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La Batalla de Argel

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La Batalla de Argel a partir de su aparición en 1966 causó un gran impacto, por su temática anticolonialista y su estilo cinematográfico. Filmada en blanco y negro, en un estilo semidocumental  transmite con gran fuerza expresiva la lucha de los combatientes argelinos, ocupando un papel relevante la población, y la legendaria Casbah.

Francia, que era entonces una potencia colonial. Empleó todos los medios para impedir la liberación de ésta, su más preciada joya en su otrora vasto imperio colonial. ¿Por qué Argel? Desde 1830 Francia, por su importancia, le dio el estatuto de Departamento de Francia. Cientos de miles de franceses vinieron de Europa y se asentaron en este territorio africano, apoderándose de las riquezas de este país con costas mediterráneas. Francia no desarrolló a los argelinos, explotaron su territorio y reprimió a la población sistemáticamente.

En 1954, mientras a otros territorios bajo el dominio de Francia le otorgaban la independencia, a Argelia le fue negada esa posibilidad por la vía pacífica y comenzó una larga y sangrienta guerra de liberación que terminó en 1962.

Francia tuvo que ceder, el General Charles de Gaulle, con su inmenso prestigio político y militar intervino para que Argelia fuera libre, lo cual le concitó el odio de la derecha francesa que como veremos en otro trabajo y en otra película: Chacal, hizo todo lo posible por asesinarlo.

La guerra de liberación argelina fue una batalla que abarcó no solo el territorio de Argel sino que tuvo gran influencia en la Metrópolis Francia y en todo lo que se llamaba tercer mundo que iniciaba un fuerte movimiento libertario.

El filme se estrenó en 1966 dirigido por el italiano Gillo Pontecorvo y con la participación del joven Estado argelino que propició todo el apoyo para hacer el filme.

Para comprender el empecinamiento de las fuerzas de derecha francesas, hay que hacer un poco de historia. El Ejército francés tenía unas unidades de élite: Paracaidistas y tropas de asalto, que se suponían invencibles.

Estas tropas élites sufrieron un gran descalabro en Viet Nam, otra de las joyas de su imperio. En una batalla célebre, que fue seguida por los medio de difusión de todo el mundo, el ejército descalzo, cómo llamaban a los vietnamitas seguidores de Ho Chi Min, sorprendieron y cercaron a estas tropas élites en un sitio llamado Dien-Bien-Pu. Durante días y semanas se prolongó el combate en el que los vietnamitas hicieron prodigios con su estilo de guerra irregular que derrocaría no sólo al imperio francés, sino muchos años después al norteamericano.

La derrota de Dien-Bien-Pu fue muy publicitada en los grandes medios de información franceses. Después de perder Viet Nam y sufrir la derrota humillante de las tropas especiales y los paracaidistas que se dieron en llamar “paras”. Este odio por la humillación sufrida lo llevaron consigo a Argelia.

A medida que avanzaban los combates y se evidenciaba su impotencia y derrota, esta fuerza de élite se degradó completamente y comenzaron a aplicar masivamente medios de tortura. Un libro: “La Tortura” de Henri Alleg, conmovió profundamente la opinión pública francesa.

Era una guerra insostenible para la mentalidad tradicional francesa. La izquierda comenzó a ayudar desde la Metrópolis a los argelinos, convirtiéndose la guerra en una lucha anticolonialista donde muchos franceses de la Metrópolis también fueron reprimidos.

Pero concentrémonos en el filme, como decíamos fue filmado en blanco y negro con una fotografía que mostraba duramente los contrastes. No es un filme realizado en el estilo de ficción, con planos, contraplanos y actores profesionales.

La película se centra en un personaje: Ali La Pointe, legendario luchador que representaba el vasto movimiento insurreccional que tenía como escenario la propia ciudad capital: Argel.

La Casbah jugó un papel importante en el filme, este es un barrio con una construcción típica de la cultura árabe. Aquí no vivía ningún francés, solamente las tradicionales familias nativas, sus pequeñas calles y su geografía complicada era el marco ideal para las acciones clandestinas. Los franceses nunca pudieron ocupar la Casbah y se limitaron a custodiar los accesos con tropas fuertemente armadas.

Varias secuencias del filme son antológicas. En una las protagonistas son las mujeres árabes que vestían su atuendo tradicional y eran objeto del mayor desprecio por parte de los colonialistas. Para apoyar una acción insurreccional y poder salir de la Casbah, el filme nos muestra cómo un grupo de muchachas se disfrazan, cambian el vestuario tradicional árabe por ropas occidentales, se pintan hasta parecer no árabes. Este grupo de muchachas, bellísimas por cierto, llegan a las entradas custodiadas, se sonríen con las tropas y éstos las dejan pasar.

Otra secuencia inolvidable es cuando en la noche, en la Casbah ocupada se escucha el sonido típicamente árabe que emiten las mujeres con un movimiento de la boca y la lengua. Este es un sonido ancestral que en esta película juega un gran papel como forma de comunicarse y también de expresar el dolor. Ali La Pointe es cercado, pero para ser atrapado vende muy cara su vida. Esto entusiasmó a la población francesa que vivía en el país: un millón de colonos que se habían apoderado de la colonia.

