Un crimen cometido en un libro…

Kamel_daoud

«Qué quiere que le diga, señor investigador, sobre un crimen cometido en un libro?», pregunta el narrador, que dice en otro momento: «Quiero decir que esta es una historia que se remonta a hace más de medio siglo. Sucedió y se habló mucho de ella. La gente sigue hablando mucho de ella, pero solo hacen referencia a un muerto —fíjate, sin pudor— cuando en realidad hubo dos, dos muertos». Por esto y por el título, posiblemente el lector tenga ya en su mente la novela El extranjero, de Camus, dos libros que, en alguna medida, ya son complementarios. «Un autor célebre —abunda— había narrado la historia de un árabe y había hecho de ella un libro estremecedor… se cuenta un asesinato con la genialidad de un matemático inclinado sobre una hoja muerta».

En este libro el narrador, Haroun, hermano del hombre asesinado —«el árabe»— no se resigna a dejar en el anonimato la historia de aquella víctima que murió en una playa a manos de un extraño personaje y dar vida así a una figura que la literatura se había permitido ignorar. «No empecé a sufrir por ello hasta que se acercó la edad adulta, cuando aprendí a leer y comprendí la suerte injusta reservada a mi hermano, muerto en un libro».

Al hilo de la historia —perfectamente tramada y encajada deliciosamente en el desarrollo del relato—, el lector disfrutará con las interesantes reflexiones que va tejiendo, de la historia de esa familia, de la vida en barrios y ciudades antes y después de la independencia del país árabe en que se desarrollan los hechos, con todas sus secuelas y las impuestas por la cultura occidental.

A la capacidad de crear un mundo paralelo, posiblemente complementario al cubrir «lagunas» de la ficción, une el argelino Kamel Daoud una prosa prodigiosa, que expresa como si fuera un estilete muchos de los sentimientos que la realidad ofrece y en ella una reconstrucción imaginaria, llena de fortaleza, de sugerencias, de poder.

Por Alfonso García
Con información de Diario de León

©2015-paginasarabes®

Mikhail Naime en el corazón del pueblo árabe

Nassib Arida_Gibran Jalil Gibran_Abdelmassih Haddad_Mikhail Naime
Los grandes hombres en Nueva York, 1920: Nassib Arida, Gibran Jalil Gibran, Abdelmassih Haddad y Mikhail Naime

En la vasta historia de la literatura árabe existen dos libros que sobresalen por su modesto tamaño y su inmensa sabiduría. El Profeta, de Gibran Khalil, y El libro de Mirdad, de Mikhail Naime.

En la historia moderna de cada literatura ha habido escritores a los que les toca familiarizar a su literatura con las ideas más progresistas de la cultura humana. Estos artistas innovadores aparecen en momentos cruciales en la historia de su sociedad, en tiempos de gran cambio histórico, para crear un estilo único que rejuvenece a su civilización para luego convertirse en referencia universal. Así es como el nombre de Mikhail Naime ha sido y es reconocido en el corazón del pueblo árabe.

A principios del siglo XX, los árabes comenzaban a estar conscientes de su atraso literario, de la necesidad de cambiar su estilo para expresar su vida moderna. En ese mismo período, pero en Estados Unidos, un grupo de jóvenes libaneses y sirios comenzaron a cambiar el panorama de la literatura árabe. Como si estuvieran tratando de comerse el tiempo, rápidamente, esta generación de escritores árabes asimiló las virtudes de la literatura mundial, la ilustración, el sentimentalismo, el romanticismo y fundó su propio estilo, llamado literatura Mahjar.

La luz más brillante de este movimiento literario ha sido y será siempre Khalil Gibran. Pero fue Mikhail Naime, su confidente y mejor amigo, quien le dio dirección a esa hermosa luz y, así, a la literatura que esa generación forjó.

