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El arte del teñido en Al-Ándalus: Un mundo de colores

1)  Introducción:

Bastantes son las fuentes literarias y excepcionalmente iconográficas que nos  dan una idea de cómo y cuales pudieron ser los colores usados en Al-Andalus a la hora de vestirse  y reconstruirlos  históricamente.

Estos tejidos procedían de hilos que eran teñidos por profesionales llamados tintoreros (As-Sabbágín)  con fábricas (Masáni’) y talleres  instalados a las afueras de las ciudades por cuestiones higiénicas y de salubridad social.   Eran estas fábricas las que suministraron madejas enteras de hilos teñidos a los talleres textiles estatales (Dar al Tiráz),  a  otros particulares, a menudo gremiales y en poblaciones más pequeñas talleres familiares, donde maestros (ustad) y aprendices  hacían estos tejidos con la ayuda de vecinos y en los más pequeños, de otros parientes.  Había talleres donde trabajaban en telares principalmente mujeres (especialmente habilidosas para el bordado) y niños, cuyas pequeñas  manos podían tejer telas con muchos hilos y entramados y más finas.

Hubo prendas hechas en telas de color monocolor pero  muchas de ellas, en un gran porcentaje,  tenían diseños y esquemas de clara procedencia oriental, llegadas  por influencia sasánida, hindú, sogdiana,  copta y bizantina primero al Medio Oriente islámico y reelaboradas desde allí  al resto del “Dar-al-Islam” (o tierras conquistadas por el Islam).

A Al-Andalus estos tejidos con dibujos llegaron a la Península bien  por transmisión directa, como tejidos  importados desde Oriente y Asia Central  o bien como el bagaje cultural de los propios  árabes que llegan a España (recordemos los árabes sirios llegados con Abd  Ar-Rahmán I en el 740  que radican en  Jaén, Valle del Guadalquivir y Vega de Granada y en algún caso procedentes de  Asia Central,  la zona de Balkh, y que  pudieron traer consigo estas tradiciones culturales y de diseño textil  centroasiáticos y mediorientales y transmitirlos en Al-Andalus.  Esta filiación de estos sirios con Balkh nos  lleva a teorizar con la posible difusión directa de motivos del Asia Central y  Oriente Medio.).

Sin embargo, es  interesante reseñar que ya había una cierta estética orientalizante en el  arte visigodo penínsular de influencia bizantino-sasánida con la presencia de  diseños similares a las figuras animalescas o las orlas perladas (rotata).  Estos motivos artísticos orientales los veremos con  los frescos de Sta. Eulalia de  Bóveda,  el paño conservado en S. Isidoro de León y vulgarmente conocido como de  “Al-mu’tamid de Sevilla” y continúa en el  bestiario artístico visigodo enriquecido con los grifos o los leones  afrontados de Chelas, los pájaros afrontados de S. Pedro de la Nave junto a los motivos vegetales conocidos como follaje alejandrino los bípedos o  cuadrúpedos  reales y fantásticos de  Quintanilla de las Viñas, que representan un muestrario de  aves de acusado estilo sasánida en similitud con la hallada en las excavaciones  de Ctesifonte (actual Irán).

De este arte orientalizante llegado por una o varias de estas vías se nutren  los diseños que veremos en las telas califales las más anteriores que nos han  llegado hasta ahora de lo que fue Al-Andalus. En esta etapa aún tenemos las  orlas con bolitas, nacidas de los famosos “collares de perlas” sogdianos y de las orlas sasánidas y bizantinas (“rotata”)   hasta figuras enfrentadas dentro o fuera de orlas, motivos heráldicos y  mitológicos orientales (leones, águilas, grifos, el simurg persa….), figuras  enfrentadas en espejo, inscripciones  coránicas o benefactoras para el portador de la vestimenta, motivos geométricos  de cenefas,  vegetales (piñas, el Árbol  de la Vida, etc…)  y hasta motivos figurativos: Hombres y mujeres,  jinetes,   etc…

Posteriormente estos diseños se reelaboran y acaban por crear un estilo  andalusí propio de tejido que poco a poco de desliga de Oriente y se personaliza hasta culminar en el reino nazarí, con motivos  occidentalizantes.  Otro caso son los  tejidos mudéjares que recogen este bagaje cultural (turáth) y lo reelaboran siglos después al gusto de sus clientes  cristianos ibéricos

Tenemos la suerte de contar con una gran colección de tejidos  hispanomusulmanes de todas las épocas que han llegado hasta nuestros días que   destacan por su variedad cromática, textil y de diseño y que han sido  recientemente investigados por medio de avanzados equipos de análisis.

Para conocer en qué eran empleados estos tejidos, una posible y fiable  fuente es la iconografía de la época.  Aunque  tenemos poca iconografía andalusí para el periodo califal, sin embargo, las  obras coetáneas mozárabes conocidas como los Beatos  nos muestran una riqueza en el color de las vestimentas usadas por personajes supuestamente musulmanes y su combinación.  Posteriormente,  otras producciones como la andalusí Riyad wa Bayad (mediados siglo XIII), las Cantigas o el Libro de los Juegos (finales del siglo XIII) y las  pinturas de la Sala de los Reyes de la Alhambra (siglo XIV) nos muestran la  riqueza y colorido en el vestir musulmán y permiten reconstruir un tipo de  vestuario y los colores en ellos usados para hombres y mujeres.

Desde los primeros tiempos de los tejidos eran una muestra del escalafón  social al que pertenecía el portador de la vestimenta:  Cuanto más rica y   compleja era la vestimenta, mayor poder adquisitivo tenía quien la  vestía.  Asi tenemos los tejidos monocolor o diseños muy simples que eran llevados por las clases populares frente al empleo de telas ricas llegadas  desde Oriente o producidas en la propia Al-Andalus con colores más ricos en  brillo, matices, composición y diseño.

Los colores resultantes  se combinaban entre sí,  y por ejemplo  sabemos que en algún caso ciertas combinaciones de colores debían omitirse o  eran armónicas, tal como lo cuenta Ibn Quzmán en  este ejemplo en su Diwan:

“Quien lleve traje celeste de telares de Almería,/ no puede llevar capote  que no sea verde pistacho”

Sobre la producción de tejidos y su teñido en Al-Ándalus, Ibn Hawqal  comentaba en su “Kitab surat al-Ard”:

 “… se fabrican diversos tejidos de lana; entre otros, el más bello  terciopelo armenio que se pueda imaginar, que se vende muy caro, sin contar los  tapices  de hermosa calidad. En los tejidos de lana tintada y en otros tejidos, a los   cuales se aplica el tinte, hay maravillas  obtenidas con hierbas especiales de Al-Andalus.

Se tintan fieltros del Magreb, excelentes y costosos, y seda, con los  diferentes  colores que se prefieren para  el adúcar y seda cruda. También se exporta brocado.  Ningún especialista de ningún otro país  iguala a los de Al-Andalus en la confección   de los fieltros… Los productos de calidad media son accesibles a todo el mundo, sin  tener que pagarlos muy  caros…”.

2)  Los tintoreros (As-Sabbagín)

Siendo un trabajo artesanal, la práctica y los  conocimientos técnicos eran  impartidos y  enseñados en el propio taller por jefes o capataces a los aprendices.  Los tintoreros tenían dentro de los zocos y  alcaicerías sus propios barrios y corporaciones gremiales (alamín).  Este conocimiento era un secreto profesional  y  quedaba restringido a los miembros del  gremio y sus personas de confianza (familiares especialmente).

Tenían sus tenerías, cubetas e industrias fuera de las  ciudades debido a los olores que despedían y   a que el teñido, al usar agua, era contaminante, ya que expulsaba el  agua coloreada resultante, llena de sustancias químicas y restos, a los ríos.

Durante la Edad  Media la mayoría de los tintoreros fueron   judíos, y era algo frecuente en todas las provincias del islam. Posteriormente, los propios musulmanes y después, los  moriscos, monopolizaron los trabajos relacionados con el tinte de las madejas, siendo significativo que se conservase la nomenclatura islámica de alamín   dada a la corporación  de los tintoreros. Sólo la expulsión y dispersión de los moriscos tintoreros  tras la Guerra de las Alpujarras pondría fin a esta tradición de teñir excepción hecha con ciertas familias moriscas   de la ciudad de Granada a las que le fue permitido quedarse tras las sublevaciones de 1570.

¿Cómo se teñían estos tejidos? Producidos y tejidos ya  estos hilos se organizaban en madejas de un peso fijo, luego se introducían en  grandes tinas o cubetas donde se disolvía la  sustancia colorante junto a otra fijadora llamada mordiente  que era como una sustancia fijadora que  ayudaba a que se adhirieran mejor los tintes.   El mordiente estaría  hecho según  en qué casos, de alumbre (o jeve,del árabe, shabb o shabúb), crémor tártaro, sulfato de cobre (zách, en español azeche o caparrosa), almazarrón o tierras  ocres o cenizas.

