de las potencias que se lanzaron sobre los territorios despedazados por la crisis del país de la Sublime Puerta que había dirigido durante cuatro siglos los destinos de los países del Medio Oriente, se alentaron las expectativas de salida de muchos libaneses.

Los inmigrantes

Los libaneses llegaron a México con el árabe como su lengua, la dificultad para comunicarse en español fue tal que a muchos les fue cambiado el nombre o el apellido, cuando no su lugar de procedencia al momento de realizar sus trámites migratorios. Su acendrado cristianismo, en cambio, les abrió las puertas de los hogares mexicanos. Que los libaneses fuesen maronitas, es decir parte de las iglesias cristianas de rito oriental, mientras los mexicanos pertenecieran al cristianismo latino, de tradición romana, no impidió las alianzas matrimoniales entre quienes llegaban y los residentes porque la diferencia religiosa no resultó infranqueable.

Como muchos de los inmigrantes de otros países, los libaneses encontraron acomodo en el comercio que primero frecuentaron con cajones donde transportaban listones, hilos, agujas, peinetas, encajes, que podían llevar consigo por todas partes; después se establecieron en el centro de la ciudad de México en los alrededores de los mercados tradicionales como el de la Plaza del Volador y el de La Merced. Por supuesto, como otras comunidades debían agruparse en torno a sus tradiciones y aunque probablemente se realizó algún ritual religioso en los primeros tiempos de su llegada, se tiene noticia escrita de que el primer servicio de rito maronita, en el ámbito de la iglesia cristiana oriental, se realizó en la iglesia de La Candelaria, en la calle de Manzanares en el barrio de La Merced en el centro de la Ciudad de México.

Aún existe en el mismo sitio esa capilla de las siete que hizo construir el conquistador Hernán Cortés en el siglo XVI, cuyo exterior ostenta dos torres minículas y una bóveda que sólo quien se acerca por allí podrá apreciar por sus pequeñas dimensiones, en contraste con la monumentalidad de la mayoría de los recintos religiosos coloniales. Dedicado al Señor de la Penitencia, cuya imagen ocupa el lugar más destacado en el pequeñísimo altar, en su parte posterior contiene quizás el coro de monjas más pequeño de la Nueva España.

Fue allí donde el sacerdote libanés Hanna B. Kuri, quien adoptó inmediatamente el nombre de Juan, impartió los sacramentos a los inmigrantes libaneses que continuaron llegando en oleadas a México a principios del siglo XX. El primer matrimonio realizado en esa capilla fue el de Salvador Abrahan y María, del mismo apellido, el 13 de febrero de 1906. En el registro quedó asentado que el novio era soltero de veinte años de edad y originario de Monte Líbano en la Turquía Asiática, que había llegado al país hacía medio año y era hijo de Abrahan; como era usual en los países árabes donde los hijos adoptaban el nombre del padre para llamarse, por ejemplo, Ben Abrahan.

En lo que se conoció como La Candelarita, por su pequeña dimensión, continuaron los matrimonios de los inmigrantes libaneses por el rito maronita. Esto puede comprobarse por las solicitudes de autorización ante el obispado de la ciudad de México. Dicha institución también intervino cuando los matrimonios se celebraban en otras iglesias cercanas, como en el caso de la pareja formada por Lázaro Llermanos y María Francisca Abiset, cuyo enlace se realizó en la Parroquia de Jesús María el 17 de enero de 1907. También fue frecuente solicitar la Parroquia del Sagrario, aunque la mayoría de las parejas siguió usando la hermosa, auque pequeña, capilla del Señor de la Penitencia.

También allí se registró el primer butizo, según en el Libro parroquial, se lee: “En la capilla de la Candelaria de México a quince de noviembre de mil novecientos once, Yo el presbítero Juan B. Kuri, cura de los maronitas, bautizo solemnemente a una niña nacida hace cinco años en esta Ciudad de México a quien puse por nombre Rosa, hija legítima de Carlos Yaspik y de María Marta Jeprayel; fueron padrinos solamente la Señora Adela G. de Assad, a quien advertí su obligación y parentesco espiritual. Doy fe. Juan B. Kuri”. Es importante subrayar que precisamente quien fungió como la madrina contrajo nupcias por las mismas fechas, lo cual demuestra que se trataba de una comunidad todavía reducida y con vínculos estrechos.