Filósofo, académico, políglota, soldado, dramaturgo, poeta, ensayista y orador, Naime representa el renacimiento de la literatura árabe en las letras modernas. Nació en el otoño de 1889 en las faldas del Monte Sannin, en Baskinta, Líbano, un poblado agrícola de 2 mil personas donde la familia de Mikhail dependía de un pequeño pedazo de tierra. La pobreza en la región provocó que miles de libaneses emigraran en busca de trabajo a todas partes del mundo. Mikhail tenía solamente diez meses de edad cuando su padre se unió al éxodo. Por ello, la madre de Mikhail jugó un papel importante en el desarrollo del futuro autor. Ella se encargó de que el pequeño Mikhail fuera educado en una escuela primaria que constaba de sólo dos aulas, para después entrar a la prestigiosa Escuela Ortodoxa de Rusia, construida en Baskinta. Como consecuencia de ser un alumno excepcional, Naime fue enviado a Nazaret a la Sociedad Imperial Ruso-Palestina. Este recinto lo expuso a cursos de literatura árabe y rusa, materias que nutrieron su naciente interés en la poesía y la prosa. Naime egresó como uno de los alumnos ejemplares de su generación y ganó una beca en 1906 al Seminario Ortodoxo de Rusia en Poltava, Ucrania.

En las aulas de Poltava, Naime perpetuó el mismo entusiasmo académico que le dio fama en Nazaret. El arte, la música y la literatura Rusa movían sus impulsos creativos, y el activismo social y político que Naime vio en Rusia lo volvieron consciente de los problemas de la civilización occidental.

El período de madurez social y literaria de Mikhail estaría siempre atado a Rusia y su cultura. En sus memorias Naime escribe que, durante su tiempo en el Seminario, un mundo nuevo se abría frente a sus ojos. Leía vorazmente. Difícilmente había un autor, poeta o filósofo ruso al que Mikhail no estudiara exhaustivamente.

El estancamiento de la literatura árabe en compa-ración con la rusa y la distancia entre ella y la vida de la gente se volvió evidente para Mikhail, quien escribió: “La pobreza de nuestra literatura y la ineptitud de sus escritores, quienes se interesan solamente en fenómenos exteriores del alma humana, se volvieron cada vez más claros ante mis ojos.” Si antes de este tiempo Naime había envidiado a algunos de los autores y poetas árabes y trataba de imitarlos, ahora, después de los rusos, Naime quedó destinado a cambiar el rumbo de la literatura árabe.

La vida espiritual de Naime creció introspectivamente y, contrario a un seminarista religioso, sus lecturas de Tolstoi y Gorki lo llevaron a personalizar su fe. Esta introspección y descubrimiento interno lo motivaron a encontrarse con una mujer rusa tristemente infeliz en su matrimonio. Mikhail extendió esta relación hasta la conclusión de sus estudios en Ucrania y la mujer pudo entonces regresar a su marido y a su tristeza.

Mikhail no solamente descubrió las virtudes ilimitadas de la literatura, también conoció el espíritu vital de una vida social y políticamente activa. Fue en Rusia donde por primera vez consideró dedicar su vida a la literatura. Su primer poema publicado fue “El río congelado”, en el cual se refiere a Rusia como un río de tórrida corriente que aparenta inmovilidad por el hielo que lo cubre. Su habilidad para esconder profundos y filosos pensamientos en imágenes y palabras delicadas, provocaron la admiración de maestros y compañeros.

De hecho, en su último año en el Seminario los estudiantes se manifestaron en contra de la opresión a sus libertades. Naime fue elegido como el vocero de su causa. Por participar en demostraciones estudiantiles, las autoridades del Seminario decidieron expulsarlo y tuvo que prepararse para sus exámenes finales sin el apoyo de los maestros. En verano 1911, Naime presentó sus exámenes, obtuvo su diploma y regresó a Baskinta.

Una vez en Líbano, solicitó su ingreso a programas religiosos para continuar su educación. Coincidió que su hermano mayor, Adib, quien vivía en Walla Walla, Washington, visitaba en la misma fecha a su madre. Su hermano habló de las bondades de Estados Unidos. Por curiosidad, y para calmar los ánimos de su hermanos, Mikhail solicitó entrar a un postgrado en la Universidad de Washington.

En el otoño de 1911, Mihkail fue aceptado en la universidad y viajó con su hermano a Estados Unidos. Tuvo que aprender inglés en dos meses para poder entender sus cursos de Derecho y Arte literaria. Aunque Estados Unidos no lo entusiasmaba, Mihkail fue uno de los mejores estudiantes de la universidad en su primer año. Para su segundo año pensaba regresar a Líbano, pero fue entonces cuando recibió el primer volumen de al-Funun, una publicación de literatura árabe editada en Nueva York por Nassib Arida. Su contenido era revolucionario e iba de acuerdo con los ideales de Naime. La publicación señalaba una radical distancia del monorrítmico y monométrico estilo árabe de la época. El primer poema de ese volumen estaba firmado por Khalil Gibran.

