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La rosa de Jerico ( rosa de Ariha)

La planta de la Resurrección

Los griegos la llamaban la planta sagrada de la resurrección, y los árabes rosa de Ariha.

Científicamente su única especie: Anastatica hierochuntica o Rosa de Jericó, es originaria de los desiertos de Arabia y las inmediaciones del Mar Rojo, estando también presente en Palestina y Egipto, aunque no crece de forma nativa en la ciudad de Jericó. Es una molécula de azúcar, denominado trehalosa, la que le confiere la capacidad de “resucitar”.

La Rosa de Jericó es, en realidad, un helecho.  Tiene la particularidad de poder presentarse en dos estados completamente diferentes: hecha una bolita, pareciendo un simple matojo mustio, cuando las circunstancias son desfavorables; o con los esporangios extendidos y de un color verde vivo, cuando encuentra suficiente humedad a su alrededor. La alternancia entre estas dos fases puede realizarlas en innumerables ocasiones durante más de 20 años.

No se conoce a ciencia cierta cuándo recibe el nombre de Rosa de Jericó y por qué se le dio en un momento dado, pues no es oriunda de esta ciudad palestina, donde ni se la conocía. Se cree no obstante que algunos viajeros en los primeros siglos de la Edad Media la denominaron Rosa Hiericontea, nombre que se le daba en esa época. Arribando a Jericó, punto comercial importante en el que se vendían principalmente hierbas medicinales y aromáticas, se comenzó a utilizar para bendecir casas y atraer fortuna a los negocios. A partir de allí, su fama como planta mágica no hizo más que extenderse.

Se cree que en principio se utilizaba para adivinar el tiempo, por su gran sensibilidad a los cambios de humedad. Entre los usos mágicos que le han dado las distintas culturas, destacan la propiedad de bendecir y proteger casas y atraer la suerte, el dinero y la fortuna a los negocios.

En la Biblia se hacen varias referencias a la Rosa de Jericó, de las que que se cita textualmente: “Crecí como palmera en En-Gadi y broté cual rosa de Jericó; como magnífico olivo en la llanura, y crecí como el plátano…”.  (Elogio de la sabiduría, capítulo 24, versículo 24).

Los ocultistas de todos los tiempos han sabido que esta es una planta sacra y una de las más mágicas de nuestro mundo.  Durante milenios ha sido utilizada por chamanes y brujos por sus reputadas propiedades mágicas, y más tarde se ganó un lugar en los laboratorios de los alquimistas. Se dice que la Rosa de Jericó tiene la propiedad de absorber y  alimentarse de todo tipo de energías del lugar donde se encuentra, especialmente de las negativas, transformándolas en positivas. Los alquimistas y los magos antiguos la acogían  en sus laboratorios, bautizándola con el nombre de “Flor Divina”.

Una tradición árabe consiste colocar una rosa de Jericó en un vaso de agua de lluvia en  casa de una mujer embarazada, si se despliega con ufanía, es señal de que el parto se llevará a cabo sin mayores complicaciones . Ayudando así a un parto rápido y sin dolor.

En Europa se empieza a conocer en el siglo XIII. Los magos y chamanes prestaban atención a las rosas de Jericó del desierto. Con la llegada de la humedad se abrían lentamente, pero si la lluvia era inminente, se expandían con más rapidez. En ausencia de precipitaciones o tiempo seco permanecían cerradas. En nuestros tiempos se pueden encontrar rosas de Jericó en antiguas iglesias europeas, testimonio viviente de épocas donde lo místico se fusionaba con la fe y la religión.

LEYENDAS

La rosa de Jericó en el Cristianismo

Una antigua leyenda hace referencia a cuando María y José huían de Belén con el niño Jesús para evitar que Herodes pudiera asesinarlo. Cuando estaban atravesando las llanuras de Jericó, María se bajó del burro y al tocar el suelo brotó una Rosa de Jericó para saludar al niño. Dicen que cuando Jesús murió en la cruz, todas las rosas se marchitaron, y tres días después, coincidiendo con la resurrección, volvieron a la vida de nuevo.

