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Interpretación de los símbolos de un sueño – Cuento Sufí

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Interpretación de los símbolos de un sueño

Una vez un hombre soñó que un león lo perseguía. El hombre se subió a un árbol y se agarró a una de las ramas. Miró hacia abajo y vio que el león estaba allí, esperando por él.

El hombre entonces dirigió su mirada hacia el punto en que la rama se unía al tronco del árbol y vio a dos ratones que se la estaban comiendo. Un ratón era negro y el otro era blanco. La rama caería al suelo en poco tiempo.

El hombre entonces miró temeroso de nuevo al suelo y vio una enorme serpiente negra que se dirigía hacia donde él estaba. La serpiente abrió sus fauces justo debajo del hombre, esperando pacientemente a que cayera.

El hombre miró entonces hacia arriba buscando algo más para aferrarse  . Vio una colmena en una rama cercana, y gotas de miel que caían de ella. El hombre quiso degustar la miel y estirándose sacó la lengua para recoger una de las gotas que caían. Era de un sabor exquisito.

Quiso degustar otra gota, y haciendo ésto se perdió en la dulzura de la miel. Así el hombre se olvidó de los dos ratones que se comían la rama a la que él se sujetaba, del león que lo esperaba y de la serpiente que estaba justo debajo de él.

El hombre despertó de su sueño y quiso saber el significado de lo que había soñado. Y se dirigió a un sabio, el cual le explicó :

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El león que viste en tu sueño es la muerte. Siempre está al acecho y te sigue a donde quiera que vas.

Los dos ratones, uno negro y uno blanco, son la noche y el dia. El negro es la noche y el blanco es el día. Se suceden continuamente devorando tu tiempo y acercándote a la muerte.

La serpiente negra con la boca obscura es tu tumba. Está ahí, sólo esperando que caigas en ella.

La colmena es este mundo y la dulce miel es su belleza. Probamos un poco de la belleza de este mundo y nos gusta. Después probamos otro poco de esa belleza y otro poco… y nos perdemos en ella, olvidándonos del tiempo, de la muerte y de la tumba.


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Memorias de un emigrante – Perspectiva de cinco obras de escritores chilenos de origen árabe

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Un anhelo consustancial de los grupos humanos desplazados ­ya sea de manera espontánea o inducida, desde su lugar de origen a un espacio lejano y diferente­ ha sido encontrar tanto el progreso material como la tranquilidad espiritual. En la búsqueda de estos horizontes, los emigrantes han debido sopesar además situaciones políticas, sociales, económicas, religiosas, de sus respectivos terruños, las cuales, en su conjunto, se habían convertido en un obstáculo para lograr mínimas condiciones de convivencia.

El proceso de adaptación, asimilación e integración de los inmigrantes y sus descendientes se produjo cuando la sociedad chilena experimentaba complejas transformaciones históricas, sociales, políticas, económicas y culturales. Estas forjaron determinadas matrices de pensamiento que han influido, según Larraín, en la construcción y reconstrucción de la identidad chilena, y, por extensión, han afectado la conservación de las esencias identitarias de los inmigrantes árabes. Establecer cómo se ha producido esta pérdida lenta y sostenida de una parte de sus rasgos definitorios, en el contexto de esta sociedad chilena, es el propósito de este estudio.

En torno a las novelas

Memorias de un emigrante, de Benedicto Chuaqui

Esta obra responde a un proyecto de vida de su autor. Escribe las nostalgias de su pasada existencia, determinada por algunos episodios cruciales de su ontogénesis, a saber: la infancia en su tierra natal homsíe, la añoranza de su familia, la venida a Chile y su incorporación e inserción en esta sociedad. Se trata de una obra motivada por el deseo de recuperar ese pasado y recorrer los lugares lejanos, casi desaparecidos. Su memoria, entonces, se convierte en una reconstrucción interpretativa y subjetiva de una realidad histórico-social. Es un proyecto individual de la propia conciencia haciendo historia -o una intrahistoria- de los hechos cotidianos y anecdóticos, tanto de su vida en Homs como en Santiago de Chile. Muestra una parte de su niñez y una parte de juventud e, indirectamente, su vida de inmigrante en este país.

La memoria es el fundamento de la narración. El autor Chuaqui rememora y, a la vez, establece un pacto literario en que el autor, el narrador y el personaje se identifican. Esta triple identidad asegura la autopercepción del yo enunciador que narra desde dentro de su propia historia. El yo y las marcas de su presencia dan cuenta de la subjetividad, la que se confirma con el uso de deícticos demostrativos, adverbiales y adjetivos que organizan el discurso témporo-espacial del narrador. El grado de conocimiento del narrador-personaje se encuentra subjetivado por la función escritural de la memoria: escribe para volver a revivir parte de su vida que convierte en materia de arte. Su nivel epistemológico abarca la temporalidad del pasado, desde la perspectiva de su presente; tiene competencia selectiva para narrar aquello que considera digno de ser contado y mostrado. Esta doble concepción del tiempo obedece a la visión epistemológica del narrador que recuerda, con satisfacción, los éxitos de su vida, matizándolos con la nostalgia del ayer, que cimentó la base de su individualidad. Así, el autor realiza una valoración del pasado vivido con esfuerzo y que, ahora, forma parte de su conocimiento, puesto que la experiencia obtenida se ha transformado en conciencia. Ha realizado una selección positiva de su ontogénesis, al rescatar situaciones emotivas y dolorosas de su transitar pretérito.

La disposición de la narración es ab ovo. Es un proceso continuo que abarca varios años a partir de la construcción de la memoria. Se divide en dos partes: la primera, corresponde al terruño natal, con situaciones alegres y dramáticas de la vida familiar y concluye con la venida a Chile. Con estas descripciones el autor reafirma su identidad y pertenencia a una realidad-otra y diferente. La segunda parte se refiere a la actividad comercial y a su vida cotidiana en Santiago, no exenta de intolerancia. Esta coexistencia le permitió concluir que los espacios sirio homsíe y el santiaguino no diferían notablemente, pues en ambos había debilidades y diferencias sociales y económicas, rasgos que le permitieron vincularse a esta otra realidad cultural chilena y, al mismo tiempo, preservar incólume su pertenencia espiritual y emocional a la cultura ancestral árabe.

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Los turcos, de Roberto Sarah

Globalmente esta novela interpreta la inmigración árabe palestina en Chile a través del despliegue de cuatro espacios determinantes: el primero se relaciona con la vida cotidiana de unos jóvenes residentes en Belén y sus alrededores; el segundo comprende el viaje marítimo de los mismos con destino a América, con una detención en Buenos Aires, y otro viaje cordillerano hasta Valparaíso, lugar donde realizan el oficio de buhoneros; el tercero relata varias situaciones que afectan a un personaje después del terremoto de 1906, en Valparaíso y en Santiago; y, en el cuarto, la narración se centra en la vida social y en las ambiciones políticas de un personaje que concluyen en la amargura de la derrota.

