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Libros: Las chicas con hiyab hablan

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Les filles voilées parlent, Cuarenta y cinco textos y entrevistas recogidos por Ismahane Chouder, Malika Latrèche y Pierre Tevanian. Editions La Fabrique, París, 2008. Por primera vez un libro aborda la cuestión del pañuelo dando a las mujeres que lo llevan el estatuto de sujetos y no de objetos. Les filles voilées parlent ofrece un espacio para la palabra consecuente (más de 330 páginas) a cuarenta y cuatro mujeres musulmanas con hiyab que viven en Francia, de todas las edades y perfiles, y las deja hablar de lo que ellas quieren, como ellas quieren y en el registro que ellas quieren.El resultado es impresionante, tanto por la manera como se desbaratan las ideas recibidas sobre “la” mujer con hiyab, como por el cuadro sombrío que presenta de la estigmatización, las discriminaciones y las violencias que se hacen en Francia a las mujeres que discrepan de la norma vestimentaria dominante.
En el texto que sigue, quienes han coordinado el libro nos presentan más en detalle el proceso que han llevado adelante y las enseñanzas que sacan de él. Sería vano proponer un análisis o una síntesis de la palabra que se expresa en este libro, porque es muy rica, compleja y diversa. Donde el rodillo compresor mediático y la demagogia política amalgaman, generalizan y homogeneizan todas las situaciones tras un tipo ideal de “la” mujer que lleva hiyab, o “del” hiyab como “símbolo de opresión”, nosotros/as hemos encontrado, por el contrario, mujeres y adolescentes -cuarenta y cuatro en total- todas diferentes unas de las otras: unas, alumnas “brillantes”, otras no tanto; algunas extrovertidas, otras más reservadas; temperamentos “rebeldes” y otros más “reposados”; mujeres comprometidas en la vida asociativa, social o política, otras por el contrario atraídas por el repliegue hacia la familia, el entorno próximo o la comunidad: optimistas y pesimistas -y muchos otros matices todavía…
A la demonización que demasiado a menudo utilizan los demagogos que nos gobiernan y nos informan en Francia, este libro no opone la idealización, sino la humanización: dando la palabra a las mujeres que llevan hiyab, se les deja su humanidad, o se les da la ocasión de manifestarla claramente.Cada mujer o adolescente manifiesta esta humanidad por medio de lo que es justamente lo característico de la especie humana: su propia palabra. Una palabra en primera persona, que nos aleja de generalizaciones sobre “el velo” y “su significado“, para permitirnos entrever, tanto por su contenido como por su tono o estilo, personalidades singulares e interesantes.

Si la cuarentena de mujeres que se expresan en este libro es representativa de algo, es precisamente y ante todo de la infinita diversidad de situaciones, de trayectorias y de temperamentos que abarca el conjunto de las mujeres que llevan hiyab. El libro no pretende por lo tanto dar una visión exhaustiva, sencillamente porque ningún libro podría hacerlo. Este libro es “realista” porque deja ver la diversidad infinita de lo real, pero es un libro abierto, que quiere ser también un acicate para nuevas tomas de palabra.

Sin embargo, de esta diversidad emergen por supuesto ciertos rasgos comunes significativos. Por ejemplo, aunque su itinerario hacia el hiyab sigue caminos diversos (desde la reproducción temprana de una tradición familiar hasta una evolución más tardía y más solitaria, asumida al margen o incluso en contra del entorno familiar, con todos los matices intermedios posibles), todas a su manera han elegido su hiyab.

Lo han hecho por supuesto a partir de una herencia y de un entorno dados, pero ha sido en todo caso su elección. La mayoría se refiere al hiyab impuesto como una situación posible pero muy minoritaria, y todas la condenan. Y esto también lo confirman todas los sondeos sociológicos: el hiyab forzado es extremadamente minoritario, y efectivamente rechazado por la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas, lleven ellas hiyab o no.

En resumen, estamos muy lejos de la tipología maniquea que nos imponen los defensores de la ley de 2004 en Francia, que divide a las mujeres “veladas” en dos grupos: una mayoría silenciosa de “víctimas”, “forzadas” a llevar el “velo”, y una minoría activa de infatigables “militantes” y temibles “soldadas del fascismo verde”. Más allá de sus diferencias, las mujeres y las adolescentes que hemos entrevistado tienen en común que son un desmentido viviente de estos estereotipos.

