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Ser musulmán en Nueva York

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Nueva York, con la profusión de jardines floridos en los que se distinguen los tulipanes, acerca reminiscencias obligadas de Holanda. Y en los canteros de algunas avenidas los cerezos desparraman blancura primaveral que obligan a pensar en Japón. Así como con las flores en Nueva York en esta primavera no es posible definir al neoyorquino, los rostros de cada componente de las muchedumbres que como ríos fluyen por sus calles son de una diversidad que asombra, entre los que se muestran los achinados, los japoneses, los latinos y la ineludible variedad de negrura en la piel de los negros que salpican con sus rostros la fisonomía de Nueva York.




No se puede ver, ni aun empeñándose en la búsqueda, ninguna mujer que quiera emular a la muy rubia Marilyn Monroe. Obligado a utilizar taxis para desplazamientos en la “Gran Manzana”, en tres casos los conductores eran egipcios. Entre un inglés a medias y un árabe adherido a mi ADN de hijo de libaneses, en viaje al Museo Metropolitano, pude descubrir naturalmente -por la espontánea expresión del conductor egipcio- que sus referencias a la colección de muros reconstruidos piedra sobre piedra era la del que se sentía despojado: “Se robaron todo”, fue su expresión casi resignada.

El Museo Metropolitano -vale decirlo- muestra una colección de muros y piedras aisladas, monumentos y pequeñas piezas labradas del Egipto antiguo, exhibidos con una moderna y cuidada disposición y respeto, tanto como el que resulta necesario para suponer que con ello moderan las críticas por lo que muchos consideraron un “saqueo” cultural. Como ocurrió con otros museos del mundo occidental.

Aquello que en un principio resultaba el testimonio de un inmigrante egipcio para estar al lado de “sus” piedras y monumentos que surcaron el Mediterráneo y el Atlántico para llegar a estas costas americanas, dejó paso a una expresión que parece el salvoconducto de todos los musulmanes en el mundo. De los de esa extensa mayoría que no adhiere a esa minoría violenta, irracional y brutal. De los que se muestran (y con la colaboración muy errada de la prensa, que es un asunto seriamente a considerar por los editores) como dueños de vida y muerte. De esos increíbles seres humanos que eligen para su accionar violento y brutal el más abominable de los procedimientos.




Preguntado, luego de intercambiar expresiones sobre su condición de musulmán (que supuse), casi detiene el taxi, me mira, y con plena disposición para expresarse evidenciando sinceridad, responde: “soy musulmán, pero no radical, no radical”. Y desliza sus alabanzas al Dios único y misericordioso. Estaba ejerciendo el derecho a exhibir el salvoconducto ante un hombre de prensa del sur de América. El conductor del taxi, que era un conocedor, como pocos, de la necesidad de convivir pacíficamente y mostrándose en esa actitud frente a un mundo que estima hostil para los creyentes islámicos. Y nada menos que en Nueva York, donde su condición desde el 9/11 ha venido siendo la más vigilada de Manhattan y del mundo entero donde EEUU tiene casi 950 bases.

Por Carlos Duguech
Con información de La Gaceta

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Crónicas:injusta prisión en Afganistán y Guantánamo

Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.
Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.

Viajé a Zarqa en Nochebuena (Zarqa, de «Zarqawi», ya que es la ciudad natal del más reciente coco de Estados Unidos). Se trata de un gris y paupérrimo poblado jordano preso de las ventiscas y ubicado al sur de Ammán.




El hombre al que fui a ver era palpablemente inocente de todo crimen, incluso cuenta con un documento del ejército estadunidense que lo comprueba, pero aún así pasó dos años de su vida encerrado en Afganistán y en Guantánamo. La historia de Hussein Abdelkader Youssef Mustafá dice mucho de la «guerra contra el terror» y de los abusos que ésta trae consigo.

Es un hombre delgado y aspecto de asceta, con larga barba entrecana. Sentado en el suelo de concreto de la casa de su hermano, usaba una capa, un gorro de lana y anteojos sin armadura. Es palestino de nacimiento pero vivió en Pakistán desde 1985 y trabajó en una escuela cerca de Peshawar enseñando a afganos que habían huido de la invasión soviética de 1980. Visitó Afganistán sólo en una ocasión, en 1988, para enseñar en una escuela cerca de Mazar e Sharif.

El 25 de mayo de 2002, soldados paquistaníes y policías vestidos de civil irrumpieron en su casa, lo amarraron y lo guiaron hacia la calle donde Mustafá vio a un hombre y a una mujer vestidos de civil –él supone que eran agentes de la FBI-, para después dejarlo durante 10 días en la vieja prisión de Khabiar.

Ahí fue interrogado por un estadunidense rubio que hablaba árabe y después lo llevaron al aeropuerto de Peshawar, desde donde fue trasladado, junto con otros 34 árabes -lo cual es ilegal según el derecho internacional-, hasta la base estadunidense de Bagram, en Afganistán.

«Nos llevaron encapuchados en el avión y cuando llegamos nos desnudaron y nos dieron overoles con números. Yo era el 171 y estuve dos meses bajo interrogatorio», me dijo Mustafá. «Lo hacían estadunidenses con uniforme pero sin nombre. Querían saber de mi vida, de los afganos que conocía; me preguntaban de dónde venían unos pasaportes falsos. No sabía nada de esto. Les hablé de mí. Les dije que era inocente. Me hicieron quedarme parado sobre una pierna en el sol. No me dejaban dormir más de dos horas. Como inodoro teníamos un barril que usábamos delante de todos».

