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Casablanca, Marrakech y Agadir: travesía ida y vuelta a Marruecos

Cada tarde, la plaza Jemma Al Fna vive su mágico y mítico atardecer con el encendido de las luces de todos sus chiringuitos entre los últimos rayos de sol

A solo cien kilómetros al oeste de Canarias, Marruecos nos abre las puertas de tres de sus ciudades más emblemáticas a través de la aerolínea Binter, que vuela regularmente a Casablanca, Marrakech y Agadir. Con este plan de vuelos, con billetes desde solo 90,33 euros por trayecto (comprando ida y vuelta), podemos convertir nuestro viaje en una excursión a tres bandas y disfrutar asimismo de los campos, ríos, llanuras y pueblos, y de esa gran cordillera del Atlas, con picos nevados la mayor parte del año, durante una gran parte del camino.

Supongamos que entramos por el norte, por Casablanca, y seguimos nuestro recorrido en tren o automóvil hacia Marrakech. Allí nos detendremos para adentrarnos en la ciudad imperial por excelencia del Reino y, cargados de regalos, proseguiremos nuestra ruta hacia uno de los territorios más espectaculares del país, la región de Sus Masa y su capital, Agadir.

Casablanca

La capital económica y financiera de Marruecos y su ciudad más poblada, Casablanca, nos ofrece al salir del aeropuerto internacional Mohamed V una curiosa mezcla de la cultura milenaria local y las influencias de la Europa mediterránea. Sus calles y amplias avenidas recuerdan a cualquier metrópoli occidental, surcada por un moderno tranvía morado que va y viene transportando un crisol de personajes, desde el joven ejecutivo de chaqueta y corbata al abuelo en chilaba y babuchas, desde la mujer vestida a la moda parisina a la que conserva el gusto por las sedas y ricas túnicas árabes; contrastes que se repiten cada día a lo largo de los bulevares y cafeterías de terrazas al estilo francés.

El origen de su nombre, dicen, se debe a una pequeña casa blanca en una colina llamada Anfa que los marinos portugueses fijaron como referencia en sus travesías, pero realmente se hizo conocida cuando saltó a los titulares de todo el mundo por la histórica reunión de Churchill y Roosevelt para acordar el Día D, o por la película hollywoodense que protagonizaron Ingrid Bergman y Humphrey Bogart con Sam, el pianista que interpretaba la canción As time goes by.

Su núcleo urbano presenta una extensa planta arquitectónica contemporánea, conformada por sedes de grandes bancos, multinacionales e instituciones internacionales, muchas con fachadas acristaladas, junto a otros edificios clásicos y monumentos construidos en la segunda mitad del siglo pasado, con no pocas referencias de Art Decó, y hoteles de negocios de lujo, tiendas y restaurantes exclusivos en sus avenidas surcadas por los raíles del tranvía.

A medida que se sale del centro urbano, el wall street de la economía marroquí, comienza el sabor auténtico del país más desarrollado del Magreb. Se podría decir que Casablanca es el escaparate occidental de Marruecos, aunque trufado de todas las costumbres originales autóctonas que sus gentes llevan a las grandes plazas, parques y paseos, a sus abigarrados zocos, de múltiples artesanías, telas y joyas, o a sus vistosos mercados de frutas y verduras. Sus dos medinas, la antigua y la moderna, representan, junto a la Gran Mezquita de Hassan II, segundo edificio religioso más grande del mundo después de la Meca, el corazón musulmán de la ciudad.

Resulta casi obligatoria la recomendación de caminar al atardecer por el Paseo de la Corniche, al borde del mar, hasta el faro el Hank, porque representa la zona esencialmente turística de Casa, como la llaman muchos marroquíes. Se extiende a lo largo de un tramo de playas de unos ocho kilómetros, con restaurantes, hoteles, bares y discotecas.

Casablanca es posiblemente la mejor opción que un viajero puede elegir para adentrarse por primera vez en la mítica y eterna Marruecos, tierra de leyendas y amalgama de las tradiciones del lejano Oriente de Las mil y una noches.

Marrakech

La entrada a Marrakech por su aeropuerto, el modernísimo Menara, nos sumerge de lleno en la cultura árabe y en sus manifestaciones más antiguas, solo que acompañados de una multitud de turistas que transitan a todas horas por las calles de su Medina fortificada, escenario central del trasiego de vendedores y compradores. La más célebre ciudad imperial marroquí, la Ciudad Roja, como también se la conoce por el color de sus murallas, es un gran zoco que respira animación de día y de noche, y el primer destino turístico del país, con diferencia.

