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Los orígenes de la guerra organizada

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La guerra es, inevitablemente, una constante en la historia del ser humano. Incluso en las sociedades prehistóricas, que sin haber ejércitos como tales, entre las aldeas cazadoras o recolectoras ya existían luchas con armas de piedra, de forma ritual y para incursiones en poblados vecinos, para su esclavitud o exterminio. Desde combates individuales o colectivos cuerpo a cuerpo, hasta el intercambio de proyectiles, palos a modo de lanza y piedras.

Cuando los asentamientos agrícolas neolíticos se fusionan en aldeas, y las sociedades se configuran de modo complejo (técnicas de cultivo, comercio, jerarquías, clases dirigentes, religiosas, especialización) la guerra toma un cariz ‘civilizado’ – y perdón por el término- en cuanto a que aumenta la sofisticación de las armas y la eficacia de sus guerreros. Entre las primeras civilizaciones complejas destacan Mesopotamia y el Reino Antiguo de Egipto. La agricultura implicó la concentración de recursos en lugares fijos, y la necesidad de defenderlos. Esto dio lugar a la construcción de ciudades amuralladas, como Jericó, y ciudades fortificadas, como Çatalhöyük, -o Catal Huyuk-, ubicada en lo que ahora es Turquía.

Paralelo al crecimiento de los ejércitos en estas sociedades, se desarrolló también la tecnología de guerra. Con la introducción del bronce, y mil años después el hierro (1200 a.C), se sustituyeron la piedra y los huesos por materiales más efectivos para las puntas de lanza, hachas, flechas, lo que daría pie a la creación de armaduras de metal. El siguiente paso fue el uso de fortificaciones, el empleo del asedio como técnica de ataque, la domesticación del caballo y su uso para el carro de combate y montura, y posteriormente los barcos de remo y las galeras.

Hasta la aparición de la pólvora los elementos principales en la lucha son constantes: Por un lado, soldados de a pie con espadas y lanzas, arcos, jabalinas, hondas. Por otro, caballería con arcos y lanzas y máquinas de asalto (p.e. las catapultas).

Esto implicaba la necesidad de organizar los ejércitos en el uso de estos elementos. Los asirios, por ejemplo, fueron los primeros en crear una fuerza de mercenarios. Las polis griegas usaban ciudadanos-soldado, los hunos luchaban con jinetes nómadas organizados. Ante las nuevas formas de guerra, los factores básicos para el éxito eran la organización eficaz y la disciplina.

Mesopotamia

Los primeros ejércitos que se conocen existieron sobre el 2500 a.C. en las ciudades-estado de Sumeria, en el sur de Mesopotamia. La mayoría de las batallas incluían infantería que empuñaba lanzas, hachas o dagas. Contaban también con carros de madera de cuatro ruedas, tirados por asnos, que portaban a un conductor y a un soldado de élite que empuñaba una jabalina. Además del arco tradicional, construido con un palo de madera, utilizaban el arco compuesto, hecho de tiras de madera, hueso y tendones. Las armaduras eran de cuero, bronce o cobre.
Sobre el 2000 a.C introdujeron los caballos en la guerra, lo que supuso una gran innovación tecnológica: el carro ligero de dos ruedas tirado por caballos. Se usaba básicamente como plataforma para un arquero.

Los primeros informes registrados sobre la guerra entre ciudades de Mesopotamia (Iraq y Este de Siria) hablan ya de ejércitos con unos pocos miles de hombres.

El primer militar que forjó un imperio a base de conquistas fue Sargón de Acad sobre el 2340 a.C. Tenía un ejército de 5000-6000 hombres. Ganó más de una treintena de batallas, usaba armas de bronce y arcos compuestos y tenía carros de 4 ruedas tirados por asnos. Su imperio duró 125 años. Pionero en la expansión de imperios mediante la conquista militar, le imitarán los asirios, los babilonios y los persas.

