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Truman,Hiroshima,Nagasaki y el horror

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Hoy, a 70 años de la masacre, A. Wallace  se pregunta desde su espacio en la BBC, si era necesario lanzar la bomba atómica contra Hiroshima. Creo en verdad, que las palabras huelgan, la respuesta se abre paso entre los alaridos de horror de las víctimas, y las tibias condenas internacionales ante uno de los hechos más abominables, y probados, de la IIGM.

Con gran pesar debo dar crédito a los EEUU cuando aducen que no se debe dejar en manos de terroristas el armamento nuclear… ¿Quién mejor que ellos para entender del tema? Por algo han sido los primeros en idearlo, probarlo y fabricarlo a escala, y es de su autoría el primer acto terrorista y criminal perpetrado con armamento nuclear…y también el segundo…y los que siguieron, pero se siguen llenando la boca al hablar de crímenes de guerra y de la peligrosidad del mundo árabe!

Nuevamente estamos hablando de fuego, tragedia, masacre y dolor, al igual que en la nota del Talmud, y nuevamente estamos hablando de un descendiente de Abraham, en este caso Harry Salomon Truman, trigésimotercer (33) presidente de los EEUU, quien recién el 6 (Hiroshima) y 9 (Nagasaki) de Agosto de 1945, (aunque cambiando de víctima), pudo dar por sastifechos sus deseos de violencia y sangre que ya en 1918 dejara por escrito en su correspondencia privada, su pesar, según él, por el prematuro término de la Primera Guerra Mundial: “…Es una pena que no podamos entrar en Alemania y devastarla. Cortarle las manos a los críos alemanes. Y los pies a los viejos alemanes…”.

Como dice Daniel Jonah Goldhagen:

“Harry Truman fue un asesino en masa. Ordenó dos veces el lanzamiento de bombas nucleares contra ciudades japonesas. EE.UU. cometió un genocidio sobre los japoneses con las bombas atómicas de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, el 9 de agosto. Truman fue un asesino de masas por dos razones: 1: si la gente de mi país no reconoce ese genocidio como tal, demostraría lo poco que sabe esa lacra. Y 2: casi todos los países que han cometido genocidio han intentado encubrirlo, incluido Estados Unidos, donde sigue existiendo el mito de que esas bombas eran militarmente necesarias para salvar las vidas americanas. Y eso es algo sin sentido. Los japoneses se iban a rendir, y Truman lo sabía. Como también sabía Truman que cada una de esas bombas mataría a decenas de miles de civiles japoneses, que no tenían relación directa con operaciones militares de ningún tipo y que no suponían una amenaza inminente contra EE.UU. Truman decidió extinguir a 300.000 hombres, mujeres y niños.”

«Fue un acto de vandalismo sin sentido, un crimen de lesa humanidad. Debe ser calificado de este modo, a través de involucrar a todas las instituciones internacionales, la ONU incluida», aseguró el miembro del Comité parlamentario ruso de Defensa, Frants Klintsévich, según recoge ‘Rossiyskaya Gazeta’. Puntualizó que los bombardeos no fueron una necesidad bélica y que EE.UU. solo aprovechó la ocasión para intimidar a la URSS.


Los dos bombardeos mataron instantáneamente al menos a 129.000 personas. Sin embargo, el saldo final de las víctimas mortales no está claro a día de hoy. Se estima que en los primeros 2-4 meses posteriores, los agudos efectos de los ataques —mayormente, quemaduras y el síndrome de irradiación aguda— se cobraron entre 90.000 y 166.000 vidas en Hiroshima y entre 39.000-80.000, en Nagasaki. Las estimaciones de víctimas fatales de diferentes tipos de cáncer en los años posteriores suelen variar entre 565 y 1.900.

Mientras tanto, las autoridades locales dan un número total de bajas algo más alto, casi 450.000 personas: 286.818 en Hiroshima y 162.083 en Nagasaki, según las cifras del 2013. La gran mayoría población civil.

Ambas ciudades eran de carácter industrial, no tenían ningún centro militar administrativo, destacó Yuri Nikíforov, de la Academia rusa de las Ciencias Militares, al diario ‘Komsomólskaya Pravda’. Esta fue una de las razones porque prácticamente carecían de sistemas de defensa antiaérea, puntualizó.

Subrayó, además, que los bombardeos no causaron ningún daño real a las fuerzas militares japonesas. Las tropas terrestres no perdieron su capacidad bélica, ya que la mayoría de ellas todavía estaba fuera del país en aquel momento: en China nororiental, Corea y Vietnam, entre otros.

«Desde el principio, EE.UU. quería bombardear ciudades de tipo industrial y barrios residenciales. Querían ver las destrucciones que causaban y cómo quedarían las víctimas. No fue casualidad que en el bombardeo de Hiroshima, estuvieran otros aviones más: uno con científicos a bordo, y el otro, con camarógrafos. Otra motivación fue mostrar al mundo las pretensiones de EE.UU. para la gestión global en el mundo de postguerra, que EE.UU. ahora es el dueño del planeta», opinó Nikíforov.