Los libaneses maronitas comenzaron a integrarse en torno a los oficios que el padre Kuri impartía en La Candelarita, donde se realizaron numerosos matrimonios y bautizos. Se casaron Jacob Gebaide y Dibé Kalife, Antonio Harb y Leonor Jacobo, Antonio J. Andere y María Faride J. Daher, etcétera. A partir de entonces siguieron varios bautizos de los hijos nacidos de los primeros inmigrantes, tales fueron: María Yaspik Jeprayel, Amín Luis Abud, Eugenia Gostine Cheban, Elena Emperatriz, José Adib Yunes Padua, Juana Fadna Asaf Chebar, José Carim Barquet, Marta Natalia Abraham Chedid, María Charlot Faraija Hadad, María Latife Aun Karam, entre otros.

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Un templo propio

Después vino la posibilidad de adquirir un templo propio destinado al rito maronita, lo cual fue posible gracias a la disposición del presidente Álvaro Obregón (1920-1924), quien dio fuerte apoyo a la comunidad libanesa como puede apreciarse por los agradecimiento que recibió entonces. Los encuentros entre los inmigrantes y los nacionales ya contaban con un claro antecedente, cuando la colonia turca, en realidad compuesta por libaneses que en ese entonces portaban pasaporte que les confería la nacionalidad del Imperio Otomano, donó el conocido como el Reloj Turco al pueblo mexicano el 22 de septiembre de 1910; que en realidad debía llamarse libanés.

El ayuntamiento de la ciudad aceptó el regalo y puso a su disposición el espacio que ocupaba la Fuente de las ranas, en el pequeño jardín del Colegio de Niñas, situado en las calles de Capuchinas y Bolívar. El discurso de los donadores fue pronunciado por el señor Antonio Letayf, presidente del Comité Otomano del Centenario y, por si quedara duda sobre su origen libanés, expresó: “Por atavismo y por herencia de raza, á ejemplo de nuestros progenitores los fenicios, ejercemos en lo general la industria comercial, porque en nuestras venas circula la sangre de aquellos sublimes aventureros que llevaron su industria y cultivaron el comercio por todo el mundo conocido entonces, á través del Asia y de los desiertos de África y en la culta Europa; siendo ellos los primeros emigrantes que dejaron su país para fundar en extranjero suelo colonias tan florecientes como la rica y poderosa Cartago”, según cuenta Genaro García en el libro del Centenario.

De igual manera, ya en 1921 los inmigrantes intervinieron en los festejos del Centenario de la consumación de la independencia y fue así que el 23 de septiembre de ese año a las 19 horas el presidente municipal de la ciudad de México inauguró la instalación de candelabros en la calle de Capuchinas, donados por la Colonia libanesa y más tarde se dio un baile en honor del presidente Obregón que, con gran gala, se llevó a cabo en el Salón de los Candiles del Restaurante Chapultepec, uno de los más elegantes con el que contaba la entonces la capital, situado en el terreno donde ahora se alza el Museo de Arte Moderno.

Por disposición del gobierno y acuerdo del Episcopado mexicano, encabezado entonces por el obispo José Mora y del Río, se otorgó a dicha colonia la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera. Se trataba de un edificio con larga historia porque desde 1569 la Real Audiencia española dio licencia a la propuesta de varios caballeros españoles para que se creara un recogimiento para que allí vivieran mujeres españolas arrepentidas por haberse prostituido o simplemente fueran mujeres perdidas o enamoradas.

Las monjas del convento de La Concepción salieron de su propia clausura el 5 de octubre de 1573 para contribuir en ese esfuerzo de volver a esas mujeres al arrepentimiento y a la virtud. El rey Felipe II ordenó al virrey de la Nueva España el 10 de octubre de 1575 ayuda a esa institución. El lugar fue conocido popularmente como de las Arrepentidas o de las Recogidas en Penitencia. Cuando se arrepentían las “recogidas” se transformaban en “beatas” y el 27 de mayo de 1633 profesó la regla de San Agustín la última de ciento ochenta beatas que tuvo el recogimiento.