Naime no perdió tiempo en unirse al movimiento literario árabe que surgía en Nueva York. Desde Washington, mientras estudiaba, envió numerosos artículos de crítica literaria en los que lamentaba la debilidad de la literatura y cultura árabes, en su opinión, los autores de ese momento se apoyaban en los laureles del glorioso pasado literario árabe y se dedicaban a producir trabajos derivativos, nada original. En sus críticas, Naime apuntaba a un rayo de luz entre la oscuridad árabe, que significaba el amanecer de un nuevo sol literario para el mundo árabe; ese rayo era Khalil Gibran.

Conforme empezó a soltar la pluma, Naime se aventuró a formatos literarios más creativos. Sus primeros cuentos eran una combinación ruso-estadunidense que exploraba los temas políticos y sociales de una manera directa, pero con la tradición espiritual de los textos árabes. Sus cuentos tocaban temas como el suicidio, matrimonios forzados, obediencia a las tradiciones, la moral del amor o el infanticidio, siempre con la intención de elevar el espíritu humano.

En 1915, Naime viajó a Nueva York y, junto con Khalil Gibran, fundó la primera asociación de escritores árabes. Al año siguiente, a pesar de los argumentos de Khalil Gibran, Naime dejó a un lado su interés literario y se unió a las Fuerzas Expedicionarias Estadunidenses que lucharon en Francia e Italia durante la primera guerra mundial.

Dejando la pluma por el gatillo, Naime fue testigo de la bajeza de la humanidad. Al conocer con sus propios ojos lo atroz que puede ser el ser humano cuando se le pide lo peor de sí, Naime se convenció de dedicar su vida, cuando terminara la guerra, a pedir del ser humano lo mejor.

De regreso a Nueva York continuó su vocación literaria, pero ya no sólo por el afán de crear. La literatura que él haría tenía un propósito. En abril de 1920, Gibran y algunos amigos escritores árabes formaron la Asociación de la Pluma, al-Rabitah al-Qalamiyyah. El grupo estaba conformado por Nassib Arida, Rashid Ayoub, Wadi Bahout, William Catzeflis, Kahlil Gibran, Abdul Massih Haddad, Nudra Haddad, Elia Abu Madi, Mikhail Naime y Ameen Rihani. Todos coincidieron en que Gibran Khalil, por su talento y fama, debía ser el presidente de la asociación, y también coincidieron en que Mikhail Naime, con su visión y experiencia, debía ser el secretario. Naime fue, entonces, quien escribió los estatutos de la asociación, y así dio dirección a la literatura creada por estos talentosos poetas.

La literatura de la asociación debería ser, escribió Naime, una enfocada en el Hombre más que en el lenguaje, en el Humano más que en las leyes que lo rigen, en el Espíritu más que en la palabra. Las metas de la asociación fueron entonces tanto literarias como políticas, desplegando en cada letra un ferviente humanismo cuyo centro era la liberación a través del espíritu. Los escritos de al-Rabitah eran ávidamente leídos en el mundo árabe, y la literatura de esa civilización empezó a romper con su rígida tradición.

Esta generación de artistas árabes, conocidos como poetas Mahjar, llevó a la literatura arábiga de su edad clásica a la era moderna. Y los que levantaron más peso fueron Gibran y Naime, inseparables amigos.

Fue a Naime a quien Gibran, en el apogeo de su fama, abría y confesaba su corazón y sus secretos íntimos. Cuando Gibran terminó El Profeta, tomó el manuscrito, lo puso en su portafolio y fue a la casa de Naime para que éste lo leyera y opinara. Naime no tuvo palabras.

“Es un librito extraño, Misha”, le dijo Gibran a Naime.

“¿Tú lo escribiste?”, preguntó Naime a un todavía desconocido Gibran.

“Misha, el libro me escribió a mí”, respondió Gibran.

En 1928, Gibran, ya el poeta famoso que conocemos, cayó enfermo. Muchas personas lo visitaban, pero cuando Gibran sintió que estaba en sus últimas, el único hombre que pidió que estuviera cerca de él fue su amigo Mihkail Naime. Hasta que Gibran soltó su último respiro, Mikhail estuvo ahí, a su lado.

Sin Gibran pocas cosas parecían tener sentido. La Asociación de al-Rabitah se desintegró y aunque Naime continuó viviendo en Nueva York, adquiriendo fama y reconocimiento, para él la ciudad era gris y desolada sin el rayo de luz que la iluminaba, sin Gibran.