Todas han elegido llevar su hiyab, y esta elección no les impide para nada considerarse partidarias de la laicidad tal como funcionaba hasta 2004: neutralidad religiosa del Estado, de las instituciones y de los agentes del servicio público, pero no de los usuarios del servicio público; libertad de conciencia y de expresión para todas las personas, sean cuales sean sus creencias o descreencias.

Algunas de ellas tienen un verdadero conocimiento sobre el asunto y citan la ley de 1905, las leyes Ferry-Goblet sobre la laicidad de la escuela o incluso la recomendación del Consejo de Estado de 1989, mientras que otras formulan su “concepto de laicidad” de manera más intuitiva, pero conforme al espíritu de estas leyes. Todas demuestran que, contrariamente a lo que se ha venido diciendo sobre ellas, saben sentir, observar, entender, razonar, argumentar, en definitiva: pensar.

Esto es evidente, se dirá -desgraciadamente no lo es para todo el mundo.En los textos recogidos llama también la atención que pocas de las entrevistadas se extiendan sobre el hiyab mismo y sobre el significado que ellas le dan, aunque esta pregunta formaba parte de los temas que les propusimos. Sin duda esto es así para muchas porque su preocupación principal estaba en otro lado: en testimoniar su situación de mujeres estigmatizadas y excluidas, en expresar sus inquietudes y llamar a la tolerancia y al diálogo, o incluso “hablar un poco de otra cosa” tras la “sobredosis” mediática, por retomar las palabras de una de ellas.

Pero otra razón se desprende de numerosos textos. Algunas de ellas expresan con fuerza el enfado y la irritación que les produce esta cuestión, que afecta a la intimidad y a lo inexpresable, o a lo difícilmente expresable, y más aún: la forma y las condiciones bajo las que se les plantea a menudo esta cuestión.La lección de este libro, de este punto de vista, no es ciertamente que “el hiyab significa esto y lo otro, y se lleva por esta y esta razones” -estas respuestas no pueden ser sino singulares. La lección es más bien una doble invitación, a la prudencia intelectual y al tacto. Prudencia intelectual porque, y así lo subrayan varias autoras, no es posible asignar un significado simple y único a una elección tan personal. Tacto porque tal y como explícitamente lo expresan algunas: hay cuestiones íntimas y complejas que no se preguntan a bocajarro a las mujeres nada más encontrarse con ellas, y más en un clima social en el que “todo lo que digan puede ser utilizado en su contra”.

El punto común más impresionante está en otro lado. Es la experiencia íntima de la estigmatización. Las formas y el nivel de violencia son variables: algunas han podido evitar que las excluyeran de los centros escolares o de que les quitaran a la fuerza el hiyab, otras no; pero todas se refieren a las miradas agresivas o a los comentarios insultantes. Y todas han escuchado claramente los mismos comentarios, que pueden resumirse en dos exhortaciones: “Vuelve a tu país” y “Vete a la cocina”. Es decir: el racismo y el sexismo.

Hacía falta que se dijera todo esto. Hacía falta que un libro ofreciera a estas mujeres un espacio donde esto se pudiera decir. Porque sobre este particular los medios de comunicación permanecen casi mudos. Es increíble el contraste entre el alboroto mediático y los comentarios interminables producidos en torno al “hiyab en la escuela” y el silencio de muerte que se ha abatido sobre las “mujeres con hiyab excluidas de la escuela”. En cuanto a los políticos, basta con recordar el idílico balance oficial que ha presentado Hanifa Cherifi en septiembre de 2005 a propósito de la ley del 15 de marzo de 2004.

Este informe es un modelo de inhumanidad tecnocrática, profusamente lleno de cifras y curvas sobre el número de “casos” o de “signos” registrados en las escuelas en diferentes fechas. La autora del informe se alegra de ver la curva declinar y alcanzar progresivamente el nivel “cero”, y la conclusión se impone por sí misma: ¡el balance de la ley es positivo!

