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Examinando la identidad – Amin Maalouf

Amin Maalouf

Igual que otros hacen examen de conciencia, yo a veces me veo haciendo lo que podríamos llamar «examen de identidad». No trato con ello -ya se habrá adivinado- de encontrar en mí una pertenencia «esencial» en la que pudiera reconocerme, así que adopto la  actitud contraria: rebusco en mi memoria para que aflore el mayor número posible de componentes de mi identidad, los agrupo y hago la lista, sin renegar de ninguno de ellos.

Vengo de una familia originaria del sur de Arabia que se estableció hace siglos en la montaña libanesa y que se fue dispersando después, en sucesivas migraciones, por varios rincones del planeta, desde Egipto hasta Brasil, desde Cuba hasta Australia. Tiene el orgullo de haber sido siempre, a la vez, árabe y cristiana, probablemente desde el siglo II o III, es decir, mucho antes de que apareciera el islam y antes incluso de que Occidente se convirtiera al cristianismo.

El hecho de ser cristiano y tener por lengua materna el árabe, que es la lengua sagrada del islam, es una de las paradojas fundamentales que han forjado mi identidad. Hablar el árabe teje unos lazos que me unen a todos los que a diario en sus oraciones, a muchas personas que, en su gran mayoría, la conocen peor que yo; si alguien que va por Asia central se encuentra con un viejo erudito a la puerta de una madrasa timurí, le basta con dirigirse a él en árabe para sentirse en una tierra amiga y para que él le hable con el corazón, como no se atrevería jamas a hacerlo en ruso o en inglés.

La lengua árabe nos es común a él, a mí y a más de mil millones de personas. Por otra parte, mi pertenencia al cristianismo -da lo mismo que sea profundamente religiosa o solo sociológica- me une también de manera significativa a todos los cristianos que hay en el mundo, unos dos mil millones. Muchas cosas me separan de cada cristiano, como de cada árabe y de cada musulmán, pero al mismo tiempo tengo con todos ellos un parentesco innegable, en el primer caso religioso e intelectual, en el segundo lingüístico y cultural.

Dicho esto, el hecho de ser a la vez árabe y cristiano es una condición muy específica, muy minoritaria, y no siempre fácil de asumir, marca a la persona de una manera profunda y duradera; en mi caso, no puedo negar que  ha sido determinante en la mayoría de las decisiones que he tenido que tomar a lo largo de mi vida, incluida la de escribir este libro.

Así, al contemplar por separado esos dos elementos de mi identidad, me siento más cercano, por la lengua o por la religión, a más de la mitad de la humanidad; y al tomarlos juntos simultáneamente, me veo enfrentado a mi especificidad.

Lo mismo podría decir de otra de mis pertenencias: el hecho de ser francés lo comparto con unos sesenta millones de personas; el de ser libanés, con entre ocho y diez millones si cuenta la diáspora; pero el hecho de ser ambas cosas, francés y libanés, ¿con cuántos lo comparto? Con unos miles, como mucho.

Cada una de mis pertenencias me vincula con muchas personas; sin embargo, cuanto más numerosas son las pertenencias que tengo en cuenta, tanto más específica se revela mi identidad.

Aunque me extienda un poco más sobre mis orígenes, debería precisar que nací en el seno de la comunidad que se denomina católica griega, o melquita, que reconoce la autoridad del Papa si bien sigue siendo fiel a algunos ritos bizantinos. A primera vista, eso no es más que un detalle, una curiosidad, pero pensándolo mejor resulta que es un aspecto determinante de mi identidad; en un país como Líbano, donde las comunidades más fuertes han luchado durante mucho tiempo por su territorio y por su parcela de poder, los miembros de las comunidades muy minoritarias como la mía raras veces han tomado las armas, y han sido los primeros en exiliarse. Personalmente, yo siempre me negué a implicarme en una guerra que me parecía absurda y suicida; pero esa forma de ver las cosas, esa mirada distante, esa negativa a tomar las armas no deja de tener relación con mi pertenencia a una comunidad marginada.

Así que soy melquita. Sin embargo, si alguien se entretuviera un día en buscar mi nombre en el registro civil -que en Líbano, como cabe imaginar, está organizado en función de las confesiones religiosas-, no me encontraría entre los melquitas, sino en la sección de los protestantes. ¿Por qué? Sería demasiado largo de explicar. Me limitaré a contar aquí que en nuestra familia había dos tradiciones religiosas enfrentadas, y que durante toda mi infancia fui testigo de esa rivalidad; testigo y, en ocasiones objeto de ella: si me matricularon en la escuela francesa, la de los jesuitas, fue porque mi madre, decididamente católica, quería sustraerme a la influencia protestante que dominaba entonces la familia de mi padre, en la que era tradicional enviar a los hijos a los colegios americanos o ingleses; y es por ese conflicto por lo que soy francófono, y es por ello también por lo que, durante la guerra de Líbano, me fui a vivir a París y no a Nueva York, a Vancouver o a Londres y por lo que comencé a escribir en francés.

¿Más detalles todavía de mi identidad? Podría hablar de mi abuela turca, de su esposo, maronita de Egipto, y de mi otro abuelo, muerto mucho antes de que yo naciera, del que me han contado que fue poeta, librepensador, masón tal vez, y en cualquier caso violentamente anticlerical. Podría remontarme hasta un tío tatarabuelo mío que fue el primero que tradujo a Moliére al árabe y que lo llevó, en 1848, a las tablas de un teatro otomano.

Pero no lo haré, pues basta con esto, y pasaré a una pregunta: ¿cuántos de mis semejantes comparten conmigo esos elementos dispares que han configurado mi identidad y esbozado, en líneas generales, mi itinerario personal? Muy pocos. A lo mejor ninguno.

Y es en esto en lo que quiere insistir: gracias a cada una de mis pertenencias, tomadas por separado, estoy unido por un cierto parentesco a muchos de mis semejantes; gracias a esos mismos criterios, pero tomados todos juntos, tengo mi identidad propia, que no se confunde con ninguna otra.

Extrapolando un poco, diré que con cada ser humano tengo en común algunas pertenencias, pero que no hay en el mundo nadie que las comparta todas, ni siquiera que comparta muchas de ellas;  de las decenas de criterios que podría enumerar, bastaría con unos cuantos para establecer con claridad mi identidad específica, que es distinta de la de cualquier otra persona, incluso de la de mi propio hijo o la de mi padre.

Dudé mucho antes de ponerme a escribir las páginas precedentes. ¿Debía extenderme así, desde el principio del libro, sobre mi caso personal? Por un lado, y sirviéndome del ejemplo que mejor conozco, quería decir de qué manera una persona puede afirmar a un tiempo, en función de algunos criterios de pertenencia, los lazos que la unen a sus semejantes y lo que la hace singular. Por otro, no ignoraba que cuanto más nos adentremos en el análisis de un caso particular, más riesgo corremos de que se nos replique que se trata precisamente de eso, de un caso particular.

Al final me tiré al ruedo, convencido de que todo el que trate con buena fe de hacer también su «examen de identidad» no tardará en descubrir que su caso es tan particular como el mío.

La humanidad entera se compone sólo de casos particulares, pues la vida crea diferencias, y si hay «reproducción» nunca es con resultados idénticos. Todos los seres humanos, sin excepción alguna, poseemos una identidad compuesta; basta con que nos hagamos algunas preguntas para que afloren olvidadas fracturas e insospechadas ramificaciones, y para descubrirnos como seres complejos, únicos, irreemplazables.

Es exactamente eso lo que caracteriza la identidad de cada cual, compleja, única, irremplazable, imposible de confundirse con ninguna otra. Lo que me hace insistir en este punto es ese hábito mental, tan extendido hoy y a mi juicio sumamente pernicioso, según el cual para que una persona exprese su identidad le basta con decir «soy árabe», «soy francés», «soy negro», «soy serbio», «soy musulmán» o «soy judío»; a quien, como yo acabo de hacer, enumera sus múltiples pertenencias se lo acusa al instante de querer «disolver» su identidad en un batiburrillo informe en el que todos los colores quedarían difuminados. Sin embargo, lo que trato de decir es lo contrario. No que todos los hombres sean parecidos, sino que cada uno es distinto a los demás. Un serbio es sin duda distinto de los demás serbios, y cada croata distinto de todos los demás croatas. Y si un cristiano libanés es diferente de un musulmán libanés, no conozco tampoco a dos cristianos libaneses que sean idénticos, ni a dos musulmanes, del mismo modo que no hay en el mundo dos franceses, dos africanos, dos árabes o dos judíos idénticos. Las personas no son intercambiables, y es frecuente observar, en el seno de la misma familia ruandesa, irlandesa, libanesa, argelina o bosnia, y entre dos hermanos que han vivido en el mismo entorno, unas diferencias en apariencia mínimas que sin embargo les harán reaccionar, en materia de política, de religión o en su vida cotidiana, de dos maneras totalmente opuestas, y que incluso pueden determinar que uno de ellos mate y otro prefiera el diálogo y la reconciliación.

A pocos se les ocurriría discutir explícitamente todo lo que acabo de decir. Pero nos comportamos como si no fuera así. Por comodidad, englobamos bajo el mismo término a las gentes más distintas, y por comodidad también les atribuimos crímenes, acciones colectivas, opiniones colectivas: «los serbios han hecho una matanza…», «los ingleses han saqueado…», «los árabes se niegan…». Sin mayores problemas formulamos juicios como que tal o cual pueblo es «trabajador», «hábil» o «vago», «desconfiado» o «hipócrita», «orgulloso» o «terco», y a veces terminan convirtiéndose en convicciones profundas.

Sé que no es realista esperar que todos nuestros contemporáneos modifiquen de la noche a la mañana sus expresiones habituales. Pero me parece importante que todos cobremos conciencia de que esas frases no son inocentes, y de que contribuyen a perpetuar unos prejuicios que han demostrado, a lo largo de toda la historia, su capacidad de perversión y muerte.

Pues es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos.

