Árabes en Chile (1ºParte):Antecedentes históricos

Durante la primera mitad del siglo XX, unos diez mil inmigrantes árabes llegaron a Chile buscando mejores condiciones de vida, donde se toparon con algunas dificultades, como nulo apoyo estatal y discriminación. Sin embargo, el carácter permanente del movimiento migratorio los llevó a adaptarse rápidamente mediante el comercio, acceso a la educación y la celebración de matrimonios mixtos. Así hoy sus descendientes han logrado un exitoso proceso de integración social, preservando al mismo tiempo con fuerza sus raíces árabes.

El viaje a Chile de los primeros inmigrantes palestinos no fue fácil. La travesía en barco podía durar hasta tres meses, pasando antes por Génova en Italia o Marsella en Francia. Muchos de estos primeros inmigrantes eran literalmente unos niños y desconocían el idioma y la cultura del país que los acogería. Muchos viajaron al puerto de Buenos Aires y desde ahí a Santiago de Chile cruzando la Cordillera de Los Andes en mulas y burros.
El viaje a Chile de los primeros inmigrantes palestinos no fue fácil. La travesía en barco podía durar hasta tres meses, pasando antes por Génova en Italia o Marsella en Francia. Muchos de estos primeros inmigrantes eran literalmente unos niños y desconocían el idioma y la cultura del país que los acogería. Muchos viajaron al puerto de Buenos Aires y desde ahí a Santiago de Chile cruzando la Cordillera de Los Andes en mulas y burros.

Antecedentes históricos

La desestabilización del Imperio Otomano a fines del siglo XIX, fue uno de los principales hechos que motivó a la población árabe a dejar sus localidades de origen. La inestabilidad política y administrativa, los tratos discriminatorios hacia quienes no profesaban la religión musulmana y la falta de perspectivas económicas, hicieron que miles de jóvenes buscaran nuevos horizontes.

Pero no era un camino fácil. Quienes se decidían a partir, debían reunir una buena cantidad de dinero y además, aceptar vivir en sociedades con costumbres e idiomas totalmente distintos a los propios. Y luego, enfrentar un largo periplo: tomar un tren desde sus aldeas o pueblos de origen hasta el puerto más cercano Trípoli en el caso de Siria, Beirut en El Líbano, y Haifa o Jaffa en Palestina. Allí compraban un pasaje en la clase más económica de alguna embarcación con destino a Buenos Aires, Argentina. Como las compañías navieras recalaban en diversos puertos europeos antes de cruzar el Atlántico, los árabes fueron tomando contacto por primera vez con las personas y el estilo de vida occidental.

Una vez que llegaban al continente americano algunos desembarcaban en Río de Janeiro, Brasil, pero la gran mayoría lo hacía en Buenos Aires. Allí se establecieron algunos, pero otros emprendieron una nueva aventura: cruzar la cordillera de Los Andes a lomo de mula con el objetivo de instalarse en Chile. La travesía era peligrosa, debían viajar unos cuatro días hasta la ciudad de Los Andes, desafiando la altura de las elevadas cumbres, el clima inclemente en invierno, los deshielos en primavera y peligrosos desfiladeros en el camino.

El primero en lograrlo fue un palestino, acerca de cuya identidad no hay consenso, en el año 1881. Pero la inmigración árabe a Chile comenzó cuatro años más tarde, con el arribo de 29 personas. Abraham Saffe, de origen sirio, y Santiago Beiruti, libanés, fueron los primeros viajeros de los cuales se conoce su identidad, quienes llegaron en 1888.

Estos primeros inmigrantes buscaban vivir en un entorno valórico similar al propio, cosa que encontraron en la sociedad chilena de la época. El país ofrecía buenas oportunidades económicas, especialmente por el salitre, y extensos territorios que necesitaban poblarse. Sin embargo, no contaba con ningún tipo de política para favorecer la migración árabe, al contrario de lo que sucedió con otros grupos nacionales, tales como alemanes, italianos y suizos. Esto no sólo se tradujo en una falta de herramientas de trabajo y de medios para iniciar una labor, sino también de una nula o escasa existencia de mecanismos de concesión para instalarse en áreas territoriales específicas. Llegan a Chile en momentos en que las políticas de apoyo estatal a la inmigración ya habían terminado. A partir de 1907 el interés oficial por el fenómeno migratorio había disminuido considerablemente, justo cuando la inmigración árabe alcanzaba su mayor apogeo.

