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Falsas indemnizaciones solventaron usurpación Palestina tras la IIGM

En noviembre de 1963, el nuevo ministro de Finanzas, Dahlgrün, dijo ante el Bundestag que las indemnizaciones ya pasaban de los 40.000 millones de marcos. Un año después, al anunciarse que Alemania iba a dar punto final a tales reparaciones, Nahum Goldmann, presidente del Congreso Mundial Judío, se presentó en Bonn en el mes de diciembre.

Poco después de su llegada convocó una conferencia de Prensa y dio unos «consejos» a la República Federal para que no se viera en dificultades con la «opinión pública mundial». Uno de esos consejos fue el de que la Alemania Federal ayudara a los judíos de los países orientales emigrados a Israel a partir de 1953. Hasta la fecha sólo recibían indemnizaciones los que las habían solicitado antes de 1953, por eso Goldmann pedía para los nuevos 180.000 judíos el modesto óbolo de mil millones de marcos (15.000 millones de pesetas). De lo contrario afirmóse borraría por completo la «buena impresión» que habían causado entre los judíos las anteriores donaciones. El Gobierno alemán concedió dicha cantidad y una propina, todo por un total de 1.200 millones de marcos.

En marzo de 1965, Nahum Goldmann pidió al ministro de Finanzas, Dahlgrün, otra indemnización suplementaria por 4.500 millones de marcos. Por último, el 26 de mayo aprobó el Bundestag la cláusula final de la Ley de Indemnizaciones. Dahlgrün aprovechó la ocasión para dejar bien claro que hasta ese momento la Alemania Federal había abonado 28.000 millones de marcos, y que aún le quedaban por entregar otros 17.000 millones. Es decir, que Alemania está pagando 45.000 millones de marcos (675.000 millones de pesetas), a cuenta principalmente de la leyenda de los seis millones de muertos.


Lo más curioso es que en los medios sionistas se habla de que la URSS posiblemente dejará salir de su territorio a tres millones de judíos muchos de los cuales, según la propaganda, fueron transformados por los nazis en pastillas de jabón, con lo cual las indemnizaciones seguirían aumentando «ad infinitum».

La mayor parte de estas inmensas sumas la reciben los judíos a través de dos canales. Uno es el acuerdo concertado entre la República Federal e Israel en 1952, y el otro es el estipulado por Bonn y la «Conference on Jewish Material Claims against Germany».

Teniendo en cuenta que en 1939 la judería de toda Europa apenas llegaba a los seis millones de seres, es indudable que si ciertamente hubieran sido exterminados hoy se habría ahorrado sus pagos la Alemania Federal.

Aunque pudiera admitirse la reparación individual de los judíos perjudicados, resulta mucho más dudosa la de Israel. Por eso Austria se ha negado a dar un solo céntimo, ya que, como indicó su ministerio de Finanzas, para indemnizar a Israel «faltan las bases jurídicas, ya que este Estado no existía aún durante el dominio del nacionalsocialismo, por lo cual tampoco pudo ser perjudicado en el territorio de la República de Austria». Por otra parte, de los dos millones de judíos israelíes más de la mitad no tuvieron nada que ver con Alemania, ya que proceden del Norte de África y de Asia.

Sabido es que Israel fue creado en 1948 mediante un acto de violencia, y el millón de árabes expulsados no recibieron un solo céntimo por ello.

Raro es el día en que no habla la Prensa de las maravillas del «vergel israelí», que antes sólo era un erial habitado por árabes piojosos. Únicamente se silencia que los capitales invertidos proceden de los Estados Unidos y de Alemania. Si han podido crear o reformar 30 ciudades y 450 colonias aldeanas se debe, por tanto, a los 7.000 millones de dólares recibidos del extranjero. Cincuenta buques mercantes, por un total de 450.000 toneladas, y entre ellos esa maravilla que es el «Theodor Herzl», han sido dados gratuitamente a Israel por los alemanes. Otro tanto ha sucedido con los equipos para 500 empresas industriales.

