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Dionisos y la campaña de Egipto

Mosaico de Mougga, Dionisos perseguido por los piratas

El ejército de Dionisos llega frente a la costa de Egipto, y se instala en la corte de Proteo de Faros. Al rey le lleva el vino como obsequio y, aprovechando su situación, se pone a trabajar desde Faros en la preparación de su primera campaña. Reedita para su causa a las amazonas de Egipto, amazonas combativas por naturaleza, que van a servirle de espléndida fuerza de choque.

Con ellas y con la furia de la venganza, se lanza a la batalla contra los Titanes. La victoria le llega pronto, es la confirmación de su poder y categoría.

Emulando a Alejandro, el dios se pone en marcha hacia el corazón del este, cruza la Mesopotamia, derrotando a todos sus adversarios, y llega hasta la Indias sometiendo la península a su poder, pero no sin haber dejado antes el recuerdo de su presencia, con el cultivo de la vid y el secreto del vino. Terminado su camino en los confines del este, decide el triunfal Dionisos regresar a Grecia, al centro del mundo. Pero el retorno no iba a ser tan rápido y sencillo como se pensaba en un principio, pues su ejército va a tener que luchar ahora contra sus antiguas aliadas amazonas, que esperaban dispuestas para el combate en el Asia Menor, sin que se sepa bien por que las guerreras han querido hacerlo.


Se acepta el reto de las amazonas y se da comienzo a la sangrienta e insensata batalla. Dionisos da la orden de que sea ésta una guerra sin cuartel, en la que sus huestes van a terminar exhaustas de perseguir y matar a las amazonas, que pronto se ven vencidas y de las cuales sólo un puñado consigue huir y encontrar refugio seguro en Éfeso, pues el temible Dionisos enfurecido no sabe perdonar el insensato y orgulloso ataque inicial de que ha sido objeto, y se afana en lograr el total exterminio de sus ex aliadas, para que sirva su muerte de inolvidable escarmiento al osado que piense en enfrentarse a su voluntad.

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La antigua ciudad Asiria de Mardaman

Mardaman

Las traducciones de escritos asirios encontrados por los arqueólogos de la Universidad de Tübingen han revelado un secreto perdido en la historia: el lugar donde se encontraron las tablas de arcilla, Bassetki, en la Región Autónoma del Kurdistán en Irak, parece ser la antigua ciudad real de Mardaman. Esta importante ciudad mesopotámica del norte se cita en fuentes antiguas, pero los investigadores no sabían dónde se encontraba.

 Existió entre 2,200 y 1,200 años antes de Cristo, fue a veces un reino o una capital provincial y fue conquistada y destruida varias veces.

Para sorpresa de los arqueólogos, el Dr. Faist pudo identificar el sitio del hallazgo como la antigua ciudad de Mardama. Como lo muestran los guiones cuneiformes, fue la sede administrativa de un gobernador asirio medio. Esto revela una nueva provincia del imperio, hasta ahora desconocida, que se extendía a gran parte del norte de Mesopotamia y Siria en el siglo XIII aC. Incluso el nombre del gobernador asirio, Assur-nasir, y sus tareas y actividades se describen en las tabletas. «De repente, quedó claro que nuestras excavaciones habían encontrado el palacio de un gobernador asirio», dice Pfälzner.


Los arqueólogos del Instituto de Estudios del Antiguo Cercano Oriente de Tübingen encontraron tablas de arcilla en el verano de 2017. Encabezado por el profesor Peter Pfälzner, el equipo está trabajando en el sitio de la Edad de Bronce con el Dr. Hasan Qasim del Departamento de Antigüedades de Duhok. Las tablillas de arcilla datan del Imperio Asirio Medio, alrededor de 1,250 a.C. Las pequeñas tabletas, en parte desmoronadas, ahora han sido leídas cuidadosamente por la filóloga de la Universidad de Heidelberg, la Dra. Betina Faist, que colabora como especialista en el idioma asirio con el proyecto arqueológico en Tübingen. Utilizó fotografías de los textos, que poco a poco arrojaron luz sobre la historia de la ciudad y la región en el momento del Imperio Asirio Medio.

La traducción revela la ubicación de la ciudad nombrada como Mardaman en fuentes de la Antigua Babilonia desde alrededor de 1,800 a.C, y que probablemente sea la Mardama asiria. Según las fuentes, fue el centro de un reino que fue conquistado por uno de los más grandes gobernantes de la época, Shamshi-Adad I, en 1.786 a. C., y se integró en su imperio del Mesopotamia superior. Sin embargo, unos años más tarde se convirtió en un reino independiente bajo un gobernante hurriano llamado Tish-ulme. Siguió un período de prosperidad, pero poco después la ciudad fue destruida por Turukkaeans, gente de las montañas Zagros al norte. «Los textos cuneiformes y nuestros hallazgos de las excavaciones en Bassetki ahora dejan en claro que no fue el final», dice Pfälzner.

«Las tablas de arcilla de Bassetki hacen una nueva contribución importante a la geografía de Mesopotamia», explica la asirióloga Betina Faist. Este descubrimiento puede proporcionar pistas sobre la ubicación de otras ciudades antiguas en Mesopotamia, dice Pfälzner. “Mardaman ciertamente se convirtió en una ciudad influyente y en un reino regional, basándose en su posición en las rutas comerciales entre Mesopotamia, Anatolia y Siria. A veces era un adversario de los grandes poderes mesopotámicos. Así que las futuras excavaciones de la Universidad de Tübingen en Bassetki seguramente producirán muchos descubrimientos más emocionantes”.