Los árabes tuvieron que abrirse camino por sí mismos. La política inmigratoria del Estado chileno había favorecido la llegada de inmigrantes centroeuropeos, ya sea por la historia de su desarrollo técnico o por sus rasgos étnicos 2. Benjamín Vicuña Mackenna, destacado intelectual de la época, elaboró una clasificación de los países europeos, según la cual las personas que deseaban inmigrar al país debían cumplir una serie de condiciones para ser seleccionadas. Sobre todo, debían contar con una actividad laboral reconocida como empresario, técnico, obrero o agricultor 3.

Los árabes, en cambio, formaban parte de aquellos grupos étnicos de procedencia no europea que causaban cierto recelo en la sociedad chilena. La amplia mayoría correspondía a hombres menores de 30 años, sin una profesión ni educación formal. Los primeros años en el país no fueron nada fáciles para los árabes, pero los ayudó a salir adelante su carácter emprendedor y su deseo de alcanzar un mejor nivel de vida que el que tenían en sus lugares de origen. Su sentido de la responsabilidad y de trabajo duro, son valores que se traspasaron de generación en generación —según la Encuesta de Población Árabe, EPOA4, del año 2001, estos valores son los más apreciados por la mayoría de sus descendientes en la actualidad.

Además de su espíritu de lucha y sacrificio, un factor que los ayudó a adaptarse más fácilmente al nuevo país, fue la llamada “migración en cadena”. Esto es, que los habitantes toman la decisión de abandonar sus tierras cuando un pariente de la misma aldea o ciudad ya lo ha realizado antes, instándolos a tomar el mismo rumbo 5. Los inmigrantes “tenían familia o conocidos en Chile, por lo cual la migración de un grupo familiar se fue dando paulatinamente, hasta completarse en el país” 6.

Los lazos y el fuerte sentido de familia que caracteriza a la sociedad árabe, fueron elementos clave a la hora de tomar la decisión de partir. Y a pesar de estar lejos de su lugar de origen, los inmigrantes tendieron a conservar su círculo cercano pareja, hijos y parientes. Este fenómeno continuó incluso en las generaciones posteriores. Según la EPOA 2001, el 61% de los encuestados tiene padre y madre de origen árabe. Incluso más, en el caso de los empresarios, el 55% de los hombres y el 60% de las mujeres, considera importante que su cónyuge sea también de origen árabe.

Influyó además la necesidad de contar con personas de confianza para los nuevos negocios. En la medida que los inmigrantes se fueron estableciendo y desarrollando económicamente, fueron recurriendo a la ayuda de sus familiares 7. De hecho, en las pequeñas fábricas y tiendas comerciales trabajaban en conjunto marido, esposa, hijos y muchas veces, otros familiares cercanos.

De esta forma, la migración en cadena constituyó, psicológicamente, una gran compensación a las pérdidas sufridas a causa del acto migratorio 8, e influyó en la forma en que las personas se ubicaron geográficamente. Ayudó también a los inmigrantes a permanecer en contacto con su núcleo familiar y coterráneos, permitiéndoles conservar sus costumbres y tradiciones. Claro que en este tema, fue la mujer quien jugó un rol preponderante en el mantenimiento de la identidad cultural de su pueblo. Son ellas quienes han transmitido con fuerza la cultura árabe a sus hijos. Lo contrario sucede con las mujeres chilenas casadas con hombres de origen árabe, quienes tienden a minimizar las raíces árabes en sus hijos 9.

El proceso migratorio de las mujeres fue algo distinto al de los hombres, pues ellas llegaban al país sólo cuando su marido o padre contaba con las condiciones básicas para instalarse junto a su familia y enviaba los medios para que se embarcara. Al momento de llegar a Chile, sólo un 9,4% de las personas estaban casadas 10, lo que permite suponer que las mujeres ingresaron principalmente por decisión del padre o porque eran llamadas para contraer matrimonio en estas nuevas tierras. Otras veces, cuando el inmigrante conseguía los medios necesarios para hacer el viaje de vuelta a su lugar de origen, volvía en búsqueda de una esposa. De esta manera, la inmigración femenina árabe se caracterizó por ser de naturaleza dependiente 11.

