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Cuarenta y Ocho horas en Dubai

Burj Khalifa, Dubai

Arquitectura impactante, coloridos mercados y excursiones al desierto, en una guía para descubrir este rincón de Medio Oriente.

Descomunal, intrigante, intensa, atrapante, seductora, lujosa, arquitectónicamente apabullante. Un oasis de modernidad en medio del desierto. A orillas del golfo Pérsico o Arábigo, Dubai –uno de los siete emiratos que, desde 1971, conforman Emiratos Arabes Unidos– supo colocarse en el horizonte de los viajeros como destino deseable a fuerza de construcciones y emprendimientos llamativamente desmesurados, una línea aérea de servicio impecable y varios galardones en su haber –Emirates Airline– y muchas inversiones de lujo, grandes marcas y exquisitas cadenas hoteleras que atrajeron a ricos & famosos de todo el mundo.

Si hay algo que define a este pequeño territorio que sólo se reconoce en la grandilocuencia, es que aquí, en Dubai, “nada es imposible”. Pasó de pequeña villa de pescadores a vibrante ciudad en crecimiento constante.

La visión y la determinación de los últimos jeques de la dinastía Al Maktoum –Rashid, luego su hijo Maktum y, el actual jeque de Dubai, su otro hijo Mohammed, quien también es vicepresidente y primer ministro de los Emiratos– ha sido decisiva. Sabiendo que el petróleo traería mucho dinero, pero que en algún momento se acabará, decidieron apostar al turismo y las finanzas como fuentes de ingresos.

El puntapié inicial estuvo dado, en gran parte, con la inauguración del Burj Al Arab, ese hotel que parece una vela en donde todos quieren pasar, aunque sea, una noche (tenga en cuenta que la habitación más económica cuesta US$ 2.700).

El resto se impuso como por arte de magia: la torre más alta del mundo –el Burj Khalifa–, uno de los shoppings más grandes, el Dubai Mall –hay 75 centros comerciales–, el mercado de oro más importante, el desembarco de reconocidos chefs –Gordon Ramsay, Marco Pierre White y Heinz Beck que acaba de abrir Social by Heinz Beck en el Waldorf Astoria de Palm Jumeirah– y hasta excentricidades como un centro de esquí dentro de un centro comercial –Mall of the Emirates– y emprendimientos inmobiliarios como Palm Jumeirah –un barrio con forma de palmera que ganó terreno al mar– y The World, similar, pero con islas que imitan formas de diversos países (aunque tuvo varias idas y vueltas).

The Palm, un gran barrio de casas privadas y resorts que, como indica su nombre, tiene forma de palmera (Emirates)

Es curiosa la multiplicidad de orígenes de su población: de los dos millones y medio de habitantes, el 80 por ciento proviene de otros países (India, Pakistán, Sri Lanka, Filipinas, Egipto, Inglaterra, Irán, Jordania, entre muchos otros). Son los “expatriados”. Aprecian la posibilidad de ingresos que les ofrece Dubai, aunque saben que nunca serán ciudadanos. Sus hijos, aunque nazcan en los Emiratos, tampoco. Muchos de ellos, incluso, trabajan aquí pero tienen a su familia en su país de origen.

Dubai ofrece cada vez más atractivos que lo convierten en un destino en sí mismo –playas, compras, un paisaje desértico para explorar, acuarios gigantes, parques acuáticos, discotecas, excelente infraestructura hotelera, muy buenos restaurantes–, pero es también la escala perfecta para quienes viajan desde Buenos Aires rumbo a otros destinos asiáticos. Desde el Creek, el famoso canal o cala natural que divide a la ciudad en dos, hasta los vertiginosos paisajes que regala el Burj Khalifa, la cultura emiratí y la soledad abismal del desierto, sugerimos aquí algunas propuestas para disfrutar este lugar en dos días. Y dejarse asombrar.



PRIMER DÍA

En Dubai la actividad comienza temprano. Es que al mediodía, el sol y el calor arrecian. Aunque la modernidad se impone y hay un estado de construcción constante, Dubai también tiene un pasado de pequeñas casas, pequeñas comunidades de pescadores, de torres de viento –algo así como los antepasados del aire acondicionado–, de buscadores de perlas y comerciantes marítimos.

En Al Bastakiya, zona restaurada, se pueden ver y recorrer calles estrechas y casas antiguas con patios en donde hoy funcionan galerías, museos, cafés y restaurantes. Hay unas 50 casas originales. También está la mezquita de Bastakiya –no está abierta a las visitas– y hasta se puede ver una parte de la antigua muralla de Dubai, que data de 1822.

Más cerca de la boca del canal, Shindagha también propone un recorrido por la historia ya que es el punto de inicio y posterior crecimiento de Dubai. Allí puede visitarse la casa del Sheikh Saeed Al Maktoum, de 1896 y con una interesante colección de fotos.