Por Amin Maalouf (Les identités meurtriéres)
Versión española de Fernando Villaverde

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El año de Astaghfirullah – Amin Maalouf

astaghfirullah

El año de Astaghfirullah

896 de la hégira
(14 de noviembre de 1490-3 de noviembre de 1491)

El jeque Astaghfirullah llevaba un turbante voluminoso, era estrecho de hombros y tenía la voz cascada de los predicadores de la Mezquita Mayor y, aquel año, la espesa barba rojiza se le puso gris, dando a su anguloso rostro esa apariencia de insaciable ira que iba a llevarse por único equipaje a la hora del exilio. Nunca más se teñiría la barba con alheña, lo había decidido en un momento de cansancio, ¡y ay de quien le preguntara la razón!: «¿Cuando tu Creador te pregunte qué hiciste durante el sitio de Granada, te atreverás a contestarle que estuviste acicalándote?»

Todas las mañanas, a la hora del almuecín, se subía al tejado de su casa, una de las más altas de la ciudad, no para llamar a los creyentes a la oración, como había hecho durante años, sino para escrutar a lo lejos el objeto de su justa furia.

-¡Mirad -gritaba a sus vecinos no del todo despiertos-, están construyendo allí, en el camino de Loja, vuestra tumba, y vosotros en la cama, esperando que vengan a enterraros! ¡Venid a ver, si Dios quiere abriros los ojos! ¡Venid a ver esos muros que ha levantado en un solo día el poder de Iblis el Maligno!

Con la mano tendida hacia el oeste, apuntaba con sus afilados dedos hacía has murallas de Santa Fe que habían empezado a construir los Reyes Católicos en primavera y que, a mediados del verano, tenía ya el aspecto de una ciudad.

En este país en que los hombres habían adquirido, desde hacía mucho, ha detestable costumbre de ir por la calle a pelo o de tocarse con un simple pañuelo, echado al desgaire por la cabeza, que se les iba resbalando a lo largo del día para descansar en los hombros, todo el mundo conocía de lejos la silueta en forma de hongo de Astaghfirullah.



Pero pocos granadinos sabían su auténtico nombre. Dicen que fue su propia madre la primera en ponerle el mote, en razón de los gritos espantados que lanzaba desde su más tierna edad cada vez que se aludía en su presencia a un objeto o un acto que consideraba reprehensible. «¡Astaghfirullah! ¡Astaghfirullah! ¡Imploro el perdón de Dios!», gritaba a la sola mención de un vino, de un crimen o de una vestimenta femenina.

Hubo un tiempo en que le hacían burla, cariñosa o ferozmente. Mi padre me confesó que, mucho antes de nacer yo, se juntaba a menudo con una panda de amigos los viernes, inmediatamente antes de la solemne oración del mediodía, en una librería próxima a la Mezquita Mayor, para hacer apuestas: ¿cuántas veces iba a decir el jeque su expresión favorita a lo largo del sermón? Las cifras iban de quince a setenta y cinco y, durante la ceremonia, uno de los jóvenes conjurados
llevaba concienzudamente la cuenta, cambiando con los demás guiños divertidos.

«Pero, durante el sitio de Granada, ya nadie se guaseaba de las salidas de Astaghfirullah, proseguía mi padre, pensativo y perplejo ante el recuerdo de sus antiguas chiquilladas. El jeque apareció a los ojos de la mayoría como un personaje venerable. No había abandonado en modo alguno con la edad las palabras y los comportamientos que lo caracterizaban, antes al contrario, los rasgos que lo volvían risible a nuestros ojos se he habían acentuado. Pero nuestra ciudad había cambiado de alma.»

Entiendes, Hasan, hijo mío, ese hombre se había pasado ha vida prediciendo a la gente que, si seguía viviendo como lo hacía, el Altísimo la castigaría en este mundo y en el otro: había hecho de la desgracia su ojeadora. Todavía recuerdo uno de sus discursos que empezaba más o menos así:

«Cuando venía esta mañana hacia la mezquita por la puerta de la Arenera y el zoco de los prenderos, pasé ante cuatro tabernas, ¡astaghfirullah! en las que venden sin casi ningún disimulo vino de Málaga ¡astaghfirullah! y otras bebidas prohibidas cuyo nombre no quiero saber» .

Con voz chillona y torpemente afectada se puso mi padre a imitar al predicador, salpicando sus frases con innumerables ¡ astaghfirullah! silbados con tal rapidez que se volvían incomprensibles, salvo unos cuantos, los únicos auténticos sin duda. Pero, exceptuando esa exageración, me pareció que había reproducido las palabras de forma bastante fiel.

-¿No aprendieron en su más tierna infancia quienes frecuentan esos lugares de infamia que Dios ha maldecido a quien vende vino y a quien lo compra? ¿Que ha maldecido a quien lo bebe y a quien lo da a beber? Lo han aprendido pero lo han olvidado o han preferido la bebida, que convierte al hombre en animal rastrero, a la Palabra que le promete el Edén. Una de esas tabernas la regenta una judía, nadie lo ignora, pero las otras tres las regentan ¡astaghfirullah! musulmanes. ¡Y además sus clientes no son ni judíos ni cristianos, que yo sepa! Algunos, a lo mejor, se hallan entre nosotros este viernes, inclinando humildemente el rostro ante su Creador, mientras que anoche estaban prosternados ante la copa, en brazos de una prostituta o, incluso, con la mente turbia y la lengua desatada, blasfemando contra Aquél que ha prohibido el vino, contra Aquél que ha dicho: «¡No vengáis a la oración en estado de embriaguez!» ¡Astaghfirullah!

Mohamed, mi padre, se aclaró ha garganta, lastimada por la voz aguda que había puesto, antes de proseguir:

-Sí, hermanos creyentes, esto ocurre en vuestra ciudad, a ha vista de todos, y no reaccionáis, como si Dios no os esperara el día del juicio para pediros cuentas. Como si Dios fuera a apoyaros contra vuestros enemigos cuando dejáis escarnecer Su palabra y la de Su Mensajero, ¡Dios lo gratifique con Su oración y Su salvación! Cuando, por las calles, abarrotadas de gente, de vuestra ciudad, las mujeres se pasean sin velo, luciendo el rostro y el cabello ante las miradas concupiscentes de cientos de hombres que no son todos ellos, supongo, su marido, su padre, su hijo o sus hermanos. ¿Por qué habría que preservar Dios a Granada de los peligros que la amenazan cuando en la vida de los habitantes de esta ciudad se han vuelto a instalar las costumbres de la época de la ignorancia, los usos de antes del Islam, como las lamentaciones fúnebres, el orgullo de la raza, la práctica de la adivinación, la creencia en los presagios, la fe en las reliquias, el empleo entre unos y otros de epítetos y motes contra los que el Altísimo nos ha puesto en guardia de forma clara?

Mi padre me dirigió una mirada de complicidad pero sin interrumpir el sermón y sin, ni siquiera, recobrar el aliento:

-¿Cuándo en vuestras propias casas se han introducido, desoyendo has prohibiciones formales, estatuas de mármol y figurillas de marfil que reproducen de manera sacrílega las formas de los hombres, de las mujeres y de los animales, como si al Creador le hiciera falta la asistencia de Sus criaturas para acabar Su Creación? ¿Cuando en vuestras mentes y en las de vuestros hijos se ha introducido ha perniciosa e impía duda que os aleja del Creador, de Su libro, de Su Mensajero y de la Comunidad de los Creyentes, la duda que resquebraja los muros y los cimientos mismos de Granada?

A medida que hablaba mi padre, el tono se volvía sensiblemente menos festivo, los gestos menos amplios y menos desordenados, los ¡astaghfirullah! más escasos:

-¿Cuándo gastáis sin vergüenza ni medida, para placer vuestro, sumas que hubieran saciado eh hambre de mil pobres y devuelto ha sonrisa a mil huérfanos? ¿Cuándo os comportáis como si las casas y las tierras de que gozáis fueran vuestras, siendo así que toda propiedad es del Altísimo, de Él solo, de Él procede y a Él retornará cuando lo disponga, igual que a Él retomaremos nosotros, sin más tesoro que nuestro sudario y nuestras buenas acciones? La riqueza, hermanos creyentes, no se mide por las cosas que se poseen sino por aquellas de las que sabemos prescindir. ¡Temed a Dios! ¡Temed a Dios! ¡Temedlo en la vejez pero también en la juventud! ¡Temedlo si sois débiles pero también si sois poderosos! Diría, incluso, que habéis de temerlo mucho más si sois poderosos, pues Dios será con vosotros más despiadado todavía, y sabed que su mirada atraviesa con la misma facilidad los muros imponentes de un palacio que la pared de arcilla de una choza. ¿Y qué encuentra Su mirada en el interior de los palacios?



Llegado a este punto del discurso, el tono de mi padre no era ya el de un imitador sino el de un maestro de escuela coránica; la voz le fluía ahora sin artificios y tenía ha vista perdida en la lejanía como un sonámbulo:

-Cuando la mirada del Altísimo atraviesa las murallas de los palacios, ve que se escucha más a las cantantes que a los doctores de la Ley, que el sonido del laúd impide a los hombres oír la llamada a la oración, que ya no se distingue a un hombre de una mujer ni en el atuendo ni en la manera de andar, que el dinero arrebatado a los creyentes se echa a los pies de has bailarinas. ¡Hermanos! Del mismo modo que en el pescado lo primero que se pudre es la cabeza, en las comunidades humanas la podredumbre se propaga de arriba abajo.

Siguió un prolongado silencio y, cuando quise hacer una pregunta, mi padre me interrumpió con un gesto. Esperé, pues, a que se repusiera por completo de sus recuerdos y me hablara.

-Las frases que te he repetido, Hasan, son fragmentos de discursos del jeque pronunciados unos meses antes de la caída de Granada. Apruebe o no sus palabras, me conmueven profundamente, incluso cuando las recuerdo diez años después. Así que puedes imaginarte el efecto que producían sus sermones en la ciudad acorralada que era Granada en el año 896.».

A medida que se daban cuenta de que no quedaba mucho para el fin y de que las desgracias infatigablemente predichas por Astaghfirullah empezaban a caerles encima, los granadinos habían llegado al convencimiento de que el jeque había tenido razón desde el principio y de que Cielo había hablado siempre por boca suya. No se volvió a ver por la calle, ni siquiera en los barrios pobres, un solo rostro de mujer.

Algunas, incluso chiquillas apenas púberes, se cubrían por temor de Dios, otras por miedo a los hombres, ya que se habían formado grupos de jóvenes armados de porras para llamar a la gente a hacer el bien y alejarse del mal. Ninguna taberna se atrevió ya a abrir las puertas, ni siquiera a escondidas. Las prostitutas abandonaron la ciudad en gran número para irse al campamento de los sitiadores donde los soldados las recibieron con los brazos abiertos. Los libreros quitaron de la vista las obras que ponían en duda los dogmas y las tradiciones, los libros de poemas en que se celebra el vino y los placeres, así como los tratados de astrología y de geomancia. Un día, hasta se incautaron y quemaron libros en el patio de la Mezquita Mayor.

