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Escritura cuneiforme – Antiguos signos que expresan sonidos

La escritura cuneiforme es el más antiguo sistema de escritura conocido hasta la fecha. Son tabletas de arcilla y ocasionalmente tabletas de metal y piedra, y su origen está en la antigua Mesopotamia. Se llama cuneiforme porque para trasladarla a la arcilla húmeda utilizaban unas cañas biseladas en forma de cuña.

Distinguido por sus marcas en forma de cuña, la escritura cuneiforme es la forma más antigua de escritura en el mundo, apareciendo por primera vez incluso antes que los jeroglíficos egipcios.

Cuneiform, un completísimo libro de Irving Finkel y Jonathan Taylor, conservadores de la más amplia colección de tabletas existente en el mundo, la del British Museum. Allí se guardan unos 130.000 ejemplos de esta escritura

Este sistema de escritura no es un alfabeto ni tiene letras. Utiliza entre 600 y 1.000 caracteres para escribir palabras o sílabas, o parte de ellas. Los dos principales idiomas escritos en cuneiforme son el Sumerio y el Acadio, localizados geográficamente en la actual Iraq, aunque más de una docena de idiomas fueron representados con esta escritura. Si la escritura cuneiforme se utilizara actualmente podría servir para representar diversos idiomas como el chino, húngaro, inglés o español.

A partir de estos comienzos, los signos cuneiformes se combinaron y desarrollaron para representar los sonidos, por lo que se podían usar para grabar el lenguaje hablado. Una vez que esto se logró, las ideas y los conceptos se pudieron expresar y comunicar por escrito. Se han encontrado cartas encerradas en sobres de arcilla, así como obras de literatura, como la Épica de Gilgamesh. Los relatos históricos también han salido a la luz, al igual que las enormes bibliotecas como la que pertenece al rey asirio, The Flood Tablet, que relaciona parte de la Epopeya de Gilgamesh Ashurbanipal (668-627 aC).

Antecesora de la escritura egipcia

Este tipo de escritura se usó por primera vez hacia el 3.400 a.C. En un primer momento se utilizaron imágenes elementales que fueron también usadas para recoger sonidos y se utilizó hasta el primer siglo después de Cristo. Casi con certeza, la escritura egipcia evolucionó de la escritura cuneiforme; no puede haber sido una invención inmediata.

Los dos materiales se encontraban fácilmente en los ríos que recorrían las ciudades de Mesopotamia, actualmente Irak y este de Siria. La palabra cuneiforme viene del término latino cuneus, es decir, cuña, y significa en forma de cuña. La mayoría de las tablas cabían en la palma de la mano y era usadas solo una vez y por un corto tiempo, quizás unas pocas horas o días en la escuela, o unos pocos años en el caso de un préstamo. Por eso es una casualidad que hayan sobrevivido al paso de los años.

Son capaces de leer la escritura cuneiforme aquellos que para dominarla habrían de  aprender diversas lenguas muertas y miles de signos, muchos de los cuales tienen más de un significado o sonido.

El British Museum organiza visitas escolares y los niños que conocen la escritura cuneiforme se interesan por ella porque está realizada sobre arcilla en cuñas puntiagudas. Muchas de las tabletas del British Museum corresponden a ejercicios escolares de caligrafía y ortografía.

Las escrituras antiguas son una prueba de que los seres humanos han experimentado nuestras ideas y problemas “modernos” durante miles de años. A través de la escritura cuneiforme escuchamos las voces no solo de los reyes y sus escribas, sino también de los niños, los banqueros, los mercaderes, los sacerdotes y los sanadores, tanto mujeres como hombres.

 Con información de  History Extra

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La cocina sumeria

Cuando se habla de la cocina sumeria es obligado citar a Jean Bottéro, historiador francés de fama internacional nacido en Vallauris el 30 de agosto 1914 y muerto el 15 de diciembre 2007, autor del libro “La cocina más antigua del mundo”, quien fue uno de los primeros investigadores que comenzaron a estudiar la cocina y gastronomía de Sumeria a partir de las tablillas de cerámica, escritas en sumerio y en acadio, encontradas en las excavaciones hechas en la antigua Mesopotamia; pero tampoco se pueden olvidar los trabajos de Noemí Sierra, A.L.Oppenheim, W.Rollig, André Parrot, Lázaro Ros, Lara Peinado, Hans Nissen, Josef Klimá, Hartmut Schmokel, Labat, Kramer o Michael Roaf entre otros.