A principios del S.XVIII a.C. el rey de una pequeña ciudad-estado llamada Babilonia, Hammurabi, tiene un pacto de respeto mutuo con Asiria y de recíproco apoyo en caso de necesidad. Pero sobre 1763 a.C. Hammurabi rompe el pacto y entra en guerra con Larsa, Uruk y Ur. Un lustro después se había consolidado el imperio babilónico que abarcaba desde el desierto de Siria al golfo Pérsico.

Egipto

En el Nuevo Egipto el más famoso y guerrero de sus gobernantes fue Ramsés II. Combatió con los hititas, los antiguos reinos de Moab, Edom, Negeb y los libios. De sus batallas, una de las más llamativas fue la de Qadesh, sobre el 1274 a.C., originada por el afán de control de Líbano y Siria, egipcios contra hititas. Ramsés II obtuvo una gran victoria por la costa este del Mediterráneo, pero al volver al año siguiente el rey hitita Muwatalli II había reunido a un ejército respetable.

Las fuerzas de Ramsés se componían de cuatro divisiones con carros en el centro de cada una. Tirados por dos caballos, los carros eran ligeros y rápidos, y podían desplazarse a una velocidad máxima de 38 km/h, y girar bruscamente gracias a sus dos ruedas espaciadas estratégicamente. Cada vehículo llevaba a dos personas. Un auriga (conductor) y un guerrero armado con un arco compuesto. Los hititas tenían carros más pesados y lentos, y portaban a tres hombres. El tercero en discordia normalmente sostenía un escudo.

El día de la batalla las divisiones de Ramsés avanzaron hacia Qadesh, en el río Orontes. Ramsés y su división principal, creyendo que los hititas estaban más al norte –en la ciudad de Alepo- montó el campamento cerca de Qadesh. Pero Muwatalli había preparado una trampa: sus hombres se ocultaron al otro lado del río, desde donde 2.500 hititas salieron a atacar a las divisiones egipcias que estaban todavía aproximándose a la ciudad. Los hititas derrotaron a una de las divisiones y luego giraron para atacar el campamento del faraón al mismo tiempo que Muwatalli desataba mil carros más. Aunque hubo contraataque egipcio, Ramsés retiró sus tropas tras el combate y se llegaría a un acuerdo, el primer tratado de paz. Qadesh permaneció en poder hitita.

Asirios

Entre los siglos IX y VII a.C Asiria elevó la práctica de la guerra a nuevos niveles de eficiencia. Su ejército sembró el terror a base de torturas, masacres y deportaciones masivas a cualquier pueblo que se resistiera al dominio asirio. A mediados del S.VIII a.C. ya tenía un ejército organizado por jerarquías y contaba con unidades dirigidas por generales profesionales. Luchaban en él, además de los propios soldados, mercenarios extranjeros y prisioneros de guerra. Recibían pagas regulares y contaban con ejércitos de armas. En esas fechas introdujeron la figura del jinete: arqueros a caballo con armaduras ligeras que sometían al enemigo a lluvias de flechas. Posteriormente añadirían a jinetes con lanzas. La caballería otorgó flexibilidad de maniobra al campo de batalla. Explotaron, además, el asedio como método de guerra.

Persas

Entre el siglo VI y el III a.C. los aqueménidas (persas) también usaron la caballería como elemento principal de sus ejércitos. Como el caso anterior, los guerreros eran de origen heterogéneo, divididos en grupos especializados. Mercenarios griegos en infantería, fenicios como marineros, escitas en caballería. Eran ejércitos disciplinados sometidos a un fuerte entrenamiento.

Ciro II el Grande fue el fundador del imperio aqueménida de Persia alrededor del año 580 a.C. En el 560 a.C. ya dominaba Irán, el norte de Mesopotamia y la mayoría de Babilonia. A diferencia de los asirios, Ciro gozaba de gran popularidad entre muchos pueblos por su tolerancia religiosa. El imperio duró más de 200 años, hasta que fue conquistado por Alejandro Magno, pero esto es un tema ya para el segundo capítulo de la Guerra en la Historia.

