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Samarcanda: Poetas y Amantes VI

Dibujo de las Murallas de barro de la ciudad de Nishapur, en Jorasán, Irán, s. XIX
Dibujo de las Murallas de barro de la ciudad de Nishapur, en Jorasán, Irán, s. XIX


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Una mujer, un hombre, el pintor anónimo los ha imaginado de perfil, tendidos, abrazados; ha borrado las paredes del pabellón para prepararles un lecho de hierbas bordeado de rosas y que a sus pies corriera un riachuelo plateado. A Yahán la ha representado con los senos bien perfilados de una divinidad hindú. Omar le acaricia el cabello y con la otra mano sostiene una copa.

Todos los días, en palacio, se cruzan y evitan mirarse por temor a traicionarse. Cada noche Jayyám se apresura hacia el pabellón para esperar a su amada. ¿Cuántas noches les otorgará el destino? Todo depende del soberano. Cuando se marche, Yahán lo seguirá. Pero el príncipe no anuncia nada de antemano. Una mañana saltará sobre su caballo de batalla, nómada e hijo de nómada, y tomará el camino de Bujara, de Kix o de Penyikent; la corte perderá la cabeza por alcanzarlo. Omar y Yahán temen ese momento, cada beso tiene el sabor del adiós, cada abrazo es una huida sin aliento.

Una noche entre otras, aunque una de las más sofocantes del verano, Jayyám sale a la terraza del pabellón a esperar a Yahán; muy cerca de él le parece oír las risas de los guardias del cadí y se preocupa, aunque sin motivo, puesto que Yahán llega y le tranquiliza; nadie se ha dado cuenta de su presencia. Se besan primero furtivamente, luego con más insistencia, es su manera de terminar el día de los demás y de comenzar su noche.

—¿Cuántos amantes crees que habrá en esta ciudad que en este instante se encuentran como nosotros?

Es Yahán la que cuchichea con picardía. Omar se ajusta con aire docto su gorro de noche, hincha las mejillas y ahueca la voz:

—Veamos el asunto detenidamente: si excluimos a las esposas que se aburren, a las esclavas que obedecen, a las prostitutas que se venden o se alquilan, a las vírgenes que suspiran, ¿cuántas mujeres quedan, cuántas amantes irán esta noche al encuentro del hombre que han elegido? Igualmente ¿cuántos hombres duermen junto a la mujer que aman, una mujer sobre todo que se entregue a ellos por otra razón que no sea la de no poder evitarlo? Quién sabe… quizá no haya esta noche en Samarcanda más que una amante, quizá sólo haya un amante. Dirás, ¿por qué tú?, ¿por qué yo? Porque Dios nos ha hecho amantes como ha hecho venenosas a algunas flores.

El ríe, y ella deja correr las lágrimas.

—Entremos y cerremos la puerta, podrían oír nuestra felicidad.

Muchas caricias después, Yahán se incorpora, se cubre a medias y separa dulcemente a su amante.

—Tengo que confesarte un secreto. Me lo ha dicho la esposa de mayor edad del kan. ¿Sabes por qué está en Samarcanda?

Omar la interrumpe. Piensa que es algún cotilleo de harén.

—Los secretos de los príncipes no me interesan, queman los oídos de los que los oyen.

—Escúchame primero, ese secreto también nos pertenece puesto que puede cambiar completamente nuestra vida. Nasr Kan ha venido a inspeccionar las fortificaciones. Al final del verano, cuando la canícula haya pasado, espera un ataque del ejército selyuquí.

Jayyám conoce a los selyuquíes, pueblan sus primeros recuerdos de la infancia. Mucho antes de convertirse en los amos del Asia musulmana se habían adueñado de su ciudad natal, dejando por generaciones el recuerdo de un Gran Miedo.

Esto sucedía diez años antes de su nacimiento. Los habitantes de Nisapur se habían despertado una mañana con su ciudad totalmente rodeada por los guerreros turcos. A la cabeza de ellos dos hermanos, Togrul Beg «el Halcón» y Xagri Beg «el Gavilán», hijos de Mikael, hijo de Selyuq, por aquel entonces oscuros jefes de clan, nómadas recientemente convertidos al Islam. Los dignatarios de la ciudad recibieron este mensaje. «Se dice que vuestros hombres son altivos y que el agua fresca corre en vuestra ciudad por canales subterráneos. Si intentáis resistiros, vuestros canales pronto estarán a cielo abierto y vuestros hombres estarán bajo tierra.»

Fanfarronadas, frecuentes en el momento de los asedios. Sin embargo, los dignatarios de Nisapur se apresuraron a capitular a cambio de la promesa de que los habitantes salvarían la vida, sus bienes, sus casas y sus huertos, y sus canales serían respetados. Pero ¿qué valen las promesas de un vencedor? En cuanto la tropa entró en la ciudad, Xagri quiso soltar a sus hombres por las calles y en el bazar. Togrul se opuso alegando que estaban en el mes del Ramadán y no se podía saquear una ciudad del Islam durante el período de ayuno. El argumento surtió efecto, pero Xagri no depuso las armas. Únicamente se resignó a esperar que la población no estuviera ya en estado de gracia.

Cuando el conflicto que separaba a los dos hermanos llegó a oídos de los ciudadanos, cuando comprendieron que al comienzo del siguiente mes serían abandonados al pillaje, a la violación y a la matanza, vino el Gran Miedo. Peor que la violación es la violación anunciada, la espera pasiva, humillante, el monstruo ineluctable. Las tiendas se vaciaban, los hombres se escondían, sus mujeres y sus hijas los veían llorar de impotencia. ¿Qué hacer? ¿Cómo huir? ¿Por qué camino? El invasor estaba en todas partes, sus soldados de cabellos trenzados merodeaban por el bazar del Gran Cuadrado, por los barrios y los arrabales, por las inmediaciones de la Puerta Quemada, constantemente borrachos, al acecho de un rehén, de un botín, sus hordas incontroladas infestaban los campos vecinos.

¿No se desea de ordinario que el ayuno termine y llegue el día de la fiesta? Ese año se hubiera deseado que el ayuno se prolongara hasta lo infinito, que la fiesta de la Ruptura no llegara jamás. Cuando apareció el creciente del nuevo mes, nadie pensó en regocijos, nadie pensó en matar el cordero, la ciudad entera tenía la impresión de ser un gigantesco cordero cebado para el sacrificio.

Miles de familias pasaron la noche que precede a la fiesta, esa noche del Decreto en la que conceden todos los deseos, en las mezquitas y los mausoleos de los santos, refugios precarios; noche de agonía, de lágrimas y de oraciones.

Mientras tanto, en la ciudadela estallaba una tormentosa discusión entre los hermanos selyuquíes. Xagri gritaba que a sus hombres no se les había pagado desde hacía meses, que sólo habían aceptado luchar porque se les había prometido dejarles las manos libres en esa opulenta ciudad, que estaban al borde de la rebelión y que él, Xagri, no podría contenerlos por más tiempo.

Togrul hablaba otro lenguaje:

—Sólo estamos en la frontera de nuestras conquistas. ¡Quedan aún tantas ciudades que conquistar! Ispahán, Shiraz, Rayy, Tabriz ¡y otras mucho más allá! Si saqueamos Nisapur después de su rendición, después de todas nuestras promesas, ninguna puerta se abrirá ya ante nosotros, ninguna guarnición flaqueará.

—¿Cómo podríamos conquistar todas esas ciudades con las que sueñas si perdemos nuestro ejército, si nuestros hombres nos abandonan? Los más fieles ya se quejan y amenazan con hacerlo.

Los dos hermanos estaban rodeados de sus lugartenientes y de los ancianos del clan, y todos al unísono confirmaban las palabras de Xagri. Éste, envalentonado, se levantó decidido a terminar:

—Hemos hablado demasiado, voy a decir a mis hombres que se lucren con la ciudad. Si tú quieres retener a los tuyos, hazlo; cada uno con sus tropas.

Togrul no respondía, no se movía, atormentado por un penoso dilema. De pronto, saltó lejos de todos y se apoderó de un puñal.

A su vez Xagri había desenvainado. Nadie sabía si había que intervenir o, como de costumbre, dejar a los dos hermanos selyuquíes arreglar sus diferencias con la sangre, cuando Togrul gritó:

—Hermano, no puedo obligarte a obedecerme, no puedo contener a tus hombres, pero si los sueltas sobre la ciudad me clavaré este puñal en el corazón.

