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La astrónoma que quiso colocar a Córdoba en el centro del universo

Córdoba podría haber sido Greenwich. Las diferencias horarias en todo el planeta podrían haberse calculado en función de una línea imaginaria que pasara por encima de la Mezquita, si hubiese prosperado la intención de la científica Fatima-al-Mayriti (Fátima de Madrid en la traducción al castellano) de convertir a la capital del Califato Omeya en el centro del universo (contando también con que el propio califato hubiese prosperado más allá del siglo X).

La astrónoma, hija de un conocido hombre de ciencia, ayudó a su padre corrigiendo mediciones que tomaban como base la capital cordobesa para calcular la posición exacta de los planetas, el Sol y la Luna. Algunos de ellos contaban ya en la época con una enorme precisión, y permitían por ejemplo predecir los eclipses.

En 2009, la Sociedad Española de Astronomía la consideró una de las doce mujeres más influyentes de la historia del estudio de los cuerpos celestes en el universo, incluyéndola en en la publicación “Mujer y astronomía”.

Por Óscar Gómez
Con información de:Ahora Córdoba

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Maslama al-Mayriti. El elogio del olvido

Córdoba, durante el dominio musulmán en España era, entre los siglos X y XI, el espejo donde las demás ciudades del mundo conocido miraban y trataban de copiar. Tal esplendor no era sólo debido a la buena administración, sino también a los avances científico-tecnológicos, a los que los propios cordobeses contribuyeron de una forma muy decisiva. De hecho, se llegó a crear una especie de ministerio de la Ciencia. Fue durante esta época culturalmente fecunda pero, a la vez, infestada de intrigas palaciegas y de guerras, cuando aparecieron las figuras del poco conocido astrónomo Maslama al-Mayriti y también de Almanzor. Este último, nacido en Algeciras, fue escalando puestos en la administración cordobesa hasta llegar a ser el chambelán del califato cordobés.

Maslama al-Mayriti, como su nombre sugiere, era probablemente madrileño, aunque todas sus investigaciones de importancia hubiesen sido llevadas a cabo en Córdoba. Se desconoce la fecha de su nacimiento y murió a principios del siglo XI. Fue uno de los astrónomos más importantes del Medievo español, aunque su nombre no le suene a casi nadie, ni siquiera a muchos profesionales de la Astrofísica. Un verdadero olvidado de la Astronomía hispano-árabe. A pesar de ello, Ibn Said nos dice de él:

“Fue el principal de los matemáticos de su tiempo, y más sabio que todos que le habían precedido en la ciencia de los astros; era técnico en las observaciones astronómicas y se esmeró en la inteligencia del Almagesto de Ptolomeo.”

De sus obras nos dice Ibn Said:

“Un libro en el que resumió las ecuaciones de los planetas tal como aparecían en las tablas de al-Battani; se ocupó en las tablas de al-Jwarizmi, cambió la era persa por la de la héjira, puso los lugares medios de los planetas según el principio de la héjira, y añadió algunas buenas tablas, aunque siguió la doctrina de al-Jwarizmi y no hizo notar los lugares en que éste se había equivocado.”

Entre los discípulos más importantes podemos destacar a Ibn al-Samh. Además de obras sobre astrolabios (conteniendo 130 capítulos) y tablas astronómicas, este astrónomo publicó también un libro sobre la lámina de los siete planetas, que fue traducido al romance por el equipo de Alfonso X (Libros del Saber de Astronomía). En este libro de Ibn al-Samh se puede leer: fabla de cuemo puede ell home fazer una lámina a cada planeta, segund que los mostró el sabio Abulcacim Abnaçanm. También publicó unas tablas astronómicas según la teoría de los hindúes (el Sind Hind).

Debido a adversos problemas políticos acaecidos en Córdoba, Ibn al-Samh tuvo que refugiarse en Granada, donde murió en el año 1035 de nuestra era Ibn al-Saffar (Denia) fue otro de los alumnos de Maslama que se destacó en la construcción de instrumentos astronómicos. De hecho, se le atribuye el reloj de Sol conservado en el Museo Provincial de Córdoba. Escribió un tratado sobre astrolabios y, además, elaboró unas tablas astronómicas.

Los discípulos de Maslama sentaron las bases de otras escuelas. Además de la contrastada calidad de sus nietos científicos , la proliferación de escuelas garantizó la enseñanza y la investigación astronómicas en al-Andalus. Pero, a pesar de su enorme legado, vivió sus últimos días olvidado por todos, incluidos aquellos a los que abrió las puertas del conocimiento de los cielos.

Por Antonio Claret
Con información de:Ciencia para escuchar

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La astronomía en la Antigua Babilonia

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Mesopotamia, esa tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, en lo que hoy en día conocemos como Irak, es la cuna de la civilización. En la antigua Sumeria podemos encontrar los registros más antiguos del estudio de la astronomía. Ellos fueron los pioneros, pero los babilonios y los asirios (que ocuparon la misma zona geográfica) heredaron sus tradiciones astronómicas, mitos y leyendas, y desarrollaron su propia cultura astronómica que, con el tiempo, pasaría a los griegos y llegaría hasta nuestros días. De todas estas civilizaciones, los babilonios fueron los que nos dejaron el mayor legado de la astronomía occidental. Tanto es así, que todavía usamos algunas de sus constelaciones, e hicieron predicciones sorprendentemente acercadas a nuestra comprensión del mundo actual…

Muchos de sus conocimientos han perdurado hasta nuestros días

Al igual que en muchas antiguas culturas (como es el caso de la japonesa, aunque fuese muy posterior), los eventos astronómicos (tanto si eran recurrentes como hechos aislados) tenían un profundo significado religioso para el pueblo babilonio, y sus astrónomos (y sacerdotes) llegaban a dictar cómo debían ser las vidas de los ciudadanos en base a sus interpretaciones de los cielos.