Casi todo el mundo piensa que las primeras noticias escritas sobre la gastronomía y la cocina nos han llegado desde la época del Imperio Romano, pero la realidad es que se empezaron a escribir textos relativos a la cocina desde el mismo momento en que apareció la escritura cuneiforme en Sumeria, alrededor del año 3000 antes de nuestra Era. Sin embargo, no podemos aseverar que estamos ante los primeros intentos de escribir libros de cocina pues, según los más sesudos investigadores sobre el tema, tanto las recetas como los apuntes sobre materias primas y utensilios que figuran en las tabletas de arcilla, estarían mucho más orientadas hacia el control del avituallamiento y los consumos en palacios y templos que a la voluntad de transmitir las especialidades gastronómicas favoritas de los sumerios a las generaciones futuras.

La aparición de una veintena de tablillas con anotaciones relativas a la alimentación, supuso un hito en la investigación de la historia culinaria y de la gastronomía que ayudó a despejar las dudas que se tenían sobre la comida y bebida consumida por los seres humanos en esta época de la humanidad. A pesar de que estas tablillas de “inventarios y control de cocina” son una buena fuente de información, las leyendas y obras literarias escritas, nos dan una buena cantidad de datos sobre la forma de alimentarse que tenían los sumerios.

En base a la conjunción de ambas fuentes de información se puede afirmar sin ningún género de dudas que los habitantes de aquella tierra consumían una gran variedad de pescados, tanto frescos como salados, al igual que moluscos de agua dulce y dada su especial situación geográfica -recordemos que se llama Mesopotamia (literalmente “Entre dos ríos”) al territorio que se extiende entre los ríos Tigris y Eúfrates-. El consumo de carne -sobre todo de cabra y oveja, asadas o cocidas en agua o en medios grasos- se complementaba con el del cerdo, algunas aves y otros animales como la langosta –saltamontes-, a menudo en sopas confeccionadas generalmente con agua.

Cuando hablamos de cocción tendremos en cuenta los diferentes modos de realizar la transformación de alimentos. Para asar utilizaban, además de el método abierto, como las brasas, la parrilla o los trozos de cerámica sobre los que se colocaban las viandas, un método de asado cerrado en un horno de cúpula en el que, el vapor que resultaba de la cocción, ayudaba a mantener los alimentos relativamente bien hidratados. En cuanto a los recipientes, se han descubierto en las excavaciones tanto ollas de cerámica como calderos de cobre y diferentes utensilios y “ollas”, lo que hace pensar en que los sumerios ya tenían la idea de lo que era una cocina. En cuanto al refinamiento de esta civilización, apuntaremos que utilizaban diferentes moldes para mejorar la presentación de las viandas en la mesa de los comensales.

También eran grandes consumidores de cereales, sobre todo cebada con la que, además de unas trescientas clases de panes diferentes, también fabricaban cervezas de distintas clases, e incluso se cita en las tablillas una especie de cerveza negra. Otros tipos de bebidas alcohólicas se fabricabas a partir de la fermentación de mostos extraídos de las uvas, los higos, el níspero o los dátiles.

Las cervezas consumidas en Mesopotamia tenían una gran variedad de graduaciones alcohólicas y cuyos nombres, “cerveza de buena calidad”, “cerveza que gusta a las mujeres”, “cerveza vieja” o “cerveza buena”, daban idea de a quién iban destinadas. La cerveza se consumía individualmente o en grupo, bebiendo todos del mismo recipiente, con ayuda de una cañita larga y fina la cual, al tiempo que actuaba como filtro para evitar que las impurezas llegasen a la boca, potenciaba los efectos del alcohol. En lo que respecta a las más de trescientas clases de panes diferentes con y sin levadura, las masas se confeccionaban añadiendo al salvado –harina de cebada- o a otras harinas, diferentes cantidades de agua, cerveza, miel, aceite o leche, añadiéndole a veces especias o frutas secas e incluso rellenándolos.

En cuanto a los vegetales, pepinos, nabos, algunas raíces, setas, ajos y puerros, acompañaban a la cebolla que era la base de su dieta y, para sazonar sus comidas, utilizaban, entre otras semillas picantes, la mostaza, el cilantro, el comino y, como no es de extrañar, el sésamo. Se solían consumir cocidos, asados o crudos, aderezados con aceite de oliva u otras grasas vegetales.