Mardaman

El sitio de la ciudad de la Edad de Bronce de Bassetki fue descubierto en 2013 por arqueólogos del centro de investigación colaborativa de Tübingen 1070, Resource Cultures. Las tablas de arcilla encontradas en 2017 se habían depositado en un recipiente de cerámica utilizado como archivo y se habían envuelto en una cubierta gruesa de arcilla junto con otros recipientes. “Es posible que se hayan escondido de esta manera poco después de que el edificio circundante haya sido destruido. Quizás la información que contenía estaba destinada a ser protegida y preservada para la posteridad «, explica Pfälzner.

Con información de  Universität Tübingen


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Escritura cuneiforme – Antiguos signos que expresan sonidos

La escritura cuneiforme es el más antiguo sistema de escritura conocido hasta la fecha. Son tabletas de arcilla y ocasionalmente tabletas de metal y piedra, y su origen está en la antigua Mesopotamia. Se llama cuneiforme porque para trasladarla a la arcilla húmeda utilizaban unas cañas biseladas en forma de cuña.

Distinguido por sus marcas en forma de cuña, la escritura cuneiforme es la forma más antigua de escritura en el mundo, apareciendo por primera vez incluso antes que los jeroglíficos egipcios.

Cuneiform, un completísimo libro de Irving Finkel y Jonathan Taylor, conservadores de la más amplia colección de tabletas existente en el mundo, la del British Museum. Allí se guardan unos 130.000 ejemplos de esta escritura

Este sistema de escritura no es un alfabeto ni tiene letras. Utiliza entre 600 y 1.000 caracteres para escribir palabras o sílabas, o parte de ellas. Los dos principales idiomas escritos en cuneiforme son el Sumerio y el Acadio, localizados geográficamente en la actual Iraq, aunque más de una docena de idiomas fueron representados con esta escritura. Si la escritura cuneiforme se utilizara actualmente podría servir para representar diversos idiomas como el chino, húngaro, inglés o español.

A partir de estos comienzos, los signos cuneiformes se combinaron y desarrollaron para representar los sonidos, por lo que se podían usar para grabar el lenguaje hablado. Una vez que esto se logró, las ideas y los conceptos se pudieron expresar y comunicar por escrito. Se han encontrado cartas encerradas en sobres de arcilla, así como obras de literatura, como la Épica de Gilgamesh. Los relatos históricos también han salido a la luz, al igual que las enormes bibliotecas como la que pertenece al rey asirio, The Flood Tablet, que relaciona parte de la Epopeya de Gilgamesh Ashurbanipal (668-627 aC).



Antecesora de la escritura egipcia

Este tipo de escritura se usó por primera vez hacia el 3.400 a.C. En un primer momento se utilizaron imágenes elementales que fueron también usadas para recoger sonidos y se utilizó hasta el primer siglo después de Cristo. Casi con certeza, la escritura egipcia evolucionó de la escritura cuneiforme; no puede haber sido una invención inmediata.

Los dos materiales se encontraban fácilmente en los ríos que recorrían las ciudades de Mesopotamia, actualmente Irak y este de Siria. La palabra cuneiforme viene del término latino cuneus, es decir, cuña, y significa en forma de cuña. La mayoría de las tablas cabían en la palma de la mano y era usadas solo una vez y por un corto tiempo, quizás unas pocas horas o días en la escuela, o unos pocos años en el caso de un préstamo. Por eso es una casualidad que hayan sobrevivido al paso de los años.

Son capaces de leer la escritura cuneiforme aquellos que para dominarla habrían de  aprender diversas lenguas muertas y miles de signos, muchos de los cuales tienen más de un significado o sonido.

El British Museum organiza visitas escolares y los niños que conocen la escritura cuneiforme se interesan por ella porque está realizada sobre arcilla en cuñas puntiagudas. Muchas de las tabletas del British Museum corresponden a ejercicios escolares de caligrafía y ortografía.

Las escrituras antiguas son una prueba de que los seres humanos han experimentado nuestras ideas y problemas «modernos» durante miles de años. A través de la escritura cuneiforme escuchamos las voces no solo de los reyes y sus escribas, sino también de los niños, los banqueros, los mercaderes, los sacerdotes y los sanadores, tanto mujeres como hombres.

 Con información de  History Extra

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La cocina sumeria

Cuando se habla de la cocina sumeria es obligado citar a Jean Bottéro, historiador francés de fama internacional nacido en Vallauris el 30 de agosto 1914 y muerto el 15 de diciembre 2007, autor del libro “La cocina más antigua del mundo”, quien fue uno de los primeros investigadores que comenzaron a estudiar la cocina y gastronomía de Sumeria a partir de las tablillas de cerámica, escritas en sumerio y en acadio, encontradas en las excavaciones hechas en la antigua Mesopotamia; pero tampoco se pueden olvidar los trabajos de Noemí Sierra, A.L.Oppenheim, W.Rollig, André Parrot, Lázaro Ros, Lara Peinado, Hans Nissen, Josef Klimá, Hartmut Schmokel, Labat, Kramer o Michael Roaf entre otros.

