Hürrem, la favorita del Sultán

La Esclava que se transformó en  Sultana del Imperio Otomano

El origen de Hürrem y sus primeros años en el Harén

Nadie conoce los orígenes de Roxelana ni su verdadero nombre. Roxelana surgió de fuentes occidentales. Ella es más comúnmente conocida como Hürrem Sultana, que significa “La que ríe”. Fuentes históricas afirma que su nombre era Aleksandra Lisowska y nació probablemente alrededor de 1504 en Rohatyn (pequeña ciudad al oeste de Ucrania, en el antiguo reino de Galitzia). También se afirma que ella era la hija de un sacerdote rutenio.

 Lo que se sabe es que fue comprada por el gran visir y mejor amigo de Suleiman, Ibrahim Pasha, y fue, a su vez, un regalo para el SultánRoxelana hizo lo mejor dada su situación. Superó grandes dificultades y se convirtió en la esposa de Suleiman. Daría al sultán seis hijos, uno de los cuales se convertiría en el próximo sultán. Era una mujer de gran belleza que se destacaba de la multitud por su pelo rojo llameante. Era inteligente y tenía una personalidad vibrante.

Suleimán alcanzaría el poder supremo del Imperio Otomano tras la muerte de su padre Selim I en el año 1520. En el momento de su ascensión el nuevo sultán se encontraba ya casado con Mahidevran Gülbahar, con quien tuvo 3 hijos; uno de ellos Mustafa estaba predestinado a ser el heredero del Imperio al ser el primogénito, pero la astucia de Hürrem cambiaría el destino sucesorio.

Pese a que el sultán tenía un numeroso Harén de concubinas y 2 esposas oficiales (Mahidevran y Gülfem Hatun), Suleimán fue atrapado en la red de seducción de Hürrem con quien establecería una intensa relación amorosa; la pasión o el deseo de poder llevaría a esta el solicitar su conversión al Islam, hecho que tenía importantes consecuencias ya que a partir de ese momento si Suleimán quería tener relaciones íntimas con ella, al ser ya musulmana, debería convertirla primero en su esposa, como así finalmente sucedió.

La mujer más poderosa del Imperio

Hürrem, como la esposa de Suleiman, era ahora la mujer más poderosa del Imperio Otomano. Ella dejó el palacio de Harem y se mudó a los aposentos del sultán en el Palacio de Topkapi.  Esto le dio la oportunidad de involucrarse en asuntos judiciales y estatales.  Cuando Hürrem se convirtió en su esposa, Suleimán liberó a todas sus concubinas y  casó a algunas de ellas con sus oficiales de alto rango.

Convertida al Islam, sería ya para siempre Hürrem sultana y pasaría a ser la favorita o “Haseki” del sultán; el hecho de que una concubina alcanzará tal rango, causó profundas críticas dentro de la corte de Topkapi al romper con esa decisión todas las tradiciones otomanas; pronto las envidias se agudizaron entre sus rivales de alcoba, hasta el punto de que Mahidevran acabaría por agredir a Hürrem hecho que provocó la ira del sultán y su caída en desgracia.

Aprovechando la tradición de que el príncipe heredero adquiriese experiencia actuando de gobernador en provincias, Solimán envió a Mustafá a la ciudad de Manisa, (normalmente en la corte otomana la madre del heredero acompañaba siempre a su hijo), hecho que allanó el camino de Hürrem, que comenzó a tener una importante influencia en las decisiones de estado hasta el punto que su figura fue analizada en profundidad por todos emisarios y embajadores extranjeros contribuyendo así a extender su fama. También se convirtió en una de las principales mecenas culturales del Imperio y pasó a controlar con rigor la vida del Harén de palacio.

No pasó mucho tiempo hasta que dio a luz a un hijo llamado Mehmed. Una de las razones por las que Hürrem fue favorecida por el sultán fue porque ambos amaban la poesía.  Suleiman escribiría más tarde el famoso poema a  su favorita:

“Trono de mi nicho solitario, mi riqueza, mi amor, mi luz de luna.