9.30 Museo de Dubai

​Construido en 1787, el fuerte Al Fahidi alberga el Dubai Museum (Museo de Dubai) desde 1971. Es una interesante muestra de la vida cotidiana en estas tierras antes del descubrimiento del petróleo. Hay antiguas barcas, objetos en exhibición con explicaciones en árabe e inglés y se destacan la recreaciones de escenas del Creek, casas árabes tradicionales, mezquitas, mercados, la vida en el desierto y la vida de los buscadores de perlas.

Las exposiciones dan cuenta de la evolución de Dubai en los últimos años: en 1912 se creó la primera escuela; en 1951, el primer hospital, en 1960, el aeropuerto, en 1966 se descubrió el petróleo, en 1997 se estableció el turismo como fuente de ingreso. También tienen su lugar los proyectos futuros. La entrada cuesta 3 dirhams (casi un dólar) y funciona de 8.30 a 20.30 (los viernes, a partir de las 14.30).

11.30 En los mercados

Busque una estación de cruce, súbase a un abra –barcazas con capacidad para hasta 20 personas– y atraviese el canal. También puede hacer un paseo a bordo, previo arreglo con el conductor, pero por ahora, cruce. Sólo hay que seguir el bullicio y los aromas para dar con al Mercado de las Especias, básicamente controlado por los iraníes (de allí provienen muchos productos).

Los grandes bolsones coloridos sobre la calle y los pasillos muestran canela, anís, pimienta negra, lima, sal, azufre, pimienta blanca, azafrán, chile, cúrcuma, ajo seco. En la tienda de Abdul Jalil me dejan probar unos pedacitos de chocolate de colores. Asegura que tiene el mejor puesto y que aquí se consiguen, además de las especias que están a la vista, otros productos como viagra natural, un aceite de Argán para el cuidado del pelo y de la piel y también un aceite de hormiga para depilarse. Y un montón de objetos ideales para turistas que no compran especias, pero sí souvenires. Como en todo mercado hay que regatear (podrá obtener hasta un 20 o 30 por ciento de descuento sobre la tarifa inicial).

Junto al puesto de Abdul hay un local que prepara jugos naturales. Si tiene sed, este es el momento (5 dirhams los pequeños, 10 los más grandes).

Mercado de Especias, Dubai

Tras detenerse a revisar pashminas, zapatitos en punta como los de los cuentos de Aladino, alfombras y promesas de “los mejores productos de Dubai”, desembocará en el gran Zoco del Oro, una suerte de galería semicubierta, con aire acondicionado, que concentra más de 300 tiendas –en todo Dubai hay cerca de 700 joyerías– que venden anillos, pulseras, colgantes y hasta lingotes de oro.

Mercado del Oro en Dubai ©AP Photo/Kamran Jebreili

Aunque no tenga pensado comprar joyas, tiene que conocer este lugar. Me detengo en una vidriera y un hombre, desde adentro, levanta un cartel que tienta con un 70 por ciento de descuento. En otro negocio, la gente se agolpa para tomar fotos del Najmat Taiba, el anillo de oro más pesado del mundo que tiene 5,71 kilos de piedras preciosas engarzadas. Un récord Guinness. En algunos pasillos laterales hay tiendas que ofrecen productos de plata.

Al salir, dése una vuelta por los negocios que venden perfumes. El fuerte son las fragancias árabes, bien potentes, pero también tienen las marcas famosas presentes en todo Duty Free Shop.

14.00 Almuerzo frente al mar

No es una buena hora para exponerse al sol, pero si se acerca a la playa Jumeirah Beach verá mucha gente disfrutando del mar. Claro, aquí es otoño y las temperaturas son más agradables como para permitirse estar en la playa. En verano, el calor es abrumador. La propuesta es darse una vuelta y almorzar en The Walk o The Beach, complejos de negocios, bares, heladerías y restaurantes a orillas del mar. Hay de todo, desde hamburgueserías y heladerías, hasta restaurantes especializados en comida étnica.​

16.00 Del té de lujo al esquí

Si almorzó recién y de manera abundante, quizá aún no esté listo para esta propuesta… pero es una de las posibilidades para conocer el hotel Burj Al Arab. El hotel 5 estrellas tiene el ingreso restringido: sólo pueden entrar los huéspedes o quienes tengan reserva para comer o tomar el té. Por US$ 170 (más US$ 30 si quiere una mesa junto a la ventana) se puede tomar el té en el Sky View Bar, en el piso 27. Las infusiones o el café se sirven acompañados de canapés de caviar, salmón, palta, tarteletas, frutos rojos con crema y tortas. Y se paga de manera anticipada para confirmar la reserva.​

Burj Al Arab Hotel en Dubai

El hotel es excéntrico y lujoso, pero si quiere ver con sus propios ojos algo más increíble aún, acérquese al Mall of the Emirates. Sí, es un centro comercial; no, no lo estoy mandando de compras. La sugerencia viene a cuento de que allí, dentro del shopping, hay un complejo de esquí: una ladera cubierta de nieve, aerosillas, gente envuelta en abrigadas camperas que calza esquís y tablas de snowboard y gomones para hacer culipatín. En el medio del desierto, esquiar sobre nieve ¡también es posible!



