Contundencia del discurso papal

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Contundencia del discurso papal

La contundencia del Papa en su exigencia para que los católicos ayuden a los pobres “no permite dobles interpretaciones”, subrayaron líderes sociales y de excluidos.

La declaración final del Encuentro Mundial de Movimientos Populares, inédita cumbre que reunió a más de 100 delegados de diversas nacionalidades convocados por la Pontificia Academia para las Ciencias y el Pontificio Consejo Justicia y Paz, dijo que se reafirmó que la preocupación por los pobres está en el centro mismo del evangelio.

Destaca el documento “la actitud fraterna, paciente y cálida de Francisco con todos y cada uno de nosotros, en especial con los perseguidos, también expresa su solidaridad con nuestra lucha tantas veces desvalorizada y prejuzgada, incluso perseguida, reprimida o criminalizada”.

Subraya el discurso del pontífice a los participantes en el encuentro, donde aclaró que exigir tierra, techo y trabajo para todos no es ser comunista, sino que “es parte de la doctrina social de la Iglesia”.

En su revisión a estos trabajos, la declaración señala que se desarrollaron “intentando practicar la cultura del encuentro”, aunque reconoce que “no estuvieron exentas de tensiones que pudimos asumir colectivamente como hermanos”.

Entre los asuntos tocados destacaron el problema de la violencia y la guerra, “una guerra total o como dice Francisco, una tercera guerra mundial en cuotas”.

Abordaron la situación en Medio Oriente, “principalmente la agresión contra el pueblo palestino y kurdo”; la violencia que desatan las mafias del narcoterrorismo, el tráfico de armas y la trata de personas.
También los desplazamientos forzados por la violencia, el “agronegocio”, la minería contaminante y todas las formas de “extractivismo”, y la represión sobre campesinos, pueblos originarios y afrodescendientes.

De la misma manera “el grave problema de los golpes de estado como en Honduras y Paraguay, y el intervencionismo de grandes potencias sobre los países más pobres”, ponderó el mensaje.

Estableció que varios de los panelistas y oradores coincidieron en que deben buscarse alternativas a la “naturaleza inequitativa y depredadora” del sistema capitalista que “pone el lucro por encima del ser humano la raíz de los males sociales y ambientales”.

Denunció el “enorme poder” de las empresas trasnacionales, que “pretenden devorar y privatizarlo todo” –mercancías, servicios, pensamiento- y son el “primer violín de esta sinfonía de la destrucción”.

“Si los niños no tienen infancia, si los jóvenes no tienen proyecto, la Tierra no tiene futuro”, añadió.

Aclaró que lejos de regodearse en la autocompasión y los lamentos por todas esas realidades destructoras, los movimientos populares reunidos en el encuentro, reivindican que los excluidos, los oprimidos, los pobres no resignados, organizados, “pueden y deben” enfrentar con todas sus fuerzas la “caótica situación a la que nos ha llevado este sistema”.

“¡Tierra, techo y trabajo son derechos sagrados!¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna familia sin viviendas! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún pueblo sin territorio! ¡Arriba los pobres que se organizan y luchan por una alternativa humana a la globalización excluyente! ¡Larga vida al Papa Francisco y su Iglesia pobre para los pobres!”, concluyó.

Con información de : Excelsior

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¿Por qué los sirios apoyan a Bashar Al Asad?

La reversión repentina de Washington al pretexto de una “guerra contra el terror” para una intervención en Siria ha confundido al público occidental. Durante tres años observaban historias de “intervención humanitaria”, que vertían desprecio sobre la afirmación del presidente de Siria de que estaba luchando contra los terroristas apoyados desde el extranjero. Ahora los EE.UU. dicen ser líder en la lucha contra esos mismos terroristas.

Manifestación en Siria
Manifestación en Siria

Pero ¿qué piensan los sirios, y por qué siguen apoyando a un hombre del cual las potencias occidentales han afirmado constantemente que ataca y aterroriza a ‘su propio pueblo’? Para entender esto debemos tener en cuenta la enorme brecha entre la caricatura occidental de Bashar Al Asad el “dictador brutal” y la figura popular y urbana dentro de Siria.

La falsedad mediática afuera y la violencia extremista adentro

Si creyéramos la mayoría de los informes de los medios occidentales pensaríamos que el presidente Asad ha lanzado repetidos e indiscriminados bombardeos a zonas civiles, incluyendo el ataque con gas a niños. También podríamos pensar que él dirige un ‘régimen Alauita’, donde una minoría del 12% reprime una mayoría musulmana sunnita, aplastando una “revolución” popular la cual, solo hace poco, ha sido ‘secuestrada’ por los extremistas.

El problema central de estas representaciones es la gran popularidad de Bashar en casa. El hecho de que existe una insatisfacción popular contra la corrupción y el amiguismo, y que un Estado autoritario mantiene un tipo de culto a la personalidad, no niega la genuina popularidad del hombre. Su fuerte victoria en las primeras elecciones con múltiples candidatos de Siria en junio pasado consternó a sus enemigos regionales: Israel, Arabia Saudita, Qatar y Turquía; pero no detuvo su agresión.

Los sirios, vieron las cosas de manera diferente. Se pensó que Bashar mantendría la tradición pluralista y nacionalista de su padre, así como la modernización y cumplimiento de la promesa de reformas políticas. Las encuestas de opinión en Siria habían mostrado gran descontento con la corrupción y el clientelismo político, opiniones mixtas sobre la economía pero fuerte satisfacción con la estabilidad, los derechos de las mujeres y la política exterior independiente del país. Los mítines de reforma política de 2011 – contrarrestados por manifestaciones a favor del gobierno y eclipsados rápidamente por la insurrección violenta – no eran necesariamente contra Bashar.