Como a pesar de todos los israelíes viven por encima de sus posibilidades y su balanza comercial arroja un déficit anual de 23.000 millones de pesetas, Nahum Goldman confesó en 1964, (diario «Le Mondé» del 4 de febrero), que «es principalmente gracias a las divisas alemanas cómo Jerusalén ha podido eliminar los déficits crónicos en su balanza de pagos».

Sólo olvidó decir que, los israelíes mantienen un ejército de 250.000 hombres frente a los 240.000 de todos los países árabes.

Así es como se ha renovado aquella simbiosis observada por Pío Baroja entre el mono germánico y la pulga judía. Y de ella se han derivado infinidad de casos lamentables.


En la Ley de Indemnizaciones de 1956 se especificaban los requisitos necesarios para solicitar una pensión como «víctima» de los nazis. Pero varias disposiciones posteriores fueron reduciendo las pruebas correspondientes, bastando a menudo con una simple declaración jurada. Estas facilidades excitaron de tal modo la codicia de algunos de los hijos de Israel, que muchos de ellos enviaron peticiones a nombre de difuntos para vivir de éstos. El Gobierno alemán apenas prestó atención al principio. Pero si el apetito es desmesurado, 675.000 millones de pesetas tampoco dan mucho de sí. Por eso, en los últimos tiempos, las autoridades federales examinaron más detenidamente las solicitudes. Se descubrieron numerosos casos de estafa y como recogió en marzo de 1965 el semanario «Deutsche National Zeitung» unas 20.000 peticiones de indemnización de ciudadanos israelíes quedaron bloqueadas.

Hoy resultaría imposible averiguar las cantidades que se han sacado fraudulentamente al contribuyente alemán. Pero en 1964 la Policía descubrió un caso sumamente curioso. Hace unos diez años regresó a Viena de la que había emigrado en 1938 el judío Hans Deutsch. Su maleta, como abogado especialista en indemnizaciones, estaba llena de formularios de este tipo. A sus clientes, por la tramitación de las instancias, les solía cobrar unos honorarios que a veces llegaban al 50%. Sólo de los Rotschild recibió cerca de un millón de francos suizos, y en total de unos 40 casos obtuvo los cien millones de marcos. El antiguo abogado de Tel Aviv se hizo de este modo multimillonario.

Deutsch planeó su mejor jugada. Entró en contacto con los herederos del barón húngaro Ferenc Hatvany, más concretamente con la viuda y la hija. De común acuerdo y comprando dos falsos testigos reclamaron al Gobierno alemán 400 millones de marcos en compensación por la colección de cuadros del barón que habían incautado las S.S. en Budapest en 1944. En ella figuraban 255 cuadros de Manet, el Greco, Renoir, etc., y 625 dibujos. Después de arduas negociaciones, Bonn accedió a abonar por dichos cuadros desaparecidos 35 millones de marcos.

Deutsch, tras muchas lamentaciones, aceptó la oferta. Así recibió 17 millones y medio de marcos, es decir, 262 millones de pesetas. No pasó nada. Creó la «Fundación Europea», con sede en Berna, y el gran filántropo estableció una serie de premios para personas amantes de la paz y del progreso. El primero, dotado con 50.000 francos suizos, le correspondió al español Salvador de Madariaga.

Cuando a finales del pasado año Deutsch apareció por el ministerio alemán de Finanzas para cobrar los 17 millones restantes, la Policía federal le recluyó entre rejas. ¿Qué había sucedido? Sonja, la hija del difunto barón, había recurrido a las autoridades alemanas para que no dieran un pfennig más a Deutsch. Habían surgido disputas entre ella y el astuto hebreo al repartirse el botín.

De este modo intervino la Policía y descubrió que la colección de cuadros del barón había sido incautada por los rusos en 1945. Las unidades de la S.S. mencionadas por Deutsch tampoco estuvieron en Budapest en julio de 1944. Los falsos testigos confesaron. Como es de suponer, ni un solo diputado se ha atrevido a mover el caso en el Bundestag. Incluso cuando la Prensa se ha referido a él, le ha nombrado como «abogado suizo» o «austríaco». Austria ha anulado en los últimos días su pasaporte, al comprobar que desde hace muchos años ya posee otro israelí.