19.30 Cena en el Creek

Para terminar un día apasionante, una buena alternativa es recorrer el Creek a bordo de uno de los tantos barcos (dhows) con cena a bordo (no todos tienen el mismo horario). Los precios varían, esencialmente, en función de la comida que ofrecen. Pero todos regalan bonitas vistas nocturnas de la ciudad. Incluso los mismos barcos tienen luminarias que recorren su perímetro. Así, el canal también atrae con estas embarcaciones que, suavemente, vienen y van, coloreando la noche.​

SEGUNDO DÍA​

10.00 En la mezquita​

Quienes están interesados en acercarse a la cultura emiratí e islámica, la mezquita Jumeirah ofrece una visita guiada todos los días a las 10 de la mañana, excepto los viernes. Hay que llegar unos minutos antes para registrarse y abonar la visita (US$ 5,50). Se trata de una charla de 75 minutos sobre los pilares de esta religión, los rezos, la indumentaria, las creencias… incluyendo un espacio en el que se contestan inquietudes. Para ingresar, se requiere que las mujeres cubran su cabeza (si no tiene un pañuelo a mano, le ofrecerán uno) y los hombres no pueden entrar con bermudas o shorts, así que también podrán utilizar kanduras (vestimenta tradicional) que tienen a disposición y cubren todo el cuerpo. El calzado debe quedar afuera. La charla es en inglés.​

Mezquita Jumeirah en Dubai

Si este no es plan para su mañana, un paseo en lancha (no por el Creek sino por mar abierto) para ver la ciudad desde el agua es una alternativa divertida. Parten desde Dubai Marina. Un paseo de 75 minutos cuesta US$ 56; de 90 minutos, US$ 79. Los precios y los recorridos varían según la empresa. Si contrata el paseo en una lancha descubierta, no olvide llevar gorro y abundante protector solar.

12.00 Desde las alturas

Como una aguja que busca alcanzar el cielo, el Burj Khalifa, con sus 828 metros, el edificio más alto del mundo, es una visita ineludible, a menos que sufra de vértigo. Parte del complejo del Dubai Mall, el Burj Khalifa ofrece vistas panorámicas de la ciudad y la experiencia de estar en una leyenda arquitectónica. Hay distintas opciones para la observación: el piso 124, por un lado, y la experiencia premium que combina observaciones desde el piso 125 (456 metros) y el 148 (555 metros), recientemente inaugurado. Los tickets suelen agotarse rápidamente. Se recomienda comprarlos con anticipación. La hora más solicitada es la del atardecer.​

Ya con los pies en la tierra, es tiempo de ver de cerca la Fuente de Dubai y de recorrer el Dubai Mall, interesante por su tamaño, por las tiendas, por el Aquarium y Underwater Zoo y por The Waterfall, caída de agua circular, que atraviesa varios pisos y tiene esculturas de hombres tirándose de cabeza.

El Burj Khalifa, Dubai

15.30 Rumbo al desierto

El desierto, las dunas, los orix, las gacelas. A fin de cuentas, el desierto es el paisaje natural de esta región y no conocerlo, no sentir la inmensidad del terreno, sería minimizarlo. Varias empresas ofrecen safaris en una zona cercana al centro de la ciudad. La compañía Arabian Adventures trabaja con zonas exclusivas, en este caso con la Dubai Desert Conservation Reserve, más alejada. Allí se llega en vehículos 4×4. La primera propuesta es disfrutar de un espectáculo en el que muestran cómo los halcones –ave de rol preponderante en la cultura de Medio Oriente– ayudaban a los beduinos con la caza.

Al Maha Resort & Spa de Dubai, un hotel de lujo en medio del desierto.

Luego, la diversión comienza: las camionetas, con menos presión en las gomas, surcan las dunas –siempre por rutas preestablecidas, se trata de una reserva– a modo de montaña rusa. La parada es para ver la puesta del sol, imperdible, en un horizonte de arena. Luego se puede cenar en una suerte de campamento beduino con todas las comodidades. Dátiles y café para la recepción, comida buffet que se disfruta en mesas bajas y almohadones, tatuajes de henna a disposición, breves paseos en camello, shisha (arguile) para fumar tabaco, un puesto de Al nassma, que vende chocolates hechos a base de leche de camello y, para el final, los seductores movimientos de una odalisca.