Los “Hermanos Musulmanes” (Al Ijuan Al Muslimin) de Siria y otros grupos islamistas sectarios lo odiaron, junto con el Estado laico que sostenía. Sin embargo, incluso estos enemigos, en sus mejores momentos, reconocieron la popularidad del hombre. A finales de 2011 una encuesta de ‘Doha Debates’ (empresa creada por la monarquía de Qatar, un importante soporte de la Hermandad Musulmana) mostró que el 55% de los sirios querían que Asad se quedara.

Los Islamistas armados fueron más lejos. En 2012 ‘Reuters’, ‘The Guardian’ del Reino Unido y la revista ‘Time’ informaron de tres líderes del ‘Ejército Libre de Siria’ (FSA) en Aleppo que decían que el presidente sirio, tenía el apoyo de “70 %”; y sobre la gente del lugar, “todos ellos, son leales al criminal Bashar, nos informan” o que son “todos informantes… nos odian. Nos culpan de la destrucción”. La impopularidad, por supuesto, es fatal para una revolución; para un fanático religioso es un mero inconveniente. Los tres grupos de la FSA eran islamistas en buenas relaciones con Al Qaeda.

Ninguna de estas revelaciones cambió la dependencia de los medios de comunicación occidentales sobre las fuentes alineadas con la Hermandad Musulmana: ‘activistas’ o’rebeldes moderados’. Se basaron, en particular, en el sr. Rami Abdul Rahman asentado en el Reino Unido, que se hace llamar el “Observatorio Sirio de los Derechos Humanos”. Estas fuentes mantuvieron vivo a ‘Bashar el Monstruo’, fuera de Siria.

El ejército y el Sr. Corazón Blando (Mr. Soft Heart)

Centrales para el mito de Bashar son dos historias muy relacionadas: la del “rebelde moderado” y la historia que evoca a“leales de Asad” o “las fuerzas del régimen” en lugar de un ejército nacional grande y dedicado, con un amplio apoyo popular. Para entender el mito de Bashar tenemos que considerar el Ejército Árabe Sirio.

En más de medio millón, el Ejército es tan grande que la mayoría de las comunidades sirias tienen fuertes vínculos familiares con los caídos en la guerra. Hay ceremonias regulares para las familias de estos mártires, con miles mostrando con orgullo las fotos de sus seres queridos. Además, la mayor parte de los varios millones de sirios desplazados por el conflicto, no han abandonado el país sino que se han trasladado a otras partes bajo la protección del ejército. Esto realmente no es explicable si el Ejército hubiera realmente participado en ataques ‘indiscriminados’ contra la población civil. Un ejército represivo invoca miedo y odio en la población, sin embargo, en Damasco se puede ver que la gente no se escapa a medida que pasan a través de los numerosos controles de carretera del ejército, creados para proteger contra coches bomba ‘rebeldes’.

Los sirios saben que hubo abusos contra manifestantes a principios de 2011; también saben que el presidente destituyó al gobernador de Dara por eso. Ellos saben que la insurrección armada no era consecuencia de las protestas, sino más bien una insurrección sectaria que se cubrió tras esos mítines. Un funcionario saudita Anwar El Eshki admitió a la BBC que su país había proporcionado armas a los islamistas en Dara, y sus francotiradores en la azotea se parecían demasiado a la fracasada insurrección de los Hermanos Musulmanes en Hama, allá por 1982. Hafez Al Asad aplastó esa revuelta en unas pocas semanas. Sobre los incidentes, la inteligencia de EEUU dijo que las bajas totales fueron probablemente ‘unos 2.000’incluyendo ‘300 a 400′ miembros de la milicia de élite de la Hermandad Musulmana. La Hermandad y muchas fuentes occidentales luego han inflado esos números, calificando el hecho de “masacre”. Los islamistas armados tienen una larga historia en Siria de hacerse pasar por víctimas civiles.

Un buen número de sirios han criticado al presidente Asad frente a mí, pero no a la manera de los medios occidentales. Dicen que querían que fuera tan firme como su padre. Muchos en Siria lo consideran demasiado blando, lo que lleva al nombre de’Mr Soft Heart’ (Sr. Corazón Blando). Los soldados en Damasco me dijeron que es una orden del Ejército hacer esfuerzos especiales para capturar con vida a cualquier combatiente sirio. Esto es motivo de controversia, ya que muchos los consideran como traidores, no menos culpables que los terroristas extranjeros.

¿Y qué hay acerca de los ‘rebeldes moderados’? Antes de la aparición de E.I., a finales de 2011, el mayor de las brigadas del FSA, Farouk, la más famosa de la ‘Revolución Siria’, tomó partes de la ciudad de Homs. Un informe de Estados Unidos los llamó “nacionalistas legítimos… piadosos en lugar de islamistas y no motivados por el sectarismo”. El International Crisis Group sugirió que Farouk podrían ser “piadosos” en lugar de islamistas. El Wall Street Journal también los llamó “sunnitas piadosos”en lugar de islamistas. La BBC les llamó “moderadamente islámistas”.

Todo esto era completamente falso. Los sirios en Homs dijeron que Farouk fue a la ciudad con el lema genocida: “alauitas a la tumba, cristianos a Beirut”. Gritando “Dios es el más grande” volaron el hospital de Homs, porque había estado atendiendo a soldados. Las iglesias culparon a Farouk para la limpieza étnica de más de 50.000 cristianos de la ciudad y por la imposición de un impuesto islámico. El periodista Radwan Mortada dice que la mayoría de los miembros de Farouk eran salafistas sectarios, armados y financiados por Arabia Saudí. Más tarde felizmente trabajaron con los diversos grupos de Al Qaeda, y fueron los primeros en culpar de sus propias atrocidades al Ejército.

