Archivo de la etiqueta: Historia

Reliquias coptas – El Evangelio perdido de San Marcos

1 Cirilo se arrastró con dificultad hasta la embocadura del pasadizo que debía conducirle a la iglesia de San Sergio. Húmedo y maloliente, el corredor arrancaba a la vuelta de un escueto tramo de escaleras que el monje descendió con toda precaución.

A su lado estaba Takla, otro hermano copto bautizado así para honrar al patrón de Etiopía. Desde hacía semanas nunca viajaba sin él, ni siquiera cuando decidía darse un garbeo por el bazar musulmán en busca de regalos con los que obsequiar a sus feligreses más necesitados.

Takla, que aún no había cumplido los veinticinco, llevaba aquel día atado a la espalda un enorme fardo que afeaba su silueta. Así, en la penumbra, cualquiera de los supersticiosos habitantes de Masr el-Qadima le hubiera confundido con un secuaz del Maligno.

—Debemos apurarnos, hermano Cirilo —bisbiseó el fraile con el aliento entrecortado por el esfuerzo—.

El Patriarca desea veros antes del atardecer. Y si me permitís decirlo, su secretario parecía especialmente ansioso ante esta cita.

—¿Ansioso? —bufó el anciano—. ¿Ansioso por qué?

—Por veros llegar puntual y rendir cuentas lo antes posible al Santo Padre…

El tono de Takla destilaba una mal disimulada impaciencia.

—¡Ya, ya! —protestó mientras vigilaba dónde colocaba sus pies—. ¡Qué sabrá el buen pastor de los problemas de su rebaño!

Si los franceses no tuvieran la ciudad sembrada de controles, ya haría un buen rato que estaríamos en Abu Sarga con él.

El joven copto ocultó su sonrisa bajando el rostro. Todo el mundo en los conventos cercanos al antiguo corazón de El Cairo sabía que a Cirilo nadie podía meterle prisa. Era lento para todo, pero también extraordinariamente minucioso. Maestro indiscutible en el arte de pintar iconos, de restaurar frescos, e incluso de clasificar las innumerables antigüedades que ahogaban el país, al buen Cirilo, de cuna italiana, impetuoso, le hervía la sangre cada vez que alguien trataba de inmiscuirse en su peculiar ritmo de vida.

—Hay que comprenderlos, padre —Takla trató de excusar a los franceses sin demasiado convencimiento—. Parece que temen una nueva ofensiva de los ingleses, o de los turcos, que para el caso son lo mismo. Su derrota en Abukir no les debió sentar nada bien, y a estas alturas deben estar rearmándose…

Cirilo no replicó.

—…Ayer, mientras perseguían a dos espías en la Ciudadela, destrozaron el mercado de telas; están muy nerviosos. En El Cairo no se habla de otra cosa.

—Espías, ¡bah!

Los dos apretaron el paso. La monótona llamada a la oración de los muecines desde lo alto de los mil minaretes de la urbe les animó a forzar la marcha. Takla, agarrotado bajo el peso de su carga, le brindó un brazo para que el venerable no resbalara. Sus órdenes eran precisas: debía escoltar y proteger con su vida si fuera preciso a aquel anciano. A fin de cuentas, Cirilo de Bolonia era el único hombre en toda la diócesis capaz de resolver el acertijo que desasosegaba desde hacía meses a los gerifaltes del accidentado mandato del santo padre Marcos VIII, y había que blindarle.

El novicio conocía bien esa peculiar historia. Él mismo había sido testigo del rescate de las dos vasijas de barro selladas con betún que aparecieron semienterradas exactamente enfrente de la mezquita de Nebi Daniel.

Todo ocurrió en Alejandría. Fue una mañana del verano anterior cuando Abdul Harish, el cariacontecido guardián del templo, le había llamado horrorizado para que retirara «aquellas cosas cristianas» de delante de su puerta. Se lo exigió con asco, como si el terremoto de la noche precedente hubiera removido un estiércol profundo y apestoso, propio de los coptos. Es más: su certeza de que «las cosas» no podían ser sino recipientes con las cenizas de algún antiguo cristiano —un pez dibujado al carbón lo delataba—, hizo que el escrupuloso Harish se desentendiera rápidamente del descubrimiento. «Yo no toco las cenizas de un copto ni muerto», juró.

