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La ciudad árabe resplandeciente se oculta al lado del Guadalquivir

Almanzor muestra a Asma la cabeza de su padre Galib, clavada en la puerta de Medina Al Zahira. Litografía reproducida en ‘Almanzor’, de Laura Bariani (Nerea). J. J. Martínez

La falta de recursos impide buscar los restos de Al Medina Al Zahira, la espléndida fortaleza que levantó Almanzor al este de Córdoba para sustituir la Medina Azahara de los omeyas.

Tenía, según las crónicas árabes de la época, columnas transparentes como el agua y esbeltas como cuellos de doncellas, asientos de mármol blancos y relucientes como alcanfor perfumado y albercas con surtidores en forma de leones. Puede que todo ese lujo esté hoy sepultado a apenas un metro de la superficie bajo seis campos de fútbol, un gris molino harinero abandonado y una salida de la autopista A-4 que mira a un meandro del Guadalquivir.

Era Al Medina Al Zahira, el complejo palatino que mandó construir a las afueras de Córdoba hace más de mil años el famoso líder Almanzor para sustituir a Medina Azahara, el símbolo del poder omeya que había ordenado levantar el califa Abderramán III. Mientras la segunda es candidata a convertirse este año en Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, de Al Medina Al Zahira aún no se sabe siquiera dónde se alzaba, solo su emplazamiento más plausible —a escasos kilómetros al este de Córdoba— que nunca ha sido excavado. La “ciudad resplandeciente”, (su significado en árabe), apenas duró en pie dos décadas, antes de ser destruida en la fitna de Al Andalus, el enfrentamiento interno que acabó con el Califato de Córdoba y dio lugar a los primeros reinos de taifas.


Que la urbe existió se sabe desde hace tiempo: aparece en textos medievales y un libro andalusí, actualmente desaparecido, glosaba las “esplendidas maravillas de su belleza”. El Museo Arqueológico Nacional de Madrid expone una pila para abluciones con dos águilas enfrentadas y una cenefa en árabe que indica que era un encargo para el “Alcázar de Azzahira” terminado en el año islámico 376, es decir, el 987 o 988 después de Cristo.

Almanzor era entonces el gobernante de facto de Al Andalus, tras años de acumular poder sin miramientos, y veía necesario contar con su propia ciudad-fortaleza. “Estaba obsesionado por hacer lo que un califa sin ser califa”, explica Eduardo Manzano, investigador del CSIC experto en el Al Andalus omeya. Nacido en Torrox (Málaga), en una familia de origen yemení, Almanzor se esforzó desde su llegada a Córdoba en escalar posiciones en la enorme administración omeya.

Su gran momento llegó en el 976, cuando murió Al-Hakam II y el heredero califal, Hisham II, tenía solo 11 años, lo que generó una crisis sucesoria. Asesinó al pretendiente al trono y comenzó una carrera ascendente con el apoyo de la madre de Hisham II -y quizás su amante- Subh, la vascona conocida en las crónicas cristianas como Aurora. Acabó por controlar las administraciones civil, militar y judicial, mandó matar a sus antiguos aliados -y hasta a uno de sus hijos- y ganó popularidad entre los suyos gracias a una agresiva campaña de incursiones en los reinos cristianos que arrasó Barcelona y Santiago de Compostela.

Almanzor, (Al Mansur, “el victorioso”, en árabe), fue un personaje complejo que fascina desde hace siglos. “Sus biógrafos nos lo muestran cruel, maquiavélico, amigo de la intriga, pero también justo y refinado”, escribe Ana Echevarría Arsuaga, profesora de Historia Medieval en la UNED, en el libro Almanzor, un califa en la sombra (Sílex). “Siempre se le ha presentado como ambicioso, pero su actuación responde a las luchas de poder que se daban en el seno de la corte omeya. Su aura mítica viene en parte de ser el último de los grandes guerreros medievales musulmanes, junto con Saladino“, el mítico sultán que derrotó a los cruzados en Palestina dos siglos más tarde, apunta Manzano.

