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La cocina sumeria

Cuando se habla de la cocina sumeria es obligado citar a Jean Bottéro, historiador francés de fama internacional nacido en Vallauris el 30 de agosto 1914 y muerto el 15 de diciembre 2007, autor del libro “La cocina más antigua del mundo”, quien fue uno de los primeros investigadores que comenzaron a estudiar la cocina y gastronomía de Sumeria a partir de las tablillas de cerámica, escritas en sumerio y en acadio, encontradas en las excavaciones hechas en la antigua Mesopotamia; pero tampoco se pueden olvidar los trabajos de Noemí Sierra, A.L.Oppenheim, W.Rollig, André Parrot, Lázaro Ros, Lara Peinado, Hans Nissen, Josef Klimá, Hartmut Schmokel, Labat, Kramer o Michael Roaf entre otros.

Casi todo el mundo piensa que las primeras noticias escritas sobre la gastronomía y la cocina nos han llegado desde la época del Imperio Romano, pero la realidad es que se empezaron a escribir textos relativos a la cocina desde el mismo momento en que apareció la escritura cuneiforme en Sumeria, alrededor del año 3000 antes de nuestra Era. Sin embargo, no podemos aseverar que estamos ante los primeros intentos de escribir libros de cocina pues, según los más sesudos investigadores sobre el tema, tanto las recetas como los apuntes sobre materias primas y utensilios que figuran en las tabletas de arcilla, estarían mucho más orientadas hacia el control del avituallamiento y los consumos en palacios y templos que a la voluntad de transmitir las especialidades gastronómicas favoritas de los sumerios a las generaciones futuras.

La aparición de una veintena de tablillas con anotaciones relativas a la alimentación, supuso un hito en la investigación de la historia culinaria y de la gastronomía que ayudó a despejar las dudas que se tenían sobre la comida y bebida consumida por los seres humanos en esta época de la humanidad. A pesar de que estas tablillas de “inventarios y control de cocina” son una buena fuente de información, las leyendas y obras literarias escritas, nos dan una buena cantidad de datos sobre la forma de alimentarse que tenían los sumerios.

En base a la conjunción de ambas fuentes de información se puede afirmar sin ningún género de dudas que los habitantes de aquella tierra consumían una gran variedad de pescados, tanto frescos como salados, al igual que moluscos de agua dulce y dada su especial situación geográfica -recordemos que se llama Mesopotamia (literalmente “Entre dos ríos”) al territorio que se extiende entre los ríos Tigris y Eúfrates-. El consumo de carne -sobre todo de cabra y oveja, asadas o cocidas en agua o en medios grasos- se complementaba con el del cerdo, algunas aves y otros animales como la langosta –saltamontes-, a menudo en sopas confeccionadas generalmente con agua.

Cuando hablamos de cocción tendremos en cuenta los diferentes modos de realizar la transformación de alimentos. Para asar utilizaban, además de el método abierto, como las brasas, la parrilla o los trozos de cerámica sobre los que se colocaban las viandas, un método de asado cerrado en un horno de cúpula en el que, el vapor que resultaba de la cocción, ayudaba a mantener los alimentos relativamente bien hidratados. En cuanto a los recipientes, se han descubierto en las excavaciones tanto ollas de cerámica como calderos de cobre y diferentes utensilios y “ollas”, lo que hace pensar en que los sumerios ya tenían la idea de lo que era una cocina. En cuanto al refinamiento de esta civilización, apuntaremos que utilizaban diferentes moldes para mejorar la presentación de las viandas en la mesa de los comensales.

También eran grandes consumidores de cereales, sobre todo cebada con la que, además de unas trescientas clases de panes diferentes, también fabricaban cervezas de distintas clases, e incluso se cita en las tablillas una especie de cerveza negra. Otros tipos de bebidas alcohólicas se fabricabas a partir de la fermentación de mostos extraídos de las uvas, los higos, el níspero o los dátiles.

Las cervezas consumidas en Mesopotamia tenían una gran variedad de graduaciones alcohólicas y cuyos nombres, “cerveza de buena calidad”, “cerveza que gusta a las mujeres”, “cerveza vieja” o “cerveza buena”, daban idea de a quién iban destinadas. La cerveza se consumía individualmente o en grupo, bebiendo todos del mismo recipiente, con ayuda de una cañita larga y fina la cual, al tiempo que actuaba como filtro para evitar que las impurezas llegasen a la boca, potenciaba los efectos del alcohol. En lo que respecta a las más de trescientas clases de panes diferentes con y sin levadura, las masas se confeccionaban añadiendo al salvado –harina de cebada- o a otras harinas, diferentes cantidades de agua, cerveza, miel, aceite o leche, añadiéndole a veces especias o frutas secas e incluso rellenándolos.