Pasaba yo por allí, por casualidad, cuando empezaba a apagarse la pequeña hoguera y los mirones se iban dispersando al mismo tiempo que el humo. Me enteré, por una hoja que se había volado, de que estaba en el lote la obra de un médico poeta de tiempos pasados conocido bajo eh nombre de al-Kalandar. En ese papel medio devorado por el fuego pude volver a leer estas palabras: Lo mejor que tengo en mi vida me lo ha dado la embriaguez. El vino corre por mí como la sangre.

Los libros quemados en público aquel día pertenecían, me explicó mi padre, a otro médico, uno de los más encarnizados adversarios de Astaghfirullah. Se llamaba Abu-Amr, pero los amigos del jeque le habían deformado el nombre, convirtiéndolo en Abu-Jamr, «el compadre Alcohol».

El predicador y el médico sólo tenían una cosa en común, el hablar sin rodeos, y, precisamente, ese hablar sin rodeos era lo que atizaba continuamente sus disputas, cuyas peripecias seguían los granadinos. En cuanto a todo lo demás, daba la impresión de que el Altísimo se había divertido creando a los dos seres más dispares posibles.

Astaghfirullah era hijo de un cristiano converso, lo que sin duda explicaba su celo, mientras que Abu-Jamr era hijo y nieto de cadí y, en consecuencia, no se sentía obligado a dar pruebas de su adhesión al dogma y a la tradición. El jeque era rubio, flaco y colérico; el médico era tan moreno como un dátil maduro, más gordo que un cordero en vísperas del Aid y sus labios casi nunca dejaban de sonreír, de contento y de ironía.

Había estudiado medicina en los libros antiguos, los de Hipócrates, de Galeno, de Rhazes, de Avicena, de Abulcasis, de Avenzoar y de Maimónides, así como en tratados más recientes sobre la lepra y la peste, ¡Dios las aleje! Solía repartir a diario, gratis, a ricos y pobres, decenas de frascos de triaca de su fabricación. Pero era sólo para comprobar el efecto de la carne de víbora o del electuario, pues le interesaba mucho más la ciencia y la experimentación que la práctica médica. ¿Cómo habría podido, además, con unas manos siempre temblorosas por efecto del alcohol, operar un ojo afectado de cataratas o ni siquiera coser una herida? ¿Habría podido prescribir dietas –«la dieta es el comienzo de todo tratamiento», ha dicho el Profeta-, aconsejar a los pacientes que no abusaran de las bebidas y de las comidas, cuando él se entregaba sin freno a todos los placeres de la mesa? Todo lo más, podía recomendar vino añejo para tratar el hígado, como hicieron otros médicos antes que él.

Si lo llamaban «tabib» era porque, de todas las disciplinas por las que se interesaba, que iban desde la astronomía hasta la botánica, pasando por la alquimia y el álgebra, la medicina era aquélla en la que menos se confinaba en el papel de mero lector. Pero nunca había sacado de ella ni un dirhem, pues no vivía de eso: poseía, en la rica Vega de Granada, no lejos de las tierras del sultán, unas doce alquerías rodeadas de campos de trigo y cebada, de olivares y, sobre todo, de vergeles admirablemente dispuestos. La cosecha de trigo, de peras, de cidras, de naranjas, de plátanos, así como de azafrán y de caña de azúcar, le producían, dicen, tres mil dinares de oro por temporada, lo que no gana un médico en treinta años. Además, poseía en la colina misma de la Alhambra una inmensa villa, soberbio carmen perdido entre viñedos.

Cuando Astaghfirullah ponía a los ricos en la picota, a quien aludía con frecuencia era a Abu-Jamr y era la imagen del médico barrigudo y cubierto de seda la que les venía a la mente a los humildes. Pues hasta los que se beneficiaban sin soltar un cuarto de sus medicamentos se sentían incómodos en su presencia, ya fuera por sus prácticas que parecían propias de la magia, ya por su lenguaje, tan salpicado de términos cultos que era incomprensible excepto para un reducido grupo de letrados desocupados que pasaban con él los días y las noches, bebiendo y hablando de mitridatos, de astrolabios y de metempsicosis. Con frecuencia había entre ellos príncipes de la familia real y el propio Boabdil fue un adepto ocasional de sus borracheras, al menos hasta que el ambiente creado en la ciudad por Astaghfirullah obligó al sultán a mostrarse más prudente en la elección de sus compañeros.

«Eran hombres de ciencia y de inconsciencia, recordaba mi padre, decían a menudo, cuando no estaban bebidos, cosas sensatas, pero de una manera que, tanto por su impiedad como por su hermetismo, exasperaba al pueblo llano. Cuando se es rico, en oro o en sabiduría, hay que tener miramientos con la indigencia de los demás.»



Luego, en tono confidencial:

«Tu abuelo materno, Suleymán el librero, Dios lo tenga en Su misericordia, fue a veces con esa gente. No por el vino, naturalmente, sino por la conversación. Y además ese médico era su mejor cliente. Le encargaba libros raros de El Cairo, de Bagdad o de Ispahán, y a veces hasta de Roma, de Venecia o de Barcelona. Abu-Jamr se lamentaba, por cierto, de que los países musulmanes produjeran menos libros que en el pasado y de que se tratara sobre todo de simples reediciones o de resúmenes de libros antiguos. Punto en el cual tu abuelo estaba de acuerdo: en los primeros siglos del Islam, repetía a menudo con amargura, eran incontables en Oriente los tratados de filosofía, de matemáticas, de medicina o de astronomía. Los propios poetas eran mucho más numerosos e innovadores, tanto en el estilo como en el sentido.»

En Andalucía también florecía el pensamiento y sus frutos eran libros que, pacientemente copiados, circulaban entre los hombres sabios desde la China hasta el extremo occidente. Y luego se les secó la mente y la pluma. Para defenderse de los francos, sus ideas y sus costumbres, convirtieron a la Tradición en una alcazaba en la que se encerraron. Granada no alumbró ya sino imitadores sin talento ni audacia. Abu-Jamr se lamentaba de ello, pero Astaghfirullah se alegraba. Para este último, buscar a toda costa las ideas nuevas era un vicio; lo importante era conformarse en las enseñanzas del Altísimo tal y como las habían entendido y comentado los antiguos.  «¿Quién se atreve a pretender estar más cerca de la Verdad de lo que lo han estado el Profeta y sus compañeros? Porque se han apartado del buen camino, porque han permitido que se corrompieran las costumbres y las ideas, es por lo que los musulmanes han flaqueado ante sus enemigos.»

Para el médico, en cambio, las enseñanzas de la Historia eran muy otras.  «La edad dorada del islam, decía, era aquélla en que los califas les repartían su oro a los sabios y a los traductores, cuando se pasaban las veladas hablando de filosofía y de medicina en compañía de poetas medio borrachos. Y no le iba tan mal a Andalucía en los tiempos en que el visir Abderramán decía riendo: «Oh, tú que gritas: ¡acudid a la oración! mejor harías gritando: ¡acudid a la bebida!» Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo, la conformidad, han oscurecido sus mentes.»

Me parecía que mi padre había seguido de cerca todos aquellos debates, pero sin emitir jamás un juicio definitivo. Diez años después, sus palabras seguían careciendo de certidumbres.

«Pocos seguían al médico por la senda de la irreligión, pero algunas de sus ideas les hacían dudar. Prueba de ello es el asunto del cañón. ¿Te lo he contado alguna vez?»

Era a finales del año 896. Todos los caminos que llevaban a la Vega estaban ya en manos de los castellanos y los víveres empezaban a escasear. El ritmo de los días de Granada ya sólo lo marcaban el silbido de las balas de los cañones y de los trozos de roca que caían sobre las casas y las lamentaciones de las plañideras; en los parques, cientos de menesterosos, harapientos, sin recursos frente a un invierno que se anunciaba largo y riguroso, se peleaban por las últimas ramas del último árbol convertido en leña; los hombres del jeque, tan desenfrenados como desamparados, andaban por las calles en busca de algún culpable que castigar.

Alrededor de la ciudad sitiada, los combates se habían espaciado y también habían perdido virulencia. Los soldados de caballería y de infantería de Granada, diezmados por la artillería castellana cada vez que salían, no se atrevían ya a aventurarse en masa lejos de las murallas, se conformaban con golpes de mano nocturnos de escasa envergadura para asaltar a una escuadra enemiga, robar armas o apoderarse de algún ganado, actos audaces pero sin horizonte pues no bastaban para aflojar el cerco ni para aprovisionar a la ciudad, ni siquiera para devolverle los ánimos.

De pronto, un rumor. No de los que se extienden como la lluvia menuda de un nubarrón sino de los que caen como un chaparrón veraniego, cubriendo con su tumulto ensordecedor la miseria de los ruidos cotidianos. Un rumor que traía a nuestra ciudad ese toque de irrisión de que ningún drama está exento.



«Se supo que Abu-Jamr acababa de adquirir un cañón tomado al enemigo por un puñado de soldados temerarios que había accedido, a cambio de diez monedas de oro, a llevárselo a rastras hasta el jardín.»

Mi padre se llevó a los labios una copa de horchata y tragó despacio varios sorbitos sucesivos antes de proseguir, insensible a la incomprensión que me embargaba:

«Los granadinos jamás habían tenido cañones y, como Astaghfirullah no dejaba de repetirles que esa invención diabólica hacía más ruido que daño, se habían resignado a la idea de que un artefacto tan nuevo y tan complicado no podía hallarse más que en las filas enemigas. La iniciativa del médico los sumió en la perplejidad. Durante días, hubo un desfile ininterrumpido de jóvenes y de viejos que se mantenían a respetuosa distancia de «la cosa» cuyas proporcionadas redondeces y cuya amenazadora mandíbula comentaban a media voz. En cuanto a Abu-Jamr, allí estaba, con sus propias redondeces, saboreando su revancha. «¡Id a decir al jeque que venga en vez de pasarse los días rezando! ¡Preguntadle si sabe encender una mecha con la misma facilidad con que quema un libro!» Los más piadosos se alejaban precipitadamente, mascullando alguna que otra imprecación, mientras que otros interrogaban al médico con insistencia acerca del modo de usar el cañón y sus efectos si se utilizaba contra Santa Fe. El tampoco tenía ni idea, como es natural, lo que volvía sus explicaciones más impresionantes.»