En 1932, en el apogeo de su fama, Naime decidió regresar a su pueblo natal, Baskinta, donde, en la soledad de la montaña, escribió El libro de Mirdad.

Naime siempre sostuvo la profunda convicción de que el mundo interior del humano, sus emociones, pensamientos, su estructura social y su maestría sobre las fuerzas de la naturaleza, son campos fértiles para la literatura.

Al escribir El libro de Mirdad con inmensa energía y paciencia, Naime ejemplifica la singularidad y la riqueza de la literatura árabe moderna: su humanismo, su constante búsqueda por la verdad, su pureza moral y la justicia.

Este librito extraño, como tal vez pudo decirle Naime a Gibran si hubieran compartido el mismo aire en 1932, contiene todas las ideas que movieron la vida de su autor. La vida de un escritor, sus viajes por las civilizaciones del mundo, sus sacrificios, su experiencia con los extremos del ser humano, lo predisponen a un gran círculo de ideas en el cual es difícil encontrar el centro. Pocas veces un escritor encuentra las palabras para describir tan profunda y concisamente las enseñanzas que circulan en una vida. Aún más raro, que todas esas palabras quepan en un libro de estas dimensiones.

El libro de Mirdad es la historia de una vida. El libro de Mirdad es la historia de todas las vidas .

Por Alexander Naime S. Henkel
Con información de:La Jornada

©2015-paginasarabes®

La poesía en el Islam – 3º Parte

maestro_sufi_902

«En esplendor el Oriente cruzó el Mar Mediterráneo. Si conoces las rimas de Calderón, tu debes conocer y amar a Hafiz».

Ir a La poesía en el Islam – 2º Parte

Emraní

En el curso de sus tres mil años de vivencias en tierra iraní, los judíos de Irán han producido una magnífica literatura. Uno de sus más ilustres representantes es Emraní (1454-1536). Su principal trabajo es el Ganÿ-Nameh, escrito en el estilo clásico persa. Este es un comentario versificado de un tratado que forma parte de la Mishná (Compilación jurídica del Judaísmo, que forma parte del Talmud), conocido en hebreo como Pirqé Abot («Capítulos de los Antepasados»). Véase David Yeroushalmi: Emrani’s Ganj-Name, a Versified Commentary on the Mishnaic Tractate Abot, E.J. Brill, Leiden, 1995.




La poesía otomana

La influencia de la prosodia persa se hizo sentir en la poesía escrita por los turcos desde el siglo XI. La literatura turca en lengua ÿatagay contó con el terreno de la prosa con las notables Memorias de Babur (Babur Nameh), cuyo verdadero nombre era Zahiruddín Muhammad (1483-1530), el primero de los Grandes Mogoles, y en cuanto a la poesía se desarrolló en la corte timurí de Herat en el siglo XV.

En el ámbito otomano, el persa fue durante mucho tiempo la lengua de la administración y de las buenas letras de los sultanatos turcos —los selyúcidas, entre otros—, y después en el Imperio otomano. La poesía otomana culta del diván, que siguió las pautas de la prosodia persa —gazal, maznaví—, fue cultivada por numerosos poetas desde el siglo XIV al XVIII.

Yunús Emré

Yunús Emré (1238?-1320), místico que formó parte de los derviches errantes, es uno de los grandes poetas musulmanes turcos. Fue un cantor de la fraternidad y del amor místico en la época del reagrupamiento de los pueblos turcos en Asia Menor. Autodidacto, dominó el árabe y el persa. Su obra máxima es «El Libro de los preceptos», de gran religiosidad, donde evoca el sucederse de las alegrías humanas, de la duda y el dolor, junto al sentimiento de la nada y la eternidad. Algunos de sus poemas hablan con elocuencia de tolerancia y universalidad:

«Nuestro único enemigo
es el resentimiento.
No guardemos rencor a nadie;
para nosotros la humanidad es indivisible».

Su obra evoca el éxtasis de la comunión con la naturaleza y con Dios. Así escribió estos versos memorables:

«Cualquiera que posea una gota de amor
posee la existencia de Dios».

Su preocupación por el destino de todos los hombres, y en particular de los más desfavorecidos, da a su poesía una intensa emotividad. Yunús Emré afirma la existencia del amor universal, proclamando su fe en la fraternidad que trasciende todas las barreras y todos los sectarismos:

«No nos oponemos a ninguna religión.
El verdadero amor nace cuando todas
las creencias se unen».

