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La fundación de Cartago

Según la leyenda, la gran ciudad del norte de África fue fundada por una princesa fenicia, Elisa. El viaje desde su Tiro natal evoca el gran movimiento colonizador de los fenicios a partir del siglo IX a.C.

Uno de los episodios más célebres de la literatura occidental es el de la llegada del príncipe troyano Eneas a Cartago, donde es acogido por la bella reina Elisa, también conocida como Dido. Entre largas conversaciones, banquetes y partidas de caza ambos protagonizan una historia de amor que se verá truncada por la huida intempestiva del troyano para cumplir su destino de fundar una nueva ciudad en Italia, a lo que sigue el suicidio de la reina cartaginesa. Sin embargo, el idilio entre Dido y Eneas no es la única leyenda en torno al origen de Cartago. Una antigua tradición, recogida entre otros por el cronista romano Justino, relata asimismo las circunstancias en que la propia Dido había fundado la ciudad y cómo se inmoló para asegurar su pervivencia.

Todo comenzó en Tiro, la gran ciudad-estado fenicia en la costa del actual Líbano. El rey de la ciudad, Mattan, tenía dos hijos: un varón, Pigmalión, y una mujer, Dido. Tras la muerte del padre, los hermanos se disputaron la sucesión al trono. Dido, quizá por intereses políticos y hereditarios, contrajo matrimonio con su tío paterno, Acerbas, sacerdote de Melkart, quien reunía en su entorno un enorme poder político y militar. Pero Pigmalión, por miedo a perder su posición, asesinó brutalmente a Acerbas. Durante un tiempo Dido disimuló su horror, pero sólo para preparar mejor su huida de la ciudad, llevándose consigo los inmensos tesoros de su esposo, que su hermano codiciaba.

Finalmente, la princesa y un nutrido grupo de fieles se embarcaron hacia Occidente. En su primera escala, en Chipre, la comitiva se acrecentó con nuevos colonos fenicios. Asimismo, con el beneplácito de los sacerdotes del templo de Astarté, Dido se llevó a unas ochenta mujeres jóvenes para casarlas con sus seguidores y fundar una nueva colonia –aunque, según la versión de Justino, las doncellas fueron secuestradas–. Tras escuchar un oráculo que anunciaba la fundación de una nueva ciudad, Dido y sus seguidores partieron de Chipre y prosiguieron la ruta hasta alcanzar la costa del actual Túnez.

Las tretas de Dido

Cuando los fenicios desembarcaron en una bahía junto a la que se alzaba una colina, la población indígena trató de impedir que se instalaran allí. Por ello, Dido debió pactar con Hiarbas, un reyezuelo local, al que convenció de que le vendiera el terreno que abarcase una piel de buey extendida, diciendo que era para que sus compañeros, fatigados, pudieran descansar antes de zarpar de nuevo. Pero la hermosa princesa hizo cortar la piel en finas tiras y así obtuvo la superficie suficiente como para fundar su ciudad. Parece que el nombre de Byrsa, que significa «piel de buey», con el que se conoce a la colina en la que se ubicó la acrópolis de Cartago, recuerda ese acontecimiento.

La leyenda sigue contando que el rey ingeniosamente engañado por Dido quedó prendado de su belleza e inteligencia y se propuso a toda costa tomarla como esposa. Expuso su pretensión a un grupo de notables fenicios, a los que amenazó con declararles la guerra si no convencían a la princesa. Sabedores del horror que sentía Dido por los «bárbaros» africanos, los nobles fenicios intentaron engañarla. Le dijeron que el rey Hiarbas pedía que alguien acudiera a su corte para civilizarlos, y cuando la reina les dijo que cualquiera de ellos debería estar dispuesto a cumplir esa misión aun al precio de su vida, le revelaron la verdadera pretensión de Hiarbas. Dido, entre sollozos y lamentos, les aseguró que haría lo que pedían, pero al cabo de tres meses mandó erigir una pira en las puertas de la ciudad, se subió a ella y se atravesó el pecho con un cuchillo.

Detrás de esta historia legendaria, que conocemos tan sólo por las fuentes grecorromanas, puede adivinarse una realidad histórica. Para empezar, el viaje de Dido y sus compañeros evoca el fenómeno de la colonización fenicia en el Mediterráneo. Sabemos que, desde finales del II milenio a.C., gentes de Tiro, Sidón y otras ciudades fenicias, bajo la amenaza constante del vecino Imperio asirio, surcaron el Mediterráneo en sus barcos. Los marinos fenicios adquirieron un amplio conocimiento no sólo de las técnicas de navegación, sino también de los fondeaderos y los puntos de aguada para sus flotas. Así establecieron rutas marítimas fijas y entraron en contacto con los distintos pueblos de las orillas del Mediterráneo, con los que establecían pactos. La fundación de colonias fue el último paso en este proceso.