Habrás adivinado, Hasan, hijo mío, que el cañón jamás se usó. Abu-Jamr no tenía ni balas, ni pólvora, ni artilleros y empezaron las risas burlonas entre los visitantes. Afortunadamente para él, el muhtasib, responsable de la policía, alertado por las aglomeraciones, mandó que unos cuantos hombres retiraran aquel objeto y lo remolcaran hasta la Alhambra para enseñarselo al sultán. Nunca más se lo volvió a ver. Pero se siguió oyendo hablar de él durante mucho tiempo, evidentemente por boca del médico que no se cansaba de repetir que únicamente por medio del cañón podrían los musulmanes vencer a sus enemigos, que mientras no se decidieran a adquirir o fabricar gran número de estos artefactos sus reinos estarían en peligro. Astaghfirullah predicaba algo muy distinto: mediante el martirio de los combatientes de la fe se aplastaría a los sitiadores.

«El sultán Boabdil iba a ponerlos de acuerdo, pues, en lo que a él se refería, no deseaba ni cañones ni mártires. Mientras el jeque y el médico porfiaban sin tregua y, a través de ellos, Granada entera se preguntaba por su destino, el señor de la ciudad no pensaba si no evitar el combate. Enviaba al rey Femando mensaje tras mensaje en los que ya no se hablaba más que de la fecha de la rendición; el sitiador hablaba de semanas y el sitiado de meses, esperando quizá que la mano del Altísimo desbaratara los frágiles arreglos de los hombres con algún decreto súbito, un diluvio, un cataclismo o una peste que diezmara a los grandes de España.»

Pero el Cielo nos tenía reservados otros designios…

Por Amin Maalouf

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Samarcanda: Poetas y Amantes VI

Dibujo de las Murallas de barro de la ciudad de Nishapur, en Jorasán, Irán, s. XIX
Dibujo de las Murallas de barro de la ciudad de Nishapur, en Jorasán, Irán, s. XIX


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Una mujer, un hombre, el pintor anónimo los ha imaginado de perfil, tendidos, abrazados; ha borrado las paredes del pabellón para prepararles un lecho de hierbas bordeado de rosas y que a sus pies corriera un riachuelo plateado. A Yahán la ha representado con los senos bien perfilados de una divinidad hindú. Omar le acaricia el cabello y con la otra mano sostiene una copa.

Todos los días, en palacio, se cruzan y evitan mirarse por temor a traicionarse. Cada noche Jayyám se apresura hacia el pabellón para esperar a su amada. ¿Cuántas noches les otorgará el destino? Todo depende del soberano. Cuando se marche, Yahán lo seguirá. Pero el príncipe no anuncia nada de antemano. Una mañana saltará sobre su caballo de batalla, nómada e hijo de nómada, y tomará el camino de Bujara, de Kix o de Penyikent; la corte perderá la cabeza por alcanzarlo. Omar y Yahán temen ese momento, cada beso tiene el sabor del adiós, cada abrazo es una huida sin aliento.

Una noche entre otras, aunque una de las más sofocantes del verano, Jayyám sale a la terraza del pabellón a esperar a Yahán; muy cerca de él le parece oír las risas de los guardias del cadí y se preocupa, aunque sin motivo, puesto que Yahán llega y le tranquiliza; nadie se ha dado cuenta de su presencia. Se besan primero furtivamente, luego con más insistencia, es su manera de terminar el día de los demás y de comenzar su noche.

—¿Cuántos amantes crees que habrá en esta ciudad que en este instante se encuentran como nosotros?

Es Yahán la que cuchichea con picardía. Omar se ajusta con aire docto su gorro de noche, hincha las mejillas y ahueca la voz:

—Veamos el asunto detenidamente: si excluimos a las esposas que se aburren, a las esclavas que obedecen, a las prostitutas que se venden o se alquilan, a las vírgenes que suspiran, ¿cuántas mujeres quedan, cuántas amantes irán esta noche al encuentro del hombre que han elegido? Igualmente ¿cuántos hombres duermen junto a la mujer que aman, una mujer sobre todo que se entregue a ellos por otra razón que no sea la de no poder evitarlo? Quién sabe… quizá no haya esta noche en Samarcanda más que una amante, quizá sólo haya un amante. Dirás, ¿por qué tú?, ¿por qué yo? Porque Dios nos ha hecho amantes como ha hecho venenosas a algunas flores.

El ríe, y ella deja correr las lágrimas.

—Entremos y cerremos la puerta, podrían oír nuestra felicidad.

Muchas caricias después, Yahán se incorpora, se cubre a medias y separa dulcemente a su amante.

—Tengo que confesarte un secreto. Me lo ha dicho la esposa de mayor edad del kan. ¿Sabes por qué está en Samarcanda?

Omar la interrumpe. Piensa que es algún cotilleo de harén.

—Los secretos de los príncipes no me interesan, queman los oídos de los que los oyen.

—Escúchame primero, ese secreto también nos pertenece puesto que puede cambiar completamente nuestra vida. Nasr Kan ha venido a inspeccionar las fortificaciones. Al final del verano, cuando la canícula haya pasado, espera un ataque del ejército selyuquí.

Jayyám conoce a los selyuquíes, pueblan sus primeros recuerdos de la infancia. Mucho antes de convertirse en los amos del Asia musulmana se habían adueñado de su ciudad natal, dejando por generaciones el recuerdo de un Gran Miedo.

Esto sucedía diez años antes de su nacimiento. Los habitantes de Nisapur se habían despertado una mañana con su ciudad totalmente rodeada por los guerreros turcos. A la cabeza de ellos dos hermanos, Togrul Beg «el Halcón» y Xagri Beg «el Gavilán», hijos de Mikael, hijo de Selyuq, por aquel entonces oscuros jefes de clan, nómadas recientemente convertidos al Islam. Los dignatarios de la ciudad recibieron este mensaje. «Se dice que vuestros hombres son altivos y que el agua fresca corre en vuestra ciudad por canales subterráneos. Si intentáis resistiros, vuestros canales pronto estarán a cielo abierto y vuestros hombres estarán bajo tierra.»

Fanfarronadas, frecuentes en el momento de los asedios. Sin embargo, los dignatarios de Nisapur se apresuraron a capitular a cambio de la promesa de que los habitantes salvarían la vida, sus bienes, sus casas y sus huertos, y sus canales serían respetados. Pero ¿qué valen las promesas de un vencedor? En cuanto la tropa entró en la ciudad, Xagri quiso soltar a sus hombres por las calles y en el bazar. Togrul se opuso alegando que estaban en el mes del Ramadán y no se podía saquear una ciudad del Islam durante el período de ayuno. El argumento surtió efecto, pero Xagri no depuso las armas. Únicamente se resignó a esperar que la población no estuviera ya en estado de gracia.

Cuando el conflicto que separaba a los dos hermanos llegó a oídos de los ciudadanos, cuando comprendieron que al comienzo del siguiente mes serían abandonados al pillaje, a la violación y a la matanza, vino el Gran Miedo. Peor que la violación es la violación anunciada, la espera pasiva, humillante, el monstruo ineluctable. Las tiendas se vaciaban, los hombres se escondían, sus mujeres y sus hijas los veían llorar de impotencia. ¿Qué hacer? ¿Cómo huir? ¿Por qué camino? El invasor estaba en todas partes, sus soldados de cabellos trenzados merodeaban por el bazar del Gran Cuadrado, por los barrios y los arrabales, por las inmediaciones de la Puerta Quemada, constantemente borrachos, al acecho de un rehén, de un botín, sus hordas incontroladas infestaban los campos vecinos.

¿No se desea de ordinario que el ayuno termine y llegue el día de la fiesta? Ese año se hubiera deseado que el ayuno se prolongara hasta lo infinito, que la fiesta de la Ruptura no llegara jamás. Cuando apareció el creciente del nuevo mes, nadie pensó en regocijos, nadie pensó en matar el cordero, la ciudad entera tenía la impresión de ser un gigantesco cordero cebado para el sacrificio.

Miles de familias pasaron la noche que precede a la fiesta, esa noche del Decreto en la que conceden todos los deseos, en las mezquitas y los mausoleos de los santos, refugios precarios; noche de agonía, de lágrimas y de oraciones.

Mientras tanto, en la ciudadela estallaba una tormentosa discusión entre los hermanos selyuquíes. Xagri gritaba que a sus hombres no se les había pagado desde hacía meses, que sólo habían aceptado luchar porque se les había prometido dejarles las manos libres en esa opulenta ciudad, que estaban al borde de la rebelión y que él, Xagri, no podría contenerlos por más tiempo.

Togrul hablaba otro lenguaje:

—Sólo estamos en la frontera de nuestras conquistas. ¡Quedan aún tantas ciudades que conquistar! Ispahán, Shiraz, Rayy, Tabriz ¡y otras mucho más allá! Si saqueamos Nisapur después de su rendición, después de todas nuestras promesas, ninguna puerta se abrirá ya ante nosotros, ninguna guarnición flaqueará.

—¿Cómo podríamos conquistar todas esas ciudades con las que sueñas si perdemos nuestro ejército, si nuestros hombres nos abandonan? Los más fieles ya se quejan y amenazan con hacerlo.

Los dos hermanos estaban rodeados de sus lugartenientes y de los ancianos del clan, y todos al unísono confirmaban las palabras de Xagri. Éste, envalentonado, se levantó decidido a terminar:

—Hemos hablado demasiado, voy a decir a mis hombres que se lucren con la ciudad. Si tú quieres retener a los tuyos, hazlo; cada uno con sus tropas.

Togrul no respondía, no se movía, atormentado por un penoso dilema. De pronto, saltó lejos de todos y se apoderó de un puñal.

A su vez Xagri había desenvainado. Nadie sabía si había que intervenir o, como de costumbre, dejar a los dos hermanos selyuquíes arreglar sus diferencias con la sangre, cuando Togrul gritó:

—Hermano, no puedo obligarte a obedecerme, no puedo contener a tus hombres, pero si los sueltas sobre la ciudad me clavaré este puñal en el corazón.