Mustafá me aseguró que las autoridades jordanas le dijeron que no hablara de sus experiencias con nadie. Sin duda, los estadunidenses dijeron a los jordanos que lo callaran. Sin embargo reconoció: «Mis torturas no fueron tan malas como las de otros. Me insertaron un palo de escoba por atrás, me golpearon muy duramente y me empaparon antes de colocarme delante de un acondicionador de aire».

¿Por qué le hicieron esto los estadunidenses? «Si un prisionero no aceptaba cooperar y dar detalles en Bagram, los abusos que se le infligían dependían de si su interrogador lo creía culpable. Para lograr la calificación de ‘no culpable’ a sus ojos, uno tenía que soportar un largo periodo de abusos físicos».

Después de dos meses y 15 interrogatorios, uno de los estadunidenses le dijo que lo creía inocente. «Me preguntó: ‘Has visto Cuba en la televisión. Te voy a hacer prisionero de ahí. Lo siento mucho, pero no está en mis manos. Tendrás que ir a Cuba'».




Agregó Mustafá: «Nos ataron, vendaron los ojos, esposaron y nos unieron a todos con cadenas. Además, nos pusieron anteojos oscuros para que no pudiéramos ver. Nos cubrieron la boca y las orejas, y casi no podía respirar. Me metieron tres o cuatro pastillas en la boca; eran drogas. En el avión sentí que siempre estaba durmiendo y despertando. Nos tomó 24 horas llegar a Cuba. Cuatro horas después de salir de Bagram aterrizamos para cambiar de avión».

¿Habrá sido Diego García? ¿Sería ésta la misteriosa base aérea militar? Estos musulmanes encadenados, encapuchados y drogados, ¿habrán sido trasladados vía nuestra base Diego García?

Mustafá dice que fue tratado con menos dureza en Guantánamo. Uno de sus interrogadores era un iraquí estadunidense. «Primero estuve encerrado y aislado en un cuarto hecho de metal. Hasta el suelo era metálico. Sólo había una rendija en la puerta. Constantemente revisaban los informes que tenían sobre mí, haciéndome una y otra vez las mismas preguntas. ¿Por qué era maestro en Pakistán? ¿Para qué había ido a Afganistán?»

A veces, «en las regaderas mujeres soldados nos veían desnudos. Nos afeitaron las barbas. Si no obedecíamos rápidamente nos rociaban la cara con aerosol paralizante. En Bagram golpeaban a los hombres con palos. Aquí no hacían eso, pero muchos trataron de suicidarse en Guantánamo. Recuerdo al menos a 30. Veíamos que se habían ahorcado y gritábamos: ‘Soldados, vengan rápido’, y luego veíamos como los descolgaban».

En total, Mustafá pasó 20 meses en Cuba y en los últimos 10 nadie le hizo una sola pregunta. «Un día me hicieron una prueba con detector de mentiras, exámenes médicos y me midieron para saber mi talla de ropa. Me dieron un pantalón de mezclilla, una chamarra y zapatos deportivos. Tres días más tarde un intérprete estadunidense me dijo que nos íbamos. Le pregunté a dónde, y respondió: ‘No tengo idea, pero ya no tenemos nada que hacer contigo'».

Cinco días más tarde, encapuchado y atado, Mustafá abordó un avión junto con un iraquí, un turco y dos tadyikos, y voló de regreso a Bagram. Le fotografiaron el iris de los ojos. «Nos dijeron que ahora éramos ‘huéspedes’, pero pasé otros cuatro meses en Bagram. Luego, un oficial estadunidense vino a vernos y dijo: ‘Como ustedes saben, fuimos objeto de un enorme ataque y miles de nuestros conciudadanos fueron asesinados. Por eso arrestamos a todas estas personas. Ahora volverán a sus países de origen como cualquier otro ciudadano y no tendrán que enfrentar ningún problema posterior’. Y eso fue todo. Ni una sola disculpa, nada. Me llevaron de regreso a Ammán».

Se le entregó a Mustafá un documento de la fuerza de tarea conjunta 76 en Bagram. «Se ha determinado que este individuo no implica amenaza para las fuerzas armadas de Estados Unidos o sus intereses en Afganistán. Este individuo ha sido liberado cerca de la localidad en que fue capturado».

La Cruz Roja confirmó la excarcelación de Mustafá en un documento que decía que el lugar de su nacimiento era «Silat al Hatezia, Palestina». Pero a los estadunidenses no tuvieron el valor. Al enfrentarse al pequeño problema de que su prisionero no nació en Pakistán, por lo que obviamente se pusieron nerviosos. ¿Iban a atreverse a poner en el documento la palabra «Palestina». Claro que no. Así que junto a la especificación «País de origen» escribieron «Cisjordania».

Mustafá está desempleado y vive con su familia en Zarqa, pero no tiene futuro. Le robaron dos años de su vida y su historia, por vergonzosa que sea, ya es tan rutinaria que se olvidará fácilmente. Cuando la Cruz Roja denunció ante mí en 2002 que Mustafá había sido trasladado ilegalmente de Pakistán a Afganistán, escribí de ello en The Independent. Ni un periódico retomó la historia. Esto dice mucho del mundo ilegal en que George W. Bush pensaba que debíamos vivir.




El 11 de septiembre se ha vuelto un artículo para la legislación. Nos permite arrestar a quien queramos en cualquier país que se nos antoje. Es el homenaje de Bush a los muertos en el World Trade Center, el Pentágono y Pennsylvania. Golpizas, abusos, el encarcelamiento de inocentes; esto sólo queda claro en el caso de Mustafá porque contamos con la información, y de todas maneras, que se vaya al diablo. Si hasta podemos inventar un nuevo nombre para el país de origen de un prisionero. Cisjordania, desde luego.

Por Robert Fisk
Con información de The Independent y La Jornada
Traducción de Gabriela Fonseca

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