La novela se articula in medias res y contiene breves analepsis y algunas expresiones dialectales árabes palestinas. Envuelven al relato diversas atmósferas en las cuales se alternan, entre otras, la alegría y el dolor, el desarraigo y la añoranza, la aprehensión y el éxito. Según la periodización de Cedomil Goic Los turcos pertenece a la generación de 1942 y comparte ciertos rasgos de la tendencia neorrealista vigente, relacionada con la representación de mundo de una clase social emergente y marginada como, en este caso, son los árabes inmigrantes que, con gran esfuerzo y perseverancia, logran, hasta cierto punto, un reconocimiento social, a pesar de su condición de ‘turcos’, erróneamente atribuida. La voz narrativa se sitúa con relativa objetividad para contemplar e interpretar el derrotero de los árabes inmersos en una sociedad renuente. El narrador se inclina hacia su mundo con simpatía, solidaridad y emotividad. Destaca el tesón permanente de los árabes para vencer los obstáculos sociales; describe la interioridad, pensamientos y sentimientos de estos personajes, junto a los acontecimientos sociales que los circundan.

La novela se orienta hacia una interpretación de la realidad desde una perspectiva social. Los jóvenes inmigrantes se enfrentan a una sociedad chilena prejuiciosa y discriminatoria, diferente de aquella imagen positiva que surgía de las cartas enviadas por los parientes y amigos radicados en Chile. Inmigrantes y descendientes se convierten en una clase marginada; no obstante, participan en las transformaciones económicas, sociales y políticas de la nación, hasta alcanzar un lugar destacado en la sociedad e, incluso, uno de sus miembros logra convertirse en candidato al sillón presidencial. En este sentido, la novela revela la discriminación e intolerancia incesante hacia los inmigrantes árabes, pero también denuncia la segregación que realizaron los propios árabes enriquecidos hacia sus hermanos de etnia y que han olvidado su origen de trasplantados a una nueva tierra.

El viajero de la alfombra mágica, de Walter Garib

El autor de esta novela se inspiró en un hecho real que afectó a una familia aristocrática chileno-árabe, en la década de 1960, en la capital. Es un relato laberíntico, articulado in medias res, con fracturas témporo-espaciales. Con respecto a los personajes, el narrador es equiescente, además de forjador de imágenes y de situaciones específicas que rehusa interpretar. Esta misión la asume el narratario, quien debe descubrir y recomponer la historia narrada y emanada del mosaico de voces que reescriben la historia de la familia Magdalani, escritura enmarcada por acontecimientos históricos reconocidos por el lector y que refrendan el realismo de esta obra. En efecto, la novela surge a partir del recuerdo objetivado de Bachir cuando, desconcertado y abrumado, contempla el saqueo de su mansión, efectuado por unos jóvenes aristócratas chilenos. Bachir es el nieto de Aziz, el pionero palestino inmigrante y fundador de la familia Magdalani, quien se negó a enrolarse en el ejército turco-otomano y se embarcó hacia Sudamérica. El itinerario de Aziz comprende la travesía atlántica, el puerto de Río de Janeiro, Buenos Aires, el viaje fluvial a través del Paraguay, El Chaco, Cochabamba, la frontera del norte chileno e Iquique. Los descendientes de Aziz dilapidan el patrimonio; se trasladan a Valparaíso y reactivan el oficio de buhoneros, hasta estabilizarse económicamente. Más tarde, se desplazan a Santiago y los descendientes se convierten en prósperos industriales. Bachir y su familia, ensoberbecidos por el éxito económico, anhelan obtener otra posición social y abjuran de sus ancestros, pero la aristocracia chilena los sanciona.

En esta novela concurren elementos oníricos y fantástico-maravillosos, contextos históricos, políticos y sociales, los cuales acreditan el irrealismo de la misma e interpretan el imaginario colectivo del ser latinoamericano. La reconstrucción de la familia Magdalani despliega una crítica social hacia cualquier descendiente de inmigrante que abandona y fomenta la desvalorización de la tradición de sus ancestros. Esta familia encarna los valores de una cultura ancestral y plantea un problema de identidad y alienación en los árabes descendientes.

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Peregrino de ojos brillantes, de Jaime Hales

El tema de la emigración árabe en Chile se desarrolla en esta novela desde una dimensión mágica y misteriosa. Los diversos planos de su representación se tornan sorprendentes, irreales, inestables, y responden a la interpretación de un cosmos en “…una suerte de creación en estado naciente, imbuida de ludismo y de imaginación extremada…” . Es un relato sugerente donde el mundo onírico y predictivo articula el quehacer del personaje principal, Youseff (José), el cual, en virtud de coincidencias inefables, descubre su inesperado destino.

La novela se estructura en veintiún capítulos, precedido cada uno de ellos por un epígrafe explicativo de las cartas del tarot. El capítulo uno -que sirve de marco para los veinte restantes- presenta a un personaje testigo que evoca la agonía de su abuelo José, el inmigrante palestino. A continuación, el narrador se distancia en tercera persona y relata la llegada de José a Chillán, los recuerdos de su vida en Palestina y su decisión de aventurarse en tierras americanas, especialmente en las chilenas. Instalado en el país, recibe la ayuda de amigos inmigrantes palestinos y chilenos. Pero esta venida de José responde a un propósito definido que se revela en la epifanía del relato: desde pequeño había tenido sueños, imágenes y voces extrañas que lo instaban a viajar a estas latitudes sureñas. Se trataba de recuerdos extraños y misteriosos que entrañaban otra historia mágica y trascendente de una promesa incumplida y relacionada con el Monte Carmelo de Palestina. Ahora, instalado en el sur del país, se produce la realización mística y el encuentro de la fuente amorosa de su destino. Chile y Palestina eran dos espacios donde se estableció un nexo de seres unidos en la preteridad.

Nahima, de Edith Chahín

A través de esta novela biográfica la autora rinde un sincero homenaje a su madre Nahima, inmigrante siria en Chile. Es una obra en la que se expresa el dolor de la separación, el desarraigo y las dificultades de la adaptación e inserción de una mujer en esta sociedad chilena. Se estructura en dos partes: la primera se titula ‘Siria’, y comprende doce capítulos. Narra la historia de una mujer, Nahima, educada en la tradición y costumbres ancestrales. Casada a los quince años debe abandonar su tierra, debido a la persecución del ejército imperial turco. Aventuras, incidencias, huidas subrepticias, beduinos protectores, enfermedad, nostalgia y dolor, constituyen algunos de los episodios que rodean la existencia de la protagonista. La segunda parte, denominada ‘El viaje’, abarca quince capítulos y relata el reencuentro con parientes y amigos. La travesía cordillerana lleva a Nahima y su familia a instalarse en Santiago y, cuando enviuda, en San Antonio. La fuerza, la perseverancia y la confianza en sí misma caracterizan los pilares de su devenir. Su longevidad la convierte en testigo no solo de los acontecimientos históricos y sociales del siglo XX, sino que también la hace padecer con dolor y tristeza la pérdida irremediable de la identidad que la diferenciaba.