Otra leyenda cuenta que cuando Jesús se encontraba orando en el desierto, una Rosa de Jericó que el viento empujaba a su antojo, quedó parada a sus pies. Al amanecer, la humedad del ambiente se transformaba en gotas de rocío que quedaban posadas delicadamente entre las ramas de la planta. Jesús recogía estas gotas con sus dedos y se las llevaba a los labios para calmar su sed, después de haber pasado toda la noche rezando.

Otra versión dice que la Rosa surgió como símbolo de la energía que se difundió especialmente en esa zona al  morir el Cristo y derramar su sangre por nosotros.

La leyenda del cruzado

En el siglo XIII, un caballero catalán llamado Guillaume, perteneciente a la nobleza de Vallespir, regresó de las cruzadas con varias de estas plantas convencido de las propiedades mágicas que se le asignaban en Oriente. Al llegar a su tierra se encuentra con que su hijo había contraído la lepra, la enfermedad más letal en aquellos tiempos. El caballero, movido por la fe ante tal triste suceso, decide ir a recoger agua bendita de una iglesia cercana y poner en ella una Rosa de Jericó. Siguiendo la tradición ocultista de las novenas, la tuvo allí durante 9 días  y después hizo que su hijo se lavara la cara en esa agua. Según la leyenda, el joven curó casi de inmediato, lo que dejó perplejos a todos los que allí se encontraban.

De las historias de san Barlaán para el príncipe Josafat

De los desiertos de Siria, príncipe dilecto, de las riberas del Jordán, procede la llamada rosa de Ariha. De dos clases la hay. Una se cultiva y sirve de ornato, no por sus flores, que son blancas y pequeñas y forman primorosas espigas, sino porque al secarse sus ramas y hojas se contraen en un apretado nudo, una pelota que se deshace y extiende cuando se pone en agua, y vuelve a cerrarse si se saca de ella. La otra es silvestre y crece al pie de las palmas; ésa es la que debes buscar. Es una mata humilde, de apenas dos palmos de alto, con tallo delgado y muy ramoso, hojas estrechas y blanquecinas, flores diminutas y frutos como los granos de la granada, amargos y oscuros, color de sangre. Si acaso la encuentras, debes mandar que una joven que sea doncella prepare con sus hojas una infusión. Si la bebes de noche, cuando no haya Luna ni viento, no habrá veneno que te pueda dañar.

Mantenimiento de la Rosa de Jericó

La  Rosa de Jericó  debe ser adquirida a través de un obsequio por primera vez, buscaremos un cuenco, plato hondo o pecera de materiales naturales (barro cocido, madera, cristal) donde colocarla. Los recipientes de materiales sintéticos no son tan afines y resultan mucho más bastos a la hora de dejar pasar las energías.

A los tres días, cambiaremos el agua, y a partir de esta vez puede hacerse cada dos semanas. La primera vez debe ponerse en el agua un martes o viernes a las nueve de la mañana o tres de la tarde. Esta operación debe realizarse siempre a la misma hora, tanto la primera vez que le cambiemos el agua a los tres días como en las veces sucesivas.

Con información de Gran misterio y  Bazar al-Andalus

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La Cerveza: (Siraku o zythum) Un capricho de Osiris

Los orígenes de la cerveza se pierden en la noche de los tiempos entre historias y leyendas; las del antiguo Egipto atribuyen su origen al capricho de Osiris.

Numerosos antropólogos aseguran que hace diez mil años el hombre primitivo elaboraba una bebida a base de raíces cereales y frutos silvestres que antes masticaba para desencadenar su fermentación alcohólica; El líquido resultante lo consumía con deleite para relajarse.

Las evidencias más antiguas de la producción de cerveza datan de alrededor de 4000 a. c.

Algunos la ubican conjuntamente con la aparición del pan entre 10.000 a. C. y 6.000 a. c. ya que constituía la misma preparación agregando más o menos agua, y fueron halladas en Godin Tepe, en el antiguo Elam (en el actual Irán). Parece ser que las cervezas primitivas eran más densas que las actuales. Según la receta más antigua conocida, el Papiro de Zósimo de Panópolis (siglo III), los egipcios elaboraban la cerveza a partir de panes de cebada poco cocidos que dejaban fermentar en agua.