Y diciendo esto, apuntó el arma, cuya empuñadura sostenía con las dos manos, hacia su propio pecho. El hermano dudó poco; avanzó hacia él con los brazos abiertos y, después de un largo abrazo, prometió no contrariar más su voluntad. Nisapur se había salvado, pero nunca olvidaría el Gran Miedo del Ramadán.

Por Amin Maalouf

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Samarcanda: Poetas y Amantes V

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A las palabras del chambelán siguen murmullos, risas contenidas: todo un tumulto se produce entre los veinte poetas aproximadamente que esperaban su turno y algunos incluso dan dos pasos hacia atrás antes de eclipsarse discretamente. Sólo una mujer sale de la fila y se acerca con paso firme. Interrogado con la mirada por Omar, el cadí cuchichea:

—Una poetisa de Bujara; la llaman Yahán. Yahán, como el vasto mundo. Es una joven viuda con amores tumultuosos.

El tono es reprobador, pero el interés de Omar se agudiza aún más por ello y no puede apartar su mirada de Yahán. Ésta se ha levantado ya el velo dejando al descubierto unos labios sin afeites; declama un poema agradablemente compuesto en el que, cosa extraña, no se menciona ni una sola vez el nombre del kan. No, se elogia sutilmente el río Sogd que dispensa sus beneficios a Samarcanda tanto como a Bujara y va a perderse el desierto, ya que ningún mar es digno de recibir su agua.

—Has hablado bien. Que tu boca se llene de oro —dice Nasr, repitiendo la fórmula que le es habitual.

La poetisa se inclina sobre una gran bandeja de dinares de oro y comienza a introducirse las monedas en la boca una a una, mientras los asistentes las van contando en voz alta. Cuando Yahán reprime un hipo a punto de atragantarse, la corte entera, con el monarca a la cabeza, suelta la carcajada. El chambelán hace una seña a la poetisa para que vuelva a su sitio; se han contado cuarenta y seis dinares.

Sólo Jayyám no ríe. Con los ojos fijos en Yahán intenta comprender sus sentimientos hacia ella; su poesía es tan pura, su elocuencia tan digna, su intervención tan valiente… y sin embargo ahí está, atiborrada de metal amarillento, entregándose a esa humillante recompensa. Antes de bajarse el velo, lo levanta algo más, liberando una mirada que Omar recoge, aspira y quisiera retener. Instante inapreciable para la multitud y eternidad para el amante. El tiempo tiene dos caras, se dice Jayyám, tiene dos dimensiones; la longitud va al ritmo del sol, la densidad al ritmo de las pasiones.

El cadí interrumpe ese momento bendito entre todos; da unos golpecitos en el brazo de Jayyám, que se vuelve. Demasiado tarde, la mujer ha desaparecido, ya no es más que velos.

Abu Taher quiere presentar a su amigo al kan y guarda las formas:

—Vuestro augusto techo ampara en este día al sabio más grande de Jorasán, Omar Jayyám. Para él las plantas no tienen secretos, las estrellas no tienen misterio.

No es una casualidad que el cadí haya distinguido la medicina y la astrología entre las numerosas disciplinas en las que Omar destaca; siempre han gozado del favor de los príncipes, la primera por esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su fortuna.

El príncipe se muestra complacido, dice que se siente honrado, pero no está de humor para entablar una conversación erudita y, equivocándose aparentemente sobre las intenciones del visitante, juzga oportuno reiterar su fórmula preferida.

—¡Que su boca se llene de oro!

Omar está desconcertado y reprime un respingo. Abu Taher se da cuenta y se inquieta. Temiendo que una negativa ofenda al soberano, mira a su amigo grave e insistentemente y le empuja por los hombros. En vano, Jayyám ha tomado su decisión:

—Que Su Grandeza se digne excusarme, estoy en período de ayuno y no puedo llevarme nada a la boca.

—¡Sin embargo, el mes de ayuno se terminó hace tres semanas, si no me equivoco!

—En la época del Ramadán yo estaba de viaje de Nisapur a Samarcanda, por lo tanto tuve que suspender el ayuno, haciendo la promesa de recuperar más tarde los días perdidos.

El cadí se asusta, la asistencia se agita, el rostro del soberano es ilegible. Se decide por interrogar a Abu Taher:

—Tú que estás enterado de todas las minuciosidades de la fe, ¿puedes decirme si jawayé Omar rompería el ayuno por introducirse unas monedas de oro en la boca escupiéndolas enseguida?

El cadí adopta el más neutro de los tonos:

—Estrictamente hablando, lo que entra por la boca puede constituir una ruptura del ayuno. Y ha sucedido que se traguen una moneda por error.

Nasr admite el argumento, pero no se queda satisfecho e interroga a Omar:

—¿Me has dado la verdadera razón de tu negativa?

Jayyám duda un momento y luego dice:

—No es la única razón.

—Habla —dice el kan—, no tienes nada que temer de mí.

Entonces Omar pronuncia estos versos:

¿Es la pobreza lo que me ha conducido hasta ti?

Nadie es pobre si sabe conservar sus deseos sencillos.

No espero nada de ti, sino que me honres,

si sabes honrar a un hombre recto y libre.

—¡Que Dios ensombrezca tus días, Jayyám! —murmura Abu Taher para sí mismo.

No piensa lo que dice, pero su miedo es real. Aún resuena en sus oídos el eco de una demasiado reciente cólera y no está seguro de poder domar a la fiera una vez más. El kan permanece silencioso, inmóvil, como petrificado por una insondable deliberación; sus allegados esperan su primera palabra como un veredicto, algunos cortesanos prefieren marcharse antes de la tormenta.

Omar aprovecha el desconcierto general para buscar con los ojos a Yahán; está apoyada en una columna con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Será por él por quien ella también tiembla?

Al fin el kan se levanta. Camina resueltamente hacia Omar, le da un fuerte abrazo, le toma la mano y se lo lleva con él.

«El señor de Transoxiana», cuentan las crónicas, «tenía tal estima por Omar Jayyám que lo invitaba a sentarse cerca de él en el trono.»

—Ahora ya eres amigo del kan —lanza Abu Taher en cuanto abandonan el palacio.

Su jovialidad está a la medida de la angustia que ha secado su garganta, pero Jayyám responde fríamente:

—¿Has olvidado el proverbio que reza así: «El mar no tiene vecinos, el príncipe no tiene amigos»?

—No desprecies la puerta que se abre. ¡Tu carrera me parece trazada en la corte!

—La vida de la corte no es para mí; mi único sueño, mi única ambición es tener algún día un observatorio, con un jardín de rosas y contemplar el cielo hasta perderme en él, con una copa en la mano y una hermosa mujer a mi lado.

—¿Hermosa como esa poetisa? —ríe burlonamente Abu Taher.

Omar no tiene otra cosa en la mente, pero se calla. Teme traicionarse a la menor palabra que se le escape. Sintiéndose un poco frívolo, el cadí cambia de tono y de tema:

—Tengo que pedirte un favor.

—Eres tú quien me colma de favores.

—¡Lo admito! —concede rápidamente Abu Taher—. Digamos que quisiera algo a cambio.

Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.

—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de lbn Sina nadie los conoce mejor que tú?

Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

—Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.

—No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.

—¡Explícate!

—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat. ¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me hablen de verdad!

Se calla un instante, pero prosigue inmediatamente.

—Me he paseado por los alrededores de Samarcanda y he visto ruinas con inscripciones que nadie sabe ya descifrar, y me he preguntado: ¿Qué queda de la ciudad que antaño se elevaba aquí? No hablemos de los hombres, son las más efímeras de las criaturas, pero ¿qué queda de su civilización? ¿Qué reino ha subsistido, qué ciencia, qué ley, qué verdad? Nada. Por más que he rebuscado en esas ruinas, no he podido descubrir más que un rostro grabado en un cascote de cerámica y un fragmento de pintura en una pared. Eso es lo que serán mis miserables poemas dentro de mil años, cascotes, fragmentos, ruinas de un mundo enterrado para siempre. Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habrá posado sobre ella un poeta medio borracho.