De tal manera que cuando se cierra este impresentable folleto de 50 páginas uno no sabe nada -pues no se le dedica ni una frase- del estado psicológico en el que se encuentran las adolescentes a las que se les ha impedido llevar el hiyab, de la forma en que se desarrollan sus cursos escolares, de qué pasó con las 50 expulsadas y las 60 que dimitieron, sin hablar de las desescolarizaciones no contabilizadas (las de las chicas que han renunciado a la escuela sin siquiera volver a clases en septiembre).

Tampoco sabemos nada del recrudecimiento de las agresiones y de las discriminaciones contra las “mamás con hiyab”, a menudo delante de sus propios hijos, con todas las consecuencias psicológicas que esto puede suponer, o más ampliamente contra las mujeres que llevan hiyab fuera del medio escolar.

Son estas preguntas ocultas las que hemos querido responder, y no podíamos hacerlo sino dando la palabra a las interesadas, ofreciéndoles un espacio hasta ahora inexistente para que contaran lo que viven, lo que experimentan, y cómo lo analizan, cómo lo aguantan, cómo resisten. Nuestro libro es desde este punto de vista como un “libro negro” de la ley anti-hiyab, y en un sentido más amplio de la “hiyabofobia” contemporánea.

Pero no es solamente esto. Porque las mujeres que hemos entrevistado no son solamente víctimas. Ellas mismas rechazan precisamente definirse como tales. Y leyéndolas comprendemos por qué. No es que ellas no sean las víctimas -que lo son es más que evidente. Es que una víctima nunca es sólo una víctima: toda persona que sufre una discriminación se apoya en los recursos de que dispone para resistir y afirmar su dignidad. Adaptación, enfrentamiento, esquivamiento, humor, esperanza: las estrategias son diversas y también pueden ser combinadas.

Llama la atención en los diferentes relatos la casi ausencia de la Justicia, de la Escuela francesa y de las organizaciones progresistas tradicionales. El cuerpo de enseñantes salvo excepciones brilla por su ausencia, los servicios sociales no son siempre tan compasivos, por no hablar de los cargos locales, de los “grandes intelectuales”, de los partidos de izquierdas o de las asociaciones antirracistas y de defensa de los derechos humanos, ausentes de la mayoría de los relatos. Hay excepciones, por supuesto: un/a profesor/a, un/a vecino/a, un/a compañero/a de trabajo, un/a sindicalista o un/a militante de algún movimiento asociativo que supo dar pruebas de empatía y de solidaridad con hechos concretos. Pero estamos lejos por ejemplo del gran -y más que necesario- movimiento de solidaridad que ya está construyéndose desde hace unos años en torno a los alumnos sin papeles.

La última constatación tiene valor de interpelación, y hace de este libro una especie de carta abierta. Las mujeres que se expresan en sus páginas no hacen nada más que dar testimonio, nada más que informarnos y conmovernos: ellas acusan, analizan, interpelan. Acusan no a la sociedad francesa en su conjunto, sino a sus dirigentes y a su cuerpo de enseñantes, subrayando la brecha que se abre entre los proclamados ideales de libertad, igualdad y fraternidad y su propia realidad vivida. Analizan los desfallecimientos de esta República, sus causas y sus reprobables consecuencias.

Finalmente ellas nos interpelan, a todos y a todas, poniéndonos frente a nuestras contradicciones, nuestra ceguera, o nuestra pasividad cara a la exclusión. Aunque algunas, las más jóvenes y las más duramente reprimidas (especialmente las que han sufrido la exclusión o les han quitado el hiyab a la fuerza en la escuela), expresen cólera, en términos a menudo duros, todas manifiestan un arraigo profundo en la sociedad francesa, y una voluntad de ser ciudadanas como las otras, tratadas como tales. Todas expresan el deseo de participar plena y positivamente en la vida del país, como estudiantes, como trabajadoras, como madres de alumnos/as, como ciudadanas. Pero todas dicen también chocarse con una desconfianza o un recelo agotadores y desanimantes.

