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Samarcanda: Poetas y Amantes V

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes IV


A las palabras del chambelán siguen murmullos, risas contenidas: todo un tumulto se produce entre los veinte poetas aproximadamente que esperaban su turno y algunos incluso dan dos pasos hacia atrás antes de eclipsarse discretamente. Sólo una mujer sale de la fila y se acerca con paso firme. Interrogado con la mirada por Omar, el cadí cuchichea:

—Una poetisa de Bujara; la llaman Yahán. Yahán, como el vasto mundo. Es una joven viuda con amores tumultuosos.

El tono es reprobador, pero el interés de Omar se agudiza aún más por ello y no puede apartar su mirada de Yahán. Ésta se ha levantado ya el velo dejando al descubierto unos labios sin afeites; declama un poema agradablemente compuesto en el que, cosa extraña, no se menciona ni una sola vez el nombre del kan. No, se elogia sutilmente el río Sogd que dispensa sus beneficios a Samarcanda tanto como a Bujara y va a perderse el desierto, ya que ningún mar es digno de recibir su agua.

—Has hablado bien. Que tu boca se llene de oro —dice Nasr, repitiendo la fórmula que le es habitual.

La poetisa se inclina sobre una gran bandeja de dinares de oro y comienza a introducirse las monedas en la boca una a una, mientras los asistentes las van contando en voz alta. Cuando Yahán reprime un hipo a punto de atragantarse, la corte entera, con el monarca a la cabeza, suelta la carcajada. El chambelán hace una seña a la poetisa para que vuelva a su sitio; se han contado cuarenta y seis dinares.

Sólo Jayyám no ríe. Con los ojos fijos en Yahán intenta comprender sus sentimientos hacia ella; su poesía es tan pura, su elocuencia tan digna, su intervención tan valiente… y sin embargo ahí está, atiborrada de metal amarillento, entregándose a esa humillante recompensa. Antes de bajarse el velo, lo levanta algo más, liberando una mirada que Omar recoge, aspira y quisiera retener. Instante inapreciable para la multitud y eternidad para el amante. El tiempo tiene dos caras, se dice Jayyám, tiene dos dimensiones; la longitud va al ritmo del sol, la densidad al ritmo de las pasiones.

El cadí interrumpe ese momento bendito entre todos; da unos golpecitos en el brazo de Jayyám, que se vuelve. Demasiado tarde, la mujer ha desaparecido, ya no es más que velos.

Abu Taher quiere presentar a su amigo al kan y guarda las formas:

—Vuestro augusto techo ampara en este día al sabio más grande de Jorasán, Omar Jayyám. Para él las plantas no tienen secretos, las estrellas no tienen misterio.

No es una casualidad que el cadí haya distinguido la medicina y la astrología entre las numerosas disciplinas en las que Omar destaca; siempre han gozado del favor de los príncipes, la primera por esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su fortuna.

El príncipe se muestra complacido, dice que se siente honrado, pero no está de humor para entablar una conversación erudita y, equivocándose aparentemente sobre las intenciones del visitante, juzga oportuno reiterar su fórmula preferida.

—¡Que su boca se llene de oro!

Omar está desconcertado y reprime un respingo. Abu Taher se da cuenta y se inquieta. Temiendo que una negativa ofenda al soberano, mira a su amigo grave e insistentemente y le empuja por los hombros. En vano, Jayyám ha tomado su decisión:

—Que Su Grandeza se digne excusarme, estoy en período de ayuno y no puedo llevarme nada a la boca.

—¡Sin embargo, el mes de ayuno se terminó hace tres semanas, si no me equivoco!

—En la época del Ramadán yo estaba de viaje de Nisapur a Samarcanda, por lo tanto tuve que suspender el ayuno, haciendo la promesa de recuperar más tarde los días perdidos.

El cadí se asusta, la asistencia se agita, el rostro del soberano es ilegible. Se decide por interrogar a Abu Taher:

—Tú que estás enterado de todas las minuciosidades de la fe, ¿puedes decirme si jawayé Omar rompería el ayuno por introducirse unas monedas de oro en la boca escupiéndolas enseguida?