Lo que dice la arqueología

Cartago es una de las fundaciones coloniales fenicias más antigua. Según algunos autores (como Filisto de Siracusa, Eudoxo de Cnido o Apiano), su establecimiento se remonta a la época de la guerra de Troya –datada hoy hacia 1200 a.C.–, lo que justificaría el encuentro entre Eneas y Dido. Otras fuentes, con más verosimilitud, sitúan esa fundación hacia finales del siglo IX a.C. Una inscripción del rey asirio Salmanasar III la data entre 825 y 820 a.C., e incluso alude a un rey Mattenos/Mattan de Tiro. Esta última fecha ha sido confirmada por la arqueología y por las dataciones de radiocarbono.

También hay indicios de que los colonos fenicios entraron en contacto con la población indígena del lugar. El nombre de Cartago, en fenicio Qart Hadasht, significa «ciudad nueva», un topónimo que los fenicios utilizaron para sucesivos asentamientos de similar carácter en Chipre, Cerdeña, el norte de África o en la península Ibérica, donde los propios cartagineses fundarían en el siglo III a.C. la actual Cartagena. En el caso de Cartago, el topónimo tal vez indica que a la llegada de los tirios existía un asentamiento indígena en la colina de Byrsa. Los arqueólogos han hallado en la zona agujeros de postes, propios de pequeñas cabañas típicas de un asentamiento anterior a la llegada de los fenicios. Estas cabañas, de planta oval, presentan una estructura arquitectónica simple con cimientos de mampostería y muros de adobes. Hemos de imaginar toda la ladera sur de la colina de Byrsa construida con estas cabañas de cubierta vegetal, agrupadas dejando espacios abiertos entre sí a modo de plazas, donde se intercambiarían todo tipo de productos y ganado. No en vano, en la Eneida Virgilio explica cómo Eneas, a la vista de Cartago, «admira esta obra hasta no hace mucho constituida por simples chozas».

Tal como se relatan en el mito, las negociaciones entre Dido y los indígenas de la zona, primero para comprar el terreno y luego para negociar un enlace, también pueden reflejar hechos de épocas remotas. Las relaciones coloniales solían ir acompañadas de pactos, del pago de tributos y de adquisición de terrenos. Además, Cartago no fue una colonia aislada de su entorno, sino que surgió como una cultura mestiza desde su inicio. La base cultural fenicia de la nueva colonia no impidió que los pobladores de origen africano dejaran en ella su rastro, como atestiguan las fuentes documentales. Justino describe cómo, «atraídos por la esperanza de ganancias, los habitantes de los lugares cercanos acudieron en tropel para vender sus géneros a estos nuevos huéspedes, estableciéndose junto a ellos, y su número creciente daba a la colina el aspecto de una ciudad». Las posibilidades que ofrecía el lugar eran óptimas, sobre todo para el desarrollo de la agricultura y la ganadería.

De aldea a gran metrópoli

Asimismo, la arqueología aporta información sobre la fisionomía de la Cartago arcaica. Las casas, de planta rectangular, se disponían en varias alturas y contaban con terrazas y pequeños patios interiores. Desde muy temprano se desarrolló un urbanismo organizado en torno a calles y plazas. De la primera Cartago se han localizado los restos de los puertos, algunos espacios sagrados como el tofet (santuario dedicado a los dioses Tanit y Baal donde se practicaban sacrificios humanos) y las murallas.

Gracias a su posición geográfica y a los beneficios de su actividad comercial, Cartago estableció en pocas décadas su liderazgo sobre el resto de las colonias fenicias del Mediterráneo central, al tiempo que sellaba diversos tratados político-económicos con otros Estados de la región. Todo ello, acompañado por la construcción de una potente armada, sentó las bases del denominado imperialismo cartaginés a partir del siglo V a.C., que acabaría entrando en colisión con el de Roma. En este aspecto, cabe señalar que los cartagineses rompieron con la tradición de las ciudades fenicias. Mientras que éstas se habían centrado en la fundación de colonias comerciales y no habían mostrado interés en controlar el territorio circundante, los cartagineses, siguiendo el modelo colonizador griego, pronto se propusieron extender su dominio sobre amplios territorios, de modo que la primigenia colonia se convirtió en una entidad urbana de carácter estatal.

Esta evolución fue posible gracias al tipo de sociedad mestiza que surgió en Cartago. Prácticamente desde los inicios de su historia, colonos e indígenas compartieron los mismos espacios urbanos y quizá también, transcurridas un par de generaciones, los espacios religiosos y funerarios. Es revelador, por ejemplo, que en las necrópolis de otros núcleos púnicos tunecinos, como Kerkouane, Korba o Sidi Salem, se encuentren epitafios con nombres tanto fenicios como líbicos, griegos o itálicos. Esa integración aseguró el control de Cartago sobre el territorio circundante, lo que fue clave para su posterior desarrollo. Ciudad y territorio se retroalimentaron para el bien común y todo ello fue, sin duda, reflejo del carácter abierto de unos ciudadanos que asumieron desde el origen que su principal riqueza radicaba en el mestizaje.

