El rico legado de la cultura

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En dos ocasiones, durante 2011, tuve oportunidad de referirme a este antiguo idioma que, debido a la invasión comenzada en España en 711 y prolongada por casi ocho siglos, dejó huellas culturales muy profundas no solo en la Península, sino también en gran parte de Latinoamérica, en lo que atañe al español.

Gracias a la generosidad del Contador Hugo Angel, que me proporcionó una copia del “Diccionario etimológico” de Juan Yaser, me comprometí a informar datos sobre la contribución de palabras y dicciones del árabe al castellano. Tiene tanta importancia que, después del latín, lengua madre de todas las romances, el árabe es el idioma que más aportó al castellano o español.

Según Yaser, este idioma es uno de los más antiguos del mundo, ya que se remonta al 2400 a. C. Dio origen al babilonio y al asirio antiguo. Con su gemelo, el arameo, han horadado los siglos constituyéndose en el vivo registro de leyendas, mitologías y pensamiento humano.

Antes del nacimiento del Islam, los árabes que habitaban el desierto manifestaban su talento poético y expresivo recitando poemas de sabiduría, de amor y de orgullo ancestral, en festivales. En ellos se elegía el mejor y se lo premiaba. Esta actividad fue, paulatinamente, fortaleciendo el idioma y, a la vez, legando un valioso contenido cultural, todo lo cual se perfeccionó con el Islam.

La lengua árabe, como consecuencia de este ejercicio secular, se enriqueció notablemente. Hoy es considerada, entre las demás, como la que más voces onomatopéyicas originó. De más está destacar la influencia posterior en muchas, como el castellano. Hoy la hablan cerca de ciento cincuenta millones de seres humanos.



Contacto e influencias

Los conquistadores que llegaron a España eran, en su mayoría, árabes del desierto; aquellos que, a pesar de su dura y agreste vida (y quizá precisamente por eso), habían demostrado por siglos su profunda espiritualidad. Así como nuestra gente del campo demuestra su sencilla, aunque vigorosa, filosofía en los dichos, coplas y refranes populares, con los cuales nutre a poetas y cantores, lo mismo sucedía con aquellos bereberes, hijos del desierto.

Fueron, en la conquista, los que constituían el grueso de la tropa. Ante el desconocimiento del idioma, decidieron identificar los pueblos de los vencidos, ubicados al sur de la Hispania, como “al (artículo) -ándalus” que literalmente significa “los vándalos” relacionándolos, de este modo, con los invasores que habían tomado la región de la Bética romana, entre los años 409 y 429 de nuestra Era. Es, supuestamente, una de las teorías al respecto porque hay quienes se inclinan, modernamente, por “Atlántida” (al-ándalus), como la habrían denominado los árabes, pensando que se trataba de esa tierra perdida, mencionada por Platón. Sin embargo, la más difundida, al menos, es la primera.

Tan bien se sintieron durante ese prolongado tiempo los hijos de Muhammad en la tierra de Andalucía (sintiéndose identificados con ella como si estuvieran en la propia) que su legado cultural se profundizó más aún allí que en otra parte de España.

Los árabes y el español

La lengua se construye a la medida de la cultura, a la vez que ésta es una manifestación de aquella. El español o castellano no solo se enriqueció con el aporte de la invasión arábiga a España, sino que también, en una segunda y quizá más rica etapa, los andaluces (mozárabes y mudéjares) que arribaron durante la conquista americana a alguna de sus tierras, moldearon aquí, al decir de Yaser, una terminología “árabe-americana”, tal como lo habían hecho en la Península. “Mozárabe”, en la España arábiga, era el español que vivía en la zona musulmana, conservando su religión y organización cristiana.

También se llamaba del mismo modo la lengua romance que ellos hablaban. Por el contrario, “mudéjar” era el árabe que vivía entre los cristianos y conservaba su religión y costumbres: tal grado de convivencia lograron estos grupos aparentemente tan disímiles. Un ejemplo de la terminología árabe-americana es la palabra “gaucho” (aclaro que esta es una de las tantas teorías que la definen) referida al hijo de padre mozárabe y de madre india. El término provendría de la voz árabe “haushi (jaushi)”, cuyo significado es “hombre solitario, que no se mezcla con la gente, extraño, valiente de corazón y que no respeta leyes”, según la Enciclopedia árabe “Al Múnid”, citada por Yaser. Como ustedes podrán apreciar, entre esas comillas están casi todas las características propias de ese ser tan castigado, de nuestras pampas y montañas.

Muchos escritores argentinos coinciden con esta postura, como Leopoldo Lugones quien, en su libro “El payador”, destaca al gaucho como portador, en sus venas, de sangre árabe. De un modo semejante, piensan y se manifiestan, asimismo, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento y Ricardo Rojas, entre otros.

De este modo, comprobamos que el léxico que compete al gaucho y sus actividades está prácticamente determinado por la herencia árabe: chiripá, mandil, malambo, baguala, vihuela, ruano, zaino, alazán, batea, chacra, charqui, chúcaro, y muchos más, provienen del árabe, traídos por los andaluces.

Este tema está exhaustivamente tratado en el libro del mismo autor, titulado “Herencia arábiga en América”, publicado en Caracas en el año 1979.

Por supuesto que mi artículo no agota este asunto con esta breve semblanza. Por eso dejo para posteriores entregas el análisis de otras contribuciones de la cultura milenaria que llegó y se instaló en España, y que luego pasó, con la conquista, a América, enriqueciéndose, después de varios siglos, con las distintas migraciones de árabes, en especial de procedencia siria, al menos en la Argentina, que llegaron, se encariñaron y se quedaron en estas tierras, marcando un nuevo rumbo a nuestra ya rica cultura.

Por Paco Fernández

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