El cadí adopta el más neutro de los tonos:

—Estrictamente hablando, lo que entra por la boca puede constituir una ruptura del ayuno. Y ha sucedido que se traguen una moneda por error.

Nasr admite el argumento, pero no se queda satisfecho e interroga a Omar:

—¿Me has dado la verdadera razón de tu negativa?

Jayyám duda un momento y luego dice:

—No es la única razón.

—Habla —dice el kan—, no tienes nada que temer de mí.

Entonces Omar pronuncia estos versos:

¿Es la pobreza lo que me ha conducido hasta ti?

Nadie es pobre si sabe conservar sus deseos sencillos.

No espero nada de ti, sino que me honres,

si sabes honrar a un hombre recto y libre.

—¡Que Dios ensombrezca tus días, Jayyám! —murmura Abu Taher para sí mismo.

No piensa lo que dice, pero su miedo es real. Aún resuena en sus oídos el eco de una demasiado reciente cólera y no está seguro de poder domar a la fiera una vez más. El kan permanece silencioso, inmóvil, como petrificado por una insondable deliberación; sus allegados esperan su primera palabra como un veredicto, algunos cortesanos prefieren marcharse antes de la tormenta.

Omar aprovecha el desconcierto general para buscar con los ojos a Yahán; está apoyada en una columna con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Será por él por quien ella también tiembla?

Al fin el kan se levanta. Camina resueltamente hacia Omar, le da un fuerte abrazo, le toma la mano y se lo lleva con él.

«El señor de Transoxiana», cuentan las crónicas, «tenía tal estima por Omar Jayyám que lo invitaba a sentarse cerca de él en el trono.»

—Ahora ya eres amigo del kan —lanza Abu Taher en cuanto abandonan el palacio.

Su jovialidad está a la medida de la angustia que ha secado su garganta, pero Jayyám responde fríamente:

—¿Has olvidado el proverbio que reza así: «El mar no tiene vecinos, el príncipe no tiene amigos»?

—No desprecies la puerta que se abre. ¡Tu carrera me parece trazada en la corte!

—La vida de la corte no es para mí; mi único sueño, mi única ambición es tener algún día un observatorio, con un jardín de rosas y contemplar el cielo hasta perderme en él, con una copa en la mano y una hermosa mujer a mi lado.

—¿Hermosa como esa poetisa? —ríe burlonamente Abu Taher.

Omar no tiene otra cosa en la mente, pero se calla. Teme traicionarse a la menor palabra que se le escape. Sintiéndose un poco frívolo, el cadí cambia de tono y de tema:

—Tengo que pedirte un favor.

—Eres tú quien me colma de favores.

—¡Lo admito! —concede rápidamente Abu Taher—. Digamos que quisiera algo a cambio.

Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.

—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de lbn Sina nadie los conoce mejor que tú?

Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

—Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.

—No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.

—¡Explícate!

—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat. ¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me hablen de verdad!

Se calla un instante, pero prosigue inmediatamente.

—Me he paseado por los alrededores de Samarcanda y he visto ruinas con inscripciones que nadie sabe ya descifrar, y me he preguntado: ¿Qué queda de la ciudad que antaño se elevaba aquí? No hablemos de los hombres, son las más efímeras de las criaturas, pero ¿qué queda de su civilización? ¿Qué reino ha subsistido, qué ciencia, qué ley, qué verdad? Nada. Por más que he rebuscado en esas ruinas, no he podido descubrir más que un rostro grabado en un cascote de cerámica y un fragmento de pintura en una pared. Eso es lo que serán mis miserables poemas dentro de mil años, cascotes, fragmentos, ruinas de un mundo enterrado para siempre. Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habrá posado sobre ella un poeta medio borracho.

—Comprendo tus palabras —balbucea Abu Taher un poco desconcertado—. Sin embargo, ¡no querrás dedicar a un cadí chafeíta unos poemas que huelan a vino!

De hecho, Omar sabrá mostrarse conciliador y, lleno de gratitud, aguará su vino, por decirlo así. Durante los meses siguientes comienza la redacción de un libro muy importante consagrado a las ecuaciones cúbicas. Para presentar la incógnita en ese tratado de álgebra, Jayyám utiliza el término árabe shay, que significa «cosa»; esta palabra, escrita xay en las obras científicas españolas, ha sido reemplazada progresivamente por su primera letra, «x», que se ha convertido en el símbolo universal de la incógnita.