Fue en este contexto en el que mandó levantar Al Medina Al Zahira. “Buscaba gobernar con absoluta seguridad. No era una paranoia: las amenazas eran reales”, explica por teléfono Xavier Ballestin, profesor de la Universidad de Barcelona y autor de varios libros sobre el personaje. La urbe se convirtió en el “escenario en el que se mostraba en público y seguía el protocolo de un ceremonial similar al califal”, como recibir dignatarios extranjeros, entregar regalos honoríficos u organizar reuniones literarias, señala Echevarría Arsuaga. En su biografía de Almanzor, publicada por la editorial Nerea, Laura Bariani habla de una ciudad pequeña, “una verdadera fortaleza con torres y atalayas” a la que solo se podía acceder por la muralla opuesta a Córdoba para reforzar su imagen de inexpugnabilidad. En esa Puerta de la Victoria colgó Almanzor la cabeza degollada de Galib, el general que se asoció a castellanos y navarros para tratar de frenar la deriva caudillista de su hasta entonces aliado.

¿Por qué levantó a toda prisa y de la nada un recinto-fortaleza cuando ya existía otra ciudad amurallada? “Medina Azahara estaba demasiado asociada a los omeyas”, agrega Ballestin. “Se trataba además de controlar el acceso al califa. Que solo él lo tuviese”. Hisham II acabó siendo una mera figura simbólica encerrada en Al Medina Al Zahira cuyo nombre seguía apareciendo en las monedas, como si nada. El gran acierto estratégico de Almanzor fue precisamente centralizar el poder sin ceder a la tentación de reemplazar al soberano, considerado descendiente del Profeta Muhammad. De hecho, la guerra civil que desgarró Al Andalus estalló ya tras su muerte, cuando su hijo Abderramán Sanchuelo forzó al califa a nombrarle como sucesor. La población de Córdoba, caldeada ya por los altos impuestos y las desigualdades sociales, se levantó.

La elección de la ubicación de Al Zahira no fue casual. Según unos antiguos presagios, la ciudad que allí se levantase acumularía todo el poder y lo perdería la dinastía omeya. Mil años después, nadie ha logrado averiguar dónde era. Varios intentos, de mayor o menor seriedad, la han situado en el actual polígono industrial de las Quemadas, (con el argumento añadido de que el nombre procede del incendio provocado para destruirla), o bajo un hipermercado cercano. El jefe de la Oficina de Arqueología de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Córdoba, Juan Murillo, apunta a una opción más plausible.

Se trata de un espacio de no más de 300 metros cuadrados junto a la orilla izquierda del Guadalquivir, pocos kilómetros al este de la famosa mezquita-catedral cordobesa. Desde un alto al otro lado del río, se ve allí una mezcla dispersa de colores: el gris de naves y depósitos industriales, el verde de la ciudad deportiva donde entrena el club de fútbol local y el amarillo de los terrenos horadados de cereal.


Murillo, que sigue el tema desde hace años, cita varios indicios. El primero, una red viaria de la época que lleva hacia esa zona. “Si no fuese por la presencia de un conjunto de esa importancia, no tendría el más mínimo sentido, puesto que siempre ha sido una zona inundable”, señala en su despacho mientras muestra en el ordenador una vista aérea de los alrededores. Hay restos además de arrabales orientales, (los más famosos son los occidentales, los que llevaban a Medina Azahara), lo que cuadra con la cercanía de otro centro de poder. De allí proceden tres ataifores, (platos hondos típicamente andalusíes), con la técnica verde y manganeso que expone el Museo Arqueológico de Córdoba, señala su directora, Lola Baena.

Murillo cita también un estudio fluvial elaborado por un equipo del CSIC que concluyó que ese espacio estaría en la época a salvo de las inundaciones que anegaban los terrenos colindantes. Y la existencia en época islámica de tres puentes en esa parte del Guadalquivir, un número aparentemente excesivo.

¿Por qué no se excava allí para comprobarlo? “Se podría, pero no queremos”, responde Murillo. “Es una tema de preservación y de optimización de recursos. Ahora mismo no se dan las condiciones, fundamentalmente económicas, para embarcarnos en semejante cuestión. Los recursos se tienen que dedicar a otras cosas. La prioridad absoluta es la conservación del patrimonio que ya se ha incorporado a la ciudad”, argumenta.

El fin de Al Medina Al Zahira llegó en 1009. Según una crónica posterior, el omeya insurrecto Muhammad Al Mahdi, consciente del simbolismo de arrasar el centro de poder amirí, ordenó  “destruirlo, derribar sus muros, arrancar sus puertas, desmantelar sus palacios y borrar sus trazas, dándose prisa en ello”. Si quedó algo en pie, es todavía un misterio.