Los colores que más habitualmente se produjeron fueron  los primarios: el azul, el rojo y el amarillo, ya que tenía las sustancias para  teñir más accesibles y fácilmente extraíbles y   producidas en nuestro país.

A veces las fibras textiles no se teñían y se usaban en  su color natural, pero lo normal es  que  estuviesen teñidas, no sólo para dar belleza al los tejidos sino para darles  una protección extra.

3)  Colores y origen:

AZULES:

Fue un color muy usado en  toda la historia de Al-Andalus desde el emirato al reino nazarí e incluso en  las etapas más austeras en el vestir como la almorávide y almohade.  El azul   (al-sibag al-samawí), se  conseguía a través de varias sustancias: Una, de producción nacional, accesible a  todas las capas sociales y otra más cara, importada, que convertía el tejido en  un artículo de lujo y exótico solo accesible a la realeza y a los estratos más altos de la sociedad andalusí.

-La más barata y asequible se fabricaba a partir de la  Isatis Tinctoria, glasto o hierba pastel.  Ibn al-Awwam la llamó  nil al-bustani, el índigo de los jardines y más  modernamente se la conoció como “Áspide de Jerusalén”. El nombre de pastel  viene de la pasta que  se hace con las hojas  de la Isatis para obtener el  colorante. Se cultivaba en varias zonas, y  especialmente en Toledo y Granada y se cosechaba en mayo o junio  el producto   para el tinte, y parte del este  producto, ya elaborado en forma de panes otortas se requisaba  para el  tirâz en agosto.

-El  otro tinte de azul era el índigo o “indikon” en griego. Era un ingrediente ya  conocido en época romana y  procedía  quizás de la India tal como lo indica su étimo.   Este índigo oriental podía ser obtenido a partir de sustancias animales  como la del caracol Hexaplex Trunculus, minerales como la del lapislázuli (tal  como viene explicado en una receta de teñido mesopotámica) y de plantas autóctonas  indias de la familia de las  Indogiferas.  A Al-Ándalus llegó como género importado a  través de comerciantes judíos, y daba como resultado un precioso y exótico azul  muy estimado en la producción de tejidos de lujo en Al-Andalus (época califal,   taifa y reino nazarí) que contrastaba con el azul de la hierba pastel.

ROJOS: 

El  rojo era un color vinculado a la nobleza y realeza andalusíes y desde el  nacimiento del Reino Nazarí de Granada, pasó a ser el color heráldico por  excelencia de los Nazaríes hasta la caída de su reino en 1492.  En las Cantigas aparece un estandarte farpado  nazarí, mientras que una de las prendas andalusíes más antiguas, la marlota de  Boabdil, también tiene este color.

Sin embargo,  los más rigoristas recomendaban que este color fuera vestido sólo por mujeres ya que era considerado un color propio de infieles (kuffâr) y porque no era un color decente para un hombre de pro.

Esta prohibición se aplicaba sólo a las prendas 100% teñidas de rojo,  pero si llevaban otro color o combinaciones geométricas como rayas etc… estaba permitida vestirla también por los hombres. En este grupo estaban las telas de rayas rojas y negras conocidas como hullah y procedentes del Yemen.

-Otra manera de teñir rojo procedía  de varias fuentes, por un lado, de la planta conocida  como rubia (Al-fuwa en árabe) o granza, Rubia tintorum, que daba un color  rojo anaranjado.  Se cultivaba en Medina Sidonia (cerca de  Sevilla)

-Para  dar un rojo muy vivo  tenían el quermes,  kirmiz  o carmesí, que se  obtenía de un insecto hembra de la familia de las cochinillas llamado Coccus Iilicis  y era parasitario de las encinas y robles, especialmente de la conocida como amûra en  romance y coscoja hoy, fue llamada popularmente la  “grana de los tinteros”.  Este insecto tiene forma de  grano (y de granum procede la palabra “grana”).

Fue muy famoso el rojo “granada” o grana de la zona de  Sevilla. Según Ibn al-Baitar, el famoso  recopilador de farmacopea andalusí, el kermez procedía de Asia, pero rápidamente se hizo muy habitual en  España, aunque  por otro lado, tenemos constancia de su uso en la Antigüedad, por lo menos  desde la época romana, aprovechándose para producir la llamada “púrpura bistincta”  que llevaban los senadores romanos en sus togas.

– Otro  elemento para teñir rojo era la madera Brasil, muy usada en el periodo nazarí.  Tenía su origen en Sri Lanka (antigua Ceilán)  y llegaba a Al-Andalus a través de los puertos árabes y desde ahí a Egipto y el   resto del Mediterráneo.

-Las  flores del cártamo o alazor, al-usfur en árabe o Carthamus Tinctorius en latín , también  llamado azafrán bastardo, daban un rojo anaranjado. Era famoso el de Niebla y  el de Sevilla, que  se recogían en junio  para el tiraz cordobés, en época califal.  El tinte resultante se llama mafdam y era recomendado por los tradicionalistas para las mujeres, pero no para los hombres, se basaban para ello en un hadíz transmitido por At-Tabarí que en el que el Profeta Muhammad al presentarle un tejido teñido con alazor dijo: “Dejen esa flor (hablando del alazor o cártamo, nota nuestra) para las mujeres”.

– La   henna (al-hinna) o alheña, se usaba no sólo como  sustancia cosmética sino como ingrediente de   teñido machacando las hojas, lo que daba un rojo anaranjado  El uso de este  tipo de tinte en lugar de la granza se consideraba un fraude, porque el color resultante se alteraba con el sol. Se   cultivó en Córdoba, Sevilla y la Alpujarra, donde los moriscos  continuaron sus plantaciones hasta el siglo  XVI.  La época de recolección nos la  determina un anónimo calendario popular nazarí del   siglo XV a finales de agosto.

AMARILLOS Y ANARANJADOS:

Las  tres sustancias utilizadas para la obtención de las tonalidades de amarillos  fueron la gualda (Reseda luteola) conocida desde la Antigüedad en Europa,  el azafrán. (Crocus sativus) y en  menor medida las bayas persas  (Rhamnus  Tinctorius).

-El  azafrán se introdujo en la Península en época musulmana; ya en el  siglo IX se convirtió en  uno de los  principales productos de exportación y al-Andalus en uno de los países  productores y exportadores más importantes .  Si se utiliza solo, se caracteriza por  su  tono dorado; con mordientes de aluminio y estaño, los tonos son anaranjado y  amarillo respectivamente.  El azafrán se extraía  de los estambres de la flor homoníma (za’faran)  o Crocus sativu.

El de la  mejor calidad, procedía de  Toledo y  Baza. Según el calendario antes citado del siglo XV la recogida del azafrán en  el reino de  Granada se daba en el mes de  noviembre.

-Otra manera de obtener amarillos se dio  a partir de Rhamnus tinctorius  o baya persa  que era cultivado en la franja del Pirineo apareciendo  como sustancia  en el almaizar de Hixam II conservado hasta nuestros días.

-La gualda o Reseda Luteola,  se usó desde la Antigüedad y era ya conocida en España antes de la llegada de los musulmanes.  Con ella se obtenía un amarillo más pálido, menos   vivo, y su teñido era costoso con lo que el teñido y la ropa final  producidas se encarecían.

NEGRO Y MARRONES:

En la tradición islámica el negro era un color vestido por hombres y mujeres.  Los hadices hablan de que el Profeta Muhammad vestía una burda (capa o manto) negro y un turbante del mismo color.  El negro sólo se usaba para uso cotidiano pero no para el luto.  Como curiosidad decir que en algunos países se usa el negro como color de luto, pero los juristas islámicos lo consideran una bi’dah o innovación de influencia cristiana que no hay que seguir.

Se obtenían tonalidades de negro de la mezcla de tatinos con sustancias vegetales.  Los taninos son sustancias  procedentes  de distintas especies del reino vegetal y presentes sobre todo en  sus cortezas y agallas que podían tener un  36-58% de taninos. Los descubiertos en los tejidos andalusíes son el  zumaque  (Rhus coriaria), las  agallas de nuez y  roble (Cypis gallae tinctorae y  Quercus infectoria),   el té negro (Camellia sinensis), la  cascara de nuez (Junglans nigra) y las   raíces de Acoro falso, en latín, Iris psuracorus.

Las tonalidades se obtenían usando una goma  junto con los taninos de estas plantas  no sólo como sustancias teñidoras sino como  fijadores o mordientes. Y decir que este negro resultante no lo era del todo, sino que era un gris muy oscuro.

BEIGES:

-Los beiges se conseguían a base de taninos y el   resto de los colores mezclando los tintes anteriores.