Al obispo de Alejandría, sin embargo, le brillaron los ojos nada más enterarse. ¿Y si, por ventura, aquellos cántaros guardaban las reliquias de un mártir? El obispo se relamió imaginando que pudieran ser las del propio san Marcos, que se sabe predicó y edificó la primera iglesia de Egipto, no muy lejos de Nebi Daniel. ¿Y por qué no? Su desbocada fe, y con ella la de los secretarios y padres más cercanos, se disparó: ¿completarían por fin el cuerpo del gran evangelista, del que conservaban sólo el cráneo?

Tanto entusiasmo duró poco. Aunque los coptos prohíben expresamente la veneración de los santos, de haberse hallado un fragmento del cuerpo de Marcos semejante norma hubiera pasado a un segundo plano. El evangelista no fue un santo común, ¡san Marcos había traído la fe verdadera a Egipto!

Takla recordaba con claridad la decepción que se vivió poco después: al quitarles sus precintos, las cerámicas no entregaron hueso alguno; sólo algunos manojos de papiros sucios y desordenados. En un principio nadie les prestó atención. Parecían escritos en copto bohairico, pero ninguno de los sacerdotes que los examinaron fue capaz de entender una sola línea.

El galimatías era demasiado complejo para unos monjes ansiosos de huesos y milagros. No en vano la lengua de los primeros coptos derivaba directamente de la que empleaban los antiguos egipcios. Los más sabios sostenían que hacia el siglo VII a.C. los jeroglíficos mutaron en una clase de escritura más sencilla llamada hierática, y de ésta a otra todavía más simplificada que bautizaron como demótica.

Del demótico al copto el salto fue fácil: bastó con escribir en caracteres griegos la lengua de los antiguos dioses del Nilo. Sin embargo, el texto rescatado en Alejandría tampoco parecía copto, sino griego. La única frase comprensible de todo el legajo estaba escrita en ese idioma. Encabezaba el más voluminoso de los escritos, y su lectura reavivó las esperanzas del obispo en un prodigio en toda regla. Decía así: De los últimos días del Señor en la Tierra. En un principio, hasta él dudó.

Pensó en una broma urdida por Abdul Harish y su exaltado grupo de adeptos, pero descartó la hipótesis de inmediato. Esperar la llegada de un temblor de tierra para poner en circulación aquellos recipientes era demasiado refinado para los bárbaros de Nebi Daniel. Además, estaba seguro de que ninguno de los responsables de la mezquita sabría redactar una frase en griego sin cometer un par de errores gramaticales importantes. ¿Y entonces? Hasta el obispo, que nunca había tenido fama de listo, sabía que sólo quedaba una alternativa razonable: que aquellas vasijas pertenecieran, en efecto, a alguna antigua comunidad cristiana alejandrina que hubiese escondido en ellas sus textos sagrados.

La historia de la ciudad había atravesado períodos suficientemente aciagos como para justificar una maniobra así. La pobre imaginación del Patriarca se disparó. Casi podía ver las caras de los primitivos cristianos sellando herméticamente sus papiros más valiosos. Rondarían diez, a lo sumo doce familias. Todas ellas con dos o tres hijos y seguramente a sueldo de algún patricio romano poco escrupuloso con la fe de sus sirvientes. Incluso era capaz de imaginar el revuelo que la inminente visita de una patrulla romana dispuesta a sofocarles debió causar en la comunidad. Con toda probabilidad alguno de sus vecinos les había traicionado a cambio de unas pocas monedas de plata, como Judas al Señor. Por suerte, uno de los ancianos del clan, inspirado por el Altísimo, dio la orden de enterrar los papiros que les delatarían, protegiendo así sus vidas y un tesoro que, ahora en sus manos, podría reavivar la fe de muchos indecisos.

Además, por el lugar y el modo en el que habían sido arrojados de las profundidades, el descubrimiento obedecía a un milagro. A un signo de Dios. Tal vez incluso fuera una señal más, a sumar a la de la reciente ocupación francesa de Egipto, de que el cristianismo estaba a punto de imponerse de nuevo sobre la insoportable hegemonía islámica.