Pero la  mención más antigua de la cerveza, una bebida obtenida por fermentación de granos que denominan “siraku”, se hace en unas tablas de arcilla escritas en lenguaje sumerio y cuya antigüedad se remonta a 4.000 años a.C. En ellas se revela una fórmula de elaboración casera de la cerveza: se cuece pan, se deshace en migas, se prepara una mezcla en agua y se consigue una bebida que transforma la gente en “alegre, extrovertida y feliz”.

Históricamente fue desarrollada por los antiguos pueblos elamitas, egipcios y sumerios.

Hace más de 4.000 años en las mágenes de los rios Tigris y Eufrates, los sumerios elaboraban y consumían Cerveza.

La historia dice que los babilonios heredaron de los sumerios el arte del cultivo de la tierra y la elaboración de la Cerveza. Uno de los decretos más conocidos de la época, emitido por el Rey Hammurabi, dispuso normas sobre la fabricación de esta bebida, en las cuales se incluían el precio del producto, la concentración adecuada y se establecían sanciones aplicables a quienes la adulteraran. La elaboración tenía carácter religioso y era realizada por sacerdotisas.

Desde Oriente Medio, la cerveza se extiende por los países de la cuenca oriental del Mediterráneo. Los egipcios, recogiendo los métodos sumerios, elaboran una cerveza que bautizan con el nombre de “zythum”, descubren la malta y añaden azafrán, miel, jengibre y comino con objeto de proporcionarle aroma y color. Y si entre los romanos y los griegos fue considerada una bebida de la gente llana, los pueblos del norte de Europa festejaban con cerveza las fiestas familiares, las solemnidades religiosas y los triunfos sobre sus enemigos.

“Zythum” era la definición de los egipcios para el vino de cebada”, debido a esto los griegos identificaron la cerveza con Egipto. 100 años antes de Jesucristo, Diodon Siculo escribió: “Se hace en Egipto, con cebada una bebida llamada Zythum y que por lo agradable de su color y su gusto cede muy poco al vino”.

Según la mitología egipcia, fue Osiris, dios de la agricultura, quien enseñó a la humanidad el arte de fabricar cerveza. La cerveza egipcia se producía enterrando cebada en recipientes de germinación; la papilla de malta fermentaba por la acción de levaduras salvajes.

Hasta el año 1.400, los ingredientes principales de la cerveza eran la cebada malteada, el agua y la levadura. Se añadía romero y tomillo para evitar que la cerveza se estropeara y para añadirle sabor. Esta cerveza era turbia y contenía muchas proteínas e hidratos de carbono, lo cual la convertía en una bebida muy nutritiva, que consumían tanto los campesinos como la nobleza.

Se cree que en el siglo XV se descubrió una nueva versión de cerveza. Los mercaderes de Flandes y Holanda introdujeron el lúpulo en su elaboración, lo cual le daba cierto sabor amargo. La variedad que contenía lúpulo se denominó “cerveza” y la que carecía de este ingrediente, “ale”.  La fabricación de cerveza estaba extendida por el norte de Europa ya a comienzos de la era cristiana. La nueva variedad con lúpulo se hizo tan popular que a partir del siglo XVIII todas las cervezas se fabricaban con este componente.

En la Edad Media, los monjes europeos salvaguardaron el saber literario y científico, así como el arte de la elaboración de la cerveza. Ellos refinaron el proceso prácticamente hasta la perfección e institucionalizaron el uso del lúpulo por su sabor y sus propiedades como conservante. Sin embargo, hubo que esperar a Luis Pasteur para que se diera el paso final. Hasta entonces, los productores de cerveza dependían de la levadura natural que transportaba el aire para que se produjese la fermentación. Al demostrar que la levadura es un microorganismo vivo, Pasteur hizo posible el control preciso de la transformación del azúcar en alcohol.

Desde 1945 la industria cervecera ha logrado un gran desarrollo; entre 1945 y 1965 se duplicó la producción mundial.

Hoy casi todos los países industrializados de Asia y América tienen industrias cerveceras, que suelen producir cervezas tipo lager de calidad media o baja. Los principales países productores de cerveza en la actualidad son Estados Unidos, Alemania, Rusia, Reino Unido, Japón y México.

Algunos tipos de cerveza

Esta bebida alcohólica, no destilada, de sabor amargo, que se fabrica con granos de cebada germinados u otros cereales cuyo almidón se fermenta en agua con levadura, se aromatiza a menudo con lúpulo, entre otras plantas.

