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Las Mil y Una Noches:El Corredor Nazareno

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas.

Relato del Corredor Nazareno:

«Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine a este país para un asunto comercial. Soy un extranjero a quien el Destino encaminó a tu reino. Porque yo nací en al ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y es igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fue corredor mi padre antes que yo.

Cuando murió mi padre ya había llegado yo a la edad de hombre. Y por eso fui corredor como él, pues contaba con toda clase de cualidades para este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.

Pero un día entré los días estaba yo sentado a la puerta del khan de los mercaderes de granos, y vi pasar a un joven, hermoso como la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco ensillado con una silla roja. Cuando me vio este joven me saludó, y yo me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: «¿Cuánto vale el ardeb de esta clase de sésamo?’ Y yo le dije: «Vale cien dracmas.» Entonces me contestó: «Avisa a los medidores de granos y ven con ellos al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás.» Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de sésamo.

Entonces me dirigí a todos los mercaderes de granos y les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por ardeb. Entonces me alegré sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fui en busca del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme, corrió a mi encuentro y me condujo a un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total a cincuenta medidas en ardebs. Y el joven me dijo: «Te corresponden por comisión diez dracmas por cada ardeb que se venda a cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil quinientos: En cuanto despache mis negocios, iré a buscarte para recoger esa cantidad.» Entonces yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Después le besé las manos y me fui.

Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipciós.

En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino a verme y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Y le contesté en seguida: «A tu disposición; helos aquí metidos en este saco.» Pero él me dijo: «Sigue guardándolos algún tiempo hasta que yo venga a buscarlos.» Y se fue y estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: «Aquí están a tu disposición. Helos aquí.» Después añadí: «¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo a comer conmigo un plato o dos, o tres o cuatro?» Pero se negó y me dijo: «Sigue guardando el dinero, hasta que venga a reclamártelo, después de haber despachado algunos asuntos urgentes.» Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y esperé su regreso.

Volvió al cabo de un mes, y me dijo: «Esta noche pasaré por aquí y recogeré el dinero.» Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta pasado un mes; mientras yo decía para mí: «¡Qué confiado es ese joven! En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como ésta.» Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:

¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!

¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!

¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!

¡Gloria, pues, a Alah, que realiza tales prodigios y forma sus criaturas a su deseo!

Y al verle, le besé las manos e invoqué para él todas las bendiciones de Alah, y le dije: «¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero.» Y me contestó: «Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe de despachar mis asuntos vendré a recogerlo.» Y me volvió la espalda y se fue. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para mí:- «¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy rico.»

Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de buena raza.

Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera en mi casa, a lo cual me contestó:: «No tengo inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no los saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa.» Y se echó a reír. Y yo hice lo mismo. Y le dije: «Así sea, y de muy buena gana.» Y le llevé a casa, y le rogué que se sentase, y corrí al zoco a comprar toda clase de víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel entre sus manos, y le invité a empezar, diciendo: «¡Bismnah!» Entonces se acercó a los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso a comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después nos sentamos a conversar.

Entonces le dije: «¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la manó izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?» Y al oirlo el mancebo, me miró y recitó estas estrofas:

¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma! ¡Conocerías mi mal!

¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuíl ¡Pero hace tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo inevitable no hay más que invocar la cordura!

Después sacó el brazo derecho de la manga del ropón, y vi que la mano estaba cortada, pues, aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé asombrado profundamente. Pero él me dijo: «¡No te asombres tanto! Y sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración a tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente.» Entonces le pregunté: «¿Y cuál fue la causa?» Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:

«Sabe que yo, soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar a la edad de hombre, pude oír los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y retuve en la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad.»

Pero en este momento el joven se echó a llorar y recitó estas estrofas:

¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!

¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que, pronunciadas por el sabio, son la perdición del sabio!

¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!

¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la única reina del mundo!

Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:

«Entré, pues, en El Cairo, y fui, al khan Serur, deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé para almacenarlas. Después di dinero a un criado para que comprase comida, y dormí un rato, y al despertarme, salí a dar una vuelta por Bain Al-Kasrein, regresando después al khan Serur, en donde pasé la noche.

Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de telas: «Voy a llevar esta tela al zoco y a enterarme de cómo van las compras.» Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama el kaisariat Guergués.

Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones a ofrecer mis géneros a los principales compradores de los zocos. Pero al volver me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo había pagado por ellas ni a los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y como no sabía qué hacer, el jeque principal de los corredores me dijo: «Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. vender al por menor tus mercaderías a los comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te producirá dos dracmas y a veces más. Y durante este tiempo tendrás ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo.»

Al oír estas palabras, dije: «Es en verdad una idea excelente.» Y en seguida reuní a los pregoneros y corredores y marché con ellos al khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron a la kaisariat. Y lo vendí todo al por menor a los mercaderes, después que se escribieron las cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de la kaisariat.

Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo allí tranquilo; sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de todas clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobré como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba a sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista. y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.

Y fue en mí una costumbre el ir a sentarme, ya en una tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato; almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé enseguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fui al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostani. Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora. Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó a mi lado en un taburete. Y el velo que le cubría la cabeza, y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó a Badreddín, que después, de corresponder a su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó a hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oír la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.

Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fue al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca, tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy a su gusto y a su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevó dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue a casa te enviaré el importe,» Pero el mercader le dijo: «¡0h mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he compromentido a pagarle hoy mismo;» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides. ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó: «Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró a. la cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.

Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté apresuradamente y le dije: «¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos.» Entonces ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo: «Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo.» Y se sentó en la tienda frente a mí. Entonces, volviéndome hacia Badreddin, le dije: «¿Cuál es el precio de esta tela?» Badreddin contestó: «Míl cien dracmas.» Y yo repuse: «Está bien, te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te de el precio por escrito.» Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y a cambio le di el precio por escrito, luego entregué la tela a la dama, diciéndole: «Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo pagarás cuando gustes. Y para ésto te bastará venir un día entre los días a buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una o en otra tienda. Y si quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te pertenece desde ahora.» Entónces me contestó: «¡Alah te lo premie con toda clase de favores! ¡Ojalá alcances todas las riquezas que me pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en corona de mi cabeza! ¡Así oiga Alah mi ruego!» Y yo le repliqué: «¡Oh señora mía, acepta, pues, esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego que me otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas.» Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de la cara y no dejaba ver más que los ojos.

Y vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada bastó para aturdirme, avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero ella se apresuró a bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: «¡Oh dueño mío, que no dure mucho tu ausencia, o moriré desolada!» Y después se marchó. Y yo me quedé solo con el mercader hasta la puesta del sol.

Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el sentido, dominado en absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y la violencia de este sentimiento hizo que me arriesgase a preguntar al mercader respecto a aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije: «¿Sabes quién es esa dama?» Y me contestó: «Claro que sí. Es una dama muy rica. Su padre fue un emir ilustre, que murió, dejándole muchos bienes y riquezas.»

Entonces me despedí del mercader y me marché, para volver al khan Serur, donde me alojaba y mis criados me sirvieran de comer; pero yo pensaba en ella, y no pude probar bocado. Me eché a dormir; pero el sueño huía de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.

Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso todavía que el de la víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen plato, y volví a la tienda del mercader, a quien hube de saludar, sentándome en el sitio de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar a la joven, acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el menor saludo de paz a Badreddin. Y con su voz tan dulce y su incomparable modo de hablar, me dijo: «Esperaba que hubieses enviado a alguien a mi casa para cobrar los mil doscientos dracmas que importa la pieza de seda.» A lo cual contesté: «¿Por qué tanta prisa, si a mí no me corre ninguna?» Y ella me dijo: «Eres muy generoso, pero yo no quiero que por mí pierdas nada.» Y acabó por dejar en mi mano el importe de la tela, no obstante mi oposición. Y empezamos a hablar. Y de pronto me decidí a expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento. Pero inmediatamente se levantó y se alejó a buen paso, despidiéndose por pura cortesía. Y sin poder contenerme, abandoné la tienda, y la fui siguiendo hasta que salimos del zoco. Y la perdí de vista, pero se me acercó una muchacha, cuyo velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: «¡Oh mi señor! Ven a ver a mi señora, que quiere hablarte.» Entonces, muy sorprendido, le dije: «¡Pero si aquí nadie me conoce!» Y la muchacha replicó: «¡Oh cuán escasa es tu memoria! ¿No recuerdas a la sierva que has visto ahora mismo en el zoco, con su señora, en la tienda de Badreddin?» Entonces eché a andar detrás de ella, hasta que vi a su señora en una esquina de la calle de los Cambios.