Este acto escritural, en tercera persona, con intervenciones de la autora virtual, a través de una tipografía diferente, informa cómo y porqué se efectuó la boda de su madre, las costumbres familiares sirias, el procedimiento turco de reclutamiento, el itinerario de sus padres rumbo a Sudamérica, la construcción del ferrocarril en Chile, la hagiografía de San Elián, algunos sucesos políticos acaecidos en 1973, que comprometen a la propia autora, etc. El mundo totalizador responde a los deseos de la autora para perpetuar los acontecimientos que rodean la vida de Nahima, reconstruir su trayectoria vital, configurar su personalidad, dar testimonio de vida de una inmigrante siria ejemplar.

El problema de identidad y alteridad en las novelas

La presencia árabe en Chile se puede asumir como una conquista de un espacio a través del esfuerzo personal y colectivo, el trabajo inclaudicable, la aceptación de la lengua y la cultura de la sociedad receptora. En la actualidad, los inmigrantes árabes y sus descendientes se encuentran plenamente integrados en el espacio chileno, el cual -según Jorge Larraín- posee una identidad cultural en permanente construcción y reconstrucción, inmersa en un proceso de globalización que la determina. Se trata, además, de un espacio que posee una identidad macrosocial, porque incluye identidades parciales, como son, por ejemplo, las vernáculas y las inmigrantes, las cuales se superponen, sin negarse las unas a las otras, pero -eso sí- diferenciándose. Según Todorov, la identidad supone la identidad del otro; es la cuestión del otro. En este sentido, la novela de emigración árabe en Chile recrea esta situación de identidad y alteridad en una sociedad que está en un proceso de cambio cultural y material permanentes. Los árabes, por un lado, pretenden conservar, en lo posible, sus rasgos identitarios culturales y, por otro, desean acceder a esta nueva identidad cultural chilena. Para despejar algunas de las variables que articulan este proceso de inserción de los árabes en Chile, presentes en la narrativa de inmigración, se propone dilucidarlas con los instrumentos conceptuales todorovianos del ‘descubrir’, ‘conquistar’, ‘conocer’ y ‘amar’.

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El descubrir

La percepción que tenían la mayoría de los árabes, antes de viajar a América, provenía principalmente de las cartas de parientes y amigos radicados en Chile. Ellos instituyeron la “llamada en cadena”, y daban cuenta de un espacio prometedor para el asentamiento y el desarrollo personal y colectivo. Casi todas las cartas señalaban a una América potencialmente riquísima; de gente amable y acogedora y de una existencia armónica y en libertad. Pero otras cartas avivaban el recelo y la mirada censora de los parientes árabes, cuando reseñaban un espacio relajado y de vicios inconfesables.

El descubrir de América -en particular, de Chile- fue además motivado por determinadas situaciones. Uno de ellos fue el enrolamiento obligatorio para servir los intereses militares del alicaído imperio turco y que provocó una presión física y psicológica en los jóvenes árabes de la región levantina. Esta causa estimuló la huida de Aziz Magdalani a América “…el mismo día en que cumplió edad para ingresar al ejército turco… ‘Haré cualquier cosa’, le dijo a su madre cuando la mujer le entregó de sus propios ahorros cuánto poseía…”. Situación similar se le presentó a Yusef (José), el esposo de Nahima, cuando decidió huir con la familia a Buenos Aires, para evitar la persecución de la milicia turca, la cual “…pretendía utilizar a los sirios para frenar los ataques en sus fronteras… Los jóvenes sirios debían presentarse, hubiesen hecho o no el servicio militar…”. En Chuaqui, sin embargo, fue una situación familiar determinante la que le permitió descubrir Chile: dos tías suyas viajaban al país para reunirse con sus esposos, y su abuelo decidió acompañarlas para traer de vuelta a sus hijos de vida disoluta, contraria a las tradiciones árabes. Chuaqui -que tenía a la sazón trece años- se unió al grupo, aun cuando conocía la imagen deplorable del país que describían las cartas de algunos inmigrados. Precisamente, en las Memorias…el autor transcribe cómo descubrió paulatinamente una sociedad diferente, la cual, a la postre, lo cautivó: “…Chile es ahora mi patria realizada, en todo cuanto hay de grande, de ideal y de hermoso…”. En cambio, en la novela Los turcos, cinco jóvenes palestinos, hastiados de la miserable rutina laboral y estimulados por el deseo de aventurar, se entusiasman con las descripciones que hacen parientes y amigos de América, tierra de riquezas auríferas: “…Sabéis… que en Argentina los ríos suelen llevar oro…”. Estos personajes estaban seguros de que en América se podía prosperar y regresar al terruño en poco tiempo: “…¡Marcharnos de Palestina, conocer otras gentes, trabajar algunos años y hacernos ricos!… ¡Volveremos con dinero y seremos respetados!”. Pero, en la novela de Jaime Hales, se presenta el descubrimiento de Chile desde una dimensión poética, por cuanto se trata de la búsqueda de la realización de una profecía y que reúne a dos espacios, extrañamente relacionados por el nombre simbólico de Carmen.

Algunos árabes viejos y pobres, que no tenían recursos económicos para viajar, intuían que este espacio era una posibilidad segura para el progreso de los jóvenes levantinos, a los que solían aconsejar: “…allí hay más esperanza de ganar dinero. Todos los jóvenes de tu edad debían hacerlo, pues de ese modo se hacen hombres…”. No obstante, descubrir estas tierras no siempre satisfizo las expectativas de los inmigrantes, en particular cuando alguien regresaba derrotado de América: “…Volvía cargado de oprobio, con menguados ahorros, agobiado de desencanto y sin otra esperanza que trabajar y morir en la pequeña aldea de Belén…”.