VERDES:

Era un color afamado en al-Andalus junto con los tejidos rojos, simbólicamente era y es el color del Islam.  Por ejemplo,  los descendientes del Profeta, sus familiares  y amigos (los “xorfas” o shurafâ’ en árabe), llevaban turbantes y túnicas de  este color. Se conseguía combinando colores primarios como el azul índigo y el  amarillo (del azafrán):

-Según el Calendario de Córdoba  se  obtendría del cardenillo (zinyar) o del albayalde. Seguía una tradición  anterior de origen visigodo.

-Ibn ‘Abdún de Sevilla (siglo XII) denunciaba actividades fraudulentas de  los tintoreros y drogueros de la ciudad para conseguir unos verdes a partir del  tinte de henna o alheña:  “Algunos drogueros emplean las hojas de la  pequeña cambronera (en árabe jullab) para verdear la alheña, porque en efecto,  esta hierba da a la alheña brillo y un verdor muy brillante; pero es un fraude”

-Sin  embargo, las investigaciones realizadas sobre los tejidos hispano-musulmanas confirman también que se  obtenían gamasde verdes mezclando el azul del índigo hindú o el glasto (hierba pastel) y el  amarillo del azafrán, aunque este fue un  color más común en los tejidos mudéjares que en los propiamente nazaríes.

VIOLETAS, PÚRPURAS:

Los púrpuras fabricados a  la manera clásica con la concha y sustancias de los caracoles de la familia  Murex se perdieron tras la caída de Roma.

Hasta entonces se producían unos púrpuras que iban desde el azul  violáceo al rojo violeta y al violeta en sí.   Sin embargo, los árabes encontraron formas de imitarlo mezclando colores  ya conocidos o productos que imitaban los antiguos tintes de la Antigüedad.  Incluso había teñidos púrpuras que al reaccionar con la luz del sol daba  ciertos reflejos dorados.

-Por un lado, por combinación de un tinte azul  con uno rojo (por ejemplo, hierba pastel para  el azul y la granza o rubia para el rojo).   Esta sería la versión más cara   aunque la más común en las tenerías andalusíes.

-También se usaron con colorantes naturales  derivados otras plantas, hongos y líquenes. Entre estos últimos, en Marruecos  eran conocidos los líquenes llamados llamados orcela u orchilla de  Mogador,   de los que se hacía una pasta  tintórea y  que podía ser mezclada con  diversas sustancias  e ingredientes para  obtener distintas tonalidades de púrpura.

-De  las bayas del aligustre se extraía un tinte morado.

BLANCOS:

-Normalmente era el blanco crudo natural, casi  crema, del propio tejido (seda, oro, etc…) y era un tejido no tratado.   El blanco era considerado por tradición el  color de la pureza y  humildad espiritual  y así está recogido en un hadith de la Sunna del Profeta.   El blanco era considerado en el Derecho Islámico un color recomendado (mustahabb) para que lo usasen los vivos y para envolver a los muertos, tal como consta en el hadiz narrado por   Ibn ‘Abbás, quien dijo: “El Mensajero de Allah (SaS) dijo: ‘Usad ropa blanca, pues es    la mejor de todas, y amortajad a vuestros muertos con ella'”. (Reportado por Abu  Dawud y al-Tirmidhi; clasificado como sahih por al-Albáni en  su obra “Ahkám  al-Yanâ’iz”.   El blanco también es el color preferido en el Hachch, la Peregrinación a la Meca,  para el ihrám  de los hombres (ropa especial para el Háchch), que consiste de un izár  (prenda inferior) y una rida’ (prenda superior).  Estas prendas constituían a su regreso parte del sudario del difunto, al igual que en las mujeres un vestido blanco y varios velos eran la ropa reglamentaria en el sudario femenino.

 Fue un color llevado por ejemplo por sufíes y  hombres religiosos (alfaquíes, ulemas, cadíes…).  En Al-Ándalus y el Magreb fue el color  tradicional del luto en distintos periodos históricos de la España Musulmana.

4)  Conclusiones:

La calidad de los productos dependía en gran parte del  proceso de tintado de las  madejas, por lo que se promulgaron ordenanzas dirigidas a los tintoreros. En Al-Andalus se prohibió el   uso de ingredientes fraudulentos que aparentaban una calidad que no  alcanzaban y que  con el paso del tiempo  destruían el tejido o acababan desapareciendo como ya hemos visto en el caso  del uso de la alheña para conseguir tonalidades verdes que mencionara Ibn  ´Abdún de Sevilla.

También se reguló el  etiquetado y se creó una especie de “denominación de origen” ya que se dio una picaresca que vendía al doble o triple de su costo  imitaciones de tejidos orientales o  centroasiáticos que en realidad eran occidentales (andalusíes o incluso, mudéjares), aún así algunas de estas falsificaciones llegaban a tener escrito un “Hecho en Bagdad”  consiguiendo engañar a potenciales clientes,  especialmente si eran exportadas a la España o la Europa cristianas. También había una picaresca en el peso de los  rollos de telas y los precios de éstas.

Se encargaba de regular estas prácticas fraudulentas el “Sâhib as-Sûq” o  “Señor del Zoco” (en castellano antiguo, “zabazoque”) y cargos a él asociados como los almotacenes (al-Muhtasibún) y los “Sabios del Zoco” (Ahkâm as-Sûq).  Los subalternos eran los ´awn.

Por Mabel Villagra (Arabista)
Con información de:Historia y arabismo

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He aquí Andalucía

Ahora que la primavera se acerca para derramarse por las tierras andaluzas. Que el mar comenzará a apaciguarse para abandonar el salvajismo y la audacia que le procura el invierno a sus aguas. En ese instante preciso en el que todo recuperará el ritmo y la rutina de los días de sol. Y en el que la monotonía de los verdes alucinantes de nuestros campos, se trocarán en explosiones de colores, vamos a hablar de Andalucía.

Desplazarse por las curvas incesantes de su piel, por las mojadas riveras de sus costas y dejar discurrir entre los pies las heladas aguas de sus torrentes, es impregnarse del sabor de una tierra indómita, dura y castigada.

Los senderos se convierten en marañas de nervios que hacía el cielo coinciden en el punto de fuga de un cuadro mágico de luz y color. Los olivos se agolpan a recibirnos al abandonar la meseta, dejando atrás, los minúsculos muros de piedras que zigzaguean por tierras extremeñas y las tierras amarillas y planas castellanas. Las cigüeñas, que añoran sus viejos nidos eclesiásticos, parecen acostumbrarse a convivir con las inmensas aspas sembradas en el suelo de Andalucía.

Las aguas movidas por el ímpetu de sus vientos, lo mojan todo y hacen fértil una tierra de por si riquísima. Una tierra que a duras pena se ha acostumbrado al lento pasar de un tiempo y que ha dejado cicatrices profundas en su cara.

Iniciamos un viaje por algunos aspectos interesantes de la historia de Andalucía. Mostrar una tierra cargada de oportunidades e irremediablemente dirigida a la más absoluta de la pobreza y al atraso. Emprendemos un periplo por una tierra antigua y cubierta del hermosísimo regalo que le dejo el paso del tiempo.

Muchos han sabido modelar con palabras la hermosura de la tierra hispana, y describir la fascinación que le producía la Bética, la Turdetanía. Algunos de ellos, jamás pisaron el suelo fértil que tanto defendieron en sus escritos, ni contemplaron la riqueza de sus vides o de sus minas. Pero mantuvieron vivo y fomentaron la visión de una región rica y llena de parabienes.

Trogo Pompeyo, Plinio, Justino y Estrabón coinciden en el verdor de los campos, en la luz azul divina de su cielo, en la altivez de sus mujeres y en la enorme riqueza que brindaban sus costas, montañas y tierras.

Era el territorio más idealizado de todos los continentes y tierras habitadas por los hombres. Sus ríos, llenos de vida, Anas, Guadiana el rio de los patos, y el Betis, Guadalquivir inundan de vida y riqueza todos los parajes por los que discurren, haciendo a los hombres que habitan sus tierras felices.

Calpe, Algeciras, Punta Paloma y Bolonia inicio de un viaje por el sur desde Roma, los saladeros de Menlaría, al puerto Menesteo del Puerto de Santa María. Cómo no llegarse a los antiguos esteros de Asta y Lebrija, al altivo, dulce faro de Chipiona y al Santuario del Lucero junto a Sanlúcar de Barrameda.

Cruzar su estuario en antiguas galeras para viajar a otros esteros, de ríos llenos del color rojo de las minas, el Tinto, el Odiel, el Piedra. Sin fronteras, sin banderas hasta el cabo San Vicente, en Algarve.

Doscientas ciudades hacia el interior de los ojos de los hombres que nacieron en el tiempo en que se parió la filosofía, Córdoba, Sevilla y Jaén. Y por medio el rio Betis, pudiéndolo todo, mojándolo todo. Bajando hacía el océano al compás de los martillos extrayendo los minerales de Sierra Morena.

