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Los Reyes Magos y Babilonia de GABRIEL MIRÓ

Si nos centramos en el análisis del proceso de gestación del tercer capítulo de “Magos”, denominado “III. Riegos. Borsipa. Babilonia”, a partir del examen de los manuscritos, veremos que toda esa parte ha sido concebida partiendo del fragmento del evangelio de san Mateo (II, 1-12) en el que se refiere la llegada de unos magos orientales a Jerusalén. En la ciudad, estos sabios preguntan por el rey de los judíos que acaba de nacer, lo que hace a Herodes sobresaltarse y reunir a todos sus doctores para que busquen en las escrituras la información pertinente a este suceso.

Una vez localizada la cita de Micheas en la que se declara a Belén como la patria del caudillo de Israel, Herodes llama aparte a los Magos y los envía a la población, pidiéndoles que cuando encuentren al niño se lo comuniquen. Los Magos vuelven a avistar la estrella que habían seguido desde Persia brillando en el cielo y la siguen hasta que se detiene encima del lugar en el que estaba el recién nacido. Allí lo adoran y le ofrecen sus presentes. Poco después, habiéndoseles advertido en sueños que no volvieran a la corte de Herodes, se retiran a su país por otro camino.

Tanto en el texto bíblico como en las reelaboraciones culturales posteriores, el relato suele centrarse en el momento de la adoración al niño. Sin embargo, Miró hace una recreación del viaje que los sacerdotes llevan a cabo a través de las tierras de Persia, Babilonia, Asiria, Siria, Líbano y Palestina mediante la cual demuestra sus conocimientos sobre historia, arqueología, historia del arte y erudición bíblica, al tiempo que evidencia sus dotes como novelista.

El resultado es un texto de gran belleza evocativa plagado de referencias culturales. En efecto, el autor se sirve de algunos de los libros que tenía en su biblioteca personal, que, como señala Giménez Caballero en un artículo publicado en El Sol el 20 de abril de 1928, parecía más la de un sabio oriental que la de un poeta. Entre estas fuentes, dos tienen un papel preponderante en la configuración de este capítulo: Heródoto 1 y el Dictionnaire de la Bible, coordinado por Fulcran Vigouroux 2.

Heródoto es uno de los autores de la Antigüedad predilectos de Miró. De hecho, en el artículo “El turismo y la perdiz”, recogido en Glosas de Sigüenza (1952), indica que no existen ojos que se hayan complacido tanto en mirar como los del historiador de Halicarnaso. Por varias razones, el escritor gustaba de insertar referencias a los clásicos –de quienes era lector apasionado–, especialmente en su obra histórica: en primer lugar, porque era una forma de manifestar su admiración y el placer que su acercamiento le habían deparado; en segundo, porque las obras griegas y romanas históricas de la Antigüedad, por su condición de textos literarios, se avenían a su proyecto novelístico; en tercero, porque de esta manera dotaban su texto de verosimilitud.

Además, en el caso de Heródoto, podrían sumarse otras dos causas: por un lado, el historiador fue un viajero incansable, visitó los territorios sobre los que escribe, conoció a sus habitantes y recogió relatos in situ, lo que proporcionaba a su narración frescura, naturalidad y una dimensión experiencial; por otro, es un gran contador de historias, por lo que Miró recurriría a él para enriquecer su narración. Sin embargo, Miró siempre matiza la información que extrae de Heródoto con la que aparecía en otros manuales históricos contemporáneos. En este sentido, es especialmente importante el mencionado Dictionnaire de la Bible, coordinado por Fulcran Vigouroux, cuya entrada sobre la torre de Babel es esencial en la configuración de este capítulo.

De este modo, con los datos que Miró extrae de la lectura de estas fuentes imagina un itinerario 3 para el cual diseña sus propios mapas 4, recrea maravillas del mundo antiguo como los jardines colgantes babilonios, retrata monumentos como las torres sagradas o zigurats, cuyos restos arqueológicos describían los historiadores a los que el escritor leía con fruición, e intercala historias que, por su sabor, por la reflexión que inevitablemente propician sobre lo mejor y lo peor del género humano, le atraen y quiere recuperar.




Además, Gabriel Miró seguía con gran atención los nuevos descubrimientos arqueológicos que se hacían en todo el Oriente próximo. En concreto, la historia de Babilonia le maravillaba quizá por su grandeza o su decadencia, el nivel de desarrollo al que llegó su pueblo, sus momentos de horror y de esplendor o su arte. Asimismo, posiblemente esta fascinación de Miró por una cultura lejana, exótica y remota como la Babilonia tiene que ver con una cuestión de época, un vestigio de su período de formación juvenil en la etapa de mayor auge del Modernismo. El hecho es que en el texto del capítulo “Riegos. Borsipa. Babilonia”, la narración transmite un interés especial por esta civilización.