Paseos en camello por el desierto (Emiratos)

Con la noche, la oscuridad en el desierto es total. La 4×4 desanda la ruta. Allí, a lo lejos, nos esperan las luces de Dubai, ese oasis urbano, de vanguardia, que desafía al desierto y sorprende constantemente a los visitantes.​

Por Grisel Isaac
Con información de Clarín

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Magán, mítico hallazgo en el desierto

Canalizaciones de la Edad del Hierro excavadas por arqueólogos de la Universidad Autónoma de Madrid  ©ABC
Canalizaciones de la Edad del Hierro excavadas por arqueólogos de la Universidad Autónoma de Madrid  ©ABC

Pisadas humanas y huellas de manos de hombres, mujeres y niños de hace 3.000 años que quedaron petrificadas en el suelo reseco de una fábrica de adobes. Herramientas líticas del homo sapiens de hace 125.000 años que demuestran por fin una de las rutas de la gran migración del hombre moderno. Canalizaciones de la Edad del Hierro que arrancaban cosechas a la tierra en pleno desierto gracias al agua de la capa freática. Ex-votos funerarios, estelas de tumbas en ciudades mestizas. Joyas y cuentas, sellos e incensarios, cerámica, aleaciones de metales, restos de palacios y de ciudades que fueron un oasis de comercio para las caravanas durante milenios… Todo eso descubriremos al oír hablar del País de Magán en la nueva exposición «En los confines del Oriente Próximo», inaugurada en el Museo Arqueológico Nacional (MAN), un país mítico que los arqueólogos han descubierto por fin.

Acostumbrados como estamos a contemplar en las noticias la destrucción de los restos arqueológicos en la cuna de la civilización en Siria o Irak, resulta llamativa y esperanzadora la muestra de más de 200 piezas, el 90% de las cuales se expone por primera vez, que documenta el descubrimiento de un territorio mítico en el corazón de los Emiratos Árabes Unidos (EUA). Y resulta esperanzador saber que la muestra sirve como homenaje a la arqueología árabe y a los cientos de científicos locales que han logrado recuperar el pasado desde los orígenes. De ello hablan los museos, yacimientos, centros de interpretación y publicaciones creados en los EUA y que demuestran el culto al saber en esa región tan castigada.

Peineta aparecida en una tumba en Tell Abraq ©ABC
Peineta aparecida en una tumba en Tell Abraq ©ABC

El comisario de la muestra, el catedrático Joaquín Córdoba de la Universidad Autónoma de Madrid, también fue elocuente en su agradecimiento y homenaje a los hombres que defienden con su vida el patrimonio en las zonas en guerra: «Esta muestra es un homenaje a la mejor tradición de la arqueología árabe, que no puede estar más comprometida con la defensa del patrimonio. Restos importantísimos están siendo destruidos por unos locos venidos de muchas partes, que asesinan a los grandes arqueólogos y a los humildes guardianes, gente trabajadora que come arroz y té y se enfrenta con un simple kalashnikov a la barbarie. Los matan porque no quieren colaborar con el expolio, cuyo centro difusor está en Suiza y cuya responsabilidad recae sobre coleccionistas sin escrúpulos en Occidente y leyes que permiten vender objetos en nuestros países sin demostrar la procedencia.»

Una misión española, de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), ha trabajado allí desde hace 20 años y sus resultados merecen capítulo aparte en la exposición. De hecho la UAM ha organizado la muestra junto con el MAN y los Emiratos Árabes Unidos.

Y allí puede verse una peineta que alguien se llevó a la tumba, lingotes de cobre que mercaban en Mesopotamia, incensarios de casas de alcurnia en la edad del Hierro, troqueles y acuñaciones de aquel zoco rodeado de desierto que son, como las mismas huellas de los obreros del adobe citadas, piezas únicas, sin paralelo, que explican solas un trozo y un sentido de la historia de lo que hoy es el emirato de Sharjah, cuyo director de Antigüedades, Sabah Abboud Jasim, acudió a España para la inauguración de esta muestra que reúne el trabajo de misiones de varios países a lo largo de dos décadas.

Por Jesús García Calero
Con información de ABC

©2016-paginasarabes®

Theeb: Un falafel western

theeb_pelicula_jordana

Filmada en el desierto jordano, Theeb es un western que viene del este. Todos los elementos del género están incluidos aquí: duelos, traiciones, emboscadas y una amenaza que asedia a un modo de vida establecido. Los caballos son suplantados por camellos. Lo único que falta es el romance imposible.

Theeb (que quiere decir lobo), es el más joven de los tres hijos de un sheik beduino que ha muerto recientemente. Al principio del filme lo vemos junto a su hermano Hussein (el segundo de los tres hijos del sheik), aprendiendo a disparar y a realizar trabajos prácticos y necesarios para sobrevivir en el desierto. Es obvio que mantienen una relación filial muy fuerte.