Todo Marrakech es un gran zoco en el que se puede encontrar magníficas artesanías de calidad y buen gusto

El viaje nos traslada de inmediato a su milenio cumplido y a su legado conformado por numerosos monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad, que corona ese gran espacio inmaterial que es su no menos mítica plaza de Djema el Fna, activa las 24 horas del día, siempre intensa y a rebosar con todo tipo de actuaciones. Malabaristas, músicos, encantadores de serpientes, magos y un sinfín de personajes que parecen surgidos de un plató de cine nos salen al paso o nos invitan a sus puestos de frutas y jugos naturales, ordenadísimos y pulcros, o a sus chiringuitos de parrilladas de carne, pescado, caracoles y otros manjares propios de la tierra. Quien visita por primera vez Marrakech no debería perderse el crepúsculo y el encendido de las luces de los puestos desde una de las muchas terrazas que rodean la plaza-escenario, en medio de los ritmos entrecruzados de tambores, flautas y curiosos instrumentos de cuerda. Es precisamente cuando Djema el Fna se eleva definitivamente a su dimensión mágica, única en todo el planeta.

También el recorrido por las estrechas calles de la Medina nos llevará a múltiples sorpresas y recovecos, a veces a un ritmo trepidante, con oasis de hoteles y restaurantes en el interior de nobles edificios, los llamados riads, que ofrecen cuidadísimos jardines interiores, en ocasiones insólitos por su colorido y dimensiones, e ingeniosas fuentes, con creaciones de sonidos hechos con las cadencias del agua, para lograr esos rincones de paz, sosiego y buen gusto marca de la casa, todo ello ante una buena taza de té bien servida y la reconocida repostería local de frutos secos y almíbares.

En Marrakech es posible realizar las mejores compras de todo Marruecos, con precios de ganga si se está dispuesto a regatear, algo que no solo nos hará sentir satisfechos por la adquisición de esa pieza por unas pocas monedas, sino que nos permitirá comunicarnos a través de esa noble liturgia, también inmaterial, de los zocos árabes. Entre sus muchos artículos, son muy apreciadas sus ingrávidas lámparas preciosas, sus trabajos de cuero o hierro, las joyas, sus cajas y objetos de madera, sus telas, sus cuadros y un sinfín de productos artesanales, junto a ese sutil entramado de especias que inundará nuestros paseos con exóticos aromas.

Pero esta maravilla mundial, siempre con la cordillera del Atlas de fondo, guarda otras muchas sorpresas, tanto dentro de sus murallas como en las zonas modernas, con sus grandes centros comerciales, tiendas de ropa de franquicias de renombre, restaurantes y hoteles, junto a las más populares marcas de comida rápida o deportes.

Al anochecer, Marrakech se convierte en leyenda viva, con idas y venidas de vivencias que nos transportarán a aquellos relatos de Sherezade que consiguieron mantener despierto al sultán cada madrugada hasta el alba.

Agadir

La oferta turística del Marruecos costero, lo que llamamos de sol y playa, tiene un nombre: Agadir. A la capital de la rica región de Sus Masa se llega a través del aeropuerto Al Massira y su bella terminal de estética netamente árabe.

Agadir posee kilómetros de playas de arena blanca donde es posible realizar todo tipo de deportes

La apuesta de este enclave atlántico, con un clima y temperaturas muy parecidas a las de las Islas, pasa por aprovechar sus kilométricas bahías y su gran variedad de olas, de las que disfrutan cientos de surfistas procedentes de Europa, que se pasean a todas horas descalzos, embutidos en sus trajes de neopreno, y sus tablas bajo el brazo.

Los deportes náuticos son, además de sus campos de golf y clubes hípicos, el punto fuerte de este destino que se despereza en torno a su gran playa de seis kilómetros de arena blanca que remata su fachada marítima, con un amplio paseo, diseñado por un arquitecto canario, que recuerda al de Las Canteras. Su litoral está plagado de hoteles de cuatro y cinco estrellas, restaurantes y terrazas, muy frecuentados al caer la tarde por los turistas, que apuran sus aperitivos ante las siempre espectaculares puestas de sol, pero también por saltimbanquis, malabaristas y músicos que amenizan los últimos rayos del día.