Por Laura Martín
Con información de:La Gaceta
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Riad: 8.000 millones para difundir el islamismo más sectario

Pierre Conesa, experto francés en Arabia Saudita ©RP
Pierre Conesa, experto francés en Arabia Saudita ©RP

Los saudíes aportaron el mayor contingente de combatientes extranjeros, 5.000 hombres, en la guerra contra los soviéticos en Afganistán; 15 de los 19 terroristas del 11-S, 115 de los 611 prisioneros de Guantánamo. Hoy los saudíes son mayoría en el colectivo extranjero del Estado Islámico que combate en Siria e Irak: 2.500 personas. Sin embargo, tras el 11-S Estados Unidos no señaló a Arabia Saudí, sino a Irán, Irak y… Corea del Norte, e invadió Afganistán e Irak.

Quince años después, Obama veta –y tiene problemas por ello– una ley para perseguir judicialmente a Arabia Saudí. La Unión Europea le comunica por carta, el 21 de septiembre, su apoyo al veto, por miedo a que desmanes occidentales puedan ser llevados a juicio: “La inmunidad de un Estado es un pilar del derecho internacional, toda excepción a ese principio se arriesga a provocar represalias de otros estados”, dice la carta.

Arabia Saudí propaga también, desde hace décadas, la versión más sectaria, misógina, homófoba, racista y antisemita del islamismo: el wahabismo. Riad se gasta en ello una fortuna: “8.000 millones de dólares anuales”, algo semejante a lo que se gasta en comprar armas o ingresa en la peregrinación a los santos lugares del Islam. Una enormidad. En España han financiado con 6,5 millones de euros el Centro Cultural islámico de Madrid (la mezquita de la M-30), y en Málaga, un centro islámico de 3.842 metros cuadrados. Así en toda Europa. La Universidad de Medina ha formado a “25.000 o 30.000 cuadros” que propagan todo eso desde hace décadas. Lo dice Pierre Conesa, ex alto funcionario del Ministerio de Defensa francés, que acaba de publicar un libro fundamental sobre la diplomacia religiosa de Arabia Saudí ( Dr. Saoud et Mr. Djihad) que ilumina el agujero negro de esta escandalosa indulgencia.

¿Cómo explicarla?

En los ochenta, Inglaterra vendió 120 Tornados al reino, el contrato Yamamah, que salvó a British Aeroespace. Una asociación descubrió que el 30% del contrato se fue en comisiones y apeló al Tribunal de Cuentas. Tony Blair vetó la investigación, así que eso viene de lejos. Hay que explicar el dañino agujero negro que es Arabia Saudí.

¿Cuál es la dualidad que expresa el título de su libro?

Ese régimen se compone de dos familias; los Saud y los Al ash-Sheij, descendientes de Abd el Wahhab. Los primeros representan la fachada de país aliado en la guerra fría, con su cohorte de cuadros sofisticados encargados de las finanzas, la defensa y el control de las élites a través de su compra. Los segundos se encargan de la dimensión integrista, con los asuntos religiosos y la educación en sus manos. Ambos se necesitan mutuamente y actúan en paralelo. En Afganistán, Occidente sólo miraba la dimensión Este/Oeste, mientras que al mismo tiempo ellos financiaban las madrasas wahabitas. Los resultados los vemos hoy.

¿Esa dualidad no es al mismo tiempo su debilidad?