Una noche, mientras se encuentran en una amplia tienda del asentamiento, enfrascados en juegos de azar con otros ancianos del grupo, llega un árabe forastero acompañado de un militar británico. Piden la ayuda de alguno de ellos que los guíe hasta un pozo cercano al que no saben llegar. Hussein ofrece sus servicios de guía experimentado y le advierte a Theeb que se quede en el enclave. Theeb queda hipnotizado con el militar. Al día siguiente, inmediatamente que los tres parten, Theeb desobedece a su hermano y sin camello, sigue al grupo. Cuando se dan cuenta, ya es un poco tarde y no hay manera de hacer regresar a Theeb por lo que con todas las inconveniencias que acarrea, Hussein decide continuar el viaje con su hermano.

La zona que deben atravesar está llena de bandidos que se dedican a asaltar a los que por allí pasan, ya que es una senda que usualmente toman los peregrinos camino a la Meca. El militar debe llegar hasta la línea del tren, para supuestamente unirse a las tropas británicas que andan por la región. A partir de aquí comienzan los sucesos, violentos y estremecedores, que entretejen el resto de la trama del filme. No lo voy a contar, porque hay varias sorpresas por el camino.

La película ubica la trama en 1916, un periodo conocido como el de la “Revuelta Árabe”, cuando los nacionalistas árabes buscaban su independencia del Imperio Otomano que ocupaba toda el área de lo que hoy es Araba Saudí. Son los confines del imperio. Es también un periodo en el cual la forma de vida de los beduinos está amenazada por la aparición del ferrocarril, ya que estos se ganaban el sustento como guías de los peregrinos que comienzan a optar por la vía más segura y rápida que les ofrece el tren. El guion hace un trabajo excelente entrelazando las vicisitudes de los personajes con la circunstancia histórica, sin necesidad de didactismos ni que el espectador tenga que romperse la cabeza tratando de comprender elementos históricos que desconoce.

Este es el primer largometraje del director Naji Abu Nowar (Gran Bretaña, 1981), quien creció en Jordania y quien ha descrito su película como un western árabe, en la tradición de los spaghetti western de Sergio Leone. También escribió el guion junto con Bassel Ghandour, otro debutante. La dirección es muy acertada y la trama muestra una bien digerida influencia del western americano, sin que por ello pierda su originalidad. Ha ganado el premio de guion del Festival Internacional de Miami de 2015, el de mejor ópera prima del Festival de Pekin, y el premio al mejor filme del mundo árabe en el festival de Abu Dhabi de 2014. Ahora ha sido nominada al Oscar para la mejor película en lengua extranjera.

La fotografía del austríaco Wolfgang Thaler, un veterano que ha trabajado repetidas veces con Ulrich Seidl, es muy buena y sí recuerda las largas tomas de los filmes de Sergio Leone, pero también algunos aspectos de los encuadres de Rio Bravo y Johnny Guitar.

Excepto por el inglés Jack Fox, todos los actores son debutantes. Las actuaciones son muy buenas y esto tiene mucho que ver con el trabajo de dirección que realiza Nowar. En realidad es un filme que sin reclamar trascendencia, entretiene y está hecho sin que le sobre nada. Aparentemente superficial, está lleno de intrigas, de imágenes con garra, de una violencia cruda y a ratos estremecedora, sin que sea grotesca ni necesite de muchos efectos especiales y fuegos de artificio. Logra a su vez trasmitir con sutileza la situación del hombre enfrentado a circunstancias especiales de carácter histórico, económico y político que escapan a su comprensión y casi a sus posibilidades y a las cuales debe adaptarse. Aborda la relación íntima entre enemigos obligados a vencer la desconfianza por la necesidad de supervivencia. Es también una meditación sobre la maduración apresurada de un adolescente.

Es la primera de las nominadas al Oscar en lengua extranjera que he podido ver, ya que el resto ni siquiera se ha estrenado oficialmente en Estados Unidos. Me ha resultado una agradable sorpresa. Bienvenido el western con sabor a falafel.

Theeb (Jordania/Gran Bretaña/Qatar/Emiratos Arabes Unidos, 2014). Dirección: Naji Abu Nowar. Guion: Naji Abu Nowar y Bassel Ghandour. Director de fotografía: Wolfgang Thale. Con: Jacir Eid (Theeb), Hussein Salameh (Hussein), Hassan Mutlag (Extraño). De estreno limitado en varias ciudades de Estados Unidos.

Por Roberto Madrigal
Con información de:Cubaencuentro

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La obscena dilapidación de un jeque…

Un jeque árabe construye un garaje de siete plantas en Londres para sus 114 coches. El Consejo de Wandsworth ha concedido la licencia de construcción al primer ministro y vicepresidente de Emiratos Arabes.

El proyecto cuenta con un presupuesto de unos 30 millones de euros ©abc.es
El proyecto cuenta con un presupuesto de unos 30 millones de euros ©abc.es

Mohamed bin Rashid Al Maktum, también conocido como «Jeque Mohamed», es el actual primer ministro y vicepresidente de los Emiratos Árabes Unidos y mandatario del emirato de Dubái.