Pero no sólo las arrepentidas vivieron en ese lugar, porque también doncellas con dote estuvieron interesadas en ingresar al convento, lo cual provocó que en 1586 hubiera ochenta religiosas y setenta que estaban por profesar; todas eran españolas. En 1619 vivían más de ciento veinte monjas en Jesús de la Penitencia que necesitaban apoyo para vivir y las limosnas no siempre eran suficientes para mantener una población que crecía; se trataba más bien de un convento pobre, cada vez más extenso, que difícilmente podía dar de comer a sus internas a diferencia de otros conventos que fueron muy ricos.

En 1634, en el contexto de una reorganización interna, el monasterio cambió de nombre por el de Nuestra Señora de Balvanera, patrona del valle de ese nombre en la Rioja provincia de Lograño en España y fue construido un nuevo edificio . La iglesia fue financiada por doña Beatriz de Miranda y se bendijo el 21 de noviembre de 1671. Mateo de Velasco se encargó de realizar sus retablos y Mateo Chávez de los vitrales. De esa época data –se cuenta- la imagen de la Virgen en el centro del altar mayor. Las portadas gemelas del antiguo convento fueron labradas pero, aunque se conservaron, desaparecieron en arreglos posteriores. Las estípites del retablo mayor fueron obra de Francisco Martínez en 1749. Su único cuerpo recubierto por azulejos en el exterior data de entonces y contrasta con su sobria fachada, y debido a sus colores amarillo y azul se le conoce hasta ahora como la cúpula de oro y esmeralda.

Debido a las Leyes de Reforma, las monjas fueron exclaustradas en 1861 y trasladadas al monasterio de San Jerónimo en 1863. El exconvento se dividió en cinco lotes y fueron vendidos a particulares. Fue la iglesia lo único que se conservó y parte del claustro fue convertido en bodegas. La parte que aun permanecía fue destruida en 1939 para cumplir el propósito de Neguib Simón de realizar la obra del pasaje Yucatán.

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La feligresía maronita

En Nuestra Señora de Balvanera continuó sus oficios bajo el rito maronita el padre Juan B. Kuri, habiendo celebrado su primer bautizo ya en ese recinto el 20 de mayo de 1921. En esa ocasión bautizó a Jesús Salomón, nacido el 1 de abril de ese año en la calle de Capuchinas; hijo legítimo de José Salomón Dahdah y de Susana de Dahdah, apadrinado por Gabriel Barquet y Emilia Barquet. La comunidad libanesa echaba raíces porque siguieron varios bautizos hasta llegar alrededor de 255 realizados por el padre Kuri, entre ellos los de: Virginia Gostine Chebain, Margarita Kuri Zaiter, María de la Luz Angeles Fares, Juan Antonio Kuri, Alberto Mahfud y a medida que pasaban los años fueron apareciendo los matrimonios mixtos, lo cual puede explicarse por el hecho de que los inmigrantes procedían del mismo tronco religioso cristiano católico de los mexicanos, que fue fundamental para la integración al país.

El templo de Balvanera debió cerrar durante los tres años más álgidos del conflicto que enfrentó a la Iglesia con el Estado en México entre 1926 y 1929, porque no se encontraron registros para ese lapso. El padre Kuri todavía estuvo allí luego de la reapertura de los cultos. El último bautizo administrado por él aparece registrado el 30 de diciembre de 1931 y fue en 1933 que apareció el primero del padre José Bustani.

En una nota aparecida en la revista Emir del 31 de enero de 1943 se dice que: “A petición de la comunidad maronita de esta Capital, y para remediar el estado de acéfala en que se encontraba la parroquia desde la enfermedad del padre Asaff”, el ilustrísimo Luis María Martínez, arzobispo de México, hizo los trámites necesarios para que viniese el padre José Kuri, que se encontraba en Arizona, para hacerse cargo de la capellanía de Balvanera, desde el día 18 del mes de diciembre de 1942. La iglesia fue erigida como parroquia hasta el 20 de diciembre de 1946 por el mismo arzobispo, en un documento en el que recordaba que cuando se otorgó se impuso al Capellán “…la obligación de atender no sólo a los fieles del Rito Maronita, sino también a los del Rito Latino, para lo cual debería cuidar que en los Domingos y días de precepto se celebrara en este rito la Santa misa a diversas horas de la mañana, y esto también, de ser posible, en todos los días del año.” La recomendación resulta un tanto extraña porque se había insistido en que no había contradicción entre ambos ritos y porque guardaban el vínculo de obediencia con el Vaticano. Cuando el 1 de enero del año siguiente se realizó un acto solemne para comunicar su nuevo estatuto de parroquia se hizo responsable de ella al sacerdote Tobías Germani, ostentando el cargo de rector y luego de párroco durante 13 años.