Hombre del pueblo que escribió para el pueblo, adalid de la justicia social, Yunús Emré se rebeló valientemente contra todos aquellos gobernantes, propietarios, dignatarios políticos y pseudo religiosos que oprimen a los débiles y humildes. Su mensaje poético en favor de la paz y la fraternidad universal fue proclamando desde el Islam, hace más de setecientos años, cuando en el mundo occidental no existían derechos humanos, convenciones como las de Ginebra ni organizaciones como las Naciones Unidas:

«Venid, seamos amigos siquiera una vez.
Hagamos la vida más fácil.
Amemos y seamos amados.
Cuando surge el amor
desaparecen deseos y defectos».

La obra de Yunús Emré fue traducida por un transilvano que fue prisionero de los turcos durante un largo tiempo (1438-1458) e influyó notablemente en el pensamiento de tres prominentes humanistas occidentales, como el católico holandés Desiderio Erasmo (1466?-1536) y los reformistas alemanes Martín Lutero (1483-1546) y Sebastian Franck (1499-1542).

Véase Poèmes de Younous Emre, trad. G. Dino y M. Delouse, P.O.F., París, 1973; T. Halman: Yunus Emre and his Mystical Poetry, Indiana University, Indiana, 1981; M. Bozdemir:Yunus Emre, message universel, I.N.A.L.C.O., París, 1992.

Nava’í

Mir Alí Sir Nava’í (1441-1501), que nació y murió en Herat (hoy Afganistán), es una de las figuras más polifacéticas de la historia del Asia central. En su ciudad natal fue visir del sultán timurí Husain Baiqara (que gobernó entre 1470 y 1506), mecenas cuya brillante corte amparó a escritores y artistas como el poeta persa Ÿami y el miniaturista Behzad. Mir Alí Sir Nava’í es autor de cuarenta mil coplas, en las que trató de las leyenda amorosas preislámicas. Árabes (Laila y Maÿnún) y persas (Farhad y Shirín). Su obra ejerció una profunda influencia en el desarrollo ulterior de las literaturas turcófonas: azerí, uigur, tátara y otomana, y es el exponente por excelencia de la literatura turca chagatai. Sus obras incluyen una versión del romance islámico de Farhad y Shirín, y la prosa de Muhakamat al-lugatain, Maÿalis an-nafais y Mizán alAwzán.




Fuzuli

Turco de origen azerí y de confesión shií, Mehmet Suleimán Fuzuli (1495-1556), que era hijo de un ulema, nació en Karbalá (Irak) y murió a consecuencia de la peste en la misma ciudad. Simple guardián de la tumba de Alí Ibn Abi Talib (la Paz sea con él) en al-Naÿaf, fue el más destacado poeta otomano de su tiempo, junto con Baki, y también uno de los más grandes versificadores, tanto en turco como en persa, lenguas que dominó además del árabe. Su diván en persa, denota una inspiración personal, pero en la que verdaderamente se distinguió fue en la lengua turca, que utilizó para cantar el amor místico a la manera sufí. Sus obras principales son «Diván» y «Laila y Maÿnun».

Baki

Mahmud Abdul Baki (1526-1600) pese a que era hijo de un modesto muecín. Logró estudiar y, tras aprender el persa y el árabe, pasó a formar parte del cuerpo de los ulemas. En 1553, a raíz de una oda a Suleimán el Magnífico, se hizo amigo de este sultán que también cultivaba la poesía. Al morir Suleimán en 1566, escribió una «Oda fúnebre», la más vigorosa de sus composiciones. Conocido ya en vida como «el sultán de los poetas», Baki ha pasado a la posteridad como el más grande de los poetas otomanos clásicos. Dentro de esta escuela, también sobresalieron Neÿati (m. 1509) y Omer Nef’i (m. 1635). Más tarde, con la boga del florido estilo indopersa, destacaron Ahmad Nedim (1681-1730) y Mehmed Es’ad, más conocido como Galib Dede (1757-1799).

La poesía indo-mogola

En los siglos XV y XVI, cuando una gran parte de la India era musulmana, se inició una simbiosis popular entre el misticismo islámico de origen persa y la corriente hinduista llamada bhaktí (culto personal directo, sin la mediación de sacerdotes ni ritos). El poeta y místico musulmán Kabir (1440-1518) fue el representante más importante de esta tendencia sincrética a través de la cual se preconizó la igualdad y hermandad de los seres humanos en general, sin distinción de raza, de casta y de creencia.