Como sabemos, los argelinos tuvieron que pagar un altísimo precio por su independencia, se afirma que un 15 por ciento de la población argelina fue masacrada por los franceses. Hasta que logró su independencia el 5 de julio de 1962.

Pero aunque no es parte de esta película, quiero contar lo que pasó después y que daría origen, primero al libro y después a la película Chacal.

Un millón de franceses tuvo que regresar a Francia. La derecha y las fuerzas más retrógradas, no se consolaban con la pérdida y le achacaban al General Charles de Gaulle que fue el Presidente que propició el fin de la guerra.

Los antiguos “paras”, licenciados del ejército, se unieron con fuerzas de derecha en el país y en su delirio fascistoide pensaron que eliminando físicamente a De Gaulle volverían al poder, no comprendieron nunca que los tiempos habían cambiado. En la propia Francia era un hecho consumado que ya el país no era una potencia colonial y tenía que ajustarse a los nuevos tiempos.

La Argelia socialista avanzó al principio con muchas dificultades porque los colonialistas no formaron profesionales ni personas capaces de dirigir un país, tuvieron que aprender sobre la marcha.

Hoy, Argelia es un país independiente de tendencia socialista que apoya otras causas justas como la de los palestinos. La cruenta batalla de Argelia rindió sus frutos. El filme La Batalla de Argel, ganó el premio del Festival de Venecia de 1966, ha sido exhibida en todo el mundo, y en nuestro país tuvo una gran difusión. Quien ha visto esta película no puede olvidarla.

Por Miguel Torres (reconocido director de Cine y de televisión cubano, fue un connotado realizador del Noticiero ICAIC Latinoamericano. Ha sido profesor de la Escuela de Cine y de Televisión, tiene en su haber varios largometrajes y decenas de documentales.) Con información de Cubadebate

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Argelia y la Capilla Sixtina de la Edad de Piedra

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Así es la vida del investigador de lo insólito. Hoy estudia el futuro. Mañana, el no menos impenetrable pasado…

¿Y qué puede decir este aprendiz de casi todo y maestro de nada sobre los mal llamados “objetos volantes no identificados”? La verdad desnuda es que, después de veinte años de febril investigación, de más de tres millones de kilómetros recorridos en su persecución e, incluso, después de haberlos visto, cada vez sé menos…

Tengo muy claro, eso sí, que los ovnis son astronaves “no humanas”. Y estoy convencido también que esas civilizaciones nos visitan “desde siempre”. Y que “su rastro” está ahí, grabado con sutileza. A veces, pintado o esculpido en las paredes de la prehistoria. En ocasiones, “infiltrado” y “camuflado” en la mitología, en las leyendas, en los libros sagrados de todos los pueblos y hasta en sus más ancestrales ritos, danzas y supersticiones. Basta abrir los ojos y el corazón para percibirlos.

Tassili, en el Sáhara argelino, es uno de los múltiples ejemplos. Casi con seguridad, de entre las evidencias de visitas “no humanas” en el pasado de la Tierra, una de las más claras y sugestivas. Y aunque este misterio, como tantos otros, bien merecería un tratado enciclopédico, me limitaré a “sobrevolarlo”, invitando con ello a unos momentos de reflexión, que no es poco…

Al igual que ocurre con otros enigmas, en el de las cinco mil pinturas de Tassili sobran las palabras. Las imágenes lo dicen todo.

Tassilin Ajjer saltó a la luz pública en 1933, gracias a las investigaciones de Henri Lhote y su equipo. En una plataforma arenosa de 800 kilómetros de longitud por 60 de ancho, al norte del Hoggar, la docena de científicos que dirigía Lhote fue a tropezar con lo que se ha dado en llamar la “Capilla Sixtina” de la Edad de la Piedra.

A saber: millares de pinturas que representan a los hombres y a la fauna que poblaban el Sáhara hace miles de años, cuando el desierto era todavía un vergel. Pues bien, entre esas representaciones pictóricas ejecutadas en diferentes períodos de la historia, las más antiguas, fechadas entre 4.000 y 10.000 años antes de Cristo, dejaron estupefactos a los expedicionarios franceses. Entre las escenas de caza, las danzas religiosas, los rituales y las múltiples imágenes de animales salvajes, ganado, etc., aparecía un sinfín de pinturas de “seres” y “objetos” que, a todas luces, nada tenían que ver con los “nativos”.

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Y esos indescifrables personajes fueron bautizados como los “cabezas redondas” y los “nadadores”. “Cabezas redondas” porque, a diferencia de los hombres, mujeres y niños que completan los rojizos y violetas “murales” todos ellos perfilados con una exquisita fidelidad, estos “seres” presentan unas ‘enigmáticas’ desproporcionadas cabezas, provistas de un “solo ojo”, de “antenas” y de toda una serie de “elementos” que “no encajan” en el perfil físico de aquellos pobladores de Jabbaren.

Nada mejor que las palabras de un estudioso como Jean Gossart para ir aproximándonos al enigma de los «cabezas redondas”: “ . . a pesar de nuestra legendaria cautela, debemos admitir que estas “cabezas redondas» tienen verdaderamente un aire extraterrestre. Las líneas horizontales a la altura del cuello hacen pensar en los pliegues de un elemento de empalme entre el traje y la escafandra”.