Un judío sincero, Hedzi Zoltan, cuenta en el capítulo 14 de su libro «Izrael, Azigeretek Földje» (Israel, país de las promesas), lo sucedido a otro hebreo húngaro con las autoridades judías. Al presentarle éstas un formulario de indemnizaciones, el húngaro puso de relieve que él nunca había estado en ningún campo de concentración. Ellos le replicaron que firmase, pues ya se  arreglaría lo de los testigos y todo lo demás. Para tranquilizarle le aseguraron que gran parte de los documentos de los campos de concentración habían sido destruidos, y que «de ello viven muchos de nuestros hermanos».

Otros casos recientes han sido dados a conocer en las últimas semanas por el diario «Jedieth Chadashoth», de Tel Aviv. He aquí dos de las noticias al respecto:

«El abogado israelí Jakow Gregore, que vive actualmente en Brasil, y sus cómplices, el trabajador de la construcción Abraham Goldberg y el comerciante Arnold Sukar, han sido acusados ante el Tribunal de Distrito de Tel Aviv de intentar obtener de las autoridades alemanas, mediante la presentación de hechos falsos, 250 millones de marcos (3.750 millones de pesetas) … »

«La policía israelí ha iniciado una investigación contra diez abogados, sospechosos de la falsificación de documentos y la emisión de falsas certificaciones para las autoridades alemanas de indemnización… ».

Por B. de Roncesvalles


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Los naipes y su origen Árabe

Cartas Mamelucas

Los juegos de naipes llegaron a Europa procedentes desde Oriente, pero no como un objeto tangible, sino en forma de descripción en los relatos y textos de distintos viajeros. De este modo se expandió por Europa la idea de los naipes, que generó posteriormente los diversos modelos de barajas.

Los persas remontan su invención anterior a los tiempos bíblicos y los árabes usaban la baraja o naib, como la nombraban, en el siglo XIII.

Naipes Mamelucos

Forman parte del acervo del museo Topkapi Sarayi, en Estambul, un conjunto de cartas de juego. Son cartas de grandes dimensiones, (25,5 x 9,5 cm), pintadas a mano, con detalles en oro. Hay indicios que habría sido un regalo del gobernador mameluco de Egipto al sultán Otomano, a mediados del siglo XV.

Al estudiar estas cartas en 1938, L. A. Meyer, un importante investigador de influencia árabe en Europa, ha concluido que el modelo podría haber sido el precursor de las barajas europeas. Aunque sin las tradicionales cartas figurativas, (reyes, reinas, caballeros y sotas, comunes en las barajas más antiguas de la región), la semejanza estructural y de los símbolos que identifican a los naipes es notable.

La inexistencia de las figuras se relaciona con la tradición árabe de evitar la representación figurativa de las personas, explicada por algunos como una prohibición formal de base religiosa y por otros, simplemente, por ser considerada de mal gusto estético. Pero, en su baraja, identificaba cartas que representaban a reyes, virreyes de primera y virreyes de segunda; exactamente tres ‘figuras reales’, como en la mayoría de las barajas europeas. Constaba de 52 cartas, como también se encuentran en muchos tipos de barajas, especialmente en la versión más popular de las barajas modernas.

El descubrimiento de otras cartas con dimensiones menores y presentaciones menos lujosas que las encontradas en el museo Topkapi Sarayi, probablemente producidas en el siglo XII, ha mostrado evidencias consistentes de que nuestras barajas actuales fueron, casi seguramente, originarias de este juego mameluco. Estudios y análisis realizados en la década de 1970, principalmente por miembros de la International Playing Card Society, (IPCS, Sociedad internacional de juegos de cartas), como el Prof. Sir Michael Dummett, de la Universidad de Oxford, consolidaron la versión del origen mameluco de la baraja europea.