Terminado en Samarcanda, el libro de Jayyám está dedicado a su protector:

«Somos víctimas de una época en la que los hombres de ciencia están desacreditados y muy pocos entre ellos tienen la posibilidad de consagrarse a una verdadera investigación… Los escasos conocimientos que tienen los sabios de hoy están dedicados a la persecución de fines materiales… Por lo tanto había perdido la esperanza de encontrar en este mundo a un hombre que estuviera interesado tanto por la ciencia como por las cosas del mundo y que se preocupara sinceramente por el destino del género humano, hasta que Dios me concedió la gracia de conocer al gran cadí, el imán Abu Taher. Sus favores me han permitido consagrarme a estos trabajos.»

Cuando esa noche vuelve al pabellón que le servirá de ahí en adelante de casa, Jayyám renuncia a llevarse una lámpara, pensando que es demasiado tarde para leer o escribir. Sin embargo, su camino está apenas iluminado por la luna, mortecina luz de cuarto creciente en ese fin del mes de xawwal. En cuanto se aleja de la villa del cadí, avanza a tientas, tropieza más de una vez, se agarra a los arbustos y recibe en plena cara la áspera caricia de un sauce llorón.

Apenas llega a su habitación, una voz, un dulce reproche:

—Te esperaba más temprano.

¿Es por haber pensado tanto en esa mujer por lo que ahora cree oírla? De pie, ante la puerta que cierra lentamente, busca con los ojos una silueta. En vano. Sólo la voz le llega de nuevo, audible pero como entre brumas:

—Guardas silencio, te niegas a creer que una mujer haya osado violar así tu habitación. En palacio nuestras miradas se cruzaron, un fulgor las unió, pero el kan estaba allí, y el cadí y toda la corte, y tu mirada huyó. Como tantos hombres, escogiste no detenerte. ¿Para qué desafiar al destino, para qué granjearte la ira del príncipe por una simple mujer, una viuda que sólo te aportaría como dote una lengua acerada y una dudosa reputación?

Omar se siente encadenado por alguna fuerza misteriosa y no consigue moverse ni despegar los labios.

—No dices nada —comprueba Yahán, irónica pero enternecida—. Mala suerte, continuaré hablando sola; por otra parte he sido yo la que hasta ahora ha hecho todo. Cuando abandonaste la corte hice algunas preguntas con respecto a ti, me enteré de donde vivías y dije que iba a alojarme en casa de una prima casada con un rico negociante de Samarcanda. Por lo general, cuando me desplazo con la corte suelo dormir con el harén; tengo allí algunas amigas que aprecian mi compañía y están ávidas de las historias que les cuento. No ven en mí a una rival, saben que no aspiro a convertirme en la mujer del kan. Habría podido seducirlo, pero he tratado demasiado a las esposas de los reyes para que me tiente semejante destino. ¡Para mí la vida es tanto más importante que los hombres! Ahora bien, mientras sea la mujer de otro o de nadie, el soberano consiente en que me exhiba en su diván con mis versos y mis risas. Si alguna vez pensara en casarse conmigo, empezaría por encerrarme.

Emergiendo con dificultad de su torpor, Omar no capta nada del discurso de Yahán y cuando se decide a pronunciar sus primeras palabras se dirige menos a ella que a sí mismo o a una sombra:

—Cuántas veces, adolescente, y más tarde, después de la adolescencia, me he cruzado con una mirada, con una sonrisa; por la noche soñaba que esa mirada se convertía en presencia, se hacía carne, mujer, deslumbramiento en la oscuridad. Y de pronto, entre las sombras de esta noche, en este pabellón irreal, en esta ciudad irreal, están aquí, mujer, bella, poetisa por añadidura, ofreciéndote a mí.

Ella ríe.

—¿Ofreciéndome? ¡Tú qué sabes! No me has rozado, no me has visto y sin duda no me verás, puesto que partiré mucho antes de que el sol me expulse.

En la densa oscuridad un largo y confuso frufrú de seda, un perfume. Omar contiene la respiración, su piel está alerta; no puede contener una pregunta con la ingenuidad de un colegial:

—¿Llevas aún tu velo?

