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El Acusado – Naguib Mahfuz

Iba solo en su pequeño coche, sin otra distracción que la velocidad: volaba sobre el asfalto que, separando en dos partes el desierto, conducía a Suez.

La monotonía del paisaje aumentaba su sensación de soledad, sin que apareciera ningún elemento nuevo en aquel viaje de ida y vuelta que se veía obligado a realizar una vez a la semana.

Aquel día, divisó a lo lejos un gran camión y, decidido a alcanzarlo, aumentó la velocidad de su Ramsés.

Era un camión cisterna, grande como una locomotora, en cuya parte posterior iba agarrado un ciclista que, sin sentirse fatigado, daba alguna que otra patada a la rueda izquierda mientras cantaba.

¿De dónde vendría el ciclista y adonde iría? ¿Podría haber recorrido todo aquel trayecto en bicicleta si no hubiera encontrado un vehículo que tirase de él?

El hombre sonrió con admiración y miró al ciclista con lástima. Pasaron cerca de unas colinas situadas a la derecha de la carretera, tras las cuales se extendía un gran maizal rodeado de un terreno de pasto para las cabras.

El hombre redujo instintivamente la velocidad para gozar del fresco verdor y, de pronto, un grito rasgó el silencio. Asustado, miró hacia delante y vio cómo la rueda del camión arrollaba a la bicicleta y al ciclista, y continuaba su camino como si tal cosa.

El hombre gritó aterrado y continuó dando gritos para llamar la atención del conductor del camión. Se detuvo a unos dos metros de la bicicleta y salió del coche sin pensarlo y sin dejar de dar gritos al camionero.


Se acercó, temeroso, al lugar del accidente y vio el cuerpo tendido sobre el costado izquierdo, con el brazo derecho de piel morena extendido a su lado y la pequeña mano, cubierta de contusiones y heridas, asomando por la camisa de media manga llena de polvo. De la cara, no se veía más que la mejilla derecha, y las piernas, dentro de un pantalón gris hecho jirones y empapado de sangre, continuaban sujetas a la bicicleta, que tenía las ruedas aplastadas, los radios doblados y un lado del manillar roto.

La víctima, que aparentaba como veinte años, respiraba profunda e irregularmente. Al verlo, la cara del hombre se contrajo y le dirigió una mirada triste y compasiva, pero sin saber qué hacer. Se sentía impotente en medio de aquella soledad. Desechó la idea de llevarlo en su coche, temiendo que pudieran implicarle en el accidente. Cuando por fin logró salir de su perplejidad, decidió seguir al camión que había causado el accidente. Tal vez por el camino encontrara un puesto de vigilancia o de control para denunciar el caso.

Volvió a su coche y, cuando se disponía a entrar, oyó una voz, mejor dicho, muchas voces, que le gritaban:

– ¡Quieto, no te muevas!

Se dio la vuelta y vio a un grupo de campesinos que corrían hacia él desde la zona de cultivo. Algunos iban provistos de bastones y otros de piedras.

El hombre, sin atreverse a entrar al vehículo por miedo a que le lapidaran, se volvió hacia ellos temblando por la crítica situación en la que se encontraba.

Ante aquellos rostros airados y agresivos, perdió cualquier esperanza de poder explicarse. Extendió rápidamente la mano hacia la guantera, sacó una pistola y, apuntándolos, gritó con voz temblorosa:

– Quedaos donde estáis.

Con cierta inquietud, se dio cuenta inmediatamente de que su actitud le había hecho perder la esperanza de poder explicar lo sucedido a aquellos hombres, pero no había tenido tiempo de reflexionar.

Los campesinos aminoraron la marcha y luego se detuvieron a unos diez metros, con la mirada ardiente de ira, debido a la impotencia que sentían ante la pistola.

Bajo los rayos del sol, los rostros aparecían oscuros, ajados y graves; las manos agarraban los bastones y las piedras, y los gruesos pies descalzos se aferraban al asfalto.