Para saber más:
Cartago. Una ciudad, dos leyendas. C. Wagner. Alderabán, Madrid, 2001.
Los fenicios: del monte Líbano a las columnas de Hércules. F. Prados Martínez. Marcial Pons, 2007.
El silbido del arquero. I. Vallejo Moreu. Contraseña, Zaragoza, 2015.

Con información de: National Geographic

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El terremoto que dejó a los fenicios sin casa

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Los arqueólogos que dirigen la nueva excavación en el yacimiento del Cabezo Pequeño del Estaño de Guardamar trabajan con la hipótesis de que durante el primer tercio del siglo VIII a.C. se registraron uno o varios terremotos que causaron numerosos destrozos y que motivaron que la población se desplazara hasta el yacimiento de La Fonteta, en la misma localidad.

Según explicó el director del Museo Arqueológico de Guardamar, Antonio García, los indicios apuntan a que en un momento determinado las estructuras defensivas que bordeaban el poblado y ciertas casas se vinieron abajo, probablemente por la actividad sísmica. Aunque se pusieron refuerzos laterales, siguió habiendo problemas estructurales y algunas de las edificaciones se vinieron abajo. También hay que tener en cuenta la inestabilidad del suelo, formado principalmente por areniscas. Los investigadores creen que cuando empezaron a tener tantos problemas es posible que los pobladores dejaran la zona originaria para desarrollar actividades metalúrgicas y trasladaran sus casas a la otra zona. Ahora se ha encontrado una vivienda de planta circular ovalada con bancos de arcilla adosados a los muros y ánforas y vasos cerámicos que probablemente servirían para contener agua. A este respecto, no descartan la próxima aparición de hornos ligados a esa actividad con los metales.

La excavación arqueológica la están llevando a cabo varios licenciados y alumnos del Máster de Arqueología de la Universidad de Alicante y de la Universidad de Murcia, junto con voluntarios de Guardamar y de Torrevieja. El promotor de dichos trabajos es el Ayuntamiento de Guardamar, quien subvenciona los gastos de la actuación. Los trabajos arqueológicos se enmarcan en un proyecto conjunto entre la Universidad de Alicante y el Museo Arqueológico del municipio.

La actividad se retomará en otoño y los restos encontrados se someterán a un proyecto de consolidación y restauración para preservar el yacimiento de cara a su posterior puesta en valor ligado al turismo cultural. El Cabezo Pequeño del Estaño es a día de hoy el único poblado con murallas de casamatas de origen fenicio en la península ibérica, con una cronología que se remonta al primer tercio del siglo VIII a.C., dentro de la fase arcaica de la colonización fenicia del territorio español.

Por M. A. Rives 

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La vigencia de Melqart

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El dios fenicio de la navegación, de la meteorología, de la colonización, Melqart -o Melkart, como se había escrito hasta ahora-, es el mito que, de manera recurrente, regresa para envolver la leyenda más fascinante de cuantas envuelven nuestro pasado. El dios de Tiro adorado en todo el Mediterráneo y, por supuesto, en Gadir, en donde los fenicios erigieron hacia el siglo VIII a C. un templo, como ya saben, al que peregrinaron Aníbal y Julio César. Aquel templo, con toda su extensa leyenda, fue conocido en todo Occidente y estuvo, con toda seguridad, en el entorno de lo que hoy es el castillo de Sancti Petri. Y, gracias a ese templo, nació el asentamiento que da origen a Chiclana: el yacimiento fenicio del Cerro de Castillo. «Es posible que el recinto fortificado y las diferentes dependencias excavadas estén relacionadas con el Heracleión. La magnitud e importancia del templo haría necesaria la existencia en un lugar próximo en tierra firme y al amparo de temporales, [un asentamiento] donde residieran los encargados del templo (sacerdotes, astrónomos, siervos, etc.) así como todos aquellos individuos relacionados con las transacciones comerciales y la vida cotidiana de cualquier comunidad (navegantes, comerciantes, campesinos, etc.)», escribe Juan Cerpa Niño, el arqueólogo que junto a Paloma Bueno Serrano tuvo el privilegio de excavar la historia y, por primera vez, darnos una imagen más nítida de lo que fue la Chiclana fenicia. Cerpa Niño ha acabado de publicar un libro -titulado simplemente «Los fenicios»- en el que describe en su amplitud el «marco geográfico, costumbres y expansión colonial» de aquella metrópolis. Y en el que dedica algunas páginas a Chiclana y su Heracleión o santuario de Hércules, que como los romanos conocieron y preservaron el templo de Melqart.