Por si alguien tenía alguna duda acerca de su riqueza, obtuvo la licencia de obra para la construcción de un aparcamiento de seis plantas en Londres, donde podrá tener a buen recaudo su flota personal de coches de lujo, 114 en total, según el diario Daily Mail.

Sheikh Mohammed tiene previsto construir el aparcamiento junto al helipuerto de Battersea cerca del río Támesis, ya que de este modo tanto él como su familia pueden llegar a la capital británica en helicóptero y una vez allí escoger entre la larga lista de vehículos de que disponen.

La construcción del edificio tiene un presupuesto de unos 30 millones de euros, ya que además del subterráneo para la flota de coches tendrá un entresuelo y seis plantas en superficie, donde se instalarán oficinas, baños y alojamiento cinco estrellas para el personal.

Con información de ABC

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Tejedoras de beduinas ilusiones

hilado_beduino

Mujeres ataviadas con oscuras túnicas y rostros cubiertos por el burka, una especie de máscara que cubre parcialmente sus rostros, son imágenes que se repiten en escenarios del desierto árabe. Se observan entregadas a interminables tareas de tejer sueños e ilusiones.

Esas mujeres sentadas bajo la limitada sombra de una carpa en el desierto, hoy solo se ven en exhibiciones que celebran la tradición beduina.

Eran tejedoras de mantos, con figuras que reflejaban sus sueños sus temores y sus esperanzas.

En el pasado apenas se les veía en los desiertos emiratíes y omaníes, mientras sus hombres salían a enfrentar las inclemencias del sol, en busca de un poco de agua y en defensa de un pequeño y árido territorio en el desierto. . La Unesco quiere preservar su cultura y tradición como “herencia cultural intangible” del mundo.

En el 2011 fue inscrito en la lista de Salvaguardia Urgente del Patrimonio Inmaterial de la Unesco el llamado Al Sadu, que el arte tradicional del tejido en los Emiratos Árabes Unidos, ejecutado  por las mujeres beduinas de las comunidades rurales para confeccionar ropa fina y accesorios decorativos para los camellos y los caballos.

Refiere el informe de la Unesco al respecto que “los hombres esquilan las ovejas, los camellos y las cabras y las mujeres se reúnen en pequeños grupos para hilar y tejer mientras intercambian noticias sobre la familia y cantan o recitan poemas”.

Asimismo se apunta que “durante estos encuentros, las niñas aprenden observando y participando progresivamente en tareas como la elección de la lana, antes de iniciarse en las técnicas más complejas utilizadas en la práctica de este arte”.

Es un arte que invita a la ensoñación…

Por Maria Victoria Cristancho Cristancho
Con información de El Tiempo

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Sir Bani Yas,el moderno arca de Noé

Cetrería en E.A.U. ©afp
Cetrería en E.A.U. ©afp

Una isla de los Emiratos Árabes Unidos, concebida como un ‘arca de Noé’ para especies animales, propone un turismo respetuoso con la naturaleza, en contraste con las tiendas y los rascacielos de Dubái. Desde su inauguración hace seis años, Sir Bani Yas ofrece safaris entre mar y desierto, en medio de miles de animales en libertad.

Sus colinas rocosas, ríos y dunas forman 87 kilómetros cuadrados de vida salvaje para numerosas manadas de aves del desierto, jirafas, ciervos y leopardos, introducidos en la isla para enriquecer la biodiversidad.

También alberga un monasterio cristiano, el más antiguo de la era preislámica en la región del Golfo.

Por iniciativa del jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, fundador de los Emiratos Árabes Unidos, “la isla fue transformada en 1971 en una reserva natural con la idea de convertirla en un ‘arca de Noé’ para especies amenazadas de extinción”, explica Marius Prinsloo, promotor del proyecto.

Con el tiempo, el número de animales fue aumentando hasta llegar a 13.500 ejemplares. Sir Bani Yas cuenta con 25 especies de mamíferos y 170 de pájaros. La isla posee una de las poblaciones más importantes en el mundo de órices de Arabia, un animal similar al ciervo que desapareció en estado salvaje en los años setenta debido a la caza, y solo sobrevivió en cautiverio. Las gacelas de montaña y del desierto conviven allí con jirafas y leopardos.

Sir Bani Yas se encuentra en el emirato de Abu Dabi, el más rico de la federación de los Emiratos Árabes Unidos, al disponer del 90 por ciento de las reservas petroleras. Dedica muchos fondos a la preservación de la naturaleza y a un programa de desarrollo cultural.

Dotada de tres unidades hoteleras de capacidad limitada y respetuosas con el medio ambiente, la isla de Sir Bani Yas supo preservar su carácter natural.

“Estos lugares son un testimonio de las distintas civilizaciones que prosperaron en la isla, habitada desde hace más de 7 mil 500 años”, asegura Fatima al Mutawa, responsable de relaciones públicas de este interesante destino natural.