Casi todo el mundo piensa que las primeras noticias escritas sobre la gastronomía y la cocina nos han llegado desde la época del Imperio Romano, pero la realidad es que se empezaron a escribir textos relativos a la cocina desde el mismo momento en que apareció la escritura cuneiforme en Sumeria, alrededor del año 3000 antes de nuestra Era. Sin embargo, no podemos aseverar que estamos ante los primeros intentos de escribir libros de cocina pues, según los más sesudos investigadores sobre el tema, tanto las recetas como los apuntes sobre materias primas y utensilios que figuran en las tabletas de arcilla, estarían mucho más orientadas hacia el control del avituallamiento y los consumos en palacios y templos que a la voluntad de transmitir las especialidades gastronómicas favoritas de los sumerios a las generaciones futuras.

La aparición de una veintena de tablillas con anotaciones relativas a la alimentación, supuso un hito en la investigación de la historia culinaria y de la gastronomía que ayudó a despejar las dudas que se tenían sobre la comida y bebida consumida por los seres humanos en esta época de la humanidad. A pesar de que estas tablillas de “inventarios y control de cocina” son una buena fuente de información, las leyendas y obras literarias escritas, nos dan una buena cantidad de datos sobre la forma de alimentarse que tenían los sumerios.

En base a la conjunción de ambas fuentes de información se puede afirmar sin ningún género de dudas que los habitantes de aquella tierra consumían una gran variedad de pescados, tanto frescos como salados, al igual que moluscos de agua dulce y dada su especial situación geográfica -recordemos que se llama Mesopotamia (literalmente “Entre dos ríos”) al territorio que se extiende entre los ríos Tigris y Eúfrates-. El consumo de carne -sobre todo de cabra y oveja, asadas o cocidas en agua o en medios grasos- se complementaba con el del cerdo, algunas aves y otros animales como la langosta –saltamontes-, a menudo en sopas confeccionadas generalmente con agua.

Cuando hablamos de cocción tendremos en cuenta los diferentes modos de realizar la transformación de alimentos. Para asar utilizaban, además de el método abierto, como las brasas, la parrilla o los trozos de cerámica sobre los que se colocaban las viandas, un método de asado cerrado en un horno de cúpula en el que, el vapor que resultaba de la cocción, ayudaba a mantener los alimentos relativamente bien hidratados. En cuanto a los recipientes, se han descubierto en las excavaciones tanto ollas de cerámica como calderos de cobre y diferentes utensilios y “ollas”, lo que hace pensar en que los sumerios ya tenían la idea de lo que era una cocina. En cuanto al refinamiento de esta civilización, apuntaremos que utilizaban diferentes moldes para mejorar la presentación de las viandas en la mesa de los comensales.

También eran grandes consumidores de cereales, sobre todo cebada con la que, además de unas trescientas clases de panes diferentes, también fabricaban cervezas de distintas clases, e incluso se cita en las tablillas una especie de cerveza negra. Otros tipos de bebidas alcohólicas se fabricabas a partir de la fermentación de mostos extraídos de las uvas, los higos, el níspero o los dátiles.

Las cervezas consumidas en Mesopotamia tenían una gran variedad de graduaciones alcohólicas y cuyos nombres, “cerveza de buena calidad”, “cerveza que gusta a las mujeres”, “cerveza vieja” o “cerveza buena”, daban idea de a quién iban destinadas. La cerveza se consumía individualmente o en grupo, bebiendo todos del mismo recipiente, con ayuda de una cañita larga y fina la cual, al tiempo que actuaba como filtro para evitar que las impurezas llegasen a la boca, potenciaba los efectos del alcohol. En lo que respecta a las más de trescientas clases de panes diferentes con y sin levadura, las masas se confeccionaban añadiendo al salvado –harina de cebada- o a otras harinas, diferentes cantidades de agua, cerveza, miel, aceite o leche, añadiéndole a veces especias o frutas secas e incluso rellenándolos.

En cuanto a los vegetales, pepinos, nabos, algunas raíces, setas, ajos y puerros, acompañaban a la cebolla que era la base de su dieta y, para sazonar sus comidas, utilizaban, entre otras semillas picantes, la mostaza, el cilantro, el comino y, como no es de extrañar, el sésamo. Se solían consumir cocidos, asados o crudos, aderezados con aceite de oliva u otras grasas vegetales.

Debido a los pocos datos que todavía se tienen sobre esta civilización, se puede concluir afirmando que los sumerios consumían muchos más alimentos de los que hemos citado; pero a la espera de futuras excavaciones que confirmen fehacientemente este hecho, todos cuantos se han citado en este artículo, se ha probado que eran utilizados de manera habitual en las cocinas de aquel entonces.

La brevedad que exige el espacio del que se dispone en “La Alcazaba”, no permite detallar extensamente cuanto sabemos sobre la cocina en Mesopotamia pero, para los más curiosos, se puede incluir en esta breve reseña una receta de aves pequeñas, reseñada por Bottéro, por si alguien está interesado en degustar lo que comían los moradores de aquella zona hace más de cincuenta siglos.

Receta para aves 

Una vez limpias las aves, cortar mollejas y asaduras, lavarlo todo y secarlo bien. Poner todo en un caldero y llevar al fuego. (La receta no indica si en seco, con agua o con grasa aunque en la prueba que he realizado, basándome en el paso posterior de la misma, las he puesto con un poco de aceite de oliva). Cuando estén tostadas se saca del fuego, se añade agua fresca para desleír los jugos de la cocción, se añade un chorro de leche y se vuelve a poner todo en el fuego. Cuando hierva, sin sacar del fuego el recipiente, se retiran del caldero todas las piezas, se salan y se vuelven a poner en el caldero añadiendo aceite. Se sazona con un poco de ruda y, cuando vuelva a hervir, se añade puerro, ajo y un poco de cebolla, añadiendo después un poco de agua.