En cuanto a las mujeres inmigrantes árabes, diversas motivaciones las indujeron a desplazarse hacia Chile. Unas llegan para dar cumplimiento a los compromisos familiares que las vinculan a los varones a través de los matrimonios concertados. En este ámbito resulta paradigmática la novela El viajero de las cuatro estaciones, de Miguel Littin, donde el personaje griego -que también huye de la presión turca- se embarca rumbo a Chile. Durante la travesía se convierte en el salvador de las honras de treinta y nueve mujeres árabes que viajaban solas para reunirse con sus desconocidos esposos. Y son las mismas mujeres que se reúnen en torno al agónico héroe para agradecerle y decirle “…Somos tus mujeres …¿Nos recuerdas Sidi?…se alejaron suspirando, murmurando en árabe, susurrando el dolor del tiempo ya perdido…” La mayoría de estas mujeres eran enviadas por sus padres para casarse y viajaban con familiares o amigos. También existía la posibilidad de que algún inmigrante, estabilizado económicamente en Chile, decidiera, motu proprio, regresar al suelo natal y buscar una esposa de su preferencia, tal como lo exige el futuro esposo de Nahima: “…he venido desde ese país tan lejano a buscar novia a mi patria. Quiero una mujer recatada y discreta, sencilla y obediente. Yo la ayudaré a madurar y a ser valiente, decidida y audaz. Necesito que mi esposa sea toda una mujer…”

Un aspecto significativo del descubrimiento del espacio chileno se iniciaba con el viaje marítimo y, luego, con la travesía cordillerana. El primero duraba alrededor de un mes. Estos inmigrantes viajaban en tercera clase, donde las condiciones de vida eran insoportables pues “…el hacinamiento, la fetidez, el llanto de los niños, el chillido de las ratas empecinadas en disputarse los restos de comida, constituían un ultraje para quien deseara dormir con alguna dignidad…”. Una vez desembarcados en el puerto de Buenos Aires, algunos inmigrantes quedaban bajo el amparo de las familias y amigos; otros, estimulados por las noticias de Chile, se animaban a cruzar la cordillera a lomo de mulas. La travesía de los macizos andinos se convirtió en una odisea imborrable para estos viajeros, expectantes ante la incertidumbre del nuevo hogar.

Descubrir el espacio humano chileno provocó diversos sentimientos en los inmigrantes. Algunas novelas ponen de relieve la figura del arriero chileno transandino, de cuya experiencia y criterio dependieron las vidas de los inmigrantes. Chuaqui, por ejemplo, recuerda la ayuda generosa y paternal de un baquiano, contrastándolo con la mala impresión que le produjeron parientes sirios: “…Aquel hombre, mi compañero de viaje en la cordillera, abrió una puerta de esperanzas a mis sueños. En cambio, mis parientes, las gentes de mi raza, me producían una honda decepción…”. También hubo familias chilenas que proporcionaron ayuda y solidaridad a los recién llegados: “…La amistad se fue profundizando hasta llegar a tener tal confianza que ambos, marido y mujer, llamaban de vez en cuando a su puerta y entraban para ver cómo estaban…porque desde el patio escuchaban sus sollozos… Nahima siempre recordó esa etapa de su vida con cariño y a Inés y a Vicente con gratitud…”. Sin embargo, la mayoría de los inmigrantes percibió, desde un comienzo, una atmósfera de rechazo porque se los marginó, ya sea por su aspecto desaliñado, ya sea por su particular idioma cuando realizaban el oficio de “falte”: “…Con sus canastas desbordando de las más heterogéneas mercancías…constituían una figura demasiado pintoresca para que pasaran inadvertidos, además de que su lenguaje se reconocía a la distancia. Algunos solían seguirlos, lanzándoles insultos… ¡Turcos!… ¡Turcos!”. El descubrimiento de un espacio social intolerante permitió a los árabes darse cuenta de que constituían una identidad de la diferencia y, por ende, eran individuos no iguales al otro. A pesar de esta situación de menoscabo, los inmigrantes árabes se dispusieron a vencer esta intolerancia con la tenacidad laboral. De esta manera, se daba inicio a la siguiente etapa de su inserción: la conquista del otro.

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El conquistar

La mayoría de los inmigrantes árabes albergaba el propósito de enriquecerse en esta tierra chilena y luego regresar donde los suyos, cuando las condiciones políticas así lo demandaran. Sin embargo, la distancia desmesurada que los separaba de su suelo natal, los altibajos laborales, derivados de la atmósfera de intolerancia que los rodeaba; la reconstitución de la familia nuclear tradicional, la creación de instituciones que los convocaban, fueron condicionantes que postergaron, casi completamente, estos deseos de retorno. Permanecer en el país significó, desde otra dimensión, someterse a las reglas del juego impuestas por la sociedad de acogida, y estas fueron: aprender el idioma español, soportar las burlas, humillaciones y engaños, acomodarse al modo de ser del chileno, respetar sus costumbres y tradiciones, cambiar sus hábitos alimenticios; en fin, ceder paulatinamente una parte de su identidad. Además, los inmigrantes tuvieron que soportar la segregación de ciertos políticos que propiciaban la llegada de una “raza superior”, y la condena de algunos sectores chilenos interesados en su expulsión, porque se acusaba a los “turcos” “…de las cosas más absurdas. Eramos tratantes de blancas, introducíamos el tracoma …y hasta comerciábamos con drogas heroicas…” En definitiva, conquistar al otro fue una empresa compleja y difícil, pero lo hicieron con las armas de la perseverancia, el trabajo y el deseo íntimo de contribuir con el futuro de la nación.

Su primer desafío fue aprender el idioma español, pero su lento aprendizaje por algunos de ellos y la particular pronunciación produjo en los chilenos risas y burlas por doquier: “…Muchas bromas me hicieron algunos ‘graciosos’ …Necesitaba comprar carbón y pregunté a un vecino el nombre español de este combustible …lo escribí en un papel, Pero el bribón me hizo poner ‘cabrón’. Fui repitiéndola hasta llegar al deposito de leña …al oírme decir ‘Véndame cabrón’ …al vendedor le faltó poco para darme una paliza…” Conocer el idioma de la sociedad de acogida se convirtió en una modalidad significativa para la conquista del otro: “…Se expresaba Mitri en castellano con corrección… se esmeraba en la dicción y en la sintaxis, empleando las formas verbales propiamente…” Asimismo, los árabes transigieron y cedieron una parte de su identidad a través de sus nombres escritos o traducidos alterada y erróneamente al español. Esta situación se produjo en la aduana y en la inscripción legal comercial. Chuaqui recuerda al respecto que, en una reunión familiar, se decidió cambiarle su nombre Yamile a Camile, por su afinidad fonética y para que “…fuera más accesible a los clientes…”, luego, a Benedicto, porque tenía “…un significado muy grande…”.

La conquista del otro se inició con el comercio ambulante en los barrios periféricos de la ciudades y pueblos apartados del país. Posteriormente se instalaron con sus negocios establecidos o baratillos. De esta manera tomaban contacto con los sectores humildes de la sociedad chilena a los cuales vendían sus variadas mercaderías, otorgando a veces facilidades de pago. Otros árabes se especializaron en un oficio determinado: “…El, por su parte, enseñó al sastre a distinguir las telas a ojos cerrados, adivinando incluso su color…lo ayudó a elegir las piezas de género del tamaño adecuado para sacar partido a las medidas que usaba…”. El acercamiento al otro no tuvo en todos los árabes un efecto positivo. La conquista del otro fue lento, difícil y doloroso. La novela de Roberto Sarah ejemplifica estas características: los personajes viven en sectores humildes de Valparaíso; están insertos en un ambiente hostil, donde se les censura su manera de hablar, de vestir y de comer; se los observa con curiosidad, dudando de su humanidad.