Vamos a considerar algunas de las principales acusaciones contra el Ejército Árabe Sirio. En mayo de 2012, días antes de una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dispuesta a debatir una posible intervención en Siria, hubo una terrible masacre de más de 100 aldeanos en Houla. Los gobiernos occidentales inmediatamente culparon al Gobierno de Siria, que a su vez acusó a los terroristas apoyados desde el extranjero. Funcionarios occidentales al principio culparon de los bombardeos al Ejército, cambiando su historia cuando se descubrió que la mayoría había muerto a causa de las lesiones producidas en el ultimo trimestre. Un informe de la ONU (UNSMIS) fue dejado de lado, mientras que otro (Col), co-presidido por el diplomático estadounidense Karen Koning Abu Zayd, culparon a no identificados ‘matones’ pro-gubernamentales. No se dio ningún motivo.

Aunque la masacre de Houla no dio lugar a una intervención del estilo de Libia, debido a la oposición en la ONU de Rusia y China, la controversia generó ira en los autores de esta atrocidad. Periodistas alemanes y rusos, junto con la madre superiora de un monasterio, lograron entrevistar a los sobrevivientes que dijeron que un gran batallón Farouk, liderado por Abdul Razzaq Tlass, había superado a cinco pequeños puestos del ejército y masacrado a los habitantes del pueblo. La banda había buscado familias pro-gobierno y alauitas, junto con algunas familias sunnitas que habían tomado parte en las elecciones recientes.

Un año más tarde, un informe detallado e independiente (por Correggia, Embid, Hauben y Larson) documentó cómo se vio empañada la segunda investigación de la ONU sobre Houla (Col). En lugar de visitar Siria habían confiado en líderes de Farouk y sus asociados para ser vinculados a los testigos. Hicieron caso omiso de otra docena de testigos directos que contradecían la historia “rebelde”. En resumen, ellos trataron de enterrar a un verdadero crimen con los autores identificados y un motivo claro. Como Adam Larson escribió más tarde, la historia “oficial” de la masacre de Houla ha demostrado ser“extremadamente ambigua en el mejor de los casos y en el peor, un crimen bastante obvio de la Contra apoyada por Estados Unidos”.

Houla marcó la pauta para una serie de falsas demandas similares por masacres. Cuando 245 personas fueron asesinadas en Daraya (agosto de 2012), los informes de los medios de comunicación citando a “activistas de la oposición”, dijo que  “el ejército de Asad ha cometido una masacre”. Esto se contradice con el periodista británico Robert Fisk, quien escribió que el FSA había sacrificado rehenes que eran civiles secuestrados y soldados fuera de servicio, después de un fallido intento de intercambiarlos por prisioneros detenidos por el ejército.

Del mismo modo, cuando 120 campesinos fueron masacrados en Aqrab (diciembre de 2013) el titular del New York Times decía “los miembros de la secta de Asad culpados por asesinatos en Siria”. De hecho, como descubrió el periodista británico Alex Thompson, eran en realidad las víctimas las pertenecientes a la comunidad del Presidente (Alauitas). Quinientos alauitas habían sido capturados por los grupos del FSA durante nueve días antes de que las pandillas que huían asesinaran a un cuarto de ellos. Sin embargo, sin un examen minucioso, cada acusación parecía añadir otra mancha a la lista de crímenes del Ejército sirio, al menos para el público fuera de Siria.

Otra línea de ataque era que había habido bombardeos “indiscriminados” de áreas rebeldes, resultando en bajas civiles. La pregunta relevante era, ¿cómo desalojaron a grupos armados de los centros urbanos? Los interesados pueden ver algunos detalles de esto en la liberación de Qusayr, una ciudad cercana a la frontera libanesa que había sido ocupada por Farouk y otros grupos salafistas, incluidos los extranjeros. El Ejército llevó a cabo “ataques quirúrgicos”, pero en mayo de 2013, tras el fracaso de las negociaciones, se decidió el asalto sin cuartel. Lanzaron panfletos desde aviones, pidiendo a los civiles evacuar. Se dijo que los grupos anti-gobierno habían detenido a muchos evitándoles salir, mientras que un portavoz ‘activista’ afirmó que no había “ninguna salida segura para los civiles”. En la crítica oportunista, el Departamento de Estado norteamericano expresó “profunda preocupación” sobre el volanteo, afirmando que “ordenar el desplazamiento de la población civil ‘mostró claramente’ la brutalidad permanente del régimen”.

Como sucedió, el 5 de junio el ejército respaldado por Hezbollah, liberó Qusayr, echando a los remanentes del FSA Farouk y sus socios de Al Qaeda al Líbano. Esta operación, en principio, al menos, era lo que uno esperaría de cualquier ejército frente a los grupos terroristas incrustados en zonas civiles. En este punto, la guerra comenzó a darse vuelta decisivamene a favor de Siria.

Las acusaciones de ‘bombardeo indiscriminado’ recurren. En un interrogatorio oportunista, más de un año después, el periodista británico John Snow exigió a la asesora presidencial siria Dra. Bouthaina Shaaban por qué el Ejército sirio no había echado a E.I. de Aleppo? Unas cuantas preguntas más tarde atacó al Ejército por su bombardeo “indiscriminado” de esa misma ciudad. El hecho es que la mayoría de la lucha urbana en Siria es por las tropas sobre el terreno.