Abbey Ale: Es una cerveza fuerte que se elaboraba tradicionalmente en las abadías belgas para servir de “alimento líquido” a los monjes durante el ayuno de la Cuaresma.

Steam Beer: Este tipo de cerveza se fabricó por primera vez en California a finales del siglo XIX, durante la fiebre del oro. Se elabora mediante una fermentación híbrida usando levadura de fermentación baja a temperaturas de fermentación alta.

Bock: Es una cerveza rubia muy fuerte que se fabricaba tradicionalmente en invierno para celebrar la proximidad de la primavera.

Double Bock, o Dopplebock: Esta variedad fue creada por los monjes italianos de la orden de San Francisco de Paula en Baviera para alimentarse durante el ayuno de la Cuaresma.

India Pale Ale: un tipo de “ale” que se fabricaba en Inglaterra para abastecer a las tropas británicas instaladas en la India en el siglo XVIII. En el proceso de elaboración, se tenía en cuenta que debía ser fuerte parar conservarse durante un viaje de hasta seis meses de duración.

Porter: La elaboró por primera vez en Londres en 1722 un tal Harwood para sustituir a una cerveza barata que era muy popular en esa época. Se denominó “Entire” y se comercializó como una variedad más intensa y nutritiva que la “ale”. Iba dirigida a los cargadores y quienes realizaban trabajos pesados para proporcionarles la fuerza necesaria en su trabajo.

Con información de The beer box

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Reliquias coptas – El Evangelio perdido de San Marcos

1 Cirilo se arrastró con dificultad hasta la embocadura del pasadizo que debía conducirle a la iglesia de San Sergio. Húmedo y maloliente, el corredor arrancaba a la vuelta de un escueto tramo de escaleras que el monje descendió con toda precaución.

A su lado estaba Takla, otro hermano copto bautizado así para honrar al patrón de Etiopía. Desde hacía semanas nunca viajaba sin él, ni siquiera cuando decidía darse un garbeo por el bazar musulmán en busca de regalos con los que obsequiar a sus feligreses más necesitados.

Takla, que aún no había cumplido los veinticinco, llevaba aquel día atado a la espalda un enorme fardo que afeaba su silueta. Así, en la penumbra, cualquiera de los supersticiosos habitantes de Masr el-Qadima le hubiera confundido con un secuaz del Maligno.

—Debemos apurarnos, hermano Cirilo —bisbiseó el fraile con el aliento entrecortado por el esfuerzo—.

El Patriarca desea veros antes del atardecer. Y si me permitís decirlo, su secretario parecía especialmente ansioso ante esta cita.

—¿Ansioso? —bufó el anciano—. ¿Ansioso por qué?

—Por veros llegar puntual y rendir cuentas lo antes posible al Santo Padre…

El tono de Takla destilaba una mal disimulada impaciencia.

—¡Ya, ya! —protestó mientras vigilaba dónde colocaba sus pies—. ¡Qué sabrá el buen pastor de los problemas de su rebaño!

Si los franceses no tuvieran la ciudad sembrada de controles, ya haría un buen rato que estaríamos en Abu Sarga con él.

El joven copto ocultó su sonrisa bajando el rostro. Todo el mundo en los conventos cercanos al antiguo corazón de El Cairo sabía que a Cirilo nadie podía meterle prisa. Era lento para todo, pero también extraordinariamente minucioso. Maestro indiscutible en el arte de pintar iconos, de restaurar frescos, e incluso de clasificar las innumerables antigüedades que ahogaban el país, al buen Cirilo, de cuna italiana, impetuoso, le hervía la sangre cada vez que alguien trataba de inmiscuirse en su peculiar ritmo de vida.

—Hay que comprenderlos, padre —Takla trató de excusar a los franceses sin demasiado convencimiento—. Parece que temen una nueva ofensiva de los ingleses, o de los turcos, que para el caso son lo mismo. Su derrota en Abukir no les debió sentar nada bien, y a estas alturas deben estar rearmándose…

Cirilo no replicó.

—…Ayer, mientras perseguían a dos espías en la Ciudadela, destrozaron el mercado de telas; están muy nerviosos. En El Cairo no se habla de otra cosa.