Entonces uno de ellos dijo:

– ¿Quieres matarnos como a él?- Yo no lo he matado, ni siquiera le he tocado. Ha sido el camión cisterna.
– No, ha sido tu coche.
– Pero si no lo habéis visto…
– Lo hemos visto todo.
– Me estáis impidiendo que alcance el camión que ha causado el accidente.
– Tú lo único que quieres es huir.

La cólera de los campesinos aumentaba y el temor del hombre crecía en la misma proporción. Le aterraba la idea de verse obligado a disparar y matar a alguien; eso le pondría en una situación crítica de la que sería imposible escapar. ¿Cómo podía librarse de aquella pesadilla? ¿Sería un sueño?

– Creedme, yo no lo he tocado. He visto con mis propios ojos cómo lo arrollaba el camión.
– Has sido tú quien lo ha atropellado.
– Habría que ir al hospital más cercano.
– ¡Vaya ocurrencia!
– ¿Y al puesto de policía?
– ¡Peor!
– Entonces, os pido que os tranquilicéis, y la verdad resplandecerá.
– No huyas y la verdad aparecerá.
– ¡Por Dios! ¿Por qué os empeñáis en ese embuste?
– Y tú, ¿por qué le has matado?

¡Qué infierno de dificultades y mentiras! ¿Cuándo se terminará esta espera infernal, el sufrimiento lento, el miedo y el pensamiento febril? ¡Por qué se habría parado! ¿Cómo iba a resplandecer la verdad? El conductor del camión cisterna ni siquiera se había enterado de lo ocurrido. No había la menor esperanza de que la situación fuera sólo un sueño aterrador.

El joven que yacía en el suelo emitió una especie de estertor, seguido de un prolongado gemido. Después enmudeció. Uno de los campesinos exclamó:

– Dios te castigará.
– Dios castigará al autor del hecho -repliqué.
– Tú has sido el autor.
– Yo lo único que he hecho ha sido pararme.
– Creías que estabas solo…
– Al contrario, pensaba en socorrerlo.
– ¡Socorrerlo!
– Es inútil hablar con vosotros.
– Completamente.


Si les daba la espalda un instante, lo lapidarían. No podía librarse de aquella tortura ni tenía posibilidad de alcanzar el camión. Él era la única víctima, sin esperanza de escapatoria. ¡Qué horror! ¿Cuál sería la responsabilidad que determinarían y el castigo que le impondrían? ¿Se salvaría el pobre muchacho? La mirada del hombre mostraba desesperación y la de los campesinos un rencor tenaz.

De pronto, aparecieron dos coches en el horizonte y, cuando los vio acercarse, el hombre respiró tranquilo. Una ambulancia y un coche de policía llegaban al lugar del accidente. Los enfermeros, rodeados por los presentes, se dirigieron inmediatamente hacia la bicicleta, liberaron con delicadeza las piernas de la víctima y transportaron al herido a la ambulancia con mucho cuidado. Luego, se fueron por donde habían llegado.

Los policías alejaron a los presentes de la bicicleta mientras un inspector examinaba en silencio el lugar del accidente. Luego, se dirigió al hombre y le preguntó:

– ¿Ha sido usted?

Los campesinos gritaron que sí, pero el inspector los mandó callar con un gesto de la mano y observó con atención al hombre. Éste respondió:

– No. Yo circulaba detrás del camión cisterna y el chico iba en su bicicleta, agarrado a la parte posterior. En un momento dado, oí un grito y lo vi bajo la rueda trasera del camión.
– El fue quien le atropello -gritaron muchos de los presentes.
– Yo no lo he tocado. Sólo he sido testigo del accidente.