En cuanto a los vegetales, pepinos, nabos, algunas raíces, setas, ajos y puerros, acompañaban a la cebolla que era la base de su dieta y, para sazonar sus comidas, utilizaban, entre otras semillas picantes, la mostaza, el cilantro, el comino y, como no es de extrañar, el sésamo. Se solían consumir cocidos, asados o crudos, aderezados con aceite de oliva u otras grasas vegetales.

Debido a los pocos datos que todavía se tienen sobre esta civilización, se puede concluir afirmando que los sumerios consumían muchos más alimentos de los que hemos citado; pero a la espera de futuras excavaciones que confirmen fehacientemente este hecho, todos cuantos se han citado en este artículo, se ha probado que eran utilizados de manera habitual en las cocinas de aquel entonces.

La brevedad que exige el espacio del que se dispone en “La Alcazaba”, no permite detallar extensamente cuanto sabemos sobre la cocina en Mesopotamia pero, para los más curiosos, se puede incluir en esta breve reseña una receta de aves pequeñas, reseñada por Bottéro, por si alguien está interesado en degustar lo que comían los moradores de aquella zona hace más de cincuenta siglos.

Receta para aves 

Una vez limpias las aves, cortar mollejas y asaduras, lavarlo todo y secarlo bien. Poner todo en un caldero y llevar al fuego. (La receta no indica si en seco, con agua o con grasa aunque en la prueba que he realizado, basándome en el paso posterior de la misma, las he puesto con un poco de aceite de oliva). Cuando estén tostadas se saca del fuego, se añade agua fresca para desleír los jugos de la cocción, se añade un chorro de leche y se vuelve a poner todo en el fuego. Cuando hierva, sin sacar del fuego el recipiente, se retiran del caldero todas las piezas, se salan y se vuelven a poner en el caldero añadiendo aceite. Se sazona con un poco de ruda y, cuando vuelva a hervir, se añade puerro, ajo y un poco de cebolla, añadiendo después un poco de agua.

Mientras se deja hervir (aconsejo que a fuego muy lento), se lava bien una buena cantidad de trigo machacado, se remoja en leche y se añade salmuera, puerro y ajo junto con la leche y el aceite que sean necesarios para confeccionar una masa que se presenta al fuego y se divide después en dos mitades, Bottéro deduce que es para hacer una especie de pan ácimo, y el otro trozo se deja mojando en leche.

Para presentar a los comensales, se pone en una bandeja de barro una cantidad de la masa y se lleva al horno. Lo mismo se hace con la otra que habrá reposado en la leche durante unos minutos. Una vez hechas, se espolvorea encima de la masa asada una mezcla de ajo, puerro y cebolla, se colocan las aves encima, se les añade el jugo de cocción por encima y se cubren con la masa asada que se había remojado en leche.

Por José Manuel Mojica Legarre
Con información de: Revista La Alcazaba

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Continúa el enigma de la vasija sumeria encontrada en Bolivia en 1960

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Según la historia convencional la zona que hoy es Bolivia estuvo habitada por algunas antiguas culturas que no tuvieron contacto alguno con otras antiguas civilizaciones de fuera de América. Pero, ¿y si existiera una evidencia que pudiera probar lo contrario?. Esta evidencia existe, se le ha llamado «Fuente Magna» y se trata de una vasija con caracteres cuneiformes, pero el detalle es que esta escritura fue desarrollada en la antigua Sumeria. La gran pregunta es, ¿cómo llegó esto a América?. Aunque las antiguas civilizaciones existentes en ambos puntos del planeta pudieran ser contemporáneas, las separaron muchos kilómetros y el inmenso océano Atlántico.

En el año 1960 un campesino encontró una vieja vasija en Tiahuanaco, antigua ciudad arqueológica un terreno en Chúa, a unos 80 kilómetros de La Paz. El objeto es un gran vaso de piedra, parecido a un recipiente para efectuar libaciones, bautizos o ceremonias purificadoras, que con el tiempo recibió el nombre de «Fuente Magna», uno de los hallazgos arqueológicos más discutidos de toda América.

En este mismo año, el arqueólogo boliviano Max Portugal Zamora, realizó algunos trabajos de restauración en el vaso de piedra e intentó descifrar sin éxito la misteriosa escritura que está tallada en la parte interior. Hasta fines del siglo XX, nadie sabía en realidad de dónde provenía la «Fuente Magna».

Años más tarde, dos investigadores de La Paz, el argentino Bernardo Biados y el boliviano Freddy Arce descifraron los enigmáticos grabados que se encontraban al interior de la vasija y corroboraron que se trataba de un texto en idioma sumerio.