Algunas eligen ser “conciliadoras”, redoblan sus esfuerzos y su paciencia para resultar útiles y agradables, otras eligen “exigir el respeto” por una actitud más combativa e intransigente en la defensa de sus derechos; otras salen por el humor, o se dicen tentadas a renunciar, a volver al hogar, a replegarse hacia la comunidad o la expatriación. Pero lo que es llamativo es que no hay dicotomía real: las mujeres que se repliegan no querían hacerlo inicialmente, y las que luchan contra este repliegue nos dicen comprenderlo a pesar de todo, e incluso pensar en él a veces para ellas mismas. Estas últimas nos dicen también que en su alrededor muchas de sus amigas comienzan a resignarse.

Nada está pues fijado, y el futuro depende por lo tanto de todos/as nosotros/as. Esta es precisamente la interpelación que nos dirigen las autoras de este libro: hay una elección de sociedad que tomar y que asumir. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si queremos vivir separados/as. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que “en nombre del pueblo francés”, es decir en nuestro nombre, una ley excluya a escolares de los colegios. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre del feminismo se insulte, humille o discrimine a mujeres.

Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre de la laicidad o del “vivir juntos” una parte de la población sea sometida al ostracismo y se la vincule sin cesar con una “diferencia” supuestamente “inasimilable”. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos estas lógicas de la exclusión o si preferimos aceptar la invitación que implica este libro: “dejad de juzgar, apagad el televisor y abramos el diálogo”.

Fuente: Les Mots Sont Importants
Traducción Observatorio de la Islamofobia

De la página web de la editorial:

Mona: “Al argumento del hiyab “símbolo de opresión de las mujeres” yo planteo la pregunta: ¿opresión para quién? No para mi. Yo soy libre en mis elecciones, y yo he elegido llevar el pañuelo, es una expresión de mi libertad…”

Nayer: “En cuanto llegué, cuando ellos me vieron con mi hiyab, me dijeron que la plaza estaba cubierta…”

Malika: “Ella dijo: «¿Acaso esperas encontrar un empleo con eso que llevas en la cabeza?». Me levanté, y le recordé las leyes de la República…”

Jadiya: “Nuestra exclusión estaba a la orden del día, y me encontraba con militantes de los Verdes, o de las JCR, o incluso feministas, ¡que me psicoanalizaban, o que me hacían exégesis del Corán!…”

Ismahane: “Estábamos muchas de Feministas por la Igualdad en la manifestación, y Malika y yo llevábamos el hiyab, y un tío furibundo se puso a gritarnos «¡Ni Dios ni amo!». Yo le contesté: «¡OK, entonces tú no eres mi amo!» (risas).”

Pierre Tevanian enseña filosofía en Drancy. Es coanimador del colectivo “Les mots sont importants” [Las palabras son importantes] y ha publicado varios libros, entre ellos el Dictionnaire de la lepénisation des esprits(Diccionario de la lepenización de los espíritus. Ed. L’Esprit frappeur, 2002), Le Ministère de la peur (El Ministerio del miedo. Ed. L’Esprit frappeur, 2004), Le Voile médiatique (El velo mediático. Ed. Raisons d’agir, 2005) y La République du mépris (La República del desprecio. Ed. La Découverte, 2007).

Ismahane Chouder es miembro del colectivo “Una Escuela para Todos/as” y antigua vicepresidenta del colectivo “Feministas por la Igualdad”. Ha contribuido a la obra colectiva Le Livre noir de la condition des femmes (El libro negro de la condición de las mujeres. XO Editions, 2006).

Malika Latrèche trabaja en “Una escuela para todos/as” y defiende a las madres que han sido excluidas de las salidas de los colegios. Desde octubre de 2006 copreside el colectivo “Feministas por la Igualdad”.

Tema: Islamofobia y discursos sobre la mujer musulmana

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En defensa del Hiyab – (Conflicto por un pañuelo – por Josep Miró i Ardèvol)

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El caso de la niña musulmana de Girona que cubría sus cabellos con un pañuelo, el hiyab, concierne a dos garantías constitucionales básicas y a su jurisprudencia: el Tribunal Constitucional establece que “la libertad de creencias garantizada en el artículo 16.1 de la Constitución (CE) protege frente a cualquier clase de compulsión externa de un poder público en materia de conciencia que impida (…) hacer manifiesta su creencia si así lo quiere (dimensión externa)”. “Los poderes públicos conculcarán dicha libertad (…) si perturban o impiden de algún modo la adopción, el mantenimiento o la expresión de determinadas creencias”.La libertad en materia religiosa confiere el derecho a manifestarla públicamente, también en la escuela, claro está.