—Espías, ¡bah!

Los dos apretaron el paso. La monótona llamada a la oración de los muecines desde lo alto de los mil minaretes de la urbe les animó a forzar la marcha. Takla, agarrotado bajo el peso de su carga, le brindó un brazo para que el venerable no resbalara. Sus órdenes eran precisas: debía escoltar y proteger con su vida si fuera preciso a aquel anciano. A fin de cuentas, Cirilo de Bolonia era el único hombre en toda la diócesis capaz de resolver el acertijo que desasosegaba desde hacía meses a los gerifaltes del accidentado mandato del santo padre Marcos VIII, y había que blindarle.

El novicio conocía bien esa peculiar historia. Él mismo había sido testigo del rescate de las dos vasijas de barro selladas con betún que aparecieron semienterradas exactamente enfrente de la mezquita de Nebi Daniel.

Todo ocurrió en Alejandría. Fue una mañana del verano anterior cuando Abdul Harish, el cariacontecido guardián del templo, le había llamado horrorizado para que retirara «aquellas cosas cristianas» de delante de su puerta. Se lo exigió con asco, como si el terremoto de la noche precedente hubiera removido un estiércol profundo y apestoso, propio de los coptos. Es más: su certeza de que «las cosas» no podían ser sino recipientes con las cenizas de algún antiguo cristiano —un pez dibujado al carbón lo delataba—, hizo que el escrupuloso Harish se desentendiera rápidamente del descubrimiento. «Yo no toco las cenizas de un copto ni muerto», juró.

Al obispo de Alejandría, sin embargo, le brillaron los ojos nada más enterarse. ¿Y si, por ventura, aquellos cántaros guardaban las reliquias de un mártir? El obispo se relamió imaginando que pudieran ser las del propio san Marcos, que se sabe predicó y edificó la primera iglesia de Egipto, no muy lejos de Nebi Daniel. ¿Y por qué no? Su desbocada fe, y con ella la de los secretarios y padres más cercanos, se disparó: ¿completarían por fin el cuerpo del gran evangelista, del que conservaban sólo el cráneo?

Tanto entusiasmo duró poco. Aunque los coptos prohíben expresamente la veneración de los santos, de haberse hallado un fragmento del cuerpo de Marcos semejante norma hubiera pasado a un segundo plano. El evangelista no fue un santo común, ¡san Marcos había traído la fe verdadera a Egipto!

Takla recordaba con claridad la decepción que se vivió poco después: al quitarles sus precintos, las cerámicas no entregaron hueso alguno; sólo algunos manojos de papiros sucios y desordenados. En un principio nadie les prestó atención. Parecían escritos en copto bohairico, pero ninguno de los sacerdotes que los examinaron fue capaz de entender una sola línea.

El galimatías era demasiado complejo para unos monjes ansiosos de huesos y milagros. No en vano la lengua de los primeros coptos derivaba directamente de la que empleaban los antiguos egipcios. Los más sabios sostenían que hacia el siglo VII a.C. los jeroglíficos mutaron en una clase de escritura más sencilla llamada hierática, y de ésta a otra todavía más simplificada que bautizaron como demótica.

Del demótico al copto el salto fue fácil: bastó con escribir en caracteres griegos la lengua de los antiguos dioses del Nilo. Sin embargo, el texto rescatado en Alejandría tampoco parecía copto, sino griego. La única frase comprensible de todo el legajo estaba escrita en ese idioma. Encabezaba el más voluminoso de los escritos, y su lectura reavivó las esperanzas del obispo en un prodigio en toda regla. Decía así: De los últimos días del Señor en la Tierra. En un principio, hasta él dudó.

Pensó en una broma urdida por Abdul Harish y su exaltado grupo de adeptos, pero descartó la hipótesis de inmediato. Esperar la llegada de un temblor de tierra para poner en circulación aquellos recipientes era demasiado refinado para los bárbaros de Nebi Daniel. Además, estaba seguro de que ninguno de los responsables de la mezquita sabría redactar una frase en griego sin cometer un par de errores gramaticales importantes. ¿Y entonces? Hasta el obispo, que nunca había tenido fama de listo, sabía que sólo quedaba una alternativa razonable: que aquellas vasijas pertenecieran, en efecto, a alguna antigua comunidad cristiana alejandrina que hubiese escondido en ellas sus textos sagrados.

