Icono del sitio Páginas Árabes

Oasis de azúcar y miel – Los Buñuelos – (Zalabia)

La primera sociedad que consumió buñuelos fue la morisca. .Uno de los postres favoritos de los árabes que estaban aposentados en Granada, eran los buñuelos de aguamiel, una masa que se freía en aceite y posteriormente se bañaba en miel hirviendo.

Aún cuando el azúcar rivalizó durante mucho tiempo con la miel en la preparación de deliciosos postres, ésta continuó incorporándose a la gran variedad de exquisitas recetas; ciertamente el azúcar fue fundamental para el desarrollo de la repostería tradicional andalusí. La palabra azúcar proviene directamente del árabe as súkkar (con artículo) o súkkar (sin él), en castellano azúcar; valenciano, catalán y francés sucre; portugués açucar, y en italiano zucchero.

Como las especias, el azúcar tiene numerosas cualidades y ventajas, no siendo la menor de ellas su utilidad para mantener conservados durante algún tiempo unos alimentos tan frágiles y en principio perecederos como las frutas, que en tanta abundancia y variedad conocieron los árabes.

Actualmente se elaboran buñuelos de distintas formas y con distintas variantes, se aromatizan con limón, canela, vainilla… se rellenan de crema, frutas o simplemente los infla el viento.

En postres y dulces de extrema filigrana y exquisitez, los cocineros y cocineras árabes son los mejores del mundo . Su elaboración, lejos de ser una tarea insigne a manos de especialistas gastronómicos o grandes chefs del mundo de la restauración, es tan frecuente entre las clases populares que resulta fácil hallar una delicatesen como los buñuelos de almíbar en cualquier ágape que tenga reminiscencias exóticas de cocina mediterránea. También es recurrente encontrar todo tipo de postres y dulces en las panaderías árabes que proliferan en las distintas ciudades europeas Algunas referencias a la forma original de los buñuelos nos remiten a los antiguos romanos y que incluso , la palabra buñuelo, procede del romano «puñuelo», una especie de bola que amasaban con los puños. También hay quienes opinan que su origen es francés y que deriva de la palabra «beignet». Lo que sí se puede asegurar es que la tradición de los dulces comienza muy atrás en el tiempo, con los egipcios , dando cuenta de ello las muestras arqueológicas halladas en unas tumbas del Imperio Nuevo (1570 – 1069 a.C), donde se exhiben claramente unas escenas de elaboración de repostería.

Dentro de los oficios de al-Andalus estaba el de «freidor», que se dedicaba a la elaboración de los churros, porras, buñuelos o tejeringos y otros postres de sartén cocinados en un hirviente aceite de oliva y que vendían por las calles de la ciudad (esta tradición la heredarían los gitanos tras la expulsión morisca y aún hoy puede disfrutarse en la Feria de Sevilla).

 

Leer Más >>>


 

Y cuando llegó la 444ª noche …

Ella dijo:

«… Oye, hermano, ¿qué es lo mejor que hiciste durante tu estancia en la maravillosa Bagdad? Después de una pausa, contestó el otro: «¡Por Allāh! ¡he comido deliciosos buñuelos de miel y crema, que tanto me gustan! ¡Y ahí tienes lo mejor que hice en Bagdad!»

Entonces exclamó su interlocutor como venteando por el aire el olor de imaginarios buñuelos fritos en aceite y rellenos de crema y endulzados con miel: «Por el honor de los árabes, que ahora mismo me vuelvo a Bagdad para comer ese delicioso bocado que no probé en mi vida durante mis correrías por el desierto!». A la sazón, el beduino que ya había comido, buñuelos rellenos de crema y miel se despidió de su engolosinado compañero para seguir su camino, en tanto el otro, volviendo sobre sus pasos a Bagdad, llegaba al poste y descubría allí a Dalila atada por los cabellos y con los cinco hombres dormidos en torno suyo.