Hoy Melqart -el templo y su memoria- impregna algunas novedades literarias, certificando, si así lo podemos decir, que sigue estando muy presente en este confín de Occidente aunque las piedras con las que fue construido hayan desaparecido después de que los almorávides lo destruyeran en el siglo XII, como hoy ha destruido el Estado Islámico los templos de Palmira sin ir más lejos, para borrar la memoria y cualquier atisbo de religiones más allá del Corán. La leyenda añade que lo que, realmente, buscaban era el gran tesoro que acompañaba al enterramiento de Hércules, con el que los romanos sustituyeron la devoción a Melqart. Sobre las aguas de Sancti Petri -continúa la leyenda- robó Hércules los bueyes de Gerión, el décimo de los «trabajos» con el que le castigó Euristeo. Y dice la mitología que aquí yace enterrado. He podido leer la novela «Melqart, la herencia de Sancti Petri», escrita por el pacense Manuel Romero Higes, editor también tan enamorado de esta tierra -y residente, además- que incluso ha bautizado su nueva editorial como Herakleión. «La atracción de aquel islote no era comparable a nada que hubiera sentido anteriormente; necesitaba volver allí. Para mí era mucho más que una isla de arena y roca sobre la que se erigía un ruinoso castillo adosado a un faro de haces autómatas. Sus leyendas milenarias habían atrapado mi miga de rastreador marino», escribe el narrador, Diego, recordando cuando era un niño de la Almadraba y junto a su amigo Román, al principio de los años 70, iban al «pie del Castillo» para jugar a ser marinos más allá de Rompetimones. Y, entre baños e inmersiones hayan una de las más hermosas herencias arqueológicas de Sancti Petri: la estatuilla en bronce del dios Melqart, hoy una de las piezas más reconocidas del Museo de Cádiz.

La búsqueda del templo de Melkart -del Heracleión, o del santuario de Hércules, devoción que dicho sea de paso el catolicismo heredó con San Pedro- es también un mito que la literatura ha reiterado. Hay ya unas cuantas novelas con ese argumento, aunque recuerdo una escrita hace años por Gonzalo Millán del Pozo, titulada llanamente «El templo de Melkart», que contenía ciertos tonos de realismo, no porque en ella se hallaba y exploraba el suntuoso templo sumergido en las aguas del caño de Sancti Petri -que en la novela es lo que sucede-, sino por la constante presencia de furtivos buscadores de tesoros y el tráfico ilegal de piezas arqueológicas que han asolado la memoria. Pero quizás, y es una lectura reciente, la que más me ha gustado es «El cadáver en la Bahía de Cádiz», una novela policíaca firmada por David Serafín -seudónimo del hispanista Ian Michael- a principio de los años 80, dentro de la magnífica serie que dedicó al comisario Bernal. La novela la ha reeditado la editorial Berenice y ahora es cuando la he leído. Muy rigurosa en cuanto a su definición como novela negra, contiene dos «casos» paralelos investigados por Bernal, uno dentro de una compleja operación contra la seguridad nacional incitada por Marruecos y, otro, vinculado a la huida de militares golpistas encarcelados en Cádiz. Lo que nos interesa es que Chiclana está muy presente en el relato y, aún más, Sancti Petri, en donde los buzos de la Marina encuentran la antesala del templo de Melqart a través de uno de los pozos de agua dulce del castillo. Ficción, por supuesto. Y leyenda. Pero nuestra.

Juan Carlos Rodríguez
Con información de:Diario de Cádiz

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Viticultura:Influencia sirio-palestina de la edad de bronce

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El CSIC demuestra la influencia sirio-palestina de la edad de bronce en el modelo de viticultura que transformó la economía de la península ibérica

El CSIC corroboró la influencia de la zona sirio-palestina de la Edad de Bronce en el sistema de viticultura introducido por los fenicios, que supuso una revolución en la economía y el paisaje de la Península Ibérica en el I milenio aC e impulsó el cultivo de la vid y el consumo del vino por todo el Mediterráneo. “La importancia económica, social y cultural de la viticultura pervive desde entonces”, explicó el doctor José Ángel Zamora, científico titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (ILC), que estudió restos binarios y documentación arqueológica y textual de las comunidades asentadas en las antiguas tierras de Mesopotamia, Egipto y, especialmente, SiriaPalestina.

El doctor José Ángel Zamora mantuvo que a pesar de que eran culturas de hace más de 3.000 años, utilizaban técnicas de viticultura muy avanzadas. Tenían un profundo conocimiento de la planta y consiguieron un temprano dominio de su cultivo, que se intensificó y extendió hasta hacerse fundamental en la zona, con el objetivo de elaborar vino. Su producción y consumo se convirtió en un rasgo cultural de gran presencia y arraigo, característico del modo de vida y de la mentalidad del grupo.

