Hadices del Profeta Muhammad (s.a.s)-Aquel que tiene tres hijas…

Hadices del Profeta Muhammad (s.a.s)

Aquel que tiene tres hijas o hermanas, o quizás dos hermanas o dos hijas, y es compasivo y piadoso con ellas y se preocupa por ellas, educándolas, cuidándolas y favoreciendo que contraigan matrimonio, entrará en el Paraíso. (Abu Dawud, Adab, 130; Tirmizi, Birr, 13)

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Yo soy uno de los reyes del fin-Mahmud Darwish

Henri Emilien Rousseau: jinete árabe con un halcón (1926)

Yo soy uno de los reyes del fin. Salto de mi caballo en el último invierno. Soy el último suspiro del árabe.

No me asomo al arrayán sobre las azoteas y no miro a mi alrededor por si me ve aquí alguien que me conozca y sepa que he pulido el mármol de las palabras para que mi mujer atraviese descalza campos de luz. No me asomo a la noche para no ver una luna que iluminaba todos los secretos de Granada cuerpo a cuerpo.

No me asomo a la sombra para no ver  a alguien portando mi nombre y corriendo tras de mí: descárgame de tu nombre y dame la plata del álamo. No miro hacia atrás para no recordar que pasé por la tierra. No hay tierra en esta tierra desde que el tiempo se rompió en torno a mí, fragmento a fragmento.

No estaba enamorado para creer que las aguas eran espejos, como les dije a mis viejos amigos. Y no hay amor que interceda por mí.

Desde que he aceptado el pacto de paz no tengo presente para pasar mañana cerca de mi ayer. Castilla izará su corona sobre el alminar de Dios. Escucharé el tintineo de las llaves en la puerta de nuestra edad de oro. Adiós a nuestra historia. ¿Seré yo quien cerrará la última puerta del cielo?

Yo soy el último suspiro del árabe.

Mahmud Darwish


Mahmud Darwish nació en Birwa (Galilea) en 1942 y murió en Houston, Texas el 9 de agosto de 2008 . Su vida es un paradigma de la tragedia de su pueblo: nació en una aldea destruida por los israelíes cuando tenía seis años, y vivió la mayor parte de su vida en el exilio. Desde 1966 vivió en Ramallah, donde dirigió la revista literaria Al Karmel. Obtuvo, entre otros, los premios literarios : Lannan Cultural Frreedom Prize, 2001; y el premio Príncipe Claus de Holanda, 2004. Comenzó a escribir al tiempo que comenzó a militar en el Partido Comunista. Algunos de sus libros publicados son: Pájaro sin alas, Hojas de olivo, Enamorado de Palestina, 1966; Mi Fin de la noche, 1967; Los pájaros mueren en Galilea, 1970; Mi amada se despierta, 1970; Amarte o no amarte, 1972; Elogio de la alta sombra, 1983; Menos rosas, 1986; Once astros, 1992; Por qué has dejado el caballo solo, 1995; El lecho de una extraña, 1999; Mural, 2000.


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La leyenda de la copa de Alejandro

La verdad y la leyenda se funden muchas veces en los caminos de la historia. Alejandro Magno -el Gran Alejandro I de Grecia (356-323 a.C.)- era un joven , educado por Aristóteles, por quien sintió siempre una sincera gratitud. Soldado de gran intuición, cuya sin igual trayectoria guerrera nunca conoció la derrota, construyó un imperio como jamás lo imaginaron sus contemporáneos. Sus hazañas fueron de tales proporciones que por mucho tiempo -y aún hoy -se habla de ellas.

Tan grande ha sido Alejandro que varios historiadores han parangonado su aspecto, sus actitudes y su valor con ¡los del león! Tenía por costumbre, antes de cada enfrentamiento, arengar a sus hombres,  preocupados a veces por la abrumadora superioridad numérica de las fuerzas locales a las que siempre derrotó en su propio terreno. “La gloria os espera”, “El Olimpo es vuestro”, solía decirles. Confiaba en la victoria porque conocía a sus gladiadores y estaba convencido que nada podían las muchedumbres contra la inteligencia y su sed de triunfos; y cuando el resultado de la contienda era todavía incierto, con un golpe de audacia inclinaba la balanza de su lado.

Aunque los resultados positivos se vieron a veces favorecidos por un abanico de circunstancias concurrentes, fueron su valor y su capacidad como estratega los factores fundamentales de sus éxitos, éxitos que se convirtieron en un torbellino de tales proporciones que se puede hablar de un antes y un después de su paso por este tiempo.

Con Darío III, se respetaban, admiraban y odiaban. Por eso la lucha fue sin cuartel y se necesitaron dos recordadas batallas para que finalmente Alejandro se quedara con Persépolis, ciudad a la que sus propios soldados incendiaron durante la orgía que sucedió al triunfo, celebración que duró un día completo. Sin embargo Alejandro, luego de derrotar al gran enemigo en sus propias y hostiles tierras, donde pocos lo habían logrado antes, no se conformó con tan honroso triunfo. ¡Quería más! Ambicionaba aumentar sus dominios y su gloria. Por eso dirigió su ejército hacia más allá de la península arábiga, enfrentó a otros adversarios y fundó Alejandría, punto de encuentro entre el antiguo oriente y el nuevo occidente.

“Se cuenta que un día, allá por el Siglo IV a.C., Alejandro Magno, en su imparable marcha hacia Persépolis, la suntuosa e inexpugnable capital del grandioso Imperio Persa, sofocado por las altas temperaturas del desierto, tomó, imprudentemente, un baño en las frescas aguas del Nilo. Consecuencia: se enfermó. Los médicos no conocían la enfermedad y nada se atrevían a recetarle. Entonces Felipe de Acarnania, su antiguo amigo, preparó una poción a base de hierbas  que Alejandro se disponía a beber, cuando le llegó una carta de Parmenión, uno de sus más brillantes generales, vencedor de los Ilirios, advirtiéndole que desconfíe de Felipe el cual, en secreta inteligencia con los persas, trataría de envenenarlo para facilitar así la victoria de su Rey, el gran Darío III. Aunque Parmenión pesaba mucho en las decisiones de Alejandro, pudo más la fe que le tenía a su amigo de la infancia y, sin vacilar, bebió dócilmente de la copa que contenía la artesanal medicina. El Emperador se curó; la acusación resultó falsa. Y con su temeraria actitud, Alejandro dejó sentado que tenía plena confianza en los buenos amigos. Desde ese día La Copa de Alejandro pasó a ser un símbolo de la amistad”.

“Beber de la copa de Alejandro”

Se emplea la frase para aludir a la gran confianza que una persona  tiene en otra. Indica amistad y lealtad. Una frase acuñada por la historia, aunque sin rigor histórico, que perdura hasta nuestros días recordando un hecho símbolo de amistad.

Con información de: El Día

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