Árabes en Chile (4ºParte):Integración y pérdida de identidad

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 Integración y pérdida de identidad

En un principio, la mayoría de los inmigrantes árabes llegó pensando en un pronto retorno a su tierra natal, lo que impedía su arraigo en el país. Sin embargo, en la comunidad árabe surgieron voces de preocupación al respecto. Es así como en un diario árabe publicado en Santiago se promovió combatir el fanatismo religioso, atacar la falta de solidaridad e «incultura» de algunos inmigrantes, así como promover su integración. Benedicto Chuaqui, en su novela histórica «Memorias de un emigrante», dice al respecto: “Insistí en la conveniencia de adaptarse a los usos y costumbres del país que nos albergaba, a fin de no desentonar dentro de la sociedad en que llegábamos a vivir” 35.

Esta necesidad de integración promovió varios cambios al interior de la comunidad árabe. Uno de los más importantes es el abandono de su lengua. De acuerdo a la EPOA 2001, sólo un 26% de los académicos, un 22% de los empresarios y un 15% de los estudiantes, mantiene el idioma árabe en el seno de su familia. Según Marcela Zedán 36, directora del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, sólo 1.670 personas poseen un dominio de esta lengua, número que corresponde a los residentes nacidos en alguno de los países árabes. Se estima que una cantidad similar de descendientes lo aprendió a través del contacto familiar, por lo que manejan la lengua en forma oral. Al mismo tiempo, son cerca de cinco mil las personas que estudian árabe en las distintas instancias que existen en el país, las que alcanzan diferentes grados de conocimiento del idioma. Como explica Zedán, “este número reducido de arabo-parlantes dentro de la colectividad chileno-árabe, pone de manifiesto el profundo proceso de negación identitaria que consume a esta colectividad”.

Este proceso también se vio reflejado en las mismas publicaciones que la comunidad árabe editó en Chile. Mientras que en los primeros diarios de la década del veinte estaban escritos completamente en árabe, en los años treinta la mayoría de sus páginas pasaron al español.

Con el mismo objetivo de facilitar el proceso de inmersión en la sociedad chilena, un conjunto no menor de personas cambió su nombre y apellido de bautizo. Esto también indicaba el comportamiento de la sociedad receptora hacia el inmigrante: el cambio de nombre favorece una comunicación más fluida entre los distintos grupos, en la que los prejuicios hacia los árabes tienden a desaparecer, facilitando las relaciones comerciales.

Una vez en Chile, el árabe tradujo o transformó su nombre a lo que más parecía en español y muchas veces, también su apellido. Con el cambio de éstos últimos, nacieron los Campos, Flores, Martínez, Pinto, García, Díaz y Tapia, árabes. Con la transformación de los nombres, los Issa derivaron en Salvador, los Hanna, en Juan; los Mamad, en Manuel; los Jalil en Julio, entre tantos otros 37.

A raíz de la drástica reducción de la inmigración árabe en los años cuarenta, la colectividad árabe se conformó principalmente por los descendientes de los inmigrantes. Mientras que en 1941 un 85% de los árabes eran inmigrantes y 15% descendientes, en 1970 esta proporción prácticamente se revirtió, con un 14% de inmigrantes y un 86% de descendientes 38. En la EPOA 2001 ya no aparecen inmigrantes. Un 34% de los encuestados son descendientes de primera generación, un 48% de la segunda y un 18% de tercera. En el grupo «académicos» y «empresarios», que tienen un promedio de edad de 51 y 54 años respectivamente, predominan nítidamente las personas de primera y segunda generación nacidas en Chile. Lo opuesto ocurre con el grupo «estudiantes», donde el promedio de edad es de 23 años, predominando los de segunda y tercera generación, con sólo un 5% correspondiente a la primera.

En este proceso de integración, no sólo hay una regulación de la interacción con el medio a través de las pautas normativas referidas al ámbito laboral, sino también una incorporación de los valores en las personas, que están en congruencia con el medio receptor. Esto, gracias al aumento de los matrimonios mixtos y a la educación que reciben junto a sus pares locales.

