¿Quién quiere adoptar un sirio?

Mouhamad y Wissam Ahmed con su hija recién nacida, Julia, y Liz Stark, quien ayudó a Wissam durante su embarazo ©Damon Winter The NYT
Mouhamad y Wissam Ahmed con su hija recién nacida, Julia, y Liz Stark, quien ayudó a Wissam durante su embarazo ©Damon Winter The NYT

Un día helado de febrero, Kerry McLorg fue a un hotel del aeropuerto local a recoger a una familia de refugiados sirios. Era precavida por naturaleza (tenía un trabajo en el que revisaba datos de seguros) pero nunca había hablado con quiénes estaban a punto de mudarse a su sótano.

“No sé si saben que existimos”, comentó.

En el hotel sonó el teléfono de la habitación de Abdullah Mohammad, y un intérprete le dijo que bajara. Las únicas pertenencias de sus hijos estaban en maletas de plástico rosa y los documentos de la familia iban en una bolsa blanca de papel impresa con una bandera canadiense. Habían llegado las personas que lo apadrinaban, le dijeron. No tenía idea de qué significaba eso.

En todo Canadá, ciudadanos comunes y corrientes están interviniendo en uno de los problemas más apremiantes del mundo, consternados con los reportajes de las noticias sobre niños que se ahogan y la exclusión de inmigrantes desesperados. Su país les permite tener un poder y una responsabilidad extraños: pueden juntarse en grupos pequeños y reubicar personalmente —en esencia, adoptar— a una familia de refugiados. Solo en Toronto, mamás que recogen a sus hijos del hockey, amigos que pasean juntos a sus perros, miembros de clubes de lectura, amigos del póker y abogados han formado círculos para aceptar familias sirias. El gobierno canadiense dice que la cifra oficial de apadrinamientos ronda los miles, pero los grupos tienen muchos más miembros.

Cuando McLorg entró en el vestíbulo del hotel para conocer a Mohammad y su esposa, Eman, llevaba una carta para explicarles cómo funcionaba el apadrinamiento: durante un año, McLorg y su grupo les proporcionarían apoyo económico y práctico, desde subsidiar la comida y la renta hasta proveer ropa, ayudarles a aprender inglés y encontrar trabajo. Ella y sus compañeros ya habían reunido más de 40.000 dólares canadienses (cerca de 30.700 dólares estadounidenses), elegido un apartamento, hablado con la escuela local y encontrado una mezquita cercana.

McLorg, madre de dos adolescentes, se abrió paso por el vestíbulo lleno de gente, una especie de purgatorio para los sirios que recién habían llegado. Otra integrante del grupo sostenía un letrero de bienvenida que había escrito en árabe, pero después se dio cuenta de que no sabía si las palabras estaban bocarriba o bocabajo. Cuando aparecieron los Mohammad, McLorg les pidió permiso para darles la mano y recibió a la gente que tenía enfrente; ya no eran nombres en una forma. Abdullah Mohammad se veía mayor de sus 35 años. No había manera de saber cómo era su esposa, ya que llevaba una niqab que oscurecía todo su rostro menos una ranura angosta para los ojos. Sus cuatro hijos, todos menores de 10 años, llevaban puestas parcas donadas que aún tenían las etiquetas puestas.

Para la familia Mohammad, quienes llevaban menos de 48 horas en Canadá, las señales eran aún más difíciles de leer. En Siria, Abdullah había trabajado en las tiendas de su familia y Eman había sido enfermera, pero, después de tres años de apenas sobrevivir en Jordania, ya no estaban acostumbrados a sentirse queridos o bienvenidos. “¿Entonces dejaremos el hotel?”, preguntó Abdullah. Se preguntaba: “¿Qué querrán estas personas a cambio?”.

En muchas partes del mundo se está reaccionando con vacilación y hostilidad ante la crisis de refugiados: se trata de 21 millones de personas que han sido desplazadas de sus países, cerca de 5 millones de los cuales son sirios. Grecia envió de regreso a Turquía a inmigrantes desesperados; Dinamarca confiscó sus objetos de valor; incluso Alemania, que ha aceptado a más de medio millón de refugiados, está teniendo dificultades con la resistencia hacia ellos, que va en aumento. La ansiedad más extendida sobre la inmigración y las fronteras ayudó a motivar a los británicos a que tomaran el paso extraordinario de votar para dejar la Unión Europa la semana pasada.