Y de la antigüedad clásica de imperios y repúblicas, a la estirpe de los califas y los aguerridos cristianos. Hombres que con atuendos tan llenos de contrastes convirtieron esta dulce tierra en lagar de dátiles y palmeras. No creo en la imposición violenta de aquellos hombres de tez oscura. Soy partidaria más del abrazo tras la batalla de Guadalete, más del recuento de olivos y encinas para comprobar la riqueza de la zona, más del olor azahar de las naranjas y más del esplendor de las perlas y las sedas de la gloriosa Córdoba. Soy más del reflejo de la nieve del Veleta sobre la rica vega. Más de echar la vista al Gibralfaro y al San Cristóbal buscando las apuestas alcazabas malagueña y almeriense.

Abogo por la seducción más que por una lucha encarnizada. El enamoramiento de una tierra sabia a la luz de las mezquitas, al sonido del almuédano y a la visión alucinante de la Alhambra.

Entonces aquellos hombres que usaban el arjamí, se convirtieron en los hombres y mujeres más ricos de la tierra. Emoción o evocación de un sueño, seguramente más irreal que verdadero, pero sin duda envidia absoluta de los emires. La moral, la artesanía, la agricultura e incluso las fiestas marco el sello de la impronta de estos hispanos convertidos al Islam. Un país de occidente anexo del imperio islámico.

Y si la ficción de los cuentos árabes imprecaron las voces de nuestros antepasados en el tiempo de los moros, no lo fue menos en la reconquista cristiana. Dónde estaban aquellos cientos y miles de hombres castellanos y leoneses que fueron capaces con un soplo de viento de levante de acabar con aquel sustrato riquísimo, o es solo la ignominia de los pretenciosos. Solo y simplemente la riqueza combinada de las tres culturas, en las que las fiestas judías, moras y cristianas, se convertían en un solo punto de encuentro y de júbilo. Suerte de tolerancia y convivencia.

Y los hombres de luz traspasaron el umbral del tiempo, y dejaron en las casas encaladas, bóvedas nervadas y vergeles, acequias y aljibes, zaguanes y albercas. Y se extendieron en los nombres de las tierras que poblaban, de los ríos que cruzaban y en los pagos que sembraron bajo las estrellas. Y dejaron, como dijo Al- Zuhri, el espíritu de hombres amables, elegantes, descarados, insolentes y distinguidos.

Y el mar, y solo el mar que bordea las costas andaluzas, ese tibio punto de encuentro entre océanos y mares, que copulan en el estrecho, la mantuvo en alza. Unida a un mediterráneo colapsado, se abría pletórica aun atlántico virgen e inexplorado, hasta el punto que su ubicación la obligo a ser la matrona de la historia americana, la portadora de aquellos valientes y necios hombres que se atrevieron hacerse a la mar.

Un mar que trajo el esplendor de la tierra y con este la búsqueda incesante de exponer ante los ojos de los hombres, la poesía, las letras sin tapujos y el amor por la historia.

Y todo esbozado en los hermosísimos relatos de viajes. Franceses, ingleses, alemanes y americanos deambularon por tierras andaluzas a lo largo de la primera mitad del siglo XIX; época de represión contra los liberales, de exilio, de crisis económica y problemas sociales motivados por un país que acababa de concluir la Guerra de Independencia.

La búsqueda del viajero romántico en Andalucía, es una búsqueda de la estética, ya no cuenta los principios ilustrados que juzgaban las cosas y los acontecimientos por su cercanía o lejanía de la razón. Lo que cuenta ahora es la belleza de los lugares, de las mujeres, de las ciudades y sus monumentos, porque lo que cuenta es todo aquello que sirva para la meditación, para la reflexión con el corazón y con los sentimientos. Andalucía era vista por poetas y escritores en prosa como un lugar que se había mantenido fuera de esas corrientes basadas en la razón, se presentaba como algo virgen, distante, extraña, llena culturalmente de vestigios del pasado, más africana que europea, más marginada y exótica cuanto más pobre y postrada.

Los mismos soldados venidos a la Península descubren una región desconocida, y sus impresiones a pesar de la guerra dan cuenta de un territorio esplendido en la fuerza de su naturaleza física y en la de los hombres y mujeres que la habitan. A esta visión se le uniría la de los exiliados que extrañando su origen, escriben y fantasean en círculos literarios publicaciones sobre las ciudades que añoran.

La Alhambra, la Mezquita de Córdoba, el Alcázar de Sevilla, monumentos que acompañados por el exotismo y el orientalismo serán continuamente evocados no solo por los viajeros que anduvieron por los lienzos de sus murallas, también por algunos como Puschin que jamás estuvo en España.

Pero también la naturaleza en su estado más puro representó un atractivo impresionante para los románticos. Las montañas, los pueblos asentados en lugares difíciles e inhóspitos, el mar que parece rodearlo todo, sus jardines dehesas y bosques. Todo lo andaluz expresado con tal volumen de afecto que ser andaluz, supone ser todo lo español posible, extrapolando los tópicos sobre Andalucía a toda España.

Para Gautier, viajero francés, toda Andalucía está llena de los rasgos y emociones de lo árabe, en las costumbres, en el aspecto físico de mujeres y hombres, en los monumentos, en el ruido de las fuentes y en el murmullo de los molinos de agua. Para Washington Irving, autor de los Cuentos de la Alhambra, la época musulmana es un espejismo frente a la opacidad y miseria de la Edad Media en la que vivían el resto de ciudades españolas. Para Richard Ford, inglés, los lugares donde siente todo el esplendor de la belleza se encuentran, como también le ocurre a Doré, en los escenarios naturales en los que vivieron almohades y califas, como un enorme escenario donde se desarrollaron los romances moriscos y las batallas entre moros y cristianos. Merimée, lleva al máximo su apuesta por presentar a la mujer andaluza, romántica, apasionada y rotunda.

Una imagen paradisíaca fundamentada en la luz, el sol, el calor, el clima, la fertilidad del suelo, el color de los paisajes. Exageradamente inventada, exotismo africano, arabismo, especies de animales nunca vistos, un paisaje en el que no existen llanuras, solo riscos, serranías y montañas. Todo acompañado de la constatación de una pobreza real solo superada por tres grupos de personas, los bandoleros, toreros y contrabandista que junto a una población ingente de gitanos forjan el total de andaluces creando un tópico que aunque venera y engloria a Andalucía no es comprendida en la magnitud de sus verdaderas condiciones de miseria.

La Andalucía del siglo XIX poseía según estos viajeros todos los elementos que el romántico quería encontrar en sus viajes: exotismo tanto en su gente como en las costumbres y forma de vida, irracionalidad en la forma de creer y expresar sus afectos, exotismo y esplendor en algunos de sus paisajes; y en donde no vieron nada más que los mismos rasgos que en el resto de Europa, lo inventaron creando un mito que durará hasta nuestros días.

Como dice el profesor González Troyano, más que viajar lo que hacen es vagar, siguiendo la expresión del viajero inglés Borrow, en ese modo de enfrentarse al paisaje cabe la sorpresa, el desvío del itinerario marcado, las encrucijadas en el camino que haga descubrir nuevas rutas de lo que todos consideran una Andalucía llena de magia. El deseo más perseguido del romántico, transportarse a tiempos pasados gracias a las calles, plazas y los monumentos reconstruyendo los recuerdos con nostalgia a su modo, a su antojo.

Y ese mismo sentido de lo imposible hace de esta tierra el garfio, el agarre perpetuo a la libertad y a los valores de los que no se doblan, de los que en los últimos siglos de nuestra historia pospusieron el valor de la vida personal a la de la tierra.

Por Hilda Martín García
Con información de: El País

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El pasado árabo-andalusí de la Talavera de Puebla

La Talavera es una cerámica popular de origen árabe que se introdujo a México con la conquista española en el Siglo XVI. Se cree que fueron los dominicos quienes enseñaron la técnica a los indígenas, y una vez aprendida comenzó a fabricarse en mayores proporciones. Sirvió para decorar edificios en su fachadas, cúpulas e interiores.

En la actualidad es el distintivo más importante de la ciudad de Puebla. El arte y la belleza de su manufactura se volvieron sumamente famosos; la calidad de las piezas producidas en el estado es reconocida a nivel mundial. Existe gran variedad de fábricas que elaboran artículos para baño, barriles, cazuelas, charolas, jarras, vajillas, ceniceros, condes, floreros, macetas, macetones, juegos de escritorio, lebrillos, platos, platones, tibores y hasta piezas personalizadas o pedidos especiales al gusto de cada cliente. La Talavera Poblana es orgullosa, elegante y muy mexicana.