Volvió el alboroto y el inspector gritó:

– Hablad con orden. -Luego, le preguntó al hombre-: ¿Ha visto el accidente en el momento en que se producía?
– No. Cuando me volví hacia el lado del que procedía el grito, vi la bicicleta bajo la rueda del camión.
– Pero ¿cómo fue a parar allí?
– No lo sé.
– ¿Y qué hizo usted?
– Paré el coche para ver lo que había sucedido y lo que se podía hacer; luego quise alcanzar al camión, pero vi a ésos corriendo hacia mí con bastones y piedras y me vi obligado a amenazarlos con la pistola.
– ¿Tiene licencia de armas?
– Sí, soy agente de cambio en Suez y viajo mucho.

El inspector se volvió hacia los campesinos y les preguntó:

– ¿Por qué le acusáis?
– Lo hemos visto con nuestros propios ojos y le hemos impedido huir -respondieron a gritos.
– ¡Embusteros! Vosotros no habéis visto nada.

El inspector le ordenó a un policía que permaneciera custodiando el lugar y a otro que avisara al fiscal. Luego, se dirigió con todos los presentes al puesto de policía para tomarles declaración.

Ali Musa, el acusado, sostuvo con firmeza su versión de los hechos, y lo mismo hicieron los campesinos. El primero repetía que a través de la investigación se descubriría la verdad. Se enteró de que la víctima, que se llamaba Iyad Al Gafari, era un vendedor ambulante que tenía diversos negocios con la mayor parte de los campesinos. Ali Musa preguntó:

– ¿Por qué me habría parado, si de verdad fuera culpable?

A lo que el inspector le respondió con frialdad:

– No todos los que atropellan a alguien huyen necesariamente.

Todos permanecieron esperando: los campesinos sentados en el suelo y Ali Musa en una silla, con permiso del inspector. El tiempo transcurría lento, pesado y penoso.

Finalizado el atestado, el inspector dejó de interesarse por los presentes, como si ya no tuviera nada que ver con el asunto, y se puso a leer el periódico para distraerse.

El hombre se preguntaba por qué los campesinos se empeñaban en acusarle, y lo que más le preocupaba era que parecían convencidos de su declaración, como si de verdad fueran sinceros. ¿Se habrían dejado engañar por las apariencias? Tal vez, como suele suceder, alguno había dado su versión de los hechos y los otros, instintivamente, le habían seguido. ¡Ah! La única esperanza era que Iyad Al Gafari se salvase: sólo él podía despertarlo de aquella pesadilla con una sola palabra.

Ali Musa le preguntó al inspector con delicadeza y esperanza:

– ¿Podemos preguntar cómo se encuentra el herido?

El inspector le miró con cara de pocos amigos; no obstante, llamó al hospital. Tras colgar, informó:

– Está en el quirófano. Ha tenido una fuerte hemorragia y el pronóstico es reservado.

Tras unos momentos de duda, Ali Musa preguntó:

– ¿Y cuándo vendrá el fiscal?
– Ya te enterarás cuando llegue.
– ¿Por qué alguien tiene que encontrarse en una situación así? -se preguntó Ali Musa en un tono muy bajo.
– Tal vez usted tenga la respuesta -replicó el inspector, y continuó leyendo el periódico.

Ali Musa recayó en aquel terrible estado de abandono, mirando aquel lugar con rencor. Aquellos campesinos deseaban que él fuera condenado, y el sentimiento era recíproco: si él pudiera condenarlos, también lo haría.

El inspector realizaba su trabajo como una máquina, y una fuerza ciega y desconocida parecía querer destruirlo inconscientemente. Había cometido muchos errores, pero era absurdo relacionar su estado de confusión con cualquier hipótesis lógica. Lanzó un suspiro y exclamó:

– ¡Ay, Dios mío!

Y más de una voz exclamó, por motivos opuestos:

– ¡Dios mío!