Mi amigo más sincero, mi confidente, mi propia existencia, mi sultán, mi único amor.

El más bello entre los hermosos …

Mi primavera, mi amor alegre, mi día, mi amor, la risa de la hoja …

Mis plantas, mi dulce, mi rosa, la única que no me angustia en este mundo …

Mi Estambul, mi Caraman, la tierra de mi Anatolia

Mi Badakhshan, mi Bagdad y Khorasan

Mi mujer del cabello hermoso, mi amor de la frente inclinada, mi amor de ojos lleno de travesuras …

Cantaré tus alabanzas siempre

Yo, amante del corazón atormentado, Muhibbi de los ojos llenos de lágrimas, soy feliz “.

La leyenda negra de Hürrem

Hürrem daría 6 hijos a Solimán (Mehmed, Abdullah, Selim, Bayezid, Cihangir) y una hija (Mihrimah) pero pese a contar con el amor incondicional de Suleimán, ninguno podría acceder al trono por pleno derecho mientras Mustafá estuviera vivo. Este tema originó uno de los sucesos más oscuros de la vida de Hürrem, ya que su astucia y la de su yerno Rüstem Paşa, gran visir y esposo de Mihrimah, provocaron la injusta muerte de Mustafá quien fue ejecutado por orden de Suleimán al ser falsamente acusado de un intento de destronar a su padre.

También se difundieron rumores de que Hürrem había ejecutado al gran visir de Suleimán, Ibrahim, porque favorecía a Mustafa y Mahidevran en lugar de a Hürrem y sus hijos. Sin embargo, aunque a Hürrem no le gustó Ibrahim, es posible que no haya influido en Suleimán para ejecutarlo. El mal juicio de Ibrahim sobre la larga guerra contra los safávidas puede haber perdido el favor de Suleiman.  Una vez que Ibrahim cayó en desgracia, fue prescindible. Suleimán lo ejecutó porque no tenía ningún uso para él.

La muerte de Mustafá  provocó revueltas en Anatolia y en el seno del ejército, acabando con la influencia de Rüstem Paşa pero no la de Hürrem, quien a ojos del sultán no estuvo implicada y que indirectamente fue la gran beneficiada del suceso ya que sus hijos se ponían en primera línea sucesoria del trono y conseguía el destierro definitivo de Mustafá.

Madre del futuro Sultán

Tras la muerte de Mustafá, Selim, tercer hijo de Hürrem, se convirtió en el principal candidato a la línea de sucesión al trono del Imperio Otomano, dado que sus hermanos mayores Mehmed (el predilecto de Suleimán) y Abdullah, habían fallecido tiempo atrás.

Con todo, el camino de Selim se allanaría aún más con la muerte del joven Cihangir (algunas fuentes consideran que fue de tristeza por conocer el trágico destino de su hermanastro) y la de Bayezid, el cual, tras rebelarse a la decisión de Suleimán de destinarlo como gobernador de Amasya, fue derrotado en Konya por las tropas de Selim, para posteriormente refugiarse en el Imperio Safávida que lo acabaría devolviendo a Suleimán (tras aceptar por él valiosos regalos) para que este lo ejecutase.

Tras la muerte de Suleimán en el año 1566, Selim ocuparía el rango de sultán otomano, cumpliendo así el máximo anhelo de Hürrem de ver a uno de sus hijos como máximo dirigente del Imperio.

Como reina, Húrrem, dio dones generosos a los pobres. Ella construyó mezquitas, escuelas religiosas, casas de baños y lugares de descanso para los peregrinos que viajaban a La Meca.  También encargó a Mimar Sinan, uno de los mejores arquitectos del Imperio Otomano, que construyera la mezquita de Suleimán.  Sin embargo, su trabajo de caridad más famoso fue el Gran Waqf de Jerusalén, que se completó en 1541. Este fue un gran comedor de beneficencia que alimentó a los pobres y necesitados. Hürrem no vivió para ver  la ascensión de su hijo  Selim al trono.