Cartas de una baraja turca del siglo XV

Legado Árabe

Afirmar que los naipes llegaron de Oriente es sólo una primera y poco específica aproximación a su origen, ya que esta evidencia sólo sirve como indicación de que no son una creación europea pero no definía su origen exacto. A finales del siglo XIV, principios del XV, Oriente comprendía el norte de África, el sur de la Península Ibérica ocupado por los árabes, el este europeo y los países asiáticos comprendidos entre los mares Mediterráneo y Rojo y el golfo Pérsico.

Giovanni di Covelluzzo, en las Crónicas de Viterbo dice: “En el año 1379, ha llegado un juego de cartas a Viterbo proveniente del país de los sarracenos, denominado naib”. También se encontraron referencia y barajas de origen árabe, con características semejantes en la península Ibérica. No es coincidencia que Italia y España fueran los principales puntos de contacto entre los mamelucos y europeos, durante el siglo XIV. Es por esta razón que las ‘barajas’ en España se denominan naipes.

Los naipes o cartas para jugar se han atribuido asimismo, a Marco Polo, quien los habría traído de China, pero parece que Marco Polo no llegó a China y que todas las historias que de allí contó las había oído en Oriente Medio. Otras teorías atribuyen la expansión de las cartas en Occidente a las Cruzadas, e incluso, durante mucho tiempo circularon historias atribuyendo la invención de las cartas a ciertos personajes, (Vilhán, Nicolás Papin…), que en muchos casos resultaron ficticios.

Lo cierto es que fue en Oriente Medio donde se encontraron las primeras barajas de 52 naipes, pintadas a mano y con los cuatro palos que han llegado nuestros días.

Los naipes españoles

La historia deja clara constancia de que en 1331 esta forma de entretenimiento gozaba de cierto arraigo en España, ya que justamente ese año, Alfonso XI prohibió a los caballeros de la Orden de la Banda por él fundada que interviniesen en partidas de naipes, quienes pasarán su tiempo libre en el “nefasto juego”.

Una de las referencias escritas más antigua que se dispone data de 1371 y se encuentra en el “Diccionario de la Rima” del poeta catalán Jaume March, en el que por primera vez aparece la palabra “naip”. Se cree que lo trajeron los árabes o Mamelucos, pero como era difícil de entender los símbolos árabes, los sustituyeron por otros de la tradición popular.

En el museo Británico de Londres existe un manuscrito de 1377, de un monje alemán, mencionando el juego de las cartas para enseñar y educar.

En Italia, una crónica de Viterbo del año 1379 trata del “Gioco della Carta”. En Francia, se hace referencia al juego de los naipes en un manuscrito de 1381 de la Notaría de Laurent Aycardi de la ciudad de Marsella.

En el Archivo Histórico de ciudad de Barcelona se recogen unas Ordenanzas publicadas en 1382, donde se prohibía el empleo de los juegos de azar, entre ellos estaban los naipes, y fueron leídas por el pregonero en las calles y plazas barcelonesas; “no gos jugar a nengun joch de daus, ni de taules, ni de naips..”.

Por último en 1384, el Consejo General de la ciudad del Turia, en Valencia, dispuso la prohibición de un novel joch apellat dels naips.

En 1387, Juan I prohibió por precepto la práctica de los juegos de cartas. En 1397, el Preboste de París, Francia, publicó una orden prohibiendo el uso de la baraja.

En 1543, se acuerda que nadie pueda entrar naipes en España para dar, un año más tarde, la exclusiva de las ventas al banquero de Medina e imponer, en el siglo XVII, el impuesto conocido como “renta de naipes”.


Primera baraja española, Sevilla 1390

Fabricación de los naipes

En un principio, las barajas no estaban al alcance de todos. Comerciantes, burgueses y nobleza eran los únicos que podían pagar a un miniaturista para que en las piezas, normalmente de madera, dejara impresas alusiones a oficios, naturaleza, orfebrería o trajes propios de sus países y de la época.

