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Marrakech antes de la romanización

La colonización Fenicia

Fenicios y cartagineses

Los fenicios fueron los más diestros marineros de la Antigüedad. El nombre «fenicio» es de origen griego phoenikes=hombres rojos; los romanos los llamaban poeni=púnicos.

A partir del II milenio, se extienden por el Mediterráneo occidental. Conocemos sus navegaciones por referencias de los historiadores griegos y latinos. El principal incentivo de sus viajes era la búsqueda de metales. Según la tradición, los fenicios de la ciudad de Tiro, que disponían de una gran flota mercante, fundaron en el 1100 a.C. la Factoría de Liks o Lixus (Larache), al mismo tiempo que Gadir (Cádiz). Ambas están situadas a la misma distancia del estrecho de Gibraltar. Pero las excavaciones arqueológicas realizadas en Larache no han confirmado fecha tan antigua: los restos de cimentación, de cerámica y algunas sepulturas, se remontan al siglo VII a.C.

La mayor aportación cultural de los fenicios fue la invención y difusión de un alfabeto (nombre tomado de los primeros signos alph =buey y beth = casa), formado por 22 signos consonánticos, que se escribían de derecha a izquierda. Su invención fue motivada por la necesidad de hallar un sistema de comunicación sencillo que facilitara el comercio. Un defecto del alfabeto fue la falta de signos vocales, pero lo solucionaron los griegos en el siglo VII a.C. al añadir cinco.

El problema es que estos vestigios datan de una época en que ya existe Cartago, colonia fundada por los fenicios de Tiro en el 814 a.C., cerca de la actual Túnez. Le dieron el nombre de Qart Hadast (Ciudad Nueva). Lo seguro es que la influencia púnica se deja sentir verdaderamente en Marruecos a partir del siglo VI a.C. cuando Cartago toma el lugar de Tiro, al ser destruida ésta por los asirios, pasando a convertirse en una gran potencia que domina todo el Mediterráneo Occidental. Se han encontrado restos púnicos en el litoral mediterráneo, en Russadir (Melilla), Abdeslam del Behar y Alcázar Seguir; en la costa atlántica, en Sala (Chellah), Zitis (Arcila), Tánger (bien conocida esta factoría por las excavaciones de Ponsich), además de las otras factorías ya citadas, Essaouira y Lixus. Todos son establecimientos costeros; en el interior se han hallado restos en Volúbilis.

Los cartagineses no querían intrusos que les disputaran su dominio del mar, su monopolio exclusivo de los mercados; especialmente temían a sus rivales griegos. Tenían la costumbre de capturar todos los barcos griegos que encontraban en las aguas del Mediterráneo Occidental y hundirlos, con hombres incluidos. En el siglo VI a. C., los cartagineses derrotaron a los griegos de Sicilia y de Marsella y detuvieron sus ansias expansionistas. La aristocracia de ricos comerciantes que gobernaba Cartago probablemente buscaba en Marruecos metales raros, como el oro. En el siglo V a.C. organizaron dos expediciones para reconocer la ruta del estaño y la del oro. Una, dirigida por Himilcón, fue a las Islas Casitérides (probablemente hasta Irlanda); otra, dirigida por Hannón, recorrió las costas marroquíes del Atlántico. El periplo de Hannón lo conocemos por traducción griega.

Otros incentivos de Marruecos para los púnicos eran el marfil de los abundantes elefantes y sobre todo, la púrpura, valioso colorante que obtenían de la concha de un molusco marino, el múrex, cuya comercialización tenían casi monopolizada. También explotaban los recursos pesqueros litorales y fabricaban salazones; se han encontrado restos de obradores de garum (salsa de pescado de lujo) en Lixus. Crearon salinas para ello. Desde sus factorías costeras (a la vez escalas, almacenes y mercados) extendían entre los indígenas sus mercancías (vidrios, cerámicas, objetos de bronce o hierro, tejidos de púrpura…) y se llevaban las plumas de avestruz, el marfil y el oro del Sudán y Guinea, así como los productos y esclavos del país.

Herodoto nos ha dejado un texto sobre el comercio del oro. Podemos preguntarnos cuál ha sido el grado de influencia, en extensión y profundidad, de los púnicos colonizadores sobre los pueblos indígenas. Ha habido una tendencia a sobrevalorar su papel; hoy se piensa que en Marruecos fue menor que en otras partes de África, como Túnez, que los cartagineses habían ocupado militarmente. Pero aquí no hubo conquistas territoriales, limitándose a realizar alianzas con los príncipes indígenas y a mantener la hegemonía en el mar. A su contacto se debe la ampliación del uso de metales, la extensión de cultivos (como la vid, el olivo, el granado, la higuera) y la sedentarización en el norte del país. Su influencia cultural fue aún mayor (gustos y dioses), notándose especialmente en la escritura libio-púnica. Curiosamente, esta influencia púnica sobrevivió a la destrucción de Cartago por los romanos (146 a.C.) haciéndose cada vez más importante.