El CSIC constató que la existencia de una zona sirio-palestina en la Edad del Bronce próximo-oriental (III y II milenios aC) de una extension del cultivo de la vid que, al final de este periodo, dio lugar a modificaciones del paisaje y nuevos desarrollos económicos, que incluían el cultivo especializado y las exportaciones de la producción excedentaria del vino. Durante 1.500-1.200 aC el uso y el consumo de vino ya había adquirido importantes valores simbólicos y formaba parte fundamental de las creencias y prácticas de la comunidad.

En el yacimiento de la antigua ciudad ‘cananea’ de Ugarit, situada cerca de la actual Latakia, en Siria, se hallaron miles de tablillas de barro, correspondientes a la literatura mítica de sus habitantes, a los textos rituales, a la correspondencia de las élites y, principalmente, a los respiros legales y a la contabilidad del palacio real, que permitió desarrollar una investigación específica sobre la vid y el vino en Urgarit. Con este estudio, CSIC develó cómo eran los cananeos de finales del II milenio, sus formas de cultivo, las técnicas de producción de vino, la gestión administrativa de la producción y el consumo de la bebida o su valor y usos ideológicos.

Desde el área sirio-palestina, el cultivo de la vid y la elaboración del vino se extendió al resto del Próximo Oriente y los fenicios lo introdujeron en la Península Ibérica. “A partir de los fenicios es cuando la viticultura se dispara en la Península Ibérica. La agricultura se dirige al cultivo de la vid orientado a la elaboración del vino y supone una auténtica transformación en el paisaje, en la economía, en la sociedad y en el general de la cultura de los antiguos habitantes peninsulares”, añadió el doctor José Ángel Zamora.

Con información de : Interempresas

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El legado fenicio en la España antigua

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Los Fenicios, un extraordinario pueblo que amaba las artes, la investigación, la filosofía, la ciencia de la navegación. Dominaron todo el Mediterráneo con sus veloces barcos y comerciaron con todos los pueblos de la antigüedad. Su afán de exploración los llevó a navegar desde el Estrecho de Gibraltar hasta América, mucho antes que Cristobal Colón.

El legado fenicio y cartaginés en la España Antigua duró unos 1400 años, desde finales del segundo milenio a.C. al 400. Los fenicios venían en busca de metales. Trajeron la escritura, el hierro, el aceite, nuevas técnicas de explotación de las minas. Introdujeron sus dioses, sus templos, sus rituales religiosos y la cremación de los cadáveres y el urbanismo del Oriente. Una serie numerosas de santuarios del sur de España son fenicios. Hubo una colonización fenicia en el Guadalquivir. Invadieron el Oriente de metales procedentes de las minas y de salazones. Durante el siglo V a.C. lucharon iberos como tropas mercenarias en el ejército fenicio en Sicilia. Con la llegada de los Bárquidas hubo una verdadera conquista de todo el sur y levante, y una penetración hasta el interior de la meseta. Se explotaron a gran ritmo las minas con nuevas técnicas de explotación y las pesquerías, en régimen de monopolio. Fundaron ciudades y acuñaron monedas. Las tropas celtibéricas y lusitanas participaron activamente en la Segunda Guerra Púnica. Se asentaron cartagineses en el sur. De Cádiz partieron las expediciones por el Atlántico en el s. V a.C. Todo el sur de España estaba habitada por cartagineses al final de la República Romana. En época romana se introdujeron nuevos dioses como Tanity Dea Caelestis. El culto a Melqart duró en Cádiz hasta el año 400.

Hace años los investigadores daban poca importancia al mundo semita en la formación de la cultura ibérica, valorándose sólo la aportación griega. Desde hace unos decenios cada vez es mayor la revalorización del impacto, en todos los órdenes, debido a las colonizaciones fenicia y cartaginesa.

Ya desde finales de la Edad del Bronce, siglos IX-VIII a.C., se señalan una serie grande de aportaciones fenicias, llegadas a comienzos de la colonización, muchas de las cuales han llegado hasta nuestros días.

En la actualidad se ha planteado la posibilidad de que hubiera habido una precolonización fenicia llegada a Occidente, que J. Alvar fecha poco antes del año 1000 a. C. La fecha más antigua dada por los autores antiguos a la llegada de los fenicios a Occidente se refiere a la fundación de Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente.

El geógrafo griego Estrabón, contemporáneo del emperador Augusto (-27-14), en su Geografía (III.5.5), que es el libro más importante de la Antigüedad sobre la Etnología de los pueblos de la España Antigua, recoge la noticia -sin duda procedente de Cádiz-, de que los fenicios de Tiro realizaron tres viajes de tanteo hasta fundar Cádiz.