La atrocidad más altamente politizada fue el ataque químico de agosto de 2013, en la región de Ghouta Oriental, en las afueras de Damasco. El Gobierno sirio se había quejado durante meses de los ataques terroristas de gas y había invitado a los inspectores de la ONU a Damasco. A medida que llegaban los inspectores, los grupos ‘rebeldes’, publicaron en línea videos de niños muertos, culpando al gobierno sirio de una nueva masacre. El gobierno de EEUU y el grupo Human Rights Watch, con sede en Washington se apresuraron a ponerse de acuerdo. La investigación de los ataques químicos islamistas de la ONU fue dejada de lado y la atención se trasladó a los niños gaseados. Los medios de comunicación occidentales exigieron la intervención militar. Una gran escalada de guerra sólo fue desactivada por la intervención de Rusia y una propuesta que Siria hizo sobre su arsenal de armas químicas; una reserva que mantenía y nunca se había utilizado.

La saturación informativa del incidente de Ghouta Oriental llevó a muchos periodistas occidentales a creer que las acusaciones contra el gobierno sirio fueron probadas. Por el contrario, esas afirmaciones fueron demolidas sistemáticamente por una serie de informes independientes. Muy poco después, un periodista con sede en Jordania informó que los residentes en el área de Ghouta Oriental culpaban al “príncipe saudí Bandar… de proporcionar armas químicas a un grupo rebelde vinculado a Al Qaeda”. A continuación, un grupo sirio, encabezado por la Madre Agnes Mariam, proveyó un examen detallado de la evidencia del video, diciendo que los videos de masacres precedieron el ataque y utilizaron imágenes “actuadas” y “falsas”. Los informes detallados también vinieron de fuera de Siria.

El veterano periodista estadounidense Seymour Hersh escribió que las pruebas de inteligencia de Estados Unidos habían sido fabricadas para justificar un golpe contra Asad. Un grupo de abogados y escritores turcos, dijo que “la mayoría de los crímenes” contra los civiles sirios, incluido el ataque de Ghouta Oriental, fueron cometidos por “fuerzas rebeldes armadas de Siria”. El grupo ‘Liwa Al Islam’ del FSA, respaldado por los sauditas era el responsable más probable del ataque químico en Ghouta. Un informe posterior de la ONU no asignó culpa, pero confirmó que armas químicas se habían utilizado en al menos cinco ocasiones en Siria. En tres ocasiones se utilizaron “contra soldados y civiles”. Claramente se implicó entonces que se trataba de ataques contra el gobierno llevados a cabo por los rebeldes. Los investigadores del MIT (Massachusets Institute of Technology) Lloyd y Postol concluyeron que el gas sarín “no podría haber sido despedido… de la zona controlada por el Gobierno de Siria”.

A pesar del carácter definitivo de estos informes, combinados, ni el Gobierno de Estados Unidos ni Human Rights Watch se han retractado o disculpado por sus falsas acusaciones. De hecho, los informes del gobierno y los medios de comunicación occidentales repiten las afirmaciones como si fueran realidad, incluso enlistando falsamente, a veces, informes de la ONU como corroboración.

Tim Anderson y Bashar Al Asad
Tim Anderson y Bashar Al Asad

Cuando me reuní con el Presidente Asad, con un grupo de australianos, su actitud era totalmente coherente con la imagen pre-2011 del afable oftalmólogo. Él expresó su profunda preocupación por el impacto en los niños de ser testigo de atrocidades terroristas mientras los fanáticos gritaban ‘Dios es el más grande‘. El hombre no es ciertamente ningún bruto, a la manera de Saddam Hussein o George W. Bush.

El factor clave en la supervivencia de Siria ha sido la cohesión, la dedicación y el apoyo popular al Ejército. Los sirios saben que su Ejército representa la Siria pluralista y ha estado luchando contra el terrorismo sectario apoyado desde el extranjero. Este Ejército no se fracturó en líneas sectarias, como la Takfiris habían esperado, y las deserciones han sido pequeñas, ciertamente inferiores al 2%.

¿Ha cometido el Ejército abusos? Probablemente, pero principalmente contra los grupos armados. Existe alguna evidencia de la ejecución de terroristas extranjeros. Eso es sin duda un crimen, pero probablemente mantiene un buen grado de apoyo popular en Siria al momento. El principal obstáculo para este tipo de abusos parece ser la orden al ejército de ‘Mr Soft Heart’, de salvar la vida de los rebeldes sirios.

Sin embargo, a pesar de las repetidas afirmaciones por parte de islamistas sectarios y sus aliados occidentales, no hay pruebas convincentes de que el Ejército sirio ha bombardeado y gaseado civiles deliberadamente. Tampoco habría un motivo para ello. Tampoco el comportamiento de la gente en las calles apoya esta teoría. La mayoría de los sirios no culpan a su ejército por la horrenda violencia de esta guerra, sino más bien a los terroristas apoyados desde el extranjero.

Estos son los mismos terroristas respaldados por los gobiernos de EE.UU., Gran Bretaña y Francia, escondidos detrás de la hoja de parra del mítico ‘rebelde moderado’, mientras recitan su catálogo de acusaciones fabricadas.

El alto índice de participación (73%) en las elecciones presidenciales de junio, a pesar de la guerra, era por lo menos tan importante como el voto fuerte (88%) recibido por Bashar. Incluso la BBC no pudo ocultar las grandes multitudes que salieron a votar, sobre todo los que asediaron la embajada siria en Beirut.

Las tasas de participación son en ninguna parte en los EE.UU. tan cercanas; de hecho ningún líder occidental puede reclamar un mandato democrático tan fuerte como este ‘dictador’. El tamaño de la victoria de Bashar subraya una cruda realidad: nunca hubo un levantamiento popular contra este hombre; y su popularidad ha crecido.