Las vajillas de talavera, donde lo mismo se sirve un chocolate espumoso que un chile en nogada, obtuvieron su denominación de origen en 1994 por sus peculiares diseños; sin embargo, no se sabía cómo empezó a producirse esta loza que ha dado fama mundial al estado de Puebla, por lo que la investigadora Emma Yanes Rizo se dio a la tarea de rescatar un siglo perdido de su historia.

La especialista del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) logró determinar que en 1550 un pequeño grupo de artesanos provenientes de los talleres de Talavera de la Reina, Sevilla y Génova se establecieron en la Nueva España, en particular en Puebla, y comenzaron a producir la loza estannífera, la popular talavera.

“Los artesanos españoles aprovecharon el conocimiento prehispánico que tenían los pueblos indígenas en el manejo de las arcillas, y lo incorporaron a sus talleres junto con el propio personal europeo e incluso con esclavos negros. El resultado fue un producto original hoy denominado talavera poblana”.

Existen registros desde 1550 que comprueban la presencia de loceros en Puebla, sitio que facilitó la producción de la loza y el acceso a la materia prima; además esta urbe novohispana ocupó un lugar comercial estratégico, debido a que se construyó como un punto intermedio entre la Ciudad de México y Veracruz, destacó Yanes Rizo.

Al principio, los artesanos procedentes de España produjeron tanto objetos de loza como de cañería; la ciudad, en pleno proceso de construcción, requería tubería para llevar agua a los conventos, iglesias y casas de los principales. “En forma simultánea hacían tubería de barro, cazuelas y jarros, y después empezaron a trabajar la loza fina.

“Una pieza de tubería de barro era tan valiosa como una vajilla, porque el barro con el que hacían un plato correspondía a la misma cantidad de material con el que hacían una cañería. En el caso de la loza fina, en la medida en que se agregaban materiales cotizados como el estaño y el cobalto, las piezas subían de precio”, puntualizó la especialista de la Dirección de Estudios Históricos (DEH).

Las familias de altos recursos aspiraban a tener una vajilla de porcelana o de loza fina europea, pero el viaje de ida y vuelta al Viejo Continente era muy largo, y si una pieza se quebraba debían conseguir otra. Esa fragilidad de la cerámica permitió el desarrollo de la producción de talavera, porque salía más barato hacer un plato nuevo localmente que traerlo de fuera. Así empezó a generarse esta industria”, indicó la historiadora.

Señaló que la originalidad en los diseños de la talavera poblana se debió a que en un solo taller novohispano en la Angelópolis trabajaban maestros de Talavera de la Reina y de Sevilla, e incluso de Génova. Esta combinación provocó una fusión de técnicas y el surgimiento de una producción original y distinta de la europea.

Para 1620, los talleres iniciados por un puñado de españoles ya habían pasado a sus hijos o aprendices, generalmente criollos y mestizos, por lo que en esa época hubo una generación de maestros mexicanos que crearon su propio estilo, dijo Emma Yanes.

Los artesanos buscaban elaborar piezas más ricas que las traídas de España, y empezaron a crear loza con el azul cobalto abultado. Aplicando cobalto y estaño, lograron la textura lo que implicaba una ostentación extrema, no sólo por el barroquismo de las piezas, sino por el uso exagerado de esos minerales.

La talavera se utilizó tanto en vajillas como en contenedores para los hospitales, e incluso para el traslado del vino y el pulque, añadió. También se aplicó en los azulejos, primero dentro de los inmuebles, por ejemplo en cocinas, fuentes y altares, y después, principalmente en el siglo XVIII, en las fachadas de casas e iglesias.

Al paso del tiempo, el concepto de vajilla cambió, puesto que en el siglo XVI el servicio de la mesa era muy elemental: consistía en una escudilla, una especie de plato sopero y otro más un poco extendido, un especiero y una fuente al centro, pero esto poco a poco se transformó y se hizo más compleja la producción de plato, platito, platón, taza, tacita etc., lo que propició que en el siglo XVIII la loza estannífera alcanzara auge y gusto entre la sociedad con mayores recursos en la Nueva España, concluyó Yanes Rizo.

La investigadora de la DEH recabó estos datos para su tesis doctoral en el Archivo de Notarías de Puebla, en el Centro de Estudios de San Ángel de Grupo Carso, en el Archivo de Indias de Sevilla y el Archivo Judicial del INAH Puebla, y recurrió a vestigios de tiestos arqueológicos de loza fina de los últimos salvamentos arqueológicos en el Centro Histórico de la ciudad de Puebla, donde se encontraron gran cantidad de fragmentos de mayólica del siglo XVI al XVIII.

El azulejo y su relación con el México colonial, en Puebla de los Ángeles

Por María del Carmen García Escudero

Nuestro viaje comienza en las fructuosas tierras bañadas por las serpentinas aguas del Tigris (2) y del Éufrates, ya que gracias a esta diversidad natural se originó el asentamiento de la civilización sumeria. En dichas tierras, alejadas por los océanos del tiempo, nació la técnica del vidriado. La técnica permitió manufacturar pequeños bloques de tierra cocida recubiertos de vidriado de diversos colores. Con estas pequeñas piezas se cubrieron edificios de fastuosidad inimitable.

Una de las múltiples razones por las que se desarrolló dicha técnica constructiva, en estas tierras, fue la carencia de otros materiales que engalanasen los edificios de las capas sociales más altas del próximo oriente; materiales como la piedra no abundaban, por lo que esta técnica multicolor fue una de las mas ricas y florecientes destrezas artísticas que vistieron los mas hermosos palacetes mesopotámicos. Como ejemplo mas notable destacaremos la Puerta de Ishtar, construida por Nabucodonosor II, hacia el año 575 a. C., bajo el llamado “Imperio de Babilonia”.

Su expansión como elemento artístico, que marca una ruta cultural desde las lejanas tierras orientales hasta el Nuevo Mundo, comenzó, precisamente, durante el siglo IX cuando la ciudad de Rakka extendió su cerámica hacia el Norte de África. Las relaciones entre Egipto, y demás países del Norte de África, se desarrollaron alrededor de un floreciente comercio de intercambio de todo tipo de objetos con Siria. Además del intenso comercio que existía entre Siria y las zonas del Norte de África, la conquista política musulmana de las tierras sumerias originó un acercamiento mayor a la cultura oriental, y a sus técnicas artísticas. Desde entonces, el azulejo como máxima expresión de la técnica del vidriado, es una de las características más destacadas en el estilo artístico musulmán.

La expansión del imperio musulmán promovió también un esparcimiento ideológico y artístico que marcará la ruta del azulejo en la historia de las artes. Los textos de Las mil y una noches son el más fiel reflejo de la vida refinada, y del lujo que había en capitales como Bagdad.

Con los árabes en las zonas fronterizas del desierto se produjo el comienzo de la destrucción del Imperio de los Sasánidas, en el 635 a manos de los árabes, quienes llevaron consigo la nueva religión islámica. Entre el 635 y el 750 Mesopotamia fue gobernada por los califas Omeyas de Damasco. A mediados del siglo VIII los Omeyas fueron desplazados del califato por los Abasíes y el centro de poder se trasladó a Bagdad. Un miembro de la dinastía Omeya, Abd al-Rahman, consiguió huir de la persecución y hacerse con el poder en Al Ándalus, desligándose de la obediencia política de Bagdad, y de la dinastía de los Abasíes. En el 711, el rey visigodo Rodrigo había sido derrotado en la batalla del Guadalete, por los ejércitos beréberes dirigidos por Tariq ibn Ziyad. En menos de cinco años los ejércitos musulmanes se habían hecho con el dominio del territorio peninsular.

Al Ándalus. El azulejo y la diversidad cultural

Junto a las largas caravanas de camélidos, a través del árido e inhóspito desierto del Sahara, la civilización musulmana se adentra, y nosotros junto a ella, en la Hispania medieval. A partir de este contacto cultural el sur de Al Ándalus se envolvió en los ricos colores que la nueva técnica constructiva aplicó en las nacientes y exóticas construcciones hispanomusulmanas. La cultura musulmana al adentrarse en el territorio hispano dejó un opulento legado artístico; junto a las características regionales y locales. Además, de esta manera, se difundió el conocimiento de la técnica estannífera hacia el resto de Europa. En el devenir histórico de Al Ándalus el Islam sufrió multitud de crisis que provocaron su fraccionamiento interno. Se formará una España musulmana dividida en emiratos independientes. Estas luchas provocaron el desplazamiento de familias, y como consecuencia, la expansión de las líneas artísticas musulmanas a otras zonas de la Península Ibérica.

En el año 929 Abd al Rahman III se proclamó califa, sucesor del profeta y príncipe de los creyentes, lo que supuso la independencia religiosa de Al Ándalus. Por orden del califa se inició la construcción de la ciudad-palacio de Medinat al-Zahara al nordeste de Córdoba (936), y la mezquita de Córdoba.