En efecto, ésa es la impresión que proporciona la contemplación de dichas pinturas. Mezclados con los indígenas pueden distinguirse “otros individuos” que parecen portar cascos, trajes y botas que hoy sí somos capaces de identificar. Y junto a estos “astronautas” de la Edad de la Piedra, los pintores de Tassili se esforzaron por “dejar constancia” de otros “seres” no menos ajenos a su primitiva cultura: los “nadadores”. Decenas de “hombres y mujeres” igualmente provistos de singulares indumentarias que para terminar de enredar el misterio “flotan” en el aire, al estilo de nuestros cosmonautas en sus paseos espaciales.

Y mezclado con la fidelísima fauna del lugar antílopes, elefantes, rinocerontes, etc., un tercer “elemento” distorsionador: “objetos” de formas ovaladas y esferoides, provistos de “patas”, que “flotan” igualmente sobre los grupos humanos y los rebaños o se “asientan” entre ellos. Una de estas pinturas en particular resulta altamente significativa. En ella, un “cabeza redonda”, situado al pie de una imagen ovoide de la que parten muy familiares “fulgores” arrastra hacia el “objeto” a un total de cuatro mujeres indígenas.

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Para los investigadores de ovnis, esta escena pintada hace más de cuatro mil años encierra un valor y un “mensaje” casi definitivos. Hoy sabemos de cientos de casos de secuestros en los que los tripulantes “no humanos” introducen a los testigos en sus naves, sometiéndolos a toda suerte de “chequeos”. ¿Ocurrió algo similar en el remoto pasado de la Tierra? A la vista de lo expresado en la “Capilla Sixtina” africana, ¿quién se atrevería a dudarlo?.

La conclusión, aunque pueda parecer fantástica, es casi obligada: los pueblos que habitaron Tassili fueron testigos de excepción de las visitas de astronaves y seres que, con toda probabilidad, descendieron en su hábitat, examinándolos, investigándolos y quién sabe quizá, hasta procreando con ellos. Y esta serie de “sucesos” obviamente, constituyó el “gran acontecimiento” de sus vidas. Y mereció ser incluido en la más noble y sagrada de su actividades: las representaciones pictóricas.

Y concluyo con otra consideración de Gossart. Una audaz estimación que no precisa de mayores comentarios:

…No he rechazado a priori la idea de que parte de la pinturas de Tassili pueda tratarse de extraterrestres, partiendo del principio de que una hipótesis no puede ser descartada por la única razón de que parezca extravagante ( simplemente, demasiado atrevida).

Por J.J.Benítez

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Argelia y la Capilla Sixtina de la Edad de Piedra por J.J.Benítez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2016/06/06/argelia-y-la-capilla-sixtina-de-la-edad-de-piedra.

Árabes desaparecidos y el rescate del olvido

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Ricardo Emir Aiub, detenido-desaparecido el 9 de junio de 1977 y Claudio Cesar Adur, detenido-desaparecido el 11 de diciembre de 1976

Es difícil explicar por qué a 40 años del golpe cívico-militar la comunidad argentino-árabe organizada en sus instituciones no ha hecho presentaciones judiciales formales acerca de cuántos de sus “hijos” militantes y dirigentes del campo nacional y popular fueron secuestrados, torturados, fusilados y desaparecidos, ni tampoco ha hecho reclamos y presentaciones formales a la Conadep, como a las comisiones por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Las colectividades, como la judía y la japonesa, por ejemplo, lo han hecho aunque en distintos tiempos. La comunidad judía, que tuvo gran protagonismo en los 80 en su lucha por los derechos humanos, denunció que no menos de 1960 nombres de desaparecidos son de origen judío. El documental argentino-israelí Sin punto y aparte del periodista Shlomo Slutsky lo explica. Otro caso, muy diferente, es el de la colectividad japonesa, que estuvo callada durante muchos años sin reclamar por los 16 Nikkeis (primera generación de inmigrantes que nacen fuera de Japón) desaparecidos durante la dictadura. El motivo, tal vez, es que entre los inmigrantes japoneses estuvo instalada por muchos años la idea de no generar problemas al país que los recibe. Recién en 2011 se llevó a cabo una muestra sobre detenidos desaparecidos Nikkeis llamada “No desaparece quien deja huella” y el libro de reciente aparición No sabían que somos semilla, del periodista Andrés Asato.

El caso de la comunidad árabe y sus descendientes es curioso, porque quizás haya sido la que aportó a las causas populares, especialmente al peronismo, al radicalismo y al sindicalismo combativo, ejércitos de militantes y dirigentes en todas las líneas tanto partidarias como de gobierno, sobre todo en los provinciales.

Es notable observar en una circular de Interpol (1.7.1976), enviada a la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de Uruguay y publicada en la web de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente del vecino país, la nómina y datos de integrantes del Partido Peronista Montonero capturados y detenidos. En el listado se encuentran varios nombres de marcado origen árabe como Abraham, Elganame, Haidar y Jalit Jalid. También, las fuerzas revolucionarias como FAP y el Partido Comunista tenían entre sus filas y sentados en las mesas de conducción descendientes de árabes de primera generación.