Hürrem sigue siendo una de las figuras más controvertidas de la historia del Imperio Otomano. Muchos afirman que era una mujer intrigante y despiadada, que había ejecutado a cualquiera que se interpusiera en su camino. Sin embargo, sus obras filantrópicas hablan de una reina que cuida a los pobres y hambrientos. Al final, su legado como reina es casi tan elusivo como sus orígenes.

El templo donde descansan los restos de Hürrem está situado apenas a unos metros del lugar donde reposan los restos de Suleimán, el cual tiene eterno descanso en un mausoleo independiente; ambas tumbas, pese a ser relativamente discretas, son uno de los monumentos más visitados de Estambul.

Con información de: History of Royal Women

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Breve cuestionamiento sobre los Evangelios Apócrifos

Si he de ser sincero, tuve que recurrir al Diccionario de la Real Academia para conocer exactamente el significado de «apócrifo».

Había oído hablar de los Evangelios apócrifos. Pero no terminaba de entender por qué, precisamente, se les llamaba así.

He aquí lo que apunta el Diccionario Ideológico de la Lengua Española.

«Apócrifo: dícese de los libros de la Biblia que, aunque atribuidos a autor sagrado, no están declarados como canónicos.»

El problema empezaba a esclarecerse. Sin embargo, al leer lo de «canónicos» me entraron nuevas dudas. ¿Y qué es exactamente «canónico»? ¿Por qué unos libros están declarados como tales y otros no? ¿Qué criterio o valoración se había seguido para ello?.

La cosa era sencilla. «Canon» es «el catálogo de libros sagrados admitidos por la Iglesia Católica».

En realidad, la cuestión quedaba reducida a un único punto: ¿y qué criterio seguía la Iglesia Católica para decidir si un libro tenía carácter apócrifo o canónico?.

El asunto, según he podido comprobar, recibe una «larga cambiada» por parte de los teólogos y estudiosos de la Biblia con un planteamiento pleno de fe, pero disminuido en su carácter racional y científico.

«La Biblia, y por tanto los libros canónicos —dicen los expertos— está inspirada por Dios.»

Esto significa que todo cuanto hubiera podido ser escrito sobre Cristo —incluso en vida del Maestro—, pero que no fuera reconocido por los hombres que forman la Iglesia como «inspirado», no tiene el menor valor canónico.

El tema, cuando menos, se presta a discusión.

Y no es que yo dude del referido carácter divino de esos libros. Creo en Dios y considero que, efectivamente, puede ser. Pero si la propia Iglesia Católica reconoce que buena parte de esos Evangelios apócrifos fueron confeccionados por autores sagrados, ¿por qué no son incluidos en el «lote» bíblico? Y lo que es peor: ¿por qué durante siglos han sido perseguidos y condenados?.

Según la propia Biblioteca de Autores Cristianos —declarada de interés nacional—, «apócrifo», en el sentido etimológico de la palabra, significa «cosa escondida, oculta». Este término servía en la antigüedad para designar los libros que se destinaban exclusivamente al uso privado de los adeptos a una secta o iniciados en algún misterio. Después, esta palabra vino a significar libro de origen dudoso, cuya autenticidad se impugnaba.

Entre los cristianos —prosigue la BAC— se designó con este nombre a ciertos escritos cuyo autor era desconocido y que desarrollaban temas ambiguos, si bien se presentaban con el carácter de sagrados.

Por esta razón, el término «apócrifo» vino con el tiempo a significar escrito sospechoso de herejía o, en general, poco recomendable.