En el 939 fueron vencidos los musulmanes en la batalla de Simancas. A partir del siglo XI volvieron las crisis internas por la lucha del poder y España se desintegró en pequeños reinos de taifas. El fraccionamiento político provocó la decadencia del imperio musulmán, que comienza con la expulsión de los musulmanes, de parte de la península, y termina con la toma de Granada por los monarcas católicos en 1492.

Los árabes al contactar con Oriente asimilaron rasgos culturales que trasladaron con posterioridad a España: introdujeron la numeración árabe, el empleo del 0, álgebra, alquimia, la óptica, y la técnica de la loza estannífera. Por ejemplo, la palabra alfarería y alfarero se derivan de Alfar, que quiere decir arcilla, barro o loza. Igualmente Alfahar significa ollero, jarrero, hacedor de barro; y la palabra azulejo proviene del árabe azuleich, que quiere decir piedra bruñida.

A grandes rasgos las características arquitectónicas que se observan en el arte hispano-musulmán, y que luego se difundieron al Nuevo Mundo, son:

– Una mayor importancia en la decoración que en los problemas de construcción. Utilización del yeso de forma decorativa, que recuerda a las yeserías utilizadas en Puebla por los dominicos. Decoración derivada de la bizantina, predominando los temas vegetales y geométricos.

– Las tres grandes escuelas de arte mudéjar o arte hispanoárabe estaban ubicadas en Andalucía, Aragón y Toledo. Como consecuencia de la cercanía geográfica de Talavera de la Reina a Toledo, ésta tomará toda la influencia mudéjar para la decoración de sus cerámicas.

El vidriado en su expansión popular: la loza de Talavera de la Reina

Las artesanías populares desplazan al viajero, dentro la Península Hispánica, hacia Talavera de la Reina. Esta urbe nos mostrara la acomodación de la temática artística a los cánones de la España Moderna. La esencia de la técnica, el vidriado, sigue presente, pero se aprecia una diferencia notable si se compara al arte que se realizaba con los azulejos en las tierras mesopotámicas.

Las primeras manifestaciones de loza estannífera, en Talavera de la Reina, no han sido identificadas con exactitud en un marco cronológico. La información más temprana, sobre la fabricación de esta cerámica, data hacia el siglo XV. Esta fecha ha sido obtenida por las horas que el Ayuntamiento permitía encender los hornos a los alfares talaveranos (ver Vaca y Ruiz de Luna 1943: 59). El manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid de Alfonso de Ajofrín (1651), en el que éste narró las características de aquella ciudad, anota que alrededor de estas fechas trabajaban doscientos obreros en ocho hornos, y destaca, entre las manufacturas más delicadas de los alfares talaveranos, los llamados briquiños. Ésta eran unas pequeñas tazas en las que bebían las damas de la alta nobleza. Al terminar éstas el agua que contenían, por su delicado sabor y tierna textura, se los comían. Era una fuerte manufactura demandada por las más altas esferas sociales.

La manera de fabricar la loza estannífera ha sufrido pocas modificaciones, pero sí hubo una modernización en lo referente a los hornos y las mezclas necesarias para hacer la capa vítrea. Así, el torno que empleaban los alfareros talaveranos era el torno morisco, con rueda baja empotrada en el suelo. El alfarero se tenía que introducir en él poniendo las piernas bajo tierra. Las partes de las que se componía el alfar eran las siguientes: la alberca, para el lavado y decantación de la tierra; el molino, para la trituración de los metales; las salas de los hornos, la del baño de las piezas después de juaguetadas por la primera cocción; y la sala de pintura.

El vidriado lo obtenían mediante la mezcla de plomo, estaño, arena de sílice y manganeso. Todo ello se fundía en el horno y salía en forma de piedra, después se trituraba, y se molía al agua. El combustible que solían utilizar para los hornos eran las retamas.

Esta cerámica obtuvo su fama por su blancura lechosa y limpia, debido a la mezcla rica en estaño que cubría toda la pieza con una capa blanca opaca que ocultaba bajo sí el barro rojizo. Las primeras obras de los alfares talaveranos son de influencia mudéjar, por lo que predominó el tono azul oscuro y la decoración con motivos geométricos o vegetales. Una de las piezas clásicas de esta época son los platos decorados con tres mariposas con las alas extendidas. Dichos motivos decorativos estaban asociados a la inconsistencia de los bienes terrenales; así, tenemos el motivo del zancudo y el gusano, que simbolizan la lucha del alma contra los placeres terrenos, motivo que veremos, más adelante, en la Iglesia de San Francisco de Acatepec, Puebla (México). La diferencia, en cuanto a motivos ornamentales, entre las producciones musulmanas y las españolas, son las representaciones antropomorfas. Las obras de arte musulmanas nuca están decoradas con motivos de esta índole, a diferencia de la estilística española. Un contraste ideológico que se aprecia en la cerámica, pues se representaron versículos del Corán, frente a temas bíblicos como el bautismo, etc.

Posteriormente, la influencia del Renacimiento italiano, el empleo de los grutescos y la ampliación en la gama de colores utilizados en la cerámica, se percibirá con claridad en las nuevas formas artísticas (hacia el siglo XVI). El núcleo principal de actividad artística fue la ciudad de Sevilla a través del artista Francisco Niculoso “el Pisano”; que marcó la utilización por primera vez de la policromía y de los elementos ornamentales renacentistas.

En España se pueden observar dos fases principales en la evolución de la cerámica, la primera con una clara influencia musulmana; y la segunda con la influencia del Renacimiento Italiano. En la primera predominan el blanco y el azul con una temática simple; por el contrario, en la segunda etapa los colores se diversifican al igual que los motivos artísticos.

El descubrimiento del Nuevo Mundo

Los mares que cruzamos arrastran nuestros navíos más allá del mundo conocido. Las noticias que tenemos de viajeros nos adentran hacia tierras inventadas, cargadas de metáforas alegóricas que revelan un mundo extraño y peligroso para el extranjero. Junto a los franciscanos analizaremos el papel que jugó aquí el azulejo como panel revelador para el neófito. Esta nueva etapa artística, que se nos consagra con el descubrimiento, ofrece otra realidad de la obra artística y su contexto sociocultural.
La primera orden mendicante que se instalo en Nueva España fue la de los hermanos franciscanos. Los primitivos conventos que se erigieron en las Indias Occidentales fueron fundados por esta orden en Santo Domingo y en Concepción de la Vega, en la actual República Dominicana en 1502. En estos asentamientos españoles ya aparece cerámica vidriada, pues los azulejos de Sevilla, uno de los centros manufactureros más importantes, (la llamada “cerámica trianera”), llegaron hasta las Antillas. Este laborioso traslado de materiales resultaba muy costoso, pero a la llegada de los primeros colonizadores no había posibilidades de una fabricación in situ; además, existía una gran escasez de piedra para las nuevas construcciones eclesiásticas. Por éste motivo encontramos una rápida y amplia difusión de este material de recubrimiento arquitectónico (ver Angulo Íñiguez 1947: 44). El azulejo fue una importante manufactura como respuesta a las numerosas dificultades que implicaba el desconocimiento del entorno descubierto. En el registro arqueológico de las excavaciones efectuadas en los primeros asentamientos españoles de las Indias Occidentales, como por ejemplo en Jamaica, se han hallado algunos de estos azulejos.

Los frailes franciscanos se convirtieron en los primeros impulsores, en lo referente a nuestro estudio, de las artes menores, en Puebla de los Ángeles. La primera escuela o seminario que se destinó a la difusión y enseñanza de las poblaciones nativas, en dichos oficios, estaba dirigida por esta orden religiosa. La escuela se instaló en la capilla de San José de los Naturales y fue fundada por Francisco de Gante. La fundación de la escuela causó multitud de conflictos desde su apertura, pues, los oficiales españoles se negaron a enseñar los misterios del oficio de la alfarería, particularmente las mezclas para el vidriado, a la población nativa por su posterior introducción en los mercados coloniales.

La técnica del vidriado es, precisamente, una de las industrias que se enseñó en la escuela de San José de los Naturales. Al igual es la industria que marcó la principal diferencia entre las técnicas utilizadas por los oficiales españoles y la población nativa, o las elaboraciones pre-colombinas. La cerámica precolombina fue muy elogiada por los españoles, había todo tipo de artículos domésticos y de cerámica mucho más fina, indicando todo ello un alto grado de conocimiento de las técnicas del artesano. Pero, entre las poblaciones nativas se desconocía (3) la técnica del vidriado, industria qué pronto sería aprendida, a muy pesar del oficial español.

En la primera fase de la evangelización se carecía de arquitectos que guiasen las numerosas obras que se realizaban en el Nuevo Mundo, así, fueron estos frailes de las ordenes mendicantes los que se hicieron cargo de la dirección de las obras. Además, en la doctrina de la conquista espiritual se encontraba la también llamada “cruzada monumental” para alzar la morada de Dios en las tierras infieles.