Visiblemente nervioso, les gritó:

– ¡No tenéis conciencia! Y ellos respondieron:
– Dios es testigo de lo que has hecho, miserable. El inspector levantó la vista del periódico y dijo enfadado:
– No voy a permitir eso. Ali, indignado, replicó:
– Si no fuera por las mentiras y los inventos, ahora estaría en mi casa tranquilamente.
– Si no fuera por tu irresponsabilidad, el pobre Iyad estaría en su casa tan tranquilo -le contestó uno de los hombres.

El inspector les lanzó una mirada que los hizo callar y, en medio de aquel silencio, la espera se hizo aún más penosa.

El tiempo pasaba tan lentamente que daba la impresión de que iba hacia atrás. Ali se sintió tan angustiado que se dirigió de nuevo al inspector y le preguntó con suma educación:

– Señor, no se puede imaginar lo que estoy pasando… ¿Puedo saber cuándo vendrá el fiscal?

El inspector, sin levantar la vista del periódico, respondió con malos modos:

– ¿Crees que tu caso es más importante que los demás?


No recordaba haber pasado en su vida por un trance tan doloroso. ¿Es que las esperanzas rotas, la hostilidad, por motivos inexplicables, de los campesinos y el cielo infinito, bajo el cual se había producido el accidente, no tenían la importancia suficiente?

Con el transcurso de las horas, se sintió terriblemente abatido. Sin tener en cuenta el riesgo que corría se dirigió de nuevo al inspector:

– Señor.
– ¿Es que no vas a callarte de una vez? -le interrumpió el otro, como si estuviera al acecho.
– Es que me siento muy angustiado.
– Si yo tuviera que compartir la angustia de todos los que han pasado por aquí, me habría muerto de pena el primer día de trabajo.
– ¿No sería posible, al menos, preguntar cómo se encuentra el herido?
– Informarán de cualquier novedad sin necesidad de que preguntemos.

«Mi vida depende de la tuya, Iyad. Las circunstancias pueden hacer caer en un error al fiscal, a pesar de su perspicacia. ¿El que acabe en la cárcel, sin culpa alguna, es algo sin importancia? Si fuera posible, sería mejor que me encogiera de hombros y sonriera con desprecio y estupidez. Antes, tenía ganas de llorar y ahora, casi tengo ganas de reírme.»

«¡Por Dios! Piensa en tus culpas pasadas para consolarte de esta situación, aunque no haya ninguna relación entre ellas. ¿Quién ha dicho que el caos se supera con el caos?»

Veo los ojos de esos campesinos a través de una lente negra impuesta durante siglos. Pero yo no soy responsable, o tal vez sí lo soy, inconscientemente. Estoy pensando, por primera vez en mi vida, y pensaré más detrás de los barrotes. Hoy he sabido algo que antes ignoraba y de lo que sólo había oído hablar: la casualidad, el destino, la fortuna, la intención, el trabajo, los campesinos, el inspector, el efendi, el viento estacional, el petróleo, el camión, la lectura de los periódicos en el puesto de policía, lo que es importante y lo que no lo es.

Es necesario volver a pensar en todas estas cosas, considerándolas de forma individual y relacionándolas entre sí. Es necesario comenzar por la primera letra del alfabeto para comprender y controlar todo, de forma que nada pueda parecer poco importante. La culpa no la tienen las calamidades sino la ignorancia.

Desde ahora, no debes someterte ni a la evidencia del sistema solar ni al lenguaje oculto de las estrellas. ¿Por qué temes al inspector que lee las esquelas fúnebres en los periódicos sin conmoverse?

– ¡Esto es intolerable! -exclamó con toda la potencia de su voz.

La cara del inspector asomó por encima del periódico con una mirada de desaprobación, pero él continuó con aspereza:

– ¡Usted no hace nada más que leer el periódico!
– ¿Quién eres tú para decirme eso?
– Lo que ha oído.
– ¿Es que no tienes miedo?
– No tengo miedo de nada.
– Si has perdido el control de los nervios, tengo medicinas para todos los males.
– Yo también tengo medicinas para todos los males.
– ¿Tú? -preguntó el inspector poniéndose de pie, furioso.
– Usted está retrasando la llegada del fiscal e impidiendo que la ley siga su curso.
– Te voy a meter en el calabozo.
– ¿Es que hay algo peor que este caos?
– ¿Te estás haciendo pasar por loco?

