Atardecer en Palmira – Por Alberto Ruy Sánchez

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Desde lo alto de la fortaleza veo la ruinas de golpe y recuerdo que, para imaginarme a Palmira viva, evocaba la visión de Alepo y sus maravillas

Era como si a Roma se la hubiera comido el desierto y surgiera echa pedazos en el corazón de Siria, en su aridez más extrema. Palmira es uno de los sitios más intensos que he conocido y la experiencia de estar bajo su cielo levemente desgarrado por nubes como crestas de duna, al amanecer pero sobre todo al final del día, es inigualable.

Algo de espejismo dilatado tienen los atardeceres en el desierto. Lo crean horizontes fugaces y engañosos de las dunas en movimiento, montañas escasas y a distancia incierta. Y especialmente la densidad del aire, como un filtro perturbador sobre las cosas, con la arena levantada por los vientos y el regreso apresurado de los rebaños.

El ocaso del oasis imperial de Palmira no es menos lento pero sí más majestuoso que cualquier otro. Las ruinas clásicas más bellas que ningún oasis ha tenido, y la fortaleza abandonada dando punta de atalaya a una montaña súbita de casi mil metros de altura, dan al espejismo solar de este desierto el más extraño y fascinante de los escenarios.

Palmira fue al principio una ciudad de comerciantes en medio del desierto que abría a las culturas del mediterráneo una puerta hacia Asia. Pero se convirtió en capital de un Imperio. Es mencionada varias veces en el antiguo testamento. Sus comerciantes, su urbanidad, administrada por un senado, eran tan apreciadas como su mayor producto de exportación: sus arqueros. Cuando los romanos conquistaron el resto de la actual Siria, la ciudad de Palmira no dejo de ser independiente. Cuando la visita el emperador Adriano, regresando de Persia, es tan fuerte y distinta ahí la visión de las estrellas que decide dedicar toda una noche a observarlas. Marguerite Yourcenar le hace decir en su novela Memorias de Adriano: “Una sola vez he ofecido a los cielos el sacrificio ritual de una noche entera (…) Acostado sobre mi espalda, con los ojos bien abiertos, ignorando por algunas horas toda preocupación humana, me entregué desde la tarde hasta el amanecer a ese mundo de llamas y cristales. Fue el más bello de mis viajes (…) He tratado de unirme a lo divino de muchas maneras y he conocido más de un éxtasis. Algunos atroces y otros de suavidad convulsiva. El de la noche siria fue extrañamente lúcido (…) Esa noche representa mi ración consciente de inmortalidad”.

El mismo Adriano, incansable constructor, contemplando sus obras dice que “cada piedra es la extraña concreción de una voluntad, de una memoria, algunas veces de un desafío. Cada edificio es el mapa de un sueño”. Eso se siente al ver esta ciudad imperial en ruinas que se confunden con la arena. Un paisaje de sueños derribados.

Queda la inmensa arcada, a la romana, de una larga avenida de mil doscientos metros, un templo donde cabía toda la ciudad con sus diminutas cámaras secretas donde sólo entraban el dios Bel y sus sacerdotes. La reina Zenobia, elevada por sus anhelos más feroces a emperatriz de Palmira, se decía descendiente de Cleopatra, arrancó al Imperio de Roma la sexta parte del mediterráneo y se apoderó de su granero, que era Egipto. En esta belleza devastada están sus sueños en ruinas, con vocación de espejismo al caer el sol como cayó su reino, incendiando al cielo. Casi ciento cincuenta años después de Adriano, el emperadsor Aureliano vence al desierto, destruye su metrópoli y la hace prisionera mientras cruzaba un río mítico, el Eufrates. Y así la ayudó a cruzar hacia el territorio de la leyenda. Cada atardecer, la ciudad de las palmas: Palmira la única, revive en la lentitud del sol cayendo el teatro de un imperio que se negaba a ocultarse. Sus ruinas son trozos de un sol herido, reventado de ambiciones y desafíos. Un atardecer interminable.

Más allá de la fortaleza sobre la montaña, al pie de un acantilado arenoso, se encuentra El valle de las tumbas, la gran necrópolis, la ciudad de los muertos más grande del desierto con tres tipos de tumbas: cientos de torres funerarias y entierros de pozo y tumbas más comunes a flor del suelo. Un jardín de ausencias. En el esplendor de Palmira, el camino hacia Damasco y el camino hacia Homs y hacia el mar, cruzaban el Valle de las tumbas como un recordatorio de que viajar es morir un poco y que, vivos o muertos, regresamos como dunas a la tierra de la que fuimos hechos.

Desde lo alto de la fortaleza veo todas la ruinas de golpe y recuerdo que, para imaginarme a Palmira viva, evocaba la visión de Alepo y sus maravillas desde lo alto de su propia fortaleza en una montaña que domina a la ciudad. Ahora que la guerra civil está destruyendo casa por casa y barrrio por barrio a la hermosísima ciudad de Alepo, con el pecho contraído de pena no puedo dejar de pensar de nuevo en ese paralelo pero en sentido inverso: hacia la cruel devastación insensata.

Alberto Ruy Sánchez. El autor es poeta, narrador y ensayista. Su libro más reciente es la novela “Elogio del insomnio”, publicada por Alfaguara

Con información de : El Universal

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