En Estados Unidos, incluso antes de que la masacre de Orlando generara nuevos temores hacia el terrorismo “solitario”, la mayoría de los gobernadores estadounidenses dijeron que querían bloquear a los refugiados sirios porque algunos podían ser peligrosos. Donald Trump, el candidato presidencial republicano, ha llamado a prohibir de manera temporal la entrada de todos los musulmanes al país y recientemente advirtió que los refugiados sirios provocarían “grandes problemas en el futuro”. El gobierno del presidente Obama prometió aceptar 10.000 sirios para el 30 de septiembre, pero hasta ahora solo ha admitido a cerca de la mitad.

Sin embargo, tan solo al otro lado de la frontera, el gobierno canadiense apenas puede con la demanda para aceptarlos. Muchos voluntarios sintieron que debían actuar al ver la fotografía que tomó Alan Kurdi del niño sirio que arrastró la marea a una playa de Turquía el otoño pasado. A pesar de que su relación con Canadá era mínima —una tía vivía cerca de Vancouver—, su muerte causó una recriminación tan fuerte que ayudó a elegir a Justin Trudeau, un primer ministro idealista que acepta refugiados.

Hay personas impacientes por apadrinar que han estado buscando más familias. El nuevo gobierno se comprometió a aceptar 25.000 refugiados sirios y después aumentaron decenas de miles más.

“No puedo dar refugiados tan rápido a todos los canadienses que quieren apadrinarlos”, dijo en una entrevista John McCallum, ministro de inmigración del país.

Los defensores de los apadrinamientos creen que los particulares pueden lograr más que el gobierno: aumentar el número de refugiados admitidos, guiar a los recién llegados de manera más efectiva y resolver potencialmente el acertijo de cómo reubicar musulmanes en países occidentales. El temor es que todo este esfuerzo pueda terminar mal, y que los canadienses se vayan a ver ingenuos en más de una manera.

Se debe revisar a los sirios, y muchos apadrinadores y refugiados se ofenden ante la noción de que pudieran ser peligrosos; argumentan que ellos suelen ser víctimas del terrorismo. Sin embargo, los funcionarios estadounidenses señalan que es muy difícil rastrear actividad terrorista en la guerra caótica que vive Siria. Varios miembros del Estado Islámico involucrados en los ataques de 2015 en París llegaron a las costas de Europa desde Siria aparentando ser refugiados.

Algunos de los refugiados en Canadá tienen antecedentes de ser de clase media y alta. Pero muchos más tienen un camino cuesta arriba para integrarse: no tienen dinero, sus posibilidades de empleo son inciertas y encuentran enormes diferencias culturales. Algunos nunca habían sabido de Canadá hasta poco antes de llegar aquí.

Además, los voluntarios no pueden anticipar con certeza a qué se puedan enfrentar: expectativas acerca de si las mujeres sirias deberían trabajar, tensiones sobre cómo gastar el dinero, familias que aún sean dependientes después de terminar el año, discrepancias con los grupos de apadrinamiento.

Con todo, para mediados de abril, solo ocho semanas después del primer encuentro con McLorg, los Mohammad tenían un apartamento en el centro con una buena cocina, bicicletas para que los niños anduvieran por el patio y una bandera canadiense en la ventana.

Abdullah Mohammad buscó las palabras correctas para describir lo que el apadrinamiento había sido para él: “Es como haber estado en llamas y ahora estar a salvo en el agua”, dijo.

Aún había choques culturales. Cuando Abdullah Mohammad llevó a sus hijos a una piscina comunitaria, se encontró con una mujer en un bikini de tiras. “Me alejé”, dijo después. “Nunca había visto algo así en mi vida”.

A mediados de mayo, al final de la junta de rutina de los apadrinadores y los Mohammad, McLorg compartió una noticia: tenía cáncer de mama. Ahora que sería operada, ella era la vulnerable y los sirios eran los que iban a estar pendiente de ella.

Le llevaron flores y chocolates; los otros apadrinadores, con la experiencia adquirida en la logística de la solidaridad, ofrecieron llevarle comida y otro tipo de apoyos. “No tenía la intención de hacer mi propio grupo de ayuda, pero ahora tengo uno”, dijo McLorg.

Bayan y Batoul, los dos hijos mayores de Mohammad, hicieron tarjetas para desearle que se mejorara y usaron las mismas acuarelas que habían usado los apadrinadores para hacer los carteles de bienvenida ese primer día en el hotel del aeropuerto. La mañana siguiente a la operación, cuando McLorg pudo bajar a su sala de estar, lo primero que vio fueron las tarjetas.

Por  Jodi Kantor y Catrin Einhorn
Con información de The New York Times

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