Sin embargo, las nuevas generaciones aprecian la conservación de algunas de sus costumbres y valores. Así es como, según la EPOA 2001, el 62% de los consultados escucha música árabe y el 92% aún conserva la comida tradicional. Por otra parte, según una encuesta realizada por Daniela Lahsen, a 306 familias chilena-palestinas originarias de Beit-Yala, el 22% de la tercera generación de inmigrantes nacida en Chile dice conservar “altamente” las costumbres y tradiciones árabes. Llama la atención que en los encuestados de segunda generación, el porcentaje que afirma mantener “altamente” estas costumbres y tradiciones alcanza sólo el 12%. Claro que entre los inmigrantes y descendientes de primera generación estas cifras son significativamente mayores, con un 57% y 34% respectivamente. La diferencia entre la segunda y tercera generación tiene que ver, a nuestro juicio, con un típico fenómeno de reetnización que se observa en una parte de los chilenos descendientes de palestinos, gracias a que alcanzaron un alto nivel de integración y quieren marcar diferencia con sus raíces árabes y, por otro lado, existe paralelamente otro conjunto de descendientes de esta misma generación que se muestra muy alejado de sus raíces. Así, en esta encuesta, un 11% declaró no mantener “nada” de sus costumbres y tradiciones 39.

La comunidad árabe y su ubicación geográfica

El cambio drástico en la forma de vida condujo a los inmigrantes a concentrarse en zonas geográficas bien definidas. La migración en cadena, sumada a la necesidad de agruparse para lograr un mejor desempeño en las labores comerciales, implicó una acentuada concentración territorial. La dispersión o concentración de la población árabe en el país varía de acuerdo al lugar de origen de los inmigrantes. Este hecho resulta muy importante si consideramos las particularidades de cada grupo migratorio árabe: Palestinos, sirios y libaneses.

Los primeros inmigrantes se ubicaron en barrios de la periferia, viviendo en casas de escaso valor donde generalmente se agrupaban en función de las relaciones de parentesco. De esta manera, poco a poco se dio inicio a la concentración de familias en calles específicas. El asentamiento en barrios marginales de la ciudad era común y se adoptaba para no incurrir en gastos innecesarios, la voluntad de sacrificio inicial para hacer venir y juntar a la familia explica esta actitud, que pudiesen significar un mayor deterioro de las condiciones de vida 40.

La idea de recrear la aldea árabe puede contribuir a explicar la forma de asentamiento de los pioneros. En sus países de origen, en los pueblos y ciudades, los barrios agrupaban a las familias, cuya importancia al momento de establecer relaciones de confianza es vital. Los vecindarios o barrios eran homogéneos con respecto a la religión, al origen nacional y, en cierta medida, a la ocupación y los ingresos. Allí, el individuo tenía íntimos y perdurables vínculos de parentesco, credo y vocación. La ciudad del Medio Oriente consistía en una aglomeración de comunidades autónomas donde no se cultivaba sentimiento alguno de lealtad hacia la misma ciudad. Existía, por cierto, una lealtad hacia la familia y la comunidad religiosa. Esta forma de vida se proyecta también en la forma de asentamiento espacial pues la cooperación y cercanía geográfica entre las personas se hace indispensable al emprender actividades comerciales en un país desconocido 41.

Del total de familias censadas en la Guía de 1941, en Santiago vivía un 36% de palestinos, un 57% de sirios y un 25% de libaneses. En total, un 40% de las familias árabes se encontraban asentadas en Santiago en el año 1941. Tres son los barrios contiguos donde se concentraban: Recoleta en un 26%; San Pablo un 16% y Santiago Centro un 11%. Los palestinos se localizaban en Recoleta en un 37%, siendo el grupo migratorio que mostró la mayor concentración en un barrio específico en Santiago. Estos barrios llegaron a identificarse con el inmigrante y sus descendientes debido a su importante presencia en la zona 42.