Los griegos

en su expansión colonizadora por el Mediterráneo es posible que llegaran también a las costas de Marruecos, pero no dejaron ninguna huella. Rechazados del Norte de África y del Estrecho de Gibraltar por los cartagineses, los envolvieron en un velo de leyendas. Marruecos fue tierra de leyendas maravillosas, como las del Atlas y algunos trabajos de Hércules. Estos bellos relatos esconden la pena de los griegos por no haber podido poner pie en las ricas regiones desde donde llegaban el oro y el estaño. Los griegos dejaron las primeras noticias escritas.

Los reinos Mauritanos

Desde la caída de Cartago (146 a.C.), los pueblos indígenas pasan de la tutela de los púnicos a la hegemonía de los romanos, aunque ya dijimos que la influencia cultural púnica continuará largo tiempo, e incluso se intensificará. A partir del siglo IV a.C., mientras Cartago domina en el norte de África y probablemente como respuesta a su presión, se constituyó una federación de pueblos y tribus indígenas que dio nacimiento a los reinos bereberes: el de Mauritania, al este del río Mulucha (Muluya); en la Numidia, territorio entre el Muluya y la Tunicia, dependiente directamente de Cartago, aparecieron dos reinos: el de los Masaylas y el de los Masilas.

En el largo y terrible duelo entre Cartago y Roma (las guerras púnicas) los reyes bereberes oscilaron de una a otra potencia, luchando por no ser absorbidos. La Numidia fue unificada por el gran rey Massinissa, amigo de Roma, que ayudó a Escipión a vencer a Aníbal en Zama (202 a.C.). Muy ambicioso, soñaba con dominar todo el Norte de África, aprovechando la debilidad de Cartago y la amistad de Roma. Pero su sueño lo truncó ésta, al comenzar la conquista de la berbería tras la destrucción de Cartago. Roma, instalada en Tunicia, vigilaba a los reinos bereberes, prefiriendo que estuvieran divididos, oponiéndoles unos a otros para debilitarlos, y haciendo tratados de amistad con ellos. Así le proporcionaban, a cambio de protección militar y favores, muchos productos (trigo, marfil, esclavos) y caballería.

A fines del siglo II a.C., el rey númida Yugurta intentó aglutinar en una lucha patriótica contra Roma a los bereberes del norte de África, en lo que hubiera sido el primer estado bereber, pero fracasó. Las legiones de Mario le vencieron (106 a.C.). El rey mauritano Bocchus intentó la táctica opuesta: la amistad y la alianza con los romanos. De esta manera consiguió crear una especie de Estado-Marioneta, conocido como Reino de Mauritania. Como buen bereber dividió su pequeño reino entre sus hijos, Bocchus II y Bogud. En Roma corrían los tiempos de los triunviratos y los príncipes bereberes participarán, aliándose con uno u otro partido, en las luchas civiles del final de la República romana. Los dos hermanos mauritanos apoyarán en principio a Julio César contra el Senado, ayudado a su vez por el rey númida Juba I. Tras el asesinato de César, Bocchus II será partidario de Octavio, mientras Bogud ayudará a Marco Antonio. La suerte favorecerá a Bocchus, que se vió recompensado con los territorios de su hermano, uniéndose otra vez Mauritania.

Tras la muerte de Bocchus II (33 a.C.) sin sucesor, el país fue administrado directamente por Roma, que estableció colonias de veteranos en la costa. Pero en el año 25 a.C. Octavio Augusto juzgó inoportuno anexionar territorios insuficientemente romanizados y prefirió confiarlos a príncipes fieles. Así nombró rey de Mauritania a un bereber, Juba II, hijo de Juba I de Numidia. El reinado de Juba II fue largo (25 a.C. – 33 d.C.) y próspero.

Contemporáneo de la «Pax Augustea», la civilizacion mauritana conoció gran brillantez, fusionando la influencia púnica con la romana, que comenzó a penetrar entonces. Juba II fue protector de las artes y la cultura; con él la economía de este pequeño reino (sólo cubría el norte del actual país) alcanzó su máximo desarrollo. Era muy importante la exportación de la púrpura y del garum, así como de marfil y fieras para los juegos (leones, leopardos, elefantes…). Tenían mucho desarrollo los cereales y la vid. Las monedas son abundantes en las excavaciones arqueológicas. También la arqueología demuestra que fue una civilización urbana brillante: se han hallado restos prerromanos en Sala, Banasa, Tamuda, Lixus, pero sobre todo en Volúbilis, residencia real en Marruecos (la capital estaba en Iol, la actual Cherchell, en Argelia).