Esto es así en España y en toda Europa, con dos únicas excepciones circunscritas a Francia y a Turquía, una democracia tutelada por el ejército.Por su parte, los padres tienen el derecho constitucional de velar por la educación moral y religiosa de sus hijos (incluida la escuela) y los poderes públicos el deber de que ello sea posible (art. 27.3 CE).Un derecho, que como la libertad religiosa, es universal porque forma parte de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), de su concreción en los Pactos Internacionales sobre Derechos Civiles y Políticos; Económicos, Sociales y Culturales (1966), y también es contemplado por el Convenio para la Salvaguarda de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de 1952, el Tratado Constitucional de la Unión Europea, y el propio Estatuto de Autonomía.Si todo esto es papel mojado, vale, se puede discutir el derecho a ir a la escuela con el hiyab, pero entonces olvidémonos del Estado de derecho, y de que este país sea una democracia, que como tal requiere del pluralismo, según sentencia del TC.

Un padre y una madre no lo son menos por el hecho de ser musulmanes, y su condición de inmigrantes o conversos es anecdótica en el ejercicio de sus derechos. Del mismo modo, el concepto de laico o aconfesional de la escuela pública no puede ejercerse en contra de lo establecido por la Constitución.

Por otra parte, resulta extraño que quienes se dicen defensores de la familia y la libertad religiosa, caso de CiU y PP, sostengan aquí tesis contrarias a ambas.

A quienes en nombre del multiculturalismo defienden el derecho al hiyab, hay que reclamarles idéntico respeto hacia los símbolos y prácticas cristianas, porque el ensañamiento con ellas, su ridiculización, es una forma de coerción cultural y social contraria al pluralismo democrático y al más elemental respeto a la creencias profundas de las personas.

Fuente: La Vanguardia, 2007
Con información de Islamofobia

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Irán bajo el velo


Lo que conocemos de Irán en Occidente está desfigurado por lo que informan las corporaciones mediáticas estadounidenses. Lo pude constatar en terreno en los recientes levantamientos populares que se suceden en Oriente contra regímenes dictatoriales o reinados, lo que el pueblo iraní sacó de sus entrañas con la revolución popular de 1979, expulsando al Sha Reza Pahlevi II, quien huyó a África tras el levantamiento político-religioso elevado por el Ayatolá Imam Jomeini.

Irán es un país rodeado por las fuerzas militares de Estados Unidos, sedientas de oro negro: Al este, en Irak; al oeste, en Afganistán y Pakistán; hacia el sur, en Arabia Saudita y Omán, entre otros países donde tienen presencia.

Mientras, mujeres y hombres iraníes, albergan en sus corazones la esperanza del regreso del profeta Mahdi, quien estaría oculto y regresaría junto a Jesús para preparar el juicio final contra los opresores de la humanidad, según sus creencias religiosas, escritas en el Corán.

Llevar adelante el proceso revolucionario iraní no ha sido sencillo. Tras derrocar la monarquía del Sha Pahlevi II, en septiembre de 1980 son invadidos por Sadam Houssein y el ejército iraquí. La cruenta guerra conocida como “Guerra Impuesta y Defensa Santa” llega hasta septiembre de 1988 con cerca de un millón de muertos. Muchos de ellos por el uso de armas químicas (gas mostaza y otros) proporcionados por Estados Unidos a Irak, que afectaron a gran parte de población civil, incluso hasta hoy.

No obstante, las milicias que mediante la ley del plomo llevan la “democracia” a Medio Oriente, no han logrado cambiar el destino revolucionario de Irán que se comenzó a forjar un 11 de febrero de 1979, quedando los fallidos intentos del imperio estadounidense por ocupar el suelo iraní como “el principal indicio de su propia debilidad y la necesidad de obtener recursos naturales fuera de sus fronteras”, como explica la estudiosa del islam, Massuma Assad.