—No llevo más velo que la noche.

Por Amin Maalouf


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Samarcanda: Poetas y Amantes IV

Busto de Omar Khayyam en Nishapur
Busto de Omar Khayyam en Nishapur

Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes III


Los astrólogos lo han proclamado desde el alba de los tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la rebelión, Samarcanda, La Meca, Damasco y Palermo. Nunca se sometieron a sus gobernantes si no fue por la fuerza; nunca siguen el camino recto si no está trazado por la espada, y fue por la espada como el Profeta redujo la arrogancia de los habitantes de La Meca. ¡Y por la espada reduciré la arrogancia de la gente de Samarcanda!

Nasr Kan, Señor de Transoxiana, gesticula de pie ante su trono, gigante cobrizo cubierto de bordados; su voz hace temblar a allegados y visitantes, sus ojos buscan una víctima entre la asistencia, unos labios que osen estremecerse, una mirada insuficientemente contrita, el recuerdo de alguna traición. Pero, por instinto, cada cual se escurre detrás de su vecino, inclina su espalda, su cuello, sus hombros y espera a que pase la tormenta.

Al no encontrar una presa para sus garras. Nasr Kan toma a manos llenas sus ropajes de gala, se los quita uno tras otro, los tira al suelo furioso y los patea vociferando una sarta de improperios sonoros en su dialecto turco—mogol de Kaxgar. Según la costumbre, los soberanos llevan superpuestos tres, cuatro y a veces siete vestidos bordados de los que se van despojando a lo largo del día, depositándolos con solemnidad sobre la espalda de aquellos que desean honrar. Actuando como lo acaba de hacer, Nasr Kan ha manifestado su intención de no recompensar ese día a ninguno de sus numerosos visitantes.

Sin embargo, debería ser un día de festividades, como en cada visita del soberano a Samarcanda, pero la alegría se esfumó desde los primeros minutos. Después de haber remontado la carretera enlosada que sube desde el río Siab, el kan efectuó su entrada solemne por la puerta de Bujara, situada al norte de la ciudad. Por su amplia sonrisa, sus ojillos parecían más hundidos, más oblicuos que nunca y sus pómulos brillaban por los reflejos ámbar del sol. Y luego, súbitamente, su humor cambió. Se acercó a unos doscientos notables reunidos en torno al cadí Abu Taher y dirigió al grupo con el que se había mezclado Omar Jayyám una inquieta y aguda mirada, como recelosa. Al no haber visto, al parecer, a aquellos a quienes buscaba, encabritó bruscamente su cabalgadura con un seco tirón de las riendas y se alejó mascullando inaudibles palabras. Rígido sobre su yegua negra, no volvió a sonreír ni esbozó la menor respuesta a las repetidas ovaciones de los miles de ciudadanos congregados desde el alba para saludarle a su paso; algunos agitaban al viento el texto de una petición redactada por algún memorialista. En vano. Nadie osó presentarlo al soberano y se dirigían antes bien al chambelán, que se inclinaba cada vez para recoger las hojas sin dejar de murmurar vagas promesas de darles curso.

Precedido de cuatro jinetes que llevaban en alto los oscuros estandartes de la dinastía y seguido a pie por un esclavo con el torso desnudo que sostenía un inmenso quitasol, el kan atravesó sin detenerse las grandes arterias bordeadas de tortuosas moreras, evitó los bazares, cabalgó a lo largo de los principales canales de irrigación llamados ariks hasta el barrio de Asfizar, donde se había hecho acondicionar un palacio provisional a dos pasos de la residencia de Abu Taher. En el pasado, los soberanos residían en el interior de la ciudadela, pero los recientes combates la habían dejado en un estado de ruina extrema y hubo que abandonarla. Desde entonces sólo la guarnición turca levantaba allí a veces sus tiendas.

Al comprobar el mal humor del soberano, Omar había dudado de ir a palacio para presentarle sus respetos, pero el cadí le había obligado a ello, sin duda con la esperanza de que la presencia de su eminente amigo proporcionara una saludable diversión. Abu Taher se había creído en la obligación de aclarar a Jayyán lo que había sucedido: los dignatarios religiosos de la ciudad habían decidido no asistir a la ceremonia del recibimiento porque reprochaban al kan el haber ordenado incendiar hasta los cimientos la Gran Mezquita de Bujara, donde se había encerrado, armado, un grupo de la oposición.