Primero los naipes se realizaban totalmente a mano por artistas llamados pintores naiperos, más tarde, en pleno siglo XV se industrializa su fabricación mediante la impresión xilográfica, dicha técnica consiste en imprimir mediante moldes de madera de boj o peral, grabados en alto relieve. Los colores se aplicaban por dos procedimientos: MORISCA o TREPAS.

El pintado a la MORISCA se realizaba sin pincel, es decir con los dedos, consistía en dar unos toques de color sobre el grabado ya impreso en color negro. El procedimiento de TREPAS, consistía en emplear patrones de cartón, troquelados, sobre los que se pasaba una brocha con el color correspondiente.

La evolución de la baraja francesa a la inglesa se produjo por accidente. En 1628, para favorecer la fabricación interna de naipes se prohibió la importación de las reputadas cartas francesas; los grabadores ingleses, menos talentosos que sus colegas continentales, optaron por unos trazos más sencillos.

Durante las décadas siguientes, con el voraz colonialismo británico, la baraja inglesa se convirtió en la más usada en el mundo entero.

En 1832, el fabricante Thomas de la Rue, de Londres implanta un nuevo sistema de impresión, llamado litografía que sustituye a la xilografía, con este descubrimiento, obtiene una distinción de la Corona Inglesa, el nuevo proceso consistía en dibujar perfiles y colorear sobre una piedra litográfica, lo cual permitía un perfecto ajuste entre los colores, llegando a hacer naipes con 16 colores diferentes.

Hacia el año 1868, los naiperos españoles emplean moldes de plomo y comienzan a grabar los dibujos sobre planchas de cobre.

En la actualidad la plancha de zinc y aluminio ha sustituido a la piedra litográfica.

Hay quien asegura que las 52 cartas de la baraja representan las semanas del año; las 12 figuras, los signos zodiacales; las 13 cartas de cada palo, los 13 meses lunares, y las cuatro estaciones. Sin embargo, esta teoría resulta bastante improbable teniendo en cuenta que después del tiempo transcurrido deberían haberse visto afectadas por mutaciones en sus símbolos y formas.

Algo más creíble resulta la consideración de que los palos de la baraja tienen significaciones mucho más concretas. Según este criterio, en la Baraja Española de 48 naipes, divididos en los cuatro símbolos apuntados: Oros simbolizarían el comercio; las Espadas, la nobleza y al ejército; los Bastos, la agricultura o estado llano, y las Copas, la religión. Cada serie es de doce cartas cada una, siendo su numeración del uno, (conocido por As hasta el doce. Esta última carta y las dos anteriores, o sea el 11 y el 10, se conocen por los nombres de ReyCaballo Sota respectivamente).

En la Baraja Francesa, (también llamado la Baraja Americana), se compone de 52 naipes, divididos también en cuatro palos que reciben la denominación de PicaTrébolDiamante y Corazón.

El simbolismo de estos palos es por el estilo del español, ya que los corazones representan a la Iglesia; los diamantes, como emblema de riqueza, a la aristocracia; los tréboles simbolizan al ejército y las picas a los obreros.

Con información de Historia y Arabismo


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II Guerra Mundial:judíos contra Alemania y la apropiación de Palestina

Sonrientes, regordetes y aristocráticos judíos sobrevivientes del “holocausto” en su llegada a Haifa, Palestina en 1946  ©Keystone-Getty Images

El día 18 de febrero de 1939, un observador neutral, el rey Alfonso XIII de España, exponía en Roma al conde Szembek sus ideas sobre el desarrollo de los acontecimientos. Este último escribía:

«El Rey juzga la situación internacional con pesimismo. Las Internacionales empujan a la guerra. El judaísmo y la masonería juegan en estas maquinaciones un gran papel».