Los intercambios con otros recintos eclesiásticos de la capital se acentuaron porque la modernización marcaba otras pautas y cambiaba la situación social de los inmigrantes. Los matrimonios maronitas buscaban los templos de moda, en los que se realizaron varios de ellos con previa autorización, en los siguientes términos:

Ilusmo. y Revmo. Señor Doctor Luis María Martínez

Arzobispo Primado de México

Presente.

Ilustrísimo Señor:

El suscrito Cura Párroco Maronita de México, humildemente por medio de la presente, solicita de Vuestra Excelencia Reverendísima una Licencia de casamiento en la Parroquia de la Sagrada Familia a los novios Sonia Wafa Afif y Ernesto Hanaine Saibe, para el día 20 del presente mes de abril.

Los dos son maronitas católicos de nuestra Parroquia, bautizados y solteros, libres de todo impedimiento y se han corrido las amonestaciones canónicas según la ley.

Dios Nuestro Señor guarde a su excelencia Reverendísima muchos años.

México D.F., abril 6 de 1953

Tobías Germani Jury

P. M.

En 1960 fue destinado a la Misión Libanesa el padre José Boustany y ocupó el cargo de vicario hasta 1970. Su dedicación le permitió conseguir el terreno y que se realizara la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de Líbano en la calle de Manzano número 29, en la sureña colonia Florida que sería dedicada por el cardenal Darío Miranda y Gómez el 9 de enero de 1972.

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El padre Georges Abi Younes, llegó a México como vice-rector de la Misión Libanesa y el 26 de julio de 1995 se le nombró Superior de la misma. La comunidad maronita fue reconocida al convertirse en la Eparquía de los Mártires de Líbano, y el Papa Juan Pablo II nombró como su primer obispo a Wadih Boutros Tayah el 6 de noviembre de 1995. Desde entonces se designó Catedral de San Marón con sede en la Iglesia de Nuestra Señor de Balvanera.

Los cambios a través de los años han sido significativos porque lo que era la advocación de los primeros libaneses inmigrantes se extendió a los muchos mexicanos que la frecuentan gracias a la creciente fama de milagroso de San Charbel, ungido en la tradición fundada por el eremita San Marón, quien dio origen desde el siglo cuarto a la orden religiosa a la que perteneció. La talla que representa al primero, vestido de negro y con la capucha propia de los monjes de la orden que deja ver una larga barba blanca, es constantemente adornada con miles de listones que le otorgan todos aquellos que le solicitan o agradecen un milagro. Tal parece que dicha costumbre se vincula con una tradición que fue asociando a los “cajoneros” venidos de la Montaña libanesa con esa forma particular de honrar al santo, extendida a la feligresía mexicana que lo considera su protector.

A la muerte del obispo Boutros Tayah el 7 de mayo de 2002, fue necesario el acuerdo entre la Eparquía maroniata y el Vaticano para nombrar nuevo obispo. Los maronitas mexicanos recibieron recientemente otro estímulo para preservar sus rasgos culturales con el nombramiento papal del Excelentísimo Georges Abi Younes como segundo obispo de la Eparquía de los Mártires de Líbano, siendo entronizado en México el 29 de junio de 2003.

En el antiguo templo de La Balvanera, sede la la Catedral de San Marón, es reconocida todavía por su torre de oro y esmeralda, como la reconoció el cronista González Obregón. En su interior sobre el arco de la puerta de acceso principal se encuentran dos escudos de la Eparquía maronita que datan de 1946. En ellos figuran un cedro de Líbano y una torre fortificada, el palio cardenalicio cruzado por un báculo episcopal y la cruz patriarcal, todo coronado por una mitra y circundado por la leyenda: Gloria de Líbano dada al patriarca maronita.

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Fuentes:

-Libros de bautizos y de matrimonios de Nuestra Señora de Balvanera. Agradezco al padre Jesús Cuevas su apoyo para esta consulta.