No. A Takla no le extrañó en absoluto la celeridad con la que el obispo de Alejandría hizo llegar el manuscrito a Su Santidad Marcos VIII primero y, a través de éste, al padre Cirilo después. Se tomaron todas las precauciones posibles, haciendo viajar los textos por separado, envueltos en telas, disimulados en dobles fondos de barcazas y hasta aplicados al cuerpo de los últimos mensajeros que los transportaron hasta El Cairo.

Toda precaución era poca para proteger el nuevo Signo de Dios. Las prisas y el empeño puestos en saber qué contenían aquellos escritos estaban también más que justificados. Y Cirilo de Bolonia, de setenta y un años pero lúcido como si tuviera veinte, lo sabía. De hecho, con las respuestas a tanto enigma ya en sus manos, el anciano de ojos saltones y labios agrietados se sentía el más anhelado de los coptos.

Al llegar a su destino, ajeno a las cavilaciones del joven guardaespaldas, el anciano copto suspiró. La fachada, oscura, mostraba un relieve de san Jorge dando muerte al dragón copiado de alguno de los iconos orientales del interior.

Dadme fuerzas, Señor, para seguir firme a vuestro servicio —murmuró casi imperceptiblemente.
—Amén
Takla asintió.
—¿Crees, muchacho, que este es el fin de nuestras preocupaciones? ¿Que todo terminará cuando entreguemos la traducción al Santo Padre?
Las preguntas sorprendieron al novicio.
—Estoy seguro —dijo
—. Habéis cumplido bien con vuestro trabajo. Nuestro venerado Patriarca os colmará de bendiciones, y pronto regresaremos a nuestro convento.
—Que así sea.
—Entremos, pues. Como cada ocaso, el templo de San Sergio presentaba a esa hora su aspecto más solemne. Las celebraciones de todo el día habían dejado el lugar impregnado de olores y luces que evocaban santidad. No en vano habían sido citados en la primera iglesia cristiana del viejo Cairo. Su planta se alzó en el siglo IV sobre la caverna en la que la Sagrada Familia buscó refugio hacía más de dieciocho siglos, y la cueva, pulcramente cincelada, aún se utilizaba como cripta para las ceremonias más importantes.

El venerable frater, tras inhalar los vapores de incienso acumulados durante siglos, sonrió por primera vez en toda la jornada. Sus viejas rodillas temblaron de emoción. Por el modo en que lo miraba todo, se diría que casi podía escuchar las historias que susurraban los muros.

—¿No sientes nada, querido Takla? ¿No notas el suave aleteo del Espíritu Santo en tu estómago? Aquí las piedras hablan como en ninguna otra iglesia de Egipto. Cuentan cosas que no escucharás en otro lugar de este mundo… El novicio ni siquiera hizo ademán de responder.
—¡Presta atención! ¿Las oyes? ¿Escuchas cómo murmuran las piedras? —el fraile, encendido, alzó sus brazos al techo abovedado del recinto—. Hablan de la huida de Nuestro Señor a este país. Nos dicen que en su fuga de los desmanes de Herodes el Grande, José el Carpintero estableció su hogar aquí. ¿No oyes su confesión? ¡La casa de la Sagrada Familia estuvo bajo las losas que ahora pisan tus pies! ¡Descalcémonos!
—Yo no… Cirilo no le dejó replicar. —En este suelo —continuó— María amamantó al Hijo de Dios. Quienes la acompañaron en su éxodo construyeron aquí una gran alberca de aguas sagradas con las que bautizar a los conversos. El venerable anciano, tratando de disimular la honda impresión que le causaba tanta historia sagrada reunida en un espacio tan reducido, prosiguió cada vez más entusiasmado con sus explicaciones:

—¿Ves esas doce columnas que se agrupan bajo la nave?

Fray Cirilo señaló al frente. —Todas son de mármol blanco, excepto una. —¿Y por qué, padre? —preguntó Takla atónito. —Representan a los doce apóstoles. Incluso, si te fijas bien y dejas que tus ojos se acostumbren a esta luz, verás sobre ellas lo que queda de los rostros que un día las decoraron. Uno por cada seguidor de Cristo. —¿Y la última columna? —La más oscura —Cirilo dudó— fue erigida para recordar la impiedad de Judas, el traidor. Por eso es de granito. Por eso no tiene rostro… Los dos frailes avanzaron por el nártex del templo, rodeando la nave en dirección a la sacristía y la cripta. Los paneles de ébano y marfil, rematados por iconos que representaban a los apóstoles y a la Virgen, flotaban a casi dos metros por encima de sus cabezas.