El mes de abril, el grupo belicista inglés, (Churchill, Duff Cooper, Belisha, Eden y Vansittard), fue forzando a Chamberlain a que animara a Polonia a no negociar con Alemania. Un conocido historiador inglés, el general J. P. C. Fuller, ha escrito en su libro «Batallas decisivas del mundo occidental»:

«Que a partir de este momento, (abril de 1939), la guerra había sido decidida también por otros que no eran Hitler, es un hecho claro. Weigand, el periodista norteamericano en Europa de mayor edad, cuenta que el 25 de abril de 1939 fue llamado por el embajador norteamericano en París, Bullitt, el cual le declaró: «La guerra en Europa es una cuestión decidida… América entrará en la guerra, detrás de Francia y la Gran Bretaña» Esto será confirmado por los «White House Papers», de Harry Hopkins, con arreglo a los cuales Winston Churchill hacia el mismo tiempo dijo a Bernard Baruch: «La guerra vendrá muy pronto. Nosotros entraremos en ella y ellos, (los Estados Unidos), lo harán también. Usted arreglará las cosas al otro lado y yo prestaré atención aquí.»

El 1 de septiembre los alemanes entraban en Danzig, y dos días después Inglaterra y Francia declaraban la guerra a Alemania. El 5 de septiembre, Chaim Weizmann manifestaba por Radio Londres: «Los judíos están por Inglaterra y lucharán al lado de las democracias.» Con esta declaración de guerra los judíos se sumaban al conflicto, y 30.000 de ellos afirma Leon Uris vestirían el uniforme polaco durante la campaña de 1939.


A finales de 1942 el Reich construyó cinco grandes campos de concentración para judíos. En febrero de 1940 el judío Theodor N. Kaufman ya había editado en Estados Unidos el libro «Germany Must Perish», en el que explicaba minuciosamente cómo empleando 20.000 médicos se podría esterilizar en pocos meses a todos los varones y mujeres de Alemania. En sesenta años no quedaría un solo alemán en Europa. Las enseñanzas de este «perfecto manual del genocidio» fueron aplicadas después en Theresienstadt sobre algunos de los compatriotas de Kaufman.

En el órgano judío de Nueva York «Forwarts», también puede leerse con fecha de 22 de septiembre de 1943 que «Baruch está convencido de que con un suficiente número de aviones Alemania y el Japón podrán ser transformadas en un montón de cenizas». Al final no sólo hubo cenizas germanas.

En un principio el Reich pensaba en trasladar los judíos a Madagascar. En el texto; que aún se conserva; se habla de que esa isla podría albergar finalmente a cuatro millones de hebreos, es decir, a casi todos los que residían en Europa. El plan fracasó por la negativa francesa. Pero otras tentativas germanas de solucionar el problema fracasaron precisamente por el rechazo obstinado de la judería mundial. Veamos las razones.

El judío J. G. Burg, en su excepcional obra «Schuld und Schicksal», cuenta cómo en 1938 el doctor Hjalmar Schacht sostuvo en Londres una entrevista con Chaim Weizmann. En ella le presentó una propuesta suya, a la que había accedido Hitler, para que salieran pacíficamente de Alemania los judíos que aún quedaban allí, Schacht, que contaba con que su oferta sería recibida con gran satisfacción, quedó asombradísimo al recibir una rotunda negativa por parte de Weizmann.

Durante la guerra hubo otras propuestas germanas que tampoco fueron coronadas por el éxito. La más conocida es la que tuvo por protagonista a Joel Brand, a quien se le ofrecía concretamente por Eichmann la evacuación de todos los judíos húngaros y que en vez de recibir ayuda fue internado, por los ingleses en Egipto.

En la primavera de 1944, un notable filósofo judío, Martin Buber, lanzó en Jerusalén una durísima acción contra los jefes de la judería mundial y del sionismo, por conocer perfectamente las calamidades de Auschwitz y no decir una palabra de ello, que hasta hubieran podido evitarlas. Denunciaba cómo hay elementos en el sionismo que «ven su suerte en la radicalización de la situación, y que para alcanzar sus fines están dispuestos a sacrificar vidas humanas.» El filósofo añadía: «Y aquí acontece realmente lo más horrible: la explotación de nuestra catástrofe. Lo que se determina con esto no es ya la voluntad de salvación, sino la voluntad de aprovechamiento”.