Ali se levantó desafiante, con la mirada perdida. El inspector llamó al policía; pero en aquel momento sonó el teléfono. El inspector levantó el auricular, escuchó durante algunos minutos y luego colgó. Miró a Ali con rencor y, reprimiendo una sonrisa maliciosa, dijo:

– La víctima ha muerto a consecuencia de las graves heridas.

Ali Musa palideció y sostuvo la mirada maliciosa del otro. Luego, poseído por una ira loca, gritó con voz trémula:

– La ley todavía no se ha pronunciado. Esperaré…

Naguib Mahfuz

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Sirios: los precursores de una cultura milenaria

El Imperio asirio fue una superpotencia.

¿Quiénes son los sirios?


Los siriacos son los descendientes de la civilización de Siria y Mesopotamia.

Son descendientes de los arameos y los asirios. Los caldeos y los babilonios, los fenicios, los cananeos sumerios y acadios, que se convirtieron al cristianismo en el primer siglo, todos de ellos formaron la nación de Siria que dio el mundo de la cultura de los pueblos del Oriente como un todo. La herencia griega fue transmitida a través de traducciones de escritores, eruditos y pensadores sirios.

La civilización siríaca comenzó a formarse desde el siglo XII a.C, donde los residentes de Medio Oriente hablaban diferentes dialectos del idioma arameo. Este lenguaje ha sido hablado en  Irán y Urmia al este y noreste, a Irak, a Nínive, a Babilonia y Basora al sur, incluyendo Mesopotamia, así como desde el extremo noreste, la orilla occidental del lago Urmia, las montañas Hakkari y el lago Wan hasta las afueras de Armenia y todo Kilika, Diyarbakir, Mardin y Al-Raha, Antioquía e Iskenderun cruzando el Mediterráneo hacia el oeste y hacia el sur a lo largo de la costa mediterránea, (Líbano, Palestina y Jordania), e incluso el noreste de Egipto, sin ignorar Palmyra y el resto del territorio sirio. El arameo también era conocido y practicado en la península arábiga al sur.

 ¿Cuándo comenzó a caer esta civilización?

Los reyes arameos lucharon contra los asirios, los babilonios y los egipcios. Las ciudades sirias cayeron una tras otra bajo la autoridad de los extranjeros hasta que Alejandro Magno, el macedonio llegó y se estableció como  rey sobre todo Oriente en 330 aC.

Así los griegos entraron a la tierra de Siria, con ellos, el idioma griego y luego la caída de la ciudad de Palmyra  en manos de los romanos a finales del siglo III d.C. La última ciudad del pueblo sirio terminó por convertirse en una ciudad bajo el dominio de Roma.


 La llegada del Islam

Cuando los musulmanes conquistaron el Levante, el rechazo de los arameos hacia los árabes fue visto como la salvación de los persas. Los bizantinos cristianos eran perseguidos y más tarde, sufrieron las invasiones de los turcos y mongoles desde el siglo XIV hasta la gran masacre durante la Primera Guerra Mundial, en la que más de un cuarto de millones de ortodoxos siríacos fueron masacrados en toda la región.

Hay dos importantes innovaciones asociadas con los alfabetos siríacos: el uso de vocales y de signos diacríticos.

 ¿Hay dialectos siríacos o es un idioma?

Cuando los habitantes de Oriente Medio en un acuerdo con el Reino de Edesa que era conocido como el reino de la ciencia y el conocimiento, la lengua utilizada era el que persiste hasta hoy utilizada por los siriacos ortodoxos, católicos y maronitas, una especie de dialecto derivado del arameo. Los asirios orientales, (asirios y caldeos), usaban el dialecto siríaco.