Por Tim Anderson (Prof. titular de Economía Política en la Univ. de Sydney).
Traducción: Redacción Diario Sirio-Libanés

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El humilde Alfaquí

El humilde Alfaquí
El humilde Alfaquí

La media sonrisa con la que Hernando entregó las aceitunas a su madre no logró engañarla. Ella le acarició el cabello con dulzura, como hacía siempre que presentía su tristeza, y él, aún en presencia de sus cuatro hermanastros, la dejó hacer: eran escasas las ocasiones en que su madre podía demostrarle cariño y todas, sin excepción, se producían en ausencia de su padrastro. Brahim se había sumado sin dudarlo al rechazo de la comunidad morisca; su odio hacia el nazareno de ojos azules, el favorito de los sacerdotes cristianos, se había recrudecido a medida que Aisha, su mujer, paría a sus hijos legítimos. A los nueve años fue desterrado al cobertizo, con las mulas, y sólo comía en el interior de la casa cuando su padrastro estaba fuera. Aisha tuvo que ceder a los deseos de su esposo y la relación entre madre e hijo se desarrollaba a través de gestos sutiles cargados de significado.

Ese día la comida estaba preparada y sus cuatro hermanastros esperaban su llegada. Hasta el menor de ellos, Musa, de cuatro años, mostraba un semblante adusto ante su presencia.

—En el nombre de Dios, clemente y misericordioso —rezó Hernando antes de sentarse en el suelo. El pequeño Musa y su hermano Aquil, tres años mayor, le imitaron y los tres empezaron a coger con los dedos, directamente de la cazuela, los pedazos de la comida que había preparado su madre: cordero con cardos cocinados con aceite, menta y cilantro, azafrán y vinagre.

Hernando desvió la mirada hacia su madre, que los observaba recostada contra una de las paredes de la pequeña y limpia estancia que utilizaban como cocina, comedor y dormitorio provisional de sus hermanastros. Raissa y Zahara, sus dos hermanastras, se hallaban en pie junto a ella, a la espera de que los hombres terminasen de comer para poder hacerlo ellas a su vez. Él masticó un trozo de cordero y sonrió a su madre.

Tras el cordero con cardos, Zahara, su hermanastra de once años, trajo una bandeja de uvas pasas, pero Hernando ni siquiera tuvo tiempo de llevarse un par a la boca: un repiqueteo apagado, lejano, le obligó a erguir la cabeza. Sus hermanastros percibieron el gesto y dejaron de comer, atentos a su actitud; ninguno de los dos tenía la capacidad de prever con tanta anticipación la llegada de las mulas.

—¡La Vieja! —gritó el pequeño Musa cuando el sonido de la mula se hizo perceptible para todos. Hernando apretó los labios antes de volverse hacia su madre. Eran los cascos de la Vieja, parecía confirmar ésta con su mirada. Luego trató de sonreír, pero el gesto se quedó en una mueca triste, similar a la que esbozaba Aisha: Brahim volvía a casa. —Alabado sea Dios —rezó para poner fin a la comida y levantarse con fastidio.

Fuera, la Vieja, seca y enjuta, plagada de mataduras y libre de cualquier arreo, le esperaba pacientemente. —Ven, Vieja —le ordenó Hernando, y con ella se dirigió al cobertizo. El irregular sonido de los pequeños cascos del animal le siguió mientras rodeaba la casa. Una vez en el interior del cobertizo, le echó algo de paja y acarició su cuello con cariño. —¿Cómo ha ido el viaje? —le susurró mientras examinaba una nueva matadura que no tenía antes de partir. La observó comer durante unos instantes antes de echar a correr montaña arriba. Su padrastro le estaría esperando, agazapado, lejos del camino que venía de Ugíjar. Corrió largo rato campo a través, atento a no cruzarse con ningún cristiano. Evitó los bancales sembrados o cualquier otro lugar en el que alguien pudiera estar trabajando incluso a aquella hora. Casi sin aliento, llegó a un lugar rocoso y de difícil acceso, abierto a un despeñadero, desde donde distinguió la figura de Brahim. Era un hombre alto, fuerte, barbudo, ataviado con una gorra verde de ala muy ancha y una capa azul de medio cuerpo por la que asomaba una faldilla plisada que le cubría hasta la mitad de los muslos; llevaba las piernas desnudas y unos zapatos de cuero atados con correas. A primeros de año, cuando entraran en vigor las nuevas leyes, Brahim, como todos los moriscos del reino de Granada, debería sustituir aquellas vestiduras por atuendos cristianos. Al cinto, retando a las prohibiciones en vigor, brillaba un puñal curvo.

Tras el morisco, paradas una detrás de otra —ya que ni siquiera cabían por parejas en aquel estrecho saliente de la roca—, estaban las seis mulas cargadas. En la pared de la quebrada se atisbaban las entradas a unas pequeñas cuevas. Al avistar por fin a su padrastro, Hernando dejó de correr. El temor que siempre sentía ante su proximidad se agudizó. ¿Cómo le recibiría en esta ocasión? La última vez le abofeteó por haberse retrasado, aunque él había corrido a su encuentro sin entretenerse. —¿Por qué te detienes? —vociferó el morisco.

Aceleró los pocos pasos que les separaban, encogiéndose instintivamente al pasar junto a él. No se libró de un fuerte pescozón. Trastabilló hasta alcanzar la primera mula y se apostó a la entrada de una de las cuevas tras deslizarse de costado entre roca y mulas; en silencio, empezó a introducir en ella las mercancías que descargaba su padrastro de los animales. —Este aceite es para Juan —le advirtió entregándole una tinaja—. ¡Aisar! —gritó el nombre musulmán ante la duda que percibió en su hijastro—. Este otro para Faris. —Hernando ordenaba las mercancías en el interior de la cueva mientras se esforzaba por retener en la memoria los nombres de sus propietarios.