El barrio con mayor importancia es el ubicado en la zona Mapocho, al norte de Santiago, que comprendía las calles Patronato, Independencia, Recoleta y sus alrededores. Con la llegada de los árabes a este sector no sólo afloró el comercio, sino que también se iniciaron los primeros talleres textiles. Incluso hoy en día, a pesar de la creciente presencia de ciudadanos coreanos, el barrio Patronato es identificado con los árabes y el comercio.

Las familias descendientes de árabes, en cambio, se localizaron en Ñuñoa en un porcentaje mucho mayor que los inmigrantes: Un 16%. Esto muestra la movilidad espacial hacia sectores de la ciudad de mayor nivel social, evidenciando la relación entre la categoría generacional y el proceso de integración social. El proceso de movilidad residencial hacia la zona Oriente de Santiago es coincidente con el movimiento de las clases más acomodadas. Es decir, aunque hay una presencia mayoritaria en el centro de Santiago, existe una tendencia a abandonar los sectores populares en los cuales se avecindaron los inmigrantes en un principio, para optar a otros más acomodados. Claramente dicha movilidad se produce acorde con un mejoramiento de las condiciones de vida a través de los años e impacta en la localización espacial diferenciada por generación 43.

Con los años, esta tendencia se fue acrecentando. Según la información obtenida a través de la EPOA 2001, la actual distribución espacial de la población árabe se concentra fuertemente en el sector Santiago Oriente, de estrato social medio-alto (comunas de Lo Barnechea, Vitacura, Las Condes y Providencia), con un 56% del total. En las comunas consideradas típicamente de clase media (La Reina y Ñuñoa) vive un 15% de la población encuestada, mientras que el 29% restante vive en otros sectores.

Por otra parte, los inmigrantes que provenían de localidades urbanas del Medio Oriente se radicaban también preferentemente en ciudades. Asimismo, si las personas habían vivido en zonas rurales, generalmente elegían pueblos o ciudades pequeñas para asentarse. La dispersión de la población árabe que no reside en Santiago y que llega mayoritariamente entre 1900 y 1930, puede deberse en parte a las características del desarrollo urbano del país. Chile se urbanizó muy tempranamente, lo que conllevó un bajo nivel de concentración demográfica, ofreciendo a la comunidad árabe la posibilidad de instalarse en diversos núcleos urbanos a través de todo el territorio nacional 44.

La actividad comercial ambulatoria, que exigía la incursión en territorios alejados para alcanzar pequeños poblados, constituye otra variable fundamental al momento de explicar el modo de localización en el país. Lograda una cierta clientela en aquellos pueblos, se puede suponer que el establecimiento en localidades medianas responde a la necesidad de acceder a ellas en forma recurrente. En una segunda etapa, la instalación se caracterizó por la diversidad de artículos ofrecidos 45. Con ello, mostraron así su “completa capacidad de integración, toda vez que la vida en pequeños pueblos, el mundo rural e incluso, algunas características del clima, eran parte de la experiencia del inmigrante”46.

Los árabes estaban repartidos en todo el país, aún en las localidades más pequeñas y apartadas. Así, «había al año 1940, por lo menos dos familias o más de árabes, y generalmente, eran de la misma nacionalidad, reafirmando lo que hemos anotado, respecto a la presencia de familias o amigos como factor de atracción. Por tanto, los árabes propendieron a agruparse en Chile, de acuerdo a su país y, aun más, de su aldea o ciudad de origen. Por ejemplo, a Chile llegaron y se establecieron diez sirios provenientes de Aleppo. Los diez estaban asentados en Antuco” 47.