Y diciendo esto, apuntó el arma, cuya empuñadura sostenía con las dos manos, hacia su propio pecho. El hermano dudó poco; avanzó hacia él con los brazos abiertos y, después de un largo abrazo, prometió no contrariar más su voluntad. Nisapur se había salvado, pero nunca olvidaría el Gran Miedo del Ramadán.

Por Amin Maalouf

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Samarcanda: Poetas y Amantes V

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A las palabras del chambelán siguen murmullos, risas contenidas: todo un tumulto se produce entre los veinte poetas aproximadamente que esperaban su turno y algunos incluso dan dos pasos hacia atrás antes de eclipsarse discretamente. Sólo una mujer sale de la fila y se acerca con paso firme. Interrogado con la mirada por Omar, el cadí cuchichea:

—Una poetisa de Bujara; la llaman Yahán. Yahán, como el vasto mundo. Es una joven viuda con amores tumultuosos.

El tono es reprobador, pero el interés de Omar se agudiza aún más por ello y no puede apartar su mirada de Yahán. Ésta se ha levantado ya el velo dejando al descubierto unos labios sin afeites; declama un poema agradablemente compuesto en el que, cosa extraña, no se menciona ni una sola vez el nombre del kan. No, se elogia sutilmente el río Sogd que dispensa sus beneficios a Samarcanda tanto como a Bujara y va a perderse el desierto, ya que ningún mar es digno de recibir su agua.

—Has hablado bien. Que tu boca se llene de oro —dice Nasr, repitiendo la fórmula que le es habitual.

La poetisa se inclina sobre una gran bandeja de dinares de oro y comienza a introducirse las monedas en la boca una a una, mientras los asistentes las van contando en voz alta. Cuando Yahán reprime un hipo a punto de atragantarse, la corte entera, con el monarca a la cabeza, suelta la carcajada. El chambelán hace una seña a la poetisa para que vuelva a su sitio; se han contado cuarenta y seis dinares.

Sólo Jayyám no ríe. Con los ojos fijos en Yahán intenta comprender sus sentimientos hacia ella; su poesía es tan pura, su elocuencia tan digna, su intervención tan valiente… y sin embargo ahí está, atiborrada de metal amarillento, entregándose a esa humillante recompensa. Antes de bajarse el velo, lo levanta algo más, liberando una mirada que Omar recoge, aspira y quisiera retener. Instante inapreciable para la multitud y eternidad para el amante. El tiempo tiene dos caras, se dice Jayyám, tiene dos dimensiones; la longitud va al ritmo del sol, la densidad al ritmo de las pasiones.

El cadí interrumpe ese momento bendito entre todos; da unos golpecitos en el brazo de Jayyám, que se vuelve. Demasiado tarde, la mujer ha desaparecido, ya no es más que velos.

Abu Taher quiere presentar a su amigo al kan y guarda las formas:

—Vuestro augusto techo ampara en este día al sabio más grande de Jorasán, Omar Jayyám. Para él las plantas no tienen secretos, las estrellas no tienen misterio.

No es una casualidad que el cadí haya distinguido la medicina y la astrología entre las numerosas disciplinas en las que Omar destaca; siempre han gozado del favor de los príncipes, la primera por esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su fortuna.

El príncipe se muestra complacido, dice que se siente honrado, pero no está de humor para entablar una conversación erudita y, equivocándose aparentemente sobre las intenciones del visitante, juzga oportuno reiterar su fórmula preferida.

—¡Que su boca se llene de oro!

Omar está desconcertado y reprime un respingo. Abu Taher se da cuenta y se inquieta. Temiendo que una negativa ofenda al soberano, mira a su amigo grave e insistentemente y le empuja por los hombros. En vano, Jayyám ha tomado su decisión:

—Que Su Grandeza se digne excusarme, estoy en período de ayuno y no puedo llevarme nada a la boca.

—¡Sin embargo, el mes de ayuno se terminó hace tres semanas, si no me equivoco!

—En la época del Ramadán yo estaba de viaje de Nisapur a Samarcanda, por lo tanto tuve que suspender el ayuno, haciendo la promesa de recuperar más tarde los días perdidos.

El cadí se asusta, la asistencia se agita, el rostro del soberano es ilegible. Se decide por interrogar a Abu Taher:

—Tú que estás enterado de todas las minuciosidades de la fe, ¿puedes decirme si jawayé Omar rompería el ayuno por introducirse unas monedas de oro en la boca escupiéndolas enseguida?

El cadí adopta el más neutro de los tonos:

—Estrictamente hablando, lo que entra por la boca puede constituir una ruptura del ayuno. Y ha sucedido que se traguen una moneda por error.

Nasr admite el argumento, pero no se queda satisfecho e interroga a Omar:

—¿Me has dado la verdadera razón de tu negativa?

Jayyám duda un momento y luego dice:

—No es la única razón.

—Habla —dice el kan—, no tienes nada que temer de mí.

Entonces Omar pronuncia estos versos:

¿Es la pobreza lo que me ha conducido hasta ti?

Nadie es pobre si sabe conservar sus deseos sencillos.

No espero nada de ti, sino que me honres,

si sabes honrar a un hombre recto y libre.

—¡Que Dios ensombrezca tus días, Jayyám! —murmura Abu Taher para sí mismo.

No piensa lo que dice, pero su miedo es real. Aún resuena en sus oídos el eco de una demasiado reciente cólera y no está seguro de poder domar a la fiera una vez más. El kan permanece silencioso, inmóvil, como petrificado por una insondable deliberación; sus allegados esperan su primera palabra como un veredicto, algunos cortesanos prefieren marcharse antes de la tormenta.

Omar aprovecha el desconcierto general para buscar con los ojos a Yahán; está apoyada en una columna con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Será por él por quien ella también tiembla?

Al fin el kan se levanta. Camina resueltamente hacia Omar, le da un fuerte abrazo, le toma la mano y se lo lleva con él.

«El señor de Transoxiana», cuentan las crónicas, «tenía tal estima por Omar Jayyám que lo invitaba a sentarse cerca de él en el trono.»

—Ahora ya eres amigo del kan —lanza Abu Taher en cuanto abandonan el palacio.

Su jovialidad está a la medida de la angustia que ha secado su garganta, pero Jayyám responde fríamente:

—¿Has olvidado el proverbio que reza así: «El mar no tiene vecinos, el príncipe no tiene amigos»?

—No desprecies la puerta que se abre. ¡Tu carrera me parece trazada en la corte!

—La vida de la corte no es para mí; mi único sueño, mi única ambición es tener algún día un observatorio, con un jardín de rosas y contemplar el cielo hasta perderme en él, con una copa en la mano y una hermosa mujer a mi lado.

—¿Hermosa como esa poetisa? —ríe burlonamente Abu Taher.

Omar no tiene otra cosa en la mente, pero se calla. Teme traicionarse a la menor palabra que se le escape. Sintiéndose un poco frívolo, el cadí cambia de tono y de tema:

—Tengo que pedirte un favor.

—Eres tú quien me colma de favores.

—¡Lo admito! —concede rápidamente Abu Taher—. Digamos que quisiera algo a cambio.

Han llegado ante el pórtico de su residencia y le invita a proseguir su conversación en torno a una mesa bien surtida.

—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso sólo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy en un error si digo que desde la muerte de lbn Sina nadie los conoce mejor que tú?

Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:

—Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro último y ese libro quiero que me lo dediques.

—No pienso que haya un libro último en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo.

—¡Explícate!

—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat. ¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me hablen de verdad!

Se calla un instante, pero prosigue inmediatamente.

—Me he paseado por los alrededores de Samarcanda y he visto ruinas con inscripciones que nadie sabe ya descifrar, y me he preguntado: ¿Qué queda de la ciudad que antaño se elevaba aquí? No hablemos de los hombres, son las más efímeras de las criaturas, pero ¿qué queda de su civilización? ¿Qué reino ha subsistido, qué ciencia, qué ley, qué verdad? Nada. Por más que he rebuscado en esas ruinas, no he podido descubrir más que un rostro grabado en un cascote de cerámica y un fragmento de pintura en una pared. Eso es lo que serán mis miserables poemas dentro de mil años, cascotes, fragmentos, ruinas de un mundo enterrado para siempre. Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habrá posado sobre ella un poeta medio borracho.

—Comprendo tus palabras —balbucea Abu Taher un poco desconcertado—. Sin embargo, ¡no querrás dedicar a un cadí chafeíta unos poemas que huelan a vino!

De hecho, Omar sabrá mostrarse conciliador y, lleno de gratitud, aguará su vino, por decirlo así. Durante los meses siguientes comienza la redacción de un libro muy importante consagrado a las ecuaciones cúbicas. Para presentar la incógnita en ese tratado de álgebra, Jayyám utiliza el término árabe shay, que significa «cosa»; esta palabra, escrita xay en las obras científicas españolas, ha sido reemplazada progresivamente por su primera letra, «x», que se ha convertido en el símbolo universal de la incógnita.

Terminado en Samarcanda, el libro de Jayyám está dedicado a su protector:

«Somos víctimas de una época en la que los hombres de ciencia están desacreditados y muy pocos entre ellos tienen la posibilidad de consagrarse a una verdadera investigación… Los escasos conocimientos que tienen los sabios de hoy están dedicados a la persecución de fines materiales… Por lo tanto había perdido la esperanza de encontrar en este mundo a un hombre que estuviera interesado tanto por la ciencia como por las cosas del mundo y que se preocupara sinceramente por el destino del género humano, hasta que Dios me concedió la gracia de conocer al gran cadí, el imán Abu Taher. Sus favores me han permitido consagrarme a estos trabajos.»

Cuando esa noche vuelve al pabellón que le servirá de ahí en adelante de casa, Jayyám renuncia a llevarse una lámpara, pensando que es demasiado tarde para leer o escribir. Sin embargo, su camino está apenas iluminado por la luna, mortecina luz de cuarto creciente en ese fin del mes de xawwal. En cuanto se aleja de la villa del cadí, avanza a tientas, tropieza más de una vez, se agarra a los arbustos y recibe en plena cara la áspera caricia de un sauce llorón.

Apenas llega a su habitación, una voz, un dulce reproche:

—Te esperaba más temprano.