Cuando las mulas estuvieron medio descargadas, Brahim emprendió el camino de Juviles y el muchacho se quedó en la entrada de la cueva, recorriendo con la mirada la vasta extensión que se abría a sus pies, hasta la sierra de la Contraviesa. No permaneció mucho rato: conocía de sobra aquel paisaje. Se introdujo en la cueva y se entretuvo en curiosear las mercaderías que acababan de esconder y las muchas otras que se almacenaban allí. Centenares de cuevas de las Alpujarras se habían convertido en depósitos donde los moriscos escondían sus bienes. Antes de que anocheciera, los propietarios de aquellos productos pasarían por allí a recoger lo que les interesaba.

Cada viaje era igual. Antes de llegar a Juviles, viniera del lugar del que viniese, su padrastro soltaba a la Vieja y le ordenaba que fuera a casa. «Conoce las Alpujarras mejor que nadie. Llevo toda la vida en estos caminos y pese a ello, algunas veces me ha salvado de situaciones difíciles», acostumbraba a comentar el arriero. Ésa era la señal: la Vieja llegaba sola a Juviles y Hernando acudía de inmediato a las cuevas a reunirse con su padrastro. Allí dejaban la mitad de lo mercadeado y así los elevados impuestos que su padrastro tenía que pagar por los beneficios de su trabajo descendían a la mitad. Por su parte, los compradores hacían lo propio en aquella o en otras grutas parecidas con muchas de las mercancías que recogían de manos de Hernando antes de que llegaran a Juviles. Los innumerables arrendadores de diezmos y primicias, o los alguaciles que cobraban multas y sanciones, acostumbraban a entrar en las casas de los moriscos a cobrar y embargar cuanto encontraban en ellas, incluso aunque su valor fuera superior a lo adeudado. Después no daban cuenta del resultado de las subastas y los moriscos perdían así sus propiedades. Muchas eran las quejas que la comunidad había elevado al alcalde mayor de Ugíjar, al obispo e incluso al corregidor de Granada, pero todas caían en saco roto y los recaudadores cristianos continuaban robándoles impunemente. Por eso todos aplicaban el procedimiento ideado por Brahim.

Sentado con la espalda apoyada en la pared de la cueva, Hernando quebró una ramita seca y jugueteó distraídamente con los trozos; le aguardaba una larga espera. Observó las mercaderías amontonadas y reconoció para sí la necesidad de esos engaños; de no llevarlos a cabo, los cristianos los habrían sumido en la más absoluta pobreza. También colaboraba en la ocultación para el diezmo del ganado, de las cabras y ovejas. Pese a ser rechazado por la comunidad, él había sido elegido como cómplice. «El nazareno —alegó un morisco viejo— sabe escribir, leer y contar.» Así era: desde muy niño, Andrés, el sacristán, se había empeñado en su educación, y Hernando había demostrado ser un buen alumno. Era imprescindible llevar bien las cuentas para engañar al arrendador de diezmos del ganado que aparecía cada primavera.

El recaudador exigía que los animales fueran recogidos en un llano y obligados a pasar en fila de a uno por un estrecho corredor hecho con troncos. Cada diez animales, uno era para la Iglesia. Pero los moriscos aducían que las cabañas de treinta o menos animales no tenían que estar sujetas a diezmo, y que el correspondiente pago debía limitarse a unos cuantos maravedíes. Así que, cuando llegaba el momento, dividían de común acuerdo los rebaños en grupos de treinta o menos, un ardid que conllevaba luego muchas cuentas para poder recomponer los rebaños. Sin embargo, el coste de todas esas estratagemas había sido muy elevado para Hernando.

El muchacho lanzó violentamente contra la pared los trocitos de rama que tenía en la mano. Ninguno de ellos llegó a dar en la piedra y cayeron al suelo. Recordó la tarde en que había sido elegido para llevar a cabo el engaño. —Muchos de nosotros sabemos contar —se había opuesto uno de los moriscos cuando se propuso a Hernando para engañar al recaudador del diezmo del ganado—. Quizá no tan bien como el nazareno, pero. —Pero todos ellos, tú incluido, poseéis cabras u ovejas y eso podría crear desconfianzas —insistió el anciano que había propuesto el nombre del muchacho—. Ni Brahim, ni mucho menos el nazareno, tienen ningún interés en el ganado. —¿Y si nos denuncia? —saltó un tercero—. Pasa mucho rato con los curas. El silencio se hizo entre los presentes. —Descuidad. Eso corre de mi cuenta —aseguró Brahim. Esa misma noche, Brahim sorprendió a su hijastro en el cobertizo, mientras éste terminaba de acomodar a las mulas. —¡Mujer! —bramó el arriero.

Hernando se extrañó. Su padrastro estaba a un par de pasos de él. ¿Qué habría hecho mal? ¿Para qué llamaba a su madre? Aisha apareció por la puerta que daba al establo y se dirigió presurosa a donde estaban los dos, limpiándose las manos en un paño que llevaba a modo de delantal. Tal como llegó, antes incluso de que pudiera preguntar, Brahim giró sobre sí mismo y con el brazo extendido propinó un terrible revés al rostro de Aisha, que se tambaleó.

Un hilo de sangre corrió por la comisura de sus labios.

—¿Lo has visto? —gruñó hacia Hernando—. Cien como ésos serán los que recibirá tu madre como se te ocurra contarles algo a los curas acerca de los manejos de las cuevas o del ganado.

Hernando permaneció toda la tarde en la cueva, hasta que poco antes del anochecer llegó el último morisco. Por fin pudo bajar al pueblo para ocuparse de las mulas; había que curarlas de las rozaduras y comprobar su estado. Allí donde dormía, en una esquina resguardada de las cuadras, encontró un cazo con gachas y una limonada de las que dio buena cuenta. Terminó con los animales y abandonó velozmente el cobertizo.