A veces esta conquista del otro fue vertiginosa y provocó un rápido ascenso y reconocimiento social de ciertos árabes y fomentó una actitud distante hacia los coterráneos inmigrantes, pues “…habían quienes se avergonzaban de su origen, ocultándolo delante de sus amigos y condiscípulo …asegurándoles, por ejemplo, que sus padres eran griegos o rumanos…”. Cabe señalar que pocos inmigrantes accedieron a conquistar un espacio vital, por cuanto la intolerancia del medio social fue superior a sus expectativas de superación. Un paradigma de los árabes que regresan a sus terruños es el personaje Jalil, de la novela Los turcos, quien no pudo resistir la discriminación, y volvió “…cargado de oprobio, con menguados ahorros, agobiado de desencanto y sin otra esperanza que trabajar y morir en la pequeña aldea de Belén…”

Durante el proceso de la conquista del otro, y a pesar del ambiente de segregación, los árabes preservaban, en lo posible, tradiciones, ritos y costumbres ancestrales; por ejemplo, temían desafiar a la familia y practicar la exogamia; mantenían coherencia entre sus miembros pues, en virtud de ella, se reafirmaba la identidad; conservaban el honor colectivo, pues allí estaba cifrado un sistema patriarcal; creaban instituciones para que se realizaran diversas actividades culturales y sociales; accedían a las casamenteras para sus enlaces; celebraban sus fiestas con comidas típicas, etc.

En definitiva, se produjo la conquista del otro cuando los árabes demostraron su esfuerzo y trabajo constante en un medio predominantemente adverso. Con el tiempo, esta tenacidad va a aminorar paulatinamente la hostilidad de numerosos chilenos, la cual se transformará en un sentimiento de afecto y amabilidad hacia los incorporados.

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El amar

Esta tercera modalidad todoroviana despliega la inserción, adaptación e integración de los árabes en el espacio del otro, y plantea también diferentes formas de aceptación y de intolerancia hacia los mismos.

Las Memorias …de Benedicto Chuaqui se convierte en un documento histórico y literario de las cuatro primeras décadas del siglo XX. Sus páginas expresan un profundo sentimiento hacia la gente chilena que lo acogió y le brindó un lugar para establecerse y construir su hogar. Estas “tierras de milagros y de leyendas” le oyeron proclamar: “¡Cosa tenda!” (¡Vendo cosas de tienda!) para subsistir. Para él, amar a Chile y a sus habitantes fue una tarea cotidiana: aprendió su historia, celebró sus festividades, degustó sus platos típicos y los prefirió a los de su Siria natal. Reconoció en los chilenos sus defectos y sus virtudes; evocó a amigos que le dejaron una huella imborrable en su memoria. En definitiva, Chuaqui experimentó la igualdad con el otro, superó las diferencias y concilió su identidad biológica con la identidad cultural: “…Amando a mi tierra de la infancia, teniendo muy adentro, fuerte y vivo, el sentimiento de mi raza y anhelando para Siria un supremo bien de libertad y de dignidad, yo no sería sincero si no dijera que también me siento chileno ciento por ciento. Ese chileno que se emociona oyendo la Canción Nacional..”.

En la novela Los turcos, la percepción del ‘amar’ es más compleja. En sus inicios de “falte” los inmigrantes árabes recibieron la burla constante y el trato despectivo. Los chilenos no reconocen a estos esforzados trabajadores como individualidades humanas ni en su calidad de sujetos y, por ende, se los coloca en un plano inferior. Puesto que en esta novela a los “turcos” no se los ama ni se los comprende, ellos deben optar por la cohesión del grupo. El concepto de amar se despliega a través de la preservación de una parte de los rasgos identitarios ancestrales árabes. Es en este ámbito donde los inmigrantes pueden conservar un principio de igualdad e identidad cultural. En este sentido, los personajes de esta novela se convierten, a su vez, en símbolos de esta forma de identidad: Hanna, representa a los árabes que respetan la tradición ancestral y, al mismo tiempo, ‘ama’ a la patria chilena que le permitió desarrollarse; Salvador, hijo del anterior, se convierte en el símbolo del candidato presidencial que representa a la diversidad étnica, social y política del país; ‘ama’ a su patria chilena y se propone resolver sus problemas. Sin embargo, también se observa en esta novela la oposición igualdad-desigualdad: son árabes, pero de distinta situación económica, y la oposición identidad-diferencia: son árabes por su lengua y cultura, pero el poder económico los hace diferentes.

La novela El viajero de la alfombra mágica retrata el periplo de un inmigrante palestino que se desplazó por varios lugares de Sudamérica y logró, por una parte, fundar en Chile una dinastía ejemplar de los árabes perseverantes y, por otra, construir una familia unida por la tradición milenaria, pero, al mismo tiempo, abierta a la integración. Pero esta forma de ‘amar’ a la tierra de adopción y, a la vez, a los ancestros se extingue con la tercera generación de los Magdalani, a través del arribismo de algunos árabes. En este caso, la igualdad de ser culturalmente árabes se degrada en una identidad que no les pertenece. Así, cuando Bachir Magdalani niega a sus ancestros buhoneros e inventa un entreverado árbol genealógico, de raigambre medieval europea, lo impulsa una necesidad de ser otro, de pertenecer a los chilenos, es decir, en términos todorovianos, la diferencia se degrada en desigualdad. Cuando la sociedad aristocrática chilena destruye la mansión de Bachir Magdalani es para advertirles que, en este ámbito, prevalece una jerarquía y no una igualdad.

Las mujeres inmigrantes que viajan a Chile con sus esposos constituyen otra modalidad del concepto de amar, por cuanto su ‘amar’ está referido a la preservación de una identidad biológica y cultural árabe. Las inmigrantes, y gran parte de las descendientes, se transformaron en un instrumento de unión y afirmación de las estructuras tradicionales, pues consolidaron el núcleo familiar, defendieron ritos y costumbres ancestrales, acataron los privilegios del sistema patriarcal y resistieron, en general, las condiciones de la sociedad receptiva; así, por ejemplo, en Nahima se sintetiza a la mujer renuente a la adaptación: “…Según mi criterio, aprendió el idioma con demasiada lentitud. Siempre tuvo una especie de indiferencia hacia lo que no fuese sirio, se puede decir que más que indiferencia era desprecio…”

Este plano del ‘amar’ en el mundo representado de las novelas permite descubrir que la adaptabilidad, la integración y la inserción de los inmigrantes y los descendientes árabes en la sociedad chilena fue permanente, por cuanto buscaban ciertas condiciones para la afirmación de una igualdad con ella. No obstante, esta búsqueda significó, a su vez, la renuncia de una parte de su identidad cultural y la confirmación de ser una identidad de la diferencia, es decir, la condición de ser otro.