Agadir es la capital de una de las regiones más sorprendentes de Marruecos. A los atractivos turísticos costeros se suma su carácter nacional profundo, con sus zocos tradicionales y aquellos que se levantan a lo largo de su geografía urbana y periurbana con las especialidades locales. Aquí es posible degustar las mejores frutas y verduras de todo el país, pues por algo es una de las principales huertas de África Occidental, un espectáculo en sí mismas, como las especias y todo tipo de cultivos, que harán las delicias no solo de los veganos, sino de cualquier comensal que aprecie el buen sabor de los productos de la tierra. Y para los amantes del pescado y los frutos del mar, solo basta decir que estamos en el puerto pesquero por excelencia de la costa atlántica de Marruecos. Una gran variedad de restaurantes y chiringuitos nos ofrecen justo al lado de las olas sus cartas de especialidades marinas, del mar a la mesa, con el valor añadido de su precio, realmente asequible.

La orografía de esta región sorprenderá a senderistas y excursionistas, puesto que está bifurcada por lechos de lo que fueron grandes ríos, con orillas fértiles cultivadas bajo palmerales de ensueño. Los itinerarios de montaña conectan directamente con la ruralidad, muy arraigada en estas coordenadas, donde podremos contemplar estampas que solo hemos visto en postales, con pastores y labradores que parecen haber salido de un portal de Belén.

La ubicación de Agadir ofrece asimismo otras alternativas atractivas, como la visita a lugares que figuran en los mapas turísticos por sus originales señas de identidad, como la vecina Esauira o “la abuela de Marrakech”, que es como se conoce a Tarudant, una ciudad que vive dentro de unas murallas rojizas y donde el tiempo parece haberse detenido en la Edad Media; con el añadido de que ambas travesías están cuajadas de poblaciones y paisajes que nos harán pararnos a cada rato para disfrutarlos.

Con información de El Diario

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Cuarenta y Ocho horas en Dubai

Burj Khalifa, Dubai

Arquitectura impactante, coloridos mercados y excursiones al desierto, en una guía para descubrir este rincón de Medio Oriente.

Descomunal, intrigante, intensa, atrapante, seductora, lujosa, arquitectónicamente apabullante. Un oasis de modernidad en medio del desierto. A orillas del golfo Pérsico o Arábigo, Dubai –uno de los siete emiratos que, desde 1971, conforman Emiratos Arabes Unidos– supo colocarse en el horizonte de los viajeros como destino deseable a fuerza de construcciones y emprendimientos llamativamente desmesurados, una línea aérea de servicio impecable y varios galardones en su haber –Emirates Airline– y muchas inversiones de lujo, grandes marcas y exquisitas cadenas hoteleras que atrajeron a ricos & famosos de todo el mundo.

Si hay algo que define a este pequeño territorio que sólo se reconoce en la grandilocuencia, es que aquí, en Dubai, “nada es imposible”. Pasó de pequeña villa de pescadores a vibrante ciudad en crecimiento constante.

La visión y la determinación de los últimos jeques de la dinastía Al Maktoum –Rashid, luego su hijo Maktum y, el actual jeque de Dubai, su otro hijo Mohammed, quien también es vicepresidente y primer ministro de los Emiratos– ha sido decisiva. Sabiendo que el petróleo traería mucho dinero, pero que en algún momento se acabará, decidieron apostar al turismo y las finanzas como fuentes de ingresos.

El puntapié inicial estuvo dado, en gran parte, con la inauguración del Burj Al Arab, ese hotel que parece una vela en donde todos quieren pasar, aunque sea, una noche (tenga en cuenta que la habitación más económica cuesta US$ 2.700).

El resto se impuso como por arte de magia: la torre más alta del mundo –el Burj Khalifa–, uno de los shoppings más grandes, el Dubai Mall –hay 75 centros comerciales–, el mercado de oro más importante, el desembarco de reconocidos chefs –Gordon Ramsay, Marco Pierre White y Heinz Beck que acaba de abrir Social by Heinz Beck en el Waldorf Astoria de Palm Jumeirah– y hasta excentricidades como un centro de esquí dentro de un centro comercial –Mall of the Emirates– y emprendimientos inmobiliarios como Palm Jumeirah –un barrio con forma de palmera que ganó terreno al mar– y The World, similar, pero con islas que imitan formas de diversos países (aunque tuvo varias idas y vueltas).