—Comprendo tus palabras —balbucea Abu Taher un poco desconcertado—. Sin embargo, ¡no querrás dedicar a un cadí chafeíta unos poemas que huelan a vino!

De hecho, Omar sabrá mostrarse conciliador y, lleno de gratitud, aguará su vino, por decirlo así. Durante los meses siguientes comienza la redacción de un libro muy importante consagrado a las ecuaciones cúbicas. Para presentar la incógnita en ese tratado de álgebra, Jayyám utiliza el término árabe shay, que significa «cosa»; esta palabra, escrita xay en las obras científicas españolas, ha sido reemplazada progresivamente por su primera letra, «x», que se ha convertido en el símbolo universal de la incógnita.

Terminado en Samarcanda, el libro de Jayyám está dedicado a su protector:

«Somos víctimas de una época en la que los hombres de ciencia están desacreditados y muy pocos entre ellos tienen la posibilidad de consagrarse a una verdadera investigación… Los escasos conocimientos que tienen los sabios de hoy están dedicados a la persecución de fines materiales… Por lo tanto había perdido la esperanza de encontrar en este mundo a un hombre que estuviera interesado tanto por la ciencia como por las cosas del mundo y que se preocupara sinceramente por el destino del género humano, hasta que Dios me concedió la gracia de conocer al gran cadí, el imán Abu Taher. Sus favores me han permitido consagrarme a estos trabajos.»

Cuando esa noche vuelve al pabellón que le servirá de ahí en adelante de casa, Jayyám renuncia a llevarse una lámpara, pensando que es demasiado tarde para leer o escribir. Sin embargo, su camino está apenas iluminado por la luna, mortecina luz de cuarto creciente en ese fin del mes de xawwal. En cuanto se aleja de la villa del cadí, avanza a tientas, tropieza más de una vez, se agarra a los arbustos y recibe en plena cara la áspera caricia de un sauce llorón.

Apenas llega a su habitación, una voz, un dulce reproche:

—Te esperaba más temprano.

¿Es por haber pensado tanto en esa mujer por lo que ahora cree oírla? De pie, ante la puerta que cierra lentamente, busca con los ojos una silueta. En vano. Sólo la voz le llega de nuevo, audible pero como entre brumas:

—Guardas silencio, te niegas a creer que una mujer haya osado violar así tu habitación. En palacio nuestras miradas se cruzaron, un fulgor las unió, pero el kan estaba allí, y el cadí y toda la corte, y tu mirada huyó. Como tantos hombres, escogiste no detenerte. ¿Para qué desafiar al destino, para qué granjearte la ira del príncipe por una simple mujer, una viuda que sólo te aportaría como dote una lengua acerada y una dudosa reputación?

Omar se siente encadenado por alguna fuerza misteriosa y no consigue moverse ni despegar los labios.

—No dices nada —comprueba Yahán, irónica pero enternecida—. Mala suerte, continuaré hablando sola; por otra parte he sido yo la que hasta ahora ha hecho todo. Cuando abandonaste la corte hice algunas preguntas con respecto a ti, me enteré de donde vivías y dije que iba a alojarme en casa de una prima casada con un rico negociante de Samarcanda. Por lo general, cuando me desplazo con la corte suelo dormir con el harén; tengo allí algunas amigas que aprecian mi compañía y están ávidas de las historias que les cuento. No ven en mí a una rival, saben que no aspiro a convertirme en la mujer del kan. Habría podido seducirlo, pero he tratado demasiado a las esposas de los reyes para que me tiente semejante destino. ¡Para mí la vida es tanto más importante que los hombres! Ahora bien, mientras sea la mujer de otro o de nadie, el soberano consiente en que me exhiba en su diván con mis versos y mis risas. Si alguna vez pensara en casarse conmigo, empezaría por encerrarme.

Emergiendo con dificultad de su torpor, Omar no capta nada del discurso de Yahán y cuando se decide a pronunciar sus primeras palabras se dirige menos a ella que a sí mismo o a una sombra:

—Cuántas veces, adolescente, y más tarde, después de la adolescencia, me he cruzado con una mirada, con una sonrisa; por la noche soñaba que esa mirada se convertía en presencia, se hacía carne, mujer, deslumbramiento en la oscuridad. Y de pronto, entre las sombras de esta noche, en este pabellón irreal, en esta ciudad irreal, están aquí, mujer, bella, poetisa por añadidura, ofreciéndote a mí.

Ella ríe.

—¿Ofreciéndome? ¡Tú qué sabes! No me has rozado, no me has visto y sin duda no me verás, puesto que partiré mucho antes de que el sol me expulse.

En la densa oscuridad un largo y confuso frufrú de seda, un perfume. Omar contiene la respiración, su piel está alerta; no puede contener una pregunta con la ingenuidad de un colegial:

—¿Llevas aún tu velo?

—No llevo más velo que la noche.

Por Amin Maalouf


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Samarcanda: Poetas y Amantes V por Amin Maalouf se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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Samarcanda: Poetas y Amantes IV

Busto de Omar Khayyam en Nishapur
Busto de Omar Khayyam en Nishapur


Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes III


Los astrólogos lo han proclamado desde el alba de los tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la rebelión, Samarcanda, La Meca, Damasco y Palermo. Nunca se sometieron a sus gobernantes si no fue por la fuerza; nunca siguen el camino recto si no está trazado por la espada, y fue por la espada como el Profeta redujo la arrogancia de los habitantes de La Meca. ¡Y por la espada reduciré la arrogancia de la gente de Samarcanda!

Nasr Kan, Señor de Transoxiana, gesticula de pie ante su trono, gigante cobrizo cubierto de bordados; su voz hace temblar a allegados y visitantes, sus ojos buscan una víctima entre la asistencia, unos labios que osen estremecerse, una mirada insuficientemente contrita, el recuerdo de alguna traición. Pero, por instinto, cada cual se escurre detrás de su vecino, inclina su espalda, su cuello, sus hombros y espera a que pase la tormenta.

Al no encontrar una presa para sus garras. Nasr Kan toma a manos llenas sus ropajes de gala, se los quita uno tras otro, los tira al suelo furioso y los patea vociferando una sarta de improperios sonoros en su dialecto turco—mogol de Kaxgar. Según la costumbre, los soberanos llevan superpuestos tres, cuatro y a veces siete vestidos bordados de los que se van despojando a lo largo del día, depositándolos con solemnidad sobre la espalda de aquellos que desean honrar. Actuando como lo acaba de hacer, Nasr Kan ha manifestado su intención de no recompensar ese día a ninguno de sus numerosos visitantes.

Sin embargo, debería ser un día de festividades, como en cada visita del soberano a Samarcanda, pero la alegría se esfumó desde los primeros minutos. Después de haber remontado la carretera enlosada que sube desde el río Siab, el kan efectuó su entrada solemne por la puerta de Bujara, situada al norte de la ciudad. Por su amplia sonrisa, sus ojillos parecían más hundidos, más oblicuos que nunca y sus pómulos brillaban por los reflejos ámbar del sol. Y luego, súbitamente, su humor cambió. Se acercó a unos doscientos notables reunidos en torno al cadí Abu Taher y dirigió al grupo con el que se había mezclado Omar Jayyám una inquieta y aguda mirada, como recelosa. Al no haber visto, al parecer, a aquellos a quienes buscaba, encabritó bruscamente su cabalgadura con un seco tirón de las riendas y se alejó mascullando inaudibles palabras. Rígido sobre su yegua negra, no volvió a sonreír ni esbozó la menor respuesta a las repetidas ovaciones de los miles de ciudadanos congregados desde el alba para saludarle a su paso; algunos agitaban al viento el texto de una petición redactada por algún memorialista. En vano. Nadie osó presentarlo al soberano y se dirigían antes bien al chambelán, que se inclinaba cada vez para recoger las hojas sin dejar de murmurar vagas promesas de darles curso.

Precedido de cuatro jinetes que llevaban en alto los oscuros estandartes de la dinastía y seguido a pie por un esclavo con el torso desnudo que sostenía un inmenso quitasol, el kan atravesó sin detenerse las grandes arterias bordeadas de tortuosas moreras, evitó los bazares, cabalgó a lo largo de los principales canales de irrigación llamados ariks hasta el barrio de Asfizar, donde se había hecho acondicionar un palacio provisional a dos pasos de la residencia de Abu Taher. En el pasado, los soberanos residían en el interior de la ciudadela, pero los recientes combates la habían dejado en un estado de ruina extrema y hubo que abandonarla. Desde entonces sólo la guarnición turca levantaba allí a veces sus tiendas.