El soberano mogol Abu l-Faz Ÿalaluddín Muhammad, más conocido como Akbar, fue un genio militar y mecenas de arquitectos, calígrafos, miniaturistas, pintores y poetas. Su tolerancia y convivencia con los hindúes se extendió a los misioneros jesuitas, con quienes discutió en un plano de igualdad sobre los más diversos tópicos (cfr. L. Frédéric: Akbar: le Grand Moghol, Denoël, París, 1986; Sri Ram Sharma: The Religious Policy of the Mughal Emperors, Coronet Books, Filadelfia (Pennsylvania), 1989.

El soberano Abu-l-Fadl Ÿalaluddín Muhammad (Umarkot 1542-Agra 1605) fue el emperador más importante de la dinastía musulmana conocida como «Los Grandes Mogoles» (soberanos de etnia turca y lengua persa), que reinó en la India entre 1526 y 1858. Akbar, contemporáneo de la reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603), se destacó por su tolerancia y versatilidad. Su consejero y primer ministro Abu-l-Fadl al-Alamí (1551-1602) redactó el Akbar Nameh, biografía-panegírico del emperador (trad. H. Blochmann, Calcuta, 1907).«Al principio del siglo siguiente (XVII), Basãwan, Miskin, Lãl, Kesu, Mãdhu e Ijlãs ilustraron el manuscrito de Akbar-namã que se encuentra ahora en posesión del museo londinense de Victoria y Alberto. Una de las mejores ilustraciones de esta obra es la escena en la que se ve a Akbar haciendo cruzar a su elefante el río Ganges a nado en el año 957/1567» (S.A. A. Rizvi: «India musulmana», en El mundo del Islam. Gente, cultura y fe, ed. dirigida por Bernard Lewis, Ediciones Destino, Barcelona, 1995, pág. 362).

Junto a los libros de historia, las obras literarias constituyeron el segundo polo de atracción de Akbar. En el primer rango de este tipo de literatura figura el Hamza Nameh, relato épico sobre las hazañas de Amir Hamza, el tío del Santo Profeta Muhammad (BPD). Según Abu Fadl, este manuscrito contenía en su versión original más de 1400 miniaturas de gran formato (hasta 75 x 60 ctms.), pertenecientes por entero a la tradición timúrida y ejecutadas a la aguada por dos pintores persas: Mir Seied Alí y Abd al-Samad. Sin embargo, los grandes poetas mogoles comenzarán a aparecer en la decadencia de la dinastía y con la llegada de los invasores ingleses.

Bahadur Shah

Bahadur Shah II (1775-1862) fue el último emperador musulmán de la India que fue depuesto por los británicos a raíz de la insurrección de 1857 y, posteriormente, exilado en Birmania. Fue un talentoso poeta en lengua persa y una de sus poemas, rescatado por el historiador musulmán indio Mahdi Husain en su obra Bahadur Shah II and the War of 1857 (Delhi, 1958), reflejan la patética hora que le tocó sufrir al pueblo indomusulmán:

«Violadas las gentes de Hind
nadie envidiará su suerte.
A quienes halló justos y libres
pasó por la espada
el amo del día presente».




Galib

Ullah Jan, conocido como Galib (1797-1869). Nacido en Agra, de temperamento aristócrata, bondadoso y tolerante —sus amistades fueron tanto hindúes como musulmanas—, Galib, que vivió en la última época de la India mogola, está considerado como el gran poeta de la lengua urdu, la oficial en la actual República Islámica del Pakistán. Virtuoso de la rima y del ritmo, fue uno de los más conspicuos representantes del gazal cultivado por la escuela de Delhi (ciudad en la que fijó su residencia). Poeta de fácil inspiración, utilizó elementos autobiográficos para cantar con bellas imágenes la angustia, la frustración y el éxtasis del amor. La mayoría de sus poemarios se publicaron póstumamente.

El último gran poeta de esta escuela será Juaÿa Altaf Husain Hali (1837-1914), adherente al movimiento panislámico, quien escribirá con amargura sobre la decadencia del Islam en la India.

Por R.H Shamsuddin Elía (Prof. del Instituto Argentino de Cultura Islámica). Con Información de Islam Chile

©2015-paginasarabes®