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El ‘conocer’

Todorov señala que es posible establecer las relaciones con el otro, a través de tres ejes en que se despliega la problemática de la alteridad y que subyace al interior del ‘conocer’. Estos ejes son: el plano axiológico, el plano praxeológico y el plano epistémico.

Las novelas, en el plano axiológico, ofrecen determinados juicios de valor respecto del otro. En las Memorias, su autor presenta un testimonio de vivencia personal y realiza un panegírico del país de adopción. Descubre en los chilenos actitudes y comportamientos de singular fraternidad, pues, para él, son individuos sin rencor, caritativos, hospitalarios alegres, con un acendrado sentido patriótico y amor a la libertad. Todos estos rasgos constituyen, en su conjunto, las cualidades permanentes de los ciudadanos de esta tierra. De tal manera que, conocer el espacio chileno, comprender e interpretar su modo de vida, permitió a Chuaqui experimentar una profunda asimilación que limita con un principio de igualdad con el otro, pero que -eso sí- no alcanza a ser una identificación, porque en él está siempre presente su identidad cultural.

Los turcos representa una sociedad chilena jerarquizada, donde a los árabes se los considera desiguales e inferiores. Estas características se manifiestan particularmente cuando los inmigrantes son envilecidos y burlados porque no hablan el idioma del otro. Según Todorov, “…cada quien es el bárbaro del otro, para serlo basta hablar una lengua que ese otro desconozca: no será más que un borborismo para sus oídos…”. Asimismo, el título de esta novela simboliza esta no pertenencia a la sociedad receptora. Desde un comienzo se desconoce su identidad: los chilenos no los aceptan porque son usurpadores de sus trabajos, tienen costumbres diferentes, suelen marginarse, etc.

Cabe señalar la recepción espontánea del indígena y el citadino hacia el inmigrante árabe en El viajero de la alfombra mágica. Esta atmósfera acogedora favoreció la socialización del grupo, la independencia económica, la alianza comercial con otras etnias inmigrantes, la cual incidió además en la práctica de la exogamia. Esta apertura hacia el otro fue excedida por el árabe arribista que deshonró a la familia y fue humillado por la sociedad chilena. En este caso se produjo un intento de identificación con el otro que condujo al fracaso.

La obra de Jaime Hales centra su mirada en la realización de una profecía. Desde esta perspectiva, la tierra del sur de Chile, con su gente y otros inmigrantes de diferentes etnias, adquiere una dimensión positiva, pues se asemeja a la tierra y a la gente palestinas. Es el espacio donde se va a realizar el ritual amoroso de dos seres vinculados en el tiempo.

El ámbito femenino representado por Nahima y por las árabes inmigrantes de la novela de Littin considera que la sociedad receptiva ha condicionado la existencia de sus esforzados esposos, quienes han debido soportar diversos grados de discriminación. Estiman que ellas son las depositarias de la tradición familiar.

El plano praxeológico permite situar la problemática de la alteridad desde una posición de acercamiento o alejamiento respecto del otro. En todas estas novelas se produce un acercamiento voluntario hacia el otro, acción que va a revelar diferentes modalidades de aceptación. En las Memorias se muestra a un sujeto que se acerca al otro para subsistir. Para ello adopta sus valores y los asimila a su identidad. Esta aproximación se produce porque el autor-narrador Chuaqui llegó a Chile siendo un niño; aprendió el español oral y escrito, adoptó como propias las celebraciones, las costumbres y las tradiciones chilenas, las cuales, a la postre, influyeron en el desarraigo de su tierra natal. Distinta situación se presenta en Los turcos, porque en esta novela predomina el alejamiento del otro en relación a los árabes. Los chilenos no obliteran la condición de “turcos” o extraños que tienen estos inmigrantes y sus hijos; los árabes sienten que han perdido su patria natal y la patria adoptiva y no se les reconoce su calidad de sujetos que han contribuido al progreso de ella; por consiguiente, en Los turcos sus personajes viven una doble exterioridad. Ejemplo de esta situación se presenta en la figura de Salvador Nabal, descendiente, abogado, casado con una aristócrata chilena, de tendencia izquierdista, y candidato presidencial. Previo a su eventual triunfo, los empresarios chilenos disuadieron a la población con letreros prejuiciosos: “…’¡No permitas que un turco nos gobierne!’…” “…’¡Vota patrióticamente por un candidato de tu país y de tu raza’!.

El acercamiento voluntario para adoptar los valores del otro y asimilarlos a la propia identidad repercute en la pérdida de la identidad árabe de la tercera generación Magdalani, en la novela de Walter Garib. Precisamente el vector que conduce al arribismo fue el intento de identificación con los valores del otro y la negación vernacular. La sociedad aristocrática chilena intransigente reacciona con violencia hacia los árabes que han renegado y desvalorizado a sus ancestros: “…esa familia de arribistas debía recibir una sanción moral, una clara demostración de repudio por su afán trepador…”

Una acción de acercamiento hacia el otro en la novela Peregrino de ojos brillantes obedece a un propósito preconcebido de Youseff, el joven palestino que abandona su tierra natal para encontrar y develar, en el sur de Chile, ciertas imágenes oníricas que lo atormentaban desde un pasado indescifrable: “…ahí, al otro extremo el salón, hermosa, sencilla, el pelo muy claro, los ojos limpios, cuerpo de mujer, rostro de niña. Ella, sin duda ella. Ahí estaba, en la noche de la Virgen del Carmen…”

La biografía novelada Nahima pone en evidencia un lento proceso de acercamiento y adaptación a un país de lengua y cultura diferentes por parte de la protagonista, Nahima, quien se mantiene fiel a la tradición siria; es obediente y sumisa al esposo y vive ansiosa por darle hijos varones; es además protectora de mujeres inmigrantes y laboriosa en tiempos de escasez. Cuando enviuda, la necesidades económicas la convierten en costurera y tejedora, condición que la lleva a asumir una afirmación de semejanza con la sociedad chilena: es una igual; pertenece a la comunidad, por lo tanto, puede exigir ciertos privilegios, como, por ejemplo, la exención militar de su único hijo varón al presidente de la república Pedro Aguirre Cerda: “…¡Lo he conseguido! Nuestro querido Antonio no tendrá que alejarse de casa. ¡El presidente es tan bueno, tan amable, tan sencillo! ¡Me dijo: ‘llámeme don Pedrito como me llama todo el mundo’…”

La vinculación permanente que estableció el árabe respecto del chileno también fortaleció el tercer plano de la alteridad: el epistémico, según el cual se produce una gradación mayor o menor del conocer o ignorar al otro.