En algo tiene razón la Iglesia. No todo el «monte es orégano». Quiero decir que, con el paso del tiempo, han surgido tantas historias de la vida y milagros de Jesús que resulta laborioso separar el grano de la paja.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, la propia Iglesia Católica reconoce hoy el valor de algunos de estos textos —llamados, como digo, Evangelios apócrifos—, en los que se amplían o dan a conocer por primera vez algunos pasajes de la natividad, infancia y predicación del Señor.

El mismo san Lucas asegura que, ya desde el principio, muchos emprendieron el trabajo de coordinar la narración de las cosas que tuvieron lugar en tiempo de Jesús.

Esto resulta lógico y del todo humano. En realidad se venía haciendo desde hacía siglos con los grandes personajes griegos, romanos, sumerios, egipcios, etc. ¿Por qué no hacerlo con Jesús de Nazaret, hacedor de milagros, Hijo del Dios vivo, revolucionario para muchos y enfrentado a los Sumos Sacerdotes de Israel?.

Resulta igualmente verosímil que alguien tuviera la feliz iniciativa de relatar y dejar por escrito cuanto había hecho y dicho el Maestro. Esa idea —estoy seguro, como periodista que soy— debió florecer muy poco tiempo después de la muerte y resurrección del Cristo.

Parece claro que esa tarea de «reconstruir» la vida de Jesús fuera emprendida no sólo por los cuatro evangelistas oficialmente aceptados, sino por otros apóstoles, discípulos y «voluntarios» en definitiva.

Y ahí están los Evangelios apócrifos de Santiago, de Mateo, el Libro sobre la Natividad de María, el Evangelio de Pedro y el Armenio y Árabe de la Infancia de Jesús, entre otros, para ratificarlo.

Estos textos apócrifos son hoy reconocidos por la Iglesia Católica como parte de la Tradición. Y aunque, en efecto, hay pasajes en los mismos que resultan dudosos, otros, en cambio, coinciden entre sí y —a su vez— con los de los cuatro evangelistas… «titulados».

Esta situación, salvando distancias, me recuerda un poco la planteada en nuestros días.

En mis 20 años como profesional del periodismo he conocido a decenas de hombres y mujeres que, a pesar de no haber estudiado en la Facultad de las Ciencias de la Información y de no poseer, lógicamente, título alguno que les acreditase como periodistas, han demostrado y siguen demostrando que, a la hora de «hacer periodismo» son tan buenos o mejores que los «canónicos», si se me permite la licencia…

¿Qué quiero decir con todo esto?

Algo muy simple.

Estoy seguro que hubo otros cronistas —incluso apóstoles y discípulos de Cristo— que llevaron al papel un excelente trabajo sobre la vida y milagros del Maestro. Relatos, incluso, que pudieron servir de base en determinados momentos a los cuatro evangelistas «oficiales».

Hoy, esos textos —aparecidos en su mayor parte en los siglos II y IV— son considerados como «apócrifos».

En realidad, lo que les distancia y diferencia de los cuatro Evangelios canónicos no es otra cosa que lo ya apuntado anteriormente: el hecho de que «no han sido inspirados por Dios».

Y yo sigo preguntándome: ¿dónde está la prueba científica y palpable de esa «inspiración divina»? ¿Es que Dios ha vuelto a descender sobre el Sinaí para entregar el «catálogo» de los libros «canónicos», como si se tratara de un vendedor de libros a domicilio?

¿Hasta qué punto no se ha manipulado —por parte de los hombres que han formado la Iglesia— esa circunstancia de la «inspiración divina»?

¿Hasta qué punto no se han distorsionado las propias palabras de Jesús, con el fin de «arrimar el ascua a la sardina» de esa institución llamada Iglesia?…

Por J.J.Benítez

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Anofis y el Sultán

En la mañana del cinco de abril de 1564, una lujosa carroza otomana recorrió el mercado de Nilur, la capital de Nilidia, guiada por dos hermosas mujeres jinete ataviadas con túnicas blancas. Sólo ellas conocían la ruta, pues ésta cambiaba a cada momento, y el poderoso ocupante de la carroza sabía que no conseguiría arrebatarles nunca esa información, por mucho que las torturase. De modo que se dejó guiar, aunque eso le quemara por dentro.