—Entre el soberano y los hombres de religión — explica el cadí—, la guerra es ininterrumpida, de vez en cuando abierta, sangrienta, la mayoría de las veces sorda e insidiosa. Se contaba incluso que los ulemas habrían mantenido contactos con numerosos oficiales exasperados por el comportamiento del príncipe. Sus antepasados, se decía, comían con la tropa y no perdían ninguna ocasión de recordar que su poder reposaba en la bravura de los guerreros de su pueblo. Pero de una generación a otra los kanes turcos habían adquirido las desagradables manías de los monarcas persas. Se consideraban semidioses y se rodeaban de un ceremonial cada vez más complejo, incomprensible e incluso humillante para sus oficiales, con lo que muchos de éstos estaban en tratos con los jefes religiosos. No sin placer, les escuchaban vilipendiar a Nasr, acusarle de haberse alejado de los caminos del Islam. Para intimidar a los militares, el soberano reaccionaba con extrema dureza contra los ulemas. Su padre, un hombre piadoso sin embargo, ¿no había inaugurado su reino cortando una cabeza tocada con un gran turbante?

En este año de 1072, Abu Taher es uno de los escasos dignatarios religiosos que mantiene una estrecha relación con el príncipe, lo visita a menudo en la ciudadela de Bujara, su residencia principal, y lo recibe con solemnidad cada vez que se detiene en Samarcanda. Algunos ulemas ven con malos ojos su actitud conciliadora, pero la mayoría aprecia la presencia de ese intermediario entre ellos y el monarca.

Una vez más, el cadí va a desempeñar hábilmente ese papel de conciliador, evitando contradecir a Nasr y aprovechando la mínima mejoría de su humor para inducirle a sentimientos más bondadosos. Espera, deja que transcurran los minutos difíciles y cuando el soberano se ha sentado en el trono, cuando al fin lo ve con los riñones bien arrellanados en un mullido almohadón, comienza sutil e imperceptiblemente a enderezar la situación, observado con alivio por Omar. A una señal del cadí, el chambelán hace venir a una joven esclava que recoge los vestidos tirados por el suelo como cadáveres después de la batalla. De entrada, el aire se hace menos irrespirable, los presentes se desentumecen discretamente piernas y brazos y algunos se arriesgan a susurrar algunas palabras al oído del más próximo.

Entonces, adelantándose hacia el espacio despejado en el centro de la habitación, el cadí se coloca frente al monarca y baja la cabeza sin pronunciar una sola palabra. Tanto es así que al cabo de un largo minuto de silencio, cuando Nasr termina por lanzar, con un vigor teñido de hastío: «Ve a decir a todos los ulemas de esta ciudad que vengan al alba a prosternarse a mis pies; la cabeza que no se incline será cercenada; y que nadie trate de huir, porque no existe tierra fuera del alcance de mi cólera», todos comprenden que la tempestad ha pasado, que una solución está a la vista y que basta con que los religiosos se enmienden para que el monarca renuncie a castigar con rigor.

Por eso, al día siguiente, cuando Omar acompaña de nuevo al cadí a la corte, la atmósfera es irreconocible. Nasr está sentado en el trono, una especie de cama—diván, en alto, cubierto con un tapiz oscuro, cerca del cual un esclavo sostiene una bandeja con pétalos de rosa confitados. El soberano escoge uno, se lo pone sobre la lengua y lo deja deshacerse contra el paladar antes de tender la mano indolentemente hacia otro esclavo que le rocía los dedos con agua perfumada y se los seca con diligencia. El ritual se repite veinte, treinta veces mientras las delegaciones desfilan. Representan a los barrios de la ciudad, principalmente Asfizan, Panijin, Zagrimax, Maturid, las corporaciones de los bazares y las de los oficios, caldereros, comerciantes de papel, sericultores o aguadores, así como las comunidades protegidas, judíos, guebros y cristianos nestorianos.