La iglesia, cada vez más oscura, no revelaba signo alguno de actividad. Es más: Abraham, Isaac y Jacob, con los ojos bien abiertos, blancos, como si la protegieran de visitas incómodas, parecían vigilar sus pasos desde la capilla sur del templo. Takla, que jamás había visto en Alejandría pinturas tan bien acabadas como aquéllas, las miraba de reojo, no fueran a cobrar vida de repente. Su temor fue casi una premonición:

—Y bien, Cirilo —bramó una voz desde las afiligranadas faldas del Patriarca Abraham—, ¿has terminado ya tu trabajo? Un calambre recorrió de arriba abajo a Takla. La frase, pronunciada de manera contundente y autoritaria, retumbó por todo el synthronon. El lugar en el que el obispo y los ancianos se reúnen en las grandes ocasiones, ahora negro y frío, tembló como si fuera a desplomarse frente a ellos.

—… ¿Tanto se tarda en estudiar y copiar unos viejos manuscritos? —remató la voz. El pobre Takla estuvo a punto de caerse sobre el bulto que transportaba. Cirilo, en cambio, no pareció inmutarse lo más mínimo. Pese a emerger de la penumbra, aquel tono le resultó vagamente familiar al anciano copto: el vozarrón no podía ser sino de Marcos VIII en persona, el centésimo octavo Patriarca copto y cabeza visible de la verdadera y más antigua iglesia de Cristo en la Tierra.

La cita, en efecto, era allí con él, pero ¿qué hacía el Patriarca más poderoso de Oriente sin protocolo, despojado de la molesta nube de ayudantes que jamás se despegan de sus faldas?

—Santidad…—susurró el fraile complacido—.Al fin nos encontramos. El Pontífice debió sonreír. Dos hileras de dientes blancos brillaron como perlas de buen tamaño bajo la luz de una enorme lámpara de aceite, revelando su posición exacta bajo los frescos. Sólo entonces los monjes supieron a dónde mirar. Aunque hacía años que no se encontraban a solas, a Cirilo le costó no ver en él al travieso estudiante de latín que pegaba en la espalda de su sotana las declinaciones para que toda la clase las copiara.

¡Había cambiado tanto! Marcos ya no era el imberbe revoltoso de hacía veinte años, y, aunque su gesto conservara algo del pícaro de entonces, verle consagrado como Santo Padre le recordaba que su propia vida languidecía ya en los últimos compases. Que le quedaba poco, bien poco. —Supongo que habrás terminado tu trabajo, padre Cirilo —dijo severo, interrumpiendo sus cavilaciones—Y supongo también que estarás preparado para rendirme los resultados de inmediato.

—En efecto. Todo está listo según vuestros deseos. La oronda silueta de Marcos VIII se hinchó como la de un pavo real orgulloso de mostrar su plumaje a quien fuera su maestro más estricto.

—¿Y bien? Cubierto por un hábito negro de algodón, tocado con una capucha ribeteada con cintas y cruces de oro, el pontífice echó un vistazo descarado al bulto que Takla sostenía contra su espalda. Ni las pobladas barbas del Patriarca pudieron disfrazar su curiosidad.

—El libro que me confiasteis ha resultado ser más complejo de traducir de lo que pensé al verlo por primera vez. Marcos se encogió de hombros. Ni siquiera sabía que los papiros que le había confiado formaran un libro. —¿Más complejo? ¿Qué quieres decir?

—Como bien sabéis —atajó el anciano—, los documentos hallados en Alejandría no presentaban firma alguna. Tampoco fueron encuadernados, por lo que he tenido que organizados siguiendo un orden probable. Y por si no acumulaban ya bastantes problemas, fueron escritos por distintas manos en un griego muy adulterado. Sus líneas están llenas de expresiones extrañas que dificultan la lectura. Sin duda se trata de una koiné 2 muy contaminada.