La ironía del asunto fue que este extraño viaje no le condujo demasiado lejos, sino al propio corazón del mercado de Nilur, donde ese día había una gigantesca torre apuntando al cielo. Nunca había estado allí, eso era obvio, pero nadie parecía apercibirse. Era una estructura colosal, tallada en piedra, sin fisuras. De una altura mucho mayor que cualquier edificio de la ciudad, sin almenas ni ventanales, la apariencia externa era siniestra. Y sin embargo los prodigios no se quedaban ahí. Su superficie era mucho más lisa de lo que podría lograr nunca la técnica de los maestros constructores. Entonces, ¿qué mano podía ser responsable de algo así?

Las mujeres lo sabían, pero se limitaron a hacer un gesto para que les abrieran las enormes puertas de idéntica piedra negra, que curiosamente se movían con una ligereza extraordinaria.

La comitiva entró sin aspavientos, rodeada por un silencio absoluto. La sorpresa llegó al ver que en el interior de la torre no había nada, ni ocupantes, ni salas. Únicamente un vasto patio central y unos escalones de piedra tallados en la pared, ascendiendo en espiral hasta perderse en su altísima negrura. Las mujeres hicieron señas para que el gran invitado descendiese de su carroza y subiera por el tortuoso camino. Y éste accedió.

Su nombre en turco era Suleimän-i evvel, aunque todos le conocían como sultán Süleyman del Imperio Otomano, apodado por su gente «El Legislador», y por los occidentales «El Magnífico». Sus logros habían sido inmensos en sus setenta años de vida. Conquistó Hungría y Rodas, expulsando de esta última a los Caballeros Hospitalarios de San Juan, que tuvieron que establecerse en Malta. Invadió Persia y entró triunfante en Bagdad, proclamándose líder del mundo islámico. Estableció alianzas con Francia, sometió el Mediterráneo a su voluntad, ocupó Nápoles, Túnez y Argelia. Su poder era incontestable en medio mundo. Tan sólo el asedio de Viena había resultado infructuoso, pero incluso eso empezaba a solucionarse ya. El dios emperador Danaga, que cruzara armas con el propio Süleyman en esa batalla, ahora estaba muerto. Él y su maligna esposa, que tantos quebraderos de cabeza le habían dado en estos años. ¿Qué nombre era el que usaba Danaga en aquellos tiempos? Ah, sí… Gombuk. Maldito, maldito Gombuk.

Süleyman se frotó de manera automática la vieja cicatriz en el hombro. A veces aún le dolía, sobre todo por las noches. Maldito asedio de Viena, qué caro le había salido.

Llegó al término de la larga escalinata y salió a una amplia terraza sin protección. La parte superior de la torre estaba abierta al espacio vacío. Contempló desde allí el infinito mercado, sin que las voces de sus súbditos llegaran hasta él, y una vez más le parecieron hormigas. Ninguno se podía comparar a la magnificencia de un sultán. Ninguna vida sería jamás tan apasionante como la suya.

Una mujer le esperaba en la terraza. No era una mujer en realidad, sino una diosa de brillante piel negra y melena rizada que caía hasta el final de su espalda. No había ninguna ropa que cubriera su espectacular anatomía. Sus ojos eran del color de la miel, profundos como simas de las que ningún hombre podría salir cuerdo. Su boca era el refugio del pecado, la sinceridad y el abandono, y pocos de los que se habían abandonado en ella habían vivido para contarlo. Era el universo entero, era el mal y el bien encarnados. Era la bruja Anofis, y Süleyman la reconoció nada más verla, porque no podía existir nadie tan perfecto en toda la Creación.