Tras su muerte, le sucedió su hijo Ptolomeo, que reinó sólo siete años, ya que Calígula le mandó asesinar en el año 40, en Lyon, para apoderarse de las riquezas de Mauritania. Así terminó la fingida independencia de Marruecos, que pasó a ser provincia romana (Mauritania Tingitana) en el año 46, bajo el emperador Claudio.

Por Sara Simó Albentosa (Universidad Politécnica de Valencia)

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La eterna Marrakech

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Le llaman la Ciudad Roja, por el color de las murallas de su falsa medina. Pero su hechizo va más allá. Hoy seduce con su mezcla de cultura bereber, europea y árabe a ricos y famosos que la han hecho su nuevo lugar de fiesta.




Bill Murray, de polera blanca, pantalones caqui y copa de vino blanco en su mano derecha, me saluda dándome la izquierda. Estamos en uno de los salones del Jnane Tamsna, una finca con 24 suites ubicada en la exclusiva zona de La Palmeraie, en las afueras de Marrakech. Su dueña, Meryann Loum-Martin, ha ofrecido una comida en honor a un grupo del equipo de filmación de Rock the Kashba, película del director Barry Levinson que se rueda en la ciudad. Meryann, destacada socialité de origen franco-senegalés, fue la encargada de decorar la casa que Murray arrendó durante los meses de rodaje.

Aquella tarde, ella y su marido John, arquitecto estadounidense, me invitan a compartir un brindis con los comensales y es así como soy presentada —“una amiga chilena”— al actor de Perdidos en Tokio. “Soy el masajista del equipo”, bromea mientras dos jóvenes asistentes corroboran que suele dar maravillosos masajes de cuello apenas ve a alguien agobiado.

Los dueños de casa, los Martin, están acostumbrados a las visitas célebres y son el prototipo de los expats, esos adinerados extranjeros asentados en Marrakech. Es el cosmopolita círculo que ha elegido esta ex colonia francesa como su refugio. Se juntan entre ellos, van a los mismos bares, a los mismos restoranes, compran en las mismas tiendas y cuando alguna celebridad visita la ciudad, se encargan de acogerlos, pues su red de contactos se extiende a sus lugares de origen, generalmente las principales capitales europeas.

©caras

Por casualidad he llegado hasta aquí para asistir a clases de meditación y yoga ofrecidas por Sandra Zwollo, holandesa de nacimiento y asentada hace dos décadas en Marrakech. Ella es fiel representante del grupo de expats y organiza los retreats que en este verano marroquí han usado como base el hotel Jnane Tamsna, donde una semana antes se alojaron Hugh Jackman y su familia. Mientras tanto, en esos días, Bill Murray y el resto del elenco de la película de Levinson pasean libremente por la llamada Ciudad Roja. Kate Hudson, Zooey Deschanel y Bruce Willis toman un café en el barrio de Gueliz, cuando no una Harira en el clásico Café de les Epices, en la Medina. Y es que la principal ciudad de Marruecos se codea hace años con la fama… Mucho antes de ser llamada “La nueva Ibiza”; mucho antes de que la modelo británica Poppy Delevingne celebrara el año pasado aquí su matrimonio; y mucho antes que Victoria Beckham decidiera, en mayo último, festejar el cumpleaños número 40 de su marido David en el lujoso hotel Amanjena, celebridades y adinerados europeos habían ya caído rendidos ante el hechizo indescifrable de la Ciudad Roja.




Si Tánger fue “el cielo protector” de los escritores beatnik durante los años 50, Marrakech lo ha sido —desde muy temprano del siglo pasado, cuando aún era colonia francesa— para personajes del cine, la moda, el rock, la política y el denominado jet set.

El escritor George Orwell fue uno de los primeros en ser seducido por los contrastes de esta ciudad en donde los gritos de los vendedores de los zocos, el sonido de las flautas de los encantadores de serpientes y el olor a aceite de Argán se entremezclan con la sofisticación y el lujo —a veces excesivo— de una manera que aquí pareciera natural. El autor de Rebelión en la Granja viajó hasta acá por motivos de salud en 1938 y se quedó seis meses. Arrendó una villa en la ya mencionada zona de La Palmeraie y espantado por la desigualdad social y el abuso de personas y animales existentes en Marruecos en aquel entonces, escribió su polémico ensayo ‘Marrakech’.

En la misma época, Sir Winston Churchill, amante incondicional de la ciudad, decía que “era el lugar más hermoso del mundo para ver un atardecer”. De eso dan testimonio las acuarelas que pintó durante sus visitas —que hoy valen millones de dólares— y una anécdota con el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Tras una cumbre de líderes en Casablanca, lo convenció de viajar a Marrakech e ir a ver una puesta de sol desde la torre de la Villa Taylor, la mansión que el británico arrendaba durante sus estadas en la ciudad que él llamaba el “París del Sahara”.