Por Antonio Pita
Con información de El País

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Heraclio, Quraysh, Abû Sufyân y la Fe del Profeta Muhammad (B y P)

Heraclio, Emperador Bizantino

Ibn ‘Abbâs relató que el Mensajero de Dios (B y P), era la persona más generosa y que solía llegar al máximo de su generosidad en el mes de Ramadán cuando Ÿibrîl lo visitaba. Ÿibrîl solía visitarlo todas las noches de Ramadán para enseñarle el Corán. El Mensajero de Dios (B y P), era la persona más generosa, aún más generoso que los bondadosos vientos que traen buenas nuevas, (la lluvia), en su voluntad y predisposición hacia el bien.

Ibn ‘Abbâs relató: Abû Sufyân bin Harb 1 me contó que Heraclio 2 lo mandó llamar mientras él acompañaba una caravana de Quraysh. Eran mercaderes haciendo negocios en las tierras de Shâm 3, en la época cuando el Mensajero de Dios (B y P) hizo una tregua con Abû Sufyân y los incrédulos de Quraysh. Abû Sufyân y su gente se encontraron con Heraclio en Jerusalén  4.

Heraclio los llamó a su corte en presencia de los mayores dignatarios bizantinos; luego pidió la presencia de su intérprete, el cuál tradujo la pregunta de Heraclio así: ‘¿Quién de vosotros tiene el parentesco más cercano con el hombre que se declara profeta?’. Abû Sufyân dijo: ‘Yo soy su pariente más cercano, (de entre los presentes)’.

Heraclio dijo: ‘Que se acerque a mí y que sus compañeros se paren cerca y detrás de él’. Abû Sufyân añadió: Heraclio dijo a su intérprete que diga a mis compañeros que él deseaba interrogarme acerca de aquel hombre, (el Profeta), y que si mentía ellos debían corregirme. ¡Por Dios! Si no fuese el temor a que mis compañeros me tachen de mentiroso, hubiese mentido acerca de Muhammad (B y P).


La primera pregunta que me hizo sobre él fue: ‘¿Cómo consideráis su origen?’  Yo respondí: ‘Es de buena familia’.

Luego me preguntó: ‘¿Alguien ha reclamado algo así antes, (La Profecía)?’ Respondí: ‘No’.

Heraclio preguntó: ‘¿Le siguen los nobles o los humildes?’. Le respondí: ‘Le siguen los humildes’. Dijo: ‘¿Y estos aumentan o disminuyen?’. Respondí: ‘Aumentan’

Luego preguntó: ‘¿Alguno de sus seguidores le ha abandonado y ha renunciado a su religión por descontento de la misma?’. Respondí: ‘No’.

Dijo: ‘¿Lo habéis acusado de mentir antes de su reclamo, (de la profecía)?’. Respondí: ‘No’

Dijo: ‘Ha traicionado alguna vez su palabra?’. Respondí ‘No. Hicimos una tregua con él pero no se qué hará en ese tiempo’. No encontré oportunidad de decir algo en contra de Muhammad (B y P) excepto eso.

Heraclio preguntó: ‘¿Le habéis combatido?’ Dije: ‘Si’.

Dijo: ‘¿Y cómo habéis salido del combate?’ Dije: ‘Ha sido una guerra pareja; a veces triunfa él y a veces vosotros’.

Dijo: ‘¿Y qué os prescribe?’ Respondí: ‘Dice: Adorad sólo a Dios; no le atribuyáis copartícipes y dejad de adorar lo que adoraban vuestros padres. Y nos recomienda la oración, la sinceridad, la castidad y el buen trato a los parientes’.

Entonces dijo al intérprete: ‘Dile: Te pregunté por su origen y me dijiste que era noble entre vosotros. Así también, los Enviados 5 surgen entre los nobles de su pueblo.

Te pregunté si alguien había reclamado lo mismo que él antes y me dijiste que no. Si hubieras respondido que sí habría pensado que no hace más que seguir el reclamo de alguien más.

Te pregunté si hubo entre sus ancestros algún rey y dijiste que no. Si hubieses dicho que sí habría pensado que es un hombre buscando recuperar el reino de sus ancestros. Te pregunté si lo habíais acusado de mentir antes de reclamar la profecía y dijiste que no; así es que no pregunto cómo un hombre que no miente sobre otros hombres mentiría sobre Dios.