«Los japoneses estaban listos para rendirse y no hacía falta golpearlos con esa cosa horrible», diría por ejemplo, años después, Dwigth Eisenhower, en aquel entonces máximo comandante de las fuerzas aliadas en Europa y eventual sucesor de Truman en la Casa Blanca.

Según la cifra del Instituto Estocolmo de Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés), para inicios del 2015, con todos los acuerdos de No Proliferación Nuclear vigentes en el siglo XXI, en el mundo hay un total aproximado de 15.850 armas atómicas repartidas entre nueve Estados: EE.UU., Rusia, Reino Unido, Francia, China, la India, Pakistán, Israel (aunque este no lo admite oficialmente) y Corea del Norte. 4.300 de estas armas están desplegadas en las fuerzas operacionales y aproximadamente unas 1.800 se mantienen en estado de alta alerta operacional.

Mark Selden, profesor de la Universidad de Cornell y editor de The Asia-Pacific Journal, sin embargo, también lamenta profundamente lo que considera es el mayor legado de Hiroshima: «Ese fue el inicio de lo que se convertiría en una forma muy estadounidense de guerrear en el período de post-guerra: el bombardeo de civiles, al tiempo que se lo niega».

Los veranos en Hiroshima era sofocantes y la mañana del 6 de agosto de 1945 no fue diferente de cualquier otra: calurosa y húmeda. Shinji Mikamo se había tomado el día libre de su trabajo como aprendiz de electricista en el ejército para ayudar a su padre a recoger las cosas de su casa, que estaba cerca de ser demolida.

Meses de ataques aéreos habían causado incendios devastadores en varias ciudades de Japón, por lo que el gobierno había decidido crear cortafuegos. La casa de los Mikamo fue una de las afectadas por la decisión. «Esto no tiene sentido», gruñó el padre de Shinji, Fukuichi.

Padre e hijo se pusieron a trabajar tras el desayuno típico en tiempos de guerra: mijo y semillas de avena.

Fukuichi miró el reloj de bolsillo que siempre cargaba consigo, un reloj redondo que encajaba perfectamente en la palma de su mano, la cubierta de plata desgastada por el uso. Eran las 7:45 de la mañana. Shinji se subió a la azotea para quitar las tejas de barro. Unos vecinos les habían ofrecido una habitación, pero no había baño. Necesitaban las tejas para hacer el techo de un cobertizo.

No había una sola nube en el cielo. Desde su punto de vista, Shinji le echó una mirada a la ciudad resplandeciente. Abajo, en el patio, Fukuichi le dijo a su hijo que no se durmiera. Shinji recuerda que cerca de las 8:15, él levantó su brazo izquierdo para secar el sudor en su frente, cuando repentinamente un destello cegador cubrió todo el cielo.

«De repente tenía frente a mí una gigantesca bola de fuego. Era al menos cinco veces más grande y 10 veces más brillante que el Sol. Venía directamente hacia mí, una poderosa llama de un notable color amarillo pálido, casi de color blanco».

«El ruido ensordecedor vino después. Estaba envuelto por el trueno más fuerte que jamás había escuchado. Era el sonido del universo en explosión. En ese instante sentí un dolor punzante que se extendió por todo mi cuerpo. Fue como si un balde de agua hirviendo hubiese sido arrojado sobre mi cuerpo y fregado mi piel».

Shinji fue arrojado a las tinieblas, enterrado bajo la casa como estaba. Reconoció la voz de su padre, que lo llamaba, cada vez más cerca. A pesar de tener 63 años, Fukuichi era un hombre fuerte y sacó a su hijo de entre los escombros y apagó las llamas en su cuerpo. El torso y el lado derecho del cuerpo de Shinji estaban totalmente quemados.

«Mi piel colgaba de mi cuerpo en pedazos como harapos», dice. La carne cruda por debajo era un extraño color amarillo, como la superficie del pastel dulce que su madre solía preparar.

«Mi padre y yo nos vimos el uno al otro», dice Shinji. La ciudad a su alrededor había desaparecido, reducida a cenizas y escombros. Shinji no podía entender lo que había sucedido. ¿Había estallado el Sol?


Alguna vez, Harry Salomon Truman escribió: «Mis vocaciones en la vida siempre fueron ser pianista de una casa de putas o ser político. Y para decir la verdad, ¡no existe gran diferencia entre las dos!», lo que sí queda claro, y en lo cual existe una diferencia sustancial es que, de haber sido lo primero, ¡hubiera causado mucho menos daño!. , No conozco la profesión de la madre, pero no me cabe duda de que él ha sido un verdadero ¡hijo de meretriz!, (con el perdón de las meretrices).

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Por Moro
Para Páginas Árabes

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Truman,Hiroshima,Nagasaki y el horror por Moro se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2015/08/07/trumanhiroshimanagasaki-y-el-horror.

GAZA

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En Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.

Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.

Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.

Son hijos de la impotencia, los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.

Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.

Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?

El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.

Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.

Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.

La llamada comunidad internacional, ¿existe? ¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?

Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad.

Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.

La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.

Por  Eduardo Galeano

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