Los inmigrantes buscan la cercanía de sus coterráneos en vecinos de similar origen para aminorar los efectos del desarraigo y poder compartir con sus paisanos. La concentración espacial en barrios específicos demuestra la habitual forma de inserción de los primeros inmigrantes, y se justifica por la necesidad de aunar fuerzas en un medio desconocido y a veces hostil. Por otra parte, considerando que esto facilitó el progreso económico, este fenómeno contribuyó en la futura integración social, incluso en la dispersión espacial acorde a las pautas de la población chilena.

Formando una comunidad

Las características comunes entre las personas que provienen de otros lugares fomentan el sentido de pertenencia, a la vez que les permiten distinguirse del medio local. Por eso, la identificación no se limita a la procedencia de sus países, que llegaron a independizarse después del significativo flujo de inmigración, sino que se amplía al sentido de pertenencia a una comunidad árabe como tal. Hay prácticas culturales y procesos colectivos que los constituyen en conjunto como un grupo distinto, más allá si procedían de Palestina, Siria o Líbano 48.

Los lazos familiares, además de una historia territorial, social, política y religiosa común, son vínculos que unen a los inmigrantes árabes entre sí, haciendo que se sientan como parte de una comunidad árabe propiamente tal, más allá de una referencia específica a los lugares de origen. Este concepto evoca, primeramente, la pertenencia de distintos individuos a una agrupación social o territorial, económica o política, que los identifica y los relaciona entre sí a través de experiencias de vida significativas.

Resulta interesante ver cómo la comunidad árabe ha ido evolucionando en su relación con Chile. En los inmigrantes la pertenencia era con sus pares de origen y, con dificultad, trataban de adaptarse a las costumbres criollas. Ahora, la EPOA 2001 nos muestra síntomas de cambio y permanencia en la dicotomía referida a la identidad. Un 65% del total de encuestados se reconoce como «chileno/árabe», un 13% como «árabe/chileno» y un 12% como «chileno» solamente. En detalle, el porcentaje de académicos que anotó la primera alternativa fue un 79%, los empresarios un 65% y los estudiantes, un 51%. Esta opción de sentirse como «chileno/árabe», muestra por un lado el reconocimiento a la adscripción a lo chileno y, por otro, un reconocimiento de la identidad árabe como parte integrante de su ser. De ahí que la población de origen árabe se reúna con amigos también descendientes de árabes, lo que demuestra un alto espíritu de grupo. Esto queda representado por el 82% de los académicos encuestados, un 92% de los empresarios y un 87% de los estudiantes.

Por  Lorenzo Agar y Nicole Saffie *.
Con información de Revista Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos Sección Árabe – Islam -Vol. 54, año 2005 -Universidad de Granada

* Lorenzo Agar es chileno, de origen paterno sirio, sociólogo, profesor de la Universidad de Chile. Nicole Saffie es chilena, de origen paterno palestino, periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile.


Árabes en Chile (5º Parte): comerciantes por esencia
Árabes en Chile (3º Parte): La mirada de los inmigrantes
Árabes en Chile (2º Parte): El proceso migratorio
Árabes en Chile (1º Parte): Antecedentes históricos

Notas:

35 A. REBOLLEDO. 1994. Op. Cit. pp. 123.
36 N. SAFFIE. Entrevista propia, 4 de junio, 2004.
37 M. OLGUÍN y P. PEÑA. Op. Cit. pp. 101-102.
38 L. AGAR. 1982. Op. Cit. pp. 74-75.
39 D. LAHSEN ABOID. Op. Cit. pp. 92.
40 M. OLGUÍN y P. PEÑA. Op. Cit. pp. 92.
41 L. AGAR. 1982. Op. Cit. pp. 23-25.
42 Ibid. pp. 123-128.
43 L. AGAR. 1982. Op. Cit.
44 Ibid.
45 Ibid. pp. 97-99.
46 M. OLGUÍN y P. PEÑA. 1990. pp. 96-97.
47 M. OLGUÍN y P. PEÑA. 1990. pp. 99.
48 M.T. DAHER. Op. Cit. pp. 57.


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