Mientras se deja hervir (aconsejo que a fuego muy lento), se lava bien una buena cantidad de trigo machacado, se remoja en leche y se añade salmuera, puerro y ajo junto con la leche y el aceite que sean necesarios para confeccionar una masa que se presenta al fuego y se divide después en dos mitades, Bottéro deduce que es para hacer una especie de pan ácimo, y el otro trozo se deja mojando en leche.

Para presentar a los comensales, se pone en una bandeja de barro una cantidad de la masa y se lleva al horno. Lo mismo se hace con la otra que habrá reposado en la leche durante unos minutos. Una vez hechas, se espolvorea encima de la masa asada una mezcla de ajo, puerro y cebolla, se colocan las aves encima, se les añade el jugo de cocción por encima y se cubren con la masa asada que se había remojado en leche.

Por José Manuel Mojica Legarre
Con información de: Revista La Alcazaba

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La astronomía en la Antigua Babilonia

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Mesopotamia, esa tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, en lo que hoy en día conocemos como Irak, es la cuna de la civilización. En la antigua Sumeria podemos encontrar los registros más antiguos del estudio de la astronomía. Ellos fueron los pioneros, pero los babilonios y los asirios (que ocuparon la misma zona geográfica) heredaron sus tradiciones astronómicas, mitos y leyendas, y desarrollaron su propia cultura astronómica que, con el tiempo, pasaría a los griegos y llegaría hasta nuestros días. De todas estas civilizaciones, los babilonios fueron los que nos dejaron el mayor legado de la astronomía occidental. Tanto es así, que todavía usamos algunas de sus constelaciones, e hicieron predicciones sorprendentemente acercadas a nuestra comprensión del mundo actual…

Muchos de sus conocimientos han perdurado hasta nuestros días

Al igual que en muchas antiguas culturas (como es el caso de la japonesa, aunque fuese muy posterior), los eventos astronómicos (tanto si eran recurrentes como hechos aislados) tenían un profundo significado religioso para el pueblo babilonio, y sus astrónomos (y sacerdotes) llegaban a dictar cómo debían ser las vidas de los ciudadanos en base a sus interpretaciones de los cielos.

Mucha de la mitología babilonia fue heredada de los sumerios. Algunas de las constelaciones que usamos hoy en día (como las de Leo, Tauro, Escorpio, Géminis, Capricornio, Sagitario y Auriga, la constelación del Cochero) fueron inventadas por los babilonios y los sumerios en algún momento entre los años 3.000 y 2.000 A.C. El zodíaco, de hecho, fue creado por los babilonios, en el que se recogían las doce constelaciones por las que el Sol, la Luna y los planetas viajan a lo largo de su travesía por el firmamento.

Pero las constelaciones no eran sólo una manifestación de las leyendas del pueblo babilonio, también tenían un uso práctico para sus habitantes. Como en otras civilizaciones, la orientación de las constelaciones era muy útil para determinar cuál era la temporada de cosecha, o la temporada ideal de siembra. Algunas constelaciones destacaban por aparecer en el cielo en un momento determinado del año, o por ponerse en el horizonte en un momento en concreto, proporcionando una forma muy certera de medir el tiempo.

No sólo hemos heredado su zodíaco o algunas de sus constelaciones, los babilonios también usaban un sistema numérico sexagesimal (en base 60), que simplificaba la tarea de registrar números grandes y pequeños. De ahí proviene la práctica moderna de dividir un círculo en 360 grados, o de una hora en 60 minutos.

La Tablilla de Venus de Ammisaduqa

Gracias a la Tablilla de Venus de Ammisaduqa, un texto cuneiforme que habla de la aparición y desaparición de Venus en el firmamento al pasar de ser una de las estrellas que aparece al atardecer a hacerlo en el amanecer, podemos saber que los babilonios no sólo entendían que Venus era el mismo objeto pese a aparecer en diferentes momentos del día, si no que también llegaron a calcular su ciclo sinódico (es decir, el tiempo que tardaba en volver a aparecer en el mismo punto en el firmamento).

Según esta tablilla (la más antigua que conocemos relacionada con la astronomía), que recoge las observaciones de Venus durante un período de unos 21 años, la duración de un ciclo venusiano era de 587 días. Sólo se equivocaron en tres días, y todo se debe a su intento de que encajase con las fases de la luna. Es, también, la primera evidencia de que los babilonios entendían que los eventos planetarios eran periódicos.

Los astrónomos de Caldea y Seleuco de Seleucia

Es obligatorio destacar a los astrónomos del imperio de Caldea, que durante la época neo-babilónica, descubrieron el ciclo de eclipses y el saros (un período de 223 meses sinódicos, es decir, unos 18 años y 11 meses), utilizados para determinar cuando sucederían los próximos eclipses solares y lunares. También observaron que el movimiento del Sol en la eclíptica (su movimiento aparente en el cielo) no era uniforme, aunque no supieron explicar el motivo; hoy sabemos que se debe a que la Tierra se mueve en una órbita elíptica alrededor del Sol, provocando que el planeta se mueva más rápido cuando está más cerca del Sol y más lento cuando está en el punto más alejado.

El único modelo planetario que ha sobrevivido de los astrónomos de Caldea es el de Seleuco de Seleucia, que apoyaba el modelo heliocéntrico defendido por el griego Aristarco de Samos. De hecho, Aristarco llegó a teorizar (quedándose muy corto, eso sí) que el universo debía ser mucho mayor de lo que suponían los defensores del geocentrismo, y creía que la Tierra giraba en una órbita circular alrededor del Sol. También tenía su propia explicación para la ausencia de paralaje (es decir, la falta de movimiento aparente entre las estrellas que ves en el cielo por las noches) diciendo que éstas debían estar infinitamente lejos, y por tanto no era perceptible.