—Ahora entiendo el poder que ejercéis sobre los hombres —comenzó el sultán—. Mi señora, si yo fuera apenas un poco menos anciano, también caería presa de vuestros encantos.

—Pero como no lo sois —respondió Anofis, con una voz tan dulce como un coro de ángeles—, os divertís manipulando a otras naciones, para que cumplan vuestra voluntad.

—¿Cómo? No os entiendo.

—La revuelta en las islas de Pago. Vos organizasteis la llegada de ese asesino, el Leopardo de las Nieves. Francia os lo envió con sus mejores deseos, y vos aceptasteis que matara en vuestro nombre, llevando a cabo la venganza que habíais planeado contra Danaga.

—Bueno… La reina Catalina tenía el deseo de agradarme. Busca aliados, y a mí no me parece mal serlo. ¿Es acaso eso un pecado?

—Pero vos sabíais que don Juan de Austria estaba de incógnito en Gadiro, y que bajo su mando había una flota de naves de los Caballeros de Malta. ¿No es así?

—Digamos… que mi red de espías trabaja bastante mejor de lo que piensan los cristianos.

—Entonces, ¿por qué permitir la revuelta? Danaga volvió a su trono en Pago y levantó en armas a los suyos. ¿Por qué lo aceptasteis? ¿Deseabais ser derrotado?

Süleyman paseó despreocupadamente por la terraza. En sus labios se empezaba a formar una débil sonrisa, mitad sarcástica y mitad cruel. Había logrado despertar la curiosidad de una diosa. Eso valía más incluso que la conquista de Rodas.

—Como bien sabéis, mi señora, fui educado desde la cuna para ser sultán. Mi padre, el gran Selim, que Allâh lo tenga en su gloria, me nombró gobernador de Estambul cuando apenas era un muchacho. Después también me encargó la gestión de Sarukhan y Edirne, y aprendí valiosas lecciones en todas ellas. Una vez mis hombres de confianza fueron asaltados por bandidos, cuyo ataque por sorpresa los humilló e incluso yo mismo di con mis huesos en tierra por su culpa. Estuve a punto de morir. Meses después descubrí que los bandidos habían sido pagados por mi padre, que deseaba darme una lección de humildad. Nada enseña más a un gobernante que darse cuenta de su propia debilidad. La humillación, la vulnerabilidad y la necesidad de pedir clemencia vuelven humanos a los más poderosos. Y os aseguro que eso es muy necesario en esta locura de vida.

—Por eso lideráis personalmente a vuestro ejército. Pocos monarcas lo hacen.

—Es una manera de compartir su dolor y sus victorias. ¿Por qué deberían sacrificarse por mí, si yo me quedara apoltronado en los sillones de mi palacio, contemplando el mundo desde Constantinopla y exigiendo que mis súbditos murieran en mi nombre?

—Y por eso decidisteis que vuestro hijo saliera derrotado en Pago.

—El príncipe Selim será sultán en breve. Soy consciente de que no me queda mucho tiempo de vida, e intento dejar todos los asuntos bien atados. Un día, dentro de poco, moriré, espero que en un campo de batalla y rodeado por los míos. Entonces lo único que le quedará al Imperio otomano serán las lecciones que haya aprendido mi hijo. Eso será lo que decida el destino de mis súbditos.

—Los ponéis a ellos por encima de vuestro propio hijo. No os importa que él sufra con tal de que el imperio se beneficie de un buen monarca.

—Me duele que sufra, por supuesto, soy su padre. Pero ¿qué clase de padre no desea que su hijo sea fuerte, resolutivo y de carácter forjado en las victorias y, sobre todo, en las derrotas? Ayer Selim temió por su vida y perdió una de las joyas de nuestro imperio. Eso jamás lo olvidará, y a partir de ello construirá su propio reinado, que no tendrá nada que ver con el mío. Creará su leyenda, y será un hombre poderoso por derecho propio.