Una acusación aún más concreta fue lanzada, terminado el conflicto mundial, por el doctor Kasztner, representante de la judería húngara, que intervino en 1954, en un proceso en Jerusalén. Según él, en 1944 tuvieron lugar en Suiza conversaciones entre representantes del Gobierno alemán y del «American Joint Committee», con el propósito de cambiar por divisas a todos los judíos internados en campos de concentración. Kasztner afirmó que dicho Comité se había negado a emplear las grandes sumas recibidas de los judíos del mundo entero para salvar a los recluidos en los campos, y lo que es aún más grave, que el presidente del A. J.C., Saly Mayer, había intervenido ante las autoridades suizas para que no abrieran sus fronteras a los judíos fugitivos. El proceso no pudo terminar, pues como es fácilmente comprensible poco después Kasztner fue encontrado muerto en la habitación de su hotel.

William S. Schlamn, importante escritor judío, observa en su libro «Wer ist Jude?» que las calamidades que se abatían sobre los judíos en Auschwitz eran una gran suerte para los «realpolitiker» sionistas, ya que cuanto peor les fuera a los judíos europeos tanto más fuertes serían las exigencias sionistas respecto a Palestina. El historiador judío Bruno Blau abunda en la misma opinión en su trabajo «Der Staat Israel im Werden» (Frankfurter Hefte, dic. 1951), en el que sostiene:

«El Estado de Israel debe su instauración, por extraño que esto pueda parecer, a los acontecimientos que tuvieron lugar durante los doce años del «Reich milenario». Es muy dudoso que las Naciones Unidas hubieran hecho realidad este Estado judío, ansiado por Theodor Herzl y sus partidarios, sin aquellos acontecimientos.»

Corroborando todo lo anterior, tenemos las afirmaciones hechas en Montreal, en 1947, por el presidente del Congreso Mundial Judío, Nahum Goldmann:

«Los judíos podríamos haber obtenido Uganda, Madagascar y otros lugares para el establecimiento de una patria judía; pero no queríamos absolutamente nada excepto Palestina. No porque el mar Muerto, evaporado, pueda producir por valor de cinco trillones de dólares en metales y metaloides; no por el significado bíblico o religioso de Palestina; no porque el subsuelo de Palestina contenga veinte veces más petróleo que todas las reservas combinadas de las dos Américas; sino porque Palestina es el cruce de Europa, Asia y Africa porque Palestina constituye el verdadero centro, del poder político mundial, el centro estratégico militar para el control mundial.»

Así resulta más fácil de comprender la leyenda de los seis millones de judíos gaseados. Por otra parte, minuciosos estudios realizados por varios historiadores, y en especial por el resistente francés Paul Rassinier en sus obras «El verdadero proceso Eichmann» y «La mentira de Ulises», demuestran que el número de muertos no pudo sobrepasar el millón. La cifra es elevada, pero en todo caso muy inferior a la de víctimas de la población civil alemana o polaca.

Podríamos resumir lo sucedido a los judíos en la guerra, en las declaraciones hechas por el coronel Stepen F. Pinter a la revista norteamericana «Our Sunday Visitor», de Huntington. Pinter, que a principios de 1946 fue a Alemania como juez militar, con el rango de coronel, y que en la esfera de sus funciones fue en Dachau el oficial de mayor categoría, afirma:

«En Dachau no hubo ninguna cámara de gas. Lo que a los visitantes y, a los curiosos les señalado como «cámara de gas» era una cámara de incineración. Tampoco hubo cámaras de gas en otros campos de concentración en Alemania. Se nos dijo que había habido una cámara de gas en Auschwitz, pero como este lugar se encontraba en la zona de ocupación rusa no pudimos investigar la cuestión, ya que los rusos no nos lo permitieron. Se cuenta también siempre el viejo cuento propagandístico de que «millones de judíos fueron muertos por los nacionalsocialistas. Según lo que pude descubrir durante seis años de postguerra en Alemania y Austria, realmente fueron muertos judíos, pero la cifra de un millón ciertamente que no fue alcanzada.»

Por B. de Roncesvalles


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