Debido a los pocos datos que todavía se tienen sobre esta civilización, se puede concluir afirmando que los sumerios consumían muchos más alimentos de los que hemos citado; pero a la espera de futuras excavaciones que confirmen fehacientemente este hecho, todos cuantos se han citado en este artículo, se ha probado que eran utilizados de manera habitual en las cocinas de aquel entonces.

La brevedad que exige el espacio del que se dispone en “La Alcazaba”, no permite detallar extensamente cuanto sabemos sobre la cocina en Mesopotamia pero, para los más curiosos, se puede incluir en esta breve reseña una receta de aves pequeñas, reseñada por Bottéro, por si alguien está interesado en degustar lo que comían los moradores de aquella zona hace más de cincuenta siglos.

Receta para aves 

Una vez limpias las aves, cortar mollejas y asaduras, lavarlo todo y secarlo bien. Poner todo en un caldero y llevar al fuego. (La receta no indica si en seco, con agua o con grasa aunque en la prueba que he realizado, basándome en el paso posterior de la misma, las he puesto con un poco de aceite de oliva). Cuando estén tostadas se saca del fuego, se añade agua fresca para desleír los jugos de la cocción, se añade un chorro de leche y se vuelve a poner todo en el fuego. Cuando hierva, sin sacar del fuego el recipiente, se retiran del caldero todas las piezas, se salan y se vuelven a poner en el caldero añadiendo aceite. Se sazona con un poco de ruda y, cuando vuelva a hervir, se añade puerro, ajo y un poco de cebolla, añadiendo después un poco de agua.

Mientras se deja hervir (aconsejo que a fuego muy lento), se lava bien una buena cantidad de trigo machacado, se remoja en leche y se añade salmuera, puerro y ajo junto con la leche y el aceite que sean necesarios para confeccionar una masa que se presenta al fuego y se divide después en dos mitades, Bottéro deduce que es para hacer una especie de pan ácimo, y el otro trozo se deja mojando en leche.

Para presentar a los comensales, se pone en una bandeja de barro una cantidad de la masa y se lleva al horno. Lo mismo se hace con la otra que habrá reposado en la leche durante unos minutos. Una vez hechas, se espolvorea encima de la masa asada una mezcla de ajo, puerro y cebolla, se colocan las aves encima, se les añade el jugo de cocción por encima y se cubren con la masa asada que se había remojado en leche.

Por José Manuel Mojica Legarre
Con información de: Revista La Alcazaba

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La astronomía en la Antigua Babilonia

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Mesopotamia, esa tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, en lo que hoy en día conocemos como Irak, es la cuna de la civilización. En la antigua Sumeria podemos encontrar los registros más antiguos del estudio de la astronomía. Ellos fueron los pioneros, pero los babilonios y los asirios (que ocuparon la misma zona geográfica) heredaron sus tradiciones astronómicas, mitos y leyendas, y desarrollaron su propia cultura astronómica que, con el tiempo, pasaría a los griegos y llegaría hasta nuestros días. De todas estas civilizaciones, los babilonios fueron los que nos dejaron el mayor legado de la astronomía occidental. Tanto es así, que todavía usamos algunas de sus constelaciones, e hicieron predicciones sorprendentemente acercadas a nuestra comprensión del mundo actual…

Muchos de sus conocimientos han perdurado hasta nuestros días

Al igual que en muchas antiguas culturas (como es el caso de la japonesa, aunque fuese muy posterior), los eventos astronómicos (tanto si eran recurrentes como hechos aislados) tenían un profundo significado religioso para el pueblo babilonio, y sus astrónomos (y sacerdotes) llegaban a dictar cómo debían ser las vidas de los ciudadanos en base a sus interpretaciones de los cielos.

Mucha de la mitología babilonia fue heredada de los sumerios. Algunas de las constelaciones que usamos hoy en día (como las de Leo, Tauro, Escorpio, Géminis, Capricornio, Sagitario y Auriga, la constelación del Cochero) fueron inventadas por los babilonios y los sumerios en algún momento entre los años 3.000 y 2.000 A.C. El zodíaco, de hecho, fue creado por los babilonios, en el que se recogían las doce constelaciones por las que el Sol, la Luna y los planetas viajan a lo largo de su travesía por el firmamento.