La historia de la ciudad había atravesado períodos suficientemente aciagos como para justificar una maniobra así. La pobre imaginación del Patriarca se disparó. Casi podía ver las caras de los primitivos cristianos sellando herméticamente sus papiros más valiosos. Rondarían diez, a lo sumo doce familias. Todas ellas con dos o tres hijos y seguramente a sueldo de algún patricio romano poco escrupuloso con la fe de sus sirvientes. Incluso era capaz de imaginar el revuelo que la inminente visita de una patrulla romana dispuesta a sofocarles debió causar en la comunidad. Con toda probabilidad alguno de sus vecinos les había traicionado a cambio de unas pocas monedas de plata, como Judas al Señor. Por suerte, uno de los ancianos del clan, inspirado por el Altísimo, dio la orden de enterrar los papiros que les delatarían, protegiendo así sus vidas y un tesoro que, ahora en sus manos, podría reavivar la fe de muchos indecisos.

Además, por el lugar y el modo en el que habían sido arrojados de las profundidades, el descubrimiento obedecía a un milagro. A un signo de Dios. Tal vez incluso fuera una señal más, a sumar a la de la reciente ocupación francesa de Egipto, de que el cristianismo estaba a punto de imponerse de nuevo sobre la insoportable hegemonía islámica.

No. A Takla no le extrañó en absoluto la celeridad con la que el obispo de Alejandría hizo llegar el manuscrito a Su Santidad Marcos VIII primero y, a través de éste, al padre Cirilo después. Se tomaron todas las precauciones posibles, haciendo viajar los textos por separado, envueltos en telas, disimulados en dobles fondos de barcazas y hasta aplicados al cuerpo de los últimos mensajeros que los transportaron hasta El Cairo.

Toda precaución era poca para proteger el nuevo Signo de Dios. Las prisas y el empeño puestos en saber qué contenían aquellos escritos estaban también más que justificados. Y Cirilo de Bolonia, de setenta y un años pero lúcido como si tuviera veinte, lo sabía. De hecho, con las respuestas a tanto enigma ya en sus manos, el anciano de ojos saltones y labios agrietados se sentía el más anhelado de los coptos.

Al llegar a su destino, ajeno a las cavilaciones del joven guardaespaldas, el anciano copto suspiró. La fachada, oscura, mostraba un relieve de san Jorge dando muerte al dragón copiado de alguno de los iconos orientales del interior.

Dadme fuerzas, Señor, para seguir firme a vuestro servicio —murmuró casi imperceptiblemente.
—Amén
Takla asintió.
—¿Crees, muchacho, que este es el fin de nuestras preocupaciones? ¿Que todo terminará cuando entreguemos la traducción al Santo Padre?
Las preguntas sorprendieron al novicio.
—Estoy seguro —dijo
—. Habéis cumplido bien con vuestro trabajo. Nuestro venerado Patriarca os colmará de bendiciones, y pronto regresaremos a nuestro convento.
—Que así sea.
—Entremos, pues. Como cada ocaso, el templo de San Sergio presentaba a esa hora su aspecto más solemne. Las celebraciones de todo el día habían dejado el lugar impregnado de olores y luces que evocaban santidad. No en vano habían sido citados en la primera iglesia cristiana del viejo Cairo. Su planta se alzó en el siglo IV sobre la caverna en la que la Sagrada Familia buscó refugio hacía más de dieciocho siglos, y la cueva, pulcramente cincelada, aún se utilizaba como cripta para las ceremonias más importantes.

El venerable frater, tras inhalar los vapores de incienso acumulados durante siglos, sonrió por primera vez en toda la jornada. Sus viejas rodillas temblaron de emoción. Por el modo en que lo miraba todo, se diría que casi podía escuchar las historias que susurraban los muros.