Con información de El Tiempo

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Carreras de camellos con jinetes robots

La tecnología y el deporte son uno mismo hasta en las carreras de los Emiratos Árabes Unidos. En lugar de utilizar niños jinetes (lo cual generó una gran ola de crimen hace varios años), ahora son robots los que se encargan de montar camellos.

Las carreras de camellos datan del siglo VII. ©NYT
Las carreras de camellos datan del siglo VII. ©NYT

Una mañana reciente, no mucho después del amanecer, empezó aquí una carrera de camellos, como todas, con dos comienzos. Primero, la apertura esperada: alrededor de una docena de camellos presionaban la nariz contra una barrera metálica colgante, y cuando un hombre en una destellante túnica blanca dio la señal, levantaron la reja y avanzó la manada, con cuellos que oscilaban de arriba abajo y las jorobas que saltaban mientras las patas larguiruchas galopaban alejándose en la niebla.

Poco después, siguió la segunda oleada. Mientras los camellos corrían a toda velocidad hacia la primera vuelta en la pista Al Wathba, una flotilla de vehículos todo terreno, de cinco a seis de ancho, cambiaron a velocidad y pasaron zumbando tras ellos, siguiendo a los animales en los caminos pavimentados que flanquean ambos lados de la pista de tierra suave. Para los no iniciados, parecía un convoy presidencial en persecución, a baja velocidad, de un montón de beduinos. Para los más familiarizados, era, simplemente, una carrera de camellos, modernizada.

Dentro de uno de los vehículos, Hamad Mohamed observaba la acción desde el asiento del copiloto. Mohamed, quien trabaja para un jeque emiratí y entrena a numerosos camellos, seguía a su participante, la hembra Miyan, mientras que un amigo circulaba entre choferes semidistraídos que daban vueltas a la pista de seis kilómetros. Miyan se soltó de la línea de salida y rápidamente dejó la típica confusión. Adoptó una posición interna y continuó jadeante, los flancos agitados bajo sedas verdes.

El coche estaba quieto, salvo por los tonos estruendosos del anunciador de radio que narraba la carrera desde una camioneta a unos cinco metros de distancia, que también seguía a los camellos.

Conforme se acercaba la mitad de la carrera, Mohamed tomó un transceptor, recargó la cara contra la ventana y empezó a cloquear. No eran palabras –ni en árabe ni en ningún otro idioma– sino más bien un murmullo, un ruido gutural, como el que uno podría usar para convencer a un perro vacilante. Mohamed repitió el sonido una y otra vez, y Miyan, que se encontraba a por lo menos 18 metros de distancia, respondió avanzando un poco.

Bien”, dijo suavemente Mohamed a su amigo. “Está funcionando el robot”.

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Carreras de camellos. ©NYT

Los deportes son importantes en esta región, tanto en los Emiratos Árabes Unidos –donde hay patrocinios de mucho dinero y actividades de la más alta calidad en todo, desde críquet y futbol, hasta rugby y golf –, y en otros países, como Qatar, que será anfitrión del campeonato mundial de atletismo en 2019 y de la Copa del Mundo 2022. No obstante, si bien gran parte de la acción aquí sí dirige a la gente de fuera, hay por lo menos un aspecto de la vida deportiva que sigue siendo, principalmente, un juego local.

Las carreras de camellos, de una forma o de otra, han sido parte de la cultura árabe por generaciones, y algunos historiadores las rastrean hasta el siglo VII.

Se percibe a los camellos como criaturas magníficas en este país (hasta hay concursos de belleza de camellos) y se ve a las carreras como una actividad unificadora, un deporte que une a las personas de todos los historiales, ya se trate de la realeza o de indigentes, de hombres de negocios o de obreros.

Las carreras en los Emiratos Árabes Unidos se hicieron más organizadas en los 1980 y 1990, cuando Zayed bin Sultan al Nahyan, el primer presidente de la federación, supervisó la construcción de diversas pistas de carreras.

CARRERAS DESATARON EL CRIMEN

A medida que las carreras se fueron haciendo más competitivas y que aumentó el premio en dinero, muchos dueños de camellos empezaron a usar a niños de bajo peso como jockeys, algunos muy pequeños, de dos o tres años, que importaban de países como Bangladesh, Afganistán, Pakistán y Sudán.

Eran comunes las caídas y las lesiones graves. También el comercio, las permutas y el secuestro de niños jockeys, así como las acusaciones de maltrato físico y acoso sexual eran terriblemente frecuentes. En un momento, se estimó que se estaban usando a 40 mil niños en todo el Golfo Pérsico.