El primero llegó a Sexi (Almería); el segundo a Huelva, y el tercero y definitivo, a Cádiz. Lo primero que hicieron los navegantes fue levantar un santuario a Melqart, dios de Tiro, el Hércules de los romanos. El hispano Mela (III.46), que vivió en el s. I, menciona la ciudad, el santuario y su localización. El naturalista latino Plinio el Viejo, muerto en el año 79 con ocasión de la erupción del Vesubio, en su Historia Natural cita a Cádiz (IV.119), y da su longitud. Estrabón, Mela, Plinio y Veleyo Patérculo, propusieron la fecha de la caída de Troya -hacia el año 1250 a.C.- como fecha de la fundación de Cádiz. Los recientes datos arqueológicos de la ciudad proporcionan la fecha de finales del s. IX a.C.

Los fenicios trajeron a Occidente:

– La introducción de la pintura vascular, empleada en la actualidad. En la cerámica de Cástulo (Jaén) se copian motivos decorativos tomados de telas fenicias pintadas o bordadas, por las que las mujeres fenicias eran muy famosas.

– El uso de vestidos nuevos, como lo indica la presencia de fíbulas.

– La introducción de la escritura del S.O., documentada en la ría de Huelva en torno al 700 a.C. Los fenicios fueron los inventores del alfabeto, que copiaron los griegos.

– La propagación de armas nuevas, cascos con cuernos, carros, escudos, liras, etc., que usó una aristocracia guerrera indígena, atestiguadas en las estelas hispanas localizadas en la región que se extiende del Tajo al mediodía y en el valle del Ebro.

– La generalización entre los indígenas del aceite y del vino, en uso como alimentos hoy día, que a partir del s. VIII a.C. se cultivaron en las colonias fenicias de Toscanos, Chorreras y Mezquillita, y poco después entre los nativos del valle del Guadalquivir y del Genil.

Según Plinio (XV.1), siguiendo el testimonio de Ferrestela, que vivió en época de Augusto, el aceite se introdujo en Italia, España y África después del año 173 de la fundación de Roma. Antes había el acebuche, que era un olivo silvestre.

– La introducción en Occidente del asno, de la gallina y de la púrpura.

-Los garbanzos, las lentejas y las alcachofas (Plin. XIX.152), representadas en mosaicos de Hispania (Raba9al, A.S.) y del norte de África.

– La propagación entre los tartesios de la religión fenicia; rituales de culto (santuarios de Despeñaperros, Jaén; Híspalis, Carmona, etc.); rituales funerarios, parecidos a los seguidos por los fenicios asentados en Chipre, iguales a los descritos por Homero, que después se mantuvieron entre los pueblos tartesios, turdetanos e ibéricos; danzas fúnebres (Ategua y Medellín). La propagación entre la población del S. V del levante ibérico del culto a dioses fenicios, como Astarté, Bes, Reseph, Baal Hammon, al que los navegantes fenicios, que costeaban la Península Ibérica, consagraron tres cabos: los de Palos, de Segres y San Vicente, y una isla; de Baal Safón y de Melqart, este último contó en la ciudad de Cádiz con uno de los templos más famosos de toda la Antigüedad, en el que se mantuvieron los rituales del santuario de Tiro hasta finales de la Antigüedad, cuando el poeta Avieno lo visitó, año 400. En Cástulo y en otros lugares de la Península Ibérica (Carmona, Sevilla), los fenicios introdujeron un tipo de santuario que tiene paralelos en Oriente, Arslan Tash, Tell-Barsip, etc. Con estos santuarios tartésicos se relaciona la introducción de los peble-mosaics, mosaicos de guijarros (Cástulo).

– La introducción del ritual de Adonis (Híspalis), el amante de Afrodita. Muy venerado en el Líbano, en una versión muy arcaica, atestiguada en las Actas de Justa y de Rufina, mártires de comienzos de la Tetrarquía.

– Los fenicios trajeron a Occidente varios mitos del Oriente, como el de Gilgamesh y Enkidu y la ramera sagrada. (Pozo Moro, Albacete) y el de Habis. Un marfil de Medellín está decorado con un personaje que cubre la cabeza con un gorro picudo, que clava un puñal a un toro que embiste. M. Almagro Gorbea ha interpretado la escena como Melqart y el toro celeste. Con seguridad, no es un mito griego. El mito del robo por Hércules de los toros de Gerión podría haber sido traído al Occidente por los fenicios de Chipre, donde está bien documentado en Golgoi y Pyrga a finales del s. VI a.C. y a finales del s. VII a.C. respectivamente. Esta tesis ha sido propuesta por M. Almagro Gorbea y aceptada por nosotros. En el reverso del marfil se representó un árbol de la vida, hecho con palmetas de cuenco superpuestas, como en la pátera de Kurion. En el lado izquierdo está entronizada una figura femenina delante del árbol de la vida, de perfil, sujetando con las manos flores de loto, como en los marfiles de

Nimrud del Fuerte de Salmanasar III (558-824 a.C.). En el lado derecho se encuentra, colocado de pie y de perfil, un varón con flores de loto en las manos.