El bajorrelieve que hay en la parte interior del vaso, que puede evocar una rana (símbolo de fertilidad), según algunos investigadores es justamente la representación de Nía, la diosa de los Sumerios. Los otros símbolos que se encuentran a los lados del bajorrelieve y en la parte adyacente a las incisiones sumerias, fueron incisiones sumerias, fueron interpretados como quellca, idioma escrito de la civilización Pukara, pero no han sido aún descifrados.

Una vez descifrados los caracteres cuneiformes y habiendo corroborado su origen sumerio, la pregunta es clara: ¿cómo es posible que haya inscripciones sumerias en un vaso encontrado a miles de kilómetros del lugar de expansión de la civilización sumeria?. Esta incógnita es en la que siguen trabajando los investigadores y arqueólogos.

Esta antigua y enigmática pieza de la arqueología actualmente se encuentra en el Museo de metales preciosos, en La Paz.

CIVILIZACIÓN SUMERIA

Fue una región histórica de Oriente Medio que era parte sur de la antigua Mesopotamia, entre la llanura aluvial de los ríos Éufrates y Tigris. La civilización sumeria es considerada como la primera y más antigua civilización del mundo. El término «sumerio» también se aplica a todos los hablantes de la lengua sumeria.

Aunque la procedencia de los sumerios es incierta, existen numerosas hipótesis sobre sus orígenes, siendo la más aceptada actualmente la que argumenta que no habría ocurrido ninguna ruptura cultural con el período de Uruk (período arqueológico de la historia de Mesopotamia comprendido entre el 3.800 a. C. y el 3.200 a. C.), lo que descartaría factores externos, como podían ser invasiones o migraciones desde otros territorios lejanos.

Con información de: Notimérica

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El ocaso de sumeria- Cambio climático

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La civilización Sumeria situaba sus ciudades en las fértiles riberas fluviales ubicadas entre los ríos Tigris y Eufrates, en la región de Mesopotamia en oriente próximo. Se la reconoce como la primera civilización humana, y se piensa que se constituyó como tal incluso con anterioridad a la Egipcia. No obstante, la desaparición de las ciudades que componían la civilización Sumeria llegó mucho antes que en Egipto, de hecho, las excavaciones arqueológicas muestran como en el entorno del 2200aC dichas poblaciones sumerias fueron abandonadas, saqueadas o destruidas. Pero, ¿que ocurrió para que ciudades que llegaron a alcanzar los 30000 habitantes desaparecieran en el transcurso de dos o tres siglos? ¿A que se debió el ocaso de Sumeria?

Parece ser; según teorías como la del Geólogo Estadounidense, Matt Konfirst, que un cambio climático en estas fechas es la causa del fin de esta civilización y la consiguiente desaparición de gran parte de su población. Se ha llegado a esta conclusión después de comprobar los registros geológicos a pie de campo; puesto que hay registros que muestran como aumentaron los niveles de salinidad y evaporación en el Mar Rojo y en el Mar Muerto, también hay pruebas de estratigrafía, que demuestran como los sedimentos de esta época tienen un mayor aporte de arena; que sólo puede ser explicado por una mayor cantidad de polvo en el ambiente, y que únicamente puede ser debido a un proceso de desertización en la zona. Otra prueba contundente la encontramos en Turquía, lugar del nacimiento de los ríos de Mesopotamia, donde se sabe que lagos como el de Van, cerca del nacimiento de ambos ríos, también descendieron abruptamente de nivel.

Para una sociedad basada en la agricultura, la dependencia del agua para poder llevar a cabo sus cosechas es vital para su supervivencia. Hasta aquel momento, los ríos Tigris y Eufrates nunca habían resultado problema para mantener los cultivos de cereales que sustentaban su sistema de vida y economía, pero alrededor del año 2200 a.C comenzaron a haber problemas de agua y comenzó un periodo convulso en la zona. La sequía se estima que se prolongó durante más de dos siglos, con lo que la civilización sumeria entró en decadencia. Aprovechando la coyuntura, sociedades nómadas mejor adaptadas a este entorno hostil saquearon las indefensas ciudades sumerias, resultando la puntilla final para la primera civilización de la historia de la humanidad.

Por Antoni Rubio
Con información de : Levante

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Casi Aldebarán (cosas cósmicas)

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Casi Aldebarán (cosas cósmicas)

Esa noche. Salí a caminar con las estrellas, ya que tuve la oportunidad. Aunque a pocas las conozco de nombre y no las conté, puedo asegurar que no faltó ninguna. Se aglomeraban las grandes y las pequeñas, las que caen, las que parpadean como los loros, lentamente, las que cintilan inquietas, las que cambian de color. Las de constelación reconocida mostraban un orden casi marcial, condecoradas por su propio brillo, formadas según caen y han caído por milenios sobre los ojos humanos en figuración geométrica. Alguna algarabía traerían esa noche para lucir tan despejadas. Quise escucharlas, pero su música era el silencio.