Al comprobar el mal humor del soberano, Omar había dudado de ir a palacio para presentarle sus respetos, pero el cadí le había obligado a ello, sin duda con la esperanza de que la presencia de su eminente amigo proporcionara una saludable diversión. Abu Taher se había creído en la obligación de aclarar a Jayyán lo que había sucedido: los dignatarios religiosos de la ciudad habían decidido no asistir a la ceremonia del recibimiento porque reprochaban al kan el haber ordenado incendiar hasta los cimientos la Gran Mezquita de Bujara, donde se había encerrado, armado, un grupo de la oposición.

—Entre el soberano y los hombres de religión — explica el cadí—, la guerra es ininterrumpida, de vez en cuando abierta, sangrienta, la mayoría de las veces sorda e insidiosa. Se contaba incluso que los ulemas habrían mantenido contactos con numerosos oficiales exasperados por el comportamiento del príncipe. Sus antepasados, se decía, comían con la tropa y no perdían ninguna ocasión de recordar que su poder reposaba en la bravura de los guerreros de su pueblo. Pero de una generación a otra los kanes turcos habían adquirido las desagradables manías de los monarcas persas. Se consideraban semidioses y se rodeaban de un ceremonial cada vez más complejo, incomprensible e incluso humillante para sus oficiales, con lo que muchos de éstos estaban en tratos con los jefes religiosos. No sin placer, les escuchaban vilipendiar a Nasr, acusarle de haberse alejado de los caminos del Islam. Para intimidar a los militares, el soberano reaccionaba con extrema dureza contra los ulemas. Su padre, un hombre piadoso sin embargo, ¿no había inaugurado su reino cortando una cabeza tocada con un gran turbante?

En este año de 1072, Abu Taher es uno de los escasos dignatarios religiosos que mantiene una estrecha relación con el príncipe, lo visita a menudo en la ciudadela de Bujara, su residencia principal, y lo recibe con solemnidad cada vez que se detiene en Samarcanda. Algunos ulemas ven con malos ojos su actitud conciliadora, pero la mayoría aprecia la presencia de ese intermediario entre ellos y el monarca.

Una vez más, el cadí va a desempeñar hábilmente ese papel de conciliador, evitando contradecir a Nasr y aprovechando la mínima mejoría de su humor para inducirle a sentimientos más bondadosos. Espera, deja que transcurran los minutos difíciles y cuando el soberano se ha sentado en el trono, cuando al fin lo ve con los riñones bien arrellanados en un mullido almohadón, comienza sutil e imperceptiblemente a enderezar la situación, observado con alivio por Omar. A una señal del cadí, el chambelán hace venir a una joven esclava que recoge los vestidos tirados por el suelo como cadáveres después de la batalla. De entrada, el aire se hace menos irrespirable, los presentes se desentumecen discretamente piernas y brazos y algunos se arriesgan a susurrar algunas palabras al oído del más próximo.

Entonces, adelantándose hacia el espacio despejado en el centro de la habitación, el cadí se coloca frente al monarca y baja la cabeza sin pronunciar una sola palabra. Tanto es así que al cabo de un largo minuto de silencio, cuando Nasr termina por lanzar, con un vigor teñido de hastío: «Ve a decir a todos los ulemas de esta ciudad que vengan al alba a prosternarse a mis pies; la cabeza que no se incline será cercenada; y que nadie trate de huir, porque no existe tierra fuera del alcance de mi cólera», todos comprenden que la tempestad ha pasado, que una solución está a la vista y que basta con que los religiosos se enmienden para que el monarca renuncie a castigar con rigor.

Por eso, al día siguiente, cuando Omar acompaña de nuevo al cadí a la corte, la atmósfera es irreconocible. Nasr está sentado en el trono, una especie de cama—diván, en alto, cubierto con un tapiz oscuro, cerca del cual un esclavo sostiene una bandeja con pétalos de rosa confitados. El soberano escoge uno, se lo pone sobre la lengua y lo deja deshacerse contra el paladar antes de tender la mano indolentemente hacia otro esclavo que le rocía los dedos con agua perfumada y se los seca con diligencia. El ritual se repite veinte, treinta veces mientras las delegaciones desfilan. Representan a los barrios de la ciudad, principalmente Asfizan, Panijin, Zagrimax, Maturid, las corporaciones de los bazares y las de los oficios, caldereros, comerciantes de papel, sericultores o aguadores, así como las comunidades protegidas, judíos, guebros y cristianos nestorianos.

Todos comienzan por besar el suelo, luego se levantan, saludan de nuevo con una prolongada zalema hasta que el monarca les da la señal de incorporarse. Entonces su portavoz pronuncia algunas frases y se retiran todos andando hacia atrás; en efecto, está prohibido volver la espalda al soberano antes de haber salido de la habitación. Una curiosa práctica. ¿La habría introducido un monarca demasiado cuidadoso de su respetabilidad? ¿Algún visitante particularmente desconfiado?

A continuación se acercan los dignatarios religiosos, esperados con curiosidad y también con recelo. Son más de veinte. Abu Taher no ha tenido dificultad en convencerlos de que vinieran. Desde el momento en que han manifestado ampliamente su resentimiento, perseverar por ese camino sería buscar el martirio, lo que ninguno de ellos desea.

Allí están, presentándose ante el trono e inclinándose lo más profundamente posible, cada uno según su edad y sus articulaciones, esperando una señal del príncipe para incorporarse. Pero la señal no llega. Pasan diez minutos. Luego veinte. Ni siquiera los más jóvenes pueden permanecer indefinidamente en una postura tan incómoda. Sin embargo, ¿qué hacer? Incorporarse sin haber sido autorizado a ello sería designarse para la venganza del monarca. Uno después de otro caen de rodillas, actitud igualmente respetuosa y menos agotadora. Sólo cuando la última rótula ha tocado tierra, el soberano hace la señal de levantarse y retirarse sin discurso. Nadie se asombra del cariz que han tomado los acontecimientos; es el precio que hay que pagar, está en el orden de las cosas del reino.

A continuación se acercan unos oficiales turcos y grupos de notables, así como algunos dihkans, hidalgüelos de los pueblos vecinos; besan el pie del soberano, su mano o su hombro, cada uno según su rango. Luego se adelanta un poeta y recita una pomposa elegía a gloria del monarca, quien pronto se muestra ostensiblemente aburrido. Le interrumpe con un gesto, hace una señal al chambelán para que se incline y le da la orden que debe transmitir.

—Nuestro señor hace saber a los poetas aquí presentes que está harto de oír repetir siempre los mismos temas y no quiere que se le siga comparando con un león, ni con un águila y aún menos con el sol. Que los que no tengan otra cosa que decir, se vayan.

Por Amin Maalouf


Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes V


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Samarcanda: Poetas y Amantes III

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes II

Esa noche, Omar intenta inútilmente conciliar el sueño en un mirador o pabellón de madera que se encuentra sobre una pelada colina en medio del gran jardín de Abu Taher. Cerca de él, en una mesa baja, cálamo y tintero, una lámpara apagada y su libro, abierto por la primera página, que sigue en blanco.

Al amanecer, una visión: una bella esclava le trae una bandeja con rajas de melón, un traje nuevo y una banda de turbante de seda de Zandán. Y un mensaje susurrado:

—El amo te espera después de la oración del alba.

El salón ya está lleno: demandantes, pedigüeños, cortesanos, allegados, visitantes de toda condición y entre ellos el estudiante de la cicatriz, que sin duda ha venido para saber noticias. Cuando Omar cruza la puerta, la voz del cadí le convierte en blanco de miradas y murmullos:

—Bienvenido sea el imán Omar Jayyám, el hombre al que nadie iguala en el conocimiento de la tradición del Profeta, la referencia que nadie discute, la voz que nadie contradice.

Uno después de otro los visitantes se levantan, esbozan una zalema y mascullan alguna fórmula antes de volver a sentarse. Con una furtiva mirada, Omar observa al de la cicatriz, que parece ahogarse en su rincón, refugiado sin embargo en una mueca tímidamente burlona.