Cuando ella me vio, se acercó a mí rápidamente, y llevándome. a un rincón de la calle, me dijo: «¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu amor llenas todo mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni disfruto del sueño reparador, ni como, ni bebo.» Y yo le contesté: «A mí me pasa igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme.» Y ella dijo: «¡Ojo de mi vida!: ¿Vas a venir a mi casa, o iré yo a la tuya?» Yo repuse: «Soy forastero y no dispongo de otro lugar que el khan, en donde hay demasiada gente.. Por tanto, si tienes bastante confianza en mi cariño para recibirme en tu casa, colmarás mi felicidad.» Y ella respondió: «Cierto que sí pero esta noche es la noche del viernes y no puedo recibirte. Pero mañana después de la oración del mediodía, monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbania, y cuando llegues a él, averigua la casa de Barakat, el que fue gobernador, conocido por Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré esperando.»

Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví al khan Serur, en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al amanecer me apresuré a levantarme, y me puse un traje nuevo, perfumándome con los más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo. Salí del khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado Bab-Zauilat, alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: «Vamos al barrio de Habbania:» Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando a una calle llamada Darb Al-Monkari, y dije al burrero: «Pregunta en esta calle por la casa del nakib Aby-Schama.» El burrero se fue, y volvió a los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo: «Puedes apearte.» Entonces eché pie a tierra, y le dije: «Ve adelante para enseñarme el camino.» Y me llevó a la casa, y entonces le ordené: «Mañana por la mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al khan.» Y el hombre me contestó que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y cogiéndolo, se lo llevó a los labios y después a la frente, para darme las gracias, marchándose en seguida.

Llamé entonces a la puerta de la casa. Me abrieron dos jovencitas, y me dijeron: «Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente. No duerme par las noches a causa de la pasión que le inspiras.»

Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete puertas; y aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban a un inmenso jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales y de flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La casa era toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba la imagen de quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban cubiertos de oro y rodeados de inscripciones y dibujos de distintas formas. Todo su pavimento era de mármol muy rico y de fresco mosaico. En medio de la sala hallábase una fuente incrustada, de perlas y pedrería. Alfombras de seda cubrían los suelos; tapices admirables colgaban de los muros, y en cuanto a los muebles, el lenguaje y la escritura más elocuentes no podrían describirlos.

A los pocos momentos de entrar sentarme…

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y sé calló discretamente.

Pero cuando llegó la noche 26…

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader prosiguió así su historia al corredor copto del Cairo, el cuál se la contaba al sultán de aquella ciudad de la China:

«Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería, luminosa la cara y asesinos los negros ojos. Me sonrió, me cogió entre sus brazos, y me estrechó contra ella. Enseguida juntó sus labios con los míos. Y yo hice lo propio. Y ella me dijo: «¿Es cierto que te tengo aquí, o es un sueño? Yo respondí: «¡Soy tu esclavo!» Y ella dijo: «¡Hoy es un día de bendición! ¡Por Alah! ¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!» Yo contesté: «Y yo igualmente.» Luego nos sentamos, y yo, confundido por aquel modo de recibirme, no levantaba la cabeza.

Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos exquisitos: carnes asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos comimos hasta saciarnos, y ella me ponía los manjares en la boca, invitándome cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes, Después me presentaron el jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y ella también, y nos perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos sentamos para departir.

Entonces ella empezó a contarme sus penas, y yo hice lo mismo. Y con esto me enamoré todavía más. Y enseguida empezamos con mimos y juegos. Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Y lo demás, con sus pormenores, pertenece al misterio.