Voy a destacar algunos ejemplos. Envar El Kadri en 1965 fundó y participó de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) con el objetivo de armar una guerrilla rural en el monte tucumano que enfrente militarmente al gobierno usurpador de Onganía. Los restos de Cacho, como le decían sus allegados, desde 1998 descansan en el cementerio Islámico de San Justo. Fue detenido y torturado duramente en dos oportunidades. Fue liberado en 1973 con la amnistía del presidente Cámpora. Consiguió trabajo bajo la gestión Puiggrós, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires. El 1º de enero de 1975, amenazado y perseguido por la Triple A, y después de la muerte de su amigo Julio Troxler, comenzó un largo y duro exilio que finalizó en el año 1984, cuando regresó al país.

Otro caso, actualmente más presente, es el del pianista tucumano Miguel Angel Estrella. Estrella (Neyem en árabe) se dedicaba a interpretar música frente a los indígenas y obreros, en los rincones más postergados e inaccesibles de la Argentina. Por su fuerte compromiso con la doctrina social de la Iglesia, fue perseguido y debió huir a Uruguay. Allí fue secuestrado, detenido clandestinamente y sometido a todo tipo de torturas. Pudo salvar su vida por la presión de organizaciones internacionales cuando se conoció el destino que le había otorgado la Operación Cóndor. Otros, entre tantos más, han sido los periodistas Claudio Cesar Adur, detenido-desaparecido el 11 de diciembre de 1976, y Ricardo Emir Aiub, detenido-desaparecido el 9 de junio de 1977. Quizás, todos ellos, parafraseando al poeta palestino Mahmud Darwish en su poema “Yo soy de allí”, han aprendido todo el lenguaje y lo han deshecho para componer una única palabra: Patria.

Hoy, después de cuatro décadas, nos preguntamos, por qué los dirigentes de las instituciones de la comunidad no han caminado los tribunales reclamando por sus hijos caídos y desaparecidos en la lucha por la Justicia Social. Por qué los profesionales e intelectuales no se han atrevido a escribir sus homenajes. Por qué desde las tribunas no se oyó el eco de la voz de los que ya no están, hijos de la resistencia de Palestina y de Argelia. Tal vez sea por desidia o cobardía, por vergüenza o por la complicidad con los poderosos de entonces. No lo sé, pero estas preguntas son un buen comienzo para buscar la verdad y rescatarlos del olvido.

Por Alí Mustafá
Con información de:Página 12

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Argelia reconoce lengua tamazight tras medio siglo de lucha

Se habla también el francés, pero se enseña como lengua extranjera.
El parlamento establece al ‘tamazight’ como lengua oficial, a la par del árabe.

El tamazight y sus variantes, es hablado por unos 10 millones de personas, es decir una cuarta parte de la población del país. ©ap archivo
El tamazight y sus variantes, es hablado por unos 10 millones de personas, es decir una cuarta parte de la población del país. ©ap archivo

Tras una lucha de más de medio siglo, la población bereber de Argelia obtuvo que su lengua, el tamazight, fuera reconocida este domingo como lengua oficial, un nivel por debajo del árabe, que sigue siendo idioma de Estado.

El parlamento adoptó, por aplastante mayoría, una revisión de la Constitución que establece que el tamazight es a partir de ahora una «lengua oficial» mientras el árabe sigue siendo «la lengua nacional y oficial del Estado».

El tamazight, con sus diferentes variantes, es hablado por unos 10 millones de personas, es decir una cuarta parte de la población de Argelia.

Por su lado, el francés, que suele ser comúnmente hablado, no tiene ningún estatuto oficial y se enseña en las escuelas como idioma extranjero.

El Alto Comisionado de la Amazighidad (HCA), un organismo oficial encargado desde 1995 de la promoción de la lengua bereber, se felicitó de la oficialización del tamazight (femenino de amazigh, vocablo con el que se autodenomina un bereber).

Esta medida prevé la creación de una Academia tamazight, encargada de promover esta lengua.

El tamazight había sido hasta ahora una lengua no reconocida y sus militantes eran perseguidos en este país dirigido por un partido único que había optado por unir a su pueblo bajo el estandarte del arabismo.

En 1980, el tema emergió tras manifestaciones violentamente reprimidas en la región de la Cabilia, en el norte de Argelia, donde se concentra la mayor parte de la población bereber.

Reivindicación lingüística

A partir de los años 1990, el Estado mostró cierta apertura ante las reivindicaciones identitarias y lingüísticas de esta población.

La enseñanza del tamazight fue introducida en los establecimientos escolares en 1995 en algunas regiones del país donde el bereber es la lengua materna.

En 2002, tras sangrientos disturbios en esta región que causaron 126 muertos, la lengua fue reconocida como segunda «lengua materna», por decisión del presidente Abdelaziz Bouteflika.

Seis años antes, en 1996, la amazighidad había sido reconocida en la nueva Constitución como parte integrante de la identidad nacional, junto al Islam y el arabismo.

En 2009, se lanzó una cadena de televisión con programas en lengua tamazight y sus variantes.

Pero más de 20 años después de la creación del HCA, su enseñanza se lleva a cabo solamente en 22 de los 48 departamentos del país, según estadísticas de este organismo.

Su oficialización tardará a la espera de su uniformización, y de un consenso sobre su transcripción, objeto de controversia entre los partidarios de los caracteres bereberes (autenticidad) o árabes (islamidad).