The Palm, un gran barrio de casas privadas y resorts que, como indica su nombre, tiene forma de palmera (Emirates)

Es curiosa la multiplicidad de orígenes de su población: de los dos millones y medio de habitantes, el 80 por ciento proviene de otros países (India, Pakistán, Sri Lanka, Filipinas, Egipto, Inglaterra, Irán, Jordania, entre muchos otros). Son los “expatriados”. Aprecian la posibilidad de ingresos que les ofrece Dubai, aunque saben que nunca serán ciudadanos. Sus hijos, aunque nazcan en los Emiratos, tampoco. Muchos de ellos, incluso, trabajan aquí pero tienen a su familia en su país de origen.

Dubai ofrece cada vez más atractivos que lo convierten en un destino en sí mismo –playas, compras, un paisaje desértico para explorar, acuarios gigantes, parques acuáticos, discotecas, excelente infraestructura hotelera, muy buenos restaurantes–, pero es también la escala perfecta para quienes viajan desde Buenos Aires rumbo a otros destinos asiáticos. Desde el Creek, el famoso canal o cala natural que divide a la ciudad en dos, hasta los vertiginosos paisajes que regala el Burj Khalifa, la cultura emiratí y la soledad abismal del desierto, sugerimos aquí algunas propuestas para disfrutar este lugar en dos días. Y dejarse asombrar.

PRIMER DÍA

En Dubai la actividad comienza temprano. Es que al mediodía, el sol y el calor arrecian. Aunque la modernidad se impone y hay un estado de construcción constante, Dubai también tiene un pasado de pequeñas casas, pequeñas comunidades de pescadores, de torres de viento –algo así como los antepasados del aire acondicionado–, de buscadores de perlas y comerciantes marítimos.

En Al Bastakiya, zona restaurada, se pueden ver y recorrer calles estrechas y casas antiguas con patios en donde hoy funcionan galerías, museos, cafés y restaurantes. Hay unas 50 casas originales. También está la mezquita de Bastakiya –no está abierta a las visitas– y hasta se puede ver una parte de la antigua muralla de Dubai, que data de 1822.

Más cerca de la boca del canal, Shindagha también propone un recorrido por la historia ya que es el punto de inicio y posterior crecimiento de Dubai. Allí puede visitarse la casa del Sheikh Saeed Al Maktoum, de 1896 y con una interesante colección de fotos.

9.30 Museo de Dubai

​Construido en 1787, el fuerte Al Fahidi alberga el Dubai Museum (Museo de Dubai) desde 1971. Es una interesante muestra de la vida cotidiana en estas tierras antes del descubrimiento del petróleo. Hay antiguas barcas, objetos en exhibición con explicaciones en árabe e inglés y se destacan la recreaciones de escenas del Creek, casas árabes tradicionales, mezquitas, mercados, la vida en el desierto y la vida de los buscadores de perlas.

Las exposiciones dan cuenta de la evolución de Dubai en los últimos años: en 1912 se creó la primera escuela; en 1951, el primer hospital, en 1960, el aeropuerto, en 1966 se descubrió el petróleo, en 1997 se estableció el turismo como fuente de ingreso. También tienen su lugar los proyectos futuros. La entrada cuesta 3 dirhams (casi un dólar) y funciona de 8.30 a 20.30 (los viernes, a partir de las 14.30).

11.30 En los mercados

Busque una estación de cruce, súbase a un abra –barcazas con capacidad para hasta 20 personas– y atraviese el canal. También puede hacer un paseo a bordo, previo arreglo con el conductor, pero por ahora, cruce. Sólo hay que seguir el bullicio y los aromas para dar con al Mercado de las Especias, básicamente controlado por los iraníes (de allí provienen muchos productos).

Los grandes bolsones coloridos sobre la calle y los pasillos muestran canela, anís, pimienta negra, lima, sal, azufre, pimienta blanca, azafrán, chile, cúrcuma, ajo seco. En la tienda de Abdul Jalil me dejan probar unos pedacitos de chocolate de colores. Asegura que tiene el mejor puesto y que aquí se consiguen, además de las especias que están a la vista, otros productos como viagra natural, un aceite de Argán para el cuidado del pelo y de la piel y también un aceite de hormiga para depilarse. Y un montón de objetos ideales para turistas que no compran especias, pero sí souvenires. Como en todo mercado hay que regatear (podrá obtener hasta un 20 o 30 por ciento de descuento sobre la tarifa inicial).