—¿Varias manos? —Sí. Según parece, fueron tres o cuatro copistas los que trabajaron en la reproducción de un mismo libro, y algún sacerdote piadoso los reunió y ordenó con infinita paciencia. —

¿Puedo ver ya tu obra? Cirilo asintió. Ordenó a Takla que deshiciera los nudos que sujetaban el bulto que llevaba a cuestas, y éste, con una precisión exquisita, lo desplegó ante los venerables padres. El hatillo contenía cien o ciento veinticinco pliegos de hoja de palma de El Fayum cubiertos por la apretada escritura del padre Cirilo. Junto a ellos estaban también los papiros originales hallados en Nebi Daniel. Se trataba de trozos de desigual factura, algunos deshechos por el tiempo y de aspecto quebradizo. Estaban mucho más limpios que la última vez que Marcos los viera, y aunque viejos, ahora daban la impresión de poder aguantar otro par de siglos sin problemas.

—El documento… —Cirilo titubeó— es en realidad un evangelio.
—¿Un evangelio? Marcos VIII clavó su mirada en el anciano aguardando una explicación. —… O eso parece.

—Explícate mejor, maestro Cirilo.
—Soy consciente de lo que esta conclusión significa, por eso prefiero que la prudencia presida mis palabras, Santidad.
—No te andes con rodeos. Cirilo tosió antes de continuar. Sus manos, pequeñas y meticulosas, hicieron crujir el manojo de páginas que sostenía.
—Santidad: lo que se recuperó en Nebi Daniel se corresponde, casi con toda seguridad, con el evangelio perdido de nuestro amado san Marcos —respiró hondo—. Por lo que sabemos por nuestra tradición, este no puede ser sino el texto que escribió a la vez que el evangelio que conocemos. El mismo libro que el apóstol Marcos decidió mantener en secreto porque estaba seguro de que el tiempo para que fuera leído y comprendido no había llegado aún.

—¿El evangelio perdido de san Marcos? El Patriarca no dio tiempo a que los frailes respondieran a su innecesaria pregunta:
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Todos los textos están escritos en primera persona, y contienen copias de todas las epístolas que Marcos envió a Pedro, a Roma, informándole de sus progresos en Egipto. No. No tengo dudas, Santidad. Es el texto de san Marcos.

—Entonces, ¿crees que El Tiempo ha llegado?
—Definitivamente, sí.
El Santo Padre, más serio que nunca, le miró directamente a los ojos.
—¿Estás absolutamente seguro de eso?
—Completamente, Santidad. No hemos hallado los huesos del evangelista, pero Dios nos ha puesto en las manos algo mejor: su Secreto.

Por Javier Sierra


Notas:

  1. 2 de agosto de 1799 según el calendario copto. Año 1515 del Synaxarion.
  2. Una forma de griego muy extendida en todos los pueblos mediterráneos, de uso popular. No culto.

©2017-paginasarabes®

Sodoma y Gomorra: Hallazgo arqueológico de las ciudades bíblicas

Entonces Dios hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Dios desde los cielos;

– y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra.

(Génesis 19 24-25).

La ciudad bíblica de Sodoma parece haber sido descubierta por arqueólogos estadounidenses en el sur de Jordania. El equipo, dirigido por el profesor Steve Collins de la Universidad Trinity de Nuevo México, lo afirma luego de haber trabajado durante una década en excavaciones en un proyecto llamado Tall el-Hammam, en el Valle del Jordán, informa Popular Archaeology.

“El equipo de arqueólogos ha desenterrado una mina de oro de antiguas estructuras monumentales revelando una ciudad-estado que dataría de la Edad de Bronce, y que dominó la región del sur de Jordania en el Valle del Jordán”, afirmó Collins y agregó que “la mayoría de los mapas arqueológicos de la zona estaban en blanco” antes de su trabajos allí. “Lo que tenemos en nuestras manos es una importante ciudad-estado que era desconocida por los eruditos antes de empezar nuestro proyecto” concluye.

El sitio, según los arqueólogos, tiene dos estratos, una parte inferior y una ciudad alta. Además la ciudad posee un muro de 10 metros de alto hecho con ladrillos de barro. También hay puertas, torres y una plaza central. “Fue una misión enorme, que requirió millones de ladrillos y, obviamente, un gran número de trabajadores”, sostuvo Collins. Asimismo, la evidencia de torres y puertas, junto con algunas otras piezas descubiertas indican que las fortificaciones de la Edad de Bronce eran mucho más resistentes de lo que se pensaba.