Escupió al pasar por delante de la pequeña puerta de madera de la casa. Sus hermanastros reían en el interior. El vozarrón de su padrastro destacaba por encima del alboroto. Raissa le vio desde la ventana y le dedicó una sonrisa fugaz: era la única que a veces se apiadaba de él, aunque incluso esas escasas muestras de afecto, como las de Aisha, debían realizarse a espaldas de Brahim. Hernando aligeró el paso hasta que empezó a correr en dirección a la casa de Hamid.

El morisco, viudo, flaco y ajado, curtido por el sol y cojo de la pierna izquierda, vivía en una choza que había soportado mil reparaciones sin demasiado éxito. Aunque no sabía su edad, a Hernando le parecía uno de los más viejos del pueblo. Pese a que la puerta estaba abierta, Hernando la golpeó con los nudillos tres veces. —La paz —contestó Hamid a la tercera—. He visto regresar a Brahim al pueblo —añadió en cuanto el muchacho hubo traspasado el umbral.

Una humeante lámpara de aceite iluminaba la estancia, que era todo el hogar de Hamid, y pese a los desconchados de las paredes y las goteras que venían del terrado, la sala aparecía pulcra y limpia, como todas las habitaciones de las casas moriscas. La chimenea estaba apagada. El único ventanuco de la choza había sido cegado para que no cayese el dintel.

El muchacho asintió y se sentó en el suelo junto a él, sobre un almohadón raído. —¿Has rezado ya? Hernando sabía que se lo preguntaría. También sabía cuáles iban a ser la siguientes palabras: «La oración de la noche.» — es la única que podemos practicar con cierta seguridad — repetía siempre Hamid—, porque los cristianos duermen.

Si Andrés estaba empeñado en enseñarle las oraciones cristianas y a sumar, leer y escribir, el mísero Hamid, respetado como un alfaquí en el pueblo, hacía lo propio en cuanto a las creencias y enseñanzas musulmanas; se había impuesto esa tarea desde que los moriscos rechazaron al bastardo de un sacerdote, como si compitiese con el sacristán cristiano y con toda la comunidad. También le hacía rezar en los bancales, a resguardo de miradas indiscretas, o recitaban las suras al unísono mientras paseaban por las sierras en busca de hierbas curativas.

Antes de que contestara a la pregunta de Hamid, éste se levantó. Cerró y atrancó la puerta, y entonces ambos se desnudaron en silencio. El agua ya estaba preparada en unas vasijas limpias. Se colocaron en dirección a La Meca, la quibla. —¡Oh Dios, Señor mío! —imploró Hamid, al tiempo que introducía las manos en la vasija y se las lavaba tres veces. Hernando le acompañó en las oraciones e hizo lo propio en su vasija—. Con tu auxilio me preservo de la suciedad y maldad de Satanás maldito. Luego procedieron a lavarse el cuerpo tal y como era preceptivo: partes pudendas, manos, narices y cara, el brazo derecho y el izquierdo desde la punta de los dedos al codo, la cabeza, las orejas y los pies hasta los tobillos. Acompañaron cada ablución con las oraciones pertinentes, si bien en ocasiones Hamid dejaba que su voz se fuera convirtiendo en un murmullo casi inaudible. Era la señal del alfaquí para cederle la dirección de los rezos; el muchacho sonreía, y los dos proseguían el ritual con la vista perdida en dirección a la quibla. — que el día del Juicio me entregues.—oraba en voz alta el muchacho. Hamid entrecerraba los ojos, asentía satisfecho y se sumaba de nuevo a la letanía: —. mi carta en mi mano derecha y tomes de mí ligera y buena cuenta. Tras las abluciones iniciaron la oración de la noche inclinándose dos veces, agachándose hasta tocar las rodillas con las manos. —Alabado sea Dios. —empezaron a rezar al unísono.

En el momento de la prosternación, cuando se hallaban arrodillados sobre la única manta de la que disponía Hamid, con las frentes y narices rozando la tela y los brazos extendidos al frente, sonaron unos golpes en la puerta. Los dos enmudecieron, inmóviles sobre la manta. Los golpes se repitieron. Esta vez más fuertes. Hamid giró el rostro sobresaltado hacia el muchacho, para encontrarse con sus ojos azules que refulgían a la luz de la vela. «Lo siento», parecía decirle. Él ya era mayor pero Hernando. — Hamid, ¡abre! —se escuchó en la noche. ¿Hamid? Pese a su pierna lisiada, el morisco pegó un salto y se plantó ante la puerta. ¡Hamid! Ningún cristiano le hubiera llamado así. —La paz. El visitante pilló a Hernando todavía arrodillado sobre la manta, con los pulgares de los pies apoyados en ella. —La paz —le saludó el desconocido, un hombre bajo, moreno de piel, curtido por el sol y bastante más joven que Hamid.

—Éste es Hernando —le presentó Hamid—. Hernando, él es Ali,de Órgiva, el esposo de mi hermana. ¿Qué te trae por aquí a estas horas? Estás lejos de tu casa. —Por toda contestación, Ali señaló con el mentón a Hernando—. El chico es de confianza — aseguró Hamid—: tú mismo puedes comprobarlo.

Ali observó a Hernando mientras éste se incorporaba y asintió con la cabeza. Hamid indicó a su cuñado que se sentase y después lo hizo él: Ali sobre la manta, Hamid sobre su almohadón raído. —Trae agua fresca y algunas uvas pasas —le pidió éste a Hernando.

—En fin de año habrá mundo nuevo —auguró con solemnidad Ali sin esperar a que el muchacho cumpliera el encargo.