Todos comienzan por besar el suelo, luego se levantan, saludan de nuevo con una prolongada zalema hasta que el monarca les da la señal de incorporarse. Entonces su portavoz pronuncia algunas frases y se retiran todos andando hacia atrás; en efecto, está prohibido volver la espalda al soberano antes de haber salido de la habitación. Una curiosa práctica. ¿La habría introducido un monarca demasiado cuidadoso de su respetabilidad? ¿Algún visitante particularmente desconfiado?

A continuación se acercan los dignatarios religiosos, esperados con curiosidad y también con recelo. Son más de veinte. Abu Taher no ha tenido dificultad en convencerlos de que vinieran. Desde el momento en que han manifestado ampliamente su resentimiento, perseverar por ese camino sería buscar el martirio, lo que ninguno de ellos desea.

Allí están, presentándose ante el trono e inclinándose lo más profundamente posible, cada uno según su edad y sus articulaciones, esperando una señal del príncipe para incorporarse. Pero la señal no llega. Pasan diez minutos. Luego veinte. Ni siquiera los más jóvenes pueden permanecer indefinidamente en una postura tan incómoda. Sin embargo, ¿qué hacer? Incorporarse sin haber sido autorizado a ello sería designarse para la venganza del monarca. Uno después de otro caen de rodillas, actitud igualmente respetuosa y menos agotadora. Sólo cuando la última rótula ha tocado tierra, el soberano hace la señal de levantarse y retirarse sin discurso. Nadie se asombra del cariz que han tomado los acontecimientos; es el precio que hay que pagar, está en el orden de las cosas del reino.

A continuación se acercan unos oficiales turcos y grupos de notables, así como algunos dihkans, hidalgüelos de los pueblos vecinos; besan el pie del soberano, su mano o su hombro, cada uno según su rango. Luego se adelanta un poeta y recita una pomposa elegía a gloria del monarca, quien pronto se muestra ostensiblemente aburrido. Le interrumpe con un gesto, hace una señal al chambelán para que se incline y le da la orden que debe transmitir.

—Nuestro señor hace saber a los poetas aquí presentes que está harto de oír repetir siempre los mismos temas y no quiere que se le siga comparando con un león, ni con un águila y aún menos con el sol. Que los que no tengan otra cosa que decir, se vayan.

Por Amin Maalouf


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Samarcanda: Poetas y Amantes III

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes II

Esa noche, Omar intenta inútilmente conciliar el sueño en un mirador o pabellón de madera que se encuentra sobre una pelada colina en medio del gran jardín de Abu Taher. Cerca de él, en una mesa baja, cálamo y tintero, una lámpara apagada y su libro, abierto por la primera página, que sigue en blanco.

Al amanecer, una visión: una bella esclava le trae una bandeja con rajas de melón, un traje nuevo y una banda de turbante de seda de Zandán. Y un mensaje susurrado:

—El amo te espera después de la oración del alba.

El salón ya está lleno: demandantes, pedigüeños, cortesanos, allegados, visitantes de toda condición y entre ellos el estudiante de la cicatriz, que sin duda ha venido para saber noticias. Cuando Omar cruza la puerta, la voz del cadí le convierte en blanco de miradas y murmullos:

—Bienvenido sea el imán Omar Jayyám, el hombre al que nadie iguala en el conocimiento de la tradición del Profeta, la referencia que nadie discute, la voz que nadie contradice.

Uno después de otro los visitantes se levantan, esbozan una zalema y mascullan alguna fórmula antes de volver a sentarse. Con una furtiva mirada, Omar observa al de la cicatriz, que parece ahogarse en su rincón, refugiado sin embargo en una mueca tímidamente burlona.

Con la mayor ceremonia del mundo, Abu Taher ruega a Omar que tome asiento a su derecha, obligando a sus vecinos a apartarse solícitamente. Luego continúa.

—Nuestro eminente visitante tuvo ayer tarde un contratiempo. Él, a quien se honra en Jorasán, Fars y Mazandarán, a quien todas las ciudades desean acoger entre sus muros, a quien todos los príncipes desean atraer hacia su corte, fue importunado ayer en las calles de Samarcanda.