Con la mayor ceremonia del mundo, Abu Taher ruega a Omar que tome asiento a su derecha, obligando a sus vecinos a apartarse solícitamente. Luego continúa.

—Nuestro eminente visitante tuvo ayer tarde un contratiempo. Él, a quien se honra en Jorasán, Fars y Mazandarán, a quien todas las ciudades desean acoger entre sus muros, a quien todos los príncipes desean atraer hacia su corte, fue importunado ayer en las calles de Samarcanda.

Exclamaciones indignadas se elevan, seguidas de una algarabía que el cadí deja aumentar un tanto, antes de apaciguarla con un gesto y proseguir:

—Y lo que es más grave, un alboroto estuvo a punto de estallar en el bazar. ¡Un alboroto, la víspera de la visita de nuestro venerado soberano Nasr Kan, Sol de la Realeza, que debe llegar esta misma mañana de Bujara, si Dios lo permite! No me atrevo a imaginar en qué aflicción nos encontraríamos hoy si no hubiéramos podido contener y dispersar a la multitud. Os lo digo: ¡muchas cabezas estarían vacilando sobre sus hombros!

Se interrumpe para tomar aliento, para causar impresión, sobre todo, y dejar que el miedo se insinúe en los corazones.

—Felizmente, uno de mis antiguos alumnos, aquí presente, reconoció a nuestro eminente visitante y vino a advertirme.

Señala con el dedo al estudiante de la cicatriz y le invita a levantarse:

—¿Cómo reconociste al imán Omar?

A modo de respuesta, algunas sílabas balbuceadas.

—¡Más alto! ¡Aquí nuestro anciano tío no te oye! —vocifera el cadí señalando a una venerable barba blanca que está a su izquierda.

—Reconocí al eminente visitante gracias a su elocuencia —enuncia con dificultad el de la cicatriz—, y lo interrogué sobre su identidad antes de traerlo ante nuestro cadí.

—Has actuado bien. Si hubiera continuado el tumulto, habría corrido la sangre. Ven a sentarte cerca de nuestro invitado, te lo has merecido.

Mientras el de la cicatriz se acerca con un aire falsamente humilde, Abu Taher murmura al oído de Omar:

—Aunque no se haya hecho amigo tuyo, al menos no podrá ya atacarte en público.

Prosigue en voz alta:

—¿Puedo esperar que a pesar de todo lo que ha soportado, jawayé Omar no guarde demasiado mal recuerdo de Samarcanda?

—Lo que pasó ayer tarde —responde Jayyám— lo he olvidado ya y cuando más tarde piense en esta ciudad será otra imagen la que conserve en mi mente, la imagen de un hombre maravilloso. No estoy hablando de Abu Taher. El más bello elogio que se puede hacer a un cadí no es alabar sus cualidades, sino la nobleza de aquellos que tiene a su cargo. Ahora bien, el día de mi llegada, mi mula había subido penosamente la última pendiente que lleva a la puerta de Kix y yo apenas había puesto un pie en tierra cuando me abordó un hombre: «Bienvenido a esta ciudad» me dijo, «¿tienes aquí parientes o amigos?» Respondí que no sin detenerme, temiendo habérmelas con algún timador o, por lo menos, con un pedigüeño o un importuno. Pero el hombre prosiguió: «No desconfíes de mi insistencia, noble visitante. Es mi señor quien me ha ordenado apostarme en este lugar al acecho de todo viajero que se presente para ofrecerle hospitalidad.»

El hombre parecía de condición modesta, pero iba vestido con ropa limpia y no ignoraba los modales de las personas de respeto. Le seguí. A algunos pasos de allí, me hizo entrar por una pesada puerta, atravesé un pasillo abovedado y me encontré en el patio de un caravasar, con un pozo en el medio y personas y bestias atareadas, y, rodeando el patio, una construcción de dos pisos con habitaciones para viajeros. El hombre dijo: «Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, una noche o una temporada. Encontrarás cama y comida y forraje para tu mula.» Cuando le pregunté el precio que debla pagar se ofendió: «Eres el invitado de mi señor.» «¿Y dónde está ese anfitrión tan generoso para que pueda expresarle mi agradecimiento?» «Mi señor murió hace ya siete años, dejándome una suma de dinero que debía gastar en su totalidad para honrar a los visitantes de Samarcanda.» «¿Y cómo se llamaba ese señor, para que al menos pueda contar sus favores?» «Únicamente el Altísimo merece tu gratitud, dale las gracias a Él, que sabrá quién es el hombre por cuyas buenas acciones se le dan.» Y fue así como durante varios días permanecí en casa de ese hombre. Salía y entraba y siempre encontraba allí platos compuestos de deliciosos manjares y mi cabalgadura estaba mejor cuidada que si me ocupara de ella yo mismo.

Omar mira a la asistencia buscando alguna reacción. Pero su relato no ha provocado ninguna chispa en los labios, ninguna pregunta en los ojos. Adivinando su perplejidad, el cadí le explica:

—Muchas ciudades pretenden ser las más hospitalarias de todas las tierras del Islam, pero sólo los habitantes de Samarcanda merecen semejante título. Que yo sepa, jamás ningún viajero ha tenido que pagar para alojarse o alimentarse, y conozco a familias enteras que se han arruinado para honrar a los visitantes o a los necesitados. Sin embargo, nunca las oirás enorgullecerse y vanagloriarse por ello. Como has podido observar, en esta ciudad hay más de dos mil fuentes colocadas en cada esquina de una calle, hechas de barro cocido, cobre o porcelana y constantemente llenas de agua fresca para apagar la sed de los transeúntes. Todas ellas han sido regaladas por los habitantes de Samarcanda. ¿Crees que algún hombre grabaría allí su nombre para granjearse el agradecimiento de alguien?

—Lo reconozco, en ningún sitio he encontrado semejante generosidad. Sin embargo, ¿me permitiríais formular una pregunta que me obsesiona?

El cadí le quita la palabra:

—Ya sé lo que vas a preguntarme. ¿Cómo una gente que aprecia tanto las virtudes de la hospitalidad puede ser culpable de violencias contra un forastero como tú?

—O contra un infortunado anciano como Jaber el Largo.

—Voy a darte la respuesta. Se resume en una sola palabra: miedo. Aquí toda violencia es hija del miedo. Nuestra fe se ve acosada por todas partes: por los karmates de Bahrein, los imaníes de Qom, que esperan la hora del desquite, las setenta y dos sectas, los rum de Constantinopla, los infieles de todas denominaciones y, sobre todo, los ismaelíes de Egipto, cuyos adeptos son una multitud hasta en el pleno corazón de Bagdad e incluso aquí en Samarcanda. No olvides jamás lo que son nuestras ciudades del Islam. La Meca, Medina, Ispahán, Bagdad, Damasco, Bujara, Merv, El Cairo, Samarcanda: nada más que oasis que un momento de abandono devolvería al desierto. ¡Constantemente a merced de un vendaval de arena!

Por una ventana a su izquierda, el cadí, con una mirada experta, evalúa la trayectoria del sol y se levanta.

—Es hora de ir al encuentro de nuestro soberano —dice.

Da unas palmadas.

 —¡Que nos traigan algo para el viaje!

Porque suele llevar uvas pasas que va comiscando por el camino, costumbre que sus allegados y visitantes imitan. De ahí la inmensa bandeja de cobre que le traen, rematada por una pequeña montaña de esas golosinas color miel, de la cual cada uno se abastece hasta atiborrarse los bolsillos.

Cuando llega su turno, el estudiante de la cicatriz coge algunas, que tiende a Jayyám con estas palabras:

—Seguramente habrías preferido que te ofrecieran uva bajo la forma de vino.

No ha hablado en voz muy alta pero, como por encanto, toda la asistencia se ha callado, conteniendo la respiración, aguzando el oído y observando los labios de Omar, que deja caer:

—Cuando se quiere beber vino, se escoge con cuidado al escanciador y al compañero de placer.

La voz del de la cicatriz se eleva un poco:

—Por mi parte no beberé ni una gota. Quiero tener un sitio en el paraíso. No pareces deseoso de unirte a mí allí.

—¿La eternidad entera en compañía de ulemas sentenciosos? No, gracias. Dios nos ha prometido otra cosa.