—¿No sientes nada, querido Takla? ¿No notas el suave aleteo del Espíritu Santo en tu estómago? Aquí las piedras hablan como en ninguna otra iglesia de Egipto. Cuentan cosas que no escucharás en otro lugar de este mundo… El novicio ni siquiera hizo ademán de responder.
—¡Presta atención! ¿Las oyes? ¿Escuchas cómo murmuran las piedras? —el fraile, encendido, alzó sus brazos al techo abovedado del recinto—. Hablan de la huida de Nuestro Señor a este país. Nos dicen que en su fuga de los desmanes de Herodes el Grande, José el Carpintero estableció su hogar aquí. ¿No oyes su confesión? ¡La casa de la Sagrada Familia estuvo bajo las losas que ahora pisan tus pies! ¡Descalcémonos!
—Yo no… Cirilo no le dejó replicar. —En este suelo —continuó— María amamantó al Hijo de Dios. Quienes la acompañaron en su éxodo construyeron aquí una gran alberca de aguas sagradas con las que bautizar a los conversos. El venerable anciano, tratando de disimular la honda impresión que le causaba tanta historia sagrada reunida en un espacio tan reducido, prosiguió cada vez más entusiasmado con sus explicaciones:

—¿Ves esas doce columnas que se agrupan bajo la nave?

Fray Cirilo señaló al frente. —Todas son de mármol blanco, excepto una. —¿Y por qué, padre? —preguntó Takla atónito. —Representan a los doce apóstoles. Incluso, si te fijas bien y dejas que tus ojos se acostumbren a esta luz, verás sobre ellas lo que queda de los rostros que un día las decoraron. Uno por cada seguidor de Cristo. —¿Y la última columna? —La más oscura —Cirilo dudó— fue erigida para recordar la impiedad de Judas, el traidor. Por eso es de granito. Por eso no tiene rostro… Los dos frailes avanzaron por el nártex del templo, rodeando la nave en dirección a la sacristía y la cripta. Los paneles de ébano y marfil, rematados por iconos que representaban a los apóstoles y a la Virgen, flotaban a casi dos metros por encima de sus cabezas.

La iglesia, cada vez más oscura, no revelaba signo alguno de actividad. Es más: Abraham, Isaac y Jacob, con los ojos bien abiertos, blancos, como si la protegieran de visitas incómodas, parecían vigilar sus pasos desde la capilla sur del templo. Takla, que jamás había visto en Alejandría pinturas tan bien acabadas como aquéllas, las miraba de reojo, no fueran a cobrar vida de repente. Su temor fue casi una premonición:

—Y bien, Cirilo —bramó una voz desde las afiligranadas faldas del Patriarca Abraham—, ¿has terminado ya tu trabajo? Un calambre recorrió de arriba abajo a Takla. La frase, pronunciada de manera contundente y autoritaria, retumbó por todo el synthronon. El lugar en el que el obispo y los ancianos se reúnen en las grandes ocasiones, ahora negro y frío, tembló como si fuera a desplomarse frente a ellos.

—… ¿Tanto se tarda en estudiar y copiar unos viejos manuscritos? —remató la voz. El pobre Takla estuvo a punto de caerse sobre el bulto que transportaba. Cirilo, en cambio, no pareció inmutarse lo más mínimo. Pese a emerger de la penumbra, aquel tono le resultó vagamente familiar al anciano copto: el vozarrón no podía ser sino de Marcos VIII en persona, el centésimo octavo Patriarca copto y cabeza visible de la verdadera y más antigua iglesia de Cristo en la Tierra.

La cita, en efecto, era allí con él, pero ¿qué hacía el Patriarca más poderoso de Oriente sin protocolo, despojado de la molesta nube de ayudantes que jamás se despegan de sus faldas?

—Santidad…—susurró el fraile complacido—.Al fin nos encontramos. El Pontífice debió sonreír. Dos hileras de dientes blancos brillaron como perlas de buen tamaño bajo la luz de una enorme lámpara de aceite, revelando su posición exacta bajo los frescos. Sólo entonces los monjes supieron a dónde mirar. Aunque hacía años que no se encontraban a solas, a Cirilo le costó no ver en él al travieso estudiante de latín que pegaba en la espalda de su sotana las declinaciones para que toda la clase las copiara.

¡Había cambiado tanto! Marcos ya no era el imberbe revoltoso de hacía veinte años, y, aunque su gesto conservara algo del pícaro de entonces, verle consagrado como Santo Padre le recordaba que su propia vida languidecía ya en los últimos compases. Que le quedaba poco, bien poco. —Supongo que habrás terminado tu trabajo, padre Cirilo —dijo severo, interrumpiendo sus cavilaciones—Y supongo también que estarás preparado para rendirme los resultados de inmediato.