Exclamaciones indignadas se elevan, seguidas de una algarabía que el cadí deja aumentar un tanto, antes de apaciguarla con un gesto y proseguir:

—Y lo que es más grave, un alboroto estuvo a punto de estallar en el bazar. ¡Un alboroto, la víspera de la visita de nuestro venerado soberano Nasr Kan, Sol de la Realeza, que debe llegar esta misma mañana de Bujara, si Dios lo permite! No me atrevo a imaginar en qué aflicción nos encontraríamos hoy si no hubiéramos podido contener y dispersar a la multitud. Os lo digo: ¡muchas cabezas estarían vacilando sobre sus hombros!

Se interrumpe para tomar aliento, para causar impresión, sobre todo, y dejar que el miedo se insinúe en los corazones.

—Felizmente, uno de mis antiguos alumnos, aquí presente, reconoció a nuestro eminente visitante y vino a advertirme.

Señala con el dedo al estudiante de la cicatriz y le invita a levantarse:

—¿Cómo reconociste al imán Omar?

A modo de respuesta, algunas sílabas balbuceadas.

—¡Más alto! ¡Aquí nuestro anciano tío no te oye! —vocifera el cadí señalando a una venerable barba blanca que está a su izquierda.

—Reconocí al eminente visitante gracias a su elocuencia —enuncia con dificultad el de la cicatriz—, y lo interrogué sobre su identidad antes de traerlo ante nuestro cadí.

—Has actuado bien. Si hubiera continuado el tumulto, habría corrido la sangre. Ven a sentarte cerca de nuestro invitado, te lo has merecido.

Mientras el de la cicatriz se acerca con un aire falsamente humilde, Abu Taher murmura al oído de Omar:

—Aunque no se haya hecho amigo tuyo, al menos no podrá ya atacarte en público.

Prosigue en voz alta:

—¿Puedo esperar que a pesar de todo lo que ha soportado, jawayé Omar no guarde demasiado mal recuerdo de Samarcanda?

—Lo que pasó ayer tarde —responde Jayyám— lo he olvidado ya y cuando más tarde piense en esta ciudad será otra imagen la que conserve en mi mente, la imagen de un hombre maravilloso. No estoy hablando de Abu Taher. El más bello elogio que se puede hacer a un cadí no es alabar sus cualidades, sino la nobleza de aquellos que tiene a su cargo. Ahora bien, el día de mi llegada, mi mula había subido penosamente la última pendiente que lleva a la puerta de Kix y yo apenas había puesto un pie en tierra cuando me abordó un hombre: «Bienvenido a esta ciudad» me dijo, «¿tienes aquí parientes o amigos?» Respondí que no sin detenerme, temiendo habérmelas con algún timador o, por lo menos, con un pedigüeño o un importuno. Pero el hombre prosiguió: «No desconfíes de mi insistencia, noble visitante. Es mi señor quien me ha ordenado apostarme en este lugar al acecho de todo viajero que se presente para ofrecerle hospitalidad.»

El hombre parecía de condición modesta, pero iba vestido con ropa limpia y no ignoraba los modales de las personas de respeto. Le seguí. A algunos pasos de allí, me hizo entrar por una pesada puerta, atravesé un pasillo abovedado y me encontré en el patio de un caravasar, con un pozo en el medio y personas y bestias atareadas, y, rodeando el patio, una construcción de dos pisos con habitaciones para viajeros. El hombre dijo: «Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, una noche o una temporada. Encontrarás cama y comida y forraje para tu mula.» Cuando le pregunté el precio que debla pagar se ofendió: «Eres el invitado de mi señor.» «¿Y dónde está ese anfitrión tan generoso para que pueda expresarle mi agradecimiento?» «Mi señor murió hace ya siete años, dejándome una suma de dinero que debía gastar en su totalidad para honrar a los visitantes de Samarcanda.» «¿Y cómo se llamaba ese señor, para que al menos pueda contar sus favores?» «Únicamente el Altísimo merece tu gratitud, dale las gracias a Él, que sabrá quién es el hombre por cuyas buenas acciones se le dan.» Y fue así como durante varios días permanecí en casa de ese hombre. Salía y entraba y siempre encontraba allí platos compuestos de deliciosos manjares y mi cabalgadura estaba mejor cuidada que si me ocupara de ella yo mismo.