El intercambio de palabras se detiene ahí. Omar apresura el paso para unirse al cadí que le está llamando.

—Es necesario que la gente de la ciudad te vea cabalgar a mi lado. Éso barrerá las impresiones de ayer tarde.

Entre el gentío apelotonado en las inmediaciones de la resistencia, Omar cree reconocer a la ladrona de almendras disimulada a la sombra de un peral. Aminora el paso y la busca con los ojos, pero Abu Taher le hostiga:

—Más deprisa. ¡Ay de tus huesos si el kan llega antes que nosotros!

Por Amin Maalouf

Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes IV

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Samarcanda: Poetas y Amantes II

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes I


En el gran diván del juez, los lejanos candelabros dan a Jayyám un color de marfil. En cuanto entró, dos guardias de cierta edad lo agarraron por los hombros como si fuera un loco peligroso. Y en esta postura espera cerca de la puerta.

Sentado al otro extremo de la habitación, el cadí no se ha dado cuenta de su presencia; está terminando de resolver un asunto y discute con los demandantes razonando a uno y reprendiendo al otro. Una antigua disputa entre vecinos, parece ser, rencores redundantes, argucias irrisorias. Abu Taher termina por manifestar ruidosamente su cansancio y ordena a los dos jefes de familia que se abracen, ahí, ante él, como si nada los hubiera separado jamás. Uno de ellos da un paso; el otro, un coloso de frente estrecha, se resiste. El cadí lo abofetea al vuelo, haciendo temblar a la concurrencia. El gigante contempla un momento a ese personaje rechoncho, colérico y vivaracho que ha tenido que empinarse para alcanzarle, luego baja la cabeza, se acaricia la mejilla y cumple lo que le ordenan.

Una vez despedida toda esa gente, Abu Taher indica a los milicianos que se acerquen. Éstos recitan su informe, responden a algunas preguntas y se esfuerzan por explicar por qué han dejado que se formara en las calles tal aglomeración. A continuación le llega el turno al de la cicatriz. Se inclina hacia el cadí, que parece conocerlo desde hace mucho tiempo, y se lanza a un animado monólogo. Abu Taher lo escucha atentamente sin dejar traslucir sus sentimientos. Después de concederse algunos instantes de reflexión, ordena:

—Decid a la gente que se disperse, que cada uno vuelva a su casa por el camino más corto y —dirigiéndose a los agresores— ¡todos vosotros os iréis también a casa! No decidiré nada hasta mañana. El acusado permanecerá aquí esta noche y mis guardias, y nadie más, lo vigilarán.

Sorprendido al verse tan rápidamente invitado a eclipsarse, el de la cicatriz esboza una protesta, pero cambia al momento de opinión. Prudente, se recoge los faldones de su vestido y se retira con una zalema.

Cuando Abu Taher se encuentra frente a Omar con sus propios hombres de confianza como únicos testigos, pronuncia esta enigmática frase de acogida.

—Es un honor recibir en este lugar al ilustre Omar Jayyám de Nisapur.

Ni irónico ni expresivo, el cadí. Ni la menor apariencia de emoción. Tono neutro, voz sin inflexiones, turbante en pico, cejas enmarañadas, barba gris sin bigote e interminable y escrutadora mirada.

El recibimiento es tanto más ambiguo cuanto que Omar estaba allí desde hacía una hora, de pie, andrajoso, expuesto a todas las miradas, las sonrisas y los murmullos.

Después de algunos segundos sabiamente destilados, Abu Taher añade:

—Omar, tú no eres un desconocido en Samarcanda. A pesar de tu juventud, tu ciencia es ya proverbial y tus proezas se relatan en las escuelas. ¿No es verdad que leíste siete veces en Ispahán una voluminosa obra de  Ibn Sina y que de regreso a Nisapur la reprodujiste de memoria, palabra por palabra?

Jayyám se siente halagado de que su hazaña, auténtica, fuera conocida en Transoxiana, pero no por eso se disipan sus preocupaciones. La referencia a Avicena en boca de un cadí de rito chafeíta no resulta nada tranquilizadora; por otra parte, todavía no le han invitado a sentarse. Abu Taher prosigue:

—No son solamente tus hazañas las que se transmiten de boca en boca; se te atribuyen unas sorprendentes cuartetas.

La declaración es comedida, no acusa; tampoco exculpa, no interroga más que indirectamente. Omar estima que ha llegado el momento de romper el silencio:

—La cuarteta que repite el de la cicatriz no es mía.

Con un manotazo impaciente, el juez desestima la protesta. Por primera vez su tono es severo:

—Poco importa que hayas compuesto ese verso o cualquier otro. Me han transmitido unas palabras de una impiedad tan grande que si las citara me sentiría tan culpable como el que las ha proferido. No estoy tratando de hacerte confesar, no busco infligirte un castigo. Esas acusaciones de alquimista me entraron por un oído para salir por el otro. Estamos solos, somos dos hombres sabios y quiero únicamente saber la verdad.

Omar no se siente en modo alguno tranquilo, teme una trampa y duda de responder. Ya se ve entregado al verdugo para ser desfigurado, emasculado, crucificado. Abu Taher alza la voz, grita casi:

—Omar, hijo de Ibrahim, fabricante de tiendas de Nisapur, ¿sabes reconocer a un amigo?

Hay en esa frase un acento de sinceridad que fustiga a Jayyám. «¿Reconocer a un amigo?» Considera la pregunta con gravedad, contempla el rostro del cadí, examina sus rictus, los estremecimientos de su barba. Lentamente se deja ganar por la confianza. Sus rasgos se distienden, se relajan. Se libera de sus guardias, que a un gesto del cadí dejan de sujetarlo. Luego va a sentarse sin que le hayan invitado a ello. El juez sonríe con benevolencia, pero reanuda sin tregua su interrogatorio:

—¿Eres el impío que algunos describen?

Más que una pregunta es un grito de angustia que Jayyám no desoye:

—Desconfío del celo de los devotos, pero nunca he dicho que el Uno fuera dos.

—¿Lo has pensado alguna vez?

—Jamás, Dios es testigo.

—Para mí es suficiente y pienso que para el Creador también, pero no para la multitud. Acecha tus palabras, tus menores gestos, y los míos también, así como los de los príncipes. Te han oído decir: «A veces acudo a las mezquitas, donde la oscuridad es propicia al sueño…»

—Únicamente un hombre en paz con su Creador podría conciliar el sueño en un lugar de culto.

A pesar de la mueca dubitativa de Abu Taher, Omar se excita e insiste:

—No soy de aquellos cuya fe sólo es terror al juicio, cuya oración sólo es prosternación. ¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la creación, la perfección de su orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro sediento de sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos, despiertos o satisfechos.

Con los ojos pensativos, el cadí se levanta, va a sentarse al lado de Jayyám y apoya sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro.

—Escucha, joven amigo, el Altísimo te ha dado lo más valioso que un hijo de Adán puede obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar de la existencia, la admiración de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres. Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de todo eso puede apreciarse ni conservarse.

—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso?

—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua.

El cadí se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja, dejando escoger al cadí entre las palabras que se atropellan en su mente.

Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan. En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincón del diván, levanta un paño del tapiz y luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de él un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora.

Ahora bien, ese libro es el mismo que yo, Benjamín O. Lesage, iba un día a sostener en mis propias manos. Supongo que al tacto fue siempre igual. Un grueso, áspero, repujado con dibujos en forma de semicírculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando Jayyám lo abre, en esa inolvidable noche de verano, sólo contempla doscientas cincuenta y seis páginas en blanco, sin poemas aún, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni iluminaciones.

Para ocultar su emoción, Abu Taher adopta un tono de charlatán.

—Es kagez chino, el mejor papel que se ha obtenido jamás en los talleres de Samarcanda. Un judío del barrio de Maturid lo fabricó para mí según una antigua receta enteramente a base de morera blanca. Tócalo, es de la misma savia que la seda.

Se aclara la garganta antes de explayarse:

—Yo tenía un hermano diez años mayor que yo; tenía tu edad cuando murió, descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagradó al soberano del momento. Se le acusó de incubar una herejía, no sé si sería verdad, pero yo le reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas más largo que una cuarteta.

Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada:

—Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus labios intentando salir, reprímelo sin consideraciones, pero escríbelo en estas hojas que permanecerán en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher.