Estesícoro de Himera (640-555 a.C.), que habitaba en la colonia más occidental del Mundo Griego, situó el mito de Gerión en Eritheia, Cádiz, donde también lo colocó Hesíodo, hacia el 700 a.C., en la Teogonia (287 ss.). Estesícoro compuso un poema, de nombre Geroneiis, perdido, que se ha propuesto que fuera la fuente de la Biblioteca (2.510) de Apolodoro, probablemente en el s. I. El mito de Gerión fue muy representado en los vasos áticos de figuras negras. Otro mito de muy difícil interpretación traído por los fenicios, pero muy probablemente de procedencia siria, es el relieve empotrado en la torre funeraria de Pozo Moro, quizás de época -o por lo menos de estilo- orientalizante, en el que se representa un personaje entronizado con doble cabeza de carnívoro. La mano derecha sostiene en alto un cuenco con un niño en su interior. La mano izquierda sujeta las patas de un jabalí colocado de espaldas en una mesilla. Detrás, un hombre o mujer con cabeza de fiera se dispone a comer el contenido en otro cuenco. A la derecha, un personaje con cabeza y cola equina, con largo cuchillo acodado, descuartiza a otra víctima colocada en un taburete o altar. El personaje equino tiene un paralelo en un relieve del Museo Arqueológico de Ankara. Quizás sea un mito del tipo del de Cronos. Ni el mito de Gerión, ni el de Heracles y el toro celeste, ni el de Gilgamesh, ni el de Enkidu y la ramera sagrada, ni el relieve con posible Cronos tuvieron aceptación entre los iberos.

En Cádiz estaba abierto al culto un templo dedicado a Cronos (Str. III.5.3), al que todavía, a finales de la República Romana, se ofrecían sacrificios humanos.

Cronos es el Moloc fenicio, cuyo culto estuvo muy extendido en Canaán y en las colonias fenicias. Se le ofrecían sacrificios humanos (1Re 11.5.7.33; 16.3; 2Or. 28; Le. 18.21; 20.2). Salomón (965-928 a.C.) y Ajab de Israel (871-851 a.C.) fueron devotos de Moloc. En su honor, quemaban niño.

Cronos es Baal Hammon (Fil 2.14-16; Damasc. Isid. 11.5), y para los romanos, Saturno (Tert. Apol. 9.2-3). Las Sagradas Escrituras le llaman el dios de los ammonitas. Era venerado en Cartago, donde también se le ofrecían niños, introducidos en una estatua de bronce incandescente (Diod. XX.14.6).

– Los fenicios generalizaron en la Península Ibérica algunas técnicas nuevas de trabajar la joyería, como el granulado y el repujado, después muy utilizado entre los nativos.

– Introdujeron el uso y talla del marfil (Carmona, Medellín, etc.), con una técnica utilizada en Oriente (Meggido) a finales del III milenio y no empleada ya en el período orientalizante en Grecia, Etruria o Fenicia.

– Nuevas técnicas para la extracción de metales (Sierra Morena, Carro Salomón, Huelva y Cástulo, Jaén).

– La llegada de la metalurgia del hierro, en torno al 670 a.C. (Almuñécar, Granada).

– El alumbrado (Almuñécar) mediante lámparas de aceite, que ha llegado hasta el mundo moderno.

– Técnicas de construcción (Toscanos) usadas en el interior (Cástulo).

D. José María Blázquez Martínez

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La cara oculta de Ibiza

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Esta isla española no es sólo fiesta y diversión nocturna, también cultura y arqueología

Ibiza tiene fama en todo el mundo por sus fiestas extravagantes y sus calas de aguas turquesas. Sin embargo, su valor histórico y artístico sigue siendo desconocido. La isla, cruce de culturas durante siglos, cuenta con importantes enclaves históricos, entre ellos la necrópolis de Puig des Molins.

No hay un lugar en todo el mundo como el puerto de Ibiza en una noche de verano. El espectáculo, alimentado por la excentricidad y la frivolidad de los multimillonarios, excitados por sus facturas prohibitivas, supera todo lo imaginable. El desfile de personalidades es tal que basta con sentarse en una terraza y dejar pasar el tiempo contemplando el exceso. Cuanto más tarde mejor.

Pero el ruido, la fiesta y la vivacidad de la masa visitante que inunda Ibiza durante 14 semanas oculta su innegable valor histórico, cultural y arquitectónico. En 1999 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad la acrópolis de Dalt Vila (el casco antiguo de la ciudad de Ibiza), la necrópolis fenicio-púnica de Puig des Molins y el asentamiento fenicio de Sa Caleta, vestigios de los primeros asentamientos de la isla.

Viaje a la muerte en la Ibiza antigua

Puig des Molins es una pequeña colina coronada por varios molinos que en los siglos púnicos fue una inmensa necrópolis. Allí se encuentra el Museo Monográfico del Puig des Molins, que ofrece un recorrido por la muerte en la antigüedad a través de los materiales recuperados en las tumbas fenicias, púnicas y romanas.