La evidencia arqueológica también indica que la vida de la ciudad llegó a un abrupto final. Esto puso fin a toda forma de vida durante un período de 700 años. Según el Antiguo Testamento de la Biblia, esta ciudad junto a Gomorra, estaba asociada a los pecados de los hombres y es por eso fue castigada y destruida por Dios enviando una ‘lluvia de fuego y azufre’ que incineró completamente la ciudad.

Un equipo de arqueólogos afirma haber descubierto la ciudad bíblica de Sodoma en el Valle del Jordán. Dichos hallazgos arrojarían luz sobre la Edad de Bronce y sobre cómo las ciudades-estados se formaron en el período comprendido entre los años 3.500 y 1.540 a.C. El descubrimiento, si se confirma, sería de suma importancia para la arqueología.

¿Hay alguna evidencia de que los sitios son en realidad  los restos de las ciudades bíblicas?

En todo el sitio, los edificios son de ceniza blanquecina y está llena de literalmente millones de pelotas de azufre. Fuera de estos lugares, ninguna bola de azufre y cenizas se encontraron. Se analizó, se trata de una mancha de ceniza y las bolas de azufre. Se encontró que contiene 90-95% de azufre. La naturaleza  del azufre es  de una pureza y  en una cantidad que no aparecen en cualquier parte del mundo.

Fueron encontrados en los edificios, paredes, y Esfinge. Todos estos edificios están completamente cubiertos de las cenizas con una gran cantidad de bolas de azufre. En estas localidades se encontraron los huesos que emanan  de las cenizas, se descubrieron muestras de hierro fundido y dorado.

¿Quién descubrió la ciudad perdida?

Ron Wyatt pasó  en el Mar Muerto durante doce años, hasta 1989, en uno de estos viajes se llevaron los cuerpos blancos encontrados de forma especial a lo largo del Mar Muerto.

Ron se fue a la ciudad perdida con los colegas a explorar estos hallazgos. Le dio un claro testimonio de que esta es una ciudad bíblica. Con los años, muchas personas de todo el mundo  visitaron el sitio. Ha sido varias veces analizadas las bolas de azufre y cenizas. Fue una gran cantidad de material procesado, videos, sitios web y libros.

La República Checa, visitó el lugar, el Sr. Milan Latka, llevó el balón de azufre y que tenía que hacer un análisis detallado en el laboratorio. Comprobado por la nación Checa, que estos sitios existen realmente, y las conclusiones son verdaderas. Usted puede ver todo en la Web http://www.ban.cz

¿Cómo es posible que la ciudad haya sobrevivido hasta nuestros días?

Restos de la ciudad se conservan debido a la escasez de precipitaciones en esta zona. En esta zona las precipitaciones son mínimas (5 cm / año). La lluvia intermitente hizo la superficie de los edificios de las cenizas de una superficie dura, por lo que la ciudad se conserva hasta hoy. Cuando las lluvias fueron acumuladas en estos lugares, cuando aumentaron las precipitaciones, la ciudad fue destruida por completo, disuelta por la lluvia. Cuando la colisión fue menor, la corteza en la superficie de los edificios  se solidificó.

Flavio Josefo testimonio, Guerra de los Judíos.

Flavio Josefo (37-100 dC vivió alrededor del año) – en su libro La Guerra de los Judíos, el cuarto libro en el capítulo octavo describe  en su obra alrededor del Mar Muerto y la ciudad perdida en las cenizas

(La guerra judía, el cuarto libro, un extracto del capítulo octavo)

La longitud de este lago es de quinientos ochenta  etapas, que se extiende en el arado al árabe, y espacioso en ciento cincuenta etapas. Los países vecinos de Sodoma, una vez próspero país con los cultivos y la riqueza en las ciudades, pero ahora todos los reseca. Dicen que el rayo se quemó por la maldad de la gente. Las huellas del fuego divino es aún saben y pueden ver las sombras de las cinco ciudades, así como cenizas, que a su vez son también los frutos de las plantas, que, aun teniendo el mismo color que la fruta comestible, pero cuando coja las manos fuera caerá en el humo y la ceniza.