¿Es por haber pensado tanto en esa mujer por lo que ahora cree oírla? De pie, ante la puerta que cierra lentamente, busca con los ojos una silueta. En vano. Sólo la voz le llega de nuevo, audible pero como entre brumas:

—Guardas silencio, te niegas a creer que una mujer haya osado violar así tu habitación. En palacio nuestras miradas se cruzaron, un fulgor las unió, pero el kan estaba allí, y el cadí y toda la corte, y tu mirada huyó. Como tantos hombres, escogiste no detenerte. ¿Para qué desafiar al destino, para qué granjearte la ira del príncipe por una simple mujer, una viuda que sólo te aportaría como dote una lengua acerada y una dudosa reputación?

Omar se siente encadenado por alguna fuerza misteriosa y no consigue moverse ni despegar los labios.

—No dices nada —comprueba Yahán, irónica pero enternecida—. Mala suerte, continuaré hablando sola; por otra parte he sido yo la que hasta ahora ha hecho todo. Cuando abandonaste la corte hice algunas preguntas con respecto a ti, me enteré de donde vivías y dije que iba a alojarme en casa de una prima casada con un rico negociante de Samarcanda. Por lo general, cuando me desplazo con la corte suelo dormir con el harén; tengo allí algunas amigas que aprecian mi compañía y están ávidas de las historias que les cuento. No ven en mí a una rival, saben que no aspiro a convertirme en la mujer del kan. Habría podido seducirlo, pero he tratado demasiado a las esposas de los reyes para que me tiente semejante destino. ¡Para mí la vida es tanto más importante que los hombres! Ahora bien, mientras sea la mujer de otro o de nadie, el soberano consiente en que me exhiba en su diván con mis versos y mis risas. Si alguna vez pensara en casarse conmigo, empezaría por encerrarme.

Emergiendo con dificultad de su torpor, Omar no capta nada del discurso de Yahán y cuando se decide a pronunciar sus primeras palabras se dirige menos a ella que a sí mismo o a una sombra:

—Cuántas veces, adolescente, y más tarde, después de la adolescencia, me he cruzado con una mirada, con una sonrisa; por la noche soñaba que esa mirada se convertía en presencia, se hacía carne, mujer, deslumbramiento en la oscuridad. Y de pronto, entre las sombras de esta noche, en este pabellón irreal, en esta ciudad irreal, están aquí, mujer, bella, poetisa por añadidura, ofreciéndote a mí.

Ella ríe.

—¿Ofreciéndome? ¡Tú qué sabes! No me has rozado, no me has visto y sin duda no me verás, puesto que partiré mucho antes de que el sol me expulse.

En la densa oscuridad un largo y confuso frufrú de seda, un perfume. Omar contiene la respiración, su piel está alerta; no puede contener una pregunta con la ingenuidad de un colegial:

—¿Llevas aún tu velo?

—No llevo más velo que la noche.

Por Amin Maalouf


Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes VI


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Samarcanda: Poetas y Amantes V por Amin Maalouf se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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Samarcanda: Poetas y Amantes IV

Busto de Omar Khayyam en Nishapur
Busto de Omar Khayyam en Nishapur


Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes III


Los astrólogos lo han proclamado desde el alba de los tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la rebelión, Samarcanda, La Meca, Damasco y Palermo. Nunca se sometieron a sus gobernantes si no fue por la fuerza; nunca siguen el camino recto si no está trazado por la espada, y fue por la espada como el Profeta redujo la arrogancia de los habitantes de La Meca. ¡Y por la espada reduciré la arrogancia de la gente de Samarcanda!

Nasr Kan, Señor de Transoxiana, gesticula de pie ante su trono, gigante cobrizo cubierto de bordados; su voz hace temblar a allegados y visitantes, sus ojos buscan una víctima entre la asistencia, unos labios que osen estremecerse, una mirada insuficientemente contrita, el recuerdo de alguna traición. Pero, por instinto, cada cual se escurre detrás de su vecino, inclina su espalda, su cuello, sus hombros y espera a que pase la tormenta.

Al no encontrar una presa para sus garras. Nasr Kan toma a manos llenas sus ropajes de gala, se los quita uno tras otro, los tira al suelo furioso y los patea vociferando una sarta de improperios sonoros en su dialecto turco—mogol de Kaxgar. Según la costumbre, los soberanos llevan superpuestos tres, cuatro y a veces siete vestidos bordados de los que se van despojando a lo largo del día, depositándolos con solemnidad sobre la espalda de aquellos que desean honrar. Actuando como lo acaba de hacer, Nasr Kan ha manifestado su intención de no recompensar ese día a ninguno de sus numerosos visitantes.

Sin embargo, debería ser un día de festividades, como en cada visita del soberano a Samarcanda, pero la alegría se esfumó desde los primeros minutos. Después de haber remontado la carretera enlosada que sube desde el río Siab, el kan efectuó su entrada solemne por la puerta de Bujara, situada al norte de la ciudad. Por su amplia sonrisa, sus ojillos parecían más hundidos, más oblicuos que nunca y sus pómulos brillaban por los reflejos ámbar del sol. Y luego, súbitamente, su humor cambió. Se acercó a unos doscientos notables reunidos en torno al cadí Abu Taher y dirigió al grupo con el que se había mezclado Omar Jayyám una inquieta y aguda mirada, como recelosa. Al no haber visto, al parecer, a aquellos a quienes buscaba, encabritó bruscamente su cabalgadura con un seco tirón de las riendas y se alejó mascullando inaudibles palabras. Rígido sobre su yegua negra, no volvió a sonreír ni esbozó la menor respuesta a las repetidas ovaciones de los miles de ciudadanos congregados desde el alba para saludarle a su paso; algunos agitaban al viento el texto de una petición redactada por algún memorialista. En vano. Nadie osó presentarlo al soberano y se dirigían antes bien al chambelán, que se inclinaba cada vez para recoger las hojas sin dejar de murmurar vagas promesas de darles curso.

Precedido de cuatro jinetes que llevaban en alto los oscuros estandartes de la dinastía y seguido a pie por un esclavo con el torso desnudo que sostenía un inmenso quitasol, el kan atravesó sin detenerse las grandes arterias bordeadas de tortuosas moreras, evitó los bazares, cabalgó a lo largo de los principales canales de irrigación llamados ariks hasta el barrio de Asfizar, donde se había hecho acondicionar un palacio provisional a dos pasos de la residencia de Abu Taher. En el pasado, los soberanos residían en el interior de la ciudadela, pero los recientes combates la habían dejado en un estado de ruina extrema y hubo que abandonarla. Desde entonces sólo la guarnición turca levantaba allí a veces sus tiendas.

Al comprobar el mal humor del soberano, Omar había dudado de ir a palacio para presentarle sus respetos, pero el cadí le había obligado a ello, sin duda con la esperanza de que la presencia de su eminente amigo proporcionara una saludable diversión. Abu Taher se había creído en la obligación de aclarar a Jayyán lo que había sucedido: los dignatarios religiosos de la ciudad habían decidido no asistir a la ceremonia del recibimiento porque reprochaban al kan el haber ordenado incendiar hasta los cimientos la Gran Mezquita de Bujara, donde se había encerrado, armado, un grupo de la oposición.

—Entre el soberano y los hombres de religión — explica el cadí—, la guerra es ininterrumpida, de vez en cuando abierta, sangrienta, la mayoría de las veces sorda e insidiosa. Se contaba incluso que los ulemas habrían mantenido contactos con numerosos oficiales exasperados por el comportamiento del príncipe. Sus antepasados, se decía, comían con la tropa y no perdían ninguna ocasión de recordar que su poder reposaba en la bravura de los guerreros de su pueblo. Pero de una generación a otra los kanes turcos habían adquirido las desagradables manías de los monarcas persas. Se consideraban semidioses y se rodeaban de un ceremonial cada vez más complejo, incomprensible e incluso humillante para sus oficiales, con lo que muchos de éstos estaban en tratos con los jefes religiosos. No sin placer, les escuchaban vilipendiar a Nasr, acusarle de haberse alejado de los caminos del Islam. Para intimidar a los militares, el soberano reaccionaba con extrema dureza contra los ulemas. Su padre, un hombre piadoso sin embargo, ¿no había inaugurado su reino cortando una cabeza tocada con un gran turbante?

En este año de 1072, Abu Taher es uno de los escasos dignatarios religiosos que mantiene una estrecha relación con el príncipe, lo visita a menudo en la ciudadela de Bujara, su residencia principal, y lo recibe con solemnidad cada vez que se detiene en Samarcanda. Algunos ulemas ven con malos ojos su actitud conciliadora, pero la mayoría aprecia la presencia de ese intermediario entre ellos y el monarca.

Una vez más, el cadí va a desempeñar hábilmente ese papel de conciliador, evitando contradecir a Nasr y aprovechando la mínima mejoría de su humor para inducirle a sentimientos más bondadosos. Espera, deja que transcurran los minutos difíciles y cuando el soberano se ha sentado en el trono, cuando al fin lo ve con los riñones bien arrellanados en un mullido almohadón, comienza sutil e imperceptiblemente a enderezar la situación, observado con alivio por Omar. A una señal del cadí, el chambelán hace venir a una joven esclava que recoge los vestidos tirados por el suelo como cadáveres después de la batalla. De entrada, el aire se hace menos irrespirable, los presentes se desentumecen discretamente piernas y brazos y algunos se arriesgan a susurrar algunas palabras al oído del más próximo.

Entonces, adelantándose hacia el espacio despejado en el centro de la habitación, el cadí se coloca frente al monarca y baja la cabeza sin pronunciar una sola palabra. Tanto es así que al cabo de un largo minuto de silencio, cuando Nasr termina por lanzar, con un vigor teñido de hastío: «Ve a decir a todos los ulemas de esta ciudad que vengan al alba a prosternarse a mis pies; la cabeza que no se incline será cercenada; y que nadie trate de huir, porque no existe tierra fuera del alcance de mi cólera», todos comprenden que la tempestad ha pasado, que una solución está a la vista y que basta con que los religiosos se enmienden para que el monarca renuncie a castigar con rigor.

Por eso, al día siguiente, cuando Omar acompaña de nuevo al cadí a la corte, la atmósfera es irreconocible. Nasr está sentado en el trono, una especie de cama—diván, en alto, cubierto con un tapiz oscuro, cerca del cual un esclavo sostiene una bandeja con pétalos de rosa confitados. El soberano escoge uno, se lo pone sobre la lengua y lo deja deshacerse contra el paladar antes de tender la mano indolentemente hacia otro esclavo que le rocía los dedos con agua perfumada y se los seca con diligencia. El ritual se repite veinte, treinta veces mientras las delegaciones desfilan. Representan a los barrios de la ciudad, principalmente Asfizan, Panijin, Zagrimax, Maturid, las corporaciones de los bazares y las de los oficios, caldereros, comerciantes de papel, sericultores o aguadores, así como las comunidades protegidas, judíos, guebros y cristianos nestorianos.