Sí, cada vez que los Saud necesitan de los occidentales, tienen que dar explicaciones a los ulemas, que a cambio les piden más poder. Por ejemplo, en 1979, cuando los radicales toman la gran mezquita de La Meca y los Saud llaman a los policías franceses para liberarla, tienen que transferir más poder a los religiosos para compensar; se cierran todos los cines de Riad, se obliga a llevar velo a las mujeres extranjeras. En 1991, cuando Bin Laden propone defender Arabia Saudí contra Sadam Husein y los Saud prefieren apelar a 100.000 soldados americanos, se producen los primeros atentados que muestran el desacuerdo con la apelación a los “infieles”. Y hoy tenemos al Estado Islámico, que es un producto del salafismo que contesta a Arabia Saudí y se pone por encima de ella. Es una debilidad porque vemos cómo están siendo superados por los monstruos que crearon.

¿La diplomacia religiosa nació en reacción a Nasser?

Había en el mundo árabe un discurso muy potente contra las monarquías, así que se opuso el panislamismo al panarabismo de Nasser. Se fue a buscar a los estudiantes de la Universidad Al Azhar de El Cairo para llevarlos a Medina con becas. Años después eso tuvo consecuencias devastadoras, que nosotros conocemos bien en la zona del Sahel; hoy todos los responsables de las grandes organizaciones musulmanas de Senegal, Malí, Níger, etcétera, son gente que ha pasado por la Universidad de Medina.

¿Y qué ocurre?

Pues, por ejemplo, que el jefe del Consejo musulmán de Mali se opone al derecho familiar, discriminando a las mujeres y favoreciendo la concepción salafista. Allí estos cuadros de Medina se imponen, pueden leer el Corán mientras que los Nurid en Senegal, los Tidjanitah de Mali o los Peul no hablan árabe. Ellos se presentan como verdaderos musulmanes y partidarios de un islam igualitario, no comprometido con los regímenes locales establecidos, lo que les da una aureola revolucionaria…

Por todo eso ha habido un aumento del salafismo en toda la región subsahariana: una consecuencia de 30 años de diplomacia religiosa. Y hay una cosa que llama la atención: en los contratos que firman los becarios extranjeros de Medina figura la obligación de regresar a sus países una vez terminados los estudios. Acuérdese de la Universidad Lumumba de Moscú. La idea era crear cuadros para esparcirlos por el Tercer Mundo. Es un poco la misma lógica, pero apoyada por mucho más dinero: hasta 8.000 millones anuales, seis o siete veces lo que la URSS empleaba en propaganda en sus mejores años. Para hacerse una idea, el presupuesto anual del Vaticano del año 2011 fue de 245 millones…

¿Cuánto determina la venta de armas la política exterior de Francia?

Mucho. Arabia Saudí es nuestro mejor cliente desde hace, por lo menos, 25 años. Con la importancia de Airbus, Thalès, Dassault, etcétera, es evidente que se cuida al cliente, lo que lleva a situaciones ridículas como las lecciones que se da a Irán por cosas que son mucho peores en Arabia Saudí. Valls siempre responde diciendo que tenemos 10.000 millones en contratos con Arabia Saudí. Y además el reino ha contratado a las cuatro mayores agencias de relaciones públicas francesas para gestionar su imagen.

China también es un gran cliente y eso no impide la tontería de enviar barcos franceses a patrullar el mar de China.

Casi todo el petróleo del Golfo va a Asia. El día que los chinos metan un barco allá alegando su suministro se hablará de inadmisible injerencia. La crisis más mortífera desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha sido la del Congo: 2,5 millones de muertos. ¿Quién decide que Siria es más importante que Congo? Se nos dice que Francia tiene allí “responsabilidades históricas”. Si lo dicen por el plan Sykes-Picot, mejor sería callarse. A la opinión publica se le vende que nosotros somos el bien y ellos el mal. En la campaña electoral francesa nadie se plantea la cuestión de fondo: ¿cómo es que nuestros soldados no mueren allá mientras que aquí los civiles son asesinados? Tras los atentados de enero del 2015 todo el mundo reflexionaba sobre cómo contrarrestar la radicalización, el único ministerio que no hizo ninguna autocrítica fue el de Exteriores.

Por Rafael Poch
Con información de La Vanguardia

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