RELIGIÓN

La población iraní, en su mayoría, sigue el islam y son shiítas. Aunque también conviven con minorías de judíos, cristianos, bahais, zoroastristas y sunitas, entre otros.

Su principal profeta es Muhammad -mal pronunciado como Mahoma-. Ven al Islam como una actitud ante el mundo y el Creador. Su libro sagrado es el Corán, que incluye a Jesús como un profeta más, aunque los primeros compiladores de la Biblia no incluyeron a Muhammad en sus relatos y he ahí una de las grandes heridas abiertas por Occidente en el Oriente Medio.

El profesor Rahimpour Azghadi explica que para el Corán “todos los hombres son iguales. Lo único que los distingue es la fe y la buena acción. El ser humano no nace pecador”, como en la fe católica tras el pecado original (sexo), sino que “nace con conciencia divina, y es solo una mala educación y otros lo que lo deforman”, explica.

Azghadi agrega que “el ser humano puede ser el mejor de los ángeles o el inferior de los animales cuadrúpedos”.

El Islam, caracterizado en Occidente por los medios como violento de naturaleza, actúa según mandato del mismo Corán, sólo como respuesta a la agresión, la injusticia y la opresión, según indica el texto ¿Qué es el Islam? de la Fundación Cultural Oriente.

Etimológicamente, Islam significa paz, y las condiciones para la licitud de la guerra en la ley islámica son muy precisas: “Debe existir el antecedente de una agresión o una amenaza cierta de ella que ponga en peligro la comunidad islámica”.

Tras un almuerzo sobre alfombras persas, fumando nargile, puse atención a un ex combatiente con diversas heridas de guerra, sus palabras eran ejemplo de su leitmotiv: “Nosotros no vamos a invadir otro país vecino ni lejano por ningún motivo, pero al primer ataque que recibamos por parte de Estados Unidos o Israel, tenemos mil misiles en posición y apuntando a Israel, más un acuerdo con Hamas para que avance por el sur e Hizbullah para que avance desde el norte y hacer desaparecer el Estado de Israel en pocas horas”. El musulmán, claramente, no pone la otra mejilla.

LO POLÍTICO

Aunque el Islam tiende a la unicidad, hilando lo político, lo religioso, lo económico y lo militar, se distingue de las fuerzas tradicionales de Occidente: izquierda y derecha. Se ubica sobre ellas, tomando parte de comunismo y de liberalismo, pero sin ser ninguno de las dos.

El profesor Azghadi lo explica: “Claramente sentimos una gran simpatía por los movimientos de liberación que reivindican los derechos humanos de las mayorías, por hombres como Chávez o Morales, pero creo que lo que ha existido es una acción de cooperación práctica, más que un apego a las concepciones filosóficas marxistas”.

En Irán convive lo privado y lo público. El máximo gobernante, es el Ayatolá Khameini, al que llaman Líder Supremo, y es elegido por un consejo espiritual. Luego viene el Presidente, quien es electo en votación popular, dura cuatro años en su cargo y sólo puede ser reelegido una vez. El actual es Mahmmud Ahmadinejad, próximo a cumplir su segundo período.

Irán tiene un parlamento con 290 integrantes, en el que está asegurada, por mandato constitucional, la representación de legisladores judíos y otras creencias minoritarias.

Un rol contralor importante lo cumple el Consejo de Guardianes de la Revolución, el que vigila, entre otros, el buen funcionamiento de la particular “teodemocracia iraní”, donde del Poder Judicial cuenta con tres tribunales a su haber.

Y si bien es cierto que existe una oposición minoritaria a Ahmedinejad, sobre todo en las clases más acomodadas y en algunos comerciantes, la gran mayoría del pueblo apoya el régimen de su presidente electo en votación popular.

Lo pude comprobar en sus calles mientras vivían el aniversario número 31 de la revolución. Tehrán, Qom, Esfahan y otras ciudades de Irán sumaron a más de 2 millones de personas manifestándose en favor del Gobierno.