—Dicen que los grandes líderes sienten mayor devoción por su pueblo que por sí mismos. En ese caso, vos seríais de los más grandes.

—Todos cumplimos con un deber que va más allá de nuestras personas. Vos también jugasteis un papel decisivo en esta trama.

—¿Yo?

—Por supuesto. Enviasteis a las amazonas awasii a pacificar Gadiro, pero sólo cuando la batalla estaba ya decantada en contra de Selim. No tomasteis verdadero partido, aunque hayáis pretendido aparentar que sí.

—Es posible.

—Y a la vez retuvisteis el brazo de Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago. Él había localizado al Leopardo de las Nieves y podría haber evitado que matase a Danaga, pero al final no apareció. Sé que os servía fielmente. ¿Dónde lo habéis retenido?

—En un callejón del puerto. Despertará en breve, sin que recuerde nada de lo que ha pasado.

—Entonces, ¿también os deberé a vos este favor?

—No, tranquilo. Mis actos obedecen a razones que ningún hombre puede entender.

—Sé que Viena, la hija de Danaga, fue hace tiempo líder de las amazonas awasii, igual que ahora lo es la dama Escila. ¿Puede que a vos os interese tener a ambas de vuestra parte, y con Danaga no hubierais podido obtener ese trato de favor?

—No insistáis. No podríais entenderme. Mi existencia está muy por encima de la vuestra.

—Entonces me marcho ya. Ha sido una charla agradable, mi señora. Dado que, por mi edad, no puedo ser vuestro amante, entiendo que desde hoy seremos enemigos, ¿no es así?

—En efecto. Yo represento a Nilidia, y Nilidia nunca se doblegará ante nadie. Llegará el día en que el pueblo no soportará más humillaciones, y os lo cobrará en sangre. Sería más sencillo si pudiera convertiros en mi esclavo, como con Hassan Tamuey.

—Y con el Leopardo de las Nieves. Su cuerpo ha desaparecido. Doy por hecho que lo tenéis vos, ¿no es cierto?

—Sí, es cierto.

—Pues entonces todo está claro. Vos seguiréis vuestras razones y yo las mías, y es fácil que eso nos vuelva a enfrentar. Hasta entonces, quedaos en vuestra torre vacía, que yo me marcharé a mi palacio en Constantinopla.

El sultán dio media vuelta y encaró la larga escalinata que llevaba otra vez al nivel del suelo. Justo antes de que la tomara, Anofis le dijo:

—Esta torre está amueblada con lo que cada uno lleva dentro, gran Süleyman. Hay mujeres que encuentran aquí el paraíso, y guerreros a los que ofrezco la paz. Si vos no habéis visto nada, es que no pertenecéis a este sitio. Marchaos y no regreséis nunca. No intentéis encontrar la ruta que lleva a esta torre, porque no existe tal ruta. Desde hoy seré vuestra enemiga, y me aseguraré de que muráis como habéis pedido, en batalla, pero de la forma más horrible que podáis imaginaros. Disfrutad de la vida. Al menos de lo que os quede.

Así fue como la entrevista terminó por completo. La bruja se quedó en su torre. Nilidia siguió siendo otomana, aunque un poco menos. Los piratas reinaron en Pago, aunque ya sin Danaga, y prepararon la mayor ofensiva contra el sultán que había contemplado nunca la historia.

Süleyman, por su parte, abandonó Nilidia para no volver jamás. Asedió Malta al año siguiente, pero todo fue un fracaso. Su sueño de conquistas empezaba a desmoronarse. Dos años después de su visita al mercado de Nilur, cayó en batalla junto a sus tropas, en Hungría, en el terrible sitio de Szigetvar. Murió en combate, como él deseaba, pero no por el combate, sino destrozado por un brote de peste que diezmó a su ejército, y desesperado por no llegar a ver la victoria final.

Exactamente como había predicho la bruja que moriría.

Nilidiam

 Por Gabriel Romero de Ávila

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