A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente debajo de la almohada el bolsillo con los cincuenta dinares de oro, me despedí de la joven y me dispuse a salir. Pero ella se echó a llorar, y me dijo: «¡Oh dueño mío! ¿cuándo volveré a ver tu hermoso rostro?» Y yo le dije: «Volveré esta misma noche.»

Y al salir encontré a la puerta el borrico que me condujo la víspera; y allí estaba también el burrero esperándome. Monté en el burro, y llegué al khan Serur, donde hube de apearme, y dando media dinar de oro al burrero, le dije: «Vuelve aquí al anochecer.» Y me contestó: «Tus órdenes están sobre mi cabeza.» Entré entonces en el khan y almorcé. Después salí para recoger de casa de los mercaderes el importe de mis géneros. Cobré las cantidades, regresé a casa, dispuse que preparasen un carnero asado, compré dulces y llamé a un mandadero, al cual di las señas de la casa de la joven, pagándole por adelantado y ordenándole que llevara todas aquellas cosas. Y yo seguí ocupado en mis negocios hasta la noche, y cuando, vino a buscarme el burrero, cogí cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo, y salí.

Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían limpiado, lavado el suelo, brillante la batería de cocina, preparados los candelabros, encendidos los faroles, prontos los manjares y escanciados los vinos y demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuanto te deseo!» Y después nos pusimos a comer avellanas y nueces hasta media noche, En la mañana me levanté, puse los cincuenta dinares de oro en el sitio de costumbre, y me fui.

Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve durmiendo. Al anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase la comida: un plato de arroz salteado con manteca y aderezado con nueces y almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego compré flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié á casa de mi amada. Y cogiendo cincuenta dinares; de oro, los puse en un pañuelo y salí. Y aquella noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito que sucediese.

Y siguiendo de este modo, acabé par arruinarme en absoluto, y ya no poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí que todo ello había sido obra del shaitán. Y recité las siguientes estrofas:

¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis empobrecerse y extinguirse sin gloria, como el sol que amarillea al ponerse!.

Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de todas las memorias ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreiría nunca!.

¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y a solas consigo mismo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!.

¡Oh, Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos, porque si cae en la miseria, hasta sus parientes renegarán de él!.

Y no sabiendo qué hacer, dominado por tristes pensamientos, salí del khan para pasear un poco, y llegué a la plaza de Bain Al-Kasrain, cerca de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba toda la plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la muchedumbre, y por decreto del Destino hallé a mi lado un jinete muy bien vestido. Y como la gente aumentaba, me apretujaron contra él, y precisamente mi mano sé encontró pegada a su bolsillo; y noté que el bolsillo contenía un paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la mano y saqué el paquetito; pero no tuve bastante destreza para que él no lo notase. Porque el jinete comprobó por la disminución de peso que le habían vaciado el bolsillo. Volvióse iracundo, blandiendo la maza de armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo, y me rodeó un coro de personas, algunas de las cuales impidieron que se repitiera la agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jinete: «¿No te da vergüenza aprovecharte de las apreturas para pegar a un hombre indefenso?» Pero él dijo: «¡Sabed todos que ese individuo es un ladrón!».

En aquel momento volví en mí del desmayo en que me encontraba, y oí que la gente decía: «¡No puede ser!. Esté joven tiene sobrada distinción para dedicarse al robo:» Y todos discutían sí yo habría o no robado, y cada vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado, por la muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no quería soltarme, cuando por decreto del Destido, acertaron a pasar por allí el walí y su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se aproximaron al grupo en que nos encontrábamos: Y el walí preguntó: «¿Qué es lo. que pasa?» Y contestó el jinete: ¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí a un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul con veinte dinares de oro, y entre las apreturas ha encontrado manera de quitármelo.» Y el walí preguntó al jinete: «¿Tienes algún testigo?» Y el jinete contestó: «No tengo ninguno.» Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de policía, y le dijo: «Apodérate de ese hombre y regístralo,»-Y el mokaden me echó mano, porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando por encontrar el bolsillo, que era efectivamente de seda azul. El walí lo cogió y contó el dinero, resultando que contenía exactamente los veinte dinares de oro, según el jinete había afirmado.