Pero volviendo a Seleuco de Seleucia, sabemos que fue uno de los astrónomos más influyentes en Babilonia (junto a otros de la época, como Kidinnu y Naburiano), y el único que apoyaba la teoría heliocéntrica propuesta por Aristarco. Gracias a los escritos de Plutarco, hemos podido saber que Seleuco llegó a demostrar el sistema heliocéntrico por medio del razonamiento, aunque no sabemos con total seguridad qué argumentos usó para conseguirlo.

Según Lucio Russo (un matemático, físico e historiador italiano) es posible que sus argumentos estuviesen relacionados con las mareas. Seleuco teorizó que las mareas eran causadas por la Luna e indicó que las mareas variaban en hora y fuerza en las diferentes partes del mundo. Según el historiador griego Estrabón, Seleuco fue el primero en afirmar que las mareas eran debido a la atracción de la Luna, y que la altura de éstas dependía de la posición de la Luna en relación al Sol.

Por desgracia, ninguna de las escrituras originales de Seleuco, ni sus traducciones al griego, han sobrevivido hasta nuestros días. Pero es inevitable pensar hasta donde hubiera podido llegar el conocimiento de nuestro mundo si los antiguos babilonios, y los griegos, hubieran prestado más atención a la imagen del cielo que tenía Seleuco de Seleucia.

Por Alex Riveiro
Con información de: Astrobitácora

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Las legendarias reinas de Asiria

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El óleo de Christian Kölher sobre estas líneas muestra la enérgica reacción de Semíramis al estallar una revuelta en Babilonia. Siglo XIX. Galería Nacional, Berlín.

Desde la administración de las propiedades agrícolas hasta el control del ejército, las reinas asirias disponían de una autonomía muy superior al resto de mujeres en Mesopotamia

A medida que se empezaron a descifrar los documentos en escritura cuneiforme, desde 1857, los reyes de Mesopotamia entraron en la historia con sus nombres, los grandes acontecimientos de sus reinados y el marco en el cual habían ejercido su poder. No sólo los reyes; con ellos, por decirlo así, también salieron a la luz de la historia los nombres de sus esposas y de los miembros femeninos de sus familias.

Sin embargo, esta reaparición no es en absoluto homogénea ni completa: seguimos ignorando, por ejemplo, cómo se llamaba la esposa del rey Hammurabi de Babilonia, en el siglo XVIII a.C., o el nombre de la mujer de Nabucodonosor II, en el siglo VI a.C., aunque, en este caso, la tradición grecorromana la menciona con el nombre de Amitris, hija del rey de los medos, Ciaxares.

Y es que algunas fuentes de la Antigüedad clásica reflejaban un escaso conocimiento del Próximo Oriente antiguo, de modo que se combinaban elementos reales con la visión estereotipada que el mundo griego tenía de las monarquías orientales. Uno de los mejores ejemplos de este tipo de tópicos es un personaje real femenino semilegendario: la reina Semíramis.

La mítica Semíramis

Según recoge el historiador griego Diodoro Sículo, Semíramis se casó con Onnes, un consejero del rey Nino de Nínive, y con sus sabios consejos ayudó a consolidar la carrera de su marido. Cuando una vez fue con él a una campaña militar en Bactriana, al norte del actual Afganistán, impresionó de tal modo al rey por su valentía y su habilidad, que el monarca decidió casarse con ella y obligó a Onnes a suicidarse. Convertida en reina, Semíramis sucedió a Nino y gobernó durante 42 años, construyó la ciudad de Babilonia, la adornó con jardines colgantes, desvió el curso del Éufrates y rodeó la ciudad de 70 kilómetros de murallas. Dirigió campañas militares victoriosas desde Armenia hasta Egipto y desde el Indo hasta Etiopía, y acabó renunciando al poder cuando supo que su propio hijo conspiraba con los eunucos del palacio para adueñarse del trono.

Esta biografía legendaria fue compuesta a partir de un gran número de elementos históricos reales, pero uniéndolos de tal modo que se correspondieran con la imagen que los griegos tenían de un monarca oriental. Ahora bien, el desciframiento de las fuentes cuneiformes permitió confirmar la autenticidad del nombre de Semíramis cuando se descubrió en unas inscripciones reales del siglo IX a.C. el nombre de Shammu-Ramat, hija de un rey de Babilonia y esposa del soberano asirio Shamsi-Adad V. Tras la muerte de su marido, Shammu-Ramat habría gobernado Asiria como regente entre los años 811 y 808 a.C., esperando a que su hijo Adad-Nirari III alcanzara la edad de ejercer el poder y contando con el apoyo de la alta nobleza, en concreto del gobernador de las provincias fronterizas del oeste del reino, llamado Nergal-Eresh.

La posición privilegiada que mantuvo Shammu-Ramat al frente del país se hace patente por el hecho de que fue la única entre todas las esposas reales asirias conocidas (a excepción de Libbali-Sharrat, la mujer de Assurbanipal) que ordenó erigir, hacia 797 a.C., en la ciudad de Assur, una estela de piedra con su nombre, conservada actualmente en el museo de Berlín. Parece que Shammu-Ramat vivió hasta 788 a.C. y ejerció una gran influencia sobre su hijo Adad-Nirari III. También se la menciona en otra estela oficial, según la cual habría participado con su hijo en una campaña militar en Siria.