¿Sabía el cadí que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos mejor guardados de la historia de las letras? ¿Que pasarían ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesía de Omar Jayyám, antes de que sus Ruba’iyyat fueran veneradas como una de las obras más originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extraño destino del manuscrito de Samarcanda?

Por Amin Maalouf

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Samarcanda: Poetas y Amantes II por Amin Maalouf se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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Samarcanda: Poetas y Amantes I

Omar Jayyám
Omar Jayyám

A veces, en Samarcanda, al atardecer de un día lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejón sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdiàn, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algún bebedor achispado, al que arrastrarán por el polvo, cubrirán de insultos y condenarán a un infierno cuyo fuego le recordará hasta el fin de los siglos el rojo reflejo del vino tentador.

De un incidente parecido nacerá el manuscrito de las Ruba’iyyát en el verano de 1072. Omar Jayyám tiene veinticuatro años y hace poco tiempo que llegó a Samarcanda. Esa tarde ¿se dirige a la taberna o es el azar del callejeo lo que le lleva hasta allí? Renovado placer el de recorrer una ciudad    desconocida con los ojos abiertos a las mil sugerencias de un día que toca a su fin. Un chiquillo huye velozmente por la calle del Campo de Ruibarbo, descalzos los pies sobre los anchos adoquines y apretando contra su cuello una manzana robada en algún escaparate; en el bazar de los mercaderes de paño, en el interior de una tiendecilla situada a nivel más alto que la calle, se sigue disputando una partida de chaquete a la luz de una lámpara de aceite: dos dados que se lanzan, una palabrota, una risa ahogada; en el soportal de los cordeleros, un arriero se detiene cerca de una fuente, deja que el agua corra por el hueco las palmas de sus manos juntas y luego se inclina acercando los labios como para besar la frente de un niño dormido; saciada su sed, se pasa las palmas de manos mojadas por la cara, masculla unas palabras agradecimiento, recoge del suelo una cáscara de sandía, la llena de agua y se la lleva a su animal para que a vez pueda beber.

En la plaza de los mercaderes de ahumados una mujer encinta aborda a Jayyám. Apenas tiene quince años y lleva el velo levantado. Sin una palabra, sin sonrisa en sus labios ingenuos, le quita de las manos un puñado de almendras tostadas que acababa de comprar. El paseante no se asombra, es una antigua creencia en Samarcanda: cuando una futura madre encuentra en la calle a un forastero que le agrada, debe atreverse a compartir su alimento, así el niño será tan hermoso como él, tendrá su misma silueta esbelta y los mis rasgos nobles y regulares.

Omar mastica lentamente y lleno de orgullo las almendras restantes, mirando alejarse a la desconocida, cuando un clamor llega hasta él y le incita a apresurarse. Pronto se encuentra en medio de una muchedumbre desenfrenada. Un anciano de largos y esqueléticos miembros está ya en el suelo, con la cabeza descubierta y los cabellos blancos revueltos sobre un cráneo tostado por el sol. Sus gritos ya no son más que un prolongado sollozo de rabia y de miedo. Sus ojos suplican al recién llegado.

En torno al desgraciado, unos veinte individuos, barbas encrespadas, garrotes vengadores, y a cierta distancia un coro de espectadores regocijados. Uno de ellos, al comprobar el semblante escandalizado de Jayyám le lanza con el más tranquilizador de los tonos: «No es nada, no es más que Jaber el Largo!» Omar se sobresalta, un estremecimiento de vergüenza le recorre el cuerpo y murmura: «Jaber ¡el compañero de Abu Alí»

Un nombre de los más comunes, Abu Alí, pero cuando un letrado lo menciona así, con un tono de familiar deferencia, tanto en Bujara como en Córdoba, en Bali o en Bagdad, no cabe confusión alguna sobre el personaje: se trata de Abu Alí lbn—Sina, famoso en Occidente por el nombre de Avicena. Omar no llegó a conocerlo, ya que nació once años después de su muerte, pero lo venera como al maestro indiscutible de su generación, el poseedor de todas las ciencias, el apóstol de la Razón.

Jayyám murmura de nuevo: «¡Jaber, el discípulo preferido de Abu Alí!» Porque, aunque lo ve por primera vez, no ignora nada acerca de su patético y ejemplar destino. Avicena veía en él al continuador de su medicina y de su metafísica y admiraba la fuerza de sus argumentos; únicamente le reprochaba que profesara demasiado alto y demasiado brutalmente sus ideas. Este defecto le había valido a Jaber varias temporadas en la cárcel y tres flagelaciones públicas, la última en la Plaza Mayor de Samarcanda. Ciento cincuenta vergajazos en presencia de todos sus allegados. No se había repuesto jamás de esa humillación. ¿En qué momento pasó de la temeridad a la demencia? Sin duda a la muerte de su esposa. Desde ese momento se le vio errar en harapos, tambaleándose y voceando locuras impías. Pisándole los talones, manadas de chiquillos, riéndose a carcajadas, daban palmadas y le tiraban puntiagudas piedras que le herían hasta arrancarle lágrimas.

Mientras observa la escena, Omar no puede dejar de pensar: «Si no tengo cuidado, un día seré esta piltrafa.» No es la embriaguez lo que más teme, sabe que no se abandonará a ella; el vino y él han aprendido a respetarse y jamás se tirarán mutuamente por tierra. Lo que más le asusta es la multitud y que derribe en él el muro de la respetabilidad. Se siente amenazado por el espectáculo de ese hombre en decadencia, dominado; quisiera apartarse de él, alejarse. Pero sabe que no abandonará a la turba a un compañero de Avicena. Da tres pasos despacio y dignamente y finge la mayor indiferencia para decir con voz firme acompañada de un gesto soberano.

—¡Dejad marchar a ese desgraciado!

El cabecilla del grupo se inclina entonces sobre Jaber, luego se incorpora y va a plantarse con firmeza ante el intruso. Una profunda cicatriz le cruza la barba desde la oreja derecha hasta la punta del mentón y es ese lado, ese lado hundido, el que muestra a su interlocutor, pronunciando como una sentencia:

—¡Este hombre es un borracho, un impío, un filósofo!

Escupe esta última palabra como una imprecación.

—¡Ya no queremos ningún filósofo en Samarcanda!

Murmullo de aprobación entre la multitud. Para esa gente, el término «filósofo» designa a toda persona que se interesa demasiado por las ciencias profanas de los griegos y más generalmente por todo lo que no es religión o literatura. A pesar de su juventud, Omar Jayyám es ya un eminente filósofo, un pez bastante más gordo que ese desgraciado de Jaber.

Seguramente el de la cicatriz no le ha reconocido, puesto que se aparta de él y vuelve a inclinarse sobre el anciano, que se ha quedado mudo; lo coge por los pelos, le sacude la cabeza tres, cuatro veces, hace como si quisiera estrellarla contra la pared más cercana y luego la suelta súbitamente. Aunque brutal, el gesto es contenido, como si el hombre, a la vez que muestra su determinación, dudara de llegar al homicidio. Jayyám escoge ese momento para intervenir de nuevo.

—Deja ya a ese anciano; es un viudo, un enfermo, un demente. ¿No ves que apenas puede mover los labios?

El cabecilla se levanta de un salto, avanza hacía Jayyám y le señala con un dedo hasta tocarle la barba:

 —Tú que pareces conocerle tan bien, ¿quién eres? ¡No eres de Samarcanda! ¡Nadie te ha visto jamás en esta ciudad!

Omar separa la mano de su interlocutor con condescendencia pero sin brusquedad, para tenerlo a raya sin darle pretexto para una pelea.

El hombre retrocede un paso, pero insiste:

—¿Cuál es tu nombre, forastero?

Jayyám duda en identificarse, busca un subterfugio, alza los ojos al cielo, donde una tenue nube acaba de ocultar la luna en cuarto creciente. Un silencio, un suspiro. ¡Olvidarse en la contemplación, nombrar una a una las estrellas, estar lejos, fuera del alcance de las multitudes!

El grupo lo rodea ya, algunas manos le rozan. Jayyám reacciona.

—Soy Omar, hijo de Ibrahim de Nisapur. ¿Y tú quién eres?