Junto al puesto de Abdul hay un local que prepara jugos naturales. Si tiene sed, este es el momento (5 dirhams los pequeños, 10 los más grandes).

Mercado de Especias, Dubai

Tras detenerse a revisar pashminas, zapatitos en punta como los de los cuentos de Aladino, alfombras y promesas de “los mejores productos de Dubai”, desembocará en el gran Zoco del Oro, una suerte de galería semicubierta, con aire acondicionado, que concentra más de 300 tiendas –en todo Dubai hay cerca de 700 joyerías– que venden anillos, pulseras, colgantes y hasta lingotes de oro.

Mercado del Oro en Dubai ©AP Photo/Kamran Jebreili

Aunque no tenga pensado comprar joyas, tiene que conocer este lugar. Me detengo en una vidriera y un hombre, desde adentro, levanta un cartel que tienta con un 70 por ciento de descuento. En otro negocio, la gente se agolpa para tomar fotos del Najmat Taiba, el anillo de oro más pesado del mundo que tiene 5,71 kilos de piedras preciosas engarzadas. Un récord Guinness. En algunos pasillos laterales hay tiendas que ofrecen productos de plata.

Al salir, dése una vuelta por los negocios que venden perfumes. El fuerte son las fragancias árabes, bien potentes, pero también tienen las marcas famosas presentes en todo Duty Free Shop.

14.00 Almuerzo frente al mar

No es una buena hora para exponerse al sol, pero si se acerca a la playa Jumeirah Beach verá mucha gente disfrutando del mar. Claro, aquí es otoño y las temperaturas son más agradables como para permitirse estar en la playa. En verano, el calor es abrumador. La propuesta es darse una vuelta y almorzar en The Walk o The Beach, complejos de negocios, bares, heladerías y restaurantes a orillas del mar. Hay de todo, desde hamburgueserías y heladerías, hasta restaurantes especializados en comida étnica.​

16.00 Del té de lujo al esquí

Si almorzó recién y de manera abundante, quizá aún no esté listo para esta propuesta… pero es una de las posibilidades para conocer el hotel Burj Al Arab. El hotel 5 estrellas tiene el ingreso restringido: sólo pueden entrar los huéspedes o quienes tengan reserva para comer o tomar el té. Por US$ 170 (más US$ 30 si quiere una mesa junto a la ventana) se puede tomar el té en el Sky View Bar, en el piso 27. Las infusiones o el café se sirven acompañados de canapés de caviar, salmón, palta, tarteletas, frutos rojos con crema y tortas. Y se paga de manera anticipada para confirmar la reserva.​

Burj Al Arab Hotel en Dubai

El hotel es excéntrico y lujoso, pero si quiere ver con sus propios ojos algo más increíble aún, acérquese al Mall of the Emirates. Sí, es un centro comercial; no, no lo estoy mandando de compras. La sugerencia viene a cuento de que allí, dentro del shopping, hay un complejo de esquí: una ladera cubierta de nieve, aerosillas, gente envuelta en abrigadas camperas que calza esquís y tablas de snowboard y gomones para hacer culipatín. En el medio del desierto, esquiar sobre nieve ¡también es posible!

19.30 Cena en el Creek

Para terminar un día apasionante, una buena alternativa es recorrer el Creek a bordo de uno de los tantos barcos (dhows) con cena a bordo (no todos tienen el mismo horario). Los precios varían, esencialmente, en función de la comida que ofrecen. Pero todos regalan bonitas vistas nocturnas de la ciudad. Incluso los mismos barcos tienen luminarias que recorren su perímetro. Así, el canal también atrae con estas embarcaciones que, suavemente, vienen y van, coloreando la noche.​