La situación excepcional de Shammu-Ramat no es única en el «período imperial» (745-610 a.C.), el mejor documentado de la historia asiria. Esta etapa histórica nos ha transmitido los nombres de varias esposas reales, algunas de las cuales tuvieron también una posición política destacada. Constatamos así una diferencia evidente entre la situación de las mujeres vinculadas al trono en el Imperio asirio y la de las esposas reales en la parte sur de Mesopotamia. Por ejemplo, los reyes de Babilonia mencionaban de vez en cuando a sus hijas, ya fueran grandes sacerdotisas o estuvieran destinadas a casarse con el faraón de Egipto o con un rey vecino, pero en Elam (actual Irán) era algo excepcional que se mencionase el nombre de las esposas de los soberanos.

Sin duda, este contraste se debe en gran parte a las diferencias en el volumen de información disponible sobre cada período. Para los tres siglos de historia del Imperio Nuevo asirio existe un material excepcional: miles de tablillas de arcilla con inscripciones que quedaron sepultadas bajo los escombros de los palacios asirios, cuando éstos fueron brutalmente destruidos entre 614 y 610 a.C., en el momento de la caída del Imperio. Sin embargo, no es menos cierto que las reinas asirias disponían de una autonomía muy superior a la media de las esposas mesopotámicas, como muestran esas tablillas y los espectaculares resultados de la arqueología de finales del siglo XX.

Naqi’a, la pura

Otra gran figura femenina que destaca entre las reinas asirias es la esposa de Senaquerib, llamada Naqi’a. De origen arameo (Naqi’a significa «la pura»), también es conocida con la forma asiria de su nombre: Zakutu. Aunque no tuvo el rango de esposa principal de Senaquerib, consiguió, sin embargo, que el hijo que ella le dio, Asarhadón, fuera designado como heredero al trono. Este nombramiento provocó una crisis política en la cúspide del Estado asirio: en un primer momento, Asarhadón se mantuvo alejado en la parte occidental del Imperio, probablemente en la región de Harrán. Cuando Senaquerib fue asesinado en enero del año 681 a.C., en una conspiración orquestada por otro de sus hijos, el príncipe Arad-Mullissu, estalló una guerra civil entre los dos hermanos de la que salió victorioso Asarhadón. Una vez en el trono de Asiria, Asarhadón garantizó a su madre un lugar privilegiado en la gestión de los asuntos políticos. Cuando la esposa del rey, Esharra-Hamat, murió en el año 673 a.C., Asarhadón concedió a su madre, Zakutu, el título de «reina» (issi-ekalli/segalli), con todas sus atribuciones oficiales.

Mediante su intervención, la futura sucesión real se organizó con mucha antelación para evitar la repetición de una crisis como la de 681 a.C. Parece que Zakutu intervino en la decisión del rey, que eligió como sucesor a su hijo menor, Assurbanipal, reservando el virreinato de Babilonia a su otro hijo, Shamash-Shum-Ukin, a pesar de que éste era el mayor. En esta ocasión, se hizo que la población del Imperio prestara un juramento solemne de fidelidad al nuevo príncipe heredero, y Zakutu participó activamente en la organización de estas juras; se han encontrado varios ejemplares de estos textos guardados en algunos templos. Zakutu hizo renovar ese juramento hasta la muerte de Asarhadón. Algunos años después de que su nieto Assurbanipal subiera al trono, su nombre desaparece de la documentación, posiblemente debido a su muerte.

La Casa de la Reina

La relevancia de la figura de la reina Naqi’a no debe ocultar el hecho general de que el papel de la reina, como esposa oficial del soberano (y la única que llevaba ese título), no dejó de reforzarse durante los dos últimos siglos de existencia del Imperio Nuevo asirio. La fase crucial en que la reina se convirtió en uno de los personajes más importantes de la corte se sitúa en el reinado de Senaquerib, cuando se inició un traspaso de poderes de los dignatarios procedentes de la alta nobleza, que formaban el entorno del rey, a los miembros más cercanos de su familia, su mujer y sus hijos. Paralelamente, la «Casa de la Reina» se convirtió en un elemento fundamental de la estructura económica que constituía el palacio real y, una vez más, los textos y las fuentes arqueológicas testimonian la riqueza adquirida por las soberanas de Asiria.

Al menos desde finales del siglo VIII a.C., las reinas participaban en el reparto del conjunto de «regalos» que los reyes y los príncipes vasallos llevaban a la corte asiria como tributo, y su «parte» aparece en segundo lugar, entre la del rey y la del príncipe heredero. Paralelamente, recibían del rey la posesión de vastos dominios territoriales, repartidos en una gran cantidad de provincias del Imperio, destinados a garantizar la subsistencia de los habitantes de su «casa», que contaba con varios centenares de personas. Esta Casa de la Reina funcionaba como una institución paralela a la Casa del Rey y a la Casa del Príncipe Heredero, y disponía de un personal propio, mayoritariamente femenino.

La administración de las posesiones agrícolas pertenecientes a la reina se encontraba bajo las órdenes de una «gobernadora» (shakintu), el equivalente femenino de los «gobernadores» (shaknu) de la administración imperial, y las rentas obtenidas gracias a la explotación de todas esas propiedades hacían de la reina uno de los personajes más ricos del Imperio. Un archivo de textos cuneiformes hallado en las ruinas del palacio de Nínive y conocido con el nombre de «censo de Harrán» enumera, hacienda por hacienda, a los miembros que formaban las familias de agricultores de una o varias propiedades de la reina en el oeste. Al final del proceso, en el siglo VII a.C., la reina incluso había incorporado a su Casa a ciertos cuerpos del ejército permanente asirio, por lo que puede decirse que participaba en la organización y control del aparato militar del Estado.