Jinetes robots. ©NYT
Jinetes robots. ©NYT

LA SOLUCIÓN: LOS ROBOTS

Los horrores del tráfico humano dejaron una marca en el deporte que persiste aun ahora, 12 años después de que se prohibió oficialmente esa práctica en los Emiratos Árabes Unidos. Algunos dueños dijeron, en forma discreta, que todavía preferirían tener jockeys humanos –aunque ninguno lo dijo en público– pero una mayoría, quizá por reconocer la inquietante percepción de hacer que los niños monten a los animales que miden casi dos metros de altura y pueden correr hasta 60 kilómetros por hora, elogiaron imperturbablemente a la tecnología que ahora se usa en forma generalizada: los robots.

Los primeros modelos de robots, que se produjeron por primera vez en el 2003, eran engorrosos y pesaban unos 13 kilómetros. En general, los camellos no respondían bien a ellos, y a los dueños los desalentó la dificultad de obtenerlos.

En los años que han pasado, la producción de los robots se ha vuelto más local y más simplificada. Ahora, los dueños de camellos pueden ir a diversas tiendas o mercados en los Emiratos Árabes Unidos para comprar los robots y sus accesorios que, incluso, pueden incluir sedas de lujo (los robots están hechos para que, en realidad, parezcan jockeys pequeños). La versión más reciente pesa sólo unos dos kilogramos.

EL DÍA DE LA CARRERA

La zona de espera detrás de la línea de salida en una pista de carreras de camellos es una reunión de personajes que caminan por todas partes, algunos vestidos con túnicas, algunos con pantalones, algunos llevan a los camellos, algunos hablan con los robots, o, más bien, por ellos.

Hay dueños, entrenadores, jinetes de entrenamiento y manejadores. Es muy raro que haya seguidores o turistas. Cuando Mohamed y su amigo seguían a Miyan esa mañana, lo hicieron frente a una tribuna vacía en Al Wathba. Esto no es poco común, ya que no se permite apostar en las carreras de camellos en los Emiratos Árabes Unidos. Así es que a menos que se dispute una carrera particularmente grande –una con la que se concluya la temporada tiene un premio de un millón de dírhams (272 mil dólares) para el primer lugar– por lo que las partes interesadas, incluidos los jeques, prefieren, en general, verlas por televisión.

En un día de carreras, se colocan en fila a los camellos en la zona detrás de la línea de salida y esperan la suya, arrodillados en la arena mientras sus entrenadores los ensillan con el jockey robot y vuelven a revisar el fuete y el transceptor. La duración de la carrera depende de la edad de los camellos, pero, a diferencia, de la acción en un hipódromo, las carreras son casi continuas. No hay pausas ni recesos entre carreras. Tan pronto como un grupo cruza la meta, el otro se reúne en la salida; luego, levantan la reja y empieza la siguiente carrera.

Jinetes robots. ©NYT
Jinetes robots. ©NYT

Durante la carrera, la banda sonora es una mezcla de cláxones de coches –los dueños pitan a sus camellos por razones que batallan para articular– y porrazos fuertes, que es el sonido que emite el látigo de los robots al golpear contra las ancas del camello. Observando a Miyan, Mohamed esperó hasta que la carrera llevaba casi una tercera parte para empezar a usar el fuete, alternando con los murmullos guturales a través del transceptor y con un control remoto habilitó unos pequeños estallidos en la parte trasera.

Miyan empezó a apagarse. Cuando los camellos daban la última vuelta, Mohamed presionó el botón del látigo unas cuantas veces y emitió unos graznidos desesperados por el aparato, pero no hubo golpe ni estallido. Suspiraron su amigo y él.

Miyan se movía con pesadez, un poco de espuma le salía del hocico al llegar dando saltos a la meta. “Estoy decepcionado”, confesó Mohamed. “Es tan mediocre”.

Miyan llegó en séptimo lugar, bueno para unos 2 mil 500 dólares. Cuando cruzó la meta, los manejadores le quitaron el robot y la silla  –se selecciona a unos camellos y a su equipo para hacerles pruebas después de la carrera y asegurarse de que no se utilizaron drogas ni sustancias artificiales– y la condujeron por la reja. Si hubiese terminado en uno de los tres primeros lugares, le habrían frotado la cabeza y el cuello con azafrán dorado, una especia sagrada, en demostración de honor. Este día, simplemente, fue a la zona de espera para tranquilizarse.

Carreras de camellos. ©NYT
Carreras de camellos. ©NYT

Mohamed y su amigo descansaban en el vehículo todo terreno comentando la carrera de Miyan y quejándose por su desempeño. Después de unos momentos, el amigo aceleró y Mohamed se acomodó en el asiento.

Empezaba otra carrera, otra oportunidad. Levantaron la reja. Los camellos salieron disparados de la línea de salida. Rugieron los motores y los vehículos todo terreno avanzaron dando tumbos, mientras sonaban los cláxones y chillaban los neumáticos al perseguir a los robots entre una delgada capa de neblina matutina.

Carreras de camellos. ©NYT
Carreras de camellos. ©NYT

Con información de The New York Times / El Financiero

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