El genocidio de Darfur avergüenza a la humanidad

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Saadiya vive en Suleya, en la región occidental de Darfur, cerca de la frontera de Sudán con el Chad. A los 17 años recibió dos balazos en una pierna mientras juntaba leña en el monte y aún espera que alguna organización humanitaria la traslade al hospital de Juneina, distante 80 km, para que reciba atención médica.

Ha tenido suerte, la ayuda rudimentaria que recibió en su aldea impidió que su herida se le infectara pero con el tiempo su problema se agravará y puede quedar inválida. Ella es una estadística más, como los 200.000 muertos y los dos millones de desplazados que ha provocado la cruenta guerra en Darfur, una región de Sudán, desde 2003.

Por estos lados Sudán no es muy popular. Baste con decir que es una guerra como todas las guerras, cada quien defendiendo lo suyo. En este país unos lo tienen casi todo (árabes musulmanes del norte) y los de Darfur casi nada (minoría africana negra, también musulmana revuelta con cristianos), por eso se levantaron en armas, formando el Ejército de Liberación del Sudán(SLA).

Como los del norte ya habían cedido a una rebelión similar en el sur del país y su estado islamista se podía desdibujar, optaron por la limpieza étnica; pero como su ejército tiene muchos negros de Darfur, decidieron armar un tenebroso grupo paramilitar, los Yanyawid, para retomar el control y de paso apoderarse de las mejores tierras.

Nada nuevo para este mundo acostumbrado a tragedias peores y olvidadas. ¿Pero por qué los poderosos se reunieron en Etiopía para tratar de resolver esta crisis humanitaria? ¿Qué hace tan especial a Darfur que obliga a resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, intervención de las grandes potencias, la Liga Árabe, la Unión Africana (UA) y la Unión Europea?

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Petróleo es el nombre del juego

Sencillo, dinero y política. Sudán está bien colocado en la geografía y tiene recursos que los ricos necesitan (exporta 320.000 barriles diarios de petróleo y se estima que puede llegar a tener el 10% de las reservas del planeta). De ahí que haya tantos convidados a la fiesta.

Por un lado se encuentra un grupo que apoya al gobierno musulmán (Francia, China, la Liga Árabe y los musulmanes), el otro, al sur africano (EUA y sus aliados) y uno más, los organismos internacionales (la UE, la Unión Africana y la ONU).

¿Qué hace Francia ahí metida? Aparte de preservar su influencia política, su petrolera Total tiene concesiones en el Sur que aún no ha podido ejecutar por la guerra. Esto ha hecho que desde 2004 tenga tropas apostadas en el Chad, cerca de Darfur, para defender estos intereses.

China anda en las mismas. Necesitada de reservas petroleras seguras para su creciente demanda industrial ha hecho buenas migas con el gobierno sudanés. Dos empresas chinas (China National Petroleum Corporation –CNPC– y Petrodar) operan allí y está invirtiendo en oleoductos para exportar el crudo por el Índico a través de Port Sudan.

Aparte de las afinidades religiosas, la Liga Árabe tiene velas económicas en este asunto. Los TLC abundan por todos lados y Sudán no es la excepción. En 2002 firmó con los Emiratos Árabes Unidos (los más fuertes inversionistas) y Jordania. Arabia Saudita también tiene grandes inversiones. Y todos sabemos que la estabilidad política protege la económica. De ahí el silencio cómplice de los países árabes.

¿Y los Estados Unidos? Votos, fundamentalismo y business los mantienen allí. El electorado negro (11%) que simpatiza con la minoría sudanesa, los evangélicos que defienden las minorías religiosas y los recursos que Darfur tiene de petróleo, cobre y uranio.

Y hay que verlos empujándose, haciendo cuentas alegres (y tristes también), como lo hace la Unión Africana (UA) que quiere conseguir credibilidad, lo mismo que la ONU, a cuyos cascos azules no se les permite la entrada porque según el presidente sudanés se requiere una solución africana, quizás como la de Ruanda: todos muertos.

¿Genocidio?

Los expertos dicen que no. En su momento (2004), la UE advirtió que hay una “matanza silenciosa de amplias proporciones” y la ONU señaló que se trata de actos genocidas que no constituyen genocidio. La importancia de esta cuestión radica en que de ser calificado como genocida el régimen de Sudán, la comunidad internacional está autorizada para intervenir directamente en el conflicto.

Es indudable que esto dañaría muchos negocios. No obstante, la Corte Penal Internacional al parecer está pronta a iniciar un juicio contra los responsables de los crímenes contra la humanidad allí causados. Mientras tanto, la ayuda humanitaria no llega a su destino, las débiles fuerzas de la Unión Africana no pueden hacer nada para impedirlo y los organismos humanitarios son expulsados, acusados de espionaje.

Al resto del mundo le queda un sinigual recurso. Jugar Darfur is Dying, un videojuego gratuito cuyo objetivo es evitar ser asesinado en Sudán. La tercera conferencia de Games for change espera de esta forma que los jóvenes tomen conciencia de las tragedias que vive la humanidad.

A los dos meses de su lanzamiento fue descargado 750.000 veces, un número inferior a los desplazados que atestan los campamentos de refugiados. No sabemos cuántos han logrado ganar el juego, salvando la vida. En el real, 10.000 personas mueren cada mes sintiendo su propio game over.

Por Marsares
Con información de Equinoxio

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