Luego te pregunté si le siguen los ricos o los pobres; me dijiste que eran los pobres y, de hecho, éstos son los que siempre siguen a los Enviados. Luego te pregunté si sus seguidores van en aumento; me dijiste que sí. Así sucede con la verdadera fe hasta que se completa.

Te pregunté si alguno de sus seguidores reniega descontento de su religión y dijiste que no. Pues así es con la fe cuando sus deleites invaden los corazones.

Te pregunté si es que traiciona y me dijiste que no, pues tampoco los Enviados traicionan.

Luego te pregunté qué os prescribe y me dijiste que os ordena que adoréis sólo a Dios y que no le atribuyáis copartícipes, que os prohíbe adorar ídolos y que os ordena practicar la oración, la sinceridad y la castidad. Si es verdad lo que dices pues pronto ocupará este lugar.

Sabía que vendría, pero nunca pensé que surgiría entre vosotros. Si estuviese seguro de tener que encontrarlo me apresuraría a hacerlo y si lo encontrase lavaría sus pies.


Luego pidió la carta del Mensajero de Dios (B y P), que Dihya 6 había entregado al Gobernador de Busra y éste a su vez entregó al Emperador para que la lea. Heraclio la leyó y contenía lo siguiente:

«En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso. De Muhammad, hijo de ‘Abdullah y Enviado de Dios; a Heraclio, Gobernante de los bizantinos: La Paz sea con que sigue la guía. Dicho esto: Te invito al mensaje del Islam. Si te haces musulmán serás salvo y Dios te duplicará la recompensa. Y si rechazas la invitación al Islam, cargarás con el pecado de tus súbditos. Di: ‘¡Gente de la Escritura! Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Dios, no le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Dios’. Y, si vuelven la espalda, decid: ‘¡Sed testigos de nuestra sumisión!’ (3:64)»’.

Abû Sufyân añadió luego: Cuando terminó de leer la carta hubo gran tumulto y voces en la corte y se nos ordenó retirarnos. Luego dije a mis compañeros: ‘El asunto del hijo de Abi Kabsha 7, se ha hecho prominente. Hasta el Emperador de los bizantinos le teme’. De allí en adelante supe que triunfaría hasta que Dios introdujo el Islam en mi corazón.

Ibn Al-Natûr era gobernador de Jerusalén y Heraclio era el Gobernante de los cristianos de Shâm. Ibn Al-Natûr relató que, en cierta ocasión, cuando Heraclio visitaba Jerusalén, amaneció bastante deprimido. Algunos de los obispos le preguntaron el porqué de su depresión. Heraclio era un vidente y astrólogo; respondió: ‘Cuando observé las estrellas anoche vi que los que practican la circuncisión habían triunfado’ y preguntó: ‘¿Quiénes practican la circuncisión?’ La gente le dijo: ‘Nadie practica la circuncisión excepto los judíos y no debes preocuparte de ellos; ¡Emite una orden para que se mate a todos los judíos presentes en el país!’

Mientras discutían estos temas, se presentó ante Heraclio un enviado del soberano de Gassân  8 para informarle sobre el Mensajero de Dios (B y P). Sabiendo esto, Heraclio mandó que se constate si, (el enviado), era circuncidado. La gente constató que sí había sido circuncidado e informó a Heraclio. Este le preguntó entonces sobre los árabes. El enviado respondió: ‘Ellos practican la circuncisión’. Entonces, Heraclio dijo: ‘Apareció el soberano de esta nación’.

Heraclio escribió entonces a un conocido suyo en Roma que era un sabio. Luego partió hacia Hims, (Ciudad en Siria). No pasó mucho tiempo allí hasta que le llegó la respuesta de su amigo en Roma que coincidía con él en la aparición del Profeta (B y P), y en su veracidad en la profecía. Heraclio reunió entonces a los dignatarios bizantinos en su palacio de Hims.

Cuando se reunieron, mandó que se cierren todas la puertas del palacio y, levantándose, dijo: ‘¡Oh bizantinos! Si deseáis el éxito, buscáis la guía correcta y queréis que vuestro imperio perdure: Jurad fidelidad a este Profeta’. La gente corrió hacia las puertas con la desesperación de los asnos despavoridos, pero éstas estaban cerradas.