SEGUNDO DÍA​

10.00 En la mezquita​

Quienes están interesados en acercarse a la cultura emiratí e islámica, la mezquita Jumeirah ofrece una visita guiada todos los días a las 10 de la mañana, excepto los viernes. Hay que llegar unos minutos antes para registrarse y abonar la visita (US$ 5,50). Se trata de una charla de 75 minutos sobre los pilares de esta religión, los rezos, la indumentaria, las creencias… incluyendo un espacio en el que se contestan inquietudes. Para ingresar, se requiere que las mujeres cubran su cabeza (si no tiene un pañuelo a mano, le ofrecerán uno) y los hombres no pueden entrar con bermudas o shorts, así que también podrán utilizar kanduras (vestimenta tradicional) que tienen a disposición y cubren todo el cuerpo. El calzado debe quedar afuera. La charla es en inglés.​

Mezquita Jumeirah en Dubai

Si este no es plan para su mañana, un paseo en lancha (no por el Creek sino por mar abierto) para ver la ciudad desde el agua es una alternativa divertida. Parten desde Dubai Marina. Un paseo de 75 minutos cuesta US$ 56; de 90 minutos, US$ 79. Los precios y los recorridos varían según la empresa. Si contrata el paseo en una lancha descubierta, no olvide llevar gorro y abundante protector solar.

12.00 Desde las alturas

Como una aguja que busca alcanzar el cielo, el Burj Khalifa, con sus 828 metros, el edificio más alto del mundo, es una visita ineludible, a menos que sufra de vértigo. Parte del complejo del Dubai Mall, el Burj Khalifa ofrece vistas panorámicas de la ciudad y la experiencia de estar en una leyenda arquitectónica. Hay distintas opciones para la observación: el piso 124, por un lado, y la experiencia premium que combina observaciones desde el piso 125 (456 metros) y el 148 (555 metros), recientemente inaugurado. Los tickets suelen agotarse rápidamente. Se recomienda comprarlos con anticipación. La hora más solicitada es la del atardecer.​

Ya con los pies en la tierra, es tiempo de ver de cerca la Fuente de Dubai y de recorrer el Dubai Mall, interesante por su tamaño, por las tiendas, por el Aquarium y Underwater Zoo y por The Waterfall, caída de agua circular, que atraviesa varios pisos y tiene esculturas de hombres tirándose de cabeza.

El Burj Khalifa, Dubai

15.30 Rumbo al desierto

El desierto, las dunas, los orix, las gacelas. A fin de cuentas, el desierto es el paisaje natural de esta región y no conocerlo, no sentir la inmensidad del terreno, sería minimizarlo. Varias empresas ofrecen safaris en una zona cercana al centro de la ciudad. La compañía Arabian Adventures trabaja con zonas exclusivas, en este caso con la Dubai Desert Conservation Reserve, más alejada. Allí se llega en vehículos 4×4. La primera propuesta es disfrutar de un espectáculo en el que muestran cómo los halcones –ave de rol preponderante en la cultura de Medio Oriente– ayudaban a los beduinos con la caza.

Al Maha Resort & Spa de Dubai, un hotel de lujo en medio del desierto.

Luego, la diversión comienza: las camionetas, con menos presión en las gomas, surcan las dunas –siempre por rutas preestablecidas, se trata de una reserva– a modo de montaña rusa. La parada es para ver la puesta del sol, imperdible, en un horizonte de arena. Luego se puede cenar en una suerte de campamento beduino con todas las comodidades. Dátiles y café para la recepción, comida buffet que se disfruta en mesas bajas y almohadones, tatuajes de henna a disposición, breves paseos en camello, shisha (arguile) para fumar tabaco, un puesto de Al nassma, que vende chocolates hechos a base de leche de camello y, para el final, los seductores movimientos de una odalisca.

Paseos en camello por el desierto (Emiratos)

Con la noche, la oscuridad en el desierto es total. La 4×4 desanda la ruta. Allí, a lo lejos, nos esperan las luces de Dubai, ese oasis urbano, de vanguardia, que desafía al desierto y sorprende constantemente a los visitantes.​

Por Grisel Isaac
Con información de Clarín

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Orden de San Juan a Renzo Piano: en busca de la gran historia de Malta

La Marina de La Valeta

Un viaje a La Valeta (Malta): mucha historia y una curiosa mezcla de cultura británica y mediterránea.

La República de Malta es un archipiélago del que destacan tres islas mayores y habitadas: Malta, Gozo y Comino. A medida que lo recorra, el visitante lo reconocerá como un pequeño lugar lleno en su interior de muchos lugares.