Josefo describe claramente  el Mar Muerto, Sodoma, como país vecino. Él escribe sobre las cinco ciudades en las que están familiarizados con los rastros de fuego de Dios, los restos de ceniza.

Las cinco ciudades que Josefo describe, se encuentran aún hoy en día. Todas estas ciudades son de ceniza blanquecina y las bolas de azufre. Sembrado de millones de personas entre las cenizas.

Fuentes: popular-archaeology.com actualidad.rt.com  www.es.amazinghope.net

©2017-paginasarabes®

Mushabbak

Mushabbak

El Mushabbak,  es un postre frito, rico y bañado en jarabe de azúcar (almíbar) en forma de espiral.  Su origen es ancestral, ya que la utilización de sus ingredientes data de comienzos de las civilizaciones (harina, agua, aceite, sal y posteriormente la levadura). Se encontraron frescos representando elaboración  de un producto en forma de espiral cocido en una especie de sartén, en la tumba de  Ramses III (1184 – 1153 a.C).


El proceso para realizarlo no ha cambiado desde aquellos tiempos. La mezcla es liberada en movimientos y arrojada en espiral, frita.

El significado de Mushabbak sería “de forma enrejada”. El científico Andaluz Ibn al Baytar 1 considera al Zalabya,(Mushabbak), ligero y más rápido de digerir que Qata´ if 4  y Lawzinaj 3.

Con respecto a su forma, Ibn al-Rumi los compara con procesos de alquimia, una masa placentera que se trasforma en  ventanas de oro enrejadas. Mushabbak, se encuentra entre los dulces que lleva el mandadero enloquecido por amor, mientras padece detrás de su interés amoroso en la historia “El mandadero y las tres doncellas” (cuento de las mil y una noches). También son descriptos ser presentados a Ali ibn Bakr ibn Muhammad 2 en el siglo XIV en una bandeja en la cual se encuentran dulces  qata´if (dulces rellenos).

El Mushabbak aún es popular en Medio Oriente y norte de África, la receta básica se ha mantenido a través de los siglos.

En América

Este dulce centenario también tiene una historia en Estado Unidos. En la feria Mundial de  St. Louis en 1904, un inmigrante Sirio sin saberlo introduce en los Estados Unidos el concepto de un “cono”   como sostén de helado usando Mushabbak.


Receta

1 Taza de harina  
¾ de taza de semolín extrafino 
1 cda de levadura en polvo 
1/2 de taza de azúcar 
1 ½ taza de agua tibia 
1 cta de agua de rosas 
1 cta de cardamomo en polvo 
1 pizca de sal. 
Aceite vegetal para freír. 

Preparación

Colocar el agua tibia en un recipiente, agregar la levadura en polvo. Mezclar los ingredientes secos. Tamizar la harina con la sémola y la pizca de sal. Agregar al agua con la levadura revolviendo constantemente hasta lograr una masa suave un tanto líquida. Preparar el almíbar con el azúcar. Agregar el agua de rosas y el cardamomo. Reservar. Freír la preparación en aceite caliente formando espirales con la masa. Retirar y sumergir los Musabbak en el almíbar. 


Notas:

  1. Ibn al-Baitar :   fue un médico y botánico andalusí, nacido hacia 11901​ ó 1197 en la Provincia de Málaga (se especula con que nació en el municipio de Benalmádena) y muerto en 1248 en Damasco.
  2. Muhammad ibn Abi Bakr: (en Árabe: محمد بن أبي بكر) (n. 631 – m. 658) fue el hijo de Abu Bakr as-Siddiq, un compañero y suegro de Muhammad y primer califa del Islam. Se convirtió en el hijo adoptivo del primer Imam y cuarto califa, Ali Ibn Abi Talib, y fue un fiel seguidor de éste.
  3. LAWZINAJ: ( Lawzinaj, lawzinaq, luzina ) es una pastelería y confección cuyo principal ingrediente son las almendras (en árabe, lauz ).
  4. Qata´ if : Postres  de la pastelería de medio oriente rellenos de frutos secos.

    ©2017-paginasarabes®