La corriente de Turevidian en Turquía habla su propio dialecto llamado Toruyo. En Siria, hasta la fecha, hay tres pueblos que hablan dialecto nabateo, a saber, arameo, el mismo que hablaba Jesucristo.

¿Cuál es la relación entre los caracteres siríacos en el alfabeto fenicio?

 En el siglo 10 a.C los arameos tomaron el alfabeto de los fenicios y lo usaron para escribir y al  que desarrollaron más tarde, se pueden observar en los nombres de las ciudades y pueblos libaneses de origen siríaco, no fenicios, (Fenicio significa en Syriac Marfa).

¿Cuál es la relación entre los caracteres siríacos y el alfabeto árabe?

Cuando llegaron los árabes, agregaron seis letras al alfabeto siríaco y el resto de las letras. Los árabes en los albores del Islam, usaron el idioma siríaco . Luego comenzaron a usar el árabe pero utilizaron las traducciones de siríacos de todas las ciencias.

Filosofía griega

La era abásida era la época del califa Harun al-Rashid y sus dos hijos, Amin y al-Ma’mun, la edad de oro de la traducción y el transporte. Los árabes, la civilización y el idioma árabe reemplazaron fuertemente al idioma siríaco en ese momento.

 Siria y Líbano

Desde el siglo XV, los sirios en Líbano comenzaron a convertirse a las doctrinas maronita, ortodoxa o católica. El número de sirios siguió disminuyendo en Irak y Siria, y gran parte de Alepo se convirtió a la fe católica dejando su lengua materna. A principios del siglo XX, solo en el sudeste de Turquía había grandes cantidades de personas de origen sirio.

Hoy en día, la comunidad siria está muy extendida en Europa, particularmente en Noruega, Suecia y Alemania. También hay un gran número de ellos en los Estados Unidos, Canadá y Australia.


 El Evangelio sirio

En 1555, el emperador Fernando de Austria, en Viena, ordenó publicar la Biblia entera en siriaco admirado por la fuerza del pueblo sirio para enfrentar el poder del Sultán Otomano Suleiman I. Situación por la cual hubo un gran arribo de sirios en Austria.

 Música siríaca

Lo que perdura hasta el día de hoy, es la música siríaca  religiosa, que data del siglo IV dC. Hoy notamos que muchas de las canciones populares en los países árabes son música siriaca por excelencia.

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El ilusionismo y los trucos de magia – Su origen en el antiguo Egipto

El Mago

El ilusionismo se remonta a la más lejana antigüedad. Los primeros datos escritos y documentados de magia vienen de Egipto, hace más de 4000 Años. Un dibujo en la pared de una cámara mortuoria de la ciudad de Beni Hassan —trazado probablemente 2200 años antes de Cristo— representa a dos hombres dedicados a realizar con unos cuencos en forma de copa lo que parece un truco de ilusionismo. Los jeroglíficos que indican salida de debajo dan la impresión de confirmar que debajo de una de las vasijas se encuentra una bola o algún pequeño objeto redondo, a punto de aparecer en forma mágica. Henry Westcar, un aventurero británico, descubrió en 1825 el papiro Westcar, primer documento que describe una función mágica realizada por el mago Dedi en la corte real de Keops.

Los antiguos Magos

En la antigüedad los magos eran los sacerdotes, estos eran estudiosos de la astrología y de la alquimia, y utilizaban la magia para acrecentar la eficacia de las ceremonias religiosas consiguiendo que el pueblo creyera en los dioses y en los poderes sobrenaturales, así el pueblo otorgaba ofrendas que aprovechaban los sacerdotes.


Truco de tazas y bolas

La evidencia de que se suele utilizar para apoyar la afirmación de que el truco de tazas y bolas es el más antiguo, viene de Egipto, donde fuera de El Cairo, cerca de la aldea de Beni Hassan, se encuentran 39 tumbas antiguas. Las paredes de estas criptas están cubiertas, así como las tumbas egipcias más famosas, con murales que representan escenas de la vida cotidiana en el antiguo Egipto.