La gestión de este amplio conjunto se basaba en una contabilidad escrita y en la clara identificación de todos los elementos de mobiliario y vajilla que pertenecían a la Casa de la Reina. De este modo se ha podido reconocer la imagen del escorpión como símbolo distintivo de la reina de Asiria, lo cual permitía a los que no sabían leer identificar sin equívocos las propiedades de la soberana.

Poderosas en la vida y en la muerte

La reina de Asiria salía del palacio únicamente para participar en ceremonias religiosas y en la vida de la corte, para asistir a actividades políticas o realizar giras de inspección relacionadas con la gestión de sus bienes. Sin embargo, el marco habitual de su existencia era el bitanu, término que puede traducirse como «los apartamentos privados». Allí convivía con las mujeres vinculadas al soberano y con los niños de corta edad. El acceso a este lugar estaba estrechamente vigilado y los contactos con el exterior se hallaban sometidos a un cuidadoso control, si nos guiamos por los extractos de unos reglamentos conocidos como «edictos de harén» que datan del período Medio Asirio, pero que probablemente seguían vigentes en el primer milenio. Se trataba sobre todo de controlar la transmisión de información entre el bitanu y el mundo exterior, y de evitar posibles complots.

Así pues, no es sorprendente que durante las excavaciones llevadas a cabo en 1989 en uno de los más famosos palacios asirios, el de Kalhu (Nimrud), se encontraran las tumbas intactas de varias reinas asirias: las esposas de Tiglat-Pileser III y de sus hijos Salmanasar V y Sargón II. Estaban situadas en sótanos habilitados bajo el suelo de las habitaciones ocupadas por las reinas en el gran palacio real, y revelaron no sólo los nombres de las esposas de los reyes de finales del siglo VIII a.C., sino también el esplendor y la riqueza de las joyas que las habían acompañado en su viaje al Más Allá. La corte abandonó Nimrud a partir del reinado de Sargón II para trasladarse a una nueva capital, Nínive. Es posible que en una zona todavía sin excavar del palacio de Senaquerib en Nínive estuvieran enterradas las esposas reales de los reinados siguientes, entre ellas tal vez la poderosa Naqi’a, esperando a ser descubiertas algún día. El estudio de la historia asiria aún puede reservarnos muchas sorpresas.

Para saber más
Las civilizaciones antiguas de Mesopotamia. K. Polinger Foster y B. R. Foster. Crítica, Barcelona, 2011.

El antiguo Oriente. Mario Liverani. Barcelona, 2008.
El cercano Oriente, los grandes imperios. M. Camino García y J. Santacana. Anaya, Madrid, 2002.

Con información de: National Geographic

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Los orígenes de la guerra organizada

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La guerra es, inevitablemente, una constante en la historia del ser humano. Incluso en las sociedades prehistóricas, que sin haber ejércitos como tales, entre las aldeas cazadoras o recolectoras ya existían luchas con armas de piedra, de forma ritual y para incursiones en poblados vecinos, para su esclavitud o exterminio. Desde combates individuales o colectivos cuerpo a cuerpo, hasta el intercambio de proyectiles, palos a modo de lanza y piedras.

Cuando los asentamientos agrícolas neolíticos se fusionan en aldeas, y las sociedades se configuran de modo complejo (técnicas de cultivo, comercio, jerarquías, clases dirigentes, religiosas, especialización) la guerra toma un cariz ‘civilizado’ – y perdón por el término- en cuanto a que aumenta la sofisticación de las armas y la eficacia de sus guerreros. Entre las primeras civilizaciones complejas destacan Mesopotamia y el Reino Antiguo de Egipto. La agricultura implicó la concentración de recursos en lugares fijos, y la necesidad de defenderlos. Esto dio lugar a la construcción de ciudades amuralladas, como Jericó, y ciudades fortificadas, como Çatalhöyük, -o Catal Huyuk-, ubicada en lo que ahora es Turquía.

Paralelo al crecimiento de los ejércitos en estas sociedades, se desarrolló también la tecnología de guerra. Con la introducción del bronce, y mil años después el hierro (1200 a.C), se sustituyeron la piedra y los huesos por materiales más efectivos para las puntas de lanza, hachas, flechas, lo que daría pie a la creación de armaduras de metal. El siguiente paso fue el uso de fortificaciones, el empleo del asedio como técnica de ataque, la domesticación del caballo y su uso para el carro de combate y montura, y posteriormente los barcos de remo y las galeras.

Hasta la aparición de la pólvora los elementos principales en la lucha son constantes: Por un lado, soldados de a pie con espadas y lanzas, arcos, jabalinas, hondas. Por otro, caballería con arcos y lanzas y máquinas de asalto (p.e. las catapultas).

Esto implicaba la necesidad de organizar los ejércitos en el uso de estos elementos. Los asirios, por ejemplo, fueron los primeros en crear una fuerza de mercenarios. Las polis griegas usaban ciudadanos-soldado, los hunos luchaban con jinetes nómadas organizados. Ante las nuevas formas de guerra, los factores básicos para el éxito eran la organización eficaz y la disciplina.