En este momento fue de suma importancia la imprenta como portadora de las ideas del Viejo Mundo. Sus ilustraciones inspiraron a escultores y pintores encargados de la decoración de las construcciones religiosas, elemento indispensable para la expansión de la fe católica: decoración de claustros, paneles de azulejos, calles, altares, etc.

La evolución del contacto sociocultural en la colonia repercutió en el arte: se visualizará una evolución estilística, claramente apreciable, que abarca desde las primeras obras, con influencias indígenas, hasta el más puro estilo renacentista.

El azulejo elaborado en dichas escuelas eclesiásticas, en esta primera etapa de la evangelización, representó un importante papel de información propagandística para la iglesia católica, y según la orden, para los principios internos que la regían. Dicha técnica permitió, en sitios con escasez de piedra, elaborar verdaderos paneles informativos para los nuevos devotos que carecían de los conocimientos de la escritura del Viejo Mundo; su misión fue enseñar la doctrina católica, a través de las imágenes, a las masas nativas. Esta técnica permitió a los franciscanos elaborar todo un repertorio de la misión milenarista que tenían en Nueva España.

En el siglo XVI se trasladaron a Nueva España los alfareros peninsulares y como consecuencia más directa se empezó a desarrollar una producción de estilos locales, las firmas, en estas primeras producciones, de los alfareros Alberto de Ojeda y Bartolomé de la Reina aparecen impresas. Pero dichos azulejos nunca fueron utilizados en los zócalos, a diferencia de España, donde este uso es característico.

Las primeras fábricas de cerámica se solían situar al poniente de las ciudades, pues los humos de los hornos eran altamente contaminantes y molestos para la población, al igual qué en la Península. En el diario del monje capuchino Francisco de Ajofrín, encontramos la siguiente descripción del cielo de la ciudad de Puebla: “El cielo de esta ciudad es melancólico y triste por abundar el terreno de exhalaciones ígneas y sulfúricas” (Ajofrín 1986: 55).

Las representaciones iconográficas de estas obras de azulejería eran las permitidas en los dictámenes del Concilio de Trento, por lo tanto, era una línea estilística regulada por los cánones eclesiásticos. Estas obras de arte representan una nueva expresividad cargada de dramatismo, una escenográfica en el Nuevo Mundo más acorde con la mentalidad de la contrarreforma. En las construcciones religiosas los tableros de azulejería asumirán una función didáctica, cubriendo grandes superficies con la temática completa de la doctrina católica: el apocalipsis, culto a los santos, temas alegóricos, temas marianos, etc. De una forma seductora y expresiva.

Finalmente los estilos que marcan la evolución del azulejo en el virreinato mexicano son los siguientes:

Azulejo Pisano, llevado a Sevilla por el italiano Francisco Niculoso (de Pisa). Se trata de un azulejo italiano con motivos del Renacimiento. No tiene relieve, son variados dibujos en azul, blanco, verde, o amarillo, perfilados con negro de manganeso. Fueron los que más se utilizaron en Nueva España.

Azulejo de cuerda seca. Se perfilaba el diseño en el ladrillo crudo, con manganeso mezclado con alguna sustancia grasosa y se llenaban los espacios intermedios con tintas ácueas. Al someter el azulejo a fuego, el manganeso y la grasa se fundían en líneas casi negras que separaban los otros colores. Apenas se utilizaron en el virreinato.

Hay noticia de la utilización del azulejo dorado o con una capa fina de oro, pero fue muy poco utilizado por su alto costo. Los únicos restos de loza con esmalte dorado que hay los encontramos en la capilla del Rosario, Puebla, México.

El azulejo más utilizado fue el que estaba dividido diagonalmente en dos colores, los llamados “medios pañuelos”. Un ejemplo de este tipo de revestimiento es la capilla del Pocito, o el templo de la Virgen de Guadalupe.

Puebla de los Ángeles y la ‘talavera poblana’

El viajero tiene que realizar una quinta parada en Puebla de los Ángeles, pues, se aprecia una de las características más importantes del azulejo durante la colonia: su utilización como máxima expresión de la ideología franciscana. Los querubines cobraron vida gracias a las técnicas milenarias del vidriado. Metafóricamente, los elementos de la Tierra y del Cielo se unieron de manera práctica en el azulejo para realzar la “ciudad de los ángeles”.

La fundación de Puebla de los Ángeles se rodea de todo el misticismo que los franciscanos ambicionaban en la expansión de su Tercer Reino Milenarista. Era la primera ciudad que se fundaba entre la capital de la Nueva España y la costa, el Puerto de Veracruz. Se concedió su fundación en 1531 al franciscano Julián Garcés, y en 1532 se encomendó la delineación de la ciudad (según el mismo cronista) a Fray Toribio de Benavente (Motolinia).

Esta situación intermedia, entre el puerto y la capital, hizo que disfrutase de un floreciente comercio en torno a la cerámica estannífera, el jabón y otros productos, por lo que fue llamada la “Barcelona de América”.

El origen del nombre de “talavera poblana”, para la cerámica que se manufacturaba en esta ciudad, crea numerosas dudas a la hora de efectuar una afirmación segura. Hay tres hipótesis que intentan demostrarlo, pero son insuficientes y carecen de manuscritos, u otro tipo de documentación complementaria que las apoye. Hay una primera teoría que declara que su origen esta en los alfareros de Talavera de la Reina que se instalaron en Puebla de los Ángeles. Pero no hay una documentación temprana que apoye esta primera suposición. La segunda hipótesis declara que su origen se encuentra en la influencia que la orden de los Hermanos Predicadores, del monasterio de Talavera de la Reina, llevaron a Puebla, siendo los fundadores de los primeros alfares de la ciudad. Pero al igual que la primera hipótesis carece de documentos que la verifique. La tercera explicación, que dan los expertos en la materia, es la procedencia del nombre “talavera poblana” simplemente por el estilo de la loza. Estilo que imita al de Talavera de la Reina en composiciones artísticas (color, ilustraciones, textura…), y tan apreciado en ésa época, como hemos visto (recuérdese la descripción de los briquiños). Así, por su prestigio el nombre se generalizó; además, Puebla de los Ángeles fue el lugar de fabricación de loza de mejor calidad del virreinato mexicano.

Puebla de los Ángeles fue elegida estratégicamente y los grandes movimientos económicos que originaba su ubicación dieron como origen una ciudad opulenta, con grandes edificios religiosos que reflejaban su importancia en la colonia. Era la llamada “Roma mejicana”, de igual forma, debido a su rica suntuosidad artística, gracias a la técnica del recubrimiento por azulejos multicolores, fue llamada la “ciudad de las cien torres”.

En Puebla encontramos los siguientes estilos:

1. Estilo hispanoárabe: loza con dibujos geométricos, y sin figuras humanas.

2. Estilo Talavera: loza con motivos florales, animales, figuras humanas, y por su puesto, temas religiosos.

3. Estilo de influencia china: cerámica con motivos de pájaros, garzas, flores, y figuras de “chinos” trabajando el campo.

4. Estilo mexicano o hispanopoblano: motivos de las lozas procedentes de Alcora y de Italia. En esta fase se incluyen nuevos colores: café, malva, azul punche. Se fabrican en esta época, llamada también de la decadencia, pocos azulejos.

Esta técnica fue más utilizada en Puebla que en la capital del virreinato, al ser de menor calidad las arenas de la capital; además, su esmalte era menos espeso y su grueso era de casi la mitad que el azulejo poblano.

El oficio prehispánico del artesano sufrió un gran cambio con la llegada de los primeros doctrineros y las escuelas para la difusión de las artes del Viejo Mundo. El nativo se convirtió en uno más de la cadena operativa, y su oficio perdió toda ritualidad precolombina. La posterior introducción del nativo en los gremios, y el excesivo control de los religiosos por evitar el “paganismo estilístico” anterior a la conquista, fueron aniquilando todo tipo de conexión con las labores precolombinas.

En 1572 la corona española autorizó intercambios comerciales entre Nueva España y las Islas del Poniente. La corona quería una expansión mayor del comercio para beneficiar así a la Hacienda Real. Pero resultó que este comercio fue, como lo demuestran los escritos de la época, floreciente para el contrabando. En 1593 se redactaron las primeras restricciones bajo la supervisión de Pedro de Quiroga en el puerto de Acapulco (4).