El autor de las Memorias realiza un proceso intersubjetivo en la construcción de su identidad híbrida, la cual reproduce un continuo y positivo acercamiento hacia la comprensión, el reconocimiento y la asimilación del espacio chileno. Por un acto de voluntad propia, Chuaqui aprende lengua, tradiciones y costumbres; se nutre de su historia, geografía y paisajes. En fin, experimenta la aculturación.

Distinta situación se desprende en Los turcos, pues una atmósfera de exilio circunda a los personajes. Ellos sienten una amenaza latente del otro que no transa en considerarlos desiguales e inferiores. Las palabras que profiere Hanna a su hijo derrotado en las presidenciales condensan un estado de discriminación no superado: “…No te aflijas Issa… De todos modos es como si hubieses triunfado… parecía demasiado hermoso y grande: ¡Tú, mi hijo, presidente del país!… ¡No era posible!… no soy sino un feláh [campesino] que ha venido de Beit- Láhem…”

Es indudable que el proceso de integración de los árabes en la sociedad chilena significó la pérdida de una parte de su herencia cultural. En El viajero de la alfombra mágica se recrea la llegada, el arraigo y el progreso del fundador de una familia árabe palestina y el conflicto de un descendiente con el ancestro y su deseo de ser otro. En este sentido, la novela personifica en el arribista árabe un excesivo afán de conocer y asimilarse al otro que lo lleva finalmente a la indiferencia, a la renuncia ancestral y a la sanción social.

Un profundo anhelo de despejar la ruta trazada por el destino impulsa al personaje de la novela Peregrino de ojos brillantes a trasladarse a Chile, conocer a su gente y encontrar aquí a la mujer de sus sueños. Poéticamente se acerca a relacionarse con el otro para restablecer su existencia vital.

El desarraigo, la nostalgia, la desolación y la energía para reconstruir una familia son las circunstancias determinantes que permiten a Nahima acceder y conocer a la sociedad que la acogió durante ocho décadas. De esta manera, Nahima no sólo es la historia de una inmigrante siria; también se convierte en un testimonio de vida de la intrahistoria de la sociedad chilena.

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CONCLUSION

Hace más de un siglo que se inició la inmigración árabe en Chile y continúa realizándose en el presente. Estos escritores inmigrantes y descendientes la han recreado desde el recuerdo testimonial, la denuncia y la sanción social, el develamiento onírico, el tributo filial.

Estas novelas contribuyen al conocimiento de la inmigración árabe en Chile. Plantean, desde diferentes perspectivas, un problema de identidad y de alteridad durante el proceso de adaptación, inserción e integración en la sociedad chilena. Confirman que los árabes deseaban pertenecer a esta nación y lo han conseguido. Se comprometen a adoptar sus modos de vida y lo logran. Reconstruyen la estructura familiar ancestral, pero facilitan la apertura al mestizaje. Conservan una metaidentidad árabe intercultural y sancionan a los alienados. Participan con el progreso del país, pero exigen consideración. Crean y preservan algunas instituciones para poder combatir la exclusión. Consolidan una parte de su identidad y, al mismo tiempo, participan de la identidad nacional en un proceso histórico permanente de construcción y de reconstrucción de la comunidad que los acogió.

Por María Olga Samamé B.

Centro de Estudios Árabes, Departamento de Estudios Culturales Regionales , Facultad de Filosofía y Humanidades , Universidad de Chile, Chile.

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Memorias de un emigrante – Perspectiva de cinco obras de escritores chilenos de origen árabe por María Olga Samamé B. se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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Bastet – La divinidad felina

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La deidad felina era una de las más populares en el Antiguo Egipto

Bastet tenía cuerpo de mujer y cabeza de gato, aunque también era normal verla representada sólo en su forma de animal. Hija de Atum, el primer dios egipcio, a ella se levantaban las plegarias de las madres ya desde la cuarta dinastía, pues simbolizaba el amor maternal y la protección del hogar. Como es lógico en un gato, era acérrima enemiga de las serpientes, de los que se da cuenta en varios mitos en los que no duda en atacar al reptil Apofis para proteger a su padre.

Su figura estaba estrechamente relacionada con Sekhmet, cuya testa era la de un león. Si Bastet era la apariencia apacible del Sol, Sekhmet era el astro rey abrasador, además de una deidad guerrera que rara vez mostraba compasión. Asimismo, Hathor también es una referencia constante cuando hablamos de la diosa gata, aunque en la mayor parte de los casos, esto se debe a una confusión, aunque no es raro ver asociada a Bastet como hija de ésta.

Como ya hemos dicho, se la representa normalmente o como una mujer con cabeza de gato, o como un gato sin más, pero esto es matizable. La primera de las figuras suele llevar un collar aegis y en las manos porta una cesta en la que suele transportar a sus crías y un sistro, un instrumento musical. A veces aparece entronizada, pero lo más corriente es que esté de pie.

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La ciudad de los gatos

Bubastis, ciudad principal del culto a Bastet, cuyo nombre moderno es Tell Basta, está situada en la parte oriental del Delta del Nilo. El edificio principal de la ciudad era, evidentemente, el templo dedicado a la deidad, se supone que erigido en gran parte por el faraón Osorkon II. Levantado en granito rojo, era el centro neurálgico de la fiesta anual que se celebraba en honor a la Gata y que congregaba a miles de fieles.

Esa festividad anual tenía como uno de sus puntos fuertes los festejos de la fiesta de la embriaguez. Acompañando la velada con grandes dosis de vino y cerveza, los devotos recordaban cómo con dichas sustancias lograron aplacar la ira de la diosa, que había adoptado la forma de Sekhmet.

Aparte de esta, también otras fiestas en honor a Bastet, como son “La procesión de Bastet”, “La aparición de Bastet a Ra”, “Bastet protege las Dos Tierras” o “Bastet protege la ciudad de Bubastis”.

Poco queda de la antigua Bubastis, que perdió su fuerza e importancia comercial con el auge de Alejandría. Aparte del templo principal, se conservan dos capillas que se creen fueron construida por los faraones Amenemhet III y Amenhotep III, y un templo de Pepi I.

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Bastet: la diosa guardiana del hogar

Bastet es la diosa guardiana del hogar y se la asocia a la fecundidad amorosa y a los poderes benéficos del sol. Su nombre, relacionado con un ungüento empleado en las ceremonias funerarias, hace pensar en su relación con los difuntos. Por lo general aparece como una diosa pacífica, aunque también se nos muestra como una mujer con cabeza de leona. Ya en el Imperio Antiguo simbolizaba a la madre del rey, a quien protege y ayuda a alcanzar el cielo.