Heraclio constató el odio que tenían al Islam y perdió toda esperanza de que lo acepten; entonces dijo: ‘Hacedles volver a mí’ y dijo: ‘Mis palabras eran una simple prueba para constatar vuestra firmeza en el cristianismo. Y lo he constatado’. Esto les agradó y se prosternaron ante él. Y así llegamos al final de la historia de Heraclio, (en relación a la fe).

Por el Imam Zain-ud-Dîn Ahmad ibn ‘Abdul Latîf Az-Zubaydî.
Traducción de la Lic. Isa Amer Quevedo 


Notas:

  1. Su nombre es Sajr bin Harb bin Umayya, padre del Califa Mu‘âwiya. Murió el año 31 H.
  2. Emperador del imperio bizantino desde el 610 DC. hasta el 641 DC. derrotó a los persas, a los ávaros y a los eslavos. Fue derrotado, posteriormente, por los musulmanes y perdió las provincias de Shâm, Egipto y Mesopotamia. Murió en el 641 DC.
  3. Este territorio abarca Palestina, Jordania, Líbano y Siria, que antes eran una sola región. También se la denominaba: ‘Gran Siria’. Parte occidental de la Media Luna Fértil.
  4. En latín Aelia Capitolina. En Árabe: Iliá, hoy: Al-Quds, (La Santa).
  5. Los Mensajeros y Profetas (B y P) enviados por Dios a la humanidad.
  6. Enviado del Mensajero de Dios (B y P) al Emperador de los bizantinos.
  7. Ibn Abi Kabsha: Apodo despectivo que Abû Sufyân usaba para referirse al Profeta (B y P).
  8. Tribu árabe que constituía un reino vasallo a Bizancio, en su mayoría eran cristianos como sus amos.



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Los Moriscos de Túnez y el legado del idioma español

Pintura de la expulsión de los moriscos camino a Túnez.

La lengua fue, evidentemente, un factor de identidad de los moriscos a lo largo de todos los siglos, de la pertenencia de los musulmanes en las sociedades hispanas. La lengua de la liturgia personal y colectiva del Islam y lengua de su texto sagrado, el Corán.

Los factores identitarios del grupo étnico o social que llamamos moriscos quedan modificados cuando se ven obligados a emigrar a sociedades islámicas, (Marruecos, Imperio Otomano del Magreb o del Máshreq u Oriente Árabes; territorios dominados por los turcos en Anatolia y en los Balcanes).


Las diversas oleadas de andalusíes que emigraron a Túnez en la Edad Media o los que lo hicieron a partir del Reino nazarí de Granada recién conquistado por los cristianos, a principios del siglo XVI, no sabrían generalmente las lenguas de la Península Ibérica, fuera del árabe. En cambio los moriscos expulsados de España a principios del siglo XVII, (Gran expulsión general de 1609-1614), eran en su mayoría hispanohablantes monolingües o bilingües con el árabe, sobre todo los de Castilla, (incluida Murcia, Extremadura y gran parte de Andalucía), y de los reinos de la Corona de Aragón . Conservan mejor el árabe de los reinos de Granada y  los del reino de Valencia.

Conservaron el uso social de su lengua de origen de la Península Ibérica durante más de un  siglo después de la expulsión, dentro de la sociedad tunecina árabe-hablante. La forzada diáspora de moriscos españoles hispano-hablantes es específica: se trata de un grupo religioso musulmán o cripto-musulman. Es un grupo demográficamente numeroso de hispano-hablantes: en la primera generación de expulsados de España serían unos 300.000. Aunque no todos poseían el mismo grado de uso del castellano o del catalán-valenciano junto al uso del árabe, para muchos de ellos, cuando aún estaban en la península.

Y ya en sus tierras de acogida se da un uso tradicional relativamente largo en el tiempo, ya que se prolonga, al menos ciertos grupos sociales de Tunicia, desde principios del siglo XVII a la primera mitad del XVIII, para la lengua hablada, (y escrita por algunos), con restos léxicos y onomásticos hispánicos, en el árabe tunecino hasta nuestros días. Este fenómeno no se puede comparar con los antecedentes poco conocidos del goteo de emigraciones de moriscos o de musulmanes hispano-hablantes a países musulmanes a lo largo de los siglos medievales y especialmente del siglo XVI, época de máxima expansión y poder político de España en el Mediterráneo y de bastante movilidad humana entre territorios de sus costas.

El árabe es lengua sagrada de culto y de cultura y lengua hablada dialectal o coloquial.