Winston Churchill

Algunos años después, en los ’70, Yves Saint Laurent hizo de Marrakech su segundo hogar cuando, junto a su pareja Pierre Berge, compró una gran casa que hoy cobija una fundación con su nombre. No se puede nombrar Marrakech sin nombrar a Saint Laurent. El hombre que inventó el esmoquin femenino no sólo encontró aquí el paraíso del hachís, también se olvidó del negro y se inspiró en el desierto y en el azul Majorelle, el color de los azulejos que adornan los jardines del mismo nombre, donde sus cenizas fueron esparcidas al morir. Hoy a ese tono de azul penetrante se le llama también “Saint Laurent” y él lo utilizó en vaporosos caftanes y en trajes de influencia bereber.

Sin embargo, en mis mañanas de meditación y yoga, aquel Marrakech glamoroso parece muy remoto. Me despierta de madrugada el canto del Fajr, el primero de los cinco rezos diarios de la comunidad islámica, entonado en la mezquita más cercana.

“Es un mundo dentro de otro, conviven sin problema debido a la inmensa hospitalidad que caracteriza a los marroquíes”, me cuenta mi anfitriona Sandra Zwollo. La amalgama cultural más las reformas sociales de su rey Mohamed VI —que han logrado mantener la paz en el convulsionado ambiente del norte de África— convierten a Marruecos en una joya dentro del Maghreb y Marrakech, una de sus principales ciudades, en el anzuelo ideal para aristócratas, millonarios, celebridades y extranjeros de gustos bohemios que cuentan con este exótico refugio a solo tres horas de vuelo de París.




Otro factor atractivo para esta tribu son los deteriorados riads —casas tradicionales marroquíes con un patio central— que pueden ser transformados en lujosas residencias a un costo considerablemente menor que en Europa.

El pintor y escritor estadounidense Danny Moynihan y su esposa, la actriz británica Katrine Boorman, así lo hicieron. Y ahí, detrás de una puerta de madera sencillamente tallada, está su remozado riad que parece sacado de las páginas de la revista Town&Country: una especie de palacio de Las mil y una noches de paredes albas y toques rústicos. Aquí se alojan Alexa Chung y Cara Delevingne, amigas de Boorman, cuando deciden pasar unos días en Marrakech.

No lejos de allí está el hotel El Fenn, otro renovado riad cuya propietaria es Vanessa Branson, hermana de Sir Richard. Ofrece el mejor rooftop bar de la ciudad y una magnífica colección de arte moderno, pues Vanessa es la fundadora de la Bienal de Marrakech cuya sexta versión se llevó a cabo entre febrero y mayo de este año con la participación de más de 400 artistas internacionales y artesanos locales.

En los límites del elegante barrio Hivernage se levanta el legendario hotel La Mamounia. Con 15 hectáreas de exuberantes jardines, reabrió sus puertas el 2010 luego de una remodelación que duró tres años hecha por el aclamado arquitecto George García. Alfred Hitchcock lo utilizó como locación para su película El Hombre que sabía demasiado, y para los Rolling Stones fue un oasis de libertad para su vida de sexo, drogas y rock and roll, una vez que en Inglaterra se les hizo difícil vivir a su manera. Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones se paseaban por los zocos encapuchados con tradicionales chilabas y adornados con grandiosas joyas bereberes sin ser reconocidos. Luego regresaban a su guarida en La Mamounia.

El Marrakech de hoy se está poniendo bastante más occidental que el de Saint Laurent o el de Churchill. En el barrio Hivernage se han abierto en los últimos cinco años decenas de clubes, incluidos una versión del Pacha de Ibiza y el Djella Bar de Claude Challe, dueño de los Buddha Bar de Nueva York y París. Las cadenas hoteleras de lujo florecen como mala hierba, contando ya con la inversión de Alberto de Mónaco y su Société de Bains de Mer que en 2010 inauguró el idílico hotel Jawhar o el fastuoso Jnan Rhama de la cadena Mandarin Oriental, inmortalizado en la segunda parte de la película Sex and the City. Sin embargo, como me dice Meryann, “hay una cantidad enorme de escondites en esta ciudad. Es fácil escaparse y viajar en el tiempo, 20 ó 500 años atrás. Tú eliges”. Y me entero por ella qué es lo que más le gusta a Bill Murray de este enclave: sentarse tranquilo en un café cualquiera mientras no están rodando. Aquí eso es posible. Marrakech está habituado a la fama.

Por  Olga Mallo
Con información de Caras

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