Entonces el walí llamó a sus guardias, y les dijo: -Traed acá a ese hombre.» Y me pusieron en sus manos, y me dijo: «Es necesario declarar la verdad. Dime si confiesas haber robado este bolsillo.» Y yo, avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento, diciendo entre mí: «Si digo que no he sido yo, no me creerán, pues acaban de encontrarme el bolsillo encima, y si digo que lo he robado me pierdo.» Pero acabé por decidirme, y contesté: «Sí, lo he robado».

Al verme quedó sorprendido el walí, y llamó a los testigos para que oyesen mis palabras, mandándome que las repitiese ante ellos. Y ocurría todo aquello en la Bab-Zauilat.

`El walí mandó entonces al portaalfanje que me cortase la mano, según la ley contra los ladrones. Y el portaalfanje me cortó inmediatamente la mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí e intercedió con el walí para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para infundirme aliento, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano, diciendo: «Eres un joven bien educado y no se hizo para ti el oficio de ladrón:» Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a aceptar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la manga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a consecuencia de lo ocurrido.

Sin darme cuenta, me fui hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me tendí extenuado en el lecho Pero ella, al ver mi palidez y mi decaimiento, me dijo: «¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?» Y yo contesté: «Me duele mucho la cabeza; no me encuentro bien.» Entonces, muy entristecida, me dijo; «¡Oh dueño mío, no me abrases el corazón! Levanta un poco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. ‘Porque adivino en tu rostro muchas cosas.» Pero yo le dije: «¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte.» Y ella, echándose a llorar, replicó: «¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no estás conmigo, como de costumbre!» Y derramó abundantes lágrimas mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer y nos presentaron los manjares, como solían. Pero yo me guardé bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me preguntase el motivo de ello. Y por tanto, exclamé: «No tengo ningún apetito ahora.» Y ella dijo: «Ya ves como tenía razón. Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y en el corazón.» Entonces acabé por decirle: «Te lo contaré todo, pero poco a poco, por partes.» Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: «¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas.» Y yo le dije: «Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano.» Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola con suavidad, y me dio de beber. Despues la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las lágrimas y rompí a llorar.

Y cuando ella me vio llorar, tampoco pudo contenerse, me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo, ¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! ¡Dime también por qué tomaste la copa con la mano izquierda.» Y yo le contesté: «Tengo un tumor en la derecha.» Y ella replicó: «Enséñamelo; lo sajaremos, y te aliviarás.» Y yo respondí: «No es el momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy resuelto a no sacar la mano.» Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el mismo sitio en que me hallaba, me dormí.

Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había preparado el almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante. De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme. Pero ella me dijo: «‘¿Adónde piensas ir?» Y yo contesté: «A cualquier sitio en que pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón.» Y ella me dijo: «¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!» Y yo me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me dijo: «Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arruinado. Además, adivino que tengo también la_ culpa de que hayas perdido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente.»

Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: «Sed testigos de mi casamiento con este joven. Vais a redactar el contrato de matrimonio, haciendo constar que me ha entregado la dote.»

Y los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les dijo: «Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es desde ahora propiedad de este joven. Y los testigos lo hicieron constar, y levantaron acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fueron después de haber cobrado sus honorarios.

Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente a un armario, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también y me dijo: «Mira lo que hay en esa caja.» Y al examinarla, vi que estaba llena de pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: «Todo esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fui aceptando de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corresponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi persona, pues no bastaría aunque para ello sacrificase mi alma.» Y añadió: «Toma posesión de tus bienes.» Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.

Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y siguió diciéndome las palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer por mí en comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo colmar cuanto había hecho, se levantó e inscribió a mi nombre todas las alhajas y ropas de lujo que poseía, así como sus valores, terrenos y fincas, certificándolo con su sello y ante testigos.

Y aquella noche, se durmió muy entristecida por la desgracia que me había ocurrido por su causa.

Y desde aquel momento no dejó de lamentarse y afligirse de tal modo, que al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento, que se fue acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió a los cincuenta días.

Entonces dispuse todos los preparativos de los funerales, y yo mismo la deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas ceremonias preceden al entierro. Al regresar del cementerio entré en la casa y examiné todos sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había dejado grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya venta te encargué, ¡oh mi señor! por lo cual te aviniste a aceptar un escaso corretaje, muy inferior a tus méritos.

Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran indispensables para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de cobrar todo el dinero y arreglar otras cosas.

Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que quiero ofrecerte, ¡oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas a compartir tus manjares! Me harás un favor aceptando todo el dinero que has guardado y que cobraste por la venta del sésamo.

Y tal es mi historia y la causa de que coma siempre con la mano izquierda.»

Entonces, yo, ¡oh poderoso rey! dije, al joven: «En verdad que me colmas de favores y beneficios» Y me contestó: «Eso no vale nada. ¿Quieres ahora, ¡oh excelente corredor! acompañarme a mi tierra, que, como sabes, es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géneros en El Cairo, y pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad: ¿Quieres ser mi compañero de viaje y mi socio en las ganancias?» Y contesté: «Pongo tus deseos sobre mis ojos.» Y determinamos partir a fin del mes.

Mientras tanto, me ocupé en vender sin pérdida ninguna todo lo que poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad; y desde allí después de obtener ganancias cuantiosas y comprar otras mercancías, nos encaminamos a este país que gobiernas, ¡oh rey de los siglos!.

Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado de nuevo a Egipto, y me disponía a reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta aventura con el jorobado, debida a mi desconocimiento del país, pues soy un extranjero , que viaja para realizar sus negocios.

Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo más extraordinaria que la del jorobado.»

Pero el rey, contestó: «Pues a mi no me lo parece. Y voy a mandar que os ahorquen a todos, para que paguéis el crimen cometido en la persona de mi bufón, este pobre jorobado a quien matasteis.»

En este momento de su narración, Shahrazade vio aparecer la mañana; y se calló discretamente.

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Las Mil y Una Noches:Historia del Jorobado

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas.

Entonces Shahrazade dijo al rey Schahriyar:

«He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba a salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar a ella, al anochecer, encontraron en el camino a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reír al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder a esta oferta como era debido, uniéndose a ellos, y llegaron juntos a la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron a comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: «¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si no, no te suelto.»

Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar a este punto de su relato, vio Shahrazade, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces, su hermana la joven Dunyazad, le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!» Y Shahrazade respondió: «¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuacion, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?»

Y el rey Schahriyar dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.»

Después el rey Schahriyar acogió a Shahrazade entré sus brazos hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fue a la sala de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó a juzgar y a despachar asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquel, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminadó el diván, el rey volvió a sus aposentos y fue en busca de Shahrazade.

Y cuando llegó la noche 25…

Dunyazad dijo a Shabrazade: «¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre y su mujer.» Y Shahrazade repuso: «¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.» Entonces el rey se apresuró a decir: «Puedes contarla.» Y Shahrazade dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vio morir de aquella manera al jorobado, exclamó: «¡Sólo Alah él Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido a morir precisamente entre nuestras manos!» Pero la mujer replicó: «¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?

¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acareará la pena y la zozobra?

¿No temes al fuego, puesto que vas a sentarte en él? ¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone a abrasarse?.

Entonces su marido le dijo: «No sé, en verdad, qué hacer.» Y la mujer respondió: «Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de, aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: «¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando a un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?»

Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer empezó a clamar: «¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la erupción?» Y al oírlos, decían los transeúntes: «Son un padre y una madre que llevan a un niño enfermo de viruelas.» Y se apresuraban a alejarse.

Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico, hasta que los llevaron a la de un médico judío. Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vio a aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y a la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo: «Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado a tu amo, rogándole que baje a ver al niño, porque está muy enfermo.»

Volvió a subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar a su marido, y le dijo: «Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos a escape.» Y el sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró a marcharse, seguido por su mujer.

En cuanto a la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le dijo: «Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie. Y cuando el médico judío vio el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró a levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para bajar. Y por esto tropezó con el jorobado, derribándole. Y muy asustado, al ver rodar a un hombre, le examinó en seguida,. y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su muerte. Y gritó entonces: «¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! Por las diez palabras santas!» Y siguió invocando a Harún, a Yuschah, hijo de Nun, y a los demás. Y dijo: «He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?» De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio a su habitación, donde lo mostró a su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: «¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos a llevarlo entre los dos a la azotea y desde allí lo echaremos a la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer.»

Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron a la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se, alejaron, descendiendo a su casa tranquilamente.

Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó a su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró a un hijo de Adán de pie en un rincón: junto a la pared de la cocina. Y el intendente, sorprendidísimo, exclamó: «¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí, que el ladrón que acostumbraba a robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Este es el que me roba la carne y la manteca, a pesar de que las guardo cuidadosamente por temor a los gatos y a los perros. Bien inútil habría sido matar a todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea.» Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca,, yéndose para el hombre, y le dio de garrotazos, y aunque le vio caer, le siguió apaleando. Pero como el, hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder!» Y después añadió: «¡Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así a este hombre. Y no sé qué hacer con él.» Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo: «¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!» Y como la noche se acababa, el intendente se echó a cuestas al jorobado, salió de su casa anduvo cargado con él, hasta que llegó a la entrada del zoco. Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto a una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fue.

Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó a pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam a bañarse. Su borrachera le incitaba a las cosas más curiosas, y se decía: «¡Vamos, que eres casi como el Mesías!» Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Pero de pronto vio al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese, quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada a la cabeza. Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dio un golpe tan violento en la nuca que lo hizo caer al suelo. Y en seguida empezó a dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretóndole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco y vio al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y a punto de ahogarlo. Y el guarda dijo:

¡Deja a ese hombre y levántate!», Y el cristiano se levantó. Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba tendido en el suelo, lo examinó, y vio que estaba muerto. Y gritó entonces: «¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear a un musulmán y matarlo? Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos a la espalda y le llevó a casa del walí. Y el nazareno, se lamentaba y decía: «¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar a ese hombre? ¡Y qué pronta ha muerto, sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.»

Llegados a casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que él walí se despertó por la mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referirlos por el guarda, del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar a muerte a aquel, nazareno que había matado a un musulmán. Y ordenó que el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y se llevasen a ella al sentenciado.

Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba a tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto a la horca, dijo al portaalfanje: «¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado a ese hombre!» Entonces el walí le preguntó: «¿Y por qué le mataste?» Y el intendente dijo: «Vas a saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí a cuestas y le traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio iba a ser causa de que matasen a este nazareno, después de haber sido yo quien mató a un musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!»

Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: «Ahora mismo ahorcarás a este hombre, que acaba de confesar su delito.»

Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó juntó al patíbulo, y lo iba a levantar en el aire, cuando de pronta el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo a voces al portaalfanje: «¡Aguarda! ¡El única culpable soy yo!» Y después contó así la cosa: «Sabed todos que este hombre me vino a buscar para consultarme, a fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé, con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino a mí solamente. Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el portaalfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vio llegar al sastre, que, atropellando a todo el mundo, dijo: «¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba a mi casa al anochecer. En el camino encontré a este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé a comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas„ y, cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca a este hombre y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos a casa del médico judío. Bajó a abrimos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos rápidamente. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él.»

Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: ¿No fue así?» El médico repuso: «¡Esa es la verdad!» Entonces, el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: ¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme a mí!»

El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: «En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros.» Después mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto a la horca, le echó la soga al cuello, y dijo: «¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!» Y agarró la cuerda.

¡He aquí todo, por el momento! En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: ¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba a ser ahorcado!, Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba a ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: «¡Yo soy el único que ha matado al jorobado!» «Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.»

Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó a un chambelán y le dijo: «Baja en seguida en busca, del walí y ordénale que, traiga a toda esa gente que está junto a la horca.»

Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el verdugo iba a éjecutar al sastre.» Y el chambelán gritó: «¡Detente!» Y en seguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado a oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.

Cuando el walí se presentó entre las manos del rey; se inclinó, y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.

El sultán, al oir tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó a los escribas de palacio que escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó a todos los presentes: «¿Habéis oído alguna vez historia semejante a la del jorobado?» Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: «¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, por que es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado.»

Y dijo el rey: «¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos!».

Entonces, el corredor nazareno dijo…

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