Pero las constelaciones no eran sólo una manifestación de las leyendas del pueblo babilonio, también tenían un uso práctico para sus habitantes. Como en otras civilizaciones, la orientación de las constelaciones era muy útil para determinar cuál era la temporada de cosecha, o la temporada ideal de siembra. Algunas constelaciones destacaban por aparecer en el cielo en un momento determinado del año, o por ponerse en el horizonte en un momento en concreto, proporcionando una forma muy certera de medir el tiempo.

No sólo hemos heredado su zodíaco o algunas de sus constelaciones, los babilonios también usaban un sistema numérico sexagesimal (en base 60), que simplificaba la tarea de registrar números grandes y pequeños. De ahí proviene la práctica moderna de dividir un círculo en 360 grados, o de una hora en 60 minutos.

La Tablilla de Venus de Ammisaduqa

Gracias a la Tablilla de Venus de Ammisaduqa, un texto cuneiforme que habla de la aparición y desaparición de Venus en el firmamento al pasar de ser una de las estrellas que aparece al atardecer a hacerlo en el amanecer, podemos saber que los babilonios no sólo entendían que Venus era el mismo objeto pese a aparecer en diferentes momentos del día, si no que también llegaron a calcular su ciclo sinódico (es decir, el tiempo que tardaba en volver a aparecer en el mismo punto en el firmamento).

Según esta tablilla (la más antigua que conocemos relacionada con la astronomía), que recoge las observaciones de Venus durante un período de unos 21 años, la duración de un ciclo venusiano era de 587 días. Sólo se equivocaron en tres días, y todo se debe a su intento de que encajase con las fases de la luna. Es, también, la primera evidencia de que los babilonios entendían que los eventos planetarios eran periódicos.

Los astrónomos de Caldea y Seleuco de Seleucia

Es obligatorio destacar a los astrónomos del imperio de Caldea, que durante la época neo-babilónica, descubrieron el ciclo de eclipses y el saros (un período de 223 meses sinódicos, es decir, unos 18 años y 11 meses), utilizados para determinar cuando sucederían los próximos eclipses solares y lunares. También observaron que el movimiento del Sol en la eclíptica (su movimiento aparente en el cielo) no era uniforme, aunque no supieron explicar el motivo; hoy sabemos que se debe a que la Tierra se mueve en una órbita elíptica alrededor del Sol, provocando que el planeta se mueva más rápido cuando está más cerca del Sol y más lento cuando está en el punto más alejado.

El único modelo planetario que ha sobrevivido de los astrónomos de Caldea es el de Seleuco de Seleucia, que apoyaba el modelo heliocéntrico defendido por el griego Aristarco de Samos. De hecho, Aristarco llegó a teorizar (quedándose muy corto, eso sí) que el universo debía ser mucho mayor de lo que suponían los defensores del geocentrismo, y creía que la Tierra giraba en una órbita circular alrededor del Sol. También tenía su propia explicación para la ausencia de paralaje (es decir, la falta de movimiento aparente entre las estrellas que ves en el cielo por las noches) diciendo que éstas debían estar infinitamente lejos, y por tanto no era perceptible.

Pero volviendo a Seleuco de Seleucia, sabemos que fue uno de los astrónomos más influyentes en Babilonia (junto a otros de la época, como Kidinnu y Naburiano), y el único que apoyaba la teoría heliocéntrica propuesta por Aristarco. Gracias a los escritos de Plutarco, hemos podido saber que Seleuco llegó a demostrar el sistema heliocéntrico por medio del razonamiento, aunque no sabemos con total seguridad qué argumentos usó para conseguirlo.

Según Lucio Russo (un matemático, físico e historiador italiano) es posible que sus argumentos estuviesen relacionados con las mareas. Seleuco teorizó que las mareas eran causadas por la Luna e indicó que las mareas variaban en hora y fuerza en las diferentes partes del mundo. Según el historiador griego Estrabón, Seleuco fue el primero en afirmar que las mareas eran debido a la atracción de la Luna, y que la altura de éstas dependía de la posición de la Luna en relación al Sol.

Por desgracia, ninguna de las escrituras originales de Seleuco, ni sus traducciones al griego, han sobrevivido hasta nuestros días. Pero es inevitable pensar hasta donde hubiera podido llegar el conocimiento de nuestro mundo si los antiguos babilonios, y los griegos, hubieran prestado más atención a la imagen del cielo que tenía Seleuco de Seleucia.

Por Alex Riveiro
Con información de: Astrobitácora

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