A dos días de estas manifestaciones de multitudes, el opositor Mehdi Karroubi -quien fuese presidente de la Cámara de Diputados- lideró la contraria con casi 2 mil personas manifestantes. Un grupo se encontraba armado, hubo disparos y resultó muerto un Guardián de la Revolución y un joven estudiante en favor de Ahmadinejad.

El suceso no fue comunicado con rigor por los medios comerciales globales, que se limitaron a informar que murieron dos personas, sin identificar responsables y dando a entender como si los muertos fueran resultado de la acción de la policía iraní.

Posterior a ello, en el Congreso, varios parlamentarios a viva voz solicitaron la condena a muerte de los convocantes, Karroubi y Mi-Hossein Mousavi, quienes han señalado públicamente que no temen a la posición del Gobierno.

Por su parte, el líder supremo de Irán, la autoridad político religiosa, el Ayatolah Ali Khamenei, acusó a las potencias occidentales de pretender desestabilizar la revolución islámica por miedo a que ésta sirva de modelo para Medio Oriente.

LAS MUJERES

Más estrictas son las reglas de convivencia para la mujer en países como Arabia Saudita, amigo de Estados Unidos, al que no se pone en tela de juicio como a Irán, de origen persa y donde un porcentaje muy bajo de las mujeres ocupa burka -vestimenta que deja visibles sólo los ojos-.

En la zona de la meseta iraní, la tierra de los arios, sobre el 80% de las féminas ocupan magné, que es una tela que les cubre el pelo y los hombros, dejando visible sólo el rostro por completo, muy similar al atuendo de la Virgen María.

Varias son también las que llevan chador, un gran paño de color negro que puede cubrirlas de pies a cabeza, mientras las más jóvenes y también algunas ancianas, usan rosarí, un pañuelo de seda u otras telas multicolores que amarran bajo su mentón.

La justificación musulmana para la utilización del hijab, como se llama a la vestimenta islámica, tiene que ver con el celo del hombre y la protección de la mujer del contacto con otros que no sean familiares, ya que su belleza debe ser guardada para el placer mutuo que se brinden los esposos.

El Ayatolá Murtada Mutahhari distingue el celo de la envidia y nos dice: “Incluso aquellos que tienen una forma de vida comunista en relación a la propiedad, nunca lo han supuesto respecto a la mujer”, quedándose en una mirada materialista de la esposa.

Me encontré con mujeres doctoras, periodistas, incluso una ministra de Salud, y cerca del 60% de las matrículas universitarias son femeninas. Pude ver a la mujer iraní participando activamente en distintos ámbitos de la vida y profesiones. Irán es un país donde la mujer es un objeto de devoción y culto para los hombres, con un carácter de respeto muy especial hacia ellas, y que son ellas mismas quienes desean ser valoradas por su inteligencia más que por su belleza física, reservada para sus maridos.

En el Islam, la mujer tiene derechos que en Occidente sólo alcanzó en el último siglo, como son el manejo de sus bienes, y la capacidad de testar. Pero el blanco preferido de las críticas de la industria televisiva es la vestimenta que usan y mostrar un machismo exagerado por parte de sus parejas.

Para la estudiosa argentina, Romina Forti, del Observatorio de Conflictos, “Occidente no quiere percatarse de que la mayoría de los verdaderos problemas que afectan a la mujer musulmana derivan de las contradicciones a las que se ha sometido al mundo musulmán”, dice. “Sabemos que las identidades se construyen por oposición a otro, y nuestro otro era el musulmán-árabe hasta el final de la reconquista y el musulmán-turco en la construcción europea.”

Forti asevera que el gran desafío que espera a las sociedades musulmanas hoy en día es “una nueva lectura del Islam hecha por mujeres profundamente comprometidas con su fe, sus principios y su espiritualidad. Ellas deben reapropiarse este trabajo de memoria musulmana femenina y ocupar esta ‘ciudadela islámica’ que tanto tiempo fue acaparada por los hombres”.

En Irán, los problemas de pareja existen como en todas partes, pero en el país persa los feminicidios y la violencia intrafamiliar es menor que en países occidentales.

En la religión islámica, el sexo está en el centro de sus vidas para brindarse placeres, pero siempre en el ámbito de lo privado. Los condones son permitidos, los sacerdotes tienen hijos y esposa, algunos hasta cuatro como máximo, pero siempre con el consentimiento de la primera compañera y casi no existen las madres solteras.