Tras la primera impresión de su condición de excolonia británica recordada por detalles como la conducción por la izquierda y los inconfundibles buzones y cabinas telefónicas rojas, inmediatamente se entiende esa impronta como una más de las múltiples que han intervenido y configurado este pequeño país de medio millón de habitantes, en el que se escucha hablar con fluidez maltés, inglés e italiano, y en cuyo paisaje y carácter se resume todo lo esencial del espíritu del Mediterráneo.

Estructuras como los templos megalíticos de Hagar Qim (erigido entre los años 3600 y 3200 a.C.) y Mnajdra, donde se celebraron sacrificios, ofrendas y oráculos rituales, ponen de manifiesto la larga historia del territorio maltés. La marcada impronta de la cultura árabe durante algunos siglos del periodo medieval se palpa, más que en vestigios arquitectónicos, en su eco en el idioma maltés y la toponimia. La de la cultura siciliana, que sucedería a los árabes en el dominio de la isla, en su comida y en la conformación de una clase aristocrática.

Pero es imposible entender la historia de los últimos cinco siglos de Malta sin la crucial impronta de la Orden de San Juan (también conocida como Orden de los Hermanos Hospitalarios u Orden de Malta), que llegaron en el siglo XVI, cuando Carlos I de España les cedió el archipiélago a cambio de pago anual de un halcón como renta, y que fueron expulsados por Napoléon.

De la llegada de los caballeros de la Orden data la fundación de su capital: La Valeta, que se decidió construir tras el Sitio de Malta (1565). Jean Parisot de la Valette, Gran Maestre de la Orden, dio inicio a la erección de la ciudad amurallada. Murió sin verla culminada y sus restos reposan en la Concatedral de San Juan, joya barroca de la ciudad. Este templo, proyectado por el arquitecto local Giormu Cassar entre 1572 y 1578, impresiona por el contraste entre su austero exterior y el exuberante barroquismo de su interior. Alberga ocho capillas, cada una de las cuales está dedicada a un santo patrón de cada una de las ocho lenguas de la Orden. Por su riqueza ornamental, destaca en particular la Capilla de Aragón, dedicada a San Jorge. Testimonio de la breve estancia de Caravaggio en la isla, donde recaló huyendo de una acusación de homicidio, son La decapitación de San Juan Bautista y San Jerónimo escribiendo, que pueden contemplarse en el oratorio de esta catedral.

Otro edificio protagonista y vinculado a la Orden es el Teatro Manoel, mandado a construir en 1731 por el Gran Maestre Manoel de Vilhena, responsable de importantes proyectos de obras públicas. Éste es hoy uno de los teatros más antiguos de Europa.

El recorrido por la historia arquitectónica de La Valeta ofrece detenerse en la Casa Rocca Piccola, el Fuerte de Sant’Elmo, la iglesia de San Pablo Naufrago (que recuerda el paso de San Pablo por la isla, en su peregrinación a Roma) y el Albergue de Castilla-León y Portugal.

Renzo Piano

Trabajo de Renzo Piano en La Valeta- Michel Denance

El visitante interesado en lo contemporáneo hallará en el reciente proyecto City Gate desarrollado por el arquitecto italiano Renzo Piano, y que ha consistido en la completa reorganización del principal acceso a La Valeta, un interesante ejercicio de rehabilitación, preservación y reconocimiento del rico y complejo pasado de Malta y su presencia dentro de los avatares de la historia mediterránea. La intervención mejora las cualidades urbanísticas del entorno e integra varias partes: la puerta de entrada a ciudad y el entorno inmediato alrededor de la muralla; el diseño de un teatro al aire libre dentro de las ruinas de la ópera decimonónica (arrasada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial) y la construcción de una nueva sede parlamentaria.

Detenerse para una pausa en el Caffe Cordina, que ocupa un antiguo edificio en tiempos conocido como la Casa del Tesoro de la Orden, permitirá contemplar los frescos de Giuseppe Calli, que decoran su bóveda.

Al otro lado del Gran Puerto se encuentran Las Tres Ciudades: Vittoriosa (o Birgu), Cospicua (o Bormla) y Senglea (o L-Isla). La visita a esta zona, cuyo patrimonio artístico y arquitectónico sufrió seriamente los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, es especialmente importante para comprender la densidad de la historia de Malta.

Por Fredy Massad
Con información de ABC

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