Pregunta de pura fórmula, ya que el hombre no tiene ninguna intención de presentarse. Está en su ciudad y es él el inquisidor. Más tarde Omar conocerá su apodo; le llaman el Estudiante de la Cicatriz. Con un garrote en la mano y una cita en la boca, mañana hará temblar a Samarcanda. Por el momento su influencia no se manifiesta más allá de esos jóvenes que lo rodean, atentos a la menor de sus palabras, a la menor señal.

En sus ojos, un súbito fulgor. Se vuelve hacia sus acólitos, luego, triunfalmente, hacia la muchedumbre y grita:

—¡Por Dios! ¿Cómo he podido no reconocer a Omar, hijo de Ibrahim Jayyám de Nisapur? ¡Omar, la estrella de Jorasán, el genio de Persia y de los dos Iraqs, el príncipe de los filósofos!

Remeda una profunda zalema. Agita los dedos a ambos lados de su turbante, granjeándose indefectiblemente las risotadas de los mirones.

—¿Cómo he podido no reconocer a aquel que ha compuesto esta cuarteta tan llena de piedad y de devoción?:

Acabas de romper mi cántaro de vino, Señor.

Me has cerrado el camino del placer, Señor.

Has derramado por el suelo mi vino granate.

Dios me perdone, ¿estarías borracho, Señor?

Jayyám escucha indignado, inquieto. Tal provocación es un llamamiento al asesinato, en el acto. Sin perder un segundo lanza su respuesta en voz alta y clara, a fin de que nadie entre el gentío se deje engañar.

—Desconocido, es la primera vez que oigo esa cuarteta que sale de tu boca. Pero escucha una que he compuesto realmente:

Nada, no saben nada, no quieren saber nada.

Ya ves, esos ignorantes dominan el mundo.

Si no eres de los suyos te llaman incrédulo.

Ignóralos, Jayyám, sigue tu propio camino.

Sin duda, Omar cometió un error al acompañar su «ya ves» con un gesto de desprecio en dirección a sus adversarios. Unas manos se tienden y le tiran del traje, que comienza a desgarrarse.  Se tambalea. Su espalda choca contra una rodilla y luego contra una losa plana. Aplastado bajo la turba no se digna forcejear, está resignado a que destrocen su traje y despedacen su cuerpo, se abandona ya al lánguido embotamiento de la víctima inmolada, no siente nada, no oye nada, está encerrado en si mismo, amurallado, impenetrable.

Y contempla como a intrusos a los diez hombres armados que vienen a interrumpir el sacrificio. Sobre gorros de fieltro ostentan la insignia verde pálido los ahdat, la milicia urbana de Samarcanda. Nada más los agresores se alejan de Jayyám, pero para justificar su conducta empiezan a gritar tomando a la gente por testigo:

—¡Alquimista! ¡Alquimista!

A los ojos de las autoridades ser filósofo no es un crimen, pero practicar la alquimia se castiga con la muerte.

—¡Alquimista! ¡Este extranjero es un alquimista!

Pero el jefe de la patrulla no tiene la intención de argumentar.

—Si este hombre es realmente un alquimista —decide—, conviene conducirlo ante el gran juez Abu Taher.

Mientras Jaber el Largo, olvidado por todos, se arrastra hacia la taberna más cercana donde se cuela prometiéndose no aventurarse jamás al exterior, Omar consigue levantarse sin la ayuda de nadie. Camina erguido y en silencio; su mueca altiva cubre como un velo púdico sus ropas destrozadas y su rostro lleno de sangre. Ante él abren paso unos milicianos provistos de antorchas. Tras él van sus agresores y luego el cortejo de mirones.

Omar no los ve ni los oye. Para él las calles están desiertas, la Tierra no tiene ruidos, ni el cielo nubes y Samarcanda sigue siendo ese lugar de ensueño que descubrió algunos días antes.

Llegó a la ciudad después de tres semanas de camino y, sin descansar ni un momento, decidió seguir al pie de la letra los consejos de los viajeros de los tiempos pasados. Subid, invitan ellos, a la terraza de Kuhandiz, la antigua ciudadela, pasead ampliamente vuestra mirada y no encontraréis más que agua y verdor, bancales floridos y cipreses recortados por los más sutiles jardineros, en forma de bueyes, elefantes, camellos agachados y panteras que se hacen frente y parecen preparadas para saltar. En efecto, en el interior mismo del recinto, desde la puerta del Monasterio, al oeste, hasta la puerta de China, Omar no vio más que tupidos vergeles e impetuosos riachuelos. Luego, aquí y allá, un esbelto minarete de ladrillos, una cúpula cincelada de sombra, la blancura de la pared de un mirador. Y a la orilla de una charca, cobijada por los sauces llorones, una bañista desnuda que desplegaba sus cabellos al ardiente viento.

¿No es esta visión del paraíso la que quiso evocar el pintor anónimo que, mucho después, se propuso ilustrar el manuscrito de las Ruba’iyyat? ¿No es la que Omar conserva aún en su mente mientras le conducen hacia el barrio de Asfizar donde reside Abu Taher, el cadí de los cadíes de Samarcanda? No cesa de repetirse para sus adentros: «No odiaré esta ciudad. Aunque mi bañista sólo sea un espejismo. Aunque la realidad tenga el rostro del de la cicatriz. Aunque esta noche fuera para mi la última.»

Por Amin Maalouf


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Samarcanda: Poetas y Amantes I por Amin Maalouf se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2016/04/16/samarcanda-poetas-y-amantes-i/.

Preparan film sobre Las escalas de Levante

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Histórica. La novela «Las escalas de Levante«, del escritor libanés Amin Maalouf, se adaptará al cine para narrar  los inicios del conflicto árabe-israelí, la agonía del imperio otomano y otras tragedias históricas que aún hoy desgarran Oriente Próximo.

Realizada por el estadounidense Ron Senkowski, la película girará en torno a la historia de amor entre Osyan, un joven libanés que viajó a Francia para hacer sus estudios de medicina, y su mujer Clara, una judía con quien se instala en la hoy ciudad israelí de Haifa.

Mientras, en 1948, el padre de Oysan cae enfermo y este viaja a Beirut a visitarle, tres días antes de que las fronteras entre el recién nacido Israel y Líbano cierren. Los jóvenes quedan separados.

«El comienzo del rodaje está previsto en junio o agosto de 2015, depende de la disponibilidad de los actores, y las escenas serán filmadas en Marsella (Francia), Malta y durante dos semanas en Líbano«, afirma la vicepresidente de la productora de la película, Simply Enternainment, Samira Kawas.

Trascendió que Kawas ya contactó a los actores principales, algunos parisinos y otros de origen tunecino e iraní, aunque no revelará sus nombres hasta que hayan firmado los contratos.

«En el ‘casting’ hay jóvenes promesas y jugaremos con el maquillaje para que sea natural e interesante«, destaca Kawas.

Para dicha co-producción franco-libanesa serán necesarios «ocho millones de euros (unos 10 millones de dólares)«, afirma la vicepresidente de la productora, que añade que ya han encontrado inversores aunque «siempre se requieren más«.

Se sabe que a quien también han logrado convencer es al propio Maalouf, quien, según dice Kawas, siempre ha sido «reticente» a que sus obras sean llevadas al cine.

«Al principio tenía curiosidad por saber quiénes éramos. Había tenido propuestas anteriores pero las había rechazado, pero después algo sucedió, no sé qué, y aceptó darnos su libro para que hiciéramos la película«, grafica.

«Todos sus libros son interesantes, tienen una historia y un mensaje. Tenemos otros proyectos con él», subrayó sin revelar cuáles.

Asimismo, una vez al mes, Maalouf y el equipo de la película se reúnen para el seguimiento del proyecto, cuyo guión ha tratado de ser lo más fiel posible al texto original.

Se recuerda que Maaluf, de 65 años, nació en el seno de una familia libanesa griego-católica y cursó estudios de Economía y Sociología en la Universidad Saint Joseph, en Beirut. Además, fue corresponsal y director del periódico «An Nahar» antes de exiliarse en Francia en 1976 tras la guerra en Líbano.

En 1993, ganó el prestigioso Premio Goncourt, el más importante galardón de la literatura francesa por su novela «La roca de Tanios«, y fue reconocido con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010. Además, el 23 de junio de 2011 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

Con información de Crónica Viva

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