El culto a Bastet adquirió tanta relevancia que en los templos dedicados a la diosa se criaban gatos, que eran su representación. Cuando morían eran cuidadosamente momificados y enterrados en sus propias tumbas. Bubastis, Saqqara, Tanis, Beni Hassan y Tebas son emplazamientos donde han sido hallados restos de dichos entierros.

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Bastet es la diosa gata de Bubastis (ciudad del Delta del Nilo), era guardiana de la casa, feroz como defensora de sus hijos, representaba al amor maternal, la abundancia, también le decían señora del placer.Era la diosa de la música y la danza.Era la que protegía a los gatos, así como enemiga de las serpientes. También simbolizaba la fertilidad del sol contrariamente a Sekhmet.A Bastet le pusieron “Señora del Este” en cuanto a Sekhmet le pusieron “Señora del Oeste”, en el Reino Nuevo se la considero una diosa de la guerra que se le asociaba con el sol. Tambien había unos festivales y ella se emborrachaba (que raro en una diosa ¿No?) en esos momentos estaba totalmente prohibida la caza de leones para que no se provocara su ira, en su templo había gatos sagrados que eran (se supone) la reencarnación de ella y los momificaban cuando morían. Se dice que el gato mas parecido a Bastet es el Abisinio.La doble naturaleza felina:Bastet y Sekhme

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Bastet (también conocida como Bast, Pasch, Ubasti) tenía cabeza de gato negro y Sekhmet, cabeza de león. Ambas diosas representaban el balance entre el bien y el mal en la naturaleza humana. Sekhmet era una diosa violenta, fiera y destructiva, se asociaba con la guerra. Bastet, por el contrario, simbolizaba la fertilidad, maternidad, alegría, belleza, danza y placer. A ella se le atribuía el poder de hacer que crecieran las cosechas de trigo y cebada, así como la capacidad de proteger a los seres humanos de la enfermedad y los malos espíritus. A Bastet se le asociaba con el ojo izquierdo de Ra, del dios solar; Sekhmet era el ojo derecho.Dentro del panteón* egipcio, Bastet fue una de las diosas más populares y queridas. Su culto alcanzó su clímax alrededor del año 950 antes de nuestra Era. El templo principal de esta diosa estaba en Bubastis (ahora Tell Bastra), una población en la región sudeste del delta del río Nilo. En el Templo de Bastet en Bubastis vivían cientos de gatos considerados sagrados y alrededor del templo había varios cementerios para gatos. El festival en honor de la diosa Bastet se celebraba el 31 de octubre, al cual acudían miles de personas en peregrinación. Se hacían rezos y se quemaba incienso; pero también había cantos, vino y desenfreno.

Los egipcios querían tanto a Bastet que la convirtieron en la diosa doméstica y protectora de mujeres, niños y de los gatos del hogar. Las imágenes de Bastet la muestran con una cabeza de gato negro con orejas puntiagudas. Por vestimenta lleva una larga capa y frecuentemente carga una canasta que a veces contiene unos gatitos. También porta un escudo, y una sonaja llamada sistrum. Las mujeres embarazadas cargaban amuletos de la diosa-gato Bastet para que las protegiera con su escudo durante el periodo de gestación y las ayudara en el momento de dar a luz. Asimismo, se sacudía la sonaja sagrada de Bastet sobre las camas de los madres para ahuyentar a los espíritus malignos.

La diosa Bastet ya se encuentra en el panteón egipcio en la dinastía II. Su nombre significa “la de los Bas”, que es el nombre de un frasco de ungüento que se empleaba en las ceremonias funerarias; esto quiere decir que esta diosa estaba relacionada con la protección del difunto en el Más Allá.

Se muestra como una diosa pacífica, pero cuando se enfada se transforma en una mujer con cabeza de leona, asimilándose a la diosa Sejmet.Algunas veces aparece como hija de Ra o Atum, tomando como madre a Hathor o a Tefnut. En otras ocasiones, forma tríada con Atum o Mahes “El León de Mirada Feroz” como esposos, y con Horhekenu como hijo.Desde el Imperio Antiguo, es la madre del rey, al que ayuda y protege para alcanzar el cielo.

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Se identifica con algunas diosas del panteón: Hathor, Sejmet, Tefnut, Mut, Uadyet o Pajet, compartiendo multitud de leyendas con algunas de estas deidades.Relacionada con Sejmet, Hathor y Tefnut, entró en el mito de la Diosa Lejana marchando a Nubia, donde tomó el aspecto de una leona encolerizada identificándola con el Ojo de Ra. Esta leyenda se registra por primera vez en los muros de la tumba del faraón Seti I, grabándose después en muchos templos del Período Ptolemaico.

En honor a esta diosa en la ciudad de Bubastis se celebraba “La Fiesta de la Embriaguez”, donde se consumía vino en abundancia, se bailaba y se hacía sonar la música. Esta fiesta se realizaba para que la diosa Bastet se mostrara contenta y halagada, y de este modo no tomara el aspecto de una leona enfurecida.

Su culto fue tan importante que en sus templos se criaron gatos que eran su representación, y a la muerte de éstos, eran cuidadosamente momificados enterrándolos en tumbas específicas para ellos. Encontramos algunas necrópolis de este tipo en Bubastis, Saqqara, Tanis, Beni Hassan y Tebas.

El principal centro de culto donde se adoraba a la diosa Bastet se encontraba en Bubastis; pero también fue venerada en Menfis (asimilada a Sejmet), en Heliópolis (asimilada a Tefnut), en Tebas (asimilada a Mut), en Leontópolis y en Heracleópolis.

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Cuenta la leyenda que se rendían ante los persas cuando éstos sostenían gatos frente a sus escudos, ya que los persas sabían cómo eran considerados los gatos. Los egipcios eran capaces de rendirse antes de lastimar a alguno. Así fue como perdieron a la ciudad de Pelusio (actual Puerto Said).

La mitología cuenta que Ra, dios del sol, cansado de la rebelión de los hombres, envió a su hija que tomó el aspecto de una leona, Sekhmet, furiosa y sanguinaria, que tomó iniciativa propia y comenzó a aniquilar a los hombres. Entonces Ra, tuvo que enviar a un guerrero, Onuris, que amansó a Sekhnet, convirtiéndola en Bastet, una diosa maternal que se hizo muy popular en el pueblo egipcio. Bastet se convirtió así en la diosa de la música, de la danza, de la alegría y de la maternidad. Muchos historiadores creen que es el antecedente pagano a la adoración a la Virgen María.Era representada como una mujer con cabeza de gata o a menudo como un gato sentado, de cuello estilizado.

 Thode, Rosa. El Panteón: Bastet. La Tierra de los Faraones

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