El cuenco con la veintena escasa de pasas que Hernando dejó entre los dos hombres no podía ser más que el resultado de las limosnas del pueblo hacia el alfaquí; en algunas ocasiones, él mismo le había llevado presentes de parte de su padrastro, al que nadie tenía precisamente por generoso. Hamid asentía a las palabras de su cuñado en el momento en que Hernando tomó asiento en una de las esquinas de la manta.

—Lo he oído —añadió.

Hernando los observó con curiosidad. Ignoraba que Hamid tuviera parientes, pero no era la primera vez que oía esas palabras: su padrastro no cesaba de repetir aquella frase, sobre todo al regreso de sus viajes a Granada. Andrés, el sacristán, le había explicado que era por la entrada en vigor de la nueva pragmática real, que obligaría a los moriscos a vestir como cristianos y a abandonar el uso de la lengua árabe.

—Ya hubo un intento fallido para el Jueves Santo de este año — prosiguió Hamid—, ¿por qué va a ser diferente ahora?

Hernando ladeó la cabeza. ¿Qué decía Hamid? ¿A qué intento fracasado se refería? —Esta vez saldrá bien —aseguró Ali—. En la ocasión anterior, los planes para la insurrección estuvieron en boca de todas las Alpujarras.

Por eso los descubrió el marqués de Mondéjar, y los del Albaicín se echaron atrás. Hamid le instó a continuar. Hernando se irguió tan pronto escuchó la palabra «insurrección».

—En este caso se ha decidido que los de las Alpujarras no sepan lo que va a suceder hasta que llegue el momento de tomar Granada. Se han dado instrucciones precisas a los moriscos del Albaicín y se ha reunido en secreto a la gente de la vega, del valle de Lecrín y de Órgiva. Los casados se han ocupado de reclutar a los casados, los solteros a los solteros y los viudos a los viudos. Hay más de ocho mil personas dispuestas a asaltar el Albaicín. Sólo entonces se advertirá a los de las Alpujarras. Se calcula que la región podrá armar a cien mil hombres.

—¿Quién está detrás de la insurrección esta vez?

—Las reuniones se celebran en casa de un cerero del Albaicín llamado Adelet. Asisten los que los cristianos llaman Hernando el Zaguer, alguacil de Cádiar, Diego López, de Mecina de Bombarón, Miguel de Rojas, de Ugíjar, y también Farax ibn Farax, el Tagari, Mofarrix, Alatar… Con ellos están bastantes monfíes. —prosiguió Ali.

—No me fío del todo de esos bandidos —le interrumpió Hamid. Ali se encogió de hombros. —Bien sabes —les excusó— que muchos de ellos se han visto obligados a vivir en las montañas. ¡A nosotros no nos hacen nada! Tú mismo hubieras ido con ellos de haber. —Ali evitó mirar la pierna inútil de Hamid—. La mayoría se ha lanzado al bandidaje por iguales injusticias que las que se cometieron contra ti. Ali dejó la frase en el aire en espera de la reacción de su cuñado.

Hamid permitió que los recuerdos volaran durante unos segundos y frunció los labios en gesto de asentimiento.

—¿Qué injust.? —saltó Hernando. Pero calló ante el brusco movimiento de mano con que Hamid recibió su intervención. —¿Qué monfíes se unirán? —preguntó entonces el alfaquí. —El Partal de Narila, el Nacoz de Nigüeles, el Seniz de Bérch —Hamid escuchaba con aire pensativo, y Ali insistió—: Está todo estudiado: los del Albaicín de Granada están preparados para el día de Año Nuevo. En cuanto se alcen, los ocho mil de fuera de Granada escalarán, escalaremos las murallas de la Alhambra por la parte del Generalife. Utilizaremos diecisiete escaleras que ya se están confeccionando en Ugíjar y Quéntar. Yo las he visto: están hechas a base de maromas de cáñamo, fuertes y resistentes, con unos travesaños de madera recia por los que pueden subir tres hombres a la vez. Tendremos que ir vestidos a la usanza turca, para que los cristianos crean que hemos recibido ayuda de Berbería o del sultán. Las mujeres trabajan en ello. Granada no está preparada para defenderse. La recuperaremos en igual fecha que aquélla en la que se rindió a los reyes castellanos.

—¿Y una vez se haya tomado Granada?
—Argel nos ayudará. El Gran Turco nos ayudará. Lo han prometido.

España no puede soportar más guerras, no puede luchar en más sitios, pues ya lo hace en Flandes, en las Indias y contra los berberiscos y los turcos. —En esta ocasión Hamid alzó la mirada al techo. «Alabado sea Dios», murmuró—. ¡Se cumplirán las profecías, Hamid! —Exclamó Ali—. ¡Se cumplirán!

El silencio, sólo roto por la entrecortada respiración de Hernando, se apoderó de la estancia. El muchacho temblaba ligeramente y no cesaba de pasear la mirada de un hombre a otro.

—¿Qué queréis que haga? ¿Qué puedo hacer? —Preguntó de repente Hamid—. Soy cojo. — Como descendiente directo de la dinastía de los nasríes, los nazaríes, debes estar en la toma de Granada en representación del pueblo al que siempre ha pertenecido y al que debe seguir perteneciendo. Tu hermana está dispuesta a acompañarte.

Antes de que Hernando volviera a preguntar, casi puesto en pie, Hamid se volvió hacia él, asintió y alargó la mano hasta su antebrazo, en un gesto que pedía paciencia. El muchacho se dejó caer de nuevo sobre la manta, pero sus inmensos ojos azules no lograban desviarse del humilde alfaquí. ¡Era descendiente de los nazaríes, de los reyes de Granada!.

Referencia:
La mano de Fátima , de Ildefonso Falcones

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