Pero el conflicto comercial resultó ser muy problemático. Existían dos rutas comerciales que marcaban itinerarios diferentes de intercambio; por un lado estaban las inversiones de los comerciantes del Pacífico que tenían sus intereses en el llamado galeón de Manila; y los comerciantes del Atlántico que tenían su mercado en torno a los puertos de Sevilla o Cádiz, y rechazaban, por lo tanto, el comercio con Filipinas y con Perú. La problemática alcanzó tal magnitud que el conflicto de intereses, entre los dos mercados rivales, provocó la inmovilización comercial de los puertos entre 1636 y 1639 (5) ; hasta la muerte del visitador P. Quiroga. Después de numerosas disputas por el poder, D. Juan de Palafox, se apoderó del control comercial de la loza, de todo el comercio en general tanto del océano Pacifico como del Atlántico, incluyendo el puerto de Filipinas y sus cerámicas.

Esta intensa acumulación de riquezas generó la grandiosidad y embellecimiento de la mujer espiritual (Raquel) de D. Juan de Palafox y Mendoza, Puebla de los Ángeles. Controlada comercialmente, e ideológicamente, en su totalidad por la orden mendicante. Como obra representativa de esta magnificencia en 1641 se inauguró la catedral de Puebla de los Ángeles, por orden del obispo Juan Garcés y del entonces ya virrey Juan Palafox y Mendoza. La obra la dirigió el arquitecto Juan de Herrera, que había dirigido, a su vez, en España las obras de El Escorial.

Los aspectos artísticos que se desarrollaron durante la época que abarcó el obispado de D. Juan de Palafox fueron los que caracterizaron con mayor notabilidad a la ciudad de Puebla de los Ángeles, y consecuentemente, al barroco hispanoamericano. Durante este periodo destaca una relación hasta nuestros días poco examinada: la relación del artista Pedro García Ferrer, y D. Juan de Palafox y Mendoza.

D. Juan de Palafox fue el impulsor de los últimos trabajos que restaban para terminar la catedral de Puebla. Estas obras fueron llevadas a cabo por Pedro García Ferrer, arquitecto, pintor y escultor español que intervino en la construcción y decoración de la mencionada catedral. Hacia el año 1640 viajó a Nueva España junto al obispo Palafox y se ordenó sacerdote. Durante los nueve años que permaneció en Puebla de los Ángeles, junto al obispo, realizó las trazas de la cúpula de la catedral, los ángeles que adornan las pechinas, el retablo de los reyes, y los lienzos que lo componen; además de otras esculturas y pinturas menores de estilo tenebrista, adaptadas a la temática que la iglesia católica quería establecer en las nuevas tierras. Cuando el obispo fue exiliado a España, el artista le acompañó.

Puebla de los Ángeles no hubiera sido la misma artísticamente sin el arte de Pedro García Ferrer, y sin la financiación eclesiástica de Palafox, por lo que podemos hablar de una etapa colonial en Puebla marcada por la asociación Ferrer-Palafox.

La consumación del barroco supuso el fin del empleo de la loza estannífera como recubrimiento de los edificios. Sin embargo, esta técnica encontró una nueva forma de utilización: la loza estannífera se usaría a partir de entonces con fines funerarios, pues ahora decoraba las tumbas de los difuntos con inscripciones de opulentos coloridos, y emotivos mensajes multicolores para los infantes muertos.

Pero, para la decadencia de la manufactura locera, el factor decisivo, fue la competencia de los mercados extranjeros. La industria mexicana no podía competir en este extenso comercio. Paralelamente, la fabricación de la loza se vio afectada por la introducción de un nuevo estilo de influencia francesa. Este estilo será reclamado en los mercados dejando de lado la loza “talavera poblana”. En 1727 el conde de Aranda, don Buenaventura Jiménez de Urrea, fundó en Alcora, España, una fábrica de loza orientada a estas modas francesas. Fábrica que estuvo bajo la dirección de dibujantes italianos, trabajadores franceses y holandeses. Más tarde, 1760, el rey Carlos III, al regresar de Nápoles traslada a Madrid su fábrica de porcelana y la establece en el Buen Retiro, causando la ruptura en la unión entre la corte y la loza que se fabricaba en Talavera de la Reina. Pero sin duda lo peor para la colonia fue la ausencia de mercado en el que poder vender sus manufacturas, pues era muy difícil competir con las mercancías traídas de Filipinas.

Igualmente, la arquitectura se verá afectada por estas nuevas corrientes artísticas: la Academia de San Carlos marcó las nuevas pautas estilísticas, queriendo romper con el “mal gusto” del Barroco y sus construcciones churriguerescas. Esta nueva corriente no quería en sus edificios cargadas portadas cubiertas de estípites sobre tezontle oscuro, ni las famosas yeserías de los dominicos en Puebla. A partir de este momento la academia se encargará de destruir los edificios de azulejería por estar “contra las normas del buen gusto”, desgraciadamente para la historia de la colonia (6).

Esta gran competencia en el mercado: los extranjeros que habían roto el monopolio de la corona española; el puerto de Acapulco con sus cerámicas chinas; y en España dos nuevas fábricas, hicieron insostenible la manufactura de loza en la región. Añadiendo a las dificultades comerciales la multitud de pérdidas que tenía la corona por las incursiones de los piratas.

Para concluir el presente artículo nos gustaría matizar que en la utilización del azulejo en las tierras mexicanas se prolongan las pervivencias de las primeras civilizaciones de la humanidad, como fue la desarrollada en Mesopotamia, llegando tales pervivencias hasta los confines de la ciudad angelopolitana, antiguo virreinato de Nueva España. La ciudad de Puebla de los Ángeles representa el mejor paradigma de mezcla cultural a través de los milenios, algo único en el mundo, enfatizando en el presente trabajo la técnica del vidriado, y su utilización en las cúpulas adornadas con dicho tapiz multicolor, como una técnica de suma importancia para la historia colonial de México.

Comprendemos que con este artículo, sobre la introducción a la historia del azulejo, el lector habrá podido observar como este magnifico soporte se acomoda a la historia, se traslada con las oleadas de peregrinos, comerciantes, amoldándose a las nuevas características que el tiempo le imponía. Estas formas no se pueden valorar analizando un solo periodo histórico, sino extendiendo la mirada para poseer un panorama mucho más amplio que muestre el azulejo desde su nacimiento, en Mesopotámica, hasta su adaptación en el virreinato de Nueva España. Sin lugar a dudas las construcciones sufren una trasformación que se manifiesta, entre otras muchas cosas, en la utilización de los azulejos, y la simbología que estos comunican a través de los sentidos. Pero, el azulejo, a pesar del tiempo trascurrido, mantiene la potencia de los materiales naturales, del misticismo de los lejanos desiertos, de los opulentos y fastuosos templos, inmortal al paso del tiempo, no se puede aislar la imagen de su rico colorido de las aguas corriendo por las mezquitas, los baños, etc.

La técnica del vidriado marcó el itinerario de nuestro viaje desde Mesopotámica hasta México, y nos ha mostrado la adaptación de las formas artísticas a los estilos regionales. Consecuentemente creemos que el viaje ha merecido la pena.

Notas
1. Las fuentes manuscritas utilizadas en la investigación, que han apoyado el trabajo desde una perspectiva científica e indagadora, proceden de los archivos de Sevilla (Archivo General de Indias), de la Biblioteca Nacional de Madrid (BNM), y del archivo de Bogotá, Colombia (Archivo General de la Región). Además de la consulta de las crónicas de la época, imprescindibles para una investigación de esta índole. Asimismo para el estudio de la ciudad de Puebla de los Ángeles destacaría los escritos de: fray Toribio de Motolinia, Historia de los indios de la Nueva España; Francisco Ajofrín, Historia de Talavera, Manuscrito nº 2039 = G-112, BNM; Diario del viaje a la Nueva España (1541); fray Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana (1596), entre otras.

2. El Tigris es el río oriental de los dos grandes ríos que definen Mesopotamia junto con el Éufrates que fluye desde las montañas de Anatolia a través de Irak. De hecho, el nombre Mesopotamia quiere decir “tierra entre los ríos”.

3. Aunque hubo un período (posclásico temprano), en el que se ubica a cerámica plomiza, de apariencia vidriada.

4. Carta que dirige el virrey de Nueva España, don Martín Enríquez, al rey don Felipe II dándole cuenta de la llegada de dos navíos de las islas Filipinas y de los efectos que traían. México, 5 diciembre, 1573. En los fondos: carta al rey sobre el comercio de Indias. Manuscrito, 09354. BNM.

5. Por lo que se ocasionaron muchos alzamientos al depender las Islas del intercambio comercial con América por el conflicto bélico que tenían contra los holandeses, siendo de se suma importancia en este comercio el salitre de Perú para la fabricación de pólvora. Por otra parte estaban los comerciantes que tenían intereses con Cádiz, y el comercio con el virreinato peruano no les beneficiaba.

6. Asimismo en España franceses e ingleses destruyeron e incendiaron las fábricas de Talavera de la Reina y de Puente del Arzobispo, dos de los centros más antiguos de loza estannífera, y posible origen de la loza de Puebla de los Ángeles.

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