Mesopotamia

Los primeros ejércitos que se conocen existieron sobre el 2500 a.C. en las ciudades-estado de Sumeria, en el sur de Mesopotamia. La mayoría de las batallas incluían infantería que empuñaba lanzas, hachas o dagas. Contaban también con carros de madera de cuatro ruedas, tirados por asnos, que portaban a un conductor y a un soldado de élite que empuñaba una jabalina. Además del arco tradicional, construido con un palo de madera, utilizaban el arco compuesto, hecho de tiras de madera, hueso y tendones. Las armaduras eran de cuero, bronce o cobre.
Sobre el 2000 a.C introdujeron los caballos en la guerra, lo que supuso una gran innovación tecnológica: el carro ligero de dos ruedas tirado por caballos. Se usaba básicamente como plataforma para un arquero.

Los primeros informes registrados sobre la guerra entre ciudades de Mesopotamia (Iraq y Este de Siria) hablan ya de ejércitos con unos pocos miles de hombres.

El primer militar que forjó un imperio a base de conquistas fue Sargón de Acad sobre el 2340 a.C. Tenía un ejército de 5000-6000 hombres. Ganó más de una treintena de batallas, usaba armas de bronce y arcos compuestos y tenía carros de 4 ruedas tirados por asnos. Su imperio duró 125 años. Pionero en la expansión de imperios mediante la conquista militar, le imitarán los asirios, los babilonios y los persas.

A principios del S.XVIII a.C. el rey de una pequeña ciudad-estado llamada Babilonia, Hammurabi, tiene un pacto de respeto mutuo con Asiria y de recíproco apoyo en caso de necesidad. Pero sobre 1763 a.C. Hammurabi rompe el pacto y entra en guerra con Larsa, Uruk y Ur. Un lustro después se había consolidado el imperio babilónico que abarcaba desde el desierto de Siria al golfo Pérsico.

Egipto

En el Nuevo Egipto el más famoso y guerrero de sus gobernantes fue Ramsés II. Combatió con los hititas, los antiguos reinos de Moab, Edom, Negeb y los libios. De sus batallas, una de las más llamativas fue la de Qadesh, sobre el 1274 a.C., originada por el afán de control de Líbano y Siria, egipcios contra hititas. Ramsés II obtuvo una gran victoria por la costa este del Mediterráneo, pero al volver al año siguiente el rey hitita Muwatalli II había reunido a un ejército respetable.

Las fuerzas de Ramsés se componían de cuatro divisiones con carros en el centro de cada una. Tirados por dos caballos, los carros eran ligeros y rápidos, y podían desplazarse a una velocidad máxima de 38 km/h, y girar bruscamente gracias a sus dos ruedas espaciadas estratégicamente. Cada vehículo llevaba a dos personas. Un auriga (conductor) y un guerrero armado con un arco compuesto. Los hititas tenían carros más pesados y lentos, y portaban a tres hombres. El tercero en discordia normalmente sostenía un escudo.

El día de la batalla las divisiones de Ramsés avanzaron hacia Qadesh, en el río Orontes. Ramsés y su división principal, creyendo que los hititas estaban más al norte –en la ciudad de Alepo- montó el campamento cerca de Qadesh. Pero Muwatalli había preparado una trampa: sus hombres se ocultaron al otro lado del río, desde donde 2.500 hititas salieron a atacar a las divisiones egipcias que estaban todavía aproximándose a la ciudad. Los hititas derrotaron a una de las divisiones y luego giraron para atacar el campamento del faraón al mismo tiempo que Muwatalli desataba mil carros más. Aunque hubo contraataque egipcio, Ramsés retiró sus tropas tras el combate y se llegaría a un acuerdo, el primer tratado de paz. Qadesh permaneció en poder hitita.

Asirios

Entre los siglos IX y VII a.C Asiria elevó la práctica de la guerra a nuevos niveles de eficiencia. Su ejército sembró el terror a base de torturas, masacres y deportaciones masivas a cualquier pueblo que se resistiera al dominio asirio. A mediados del S.VIII a.C. ya tenía un ejército organizado por jerarquías y contaba con unidades dirigidas por generales profesionales. Luchaban en él, además de los propios soldados, mercenarios extranjeros y prisioneros de guerra. Recibían pagas regulares y contaban con ejércitos de armas. En esas fechas introdujeron la figura del jinete: arqueros a caballo con armaduras ligeras que sometían al enemigo a lluvias de flechas. Posteriormente añadirían a jinetes con lanzas. La caballería otorgó flexibilidad de maniobra al campo de batalla. Explotaron, además, el asedio como método de guerra.

Persas

Entre el siglo VI y el III a.C. los aqueménidas (persas) también usaron la caballería como elemento principal de sus ejércitos. Como el caso anterior, los guerreros eran de origen heterogéneo, divididos en grupos especializados. Mercenarios griegos en infantería, fenicios como marineros, escitas en caballería. Eran ejércitos disciplinados sometidos a un fuerte entrenamiento.

Ciro II el Grande fue el fundador del imperio aqueménida de Persia alrededor del año 580 a.C. En el 560 a.C. ya dominaba Irán, el norte de Mesopotamia y la mayoría de Babilonia. A diferencia de los asirios, Ciro gozaba de gran popularidad entre muchos pueblos por su tolerancia religiosa. El imperio duró más de 200 años, hasta que fue conquistado por Alejandro Magno, pero esto es un tema ya para el segundo capítulo de la Guerra en la Historia.

Por Laura Martín
Con información de:La Gaceta
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