En la tumba de Baqet III, un gobernador de la provincia de la región, que gobernó alrededor del año 2.000 antes de Cristo, donde la causa de mucho debates entre los historiadores de magia ha descansado por alrededor de 4.000 años.

Un elemento básico de casi todos los resultados de los vasos y las bolas a través de los años ha incluido la penetración de una bola a través de la parte superior de otra taza. Este truco se ve facilitado por la acumulación de una taza en la parte superior de la otra, ocultando así la bola de la vista. Entonces se cae por debajo de la taza más baja.

En el cuadro en la pared, en Beni Hassan, mientras que no hay vasos descansando en la parte superior de los demás, hay muy poco espacio para que una bola que esté encima de una de las tazas. Este hecho parece decir que la ilustración no es una hazaña de prestidigitación, sino más bien de un juego de algún tipo. Lo importante es recordar aquí, que los egipcios pintaron las paredes de sus tumbas sin un significado oculto en la mente, es decir, pintaron simplemente lo que deseaban transmitir.

El papiro Westcar

De  169 cm de longitud y 33 cm de altura. 9 hojas en el recto y tres en el verso. Las 11 primeras son prácticamente del mismo ancho, la última es algo más estrecha. Los tres cuentos que se encuentran en mejor estado contienen entre 25 y 27 líneas por página. Del primer cuento sólo quedan las últimas palabras, el segundo tiene una gran laguna y los tres últimos están en buen estado, excepto el final del quinto que se ha perdido. Redactado en escritura Hierática del tipo literario el papiro se encuentra en el Museo de Berlín, (Papiro de Berlín 3033).

El Papiro de Westcar, (Papiro de Berlín 3033), es un fascinante texto egipcio, escrito en papiro, con un conjunto de maravillosos cuentos mágicos. Fue adquirido en 1825 por el alemán Henry Westcar y está conservado, desde 1866, en el Museo Egipcio de Berlín. Los cuentos se originaron probablemente durante la dinastía XII, por el tipo de composición, y es considerado el relato conocido más antiguo de magia. Los acontecimientos se sitúan en el Imperio Antiguo pero el papiro fue escrito en tiempos de los hicsos, entre 1650 a.C. y 1540 a.C.

La primera historia, (de la que solamente se conservan algunas líneas), es sobre un mago, tal vez Imhotep, durante el reinado de Necherjet, (llamado Dyeser en la composición).

La segunda historia, (muy fragmentaria), transcurre durante el reinado del Nebka. Narra Jafra, (Kefrén), cómo el escriba del templo de Ptah se vengó de su esposa y su amante, mediante un  cocodrilo de cera mágico.

La tercera historia transcurre durante el reinado de Seneferu, el padre de Jufu, (Keops). El príncipe Jafra relata cómo un mago separó las aguas de un lago para encontrar la joya verde que se le había caído a una de las veinte jóvenes vírgenes que estaban entreteniendo al rey Seneferu, aquejado de melancolía.

La cuarta historia sucede en la corte, con el mago Dedi. Trata de cómo el mago Dedi, delante del rey Jufu y su hijo Dyedefhor, resucita a un pato previamente decapitado. También de los secretos del dios Dyehuty, (Thot).

La quinta historia es una predicción sobre los orígenes de los reyes de la dinastía V. Donde el rey Jufu se entera, por la profecía del mago Dedi, cómo Userkaf, Sahura y Neferirkara (Kaka), los hijos de Rudydyedet, la esposa del sumo sacerdote de Ra, Sajebu (Reuser), llegarían a ser  los tres reyes de Egipto, uno tras otro, y lo que aconteció.

Sólo han llegado hasta hoy tres cuentos, de un total de al menos cinco, relatados por los hijos de Kheps   su padre: el relato de Ubaoner, Esnofru y las remeras y Kheops y el mago Dedi, considerado  el relato más antiguo sobre magia egipcia que se conserva.