Aunque este reconocimiento del tamazight era reclamado desde hace décadas, su oficialización no ha dejado a todos contentos, ya que sus más feroces defensores exigían la total «paridad» con el árabe.

Según éstos, la nueva Constitución debió instaurar «la paridad de las lenguas árabe y tamazight para acabar con un cisma» que dura desde el período de la colonización francesa de Argelia (1830-1962).

El texto constitucional «refleja una aberrante jerarquía que mantiene al tamazight en una dimensión de estigma lingüístico». «Este estatuto de lengua oficial excluida del Estado tiene un insoportable aroma colonial» se lamenta Hend Sadi, un militante histórico de la lengua bereber.

Con información de Informador

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Un crimen cometido en un libro…

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«Qué quiere que le diga, señor investigador, sobre un crimen cometido en un libro?», pregunta el narrador, que dice en otro momento: «Quiero decir que esta es una historia que se remonta a hace más de medio siglo. Sucedió y se habló mucho de ella. La gente sigue hablando mucho de ella, pero solo hacen referencia a un muerto —fíjate, sin pudor— cuando en realidad hubo dos, dos muertos». Por esto y por el título, posiblemente el lector tenga ya en su mente la novela El extranjero, de Camus, dos libros que, en alguna medida, ya son complementarios. «Un autor célebre —abunda— había narrado la historia de un árabe y había hecho de ella un libro estremecedor… se cuenta un asesinato con la genialidad de un matemático inclinado sobre una hoja muerta».

En este libro el narrador, Haroun, hermano del hombre asesinado —«el árabe»— no se resigna a dejar en el anonimato la historia de aquella víctima que murió en una playa a manos de un extraño personaje y dar vida así a una figura que la literatura se había permitido ignorar. «No empecé a sufrir por ello hasta que se acercó la edad adulta, cuando aprendí a leer y comprendí la suerte injusta reservada a mi hermano, muerto en un libro».

Al hilo de la historia —perfectamente tramada y encajada deliciosamente en el desarrollo del relato—, el lector disfrutará con las interesantes reflexiones que va tejiendo, de la historia de esa familia, de la vida en barrios y ciudades antes y después de la independencia del país árabe en que se desarrollan los hechos, con todas sus secuelas y las impuestas por la cultura occidental.

A la capacidad de crear un mundo paralelo, posiblemente complementario al cubrir «lagunas» de la ficción, une el argelino Kamel Daoud una prosa prodigiosa, que expresa como si fuera un estilete muchos de los sentimientos que la realidad ofrece y en ella una reconstrucción imaginaria, llena de fortaleza, de sugerencias, de poder.

Por Alfonso García
Con información de Diario de León

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Regreso a la guerra – Un teatro para tiempos sombríos

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Hay un lugar, la Maison de la Poésie, que se encuentra en el distrito III de París, lindante por el norte y el este con los X y XI, distritos modestos, menos monumentales, aunque no menos históricos, que otros de la capital francesa, y que han alcanzado repentinamente la celebridad desde la semana pasada.

Mientras en la Bolsa bajan las acciones de las grandes corporaciones hoteleras y de las líneas aéreas, estas calles animadas y mestizas recobran su pulso y su colorido, hecho con tonos de piel diversos, lenguas plurales y orígenes remotos. La Maison de la Poésie, en el Passage Molière, en la rue Saint-Martin, ha cerrado sus puertas durante el pasado fin de semana. Reabiertas el lunes, se ha celebrado un debate sobre “los niños de los libros”, al que ha seguido una lectura de poemas de Anna Ajmátova con un fondo musical de violonchelo y piano. Sucede que tras su humilde fachada hay variados espacios en los que se realizan actividades simultáneamente, a diario, otorgando un sentido “curioso, audaz y acogedor” al propio nombre de la institución, según palabras de su director, Olivier Chaudenson. Entre los actos programados en los próximos días figura uno en el que tomará parte François Koltès, hermano del dramaturgo Bernard-Marie, de cuya muerte se cumplirán veinticinco años en 2016.

En su breve vida Koltès escribió sobre temas poco gratos al oído del francés y en general del hombre de Occidente, particularmente sobre el tema colonial. Que el hombre de Occidente ama el orden, y que se imagina habitante de un mundo de ensueño en el que el petróleo debería estar a nuestra disposición siempre en abundancia y a buen precio, son cosas que Koltès sabía, como sabía que no puede garantizarse lo anterior si se prescinde de algunas de nuestras guerras familiares, esas viejas guerras que tienen lugar a miles de kilómetros y que a veces nos provocan una mueca de repugnancia a la hora de la cena, cuando vemos las noticias. Sabía bien Koltès que estas guerras nuestras a veces requieren aliados sospechosos e incluso indeseables, y por eso escribió sobre uno de los asuntos que más ofenden al oído del francés corriente, esa OAS que cometió más de dos mil asesinatos, la mayoría de ellos de musulmanes. E igualmente sabía Koltès que estas guerras lejanas, de un modo u otro, acaban siempre por comparecer en nuestras calles y plazas, en nuestros cafés y nuestros teatros. Por eso escribió Regreso al desierto.