Al ver aquello, se aproximó a la vieja y le preguntó: «¿Qué te ocurre? ¿Y por qué estás ahí?» Ella dijo llorando: «¡Oh jeique de los árabes, bajo tu protección me pongo!» Dijo él: «¡No hay mayor Protector que Alah! Pero, ¿por qué estás atada a ese poste?» Ella contestó: «Has de saber, ¡oh jeique árabe! ¡oh honorabilísimo! que tengo por enemigo a un pastelero vendedor de buñuelos rellenos de crema y miel, que sin duda es el más reputado de Bagdad por lo a punto que confecciona y fríe esos buñuelos. Pues bien; para vengarme de una injuria que me había inferido, el otro día me acerqué a su mostrador y escupí en sus buñuelos. Entonces el pastelero fue a querellarse contra mí al walí el cual me condenó a estar atada a este poste y permanecer en él mientras no pueda comerme de una sentada diez bandejas enteramente llenas de buñuelos. Y mañana por la mañana es cuando deben presentarme las diez bandejas de buñuelos. Pero el caso es ¡por Alah! ¡oh jeique de los árabes! que a mi alma siempre la disgustaron todos los dulces, y principalmente es refractaria a los buñuelos rellenos de crema y miel. ¡Ay de mí!» Al oír estas palabras, exclamó el beduino: «¡Por el honor de los árabes! ¡no me separé de mi tribu y no volví a Bagdad más que para satisfacer mi deseo de buñuelos! ¡Si quieres, mi buena tía, yo me comeré por ti los de las bandejas!» Ella contestó: «¡No te dejarán, a no ser que estés atado en mi lugar a este poste! ¡Y como precisamente he llevado velado siempre el rostro, no me ha visto nadie ni sabrán adivinar el cambio! ¡No tienes más que trocar tus trajes por los míos después de desatarme!» El beduino, que no deseaba otra cosa, se apresuró a desatarla, y luego de cambiar de traje con ella, hizo que le atara al poste en lugar suyo, tras de lo cual, vestida con el albornoz del beduino y ceñida la cabeza con sus cordones negros de pelo de camello, la vieja saltó al caballo y desapareció en la lejanía camino de Bagdad.

Al día siguiente, cuando abrieron los ojos, los cinco recomenzaron con sus invectivas de la noche para dar los buenos días a la vieja. Pero les dijo el beduino: «¿Dónde están los buñuelos? ¡Mi estómago los anhela ardientemente!»

Al oír aquella voz, exclamaron los cinco: «¡Por Alah! ¡si es un hombre! ¡Y habla como los beduinos!»

Y el arriero saltó sobre sus pies y se acercó a él, y le preguntó: «¡Ya Badawi! ¿qué haces ahí? ¿Y cómo te atreviste a desatar a la vieja?»

El interpelado contestó: «¿Dónde están los buñuelos? ¡En toda la noche no he comido! ¡Sobre todo, no economicéis la miel! Ella, la pobre vieja, tenía un alma que aborrecía las confituras; pero a la mía le gustan mucho».

Al oír estas palabras, comprendieron los cinco que, como a ellos, también había chasqueado la vieja al beduino, y después de golpearse la cara con fuerza en su desesperación, exclamaron: «¡Nadie puede rehuír su Destino ni evitar que se cumpla lo que está escrito por Alah!»

Y mientras permanecían indecisos sin saber qué hacer, llegó el walí acompañado de sus guardias al paraje en que se encontraban y se acercó al poste. Entonces le preguntó el beduino: «¿Dónde están las bandejas con buñuelos de miel?» Al oír estas palabras, el walí alzó la vista hacia el poste y vió al beduino en lugar de la vieja; y preguntó a los cinco: «¿Qué es esto?»

Le contestaron: «¡Es el Destino!» Y añadieron: «La vieja se escapó embaucando a este beduino. Y a ti es ¡oh walí! a quien hacemos responsable ante el califa de su fuga; porque si nos hubieras dado guardias para vigilarla, no hubiera conseguido escaparse. ¡Nosotros no somos guardias, como tampoco somos esclavos a quienes se vende o se compra!»

Entonces el walí se encaró con el beduino y le preguntó qué había pasado; y éste, con un sin fin de exclamaciones de deseo, le contó su historia, y terminó diciendo: «¡Pronto, que me traigan los buñuelos!» Al oír tales palabras, el walí y los guardias lanzaron una carcajada considerable, mientras los cinco, con los ojos rojos de sangre y de venganza, le decían: «¡No nos separaremos de ti más que ante nuestro amo el Emir de los Creyentes!» Y acabando de comprender que se habían burlado de él, el beduino dijo igualmente al walí: «¡Yo a ti solo te hago responsable de la pérdida de mi caballo y de mi traje!» Entonces el walí se vio en la precisión de llevarlos con él a Bagdad, al palacio del Emir de los Creyentes, el califa Harún Al-Raschid

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.

 

Referencias

Las mil y una noches – Tomo III

Herencia de la cocina andalusí ,de Jorge Fernández Bustos y José Luis Vázquez González- Fundación Al-Ándalus

©2012-paginasarabes® 


Salir de la versión móvil