Omar mira a la asistencia buscando alguna reacción. Pero su relato no ha provocado ninguna chispa en los labios, ninguna pregunta en los ojos. Adivinando su perplejidad, el cadí le explica:

—Muchas ciudades pretenden ser las más hospitalarias de todas las tierras del Islam, pero sólo los habitantes de Samarcanda merecen semejante título. Que yo sepa, jamás ningún viajero ha tenido que pagar para alojarse o alimentarse, y conozco a familias enteras que se han arruinado para honrar a los visitantes o a los necesitados. Sin embargo, nunca las oirás enorgullecerse y vanagloriarse por ello. Como has podido observar, en esta ciudad hay más de dos mil fuentes colocadas en cada esquina de una calle, hechas de barro cocido, cobre o porcelana y constantemente llenas de agua fresca para apagar la sed de los transeúntes. Todas ellas han sido regaladas por los habitantes de Samarcanda. ¿Crees que algún hombre grabaría allí su nombre para granjearse el agradecimiento de alguien?

—Lo reconozco, en ningún sitio he encontrado semejante generosidad. Sin embargo, ¿me permitiríais formular una pregunta que me obsesiona?

El cadí le quita la palabra:

—Ya sé lo que vas a preguntarme. ¿Cómo una gente que aprecia tanto las virtudes de la hospitalidad puede ser culpable de violencias contra un forastero como tú?

—O contra un infortunado anciano como Jaber el Largo.

—Voy a darte la respuesta. Se resume en una sola palabra: miedo. Aquí toda violencia es hija del miedo. Nuestra fe se ve acosada por todas partes: por los karmates de Bahrein, los imaníes de Qom, que esperan la hora del desquite, las setenta y dos sectas, los rum de Constantinopla, los infieles de todas denominaciones y, sobre todo, los ismaelíes de Egipto, cuyos adeptos son una multitud hasta en el pleno corazón de Bagdad e incluso aquí en Samarcanda. No olvides jamás lo que son nuestras ciudades del Islam. La Meca, Medina, Ispahán, Bagdad, Damasco, Bujara, Merv, El Cairo, Samarcanda: nada más que oasis que un momento de abandono devolvería al desierto. ¡Constantemente a merced de un vendaval de arena!

Por una ventana a su izquierda, el cadí, con una mirada experta, evalúa la trayectoria del sol y se levanta.

—Es hora de ir al encuentro de nuestro soberano —dice.

Da unas palmadas.

 —¡Que nos traigan algo para el viaje!

Porque suele llevar uvas pasas que va comiscando por el camino, costumbre que sus allegados y visitantes imitan. De ahí la inmensa bandeja de cobre que le traen, rematada por una pequeña montaña de esas golosinas color miel, de la cual cada uno se abastece hasta atiborrarse los bolsillos.

Cuando llega su turno, el estudiante de la cicatriz coge algunas, que tiende a Jayyám con estas palabras:

—Seguramente habrías preferido que te ofrecieran uva bajo la forma de vino.

No ha hablado en voz muy alta pero, como por encanto, toda la asistencia se ha callado, conteniendo la respiración, aguzando el oído y observando los labios de Omar, que deja caer:

—Cuando se quiere beber vino, se escoge con cuidado al escanciador y al compañero de placer.

La voz del de la cicatriz se eleva un poco:

—Por mi parte no beberé ni una gota. Quiero tener un sitio en el paraíso. No pareces deseoso de unirte a mí allí.

—¿La eternidad entera en compañía de ulemas sentenciosos? No, gracias. Dios nos ha prometido otra cosa.

El intercambio de palabras se detiene ahí. Omar apresura el paso para unirse al cadí que le está llamando.

—Es necesario que la gente de la ciudad te vea cabalgar a mi lado. Éso barrerá las impresiones de ayer tarde.

Entre el gentío apelotonado en las inmediaciones de la resistencia, Omar cree reconocer a la ladrona de almendras disimulada a la sombra de un peral. Aminora el paso y la busca con los ojos, pero Abu Taher le hostiga:

—Más deprisa. ¡Ay de tus huesos si el kan llega antes que nosotros!

Por Amin Maalouf

Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes IV

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