Mucha de la mitología babilonia fue heredada de los sumerios. Algunas de las constelaciones que usamos hoy en día (como las de Leo, Tauro, Escorpio, Géminis, Capricornio, Sagitario y Auriga, la constelación del Cochero) fueron inventadas por los babilonios y los sumerios en algún momento entre los años 3.000 y 2.000 A.C. El zodíaco, de hecho, fue creado por los babilonios, en el que se recogían las doce constelaciones por las que el Sol, la Luna y los planetas viajan a lo largo de su travesía por el firmamento.

Pero las constelaciones no eran sólo una manifestación de las leyendas del pueblo babilonio, también tenían un uso práctico para sus habitantes. Como en otras civilizaciones, la orientación de las constelaciones era muy útil para determinar cuál era la temporada de cosecha, o la temporada ideal de siembra. Algunas constelaciones destacaban por aparecer en el cielo en un momento determinado del año, o por ponerse en el horizonte en un momento en concreto, proporcionando una forma muy certera de medir el tiempo.

No sólo hemos heredado su zodíaco o algunas de sus constelaciones, los babilonios también usaban un sistema numérico sexagesimal (en base 60), que simplificaba la tarea de registrar números grandes y pequeños. De ahí proviene la práctica moderna de dividir un círculo en 360 grados, o de una hora en 60 minutos.

La Tablilla de Venus de Ammisaduqa

Gracias a la Tablilla de Venus de Ammisaduqa, un texto cuneiforme que habla de la aparición y desaparición de Venus en el firmamento al pasar de ser una de las estrellas que aparece al atardecer a hacerlo en el amanecer, podemos saber que los babilonios no sólo entendían que Venus era el mismo objeto pese a aparecer en diferentes momentos del día, si no que también llegaron a calcular su ciclo sinódico (es decir, el tiempo que tardaba en volver a aparecer en el mismo punto en el firmamento).

Según esta tablilla (la más antigua que conocemos relacionada con la astronomía), que recoge las observaciones de Venus durante un período de unos 21 años, la duración de un ciclo venusiano era de 587 días. Sólo se equivocaron en tres días, y todo se debe a su intento de que encajase con las fases de la luna. Es, también, la primera evidencia de que los babilonios entendían que los eventos planetarios eran periódicos.

Los astrónomos de Caldea y Seleuco de Seleucia

Es obligatorio destacar a los astrónomos del imperio de Caldea, que durante la época neo-babilónica, descubrieron el ciclo de eclipses y el saros (un período de 223 meses sinódicos, es decir, unos 18 años y 11 meses), utilizados para determinar cuando sucederían los próximos eclipses solares y lunares. También observaron que el movimiento del Sol en la eclíptica (su movimiento aparente en el cielo) no era uniforme, aunque no supieron explicar el motivo; hoy sabemos que se debe a que la Tierra se mueve en una órbita elíptica alrededor del Sol, provocando que el planeta se mueva más rápido cuando está más cerca del Sol y más lento cuando está en el punto más alejado.

El único modelo planetario que ha sobrevivido de los astrónomos de Caldea es el de Seleuco de Seleucia, que apoyaba el modelo heliocéntrico defendido por el griego Aristarco de Samos. De hecho, Aristarco llegó a teorizar (quedándose muy corto, eso sí) que el universo debía ser mucho mayor de lo que suponían los defensores del geocentrismo, y creía que la Tierra giraba en una órbita circular alrededor del Sol. También tenía su propia explicación para la ausencia de paralaje (es decir, la falta de movimiento aparente entre las estrellas que ves en el cielo por las noches) diciendo que éstas debían estar infinitamente lejos, y por tanto no era perceptible.

Pero volviendo a Seleuco de Seleucia, sabemos que fue uno de los astrónomos más influyentes en Babilonia (junto a otros de la época, como Kidinnu y Naburiano), y el único que apoyaba la teoría heliocéntrica propuesta por Aristarco. Gracias a los escritos de Plutarco, hemos podido saber que Seleuco llegó a demostrar el sistema heliocéntrico por medio del razonamiento, aunque no sabemos con total seguridad qué argumentos usó para conseguirlo.

Según Lucio Russo (un matemático, físico e historiador italiano) es posible que sus argumentos estuviesen relacionados con las mareas. Seleuco teorizó que las mareas eran causadas por la Luna e indicó que las mareas variaban en hora y fuerza en las diferentes partes del mundo. Según el historiador griego Estrabón, Seleuco fue el primero en afirmar que las mareas eran debido a la atracción de la Luna, y que la altura de éstas dependía de la posición de la Luna en relación al Sol.

Por desgracia, ninguna de las escrituras originales de Seleuco, ni sus traducciones al griego, han sobrevivido hasta nuestros días. Pero es inevitable pensar hasta donde hubiera podido llegar el conocimiento de nuestro mundo si los antiguos babilonios, y los griegos, hubieran prestado más atención a la imagen del cielo que tenía Seleuco de Seleucia.

Por Alex Riveiro
Con información de: Astrobitácora

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