Data de finales del período Hicso, pero se trata de una copia de un texto más antiguo, de la XII Dinastía o anterior. Fue adquirido en Egipto por Henry Westcar en 1825 y donado a R. Lepsius en 1838. Tras la muerte de Lepsius, en 1866, pasó al Museo de Berlín, en el que se encuentra en la actualidad.


El Mago Dedi

La primera noticia que tenemos escrita acerca de una función de magia es aproximadamente de hace unos 5000 años. Esta actuación estaba en manos del mago Dedi y estaba ofrecida al faraón Keops, en Egipto. La referencia aparece en el papiro Westcar y en él se describe la función tal y como se llevó a cabo, siendo el juego principal la decapitación de una oca seguida de la recomposición del animal. Otro de los juegos que aparecen detallados era la transposición de las cabezas de dos pollos de distinto color y la vuelta a la normalidad.

En el papiro, antiguo documento egipcio, las hazañas del rey Keops son analizadas. El documento cuenta que Keops, constructor de la Gran Pirámide de Giza en algún momento alrededor de 2600 a.C, exhorta a sus hijos para que le traigan un mago de la época conocido como Dedi.

El mago le hizo una visita a la corte del rey para realizar algunos milagros mágicos ante él. Se supone que a los 70 años de edad, Dedi mostró al faraón lo que, incluso para los estándares de hoy, se considera como trucos impresionantes. De acuerdo con el papiro, el mago cortó la cabeza de un ganso, de un pato y de un buey, y posteriormente las restauró volviéndolos a la vida.

Pero cuando el rey se le sugirió en realizar la misma hazaña con un hombre, Dedi se negó. Y esto es una indicación de que Dedi no tenía los aparatos adecuados en la mano para llevar a cabo tal hazaña mágica.

Cada uno de los logros del mago, han llegado a nuestros días a través del papiro Westcar, que en la actualidad se conserva en el Museo Estatal de Berlín. Quizás las historias de Dedi, no eran más que cuentos para niños, lo que si es cierto es que siempre que hablamos de la cultura egipcia, la magia se revela como algo cotidiano. Cuenta una anécdota en la que el faraón pidió al mago que haga lo mismo con un hombre, es decir, cortarle la cabeza y luego resucitarlo, al igual como lo hacía con los animales, pero el, se opuso a dicho pedido, el faraón insistió en que lo hiciera por lo menos con los criminales condenados a muerte, pero nuevamente Dedi se opuso, basando su negativa en consideraciones éticas, diciendo: –“Ciertamente, no está permitido hacer tal lo que el ganado noble”- (“ganado noble” es un término que se refiere a la humanidad).

También la historia cuenta que el mago Dedi realizó una predicción sobre los orígenes de los reyes de la dinastía V, donde el rey Jufu se entera, por esa profecía como Userkaf, Sahura y Neferirkara, los hijos de Rudydyedet, la esposa del sumo sacerdote de Ra (Sajebu), llegarían a ser tres reyes de Egipto, uno tras otro, y fue lo acontecido.

Templo Mágico

Para los antiguos griegos y egipcios, en un episodio descrito por Herón de Alejandría, en aproximadamente el 62 aC, las puertas de un templo se abrieron misteriosamente y los ídolos de piedra hablaban a las masa. Pero estos aparentes milagros se explican como el resultado de los cambios en la presión del aire y se iniciaron por los fuegos en el altar del templo.

Siglos más tarde en Grecia y en Roma surgieron los primeros magos cuyo fin ya no era algo místico sino algo puramente espectacular. De esta época se conservan nombres como los de Simón y Mitilene. Los magos en esta época eran la atracción de las bacanales y eran muy bien vistos en la sociedad. De esta época proviene el juego de los cubiletes, juego que se conserva todavía en nuestros días.

Con información de Ancient


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