El elemento más abundante del yacimiento son los hipogeos púnicos: tumbas subterráneas cavadas en el interior de la roca, de lejana tradición egipcia y plenamente adoptado por la cultura cartaginesa.

Los ajuares son mucho más numerosos y variados que los fenicios. Incluyen elementos del tocado y adorno personal (cuentas de collar, joyas), elementos de significado mágico religioso (huevos de avestruz, terracotas, escarabeos) y recipientes de cerámica, que tenían un valor funcional.

Destaca el busto de la diosa Tanit, una de las más importantes de la mitología cartaginesa, convertida en un verdadero símbolo de Ibiza. No es extraño ver comercios con el nombre de Tanit e incluso mujeres que se llaman así. La diosa representa el amor, la fertilidad, la vida y la prosperidad.

Dalt Vila, una acrópolis para la posteridad

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La silueta de Ibiza, coronada por la catedral de Santa María, el edificio más emblemático de la ciudad consagrado en 1235, conserva un singular legado histórico, conformado por el recinto amurallado mejor conservado del Mediterráneo. Su construcción fue impulsada por Carlos I y Felipe II para mantener y defender los territorios de la Corona española. El lugar fue reservado para el estamento eclesiástico, las familias adineradas y los organismos públicos.

Cuando la isla dejó de ser el blanco de los ataques de piratas turcos y berberiscos, la acrópolis, conocida como Dalt Vila (la ‘ciudad de arriba’) quedó en pie para la posteridad. Todavía hoy es posible pasear entre callejones empinados, caserones cerrados, ventanas góticas y jardines ocultos, cuyos rincones esconden una bellísima mezcla de estilos históricos.

Además, es un lugar para contemplar la maravillosa vista del puerto y de la bahía. Los baluartes de la fortaleza se han convertido en improvisados miradores sobre la ciudad, desde donde también se puede distinguir la isla de Formentera. Por la noche se aprecia la colorida iluminación y la música de las discotecas, que agresivamente disfrazan la luz de las estrellas y el sonido del Mediterráneo.

Joyas de arqueología

Los aficionados a la arqueología podrán disfrutar del poblado fenicio de Sa Caleta, declarado Patrimonio de la Humanidad, y en el asentamiento púnico-romano de Ses Païses de Cala d’Hort.

Ambos se encuentran situados en enclaves privilegiados donde todavía se mantiene el orden natural y se puede disfrutar de puestas del sol mágicas. La más famosa es la que se puede apreciar desde la Torre des Savinar en la Reserva Natural de Cala’Hort. La presencia de los imponentes islotes de Es Vedrá y Es Veranell rompen la monotonía del horizonte y se alzan como dos colosos en medio del cielo. El sol, al perder su fuerza, se esconde tras su silueta, dibujando con espectaculares colores una de las imágenes más emblemáticas de Ibiza.

El yacimiento de Sa Caleta es el lugar donde probablemente se ubicó la primera ciudad fenicia de las Pitiusas (fundada en el siglo VII a.C). Este gran establecimiento, descubierto en la década de los 80 y 90, está construido por una trama urbana con callejuelas y placitas. El barrio sur es el único que está en exposición, protegido por una verja.

Con información de : El Tiempo

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Murex, una marca con pasado fenicio

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Dos torreños unidos por su pasión por la gastronomía, Antonio Montes e Israel Bergillos, pusieron en marcha la firma de cervezas artesanales Murex hace menos de un año. Preguntados por entonces sobre el origen del nombre de la marca ya señalaban que detrás existía una larga historia, basada en los orígenes fenicios de Torre del Mar. Y es que que incluso se habían dirigido al arqueólogo municipal Emilio Martín Córdoba para rescatar el término que daba nombre a unos caracoles carnívoros marinos y que a su vez resumía una labor absolutamente compleja.

«Fenicia era famosa por un tinte de color púrpura, el más famoso y costoso de la época, porque para poder teñir una sola prenda tenían que extraerlo de 12.000 moluscos a los que en ese momento llamaban murex», argumenta Antonio Montes. El animal más parecido de cuantos hoy por hoy se localizan en las costas españolas es la cañadilla o cañaílla, muy apreciada en la gastronomía andaluza.

De esta otra especie también lograban los fenicios fabricar un tinte entre púrpura e índigo, denominado azul real. Pero el tinte de murex era el más costoso. Se denominaba púrpura de Tiro, así como púrpura real o púrpura imperial. Los fenicios retuvieron el monopolio de un tinte que en Asia Menor tenía un precio equivalente a la plata, según la documentación histórica que pervive desde entonces, pero posteriormente lograron aprender las mismas técnicas tanto griegos como romanos.

Con información de :La Opinión

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