Azghadi es claro: “Existe una gran diferencia entre los derechos humanos como slogan y como práctica. Los derechos humanos se han transformado en derechos del hombre blanco y capitalista para los países de Occidente”.

LAS CIENCIAS

Uno de los ámbitos en los que destaca la ciencia iraní es la biotecnología. Su principal centro de estudios de la materia es el Instituto Royan, que logró el nacimiento de un niño por fertilización in vitro en 1993. Luego, el ’95, mediante el método de inyección intra citoplasmática, y ya en 2004 mediante el método (PGD) de embrión forzado. Son muchas las parejas europeas y de otros lugares del mundo que prefieren la ciencia iraní para tratar sus problemas de fertilidad.

También hay avances con células madres en los que trabajan desde el 2004 para tratar enfermedades relativas a infartos al miocardio, para problemas de tipo óseo y para el tratamiento de la diabetes aún en estudios. Por ejemplo, el vitíligo ya es curable en Irán en un 70% de los tratamientos efectuados, según información proporcionada por el Instituto Royan.

Otro puntal de desarrollo desde la perspectiva de Irán, es la energía nuclear para fines científicos y de seguridad. Los reactores han sido cuestionados por Estados Unidos, pese a que son constantemente visitados por examinadores internacionales.

El programa atómico iraní es avanzado y de punta, pero ex combatientes me señalan que a diferencia de otros países “no han lanzado bombas como las de Hiroshima y Nagasaki, ni andan de cacería por el mundo buscando petróleo”. Massuma Assad, en ese sentido es categórica: “El gobierno estadounidense, entre otras cosas, presiona a Teherán para extraer concesiones y exige que Irán detenga su programa nuclear y desarticule al grupo Hizbullah, en el Líbano”.

Pero Irán sigue cercado de tropas estadounidenses, agentes e informantes, recibiendo en sus tierras inmigrantes que huyen de las guerras ocasionadas en países devastados como Irak, Afganistán y tal vez, prontamente, Pakistán. Todo por obra de un grupo extremadamente terrorista que sigue haciendo subir y bajar el precio del barril de petróleo, el detonador en la zona del real conflicto, por medio del arte de la guerra: El sionismo tomando para sí cualquier disfraz.

Este último habría sido el causante, según el presidente de Irán Ahmadinejad, de la muerte de uno de los grandes científicos del país. Los atacantes actuaron en 2010 en motocicletas poniendo bombas magnéticas a los vehículos y resultando muerto el profesor Mayid Shahriyarí y muy mal heridos otros dos cerebros del estudio atómico.

EL REGRESO

Ya era hora de partir y sabía que sería difícil escribir sobre todo lo visto en una sola entrega. Atrás quedaba el misterioso Irán y pensaba en qué no me había gustado del país, ante tanta maravilla arquitectónica y profundo sentido religioso y de respeto entre sus habitantes.

Claramente era la nube de contaminación suspendida sobre su capital Teherán, casi peor que en Santiago, tal cual la olla de smog, rodeada de blanca cordillera y con un saturado parque automotriz. Y las restricciones a derechos que considero inalienables, como el decidir qué hacer con mi cuerpo mientras no afecte a otra persona, dado que prohíben la masturbación y el consumo de cualquier sustancia espirituosa que altere tu estado de conciencia.

Me pregunté entonces, qué será lo que quiere el pueblo de Irán, más allá de estas restricciones y qué vendrá para esta nación estudiosa de sus sagradas escrituras. Y llegué a una conclusión:

Irán quiere justicia y una paz que sabe que vendrá duradera tras los grandes juicios. Y también sabe que mientras tanto deberá resistir diversos embates, como los de las grandes cadenas noticiosas occidentales, que lo seguirán pintando como parte del llamado Eje del Mal -donde Bush ubicó a naciones como Venezuela-, desdibujando todo proceso libertario que intente religiosa o políticamente hacer acto de soberanía sobre los recursos naturales nacionales para el bien de los pueblos.

Por Bruno Sommer Catalán
El Ciudadano Nº99, primera quincena abril 2011

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