Por lo demás, a pesar de que Figuras de Bethlem es una obra incompleta y fragmentaria, de las tres partes principales que la forman, “Magos” es la que se encuentra en un estado más avanzado de gestación y de la que más textualizaciones pertenecientes a fases de redacción distintas conservamos.

En el caso de “III. Riegos. Borsipa. Babilonia” contamos con material correspondiente a tres etapas de creación que tienen su reflejo en tres disposiciones del material: la primera, bastante breve, formada por tres capítulos: “La estrella y la cumbre”, “La estrella y el camino” y “La estrella y los hombres”; la segunda, más larga, estructurada mediante dos tipos de símbolos (primero, “§” y, más tarde, tres “X” que forman un triángulo); y la tercera, organizada en una serie de sobres correlativos, designados por un título común (el del bloque) y otro específico (el del capítulo), lo que permite analizar su configuración y entender de una forma gráfica cómo trabajaba Miró y de qué manera, en particular, concibió este capítulo.

Las posibilidades para el estudio que ofrecen los materiales manuscritos de este capítulo, junto a su riqueza intertextual, su calidad literaria, su originalidad, su belleza y la admiración que el escritor testimoniaba por el territorio en el que transcurre la acción, también el relativismo ideológico que tiñe toda la obra y que en este fragmento se avista en determinadas reflexiones, nos llevaron a hacer del análisis de la gestación del capítulo de marras el objeto de estudio de este trabajo.

Por Laura Palomo Alepuz (Universidad de Alicante)
Con información de Nueva Revista de Filología Hispánica


Notas:

  1. El lector interesado en ahondar en el aspecto de la influencia de Heródoto en Figuras de Bethlem puede ver Palomo Alepuz 2012.
  2. A diferencia del influjo de Heródoto, que se condensa especialmente en esta parte, el Dictionnaire de la Bible es una referencia fundamental para toda la obra. De hecho, parece ser la razón de que Miró modificase el esquema estructural original de la obra, más ingenuo y sencillo, como el que incluye en una carta que envía a su amigo Ricardo Baeza en 1919, en que los capítulos parecen remitir a las figuras tradicionales del belén, para convertir su libro en el tríptico voluminoso y erudito que, según todos los indicios, habría sido Figuras de Bethlem. Véase, para más información sobre el tratamiento de las fuentes en esta obra, Palomo Alepuz 2017.
  3. Los únicos datos respecto al viaje de los Magos que el autor encontró en la entrada dedicada a estos personajes son que podrían haber salido de Persépolis y que, con toda probabilidad, atravesarían los valles del Éufrates y del Jordán.
  4. En el dosier de génesis de Figuras de Bethlem encontramos diversos mapas que había dibujado el propio autor en los que traza la ruta que pudieron haber seguido los Magos.

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El sueño premonitorio de la locura de Nabucodonosor

Miraba yo y vi en medio de la tierra un árbol alto sobremanera. El árbol había crecido y se había hecho muy fuerte, y su cima tocaba los cielos, y se le veía desde los confines de toda la tierra.

Era de hermosa copa y de abundantes frutos; y había en él mantenimiento para todos. Las bestias del campo se resguardaban a su sombra, y en sus ramas anidaban las aves del cielo, y todos los vivientes se alimentaban de él. En las visiones de mi espíritu, en mi lecho, vi que bajaba del cielo uno de esos que velan y son santos; y gritando fuertemente, dijo:




Abatid el árbol y cortad sus ramas, sacudid su follaje y diseminad sus frutos, que huyan de debajo de él las bestias, y las aves del cielo de sus ramas; pero dejad en la tierra el tronco con sus raíces, y atadlo con cadenas de hierro y de bronce, y quédese así entre las hierbas del campo, que le empape el rocío, y tenga por parte suya, como las bestias, la hierba de la tierra.

Quítesele su corazón de hombre y désele un corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos. Esta sentencia es decreto de los que velan, es resolución de los santos, para que sepan los vivientes que el Altísimo es dueño del reino de los hombres y lo da a quien le place, y puede poner sobre él al más bajo de los hombres.

(Daniel, IV, 10-18.)

Por R. de Becker

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