Koltès era un poco en las letras y el teatro francés lo que en las letras y la música americanas era Jim Morrison, al que se daba un aire. Ambos murieron en París, y si en vida la distancia que había entre dos de sus temas favoritos es la que hay entre Argelia y Vietnam, la que hay entre sus domicilios actuales es la que separa el cementerio de Montmartre del de Père Lachaise.

A finales de la primavera pasada se publicó en Francia L’affaire Koltès, de Cyril Desclés, último de los libros hasta ahora que se ha acercado a la controversia de este hombre con su país y con el teatro. Desclés, que es escenógrafo, ha construido este libro a partir del conflicto surgido en 2007, cuando la Comédie-Française volvió a poner en escena Regreso al desierto. Sucedió entonces que el beneficiario de los derechos de autor, François Koltès, se negó a renovar el contrato, alegando para ello su desacuerdo con la elección de uno de los actores a causa de su origen étnico. El autor del libro ha investigado pacientemente las razones de la polémica, así como el modo en que fue divulgada por los medios de comunicación, dando como resultado una hermosa reflexión acerca de lo que significa el acto de la puesta en escena, y también acerca de los derechos y deberes de los herederos de una obra artística.

El causante involuntario de la controversia fue el personaje de Aziz, que en la obra es el criado árabe de la familia francesa protagonista. Aziz muere en un atentado de la OAS, y Koltès, por motivos políticos, tanto como por otros éticos y estéticos, dejó claro su deseo de que el personaje fuera interpretado por un actor árabe, el cual debía decir una parte de su papel en su propia lengua. A ello se refirió abundantemente en las entrevistas que fueron recogidas en el volumen Une part de ma vie, que publicó en 1999 Editions de Minuit. En el montaje de la Comédie-Française el personaje fue asignado a Michel Favory, actor entre cuyos muchos atributos no figura el de ser de ascendencia árabe. Con motivo de la defensa de la voluntad de su hermano, François Koltès se vio entonces envuelto en un airado debate en el que llegó a acusársele de racismo, que concluyó (aparentemente) en los tribunales y que fue mucho más allá de lo referido a la puesta en escena de una obra teatral. En él tomaron parte no sólo gentes del teatro, como Patrice Chéreau, el habitual escenógrafo de las obras de Koltès, sino también gran número de periodistas, editorialistas y tertulianos de los que pueblan en la actualidad nuestro mass media global.

Con respecto a esta polémica, que finalmente se resolvió por vía de una mediación y de común acuerdo, el dramaturgo Georges Lavaudant escribió en Le Monde:

“Que una mujer haga el papel de un hombre, un alto el de un bajo, un sueco el de un griego, o un negro el de una blanca, son cosas que enriquecen y relativizan extraordinariamente las interpretaciones y embellecen el arte del teatro. El actor puede interpretarlo todo… Pero, casualmente, siempre es el papel de los árabes el que se sacrifica. Y eso, Bernard-Marie Koltès no lo quería. Él quería que en cada una de sus obras un negro o un árabe estuviera presente en escena, y esto, en su caso, es a la vez política, amor, ontología, estética… Ya hemos experimentado todo eso con Genet y Beckett, lo conocemos bien. Pero en Koltès hay algo más que es central, que es decisivo como parte del deseo de un teatro que no lo interpretan sólo blancos civilizados para otros blancos civilizados”.

Y Lavaudant añade:

“Algunos opinan que hoy en día las indicaciones retrógradas de Koltès han sido superadas, que esa clase de discriminación positiva era sin duda útil cuando escribió sus obras, pero que ahora Francia ha sido capaz de llevar a cabo su conversión al multiculturalismo y que, por tanto, este tipo de controversia ya no es relevante… Pero debo confesar que yo no comparto este entusiasmo. Koltès quería introducir algunos cambios en el teatro, y el principal de ellos es el color de la piel”.

En este contexto, la Dirección de Música, Danza y Teatro encargó entonces un estudio de las tareas y propuestas necesarias para asegurar “una mayor y mejor visibilidad de los diferentes componentes de la población francesa en las artes escénicas”. A día de hoy, no se conocen los resultados de dicho trabajo.

La acción de Regreso al desierto se sitúa en Metz en 1961, durante la guerra de Argelia. Después de quince años, Mathilde ha tenido que huir de Argel con sus hijos y se halla de vuelta en su ciudad natal, donde encuentra a su hermano, Adrien, quien dirige un negocio familiar. La casa está rodeada por un muro que ha hecho levantar Adrien, el cual mantiene reuniones secretas, a fin de realizar un atentado, con personas notables de la ciudad, entre ellas el prefecto de policía. La relación entre los hermanos, que siempre ha sido difícil, empeora tras su reencuentro, de lo que son testigos y copartícipes los hijos de ambos. Mientras Fatima, la hija de Mathilde, tiene visiones en el jardín, donde se encuentra con la primera y difunta mujer de su tío, los chicos se encomiendan a Aziz, el joven criado árabe, para que les conduzca a los cafés y burdeles de la ciudad. En uno de ellos, hallándose en su interior Aziz y los hijos de Mathilde y Adrien, estalla una bomba, la cual, además de sus víctimas, tiene la propiedad de hacer que Mathilde y su hermano inicien una especie de reconciliación.

