Máscaras. El origen.

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La palabra «máscara» tiene origen en el masque francés o maschera en italiano o másquera del español. Los posibles antepasados en latín (no clásico) son mascus, masca = «fantasma», y el maskharah árabe = «bufón», «hombre con una máscara».

El origen de la careta se remonta en el tiempo y se pierde en la más remota antigüedad. Se supone que su invención tuvo fines religiosos.

Jean Baudrillard afirma que las máscaras tenían en la antigüedad un poder sacrificial y absorbían la identidad de los actores, pero también la de los espectadores provocando, con ello “una especie de vértigo”. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz, al referirse a las máscaras, señala que ellas equivalen a simular, a inventar y aparentar como una forma de eludir la condición del ser mexicano, puesto que quien disimula no representa sino que desea volverse invisible. Mientras, Cirlot dice que “la función de la máscara es servir de aliada de la transformación de la personalidad para lo misterioso o para lo vergonzoso”. Y es que la máscara puede revelar un poder mágico capaz de proteger a quien la porta, pero a su vez, entrañar peligros. La máscara es mediadora entre dos fuerzas, desempeña una función social, catártica, es un espectáculo a través del cual las personas pueden tomar conciencia de su lugar en el universo, ver su vida y su muerte inscritas en un drama colectivo que le otorga sentido.



Desde el paleolítico el ser humano ha utilizado máscaras cuyos materiales han sido diversos y han variado a través del tiempo, pues se han ido confeccionando con madera, paja, corteza, hojas de maíz, tela, piel, cráneos, cartón piedra, papel maché, látex, plásticos y otros materiales

Se utilizan dos términos similares: careta y máscara. La careta es exclusivamente para cubrir el rostro, para disimular rasgos de la cara; mientras que la máscara puede cubrir todo el cuerpo, y fueron usadas y aún, en algunas culturas, se siguen utilizando con fines religiosos.

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Algunos hallazgos arqueológicos demostraron que eran muy usadas en Egipto para perpetuar con ellas los rostros de los muertos. Se hacían tratando de imitar de la forma más fielmente posible, el rostro del difunto, y se colocaba junto con el ataúd, pintándose de la misma manera que éste. Se elaboraban con un cartón realizado con lienzo o papiro, revestido con estuco, que, con el paso del tiempo, se endurecía y presentaba total consistencia. Según la clase social a la que perteneciera el muerto, podría llegar a revestirse con una lámina de oro. No se le horadaban los ojos ni la boca, y se los representaban con incrustaciones o pinturas.

Los estudios arqueológicos llevados a cabo en tumbas fenicias, también han demostrado que esta civilización practicaba la costumbre de utilizar máscaras funerarias. Rastros de máscaras también fueron hallados en antiguas pinturas rupestres.

Comenzó a evolucionar el uso de la máscara, en Roma, cuando la llevaban actores en los cortejos fúnebres, para que se reconociera y recordara el rostro del difunto.

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A partir de este empleo por parte de actores, la careta rápidamente fue utilizada para diferentes fines. Comenzaron a usarla los actores para representar fielmente en sus obras los rostros de los personajes históricos que estaban interpretando.

Rápidamente, se adoptó su uso en las fiestas saturnales en Roma, y se las comenzó a usar con carácter festivo, dando origen a la utilización en lo que hoy es nuestro carnaval.

Con dichas caretas se comenzaron a realizar escenas burlescas de los ritos sagrados. Fueron evolucionando y cambiando sus usos, hasta la actualidad, en que es frecuente solamente en las carnestolendas.

Las caretas actuales, producto de la fantasía, la imaginación y la creatividad, forman parte de los carnavales de todo el mundo, y de las fiestas de disfraces que estos traen aparejados. También se las usa en las fiestas de Halloween.



A la par de este empleo que se continuó hasta nuestros días, la máscara o la careta, además de ser común en las celebraciones cristianas medievales, tuvo otro uso, en la Edad Media, cuando las llevaban de metal, los Caballeros medievales para protegerse en sus luchas, y en algunos casos se les agregaban muecas faciales para demostrar el carácter de quien las portaba.

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Según las diferentes culturas, estos símbolos han variado en sus formas, tamaños, decoración, características, realismo o abstracción, algunas usadas para cubrir todo el cuerpo, como por ejemplo, las enormes piezas de tipo ritual de Oceanía (las de los Papúes llegan a medir seis metros de alto) y otras diminutas, como las de las mujeres esquimales.

Muchos pueblos primitivos han usado las máscaras y caretas para realizar sus rituales, y éstas representaban deidades, seres mitológicos o espíritus malignos, o a Dios y al Demonio; en cada caso con significados ceremoniales distintos. Si la máscara usada era de animales, podía simbolizar el ruego para asegurar el éxito de la caza. Asimismo, también hay culturas que utilizaban máscaras para ahuyentar pestes y enfermedades.

En la actualidad existen muchos coleccionistas de arte que aprecian ciertas piezas, que constituyen manifestaciones artísticas primitivas de muchas culturas, y que exhiben o adquieren a gran valor monetario, y proceden generalmente de África, Oceanía y de culturas indígenas americanas.

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El Dr. Ricardo E. Alegría, destacado antropólogo portorriqueño, en su ensayo sobre la máscara en las Antillas Mayores, señala que «En lo que respecta al área caribeña, específicamente en las Antillas Mayores, las máscaras más antiguas aparecieron en los restos arqueológicos de los indios saladoides. Estas máscaras eran confeccionadas en barro y representaban caras humanoides».

Hoy en día, se ha popularizado el uso de las caretas también como cotillón de celebraciones y cumpleaños, así como su utilización en juegos y juguetes para niños, agregando a los tradicionales personajes representados, los héroes de novelas, revistas, el cine y la televisión.



Máscaras – Mario Benedetti

No me gustan las máscaras exóticas

Ni siquiera me gustan las más caras

Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas

Ni las amordazadas ni las escandalosas.

No me gustan ni nunca me gustaron

Ni las del carnaval ni la de los tribunos.

Ni las de la verbena ni las del santoral.

Ni las de la apariencia ni las de la retórica.

Me gusta la indefensa gente que da la cara

Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera

Y llora con su pobre cansancio imaginario

Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.

Me gustan los que sueñan sin careta

Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas

Y si en la noche miran/ miran con todo el cuerpo

Y cuando besan/besan con sus labios de siempre.

Las máscaras no sirven como segundo rostro

No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan

Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo

Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido

¿quién puede enamorarse de una faz delegada?

No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia

Las máscaras alegres no curan la tristeza

No me gustan las máscaras, he dicho.

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