Por  Lorenzo Agar y Nicole Saffie 1.
Con información de Revista Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos Sección Árabe – Islam -Vol. 54, año 2005 -Universidad de Granada


Árabes en Chile (2º Parte): El proceso migratorio
Árabes en Chile (3º Parte): La mirada de los inmigrantes
Árabes en Chile (4º Parte): Integración y pérdida de identidad
Árabes en Chile (5º Parte): comerciantes por esencia

Notas:

1 Lorenzo Agar es chileno, de origen paterno sirio, sociólogo, profesor de la Universidad de Chile. Nicole Saffie es chilena, de origen paterno palestino, periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile
L. AGAR y A. REBOLLEDO. La inmigración árabe en Chile: Los caminos de la integración. En libro “El mundo árabe y América Latina”. Santiago: Ediciones UNESCO, 1997, pp. 287.
A. REBOLLEDO. La “Turcofobia”. En “Discriminación anti-árabe en Chile, 1900 – 1950”. Santiago: Revista Historia, vol. 28, 1994, pp. 64-66.
L. AGAR. Encuesta a la población de origen árabe en Chile (EPOA). Santiago: 2001. Encuesta realizada entre abril y mayo de 2001, con el objetivo de identificar algunos de los principales atributos sociodemográficos y culturales de los descendientes de árabes en Chile. Respondieron la encuesta un total de 137 personas: 34 académicos de la Universidad de Chile (58% del total de académicos de ese origen en dicha institución), 39 estudiantes de la Universidad de Chile (11% del total de alumnos descendientes de árabes de ese plantel) y 64 empresarios registrados en la Sociedad de Fomento Fabril (13% del total de empresarios de este origen inscritos en esta organización gremial).
A. H. MATTAR. Guía social de la colonia árabe en Chile (siria, palestina, libanesa). Santiago: Editorial Ahues Hermanos, 1941.
D. LAHSEN ABOID. Construcción de una nueva identidad “chilena-palestina”. Tesis para optar a grado de Licenciada en Historia, Universidad Finis Terra. Santiago: 2001, pp. 6.
Según el estudio Proyecto Comunidad Chilena – Palestina, conformado por entrevistas grupales y realizado por la consultora Marketing Mix Asesorías para la Fundación Palestina Belén 2000, entre julio y agosto del año 2000, los descendientes de los inmigrantes árabes aún conservan un fuerte sentido de familia, y gran solidaridad y ayuda mutua entre familiares y amigos.
M. T. DAHER. Exploración psicosocial de la inmigración libanesa en Chile. Tesis para optar al grado de Psicólogo, Universidad Católica de Chile. Santiago: 1986, pp. 82-83.
Según el Proyecto Comunidad Chilena-Palestina, donde uno de los grupos entrevistados es de mujeres chilenas casadas con hombres de origen palestino, se desprende que ellas, en general, privilegian la integración de los niños en la sociedad chilena, en su entorno más cercano; desean producir el cambio en sus hijos e integrarlos lo más posible al entorno chileno; no están motivadas a hacer vida social entre árabes, sólo a nivel familiar; y no quieren que sus hijos sean discriminados, por lo que no reforzarán la identidad árabe en ellos. Algunas citas de validación son las siguientes: “Yo feliz que mi esposo les cuente de su país de origen, pero hasta ahí no más”; “A ellos no les tocó escuchar lo que nosotras hablábamos de los árabes. No me gustaría que mis hijos tuvieran que sentir lo que a lo mejor mi marido sintió muchas veces”; “Hoy nuestros hijos no sufren la denominación ‘árabe’ o ‘turco’, son un chileno más y no se sienten diferentes”; “No quiero que se sientan más árabes que chilenos”.
10 M. OLGUÍN y P. PEÑA. La inmigración árabe en Chile. Santiago: Ed. Instituto Chileno-Árabe de Cultura, 1990, pp. 79.
11 M. ZEDÁN. La presencia de la mujer árabe en Chile. Santiago: Centro de Estudios Árabes, Universidad de Chile. Santiago: 1994, pp. 4.


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