Regreso al desierto es una obra sobre la identidad y sobre el colonialismo. Aziz, al que llaman “el árabe”, no se considera árabe; y cuando a Mathilde intentan hacerle ver dónde están sus raíces, ella contesta: “¿Qué raíces? Yo no soy un árbol”. Como toda reflexión sobre el colonialismo, lo es también sobre los valores imperantes en nuestra sociedad occidental y sobre la violencia que ésta ejerce, y que tarde o temprano se vuelve contra ella. Artífices de esta violencia son Adrien y el resto de los notables de la ciudad, además de un paracaidista negro, personaje episódico que en su único parlamento anuncia: “Amo esta tierra, burgués, pero no me gusta la gente que la habita. ¿Quién es el enemigo? ¿Eres un amigo o un enemigo? ¿A quién debo defender y a quién debo atacar? Como no sé dónde está el enemigo, dispararé contra todo lo que se mueva”.

La obra fue estrenada en 1988 en el Festival de Otoño de París, habiendo sido dirigida en aquella ocasión por Patrice Chéreau y contando entre sus intérpretes con Jacqueline Maillan y Michel Piccoli. Una producción de esta obra actual y tristemente profética ha estado en gira por Francia hasta hace unas semanas. Responsable de la misma ha sido Arnaud Meunier, quien ha dicho de ella que es “una invocación de nuestra memoria colonial y de sus zonas sombrías, una pieza sobre nuestra culpabilidad, sobre aquello que no queremos asumir y que preferimos olvidar”. Ambientada en una población rural de la Francia de hoy, dominada por la extrema derecha, la obra adquiere tintes de comedia negra. Para Meunier Regreso al desierto “es un ovni, una mezcla de comedia y drama, de intimismo y de gran historia, de realismo y fantasía”. Una farsa, diríamos nosotros, que viene a ser la forma más valiente de representar la aridez de la realidad.

Por José Ramón Martín Largo
Con información de La República Cultural

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Mahmud Saadi y sus sueños de arena

Isabelle Eberhardt ©diarioregistrado
Isabelle Eberhardt ©diarioregistrado

Durante cinco años, entre 1899 y 1904, a Isabelle Eberhardt se le dio por recorrer el Magreb a caballo, vestida de tuareg. El disfraz incluía nombre y apellido: Mahmud Saadi. Más la costumbre de emborracharse, fumar kif y frecuentar los prostíbulos, se dice que no para yacer con mujeres sino para observar a los hombres. Y algo de eso hubo, ya que sus amantes fueron muy numerosos, de todas las razas y creencias: católicos, protestantes, judíos, musulmanes, europeos, árabes, armenios y turcos pasaron por su cama, o su saco de dormir o lo que sea donde se le ocurriera acostarse.

Vagabundo

Cabe pensar que para sus amoríos adoptaría la identidad de Nadia, o de Mariam, o simplemente se conformaría con ser Isabelle, pero nada es seguro: esta extraña mujer seducía completamente a esos extraños hombres que caían rendidos ante su apariencia andrógina. Era, ciertamente, casi un auténtico muchacho, esbelto, de elevada estatura,aires y maneras viriles, manos largas y finas, rostro de pómulos altos, cutis claro y una mirada inquietante.

Había nacido en 1877, en Ginebra, hija de las relaciones extramatrimoniales de una aristócrata alemana con un sacerdote de la iglesia ortodoxa armenia, nihilista, libertario y estrecho amigo de Mikhail Bakunin.

Sus primeros años transcurrieron en un mundo cerrado, marginal, diferente al habitual, donde fue incubando una mórbida pasión romántica por su hermano Agustín. El aislamiento, sumado a su desorden afectivo y sentimental, amenazaba con hacerla estallar. El mundo exterior y particularmente el árabe, la atraía apasionadamente. Así, mientras comenzaba a interesarse en el Islam, trabó una intensa relación epistolar con varios intelectuales árabes, en particular con Abou Nadara, director de una revista parisina, para quien ella era Nicolai Padolonski.

Su gran proyecto: una novela autobiográfica que, ya antes de empezar, tenía nombre: Trimardeur (Vagabundo).

Para abrazar al Profeta

El vagabundeo comenzaría pronto, cuando junto a su madre abandonaran el hogar para instalarse en Bone, al noreste de Argelia. Es entonces que empieza a utilizar otros nombres, costumbre que iba mucho más allá de la adopción de “seudónimos literarios”, pues se conjugaba con su gusto por las ropas masculinas. De igual manera, se hizo habitual en Isabelle el uso del masculino para referirse a sí misma, o mismo.

También su relación con el Islam fue notable, y no bien llegadas a Bone, madre e hija abrazaron la fe del Profeta.

De alguna manera, el desierto exacerbó las contradicciones de su vida y, adoptada ya casi definitivamente una personalidad masculina, trató sin mucho éxito,de procurarse ingresos como corresponsal de algún periódico. La pronta muerte de su madre, junto a la noticia del suicidio de su hermano Vladimir, la sumieron en una profunda depresión, impulsándola a un escape hacia delante: Argel.

Será en Argel donde más se esfuerce por captar el alma de la cultura árabe, confundiéndose, enmascarándose entre las personas y las cosas. Y lo hace como todo en la vida, tan literal e intensamente como le es factible: travestida, por las noches se hunde en la vida marginal de la Casbah, en sus cafés y sus burdeles, donde ebria de alcohol y de hachís seduce a los hombres con su conversación y su perturbadora ambigüedad.