En Tunicia la lengua dominante es el árabe coloquial, en su variante magrebí semejante a la que actualmente se sigue usando en esa república y en los territorios vecinos de Libia, Argelia y algo más diferenciado por los aportes del italiano y del inglés, en las islas cristianas de Malta y Gozo. Tenía una estructura lingüística parecida, pero con diferencias al árabe coloquial andalusí y marroquí, él mismo diferenciado según las regiones de la península , especialmente en la Andalucía oriental, el antiguo reino nazarí de Granada, donde se habría conservado mejor, al menos hasta la mayoritaria diáspora que arrojó la guerra de Las Alpujarras a mediados del siglo XVI.

La lengua árabe clásica o coránica era conocida por una élite de la sociedad tunecina y de extranjeros musulmanes, entre ellos algunos andalusíes: es la lengua sagrada del Corán y por tanto con un carácter divino que hacia escribir a un morisco tunecino, en castellano y en 1627 que era “la más excelente de las hablas que Dios Nuestro Señor ha dado a sus escrituras desde el principio del mundo y la más suave y comprehendiosa”.


Los moriscos-andalusíes debieron aprender muy pronto, también, el árabe coloquial tunecino y algunos educarse en el árabe coránico, en la propia Tunicia o en otros territorios musulmanes adonde fueron a parar en su diáspora, países árabe-hablantes o turco-hablantes.

En Medio Oriente la lengua árabe dominante o Máshriq árabe pueden documentarse diversos territorios con presencia de mudéjares y moriscos, andalusíes, en época anterior o muy posterior a la gran expulsión, aunque no suele mencionarse documentalmente el uso del español de esos emigrantes. Se puede pensar lógicamente que los moriscos o de sus descendientes andalusíes aún conservarían el uso de las lenguas hispánicas- uso activo, al menos uso pasivo o uso residual de hispanismos en árabe- cuanto más reciente era la fecha de salida de España, a lo largo del siglo XVI o tras la expulsión general de 1609-1614.

El tantas veces mencionado texto del bien informado hstoriador AL-Máqqari de Tremecén, que se instaló en Egipto para redactar su principal libro sobre Al-Andalus, resume brevemente los territorios donde había una población importante de moriscos expulsados de España, con otros compatriotas de emigraciones anteriores. (…Un grupo llegó de Estambul a Egipto y a la gran Siria, así como a otras regiones musulmanas.  Actualmente así están los Andalusíes).

En Palestina y el territorio de la Gran Siria, (Bilâd ash-shâm), especialmente en Jerusalen, (en árabe Al-Quds), a principios del siglo XVIII se ha podido documentar la presencia de descendientes de moriscos o andalusíes, en un episodio ya presentado anteriormente, partiendo del estudio de la profesora Eva Lapiedra Gutiérrez. Se trata de un alboroto producido por la pretensión por parte de diversos cristianos, en particular por la llamada Custodia de Tierra Santa de los religiosos Franciscanos de España, de restaurar el templo cristiano, (Santísimo Templo del Santo Sepulcro), según reza el texto del franciscano español encargado de la obra. Contra la interpretación musulmana estricta del texto del Corán sobre este tema frente a la autorización otorgada por parte de las autoridades turcas. Esa interpretación coránica y prohibición de restaurar el templo era exigida en particular por unos descendientes de moriscos o andalusíes “magrevinos” según las crónicas y correspondencia en castellano de los franciscanos de la custodia.

En el extremo más oriental del mundo arabe-hablante o Máshriq, árabe, (Masiq “levante”), no está documentada, por ahora, la presencia de moriscos en Mesopotamia o actual Irak, pero sí en la península de Arabia, en dos dimensiones específicas: la presencia regular de peregrinos musulmanes de origen morisco en los lugares santos del Islam, La Meca y Medina, en el centro de Arabia, y la presencia de truchimanes o traductores moriscos, en las costas.

Del Océano Indico, por donde transitaban toda clase de naves y viajeros del Imperio asiático de Portugal. Finalmente, está documentada la presencia de un morisco “que hablaba en castellano” y era alto funcionario de la administración turco-otomana de la capital de Yemen, hacia 1590-1595, antes de la expulsión general de los moriscos de España. Sobre los peregrinos se ha podido resumir unas investigaciones particulares con muchas posibilidades de ampliación.

Por  Mîkel de Epalsa Ferrer-Abdel Hakim Slama Gafsi

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