Todos comienzan por besar el suelo, luego se levantan, saludan de nuevo con una prolongada zalema hasta que el monarca les da la señal de incorporarse. Entonces su portavoz pronuncia algunas frases y se retiran todos andando hacia atrás; en efecto, está prohibido volver la espalda al soberano antes de haber salido de la habitación. Una curiosa práctica. ¿La habría introducido un monarca demasiado cuidadoso de su respetabilidad? ¿Algún visitante particularmente desconfiado?

A continuación se acercan los dignatarios religiosos, esperados con curiosidad y también con recelo. Son más de veinte. Abu Taher no ha tenido dificultad en convencerlos de que vinieran. Desde el momento en que han manifestado ampliamente su resentimiento, perseverar por ese camino sería buscar el martirio, lo que ninguno de ellos desea.

Allí están, presentándose ante el trono e inclinándose lo más profundamente posible, cada uno según su edad y sus articulaciones, esperando una señal del príncipe para incorporarse. Pero la señal no llega. Pasan diez minutos. Luego veinte. Ni siquiera los más jóvenes pueden permanecer indefinidamente en una postura tan incómoda. Sin embargo, ¿qué hacer? Incorporarse sin haber sido autorizado a ello sería designarse para la venganza del monarca. Uno después de otro caen de rodillas, actitud igualmente respetuosa y menos agotadora. Sólo cuando la última rótula ha tocado tierra, el soberano hace la señal de levantarse y retirarse sin discurso. Nadie se asombra del cariz que han tomado los acontecimientos; es el precio que hay que pagar, está en el orden de las cosas del reino.

A continuación se acercan unos oficiales turcos y grupos de notables, así como algunos dihkans, hidalgüelos de los pueblos vecinos; besan el pie del soberano, su mano o su hombro, cada uno según su rango. Luego se adelanta un poeta y recita una pomposa elegía a gloria del monarca, quien pronto se muestra ostensiblemente aburrido. Le interrumpe con un gesto, hace una señal al chambelán para que se incline y le da la orden que debe transmitir.

—Nuestro señor hace saber a los poetas aquí presentes que está harto de oír repetir siempre los mismos temas y no quiere que se le siga comparando con un león, ni con un águila y aún menos con el sol. Que los que no tengan otra cosa que decir, se vayan.

Por Amin Maalouf


Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes V


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Samarcanda: Poetas y Amantes III

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes II

Esa noche, Omar intenta inútilmente conciliar el sueño en un mirador o pabellón de madera que se encuentra sobre una pelada colina en medio del gran jardín de Abu Taher. Cerca de él, en una mesa baja, cálamo y tintero, una lámpara apagada y su libro, abierto por la primera página, que sigue en blanco.

Al amanecer, una visión: una bella esclava le trae una bandeja con rajas de melón, un traje nuevo y una banda de turbante de seda de Zandán. Y un mensaje susurrado:

—El amo te espera después de la oración del alba.

El salón ya está lleno: demandantes, pedigüeños, cortesanos, allegados, visitantes de toda condición y entre ellos el estudiante de la cicatriz, que sin duda ha venido para saber noticias. Cuando Omar cruza la puerta, la voz del cadí le convierte en blanco de miradas y murmullos:

—Bienvenido sea el imán Omar Jayyám, el hombre al que nadie iguala en el conocimiento de la tradición del Profeta, la referencia que nadie discute, la voz que nadie contradice.

Uno después de otro los visitantes se levantan, esbozan una zalema y mascullan alguna fórmula antes de volver a sentarse. Con una furtiva mirada, Omar observa al de la cicatriz, que parece ahogarse en su rincón, refugiado sin embargo en una mueca tímidamente burlona.

Con la mayor ceremonia del mundo, Abu Taher ruega a Omar que tome asiento a su derecha, obligando a sus vecinos a apartarse solícitamente. Luego continúa.

—Nuestro eminente visitante tuvo ayer tarde un contratiempo. Él, a quien se honra en Jorasán, Fars y Mazandarán, a quien todas las ciudades desean acoger entre sus muros, a quien todos los príncipes desean atraer hacia su corte, fue importunado ayer en las calles de Samarcanda.

Exclamaciones indignadas se elevan, seguidas de una algarabía que el cadí deja aumentar un tanto, antes de apaciguarla con un gesto y proseguir:

—Y lo que es más grave, un alboroto estuvo a punto de estallar en el bazar. ¡Un alboroto, la víspera de la visita de nuestro venerado soberano Nasr Kan, Sol de la Realeza, que debe llegar esta misma mañana de Bujara, si Dios lo permite! No me atrevo a imaginar en qué aflicción nos encontraríamos hoy si no hubiéramos podido contener y dispersar a la multitud. Os lo digo: ¡muchas cabezas estarían vacilando sobre sus hombros!

Se interrumpe para tomar aliento, para causar impresión, sobre todo, y dejar que el miedo se insinúe en los corazones.

—Felizmente, uno de mis antiguos alumnos, aquí presente, reconoció a nuestro eminente visitante y vino a advertirme.

Señala con el dedo al estudiante de la cicatriz y le invita a levantarse:

—¿Cómo reconociste al imán Omar?

A modo de respuesta, algunas sílabas balbuceadas.

—¡Más alto! ¡Aquí nuestro anciano tío no te oye! —vocifera el cadí señalando a una venerable barba blanca que está a su izquierda.

—Reconocí al eminente visitante gracias a su elocuencia —enuncia con dificultad el de la cicatriz—, y lo interrogué sobre su identidad antes de traerlo ante nuestro cadí.

—Has actuado bien. Si hubiera continuado el tumulto, habría corrido la sangre. Ven a sentarte cerca de nuestro invitado, te lo has merecido.

Mientras el de la cicatriz se acerca con un aire falsamente humilde, Abu Taher murmura al oído de Omar:

—Aunque no se haya hecho amigo tuyo, al menos no podrá ya atacarte en público.

Prosigue en voz alta:

—¿Puedo esperar que a pesar de todo lo que ha soportado, jawayé Omar no guarde demasiado mal recuerdo de Samarcanda?

—Lo que pasó ayer tarde —responde Jayyám— lo he olvidado ya y cuando más tarde piense en esta ciudad será otra imagen la que conserve en mi mente, la imagen de un hombre maravilloso. No estoy hablando de Abu Taher. El más bello elogio que se puede hacer a un cadí no es alabar sus cualidades, sino la nobleza de aquellos que tiene a su cargo. Ahora bien, el día de mi llegada, mi mula había subido penosamente la última pendiente que lleva a la puerta de Kix y yo apenas había puesto un pie en tierra cuando me abordó un hombre: «Bienvenido a esta ciudad» me dijo, «¿tienes aquí parientes o amigos?» Respondí que no sin detenerme, temiendo habérmelas con algún timador o, por lo menos, con un pedigüeño o un importuno. Pero el hombre prosiguió: «No desconfíes de mi insistencia, noble visitante. Es mi señor quien me ha ordenado apostarme en este lugar al acecho de todo viajero que se presente para ofrecerle hospitalidad.»

El hombre parecía de condición modesta, pero iba vestido con ropa limpia y no ignoraba los modales de las personas de respeto. Le seguí. A algunos pasos de allí, me hizo entrar por una pesada puerta, atravesé un pasillo abovedado y me encontré en el patio de un caravasar, con un pozo en el medio y personas y bestias atareadas, y, rodeando el patio, una construcción de dos pisos con habitaciones para viajeros. El hombre dijo: «Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, una noche o una temporada. Encontrarás cama y comida y forraje para tu mula.» Cuando le pregunté el precio que debla pagar se ofendió: «Eres el invitado de mi señor.» «¿Y dónde está ese anfitrión tan generoso para que pueda expresarle mi agradecimiento?» «Mi señor murió hace ya siete años, dejándome una suma de dinero que debía gastar en su totalidad para honrar a los visitantes de Samarcanda.» «¿Y cómo se llamaba ese señor, para que al menos pueda contar sus favores?» «Únicamente el Altísimo merece tu gratitud, dale las gracias a Él, que sabrá quién es el hombre por cuyas buenas acciones se le dan.» Y fue así como durante varios días permanecí en casa de ese hombre. Salía y entraba y siempre encontraba allí platos compuestos de deliciosos manjares y mi cabalgadura estaba mejor cuidada que si me ocupara de ella yo mismo.

Omar mira a la asistencia buscando alguna reacción. Pero su relato no ha provocado ninguna chispa en los labios, ninguna pregunta en los ojos. Adivinando su perplejidad, el cadí le explica:

—Muchas ciudades pretenden ser las más hospitalarias de todas las tierras del Islam, pero sólo los habitantes de Samarcanda merecen semejante título. Que yo sepa, jamás ningún viajero ha tenido que pagar para alojarse o alimentarse, y conozco a familias enteras que se han arruinado para honrar a los visitantes o a los necesitados. Sin embargo, nunca las oirás enorgullecerse y vanagloriarse por ello. Como has podido observar, en esta ciudad hay más de dos mil fuentes colocadas en cada esquina de una calle, hechas de barro cocido, cobre o porcelana y constantemente llenas de agua fresca para apagar la sed de los transeúntes. Todas ellas han sido regaladas por los habitantes de Samarcanda. ¿Crees que algún hombre grabaría allí su nombre para granjearse el agradecimiento de alguien?

—Lo reconozco, en ningún sitio he encontrado semejante generosidad. Sin embargo, ¿me permitiríais formular una pregunta que me obsesiona?

El cadí le quita la palabra:

—Ya sé lo que vas a preguntarme. ¿Cómo una gente que aprecia tanto las virtudes de la hospitalidad puede ser culpable de violencias contra un forastero como tú?

—O contra un infortunado anciano como Jaber el Largo.