Sólo los grillos en la espesura arrullaban la noche con una cantilena telegráfica muy tenue, envolvente, subrayada por un hilo de agua de manantial que cantaba lo suyo con virginal entusiasmo de agua recién nacida. «Ay agua», pensé, «no sabes la que te espera».

Con los pies dando tumbos, ya ves cómo distrae ir mirando el cielo sin fijarte, fácil te tropiezas, te oscila la cabeza clavada en las incontables desnudas, la totalidad posible de su luminosa especie. Imagínate la de soles allá arriba.

¿Qué puso hoy al filo al firmamento? ¿Qué invierno prolongado y brutal congeló las nubes en las distantes cordilleras, mientras a los valles de la selva les desvistió hasta el último detalle para que las estrellas saltaran del sartén y chisporrotearan, calientes pero blancas como un hielo de helio, como un copo a las nueve o una moneda al aire que no cae jamás?

Así calladas como las ves, platicadoras son. Las estrellas en turno me guiaron un rato, yo creo que nada más para pasar el rato (como han hecho a lo largo de las praderas y los océanos de los años, desde la barca más antigua), pero me escucharon lo necesario e hicieron eco donde correspondía.

Forman una red de familias accidentales a las que siempre les hemos encontrado parecido con bestias, semidioses o instrumentos de tortura. Los aborígenes de Australia leían las constelaciones distinto que los griegos y romanos, y éstos de los mayas, por no mencionar de plano sumerios, egipcios, etcétera. La información contemporánea sigue siendo imprecisa hasta cierto punto a pesar de los sofisticados cálculos, las sondas espaciales y los telescopios de última generación que tenemos para hallar cuerpos celestes sin necesidad de verlos.

¿Puede existir algo más indiferente que una estrella? Demasiado ocupada día y noche en configurar el balance de sus planetas y cometas, el acomodo de los imanes, las temperaturas inimaginables. Que un ojo humano así pelón las alcance a cualquier cantidad de millones de años luz es lo asombroso, lo insensato del asunto. Ellas significan para nosotros, por más que le rasquemos, la única confirmación de qué es el cielo. Por infinitas que nos resulten, dado nuestro tamañito, Antares y Casiopea acechan investidas de intimidad auténtica.

El aire era frío. Tras una cortina de platanillos (suerte de plátano enano que no da fruto pero sí una flor dura, naranja y amarillo, hermosa como una orquídea), en la espesura nocturna las chicharras templaban sus caderas y sus güiros, y su aguda precisión las aves insomnes.

Saquen conclusiones: estrellas difuminadas, relampagueadas, cegadoras y encandiladas pero tan lejos. Y pensar que todas tienen nombre.

 ***

Una tarde. Tuve que aguardar al paso de una hato de ganado flaco, cebúes inexpresivos vagamente asustados. Los rancheros los arreaban. Atravesaba una tierra donde hay agravios no liquidados, rencores pendientes, nostalgias irreparables. Fue entonces que asistí a la hora de los tordos, negra en sus pespuntes. Descendieron sobre los árboles y los ocuparon al instante. Copas arracimadas de caricaturas de cuervo, cúpulas y torres de iglesia, antenas de radio. Se adueñaron por lo alto. Agandallaron y cagaron en blanco. Es su naturaleza. Son solares a morir, de noche se destantean y mejor se guardan. Dejan la oscuridad a los grillos y las ranas, aunque los patos también intervengan.

A eso de las seis pm los tordos diario despiden al sol con honores y se le escurren a la luna como gotas de aceite. En sus alas negras reflejan la curvatura del horizonte encendido. Les entra un ir y venir más que frenético, simétrico, siguiendo una de esas coreografías espectaculares que se inventa Madre Natura. El ruido de su concierto lastima los oídos en los campos, los parques y las alamedas del sur a esta misma hora. ¿A eso deberán los oaxaqueños su sonora inspiración para los alientos? Al oírlos, los trabajadores de cualquier ayuntamiento saben que terminó su turno y cierran cajones para retirarse. Los vendedores de respados y los de nieves emprenden el regreso empujando el carrito. Los estudiantes van a la papelería, al ciber, a fumar debajo de los puentes, y los enamorados y las enamoradas se ponen camisas blancas para salir al pan, cuando los tordos al fin se callan y al fin refresca.

Por Hermann Bellinghausen

Con información de : La Jornada

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