—En efecto. Todo está listo según vuestros deseos. La oronda silueta de Marcos VIII se hinchó como la de un pavo real orgulloso de mostrar su plumaje a quien fuera su maestro más estricto.

—¿Y bien? Cubierto por un hábito negro de algodón, tocado con una capucha ribeteada con cintas y cruces de oro, el pontífice echó un vistazo descarado al bulto que Takla sostenía contra su espalda. Ni las pobladas barbas del Patriarca pudieron disfrazar su curiosidad.

—El libro que me confiasteis ha resultado ser más complejo de traducir de lo que pensé al verlo por primera vez. Marcos se encogió de hombros. Ni siquiera sabía que los papiros que le había confiado formaran un libro. —¿Más complejo? ¿Qué quieres decir?

—Como bien sabéis —atajó el anciano—, los documentos hallados en Alejandría no presentaban firma alguna. Tampoco fueron encuadernados, por lo que he tenido que organizados siguiendo un orden probable. Y por si no acumulaban ya bastantes problemas, fueron escritos por distintas manos en un griego muy adulterado. Sus líneas están llenas de expresiones extrañas que dificultan la lectura. Sin duda se trata de una koiné 2 muy contaminada.

—¿Varias manos? —Sí. Según parece, fueron tres o cuatro copistas los que trabajaron en la reproducción de un mismo libro, y algún sacerdote piadoso los reunió y ordenó con infinita paciencia. —

¿Puedo ver ya tu obra? Cirilo asintió. Ordenó a Takla que deshiciera los nudos que sujetaban el bulto que llevaba a cuestas, y éste, con una precisión exquisita, lo desplegó ante los venerables padres. El hatillo contenía cien o ciento veinticinco pliegos de hoja de palma de El Fayum cubiertos por la apretada escritura del padre Cirilo. Junto a ellos estaban también los papiros originales hallados en Nebi Daniel. Se trataba de trozos de desigual factura, algunos deshechos por el tiempo y de aspecto quebradizo. Estaban mucho más limpios que la última vez que Marcos los viera, y aunque viejos, ahora daban la impresión de poder aguantar otro par de siglos sin problemas.

—El documento… —Cirilo titubeó— es en realidad un evangelio.
—¿Un evangelio? Marcos VIII clavó su mirada en el anciano aguardando una explicación. —… O eso parece.

—Explícate mejor, maestro Cirilo.
—Soy consciente de lo que esta conclusión significa, por eso prefiero que la prudencia presida mis palabras, Santidad.
—No te andes con rodeos. Cirilo tosió antes de continuar. Sus manos, pequeñas y meticulosas, hicieron crujir el manojo de páginas que sostenía.
—Santidad: lo que se recuperó en Nebi Daniel se corresponde, casi con toda seguridad, con el evangelio perdido de nuestro amado san Marcos —respiró hondo—. Por lo que sabemos por nuestra tradición, este no puede ser sino el texto que escribió a la vez que el evangelio que conocemos. El mismo libro que el apóstol Marcos decidió mantener en secreto porque estaba seguro de que el tiempo para que fuera leído y comprendido no había llegado aún.

—¿El evangelio perdido de san Marcos? El Patriarca no dio tiempo a que los frailes respondieran a su innecesaria pregunta:
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Todos los textos están escritos en primera persona, y contienen copias de todas las epístolas que Marcos envió a Pedro, a Roma, informándole de sus progresos en Egipto. No. No tengo dudas, Santidad. Es el texto de san Marcos.

—Entonces, ¿crees que El Tiempo ha llegado?
—Definitivamente, sí.
El Santo Padre, más serio que nunca, le miró directamente a los ojos.
—¿Estás absolutamente seguro de eso?
—Completamente, Santidad. No hemos hallado los huesos del evangelista, pero Dios nos ha puesto en las manos algo mejor: su Secreto.

Por Javier Sierra


Notas:

  1. 2 de agosto de 1799 según el calendario copto. Año 1515 del Synaxarion.
  2. Una forma de griego muy extendida en todos los pueblos mediterráneos, de uso popular. No culto.

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