—Voy a darte la respuesta. Se resume en una sola palabra: miedo. Aquí toda violencia es hija del miedo. Nuestra fe se ve acosada por todas partes: por los karmates de Bahrein, los imaníes de Qom, que esperan la hora del desquite, las setenta y dos sectas, los rum de Constantinopla, los infieles de todas denominaciones y, sobre todo, los ismaelíes de Egipto, cuyos adeptos son una multitud hasta en el pleno corazón de Bagdad e incluso aquí en Samarcanda. No olvides jamás lo que son nuestras ciudades del Islam. La Meca, Medina, Ispahán, Bagdad, Damasco, Bujara, Merv, El Cairo, Samarcanda: nada más que oasis que un momento de abandono devolvería al desierto. ¡Constantemente a merced de un vendaval de arena!

Por una ventana a su izquierda, el cadí, con una mirada experta, evalúa la trayectoria del sol y se levanta.

—Es hora de ir al encuentro de nuestro soberano —dice.

Da unas palmadas.

 —¡Que nos traigan algo para el viaje!

Porque suele llevar uvas pasas que va comiscando por el camino, costumbre que sus allegados y visitantes imitan. De ahí la inmensa bandeja de cobre que le traen, rematada por una pequeña montaña de esas golosinas color miel, de la cual cada uno se abastece hasta atiborrarse los bolsillos.

Cuando llega su turno, el estudiante de la cicatriz coge algunas, que tiende a Jayyám con estas palabras:

—Seguramente habrías preferido que te ofrecieran uva bajo la forma de vino.

No ha hablado en voz muy alta pero, como por encanto, toda la asistencia se ha callado, conteniendo la respiración, aguzando el oído y observando los labios de Omar, que deja caer:

—Cuando se quiere beber vino, se escoge con cuidado al escanciador y al compañero de placer.

La voz del de la cicatriz se eleva un poco:

—Por mi parte no beberé ni una gota. Quiero tener un sitio en el paraíso. No pareces deseoso de unirte a mí allí.

—¿La eternidad entera en compañía de ulemas sentenciosos? No, gracias. Dios nos ha prometido otra cosa.

El intercambio de palabras se detiene ahí. Omar apresura el paso para unirse al cadí que le está llamando.

—Es necesario que la gente de la ciudad te vea cabalgar a mi lado. Éso barrerá las impresiones de ayer tarde.

Entre el gentío apelotonado en las inmediaciones de la resistencia, Omar cree reconocer a la ladrona de almendras disimulada a la sombra de un peral. Aminora el paso y la busca con los ojos, pero Abu Taher le hostiga:

—Más deprisa. ¡Ay de tus huesos si el kan llega antes que nosotros!

Por Amin Maalouf

Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes IV

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Samarcanda: Poetas y Amantes II

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Ir a Samarcanda: Poetas y Amantes I


En el gran diván del juez, los lejanos candelabros dan a Jayyám un color de marfil. En cuanto entró, dos guardias de cierta edad lo agarraron por los hombros como si fuera un loco peligroso. Y en esta postura espera cerca de la puerta.

Sentado al otro extremo de la habitación, el cadí no se ha dado cuenta de su presencia; está terminando de resolver un asunto y discute con los demandantes razonando a uno y reprendiendo al otro. Una antigua disputa entre vecinos, parece ser, rencores redundantes, argucias irrisorias. Abu Taher termina por manifestar ruidosamente su cansancio y ordena a los dos jefes de familia que se abracen, ahí, ante él, como si nada los hubiera separado jamás. Uno de ellos da un paso; el otro, un coloso de frente estrecha, se resiste. El cadí lo abofetea al vuelo, haciendo temblar a la concurrencia. El gigante contempla un momento a ese personaje rechoncho, colérico y vivaracho que ha tenido que empinarse para alcanzarle, luego baja la cabeza, se acaricia la mejilla y cumple lo que le ordenan.

Una vez despedida toda esa gente, Abu Taher indica a los milicianos que se acerquen. Éstos recitan su informe, responden a algunas preguntas y se esfuerzan por explicar por qué han dejado que se formara en las calles tal aglomeración. A continuación le llega el turno al de la cicatriz. Se inclina hacia el cadí, que parece conocerlo desde hace mucho tiempo, y se lanza a un animado monólogo. Abu Taher lo escucha atentamente sin dejar traslucir sus sentimientos. Después de concederse algunos instantes de reflexión, ordena:

—Decid a la gente que se disperse, que cada uno vuelva a su casa por el camino más corto y —dirigiéndose a los agresores— ¡todos vosotros os iréis también a casa! No decidiré nada hasta mañana. El acusado permanecerá aquí esta noche y mis guardias, y nadie más, lo vigilarán.

Sorprendido al verse tan rápidamente invitado a eclipsarse, el de la cicatriz esboza una protesta, pero cambia al momento de opinión. Prudente, se recoge los faldones de su vestido y se retira con una zalema.

Cuando Abu Taher se encuentra frente a Omar con sus propios hombres de confianza como únicos testigos, pronuncia esta enigmática frase de acogida.

—Es un honor recibir en este lugar al ilustre Omar Jayyám de Nisapur.

Ni irónico ni expresivo, el cadí. Ni la menor apariencia de emoción. Tono neutro, voz sin inflexiones, turbante en pico, cejas enmarañadas, barba gris sin bigote e interminable y escrutadora mirada.

El recibimiento es tanto más ambiguo cuanto que Omar estaba allí desde hacía una hora, de pie, andrajoso, expuesto a todas las miradas, las sonrisas y los murmullos.

Después de algunos segundos sabiamente destilados, Abu Taher añade:

—Omar, tú no eres un desconocido en Samarcanda. A pesar de tu juventud, tu ciencia es ya proverbial y tus proezas se relatan en las escuelas. ¿No es verdad que leíste siete veces en Ispahán una voluminosa obra de  Ibn Sina y que de regreso a Nisapur la reprodujiste de memoria, palabra por palabra?

Jayyám se siente halagado de que su hazaña, auténtica, fuera conocida en Transoxiana, pero no por eso se disipan sus preocupaciones. La referencia a Avicena en boca de un cadí de rito chafeíta no resulta nada tranquilizadora; por otra parte, todavía no le han invitado a sentarse. Abu Taher prosigue:

—No son solamente tus hazañas las que se transmiten de boca en boca; se te atribuyen unas sorprendentes cuartetas.

La declaración es comedida, no acusa; tampoco exculpa, no interroga más que indirectamente. Omar estima que ha llegado el momento de romper el silencio:

—La cuarteta que repite el de la cicatriz no es mía.

Con un manotazo impaciente, el juez desestima la protesta. Por primera vez su tono es severo:

—Poco importa que hayas compuesto ese verso o cualquier otro. Me han transmitido unas palabras de una impiedad tan grande que si las citara me sentiría tan culpable como el que las ha proferido. No estoy tratando de hacerte confesar, no busco infligirte un castigo. Esas acusaciones de alquimista me entraron por un oído para salir por el otro. Estamos solos, somos dos hombres sabios y quiero únicamente saber la verdad.

Omar no se siente en modo alguno tranquilo, teme una trampa y duda de responder. Ya se ve entregado al verdugo para ser desfigurado, emasculado, crucificado. Abu Taher alza la voz, grita casi:

—Omar, hijo de Ibrahim, fabricante de tiendas de Nisapur, ¿sabes reconocer a un amigo?

Hay en esa frase un acento de sinceridad que fustiga a Jayyám. «¿Reconocer a un amigo?» Considera la pregunta con gravedad, contempla el rostro del cadí, examina sus rictus, los estremecimientos de su barba. Lentamente se deja ganar por la confianza. Sus rasgos se distienden, se relajan. Se libera de sus guardias, que a un gesto del cadí dejan de sujetarlo. Luego va a sentarse sin que le hayan invitado a ello. El juez sonríe con benevolencia, pero reanuda sin tregua su interrogatorio:

—¿Eres el impío que algunos describen?

Más que una pregunta es un grito de angustia que Jayyám no desoye:

—Desconfío del celo de los devotos, pero nunca he dicho que el Uno fuera dos.

—¿Lo has pensado alguna vez?

—Jamás, Dios es testigo.

—Para mí es suficiente y pienso que para el Creador también, pero no para la multitud. Acecha tus palabras, tus menores gestos, y los míos también, así como los de los príncipes. Te han oído decir: «A veces acudo a las mezquitas, donde la oscuridad es propicia al sueño…»

—Únicamente un hombre en paz con su Creador podría conciliar el sueño en un lugar de culto.

A pesar de la mueca dubitativa de Abu Taher, Omar se excita e insiste:

—No soy de aquellos cuya fe sólo es terror al juicio, cuya oración sólo es prosternación. ¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la creación, la perfección de su orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro sediento de sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos, despiertos o satisfechos.

Con los ojos pensativos, el cadí se levanta, va a sentarse al lado de Jayyám y apoya sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro.

—Escucha, joven amigo, el Altísimo te ha dado lo más valioso que un hijo de Adán puede obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar de la existencia, la admiración de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres. Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de todo eso puede apreciarse ni conservarse.

—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso?

—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua.

El cadí se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja, dejando escoger al cadí entre las palabras que se atropellan en su mente.

Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan. En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincón del diván, levanta un paño del tapiz y luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de él un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora.

Ahora bien, ese libro es el mismo que yo, Benjamín O. Lesage, iba un día a sostener en mis propias manos. Supongo que al tacto fue siempre igual. Un grueso, áspero, repujado con dibujos en forma de semicírculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando Jayyám lo abre, en esa inolvidable noche de verano, sólo contempla doscientas cincuenta y seis páginas en blanco, sin poemas aún, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni iluminaciones.

Para ocultar su emoción, Abu Taher adopta un tono de charlatán.

—Es kagez chino, el mejor papel que se ha obtenido jamás en los talleres de Samarcanda. Un judío del barrio de Maturid lo fabricó para mí según una antigua receta enteramente a base de morera blanca. Tócalo, es de la misma savia que la seda.

Se aclara la garganta antes de explayarse:

—Yo tenía un hermano diez años mayor que yo; tenía tu edad cuando murió, descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagradó al soberano del momento. Se le acusó de incubar una herejía, no sé si sería verdad, pero yo le reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas más largo que una cuarteta.

Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada:

—Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus labios intentando salir, reprímelo sin consideraciones, pero escríbelo en estas hojas que permanecerán en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher.

¿Sabía el cadí que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos mejor guardados de la historia de las letras? ¿Que pasarían ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesía de Omar Jayyám, antes de que sus Ruba’iyyat fueran veneradas como una de las obras más originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extraño destino del manuscrito de Samarcanda?

Por Amin Maalouf

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