Parece razonable que haya sido raleada de la colectividad europea, pero es bastante sorprendente que, conocida su identidad de mujer, o al menos, sospechada a partir de la cantidad de amantes que tuvo, fuese aceptada por la comunidad árabe como un hombre hecho y derecho. Un contemporáneo europeo dijo de ella: “tomaba más que un legionario, fumaba más kif que un adicto y hacía el amor por el amor a hacer el amor”.

Respecto a sus amantes, no obstante su compulsión a asumir una personalidad masculina y sus frecuentes visitas a los prostíbulos, no se conoce que, en ningún caso, alguno de ellos haya sido mujer. La intensa amistad que la unió a la estudiante de medicina Vera Popova, la única compañía femenina que Isabelle haya aceptado jamás, parece haber tenido otro cariz y fue, en todo caso, compartida con Archivir, un joven diplomático turco de origen armenio, por quien se sintió intensamente atraída no bien lo conoció durante una breve visita a Ginebra.

Archivir fue su amante y su gran amor, pero no le correspondió en igual intensidad, dicen que atraído por una conjura de los jóvenes turcos contra el poder del sultán o simplemente interesado en los jóvenes turcos en general.

Más tarde, Isabelle se dirige a Marsella para reunirse con su hermano Agustín, que acaba de casarse con quien Isabelle llamará, no sin cierto desprecio, “la obrerita”.

La pasión del desierto

El casamiento de su hermano fue un golpe muy duro. «Estoy solo, escribe en su diario, como siempre he estado en todas partes, como lo estaré siempre en el gran universo, maravilloso y decepcionante».

Una vez en Marsella, acepta el encargo de la marquesa Mendes para investigar la muerte de su marido. ¡Volverá a Túnez! Se exalta: “Revestir lo antes posible la personalidad amada que, en realidad es la ‘verdadera’, y volver allá, al África, para reemprender mi vida…”.

Es entonces que Mahmoud Saadi recorrerá el Magreb montado en su caballo Suf, buscando compenetrarse cada vez más con el desierto, con el mundo árabe, con el Islam, a los que ve, todos, indisolublemente unidos, vueltos la misma cosa.

No le será fácil. Las autoridades francesas recelan de esa suiza de origen ruso y apellido alemán que, vestida como hombre y presa de serios apremios económicos, frecuenta exclusivamente los ambientes “indígenas”. Mientras, decidida a llevar su metamorfosis hasta el final, se incorpora a la secta musulmana Qadiri y se une como “escribano” a una caravana al mando del joven califa de Monastir.

En Béhim, un fanático de la secta de los tidjanyas intenta asesinarla y consigue asestarle dos sablazos. Cuando su agresor es juzgado en Constantine, la presencia, hábitos y creencias de Isabelle escandalizan más que el crimen en sí. El veredicto da cuenta de ello al condenar al culpable a trabajos forzados a perpetuidad –que Isabelle contribuirá a que sean reducidos a diez años– y a la víctima, a la expulsión del territorio francés.

Nunca se aclaró si el intento de asesinato fue inducido por una visión angélica –como declaró el agresor– o tramado por las autoridades coloniales, lo que bien podría suponerse en tanto en el juicio fue tratada más como acusada que como víctima.

Extrañas conductas

Vuelta a Marsella contrae matrimonio con el soldado argelino Ehuni Slimène, de quien dirá: “Slimène es el esposo ideal para mí, que estoy fatigado, cansado y harto de la soledad que me rodea”.

La pareja se radica en Tanas, a 200 kilómetros de la capital argelina. Isabelle vuelve a sus hábitos y atavíos masculinos, se mezcla en peleas y borracheras, fuma kif hasta derrumbarse, y mantiene numerosos amoríos.

La conducta de esa insólita mujer provoca los consiguientes escándalos, pero ella, que gracias a su matrimonio ahora es ciudadana, tiene derecho a deambular por las posesiones francesas.

Enferma de malaria, en Ain Sefra es ingresada al hospital, que abandona muy pronto, para descansar en su humilde casa de la parte baja de la ciudad. Pocos días después, una madrugada del 21 de octubre de 1904, la ciudad fue sorprendida por la súbita crecida de los ríos Sefra y Mulen, que la sepultaron en un alud de barro.

El periódico Akhbar da cuenta de la absurda tragedia que se llevó árboles de cuajo, la mayor parte de las casas de la zona baja, la mayoría de los rebaños y veintiséis personas. Entre ellas, Mahmoud Saadi, o Si Mamhoud Esaadi o Mahmoud ben Abdallah Saadi, o Nadia, Mariam, Nicolai Padolonski… o, si se prefiere, Isabelle Eberhardt.

Morir ahogada en el Sahara no es un mal final para la vida contradictoria, apasionada, de esta escritora que no publicó nada en vida y cuyos escritos dispersos en el desierto y cubiertos de lodo, serán rescatados por los soldados del general Lyautey, quien dijo no saber si amar en ella a la mujer de letras, al caballero intrépido o al nómada endurecido.

Parece ser que tampoco el general era de gustos muy ortodoxos.

Por Teodoro Boot
Con información de Diario Registrado

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