-Elisa Vargas Lugo et al., Centro de la Ciudad de México, INAH y Salvat, México, 1987

-María Concepción Amerlinck de Corsi, Conventos de monjas. Fundaciones en el México virreinal, Condumex, México, 1995

-Josefina Muriel, Conventos de monjas en la Nueva España, Jus, México 1996

-Parroquia de Balvanera. Nuestra Señora de Balvanera. 75 años de presencia maronita en México, México, 1998

-Guillermo Tovar y de Teresa, La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido (2 tomos), Vuelta, México, 1991

Carlos Martínez Assad.

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Los listones de San Charbel

san_charbel_listones1_a La costumbre, vuelta piedad popular, nació en México, en el Centro Histórico, y ahora en el extranjero pueden verse imágenes del santo maronita con vistosos listones atados a sus brazos, su cuello, sus pies…

Tomó un listón que compró minutos antes en alguna de las incontables mercerías de la calle República de Uruguay en el Centro Histórico, escribió sobre su costado la petición que guardaba su corazón: “Te pido, por favor, intercedas por mí…”; luego, lo ató al cuello de San Charbel Makhlouf… y el resto es historia. Fue una mujer que, al no encontrar un papel para escribir su petición al santo, utilizó un listón iniciando así un acto popular de devoción que en la actualidad ha rebasado las fronteras de la ciudad de México y del país mismo.

Origen del listón

El P. Rogelio Peralta Gómez, sacerdote maronita, explica que el uso de listones es una extensión de los populares exvotos, cuya práctica se sabe existió desde las primeras comunidades cristianas y que Teodoreto de Ciro las documenta hacia el siglo V.

En particular, el P. Peralta reflexiona sobre esta práctica documentada en 1989 por un sacerdote jesuita en el Líbano que colocaba listones en el templo para protegerlo de calamidades: “La manera de aplicarlos era: las cabezas de familia brindaban bufandas de seda o algodón, las ataban para formar un largo listón con el cual circuncidaban el edificio, o bien, los pilares del mismo. Lo ‘amarraban’ para no permitir al mal causar un daño. Pasada la plaga, el largo cinturón se volvía a dividir y se repartía para beneficio de los pobres”.

Sin embargo, tal como conocemos los listones hoy en día, estos tienen su historia en México y en San Charbel: “Los listones de petición no existían antes de San Charbel”, recalca categórico el P. Peralta.

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Los colores

Aunque la Iglesia Católica no reconoce alguna cualidad especial en el color de cada listón y las peticiones, sí recomienda que todo acto de esta naturaleza esté libre de magia o superstición. Además, el P. Peralta explica que el hecho de colocar un listón a San Charbel no debe pensarse como una especie de ‘trueque’, que al poner un listón el fiel cree cumplirle al santo y éste, en correspondencia, debe interceder en su favor: “Se trata de un acto devocional que debe estar alimentado de la oración; el listón es el símbolo no sólo de la petición, sino de la oración constante hecha vida en cada uno de nosotros”.

En todo caso, respecto a los colores, el sacerdote explica que los listones de color son utilizados para las peticiones y los listones blancos para dar gracias. El sacerdote reconoce que, sin embargo, la gente otorga diferentes significados a los colores de los listones, llegando al absurdo de considerar el listón negro como un listón del mal. Y es que, mucha gente no ha entendido que un santo no puede interceder ante Dios para causarle un mal a otra persona.

A pesar de todo, aún si la gente quiere darle un significado ‘añadido’ a su petición o si cree que una manera de recordar su compromiso (porque toda petición lleva consigo un compromiso en la intención y en la oración) según el color del listón, sería:

Azul: para la fuerza, poder, protección y voluntad divina.

Dorado: iluminación, amor por los seres queridos y la paz mundial.

Rosa: para el amor divino de la adoración y reconciliaciones.

Verde: esperanza, fe y salud física o espiritual.

Rojo: para situaciones difíciles y pedir provisiones.

Violeta: para la misericordia, perdón y meditación.

Amarillo: para la paz, el equilibrio, sabiduría e intuición.

Morado: para la purificación, la conversión de lo malo en bueno.

Blanco: para agradecer los favores concedidos.

Más información:
Catedral Maronita de México (rito maronita)
Ntra. Señora de Balvanera y Santuario de San Charbel
Correo Mayor 52 Esq. Uruguay Col. Centro.
Tel. 5521-2011
Rectoría San Charbel Makhlouf (rito latino)
Madroño 13. Col. Chimili Tlalpan
Tel